los blogs de Canarias7

Archivos Marzo 2012

El olvido también sepulta los miedos y los sufrimientos. No solo dejamos atrás los buenos recuerdos. Al olvidar no hacemos más que dejar huecos en nuestro cerebro para que se acomoden nuevas vivencias. Pero tampoco sabemos dónde se va todo lo que vamos perdiendo. Milagrosamente, un enfermo de alzhéimer recupera su infancia y la revive a través de esas tinieblas que tantas veces consiguen confundir el orden de nuestros propios tiempos. También los olores, las canciones o los reencuentros inesperados desempolvan de repente caras, paisajes o palabras que creíamos haber perdido para siempre. Yo creo que el olvido actúa como esos libros a los que no regresamos durante muchos años. Los olvidamos, no recordamos ni los argumentos ni los finales, y sin embargo, cuando volvemos a ellos, vamos anticipando milagrosamente las páginas y hasta somos capaces de recordar dónde los leímos, a quién amábamos entonces o cuáles eran nuestras ilusiones. Lo vivido quedará en el libro que recoge nuestra existencia. Alguna vez nos aparece una página dispersa y nos asombramos de la precisión de nuestra memoria. Todo lo que es olvido también es recuerdo, y lo que se recuerda se nutre siempre del olvido. No es un galimatías. Nuestra vida, con todas sus luces y sus sombras, con sus grandes dudas y sus grandes decisiones, quedará en una sucesión de páginas que quizá alguien escriba alguna vez pensando que está creando una ficción. Lo único que hará será recordarnos. También nosotros nos releemos cada vez que nos adentramos en nuestro propio pasado. Da lo mismo que se diluyan las caras o que se confundan las fechas. Lo que se recuerda no tiene por qué ser preciso. Basta con que seamos medianamente creíbles.

Si fuéramos eternos podríamos demorar nuestros sueños hasta el infinito; pero ni somos eternos, ni llegamos a controlar nuestras oportunidades. Buscamos porque no nos queda más remedio. Si no buscáramos no hallaríamos nada que valiera la pena. Y no siempre encontramos, o lo que terminamos encontrando no se parece a lo que habíamos soñado durante mucho tiempo. Siempre cuento la historia de un amigo que se marchó sin celebrar nunca el milagro diario de su propia existencia. Era escritor. En su nevera guardaba dos botellas de champán francés que le habían costado medio sueldo. Los amigos intentamos que las abriera aprovechando cualquier éxito más o menos cercano. No hubo manera. Él esperaba el éxito internacional de alguna de sus novelas para descorcharlas y saborear la supuesta satisfacción de la espera. Murió inesperadamente. Todos morimos inesperadamente. Lo lloramos, lo enterramos y lo echamos mucho de menos; pero hasta hoy no me había vuelto a acordar de aquellas dos botellas de champán que siempre se asomaban en su frigorífico. No sé qué habrá sido de ellas o quién se las acabaría tomando. Mi amigo nunca tuvo una novela con éxito internacional. También nosotros vivimos muchas veces demorando las celebraciones como si fuéramos eternos. No guardamos botellas de champán francés o de Vega Sicilia, pero sí refrenamos nuestros sentimientos y nuestras alegrías esperando esos grandes momentos que casi nunca llegan (o que cuando llegan no superan los pequeños momentos cotidianos que realmente nos hacen felices). Si se buscan, siempre aparecerán motivos para descorchar las botellas y para salir a la calle con una sonrisa de oreja a oreja. No guardes nada que puedas disfrutar en el presente, no calles lo que quieras decir y no renuncies a lo que necesites para ser feliz y para no perderte en ese engañabobos del futuro que nos deja casi siempre buscando destinos imposibles en las palmas de nuestras propias manos. El tiempo solo sirve para congelar los sueños.

A medida que hemos ido evolucionando hemos ido perdiendo instintos básicos de supervivencia. Los animales, menos cibernéticos y menos politizados que nosotros, están mucho más a salvo. Quedó demostrado cuando el tsunami en las costas asiáticas. Su atavismo y su atención a la naturaleza les hizo ponerse a salvo mientras los humanos con su redes wifis y sus radares no fueron capaces de predecir la tragedia. Pero no olvidemos que nosotros también contamos en nuestro código genético con esos sentidos que van más allá de lo evidente, y que para llegar hasta aquí nuestros antepasados tuvieron que probar muchas frutas sin saber si en su pulpa se escondía el veneno o la proteína. También hoy, en donde todo aparece tan maquillado y con tantas caras retocadas por el merchandising de la mentira, no nos queda más remedio que volver a ese instinto de nuestros ancestros más lejanos. Sucede como entonces: nuestra supervivencia dependerá de nuestros propios aciertos. No todo lo que nos ofrecen es fiable. O aprendemos cuanto antes a descubrir lo que realmente vale la pena o también a nosotros nos terminará arrastrando irremisiblemente el tsunami. Y no importa que esa ola sea metafórica. También en las metáforas se termina tocando fondo alguna vez.

No tienes más tiempo que el tiempo que respiras. Acepta que te equivocas cada día, que no siempre aciertas con el trabajo, con el amor, con la amistad o contigo mismo. No pasa nada. Mientras sigas por aquí puedes cambiar todos los argumentos de tu existencia. No le tienes que rendir cuentas absolutamente a nadie, y menos cuando sigas los caminos del corazón. Vives en un presente continuo. En tu destino no hay cambios de hora que retrasen o adelanten tus vivencias. Eres ese minuto en el que rompen miles de olas en las costas de medio mundo. Tras tanta insistencia y tanto estruendo solo queda la brisa.

