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Archivos Febrero 2012

No se puede vivir todo el tiempo en Modo Avión. Más tarde o más temprano has de asomarte a la realidad e implicarte con lo que te rodea. Podemos perder cobertura y extraviarnos de vez en cuando, y además podemos hacerlo voluntariamente cuando nos agobia la actualidad y necesitamos respirar lejos del ruido. Pero ese Modo Avión de nosotros mismos no lo podemos eternizar porque corremos el riesgo de que sean los otros los que nos terminen organizando un mundo que no se asemeje nada al mundo que soñamos: o buscamos nuestra propia cobertura cuanto antes o nos incomunican para siempre. Y el sueño de los poderosos ha sido siempre incomunicar a los que solo pretenden vivir la vida como si se fuera a terminar en el próximo segundo. El Modo Avión no es más que una forma eufemística y tecnológica de lo que antes era el Modo Silencio. Lo único que les interesa es mantenernos callados o entretenidos con muchos partidos del siglo.

La ciudad nos hace perder la memoria. Esa frase la escuché ayer. Nos paró un señor mayor en la avenida de Mesa y López y, sin conocernos de nada, nos regaló lo que había aprendido de la vida. Nosotros íbamos hablando sobre la muerte con 106 años de un familiar de la amiga que nos acompañaba. El hombre venía detrás escuchando nuestra conversación e intervino con esa naturalidad casi caribeña que a uno le ata tanto a las islas. Mi amiga contaba que había muerto con todos sus recuerdos casi intactos, y en ese momento el hombre que venía detrás le preguntó si había vivido en el campo o en la ciudad. Ella le dijo que casi toda su existencia la había pasado en medios rurales, y entonces fue cuando nos comentó lo de la ciudad y su capacidad para borrar la memoria de los que viven en ella. Luego se marchó. No hizo falta que nos diera ninguna explicación. Siguió caminando y llegaría a alguna casa en la que viviría solo o con familiares que, mirando alguna pantalla, no le darían ni las buenas noches.

Hoy me he levantado pensando en esa frase. La he relacionado con algo que también me comentó ayer una prima. Hablábamos de un gran nisperero que había en la casa de nuestra abuela en Guía. Yo le comentaba a mi prima que estos días los nispereros estaban llenos de frutas, pero que veía que nadie se acercaba a comerlas. Entonces fue cuando ella me dijo que desde que éramos niños no se comía un níspero arrancado directamente del árbol. Yo le contesté que, desde hace un par de semanas, me como un par de nísperos por las mañanas cuando saco a pasear al perro. Por Santa Brígida hay muchos nispereros donde elegir, y ya digo que parece como si a la gente se le hubiera olvidado que el níspero es una de las frutas más sabrosas que podemos encontrar. Pero yo no me como los nísperos solo por el sabor. Cada vez que los pruebo viajo de inmediato a mi infancia, a aquella casa de mi abuela y a tantos y tantos recuerdos a los que les debo casi todo lo que soy. Fue entonces cuando comprendí lo que quería decir aquel señor que nos paró en Mesa y López. Solo en contacto con el campo o con el mar -y en eso se salva un poco Las Palmas de Gran Canaria- te mantienes a salvo. Si no revives los sabores y los olores que fueron marcando tu vida acabas extraviado, sin memoria. A Proust le bastó una magdalena mojada en el té para reavivar todo el tiempo perdido. Cualquiera de esos nísperos mañaneros recién mojados por la tarosada contiene miles de páginas que guardan en su almíbar la esencia de mis recuerdos. Si no me los comiera de vez en cuando seguro que acabaría olvidando.

No se pueden demorar los sueños. O vamos o no vamos. No puede haber medias tintas cuando lo que está en juego es lo que soñamos ser en esta vida. Nadie nos garantiza el mañana, o cuando llegamos a ese mañana a lo mejor ya no tenemos nada que ver con los soñadores que fuimos ayer. No podemos dejar que el tiempo se convierta en una sucesión de sueños rotos o imposibles. Y si se quiebran hay que buscar la manera de inventar otros nuevos para que las ilusiones se mantengan a flote en este mar de incertidumbres en el que ahora navegamos. Tampoco se pueden demorar las querencias. Esas palabras de cariño o de agradecimiento que no dijiste en su momento escuecen de por vida cuando el destinatario se va de repente sin saber cuánto le querías, cuánto le necesitabas y cuánto agradecías su presencia en el mundo. No caben dudas cuando se cruzan sueños o sentimientos.

La muerte siempre llega por sorpresa. El pasado jueves me enteré del fallecimiento de Lorenzo Doreste. Me quedé de piedra. Recuerdo la última vez que vi a Lorenzo. Nos tropezamos en la calle Cano. Como siempre hablamos un poco de literatura, otro tanto de periodismo y mucho de la vida. Era un buen hombre que siempre iba, como el poeta, de su corazón a sus asuntos. Teóricamente era un hombre de ciencias, nada menos que catedrático de Física Nuclear; pero su pasión eran las palabras que había heredado de su abuelo Domingo Doreste, Fray Lesco. Hablábamos de libros o de la actualidad que se asoma a los periódicos; pero yo me empeñaba en hacerle preguntas sobre la existencia de dios o sobre el origen de la vida. Pocas veces tiene uno la suerte de hablar con alguien que controla la teoría de la relatividad y la composición de la materia. Lorenzo era capaz de explicarte las dimensiones y la relatividad del tiempo en un par de minutos. Por eso sé que su muerte no es más que un accidente en la infinitud de un universo en el que no se pierde absolutamente nada. Su energía se transformará en otra materia que me imagino que estará próxima a los sueños. Él te lo explicaba con una sonrisa sabia que voy a echar de menos en la guagua que sube a Santa Brígida, en el Gabinete Literario o en esos encuentros azarosos que salvaban cualquier día. Lo conocía desde que llegaba a la redacción de Diario de Las Palmas con su columna de opinión metida dentro de una carpeta que siempre llevaba debajo del sobaco como queriendo retener las palabras en medio de las dimensiones del tiempo. Tuve la suerte de decirle muchas veces cuánto admiraba su sabiduría y su sencillez. En eso me quedo tranquilo, pero hoy tenía que escribir estas palabras para contarles a ustedes que se ha marchado un buen hombre, alguien que supo que la vida no era más que un proceso físico y químico en el que siempre hay que contar con los milagros y con los afectos.