Se veía venir. Ya no nos dejan ni marcar el paso. Nos quieren a todos clónicos, prosélitos y sin que levantemos la voz cada vez que nos recorten un derecho o nos prospeccionen un paraíso. Si los alumnos se quejan de que tienen unas condiciones casi tercermundistas en las aulas les envían un par de Robocops para que arreglen las cosas a porrazos, si usted cuestiona la factura del teléfono le ponen a hablar con máquinas que le van pasando de una extensión a otra hasta que le terminan aburriendo, y si compra cualquier aparato ha de asumir que están programados para que se estropeen en pocos años. Hace tiempo que han perdido el rubor a la hora de estafarnos delante de nuestras propias narices. Vivimos en un mundo en el que la picaresca se ha adueñado de casi todo. Y además quieren que seamos unos autómatas dispuestos a producir a cualquier precio y bajo cualquier condición. Lo que no creo es que aguantemos mucho más tiempo callados. La indolencia también tiene un límite.

Un claro ejemplo de ese afán por uniformarnos lo he encontrado en la sanción a unos ciudadanos por bailar la Rama de La Aldea contracorriente. No sé si al final se concretará la medida; pero el simple hecho de que llegue a los periódicos ya tiene toda la coña marinera del mundo. Que un ayuntamiento, seis meses después de la fiesta, se empeñe en sancionar a unos vecinos porque bailaban al revés tiene bemoles. Primero porque con ese tiempo que han dedicado a preparar esa sanción podrían haber mejorado la atención de los mayores o de los desempleados aldeanos. Y segundo porque, que yo sepa, nunca ha habido un manual de instrucciones para dejarnos llevar por los acordes de la bandera tricolor. Es más, recuerdo que en cada barrio por el que pasaba La Rama en Agaete o en Guía, los vecinos trataban de que se demorara la parranda para poder bailar más tiempo entre sus calles. Nunca sucedió nada. Y si unos bailadores se pasaban de la raya los sacaban del tumulto sobre la marcha. Pero esos vecinos, que dentro de poco iban a empezar a descontar los días que quedaban para septiembre, se encuentran con una carta en la que se les dice, sin anestesia, que no podrán bailar las tres próximas Ramas. Lo que no sé es cómo se logrará impedir eso entre tanta gente. No creo que vayan a utilizar policías para hacer marcajes al hombre, o que inviertan dinero público en la compra de algún aparatito de esos que controlan vía satélite por dónde nos movemos. No sé qué pasará si esos vecinos vuelven a bailar saltándose la prohibición. Lo que sí tengo claro es que el poder, desde hace un tiempo, está empeñado en que ninguno de nosotros baile al ritmo que le pide su cuerpo o su forma de pensar. No estoy de coña. Me preocupa esa prepotencia burocrática que ya cuestiona hasta la forma en que debemos bailar en la calle una tarde cualquiera de verano.

-¿Lo perforas tú o lo perforo yo?
-¿El qué?
-¿Cómo que el qué? ¡El océano, que no te enteras de nada!
-¿Qué te ha hecho?
-No importa lo que haya hecho, lo que vale es el petróleo que los satélites han visto en el fondo.
-Pero podemos acabar con las playas cercanas y con la vida que hay en esos fondos.
-A ver, ¿tú qué quieres, ir en bicicleta de una punta a otra del planeta o seguir volando en aviones y subiendo en los coches? ¡A lo mejor te crees que la gasolina cae del cielo!
-Ya, pero digo yo que se podrían hacer las cosas de otra manera, tratando de evitar esos riesgos y esperando a que hagan estudios medioambientales.
-Sí, claro, para que luego digan que existen esos riesgos y nos quedemos sin ver un euro de todo el dineral que se puede sacar del petróleo. O vamos o no vamos.
-Pero el océano no es realmente de nadie, o como mucho es de quien lo habita.
-Déjate de chorradas, esto es como en las películas del Oeste: o lo matas tú o lo mata el otro, pero el tipo no puede salir vivo porque dan una buena recompensa por él.
-Hoy dicen que saldrán miles de personas a la calle para protestar por esas prospecciones.
-Que salgan y que griten todo lo que quieran. Aquí mandamos nosotros. Ellos votan, pero eso no es más que un paripé.
-Pero son los que viven en esas costas que quedarían manchadas de petróleo si hubiera cualquier fallo.
- Y qué, que se muden de sitio. El mundo es muy grande. Donde aparece el petróleo manda el dinero.
- ¿Y si no picamos ninguno de los dos? Mira frente a Baleares, también hay petróleo, pero como saben que habría riesgos para las costas y para el turismo lo dejan donde mismo está. No veo la diferencia.
-Pues la diferencia es que aquí está Marruecos dispuesto a sacar todo lo que pueda. Y que esto importa menos porque está lejos de la metrópoli. Desde Madrid solo ven barriles de petróleo y dinero con el que poder salir un poco de la crisis.
-Yo no perforo.
-Allá tú. Los soñadores han escrito pocas páginas en los manuales de historia.
-Sí, pero por lo menos no han escrito páginas sangrientas ni cargan en sus conciencias con la destrucción de la belleza.
-¡Bah, bah, bah! Monsergas. Hay que ser prácticos y dejarse de utopías y de pendejadas ecológicas.
- No nos vamos a entender. Pero no puedo dejar de expresar lo que siento. En esas playas están todos mis recuerdos. No concibo otra patria que no sean mis costas y los horizontes en los que he ido pergeñando todos mis sueños.
-Eres un poeta y un sentimental, y así no vas a ir a ninguna parte. O lo haces tú o lo hará el otro.
-Esa ha sido la martingala que han utilizado todos los canallas de la historia: o te exploto yo o te explotará el otro. Hay otros caminos. Y en el mundo que estamos viviendo no podemos consentir que los tipos como tú sigan haciendo lo que les dé la gana. Ya va siendo hora de cambiar las cosas.
-Eres un inmaduro. Te niegas a aceptar la realidad que tienes delante. Estamos en manos de los que manejan la guita. O te unes a ellos o te quedas fuera de todos los repartos.
-No son esos los repartos que yo quiero. No hay dinero en el mundo que justifique el deterioro de Cofete, Famara, Sotavento, Papagayo o El Cotillo. El riesgo existe, y además es muy alto, casi diría que inevitable; pero eso lo reconocerán luego, cuando ya no haya nada que hacer. Si callamos ahora también nosotros seremos cómplices de esos desastres.
-Tú mismo.

El epitafio no se escribe solamente con la última frase que dejamos preparada cuando partimos. Casi todos seremos incinerados o acabaremos en nichos tan altos en los cementerios que no se llegará a leer ni siquiera nuestro nombre. Ahora que cualquiera de nosotros puede escribirse en un blog o en una red social resulta estúpido esperar a que nos lean cuando ya estemos empezando a criar malvas. Los epitafios debemos escribirlos cada día que vivimos (y no guardar las palabras para los cementerios). Pocas veces podrás anticipar tu final, por tanto lo mejor es que la muerte te coja siempre escrito. Tampoco entiendo ese morbo de programas como uno que hay en Canal Plus en el que te entrevistan a condición de que tus respuestas solo sean emitidas el día que te mueras. Y todavía peor es lo de ese programa que estaban emitiendo en China en el que entrevistaban a los condenados a muerte justo la noche antes de que les ejecutaran. Yo me quedaría sin voz o miraría a la cámara preguntándole al mundo qué clase de justicia puede determinar el final de una vida humana. Hay otros finales que sí son impactantes. Recuerdo el de la chica que pidió como último deseo un polo de hielo tras haber sido quemada viva por su novio. O el de uno de los marineros del Kursk, aquel submarino ruso que quedó enterrado debajo del hielo en el Mar del Norte. Necesitó poco para describir el final de la vida: "Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas". Pero el mejor final escrito que conozco es el de los últimos versos que le encontraron a Antonio Machado cuando murió en Colliure: "Estos días azules y este sol de mi infancia". "En la infancia -les recuerdo lo que escribía Rilke- se vive, y luego solo se sobrevive". Las emociones dependen de cómo hayamos sido capaces de mantener vivo a aquel niño que se asombraba con todo lo que iba descubriendo en el mundo. Los que llegan al final vislumbrando azules creo que son los que han sabido vivir tratando de colorear a diario su propia existencia. Todo lo demás es morbo.


Todas las grandes ciudades se parecen antes del amanecer: calles mojadas por la lluvia nocturna o por los operarios municipales, adormilados trabajadores esperando en las paradas de las guaguas, avenidas desiertas y todas esas luces que se encienden en las casas justo cuando empiezan a apagarse en la calle. Casi siempre las recorremos camino de los aeropuertos sin saber si terminaremos regresando. Pero da lo mismo que no vuelvas. Recordarás las aceras y los semáforos en rojo regulando las sombras de la noche cuando vuelvas a recorrer otra ciudad conocida o desconocida -da lo mismo porque a esas horas todas se parecen- antes de que amanezca. Ya luego verás las primeras luces del alba desde la terminal de un aeropuerto que también podría ser cualquiera de los muchos aeropuertos por los que has ido transitando. Y subirás al avión con la confianza de que puedes quedarte dormido sin que se te pase ninguna parada. Da lo mismo que no te espere nadie cuando bajes en otra ciudad. Te quedará ese aire de la madrugada que vuelve eternos todos los lugares que se atraviesan entre dos sueños.

Hay poetas cuyos nombres jamás pronunciaremos. Escribieron versos, tuvieron sus minutos de gloria y poco a poco se fueron borrando de la memoria de la gente y de los manuales que, azarosamente, solo deciden guardar las biografías de unos pocos. No siempre sobreviven los mejores, ni siquiera después de muertos. Durante muchos años la cultura de Canarias vivió en un estado de guerra permanente. Si alguien sobresalía, inmediatamente se conjuraban todos los necios para borrarlo del mapa cuanto antes. Por eso hay tanto olvido y tantos artistas que se quedaron en el camino. Solo creo en la cultura arropada por el apoyo y el estímulo, por la crítica constructiva y por los muchos intentos que a veces se necesitan para dar con las palabras o con los trazos precisos. Todo lo demás atenta contra el talento.
En los últimos años, Canarias vive uno de los mejores momentos literarios de su historia. Se está escribiendo mucho y bien en los distintos géneros. Y curiosamente ese momento de esplendor coincide con el respeto y el apoyo mutuo entre casi todos los escritores. La mayoría asume que la buena escritura de uno de ellos ayuda a que los lectores se sigan acercando sin complejos a lo que se está escribiendo en las islas. Un autor acerca a otro, y esa suma creo que es la que está cambiando las cosas. Al mismo tiempo, ese interés por lo que se crea en Canarias nos lleva a bucear en el pasado rescatando a muchos otros escritores sepultados durante años en el olvido. Un ejemplo de todo ello lo encontramos en Domingo Rivero. Cien años después de su muerte es cuando en la Península lo reconocen y se preguntan que dónde estaba ese poeta que escribió Yo, a mi cuerpo para que, ni siquiera en sus islas, fuera reconocido como merecía. Y ese milagro se produce gracias a la labor que desarrollaron poetas como Manuel González Sosa o Eugenio Padorno, y sobre todo por el empeño de su nieto, el periodista y amigo, Pepe Rivero. Pepe lleva todos estos años moviendo Roma con Santiago para que la obra de su abuelo estuviera en el lugar que tenía que estar. Y lo ha conseguido. De él se ha escrito últimamente en los más destacados suplementos culturales del país y ya se está incluyendo en los libros de texto. Pero no todos los artistas canarios olvidados tienen la suerte de contar con un nieto como Pepe. Al resto los tenemos que revivir los que ahora mismo escribimos y leemos en las islas. Si no lo hacemos, quedarán para siempre fuera de ese orbe digital que niega lo que no está en las pantallas. Esta semana se pone en marcha la Fundación Domingo Rivero con una serie de conferencias. Se encuentra situada en la calle Torres. Allí encontrarán una placa con el nombre del poeta; pero al leer cualquiera de sus poemas también ustedes podrán contribuir a su resurrección diaria.