Image77777.jpgNo hay atardecer que no sea memorable. Cualquier día merece un final luminoso. Da lo mismo lo que hayamos vivido nosotros. Siempre habrá alguien que estará celebrando su alegría en algún lugar del planeta. Tampoco pasan de largo los colores del ocaso. El arrebol se queda para siempre en el fondo de tu propia mirada. La vida no es más que una suma de atardeceres luminosos que vamos reconociendo en otros ojos cercanos. También hay rocas desafiando a las mareas del tiempo. Si rebuscas en la arena de la playa terminarás encontrando las vetas de los brillos de todas las miradas. Nuestros ojos solo son los espejos del agua.

Le gustaba escribir de madrugada para robarle a los sueños los argumentos de todas sus historias.

La literatura de Cormac McCarthy se asoma a los límites de nuestra propia existencia. Todo es extremo. No hay medias tintas. Agoniza el planeta, se pierden todas las batallas, ganan los indeseables y apenas quedan esperanzas a las que agarrarnos. En El Sunset Limited alguien decide poner fin a su vida. Y no lo hace solo por su propia infelicidad y por estar inmerso en una profunda depresión. También le destroza el mundo que se está perdiendo, la vida que no se le parece a la vida que quería vivir, la cultura y la moral dejadas a la intemperie, toda esa crisis de valores que se desmorona a nuestro alrededor mientras nosotros tratamos de seguir bailando en el Titanic de una realidad cada vez más quebradiza. En este caso el protagonista sí encuentra a alguien que le salva, un malvado redimido, un creyente en el dios en el que no cree el suicida blanco, profesor, intelectual y más o menos afortunado en la ruleta de las clases sociales. El otro es negro, ex convicto, no tiene nada y vive en el peor barrio de Manhattan. La novela es un diálogo entre ambos en el que el escritor se asoma al vértigo de la muerte. McCarthy deja que hablen los personajes, que se contradigan, que se pregunten y que se enreden en los mismos miedos y en las mismas incertidumbres en las que nos enredamos nosotros cada vez que nos enfrentamos cara a cara a nuestro propio destino. No hace falta presentarse con un tocho de mil páginas para enseñar el mundo y mostrar a quienes lo habitan con toda su desnudez y todas sus dudas. A veces nuestro destino cabe en un solo renglón, o en unas cuantas palabras que acierten con nuestra propia incertidumbre. La escritura tiene sentido cuando es capaz de mostrar el corazón del hombre con todas sus miserias y todas sus grandezas. McCarthy hace ya mucho tiempo que dio con ese atajo necesario para que las palabras no sean solo una sucesión de letras correctamente combinadas. Nuevamente nos coloca en las fronteras de nosotros mismos.

El Sunset Limited. Cormac McCarthy. 96 páginas.
Literatura Mondadori. 96 páginas. 14,15 euros


Reconozco mi incapacidad para casi todas las cosas prácticas de la vida. Supongo que por eso trato de vivir cerca de la ficción y de las palabras. Ayer estuve toda la tarde para arreglar un enchufe. Si no fallo yo, que es lo habitual, me fallan los componentes de los aparatos: hay una especie de aversión mutua que nos hermana, un pacto tácito por el que nos alejamos todo lo que podemos para no hacernos daño. Por lo menos con los aparatos se puede llegar a ese acuerdo. Ya luego con los humanos, sobre todo con los humanos prácticos, lo tengo siempre más complicado, y eso que también solemos repelernos y que tampoco entiendo sus estructuras neuronales. Uno es como es y tiene que aceptarse cuanto antes si no quiere vivir entre neurosis toda su vida. No somos perfectos, pero soñamos con ser felices, cada uno a su manera, los avariciosos rodeados de dinero, los manitas con cajas de herramientas, los enamorados con grandes romances, los matemáticos con fórmulas infinitas y los soñadores persiguiendo siempre cualquier sueño improvisado que justifique una nueva salida a la calle. La mañana es un escenario inmenso en el que cabemos todos y en donde cada uno tiene la posibilidad de interpretar su propio papel. Mucha mierda.

Pensábamos que la pobreza quedaba lejos, más allá de los mapas por los que nos movemos habitualmente; pero se ha instalado al lado, dentro o muy cerca de nuestras casas. No la podemos negar porque si la negamos o nos asomamos a ella como si no nos incumbiera la terminaremos convirtiendo en parte de un paisaje que nunca deberíamos asumir como cotidiano. El informe presentado ayer por Cáritas no lo podemos leer como si fuera una estimación de los especuladores de Moody's o una previsión del gobierno de turno. Detrás de esas cifras hay colas que están dando vueltas a muchas calles de nuestro alrededor, niños a los que casi no les está llegando la comida, viejos que no cuentan con recursos ni para cubrir las necesidades básicas, muchos sueños rotos y sensaciones de impotencia al ver que la realidad pasa de largo y les separa cada vez más de cualquier posibilidad de salir adelante. Cáritas indica que la pobreza en España es más extensa, intensa y crónica que nunca. Se veía venir. Casi un veintidós por ciento de los hogares españoles vive por debajo del umbral de la pobreza. Hay días en que las palabras son derrotadas sobre la marcha por la contundencia de las cifras.