Menos mal que dormimos unas horas cada día. No es que al despertar te encuentres otro mundo distinto. Habitualmente siguen las mismas caras en los periódicos, en la tele y en la calle. Por eso viajar es tan conveniente, y casi diría que tan reparador como el sueño, sobre todo si viajas lejos y logras que algunas de esas caras habituales salgan de las televisiones y de la calle. Pero como no podemos estar todo el tiempo con la mochila a cuestas, no nos queda más remedio que soñar unos minutos cada día. Solemos aprovechar cuando aún estamos medio adormilados y no ha terminado de amanecer. En esos momentos uno puede pensar que al abrir los ojos igual aparece en ese mundo tranquilo y habitable en el que esperamos vivir alguna vez. Luego basta con encender la radio o con escuchar la ducha del vecino para darte cuenta de que estás en el mismo escenario de casi todos los días. Eso sí, vienes protegido por las horas de descanso y por los sueños placenteros - siempre que los sueños no se hayan visto afectados también por esa prospección de la realidad que se empeña en manchar todo lo que toca-. Lo que sucede es que los sueños que realmente valen la pena son aquellos que uno puede vivir despierto. Y sigue habiendo sueños diarios en medio de todas esas caras que se empeñan en aliquebrar las mañanas. Hoy se enamorarán miles de personas en el planeta, nacerán niños, peces y pájaros, reirán a mandíbula batiente humanos de todas las razas - a veces simultáneamente, lo cual seguro que termina beneficiando incluso a los aguafiestas- y, además, llegará la primavera floreciendo los campos y propiciando que las buenas almas sientan esa felicidad repentina que convierte a la vida en un milagro de incalculables consecuencias.

No es lo mismo escribir ayer que mañana, o amor que desamor, o primavera que invierno. Cuando te mueves en un teclado has de tener en cuenta el sonido de todas las teclas. Cada vez suenan menos los teclados, pero mentalmente uno recrea un eco distinto para cada una de las letras y de las palabras. La literatura es una música que se improvisa a diario. Todo a nuestro alrededor es una música que se improvisa cada segundo. Incluso cuando escribes directamente en el papel estás improvisando acordes. Se escribe para que el mundo suene un poco más nuestro cada mañana. Detrás de las ventanas, los mirlos también escriben su biografía diaria celebrando eufónicos y festivos la inminente llegada de la primavera.

Las prospecciones petrolíferas han vuelto a convertir a Canarias en la colonia que creíamos que ya no era. Se vuelve a decidir el futuro de las islas sin contar con la opinión de los que viven en ellas. Da lo mismo el paisaje y que ese océano, además de ser nuestro principal reclamo turístico, sea también nuestro cordón umbilical con la vida y con nuestros recuerdos. No me vale el argumento de que si no extraes tú el petróleo lo extrae Marruecos. Lo que tendrían que exigir son estudios medioambientales que garantizaran que no hay riesgos, pero como saben que eso es imposible prefieren mirar para otro lado y destrozar un poco cada uno antes de marcharse con lo ganado el día que fallen los controles y lleguen los desastres.
La guita comprará voluntades, y da lo mismo la vida de los que habiten cerca del petróleo. No hay más que mirar lo que pasa en Guinea Ecuatorial o las dictaduras medievales del Golfo Pérsico. Solo vale lo inmediato y lo que genere dinero a corto plazo. Quieren hacer desaparecer las energías renovables y no hay voluntad de pueblo o providencia celestial que detenga a esos tipos cuando dan con el petróleo. Confluyen todos los intereses porque el sistema está en manos de las multinacionales. Seguiremos viendo cómo destrozan los paraísos. Es lo que hacen ahora mismo en medio mundo. Esta vez nos ha tocado casi a las puertas de casa, pero nuestra impotencia es la misma que han sufrido otros países y otras regiones en los últimos veinte años. Nos estamos autodestruyendo. Canarias les importa un pito. No somos más que una cierta cantidad de barriles de petróleo en el reino de la especulación financiera. Estas islas ya solo son siete manchas negras en los mapas de los despachos de las multinacionales.

Todo lo que se crea es efímero. Por eso admiro tanto a los escultores de arena, sobre todo a los que crean en la misma orilla donde saben que va a terminar llegando la marea en unas pocas horas. Asumen de antemano que nada durará para siempre, y que lo que se mira sabiendo que está irremisiblemente condenado a perderse se aprecia todavía con más intensidad. Creo que así es como deberíamos vivir cada segundo de nuestra vida, sabiendo que es presurosa y que apenas deja huella en la inmensidad del universo, o que los pocos rastros que pueda dejar dependerán de nuestras emociones y de la coherencia de nuestros sentimientos. No podemos vivir como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para maquillar nuestra propia biografía. Eres lo que vives y lo que haces, y lo que no vivas y no hagas no existirá jamás, o se quedará como esas maguas que vamos acumulando junto a los sueños perdidos. Cuando escribes o cuando vives debes tener siempre presente que a lo mejor no te quedará tiempo para las correcciones. Las tachaduras, como los días no vividos, lo dejan todo sembrado de manchas.

Image04534.jpgHay fotografías que te permiten acariciar nuevamente el pasado. El recuerdo también es una foto fija que mantiene a salvo paisajes, caras y sensaciones, pero llega un momento en que se confunde con tu propia ficción, con una felicidad idealizada, o con imágenes que cada vez son menos diáfanas y menos reconocibles. Hay personas a las que después de haber amado no somos capaces de recordar tal como eran. Nos equivocamos en el color de sus ojos o en las propias facciones. Por más que nos esforcemos, nuestro cerebro siempre acaba transformando aquella cara que pensábamos que no seríamos capaces de olvidar mientras viviéramos. Por eso se agradecen tanto esas fotografías que uno no espera y que te devuelven de inmediato a la escena que aparece en la imagen. Me ha pasado esta mañana con la foto de la inauguración del barco de Juanito el Inglés en Agaete. Ese barco era el resultado de un sueño inquebrantable. Fue construido durante varios años -o ese es el tiempo que recuerda mi mente- en el maipez que estaba justo delante de los apartamentos en los que pasábamos todos los veranos en Agaete. Nosotros fuimos partícipes de ese milagro porque ayudar a su construcción formaba parte de nuestros juegos de infancia. Fue, si no me equivoco, el primer barco de pesca con camarote que hubo en el Puerto de Las Nieves. Yo creo que estábamos en el año 1975 o 1976. En esa foto falta Nanino Díaz Cutillas cubriendo la inauguración para Televisión Española y creo que el sonido de la banda de Agaete, y si no estaba a mí me llegan nítidamente sus acordes. La imagen la encontré esta mañana en la página de Facebook Recuerdo aquel Agaete. No sé qué pasos me llevaron a esa página, pero encontré restos -casi diría fósiles- de aquel paraíso que habitamos antes de que la especulación y el puerto actual acabaran con los sueños de verano. Recordaba ese cielo azul y una procesión de gente camino de la playa del muelle. No todos apostaban por que aquel barco, construido con los sueños y la pericia de un marinero curtido en mil batallas, se mantuviera a flote, pero flotó y navegó durante muchos años, y lo vimos cargado muchas veces de atunes o de samas y jureles. Juanito el Inglés iba siempre en la proa cuando entraba en el muelle viejo del Puerto de Las Nieves. De alguna manera navegaba cada día por los sueños que había ido imaginando pacientemente durante muchos años.

No sé si será porque en el aire todavía quedan restos de polvo de estrellas tras el acercamiento casi epidérmico de Júpiter y Venus, pero hoy me ha sucedido una cosa extrañísima. Les cuento: hace un momento he recibido un correo electrónico de un periodista de Tenerife ya fallecido. Primero te quedas en treinta y tres y dudas hasta del día en el que vives o de si realmente esto es más sueño de lo que pensamos; pero enseguida te das cuenta de que se trata del típico correo pirateado en el que ofrecen viagras, favores sexuales o sumas de dinero por la cara, sobre todo de supuestos casinos que se han fijado en ti para sacarte de pobre y ofrecerte una vida de marajá. No me fui a los enlaces que me proponían en el correo de ese periodista muerto al que conocí hace muchos años cuando elaboraba una historia del periodismo canario. Así y todo, me fui a Google para confirmar la muerte de ese colega cercano a los ochenta años. Escribí su nombre, le puse la palabra falleció y murió antes y después, y le añadí las cabeceras de los periódicos tinerfeños a esa búsqueda. En ninguna parte me confirmaban que había fallecido. Yo estoy casi seguro de que leí la noticia de su muerte hace un tiempo, y recuerdo que pensé que lo iba a echar de menos porque era de los que acudían cuando presentaba algún libro en Tenerife, y si no acudía al acto siempre te enviaba unas palabras de ánimo escritas con ese lenguaje tan bello y reconocible de los periodistas añejos. Ahora no sé qué hacer o qué pensar. Se entiende que un personaje más o menos relevante no muere hasta que lo confirman en Google, y en el buscador de marras no encuentro esa confirmación por ninguna parte. Ni siquiera me pellizco por si soy yo el que no existe y todo esto es tan virtual como la irrealidad misma. Tampoco sé a quién darle mis claves para que haga desparecer mis correos y mis perfiles de las redes sociales si algún día muero de repente. No me apetece nada que hagan negocios cutres en mi nombre, o que cualquiera me mantenga vivo entre aquellos que no me conocen personalmente. Realmente da lo mismo que te mueras si alguien actualiza tus blogs o tus perfiles. Da mucho yuyu pensar en esas cosas tan macabras, pero ya ni siquiera la muerte es lo que era. Este amigo, por ejemplo, sigue enviando correos masivos a sus contactos a pesar de que está criando malvas hace mucho tiempo. Cosas veredes.

Llevo viendo estrellas sin nombre toda mi vida. Me han explicado decenas de veces las constelaciones. Tengo amigos que cuando miran hacia arriba repiten como una salmodia interminable palabras como Casiopeia, Orión o Andrómeda a medida que van trazando líneas entre esos puntos lejanos que suelen ser mucho más grandes que este punto de luz en el que nos complicamos tanto la existencia. Yo a veces sigo los dibujos estelares que me indican; pero mis ojos se acaban perdiendo una y otra vez en la noche y en las miles de estrellas sin nombre. Sí identifico las dos Osas, aunque eso no tiene mérito alguno, y además en el cielo casi siempre termino buscando metáforas. Estos días, no sé si por la cercanía de la primavera, llevo viendo dos estrellas por el oeste que se miran fijamente toda la noche. Son de las que más centellean, por lo que supongo que serán dos planetas. Las veo brillar intensas, devolviéndose guiños de complicidad luminosa, sin perderse nunca el rastro, quietas en mitad de la nada, transmitiéndose toda esa energía que pueden compartir dos estrellas cuyos destinos se cruzan en la inmensidad del tiempo. A lo mejor llevan millones de años separadas en el cielo, pero aun así no dejan de brillar ni de estar la una frente a la otra. Les basta con mirarse y con saber que existen. Estas elucubraciones no las comento nunca con mis amigos aficionados a la astronomía. Ellos trazarían un par de líneas y meterían esas estrellas en el rabo de un caballo o en un dibujo con forma de tetera o de catedral. Yo ya he dicho que tengo la costumbre de mirar al cielo buscando respuestas y metáforas. Me emociona la fidelidad lumínica de esas dos estrellas que miro cada noche. Supongo que saben que alguna vez terminarán fundiéndose en un mismo punto de luz que dé sentido al universo.