No quiero cenizas en mi frente ni que acabe la fiesta de la vida. Cuando yo era niño, nos gustaba meternos en la iglesia los miércoles de ceniza para que nos pintaran una cruz en la frente. Intentabas que no se borrara, y recuerdo que el juego más divertido era tratar de borrársela al otro. No éramos conscientes de que con aquella cruz trataban de poner fin a nuestra fiesta. Supongo que algo nos quedará de todo aquel martirologio del sufrimiento que nos grabaron a fuego -y ya sé que en este caso sí resulta una frase socorrida- en la piel. Ni ayer vivía los carnavales como si se fuera a terminar el mundo, ni hoy quiero que me vengan con recogimientos, silencios y negruras. La vida es otra cosa más natural y más divertida. Los niños teníamos muy claro que incluso en aquellos ritos casi masoquistas se podía buscar el humor y el divertimento. Siempre hay una segunda lectura, y depende de cada uno de nosotros encontrarla. No todo tiene que ser blanco o negro. En medio hay toda una gama de colores y de posibilidades en donde mantener a salvo nuestra felicidad sin que le afecten las mareas ni los malos augurios que hoy cambian la ceniza por la tinta de los periódicos. Prefiero seguir jugando siempre a borrar cuanto antes todos los rastros tenebrosos.

Si no descorres las cortinas ni subes las persianas nunca verás la luz del día. Da lo mismo que te contemos que todo es azul si tú no quieres mirarlo. La felicidad depende de nuestro propio esfuerzo. Todos arrastramos restos de naufragios, desgarros y ausencias que nos destrozaron el alma; pero también sabemos que la vida se renueva a cada instante, que todos los días estrenamos el mundo y que la suerte suele ser generosa con quien sale a buscarla. Y da igual un febrero que un septiembre, un lunes que un sábado. Afuera, como escribía el poeta, siguen todos los pájaros cantando.

Lo que no se recuerda se pierde para siempre. Somos lo que recordamos y seremos lo que nos recuerden los otros cuando ya no estemos. La verdadera muerte es el olvido. Si pensamos en alguien que ya no está lo estamos resucitando en nuestra memoria. En las sombras del recuerdo no hay diferencias entre vivos y muertos. Los ecos de una risa conocida o los tonos cómplices de una voz que escuchamos cada día durante muchos años van siempre con nosotros a todas partes. Nos basta con cerrar los ojos para revivir a todos los ausentes. Una canción, un perfume o un gesto casual de alguien a quien ni siquiera conocemos nos devuelve la presencia de aquellos que tanto quisimos. No encuentras su mano cuando extiendes la tuya y te quedas acariciando sombras; pero sabes que está contigo, y notas su cercanía en cada paso que vas dando por el mundo. Cuando amamos nos volvemos eternos en los ojos del otro, y de alguna manera también nos eternizamos en el brillo de su mirada.

Lo que no se cuenta se da por perdido. En el mundo de las artes son miles y miles los que han desaparecido de los museos, de los libros o de los conciertos. Un artista revive cada vez que alguien se asoma a lo que fue creando, pero también muere mucho antes si lo que crea se acumula en los sótanos del abandono y la desmemoria. Por eso uno agradece tanto la justicia poética que mueve a quienes no dejan que esas creaciones se acaben perdiendo como se pierden las horas cuando no se viven como si fueran siempre las últimas que vamos a disfrutar sobre la tierra. Quienes están detrás de la Cátedra de Cine Josefina de la Torre que estos días se presenta en el Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria se han empeñado en recuperar la memoria de una mujer que ahora sería considerada multidisciplinar y que ayudó a que este planeta fuera un poco más habitable. Y lo hizo creando, interpretando y acercándose todo lo que pudo a las emociones; pero también rebelándose contra una sociedad que coartaba la libertad de la mujer. No podemos olvidar que, gracias a gente como ella, este mundo fue cambiando y acercándose a una igualdad que nunca podemos dar por sentada. Cada nuevo día debemos levantarnos y comprobar que las palabras sagradas no han quedado vacías de contenido. Últimamente, la libertad, la igualdad y la justicia no están atravesando su mejor momento. Hay muchos que se empeñan en borrarlas o en querer convertirlas en papel mojado. Nosotros también tenemos el deber de dejar un mundo mejor que el que nos encontramos. Fue lo que trató de hacer Josefina de la Torre cada día de su existencia. Si no lo hacemos estaremos traicionando la memoria de todos los que los que nos soñaron más justos, más libres y más sabios. El recuerdo también sirve para que no nos desbaraten el mañana.

La única frontera es el cielo. Todo lo demás es anecdótico. El cielo limita con el fondo más profundo del mar y con las copas más altas de los árboles. En medio estamos nosotros sumergiéndonos o sobrevolándonos cada día según la suerte con la que nos despertemos. Los árboles se mueven con el viento siguiendo el mismo ritmo que las olas en medio de los océanos. Debajo del agua también hay millones de bosques de sebas que se mueven con las corrientes como cimbrean los pinos de la cumbre con los vendavales. Hay un movimiento acompasado en la tierra que la mantiene a salvo de los desastres de los humanos y que le permite seguir flotando en medio del universo. Todos los niños costeros aprendimos pronto que llegaba un momento en que el mar y el cielo se fundían en un mismo abismo. Nunca se llega a ese punto de encuentro porque a partir de ahí solo nos podemos adentrar en sueños. Cuando navegas te das cuenta de que el horizonte no es solo una raya azul o gris al fondo del paisaje. Da lo mismo que dentro ande todo revuelto, gris o enmarañado. Si logras mirar hacia arriba o hacia abajo sin que las negruras te empañen los horizontes, verás que todo está en equilibrio y en silencio. La armonía es una respiración acompasada con el diapasón del universo. Siempre habrá un espacio infinito en el que nos acabaremos reencontrando más allá del tiempo.