Reconozco que sus miradas me parten el alma. Y cada vez me los estoy encontrando en más lugares, con el rabo entre las patas, desorientados, desnutridos, sin saber de qué diablos va el mundo que tienen a su alrededor. La crisis tiene muchas caras, y una de las más descorazonadoras es la del abandono de perros en las calles o en los campos de nuestras islas. Tratas de acercarte, pero ellos rehuyen tu presencia escaldados de tanto daño, de tanta deslealtad y de tanto miedo. Cierran perreras y disminuyen las ayudas a las protectoras. Por eso están apareciendo tantos perros abandonados. Siempre ha habido animales perdidos por los campos, pero no tantos como en estas últimas semanas. En donde vivo aparece casi un perro diario buscando un lugar en el que ponerse a salvo. Hemos logrado recoger a varios de ellos porque en medio de la barbarie también aparece la más infinita de las bondades. Hay desaprensivos que los abandonan a su suerte; pero al mismo tiempo surgen espontáneos que acercan comida o terminan ofreciendo su casa. Quien ha tenido perro, nunca puede pasar de largo. El significado de la palabra lealtad la hemos aprendido en veinte mil historias cercanas protagonizadas por esos seres queridos de cuatro patas.
El nivel de evolución de una sociedad tiene mucho que ver con el trato que reciban los animales que habiten en ella. Quien no se conmueve ante el dolor o el sufrimiento de un animal difícilmente se conmoverá ante el sufrimiento o el dolor de un ser humano. Quien maltrata o mata a un perro, maltrataría o mataría sin remordimientos a un hombre. Reconozco que me descorazona y me entristece el resto del día el encuentro con un perro perdido en cualquier calle del mundo. Me siento siempre corresponsable de su sufrimiento y su abandono. A muchos de ellos los han maltratado y jamás olvidan el dolor y los golpes. Un perro que ha sufrido maltrato sueña entre sollozos toda su vida. Es mentira que los perros no sueñen. Quienes aseguran eso no han tenido perros a su alrededor. También es mentira que existan perros agresivos: los violentos y los agresivos son los dueños, y los perros suelen ser un reflejo de quien los tiene. Cuando veo venir un perro a lo lejos, miro al humano que le acompaña antes que al propio animal, y casi nunca me equivoco. No entiendo, por ejemplo, cómo las autoridades siguen permitiendo que cuatro gamberros que van de sietemachos de pacotilla sigan saliendo a la calle con perros adiestrados para peleas. Nos quedaba mucho por aprender todavía, pero no podemos permitir que esas miradas desoladas se conviertan en parte de nuestro paisaje cotidiano. Volvimos a los perros domésticos sin tener en cuenta que muchos de los nuestros no han dejado de ser unos salvajes.

Si les seguimos dejando jugar con el mundo como quien juega con un futbolín llegará un día en que los domingos dejarán de ser domingos. Tenemos una huelga general a las puertas, pero los que mandan ya anticipan que les importa una higa que todo el país se paralice -tampoco les importa, por lo que veo, los millones de parados- porque la decisión ya está tomada. No vale para nada nuestra opinión. O no vale de momento. El problema de tanta negación de la soberanía popular es que acabará cuestionando las estructuras de poder que nos han llevado a este caos. Otras veces nos daba lo mismo que los políticos mintieran en las campañas electorales o que decidieran sin contar con nuestra voluntad; pero la delicada situación que estamos viviendo no permitirá muchas más mentiras. Y si dejamos que sigan mintiendo, nos terminarán esclavizando. Ese es su sueño. No se extrañen que cualquier mañana, primero como un rumor, y luego como una propuesta que venderían impuesta por Bruselas o por el Sursum corda, nos aparezcan diciendo que se acaba el ocio dominguero, que eso proviene de un mundo en el que los seres humanos aún soñaban con momentos de esparcimiento. No quiero dar ideas, pero son capaces de cualquier cosa para que no les quitemos los coches oficiales y para que sus cuatro amigos especuladores puedan seguir mangoneándonos. No serán ellos los que nos tiendan la mano.

Image03333.jpgEl cielo amanece manchado nuevamente de silencios blancos. Los pájaros de escarcha ya sobrevolaron la mañana.

Image03333.jpgEl cielo amanece manchado nuevamente de silencios blancos. Los pájaros de escarcha ya sobrevolaron la mañana.

Nunca anoto los asuntos de las reuniones de trabajo, ni las citas inaplazables, ni las conferencias. Tampoco apunto la fecha de ningún cumpleaños. Mis blocs de notas suelen acabar llenos de frases sueltas y de bocetos de poemas. Cuando era niño dibujaba en ellos monigotes que vencían el tedio de las clases o rayones que aún no he logrado descifrar con los años. Un verso no deja de ser otro intento de derrotar al tiempo.

Cada palabra es un milagro, una unión de vocales y consonantes que se reinventa hasta el infinito a medida que el ser humano tiene necesidad de ir nombrando objetos, personas, animales o sueños. Si no existieran no nos reconoceríamos ni le podríamos poner cara a nuestros recuerdos. Cada vez que alguien inventa o escribe una palabra está reconstruyendo el mundo. No se equivocan los que aseguran que el principio fue el verbo. Bastó con que alguien nos nombrara alguna vez para que comenzáramos a existir. O que nombrara la rosa -una rosa es una rosa es una rosa es, como escribiera Gertrude Stein- o un pájaro, o un puente, o el azul en lugar del amarillo cuando miraba al cielo o al mar. Sin palabras los paisajes se vuelven irreconocibles. También la vida sería un caos si no pudiéramos ordenarla de vez en cuando en una frase que diera sentido a nuestra propia existencia. Hay palabras que van llegando y otras que van muriendo. Las primeras, que suelen ser las más vivas y palpitantes, casi siempre llegan tarde a los diccionarios o acaban definidas cuando ya empiezan a decaer: por eso los diccionarios tienen tanto de cementerio de palabras empolvadas por el tiempo.

Más tarde o más temprano se termina descubriendo que los cubiertos tienen vida propia. No es mentira que desaparezcan, sencillamente juegan a esconderse por un tiempo, se van a recorrer mundo y casi siempre terminan regresando. En cada casa hay unos cubiertos más trotamundos que otros. Tengo amigos a los que les desaparecen cada dos por tres los tenedores, y otros que cuando se van a tomar la sopa se dan cuenta de que las cucharas grandes han debido unirse a uno de esos grupos de aves viajeras que ahora regresan de África buscando la primavera de Europa, siempre y cuando a Europa aún siga llegando la primavera. Yo hace años que sufro la hégira de las cucharillas. Algunas mañanas me levanto y no las encuentro cuando voy a echar el azúcar en el té, o solo hallo dos o tres, habitualmente las más desgastadas, con todo el espacio a su disposición, y yo creo que maguadas por no haberse atrevido a seguir la aventura de sus compañeras de cajón. Sé que vuelven porque a los dos o tres días aparece ese mismo espacio rebosante de cucharillas. Y además sé que son las mismas porque siempre están las tres o cuatro de Iberia que fui sisando en mis años de estudiante y que guardo como oro en paño o como recuerdo de cuando se comía gratis en los aviones y te podías llevar el vino, los cubiertos y hasta la manta sin que nadie te pidiera cuentas. Quizá ese haya sido el problema. Una cucharilla de Iberia tiene inevitablemente un destino viajero. Y para mí que han enseñado a volar a las demás. No se puede dar por sentado que los objetos cotidianos no tengan vida propia. Yo creo que se mueven a su antojo por toda la casa aprovechando que nosotros entramos y salimos sin mirar para ninguna parte. Van y vienen como nuestros propios sueños. Tampoco a ellos les hacemos mucho caso últimamente. Por eso huyen tantas veces de nuestro lado.

Llevo varios días de burocracia en burocracia. Hay mil maneras de perder el tiempo y de desperdiciar la vida, pero pocas me desesperan tanto como las colas en las administraciones pendiente de unos números que deseas que corran presurosos o de la pericia de un funcionario que sabe que está siendo el centro de atención y que, atendiendo a esa condición de indispensable para los que esperamos, se comporta como un dictadorzuelo de tres al cuarto. Casi prefiero ser digital. Los papeles, el Registro Civil y todas esas cosas, pretenden asumir una condición casi inmortal, pero todas esas inscripciones y esas pólizas que dan fe de nosotros son más efímeras que un perfil en una red social que puede borrar cualquier hacker con ganas de incordiar. En España no arrancamos desde la época de Larra porque las administraciones están desfasadas y porque, en muchos casos, aún no han salido del siglo XIX con sus exigencias documentales casi surrealistas. Si muere alguien cercano, en lugar de dejar que sufras en silencio tu dolor, te tienen de un lado para otro rellenando documentos y penando por las administraciones públicas. También cuando nace un hijo te alejan de su presencia y te rompen las alegrías perdiendo mañanas enteras en trámites casi decimonónicos que se podrían resolver desde cualquier teléfono móvil en unos pocos segundos. No sé qué empeño tiene la administración en pretender establecer un orden cuando precisamente de su caos y de su desorden vienen estos lodos en los que nos ahogamos estos días. La vida no tiene nada que ver con lo que aparece en el Registro Civil. Da lo mismo que digan que nacimos en Teguise o en Agaete, o que lo hicimos en marzo o en noviembre. Todo eso es anecdótico y burocrático. Nacemos cada vez que amamos.


Nunca sabes qué ojos te acabarás encontrando frente al espejo. Tu mirada nunca se repite. Cada mañana tus ojos se reinventan con el brillo de toda la belleza que han ido mirando. También los canallas llevan su propia penitencia en su mirada. Ellos creen que brillan, pero sus ojos les delatan. Da lo mismo que no poseas nada si eres capaz de mantener a salvo el fulgor de tus pupilas. No te extravías porque cada mañana revisas tu vida ante el espejo. Si claudicas y aceptas que vaya perdiendo intensidad, llegará un momento en que no podrás soportar tu propia presencia. Has de aprender a romper la baraja cuando el juego haya perdido todo su encanto. Si no lo haces, ni siquiera serás capaz de reconocer la sombra que te acompaña.