Creo que los aparatos de mi cocina han caído en las redes de una de esas sectas que cada dos por tres anuncian suicidios colectivos porque viene el fin del mundo. Yo no sé si mi lavavajillas o el calentador del agua trascendían y tenían vida interior o tendencias filosóficas, pero hace dos días los fui a encender y se apagaron poco a poco hasta que desapareció para siempre la luz roja que indicaba que estaban sanos y salvos. Hoy le ha pasado a la secadora y hace un par de semanas sucedió lo mismo con la nevera, aunque esta última se conoce que se arrepintió a última hora y de momento sigue enfriando los yogures y las cervezas. El resto de aparatos sí se hicieron el harakiri y hubo que llevarlos hasta el contenedor de la basura. Estos artilugios, además de estar programados para que se suiciden casi al mismo tiempo, también son más vulnerables que los de antes porque ya no hay quien les cambie una pieza o los espabile con un buen mamporro. Se conoce que estos de ahora son inmunes al dolor. Cuando yo era pequeño recuerdo que le largabas un sopapo a la tele o a la lavadora y se les quitaba la bobería sobre la marcha. Ahora no, ahora tienes que tratarlos con mucho cariño si quieres que te aguanten, pero aun así no logras que sobrevivan más de diez años. El paso del tiempo y las mejoras tecnológicas han conseguido aumentar la esperanza de vida de los humanos con la condición de que esa vida se le reste a los aparatos electrónicos. No estoy de coña. De alguna parte tienen que estar sacando toda esos años que nos están dando a nosotros. Aquí nadie regala nada. Por eso asumo la condición efímera y suicida de mis aparatos domésticos. Un amigo dice que no es más que un burdo negocio de unos fabricantes que ya saben de antemano lo que va a durar cada tornillo de cualquier cachivache. Yo no quiero pensar en esas cosas. Me niego a creerlo. Sss¡¡¡gzhhdjadidanxxx6720000. El ordenador me está fallando. Recuerdo que lo compré un par de días después que el lavavajillas b376jjsuysus¡jjjjjçççç99¡¡¡¡¡Presiento que también se va a terminar uniendo a la secta cualquier día de estos ¡¡¡'88ajjjjjjjvvv

Ayer un chino trataba de hacerse entender en la tienda a la que yo había entrado a comprar un calentador para el agua. Buscaba una batidora de brazo para preparar mojos, pero la empleada solo entendía la palabra moho y miraba al chino y luego me miraba a mí como si acabara de aterrizar en el plató de La guerra de las galaxias. El oriental me observaba cuando daba sus explicaciones. Me notaba más receptivo y se ponía a gesticular imitando el movimiento del aparato mientras hacía como que comía algo que le picaba cuando lo llevaba a la boca. Me sentí orgulloso por entenderle y por verle la cara de felicidad cuando le enseñaron la batidora de marras. No le pregunté, porque tenía prisa y porque supongo que nos hubieran dado las uvas comunicándonos, dónde iba a preparar ese mojo, o si sería rojo o verde. Sí tengo claro que si mañana me preguntan qué es la multiculturalidad contaré ese encuentro: la multiculturalidad es un chino comprando una batidora para preparar un mojo picón.
Yo compré mi calentador para el agua del té que ahora mismo me estoy tomando y salí a la calle. Lo primero que encontré fue una señora pegando gritos en mitad de Triana. Tendría unos sesenta años y se notaba sobre la marcha que no andaba bien del magín, pero apenaba escuchar sus palabras cuando repetía que nadie la quería y que le daba lo mismo lo que pensara la gente. Todos pasábamos de largo. Pasamos de largo por casi todas partes y delante de muchas personas que solo necesitarían unos minutos de atención para hacerse entender como lo consiguió el oriental cuando buscaba la batidora para el mojo. Una vez me contaron que durante varios días apareció un señor totalmente borracho por un centro de salud de Madrid. El personal estaba cansado de su presencia beoda. Llegaba tambaleándose y se sentaba en la sala de espera hasta que le tocaba su turno. Ya dentro no decía nada. Se quedaba en silencio, mirando con ojos tristes. Al cabo de una semana una de las enfermeras se acercó a él como me acerqué yo al chino en la tienda. Le preguntó que qué le pasaba y el hombre le contestó que se había quedado solo en el mundo porque había muerto en un accidente de tráfico su único hijo. No había podido compartir con nadie el dolor de aquella pérdida ni el miedo a la soledad. Lloró durante mucho rato. Le contó que solo venía buscando a alguien con quien poder hablar.


Las mañanas se han vuelto macroeconómicas, amenazantes, cargadas de cifras y de porcentajes. Ya no amanece hasta que no abre la Bolsa o nos golpean con los titulares de los telediarios. Hemos dejado de ver más allá de la ventana; pero la vida es ese pájaro que vuela, la nueva flor que se asoma al mundo, la espuma de las olas o el cielo inmenso por el que se sigue abriendo paso milagrosamente la alborada. Lo demás solo es ruido, ensayos para el caos y el malhumor, Moody's y Wall Street contra el festivo son de los mirlos que ya cantan anticipando la primavera.