No es necesario que regreses porque nunca te has ido. No te alejas de las ciudades en donde fuiste feliz, ni jamás olvidas el brillo de los ojos en los que tantas veces te reconociste siguiendo el rastro del amor y sus desvelos. Tampoco hay olvido que acabe sepultando la alegría. Lo que vivimos queda para siempre en la memoria de quienes protagonizamos los días y las noches que nos fueron llevando de un lado para otro. Todo cambia cada segundo, por eso resulta estúpido aferrarse a las cosas materiales o juzgar a los demás según sus pertenencias o su apariencia física. Lo que vale es lo que uno ha logrado amurallar en el alma, lo sencillo, ese golpe de mar que espanta las tristezas, la primera sonrisa de un recién nacido, el color de la mañana que renueva todas las esperanzas y todos los grandes sueños que nos permiten mantenernos a salvo en nuestros inevitables extravíos. Tú eres tu camino, lo demás no importa. Son tus intuiciones las que te ayudarán a llegar a tu propia meta. El destino lo cumples siendo quien eres o quien sueñas con llegar a ser.

Uno acaba siendo de todos los lugares donde fue feliz. Pero si regresas a la ciudad o a la casa en la que viviste hace muchos años, no debes olvidar que ya tú no eres el mismo de entonces. Volverás con muchos más otoños y primaveras en tu biografía, te habrás despojado de prejuicios, habrás sumado nuevos miedos y no contarás con la misma mirada aunque el color de tus ojos siga siendo el mismo. Has visto caer muchas hojas de tus árboles y de tus calendarios, y también has sentido cómo renacen amores o acontecen milagros que unos pocos años atrás te parecían imposibles. Las heridas más profundas y más dolorosas se vuelven pequeñas cicatrices en medio de tu piel renovada, y las arrugas no son más que las marcas de ese camino que te ha ido llevando hasta donde estás hoy. Si miras hacia atrás, también descubrirás la cantidad de casualidades que tuvieron que darse para que coincidieras con las personas con las que has compartido casi todo el trayecto de tu existencia. Da lo mismo que sepamos que la marea acabará borrando todas nuestras huellas o que la vida se terminará confundiendo con la arena náufraga de todas las playas. Antes de que llegue ese momento tenemos que ser capaces de escribir páginas prodigiosas en la crónica de nuestro propio destino. Nunca puedes renunciar a interpretar tu papel con todas las exigencias que demande tu propio guión. No se puede vivir pasando siempre de largo. Para aprender a bailar hay que dejarse llevar por los acordes. Saltemos arriba y abajo siguiendo el pálpito de nuestros pasos: a veces nos caeremos, y otras veces seremos capaces de levantarnos. Improvisemos, incluso, cuando todos los instrumentos se callen.

Cada tiempo tiene su estética y sus iconos. Hay civilizaciones que dejaron pirámides y otras que excavaron catacumbas o levantaron fortalezas para protegerse de sí mismas. Anoche vi el Puerto de La Luz lleno de plataformas petrolíferas iluminadas. Podrían parecer bellas vistas desde lejos, pero cuando amanece solo encuentras un adefesio de hierros cuyo único destino es destrozar la armonía y el equilibrio de los fondos submarinos. La especulación se reconoce en sus formas. No contiene adornos o elementos que la embellezcan. Así querrían los especuladores que fuéramos nosotros, estructuras de hierro sin sentimientos y sin quejas, plataformas en medio del océano de la vida produciendo sin parar. Antes los puertos solo veían llegar y partir barcos cargados de sueños.

A esta hora de la madrugada duermen casi todas las noticias. Los periódicos digitales no se actualizan, la radio repite programas diurnos y en la tele suelen aparecer tipos grotescos haciendo abdominales. Yo estoy en una planta de neonatos y aquí sí que el mundo no se detiene. Cada dos o tres horas empiezan a llorar varios recién nacidos. Quieren comida. Nos olvidamos de que llegamos al mundo demandando comida y de que nuestros primeros sueños tenían que ver con la añoranza de una placenta que nunca se agotaba. Ese era el paraíso. Por eso lloran desesperadamente y casi al mismo tiempo todos estos bebés que lo más probable es que nunca lleguen a conocerse. Todos lloramos al mismo tiempo que otros recién nacidos que luego nunca reconocemos. También levantan sus pequeñas manos demandando abrazos que les salven del abismo. Nosotros olvidamos luego que lo esencial es la comida, el cariño y el descanso que abre todas las puertas a los sueños. No va por ahí el mundo que le estamos construyendo a estos recién llegados. Nos estamos equivocando porque andamos siempre empeñados en olvidarnos de nosotros mismos. ¡Y mira que lloramos como ahora también lloran ellos!

Hace años salía a correr sin importarme las pulsaciones o el calentamiento. El corazón aún estaba a salvo de desengaños y mis músculos comenzaban a recorrer los caminos. Ahora corro pendiente de mi ritmo cardíaco y casi estoy más tiempo haciendo ejercicios de estiramiento que corriendo. Nos pasa como en la vida, que estamos más rato planeando cómo vivir que viviendo. Hay mañanas en que me levanto con bajas pulsaciones y otras en que, según echo a correr, se acelera el pulso de una forma casi descontrolada. A veces depende de las horas que haya dormido o de las sensaciones que mi cuerpo encuentra cuando se asoma a la mañana. Y para mí que también tiene mucho que ver la actualidad diaria. Estoy por ponerme el pulsómetro cuando me acerque al ordenador a mirar las noticias de última hora. Yo creo que ahí es cuando se aceleran o se refrenan las pulsaciones. También me gustaría saber si el ritmo cardíaco tiene que ver con lo que escribo: lo que pasa es que no me veo, la verdad, escribiendo un poema con el pulsómetro pegado a mi pecho: quedaría un poco grotesco y yo creo que espantaría todos los versos. Lo que sí haré es ponérmelo antes de mirar la prensa diaria. Hay políticos, especuladores y sinvergüenzas que me dejan todos los días al borde del infarto. Yo creía antes que corría para poder aguantarme; pero no, realmente corro para poder aguantarlos. Y lo hago con pulsómetro, por si acaso.


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