La vida no está siendo ni más ni menos fácil que en otros momentos de la historia. Siempre estaremos en crisis porque nunca tendremos nada claro. Pase lo que pase, sin embargo, no dejaremos de ser un tramo ínfimo de la historia, un par de líneas en los manuales que estudiarán dentro de mil años, o una parte más de la nada cuando este planeta y los que lo habiten desaparezcan del universo dejando hueco para otros nuevos azares y otros nuevos milagros. Pero antes de que llegue todo eso tenemos que aprender a dejarnos paso los unos a los otros. En la calle, o por lo menos en las calles españolas, uno nota últimamente que, a no ser que haya un guardia por los alrededores o pongan esos reductores de velocidad que parecen montañas rusas, la gente no detiene los coches en los pasos de peatones. No llegamos al nivel de Italia, en donde casi te atropellan por la acera; pero andamos lejos de Inglaterra: allí haces amago de cruzar y se detienen los coches aunque vayan a más de cien kilómetros por hora. Supongo que todo eso tendrá que ver con el respeto al otro y con la convivencia. Esta crisis nos está volviendo mucho más agresivos, y eso lo notas cuando te paras en un paso de peatones y quien va en el coche no solo no se detiene sino que además te mira como si fueras un indeseable cuando levantas los brazos y le pides explicaciones. El que va protegido en su vehículo se sabe más fuerte que el que solo anda por el mundo con sus carnes y sus huesos, y cuando alguien usa esa razón de la fuerza contra la solidaridad o el cumplimiento de las normas está quebrando la convivencia que nos permitiría vivir civilizadamente. Los pequeños detalles son los que nos terminan haciendo grandes. En medio del caos, no nos queda otra que proteger los pequeños pasos que fuimos dando para convivir en paz y en armonía. El paso de peatones es una metáfora del mundo que estamos construyendo. Cada vez habrá más gente con más poder que no dejará pasar a quienes no han tenido la suerte o la posibilidad de llegar a ninguna parte. No nos estamos parando a dejar paso al peatón, al más vulnerable, al que necesita que nos detengamos para poder cruzar de acera. Y si no se logran cruzar las calles que separan una suerte de otra suerte, solo iremos dejando frustración y derrota en el camino. O atropellos que acaban con la vida de quienes solo deseaban transitar pacíficamente por ella.

Los barrancos tienen añoranza de agua. Cuando te adentras entre sus riscales llega un momento en que parece que te persigue la sombra de todos los que pasaron antes. Los Cernícalos, La Mina, Guayadeque, Guayedra, Las Garzas o el Guiniguada mantienen miles de piedras pulidas pacientemente por el agua revuelta de lejanos inviernos y por la corriente mansa, casi inasible, del verano. El pasado domingo me adentré a última hora de la tarde por el barranco Alonso, en Santa Brígida. Llegaba un momento en que los inmensos riscos laterales, la frondosa vegetación y la luz del sol cada vez menos intensa, te iban acercando a un pasado remoto en el que no había luz, ni agua, ni Internet, ni aviones volando por encima de nuestras cabezas. A esa misma hora, setecientos años atrás, alguien como yo también tanteaba sombras y buscaba el camino hacia las cuevas que todavía se ven en lo más inaccesible de los riscos. En la zona más profunda del barranco, donde lo umbrío y lo húmedo contribuían a que cada uno de mis pasos retumbara en el eco de la nada, el mundo era un lugar que atávicamente solo se concebía como escenario de milagro y de supervivencia. A pocos metros de nuestros entornos enmarañados de desalentadoras noticias, la naturaleza sigue dando un ejemplo diario de armonía y de resistencia. Solo tienes que confundirte con ella para saber que tú no vales ni más ni menos que cualquiera de esos arbustos que tiemblan mansamente cuando notan que se les posa un pájaro entre sus ramas.

La realidad se disfraza diariamente con todo lo que va encontrando por las calles. Por eso hay días que no la reconocemos. Da lo mismo que se ponga delante de nosotros o que haga toda clase de gestos para llamar nuestra atención. No se nos parece a nadie; no nos suena ni su voz ni lo que está queriendo decirnos. Llevamos ya muchos meses viviendo un carnaval que no se acaba. Nos negamos a asumir que el mundo que tenemos que vivir es el que nos están contando y recortando a todas horas. Queremos pensar que anda desnortado, disfrazado, con una careta grotesca e inoportuna que se acabará quitando cualquier día de estos. Pero pasan los días y cada vez nos parece más irreconocible y más lejano. Su carnaval no tiene nada que ver con este que ahora celebramos entre pitos murgueros y bailongos hasta el amanecer. No es festivo, y además se empeña en no querer sacarnos a bailar.

En estos días en que se asume que podemos ser otro sin que se escandalice el vecino, podríamos aprovechar para disfrazarnos y dejar sin coartada a esa realidad que está todo el año escondiéndose y alejándose de nosotros. Si ella se quedara sin público al que seguir asustando no le valdrían sus primas de riesgo ni sus anuncios catastróficos de todos los días. Deberíamos disfrazarnos nosotros para confundirla a ella. La cogeríamos con el pie cambiado, no lo esperaría, y sobre la marcha tendría que modificar sus conductas si quiere volver a ganarnos. Cuando nos quiera dar miedo le devolveremos una sonrisa de oreja a oreja, cuando nos hable de Apocalipsis le diremos que diariamente nacen millones de seres vivos en el mundo y cuando nos niegue créditos le amenazaremos con tranquilidad diciéndole que entonces no vamos a consumir absolutamente nada. A lo mejor habría que asustar un poco a la realidad y a los cuatro mercachifles que creen que la controlan para que vieran que sin nosotros no serían nada. Nuestra careta apuesta por la felicidad y por la convivencia, y nos negamos a seguir participando en esos grotescos carnavales que quieren montar los que nunca han sabido disfrazarse de simples mortales para empezar a divertirse en el juego de la vida sin incordiar al vecino. Estos días de febrero en que don Carnal anda suelto podríamos empezar a cambiarlo todo disfrazándonos de nosotros mismos. Hace mucho tiempo que su fiesta no es nuestra fiesta. Si acaso se divierten cuatro banqueros y un par de especuladores financieros que sí saben desde el principio quién está detrás de la careta. Nosotros también lo sabemos. Ellos creen que estamos en la inopia, pero que se anden con ojo porque al final siempre se terminan asustando los que pretendían atemorizar a los demás. Sus propias mentiras terminarán siendo sus peores pesadillas.

Las mañanas de domingo en febrero huelen a guayaba. Hay un olor a conserva de ultramar y a infancia, a tierra mojada, a invierno que no llega a ser invierno porque nunca pierde las evocaciones tropicales. La guayaba que se pudre en los caminos o la que pisamos accidentalmente cuando paseamos por los campos revive todos los paraísos que mantenemos a salvo en la memoria. Hace falta muy poco para reconocernos. Cualquiera puede cerrar los ojos y recuperar la brisa fragante que se mezclaba con los sueños luminosos que fueron poniendo el brillo en nuestros ojos. No todas las miradas transmiten la misma luminosidad oceánica. Los ojos brillan según la intensidad de las emociones de quien se asoma al mundo. También hay olores que nos permiten resguardar los paraísos más necesarios. Fuera todo es caos y ruido. El olor dulzón e intenso de la guayaba nos sigue manteniendo a salvo. El día está azul y aún no hemos perdido el rastro de los trópicos.

No van a solucionar nada. Irán probando hasta que se agoten las pruebas y llegue el caos. A los bancos les inyectamos dinero -el suyo y el mío- y para lo único que sirvió fue para que mejoraran sus márgenes de beneficios. No se dinamizó la economía ni se otorgaron más créditos. Esta reforma laboral facilitará el despido de miles de trabajadores, pero difícilmente generará más contratación. Ayer fueron 33 días, en seis meses serán 21 días, y en año y medio lo dejarán en 15 días. Luego detendrán la bajada para que haya olvido antes de las siguientes elecciones, y ya cuando ganen de nuevo reducirán las indemnizaciones a 7 días antes de llegar al despido improcedente sin costes, al humano-mercancía que trabaje dieciséis horas diarias durante seis días a la semana por un plato de arroz y un par de Real Madrid-Barcelona. Eso sí, entre tanto se consolida ese sueño neoliberal, irán facilitando los despidos tirando de eufemismos y de esas pérdidas que dejarán en la calle, casi con lo puesto, a miles de personas en los próximos años. Lo único que les importa es sacar petróleo de donde sea, y les da lo mismo el mar que el ser humano. Malos tiempos para la lírica y las utopías.

La justicia la representan ciega los que solo levantan el velo para ver lo que les interesa. Creíamos que era lenta; pero cuando tienen que acelerarla y poner las cosas en el sitio que les conviene es la más diligente y la más efectiva. Casi siempre mira para otro lado, o deja que los expedientes duerman el sueño de los justos en sótanos inmundos a los que solo visita el olvido. No podemos esperar que algo funcione bien si ya sabemos de antemano que todo está funcionando mal. El fiel de la balanza está trucado hace mucho tiempo. O cambiamos por completo el mundo, y sobre todo a los que llevan años queriendo mandar en él -y da lo mismo que cambien las caras porque los intereses son siempre los mismos- o cada vez seremos más pisoteados. En España nunca se ha borrado del todo aquella sonrisa de Millán Astray que ni siquiera pongo en el blog porque no me apetece empezar el día aliquebrado o chafarles a ustedes el fin de semana. Esa sonrisa de chulería y prepotencia de quien dijo que muriera la inteligencia aparecía en el espejo en el que se seguían mirando miles de españoles cada día. Solo esperaba su momento para mostrarse de nuevo. Lo único que ha variado es la ortodoncia. La de ahora parece de anuncio de dentífrico, pero en la comisura de los labios se sigue dibujando el mismo desprecio.

Entre un paraíso y una prospección solo hay deterioro y usura. Mi generación ha perdido muchos paraísos en los que aprendimos a mirar la belleza. Hay playas, montañas y horizontes que nadie nos podrá devolver jamás. Siempre aparecía la martingala del crecimiento económico y de las posibilidades laborales; pero al final Canarias solo sigue viviendo del turismo, y poco favor le haremos a ese medio de subsistencia horadando el fondo del mar para buscar petróleo. Cualquier mínimo fallo, el despiste de alguien que un día amanezca medio agripado o la negligencia de uno que pasaba por allí, convertirían a Famara o a Sotavento en una sombra negra y pegajosa como las de aquellas manchas de alquitrán que cuando yo era niño ensuciaban cada dos por tres las piedras de la playa del Puerto de Las Nieves de Agaete. Esas manchas venían de los petroleros que pasaban cerca de nuestras costas y esa playa que les acabo de nombrar ya no existe. Era mi paraíso, pero quedó sepultado para siempre porque llegaron los mismos desaprensivos que ahora nos cuentan que sin petróleo no viviremos, o que si no lo sacamos nosotros lo terminará comercializando Marruecos con los mismos riesgos para nuestras costas. No me valen sus argumentos, y mucho menos cuando éstos vienen casualmente unidos a la negación de las energías alternativas. Ayer me preguntaban en una entrevista que si los canarios éramos un pueblo resignado. Contesté que era verdad que durante siglos no habíamos hecho otra cosa que escapar por el mar cada vez que pintaban bastos, pero que creía que ahora habíamos cambiado. No sé si acertaba, pero sí tengo claro que los que ven estas islas como lugares en los que enriquecerse rápido y de cualquier manera han cambiado poco. Esta vez no hablamos de una crisis pasajera como la de la cochinilla o la caña de azúcar. Ahora nos estamos jugando el paraíso. Hay que elegir paraíso o prospección. No hay término medio. Futuro azul o futuro negro.

Que la vida es un juego es algo que uno aprende saliendo a la calle cada día. Juegas a sobrevivir, a ser feliz, a enamorarte y a no perder ni un solo segundo de tu tiempo. Ganas y pierdes, según los días, según cómo lo mires, o según quiera ese azar que tantas veces nos lleva de un sitio para otro como si fuéramos barcos de papel en medio de un océano de casualidades. Pero que la vida iba en serio, como escribía Gil de Biedma, uno lo empieza a descubrir más tarde, aunque envejecer y morir, contrariando al poeta, ya no sea el único argumento de la obra. Ahora también se puede apostar por la muerte del otro y ganar un dineral si tienes suerte y ese viejo por el que apuestas se muere cuanto antes. El Deutsche Bank, que no es precisamente el banco de referencia de una república bananera, acaba de sacar un fondo de inversión en el que usted apuesta por el futuro de un grupo de estadounidenses de entre setenta y noventa años. La noticia cuenta que cuanto antes fallezca el viejo elegido más gana el cliente; pero que si ese viejo aguanta en el planeta muchos años es el banco el que se lo lleva todo. Ese juego macabro supera cualquier ficción más o menos inspirada y lleva la usura a las puertas del desprecio a la vida humana. En Alemania, hace unos años, Goethe escribió que hubo un señor que por lograr la sabiduría le acabó vendiendo su alma al diablo. Sus compatriotas banqueros se conoce que serían capaces de vender a su madre por ganar unos céntimos de euro en esa tómbola vergonzante y especulativa que es hoy la economía financiera. Envejecer y morir ya no son las únicas dimensiones del teatro. Ahora nuestra muerte también tiene que ser rentable.

Ayer aparecía Antoni Tápies en el sumario de los Telediarios. ¿Tápies en los Telediarios? ¿Lo habrá convocado Mourinho? ¿Lo pondrá Rajoy a controlar la prima de riesgo? ¿Habrá matado a cinco personas en un descampado de cualquier ciudad del mundo? No, Tápies había muerto, por eso era noticia. Cada vez que veo a un artista entrado en años en un telediario me pongo a temblar. A veces salen porque les han dado el Nóbel, el Cervantes o el Príncipe de Asturias; pero en ese caso lo suelen poner al final, en el batiburrillo informativo donde están metiendo la Cultura últimamente. Las noticias culturales han ido perdiendo espacio en la misma proporción que lo han ido ganando los desafueros económicos, las astracanadas deportivas y los sucesos más macabros. También hemos dejado que los políticos invadan los medios informativos. Yo creo que buena parte de la crisis de la prensa escrita hay que buscarla en el número de páginas que se llevan unos señores a los que, salvo honrosas excepciones, uno preferiría no encontrárselos en ninguna parte. No digo que saquemos solo cultura, pero los creadores tienen mucho más que contarnos sobre el paso del tiempo o las emociones. No me vale de nada que les dediquen esos minutos cuando ya están muertos, o a lo mejor es que los prefieren muertos para que no molesten y no cuenten que la vida está muy por encima de la economía o de los tropecientos partidos del siglo. Yo creo que evitan la Cultura porque saben que puede revolucionar las emociones y las conciencias. Y porque corren el riesgo de quedar en evidencia.

Solo en la caricia nos queda algo de revolución. La sensación de reconocer otra piel nos aleja del egocentrismo. Los niños necesitan tocar los objetos para reconocerlos, probarlos como se prueba el pan caliente que tanto tranquiliza al descubrir que su sabor sigue siendo un milagro cotidiano que no se ve afectado ni por las crisis, ni por las modas pasajeras. Nos tocamos poco. Por eso no nos estamos reconociendo últimamente. Cada uno se refugia en su cueva, y da lo mismo que estemos rodeados de gente. Nos ensimismamos y nos volvemos caracoles encerrados dentro de nuestra propia concha. Creemos que así evitamos los golpes diarios; pero lo único que estamos haciendo es condenarnos a un olvido prematuro, a esa sensación de orfandad que tanto nos aleja de la vida cuando, al extender la mano, solo encontramos el tacto frío de la soledad. A veces para encontrar hay que perderse: también valoramos una caricia o reconocemos esa mano que nos ayuda a recorrer caminos casi intransitables cuando creíamos que no era posible encontrar la salida por ninguna parte. La salida también está en el otro, en su complicidad y en su capacidad para sacarnos de nuestros propios laberintos.

Cuando se escribe se sueña con acariciar las palabras. En el fondo escribimos para salvarnos, para buscarnos y porque sabemos que una palabra puede cambiar nuestro destino y nuestro estado de ánimo. Hasta ahora no había podido tocar mis palabras, pero hace unos días un amigo ciego, Manolo Concepción, me hizo uno de los regalos que más me han emocionado en toda mi vida. La ONCE eligió mi novela "Las derrotas cotidianas" para traducirla a Braille y ponerla a disposición de todos sus socios en España. En su día había autorizado ese proceso, y la única condición que les había pedido era ese libro que duplica el número de páginas del original. En estos momentos lo están leyendo muchos ciegos, y en las próximas semanas me sentaré con un grupo de ellos para descubrir qué es lo que han sentido al leer la novela. Es la primera vez que me sentaré con lectores que han leído lo que escribo tocando cada una de las palabras. Yo también llevo días siguiendo el tacto de las vocales y de las consonantes. Junto al libro, Manolo me dejó un abecedario de Braille que sirve de guía cuando te mueves cuidadosamente por los puntos que trazan cada uno de los símbolos. Todo lo que se siente es milagroso. La palabra nace del tacto, no de la vista, y esa sensación solo podría compararla con la vida que sientes palpitar en el vientre de una mujer embarazada. Tocas la palabra y se asoma la idea. Ojalá nosotros también nos tocáramos un poco más para reconocernos y para que nuestros trazos no se quedaran en ese silencio que tantas veces amordaza a nuestros propios sentimientos.


Lo bueno que tiene el mar es que uno escucha siempre la música que necesita. Los días radiantes acrecienta tus alegrías y las reaviva en las revolturas de la orilla. Los otros días deja que tus penas se diluyan en el ir y venir de unas olas que jamás repiten los mismos acordes. Un isleño es un ser vivo rodeado de mar por todas partes. Da lo mismo dónde habite o dónde mire porque siempre llevará consigo el sonido de las olas. Si le miras a los ojos acabarás encontrando los destellos luminosos de los charcos cuando baja la marea. A su paso también va dejando una brisa suave que a veces se confunde con el olor de las sebas y de las algas.

La mirada siempre se me ha ido para la que no gana. Cuando empecé en el Periodismo me tocó cubrir los actos de los carnavales de Las Palmas un par de años. Podría escribir un tratado de letras murgueras, sambas de comparsas, reinonas, mascaritas, pregones y escenarios de cartón de piedra; pero viendo hoy las portadas con la cara de felicidad de la reina del carnaval he vuelto a recordar los gestos de las que se quedaban lejos de la fiesta y de los aplausos. Nadie las miraba, y esa misma noche regresaban a su habitación con un nuevo sueño roto. Entrevistar a las ganadoras requería una buena dosis de paciencia. Casi siempre respondían con monosílabos o no salían del "todavía no me lo puedo creer", "este es el día más feliz de mi vida" o del recuerdo de la madre que desde niña soñó con tener una hija que reinara en alguna parte. Pero ya digo que mientras todos los focos apuntaban a la reina de la fiesta, mi mirada buscaba las caras de las derrotadas, sus gestos fingidos y sus risas como muecas tristes en medio de las lentejuelas y el maquillaje de colores estridentes. Luego las veía bajar, caminar despacio hacia sus camerinos y alejarse cuanto antes de los gritos de los amigos y familiares más cercanos a la ganadora. Hoy tampoco sabemos nada de todas aquellas reinas, ni a qué se dedican, ni qué habrá sido de sus vidas. La fiesta nunca dura eternamente. En aquel momento me hubiera gustado entrevistar a aquellas perdedoras, preguntarles por lo que habían aprendido con esa derrota, y por supuesto compensarlas con el protagonismo en papel que les había negado la vida real. Una vez se lo insinué al redactor jefe y casi me mata con la mirada. No insistí, pero seguí fijándome en ellas. Hoy también traté de buscarlas en las fotografías, pero no eran más que sombras difusas y casi irreconocibles que posaban detrás de la ganadora. La derrota nunca vende. No me lo llegó a decir aquel redactor jefe de la vieja escuela, pero es así. Los medios solo quieren la parafernalia de los triunfadores. Ya luego en las novelas y en el cine sí ganan habitualmente los que pierden; pero no todo el mundo tiene la suerte de que se le cuente en un libro o en una película. Las ganadoras suelen ser pésimas protagonistas de historias. No tienen mucho que decir, y además tienden al monosílabo y a las frases hechas. Las perdedoras, en cambio, nunca se repiten y, habitualmente, dibujan gestos más creíbles y más fotogénicos, pero eso importa poco porque la noticia siempre la termina protagonizando la que porta la corona. Sucede más o menos como en la vida que acontece fuera de los escenarios. Habitualmente ganan los otros.

Buscamos amor para escapar del frío. Siempre ha sido así. La primera sensación que tenemos en la vida es el frío. Nos miran caras desconocidas que sonríen tratando de hacernos gracia; pero para nosotros, que venimos del calor del útero materno, son seres extraños hasta que no nos reconocemos en los primeros espejos. Lo que sí nos queda es aquel frío que nos alejó del paraíso. Por eso, según bajan las temperaturas, nos ponemos en alerta y buscamos abrigo como lo buscaban nuestros antepasados más lejanos. La lluvia no solo moja nuestros cabellos. Con el paso de los años nosotros también nos terminamos volviendo escarcha, frágiles hielos que al derretirse solo dejan pequeños charcos que acaba secando el tiempo.

Ella decía que era mal público para su memoria; pero su memoria quedará detrás de cada uno de sus versos. Murió ayer, plácidamente, como deberían morir todos los poetas. Yo moriría igual si hubiera escrito lo que ha escrito ella. Una gran poeta, de las más grandes. Y era grande por la cercanía de lo que contaba, por su sencillez y porque al leerla daba lo mismo dónde situara sus recuerdos. Quien escribe asomándose al corazón de los otros nunca extravía ninguna de sus palabras. Me he enterado tarde, pero aunque me hubiera enterado a los pocos minutos de su muerte no hubiera podido acercarme con un ramo de flores a despedirla. Le debo muchos minutos memorables a Wistawa Szymborska, y lo que escribo le debe también muchas sensaciones y muchas metáforas. Yo ayer me desconecté del mundo. Fui feliz. Comí en un restaurante maravilloso, mirando al Atlántico, con el cantante Braulio y el periodista Manolo Mederos, admirados amigos y paisanos; luego quedé con más amigos para celebrar el cumpleaños de la actriz Saida Santana, que estos días está de paso por Gran Canaria -Saida también es una devota admiradora de la poeta polaca, pero ni ella ni yo sabíamos ayer que ya estaba muerta-. No me asomé a la actualidad del mundo en todo el día, por eso me entero hoy de su fallecimiento. Me apena su partida. Ya no volverá a escribir, realmente es esa la muerte de cualquier poeta; pero mientras alguien viva todavía es posible el milagro. Ahora somos nosotros los que tenemos que mantenerla viva. Si no la conocen, acérquense cuanto antes a una librería y pidan cualquiera de sus libros. Tengo a mano el primero que me ha aparecido en mi bilioteca. Se titula Aquí. Lo abro y releo el poema Adolescente. Les dejo con sus versos. No desperdicien ni una sola de sus palabras.


ADOLESCENTE

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotras
que probablemente sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatura mayor
y todo el cuerpo recubierto de piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.
Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.

En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especie de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Una bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.

(La traducción de este poema publicado en Bartleby Editores es de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano)

Se confunden los pasos. Alguien camina sobre la arena ardiente del desierto bajo un sol de justicia en el mismo momento en que otro ser humano tratará de no morir congelado recorriendo un espacio interminable cubierto por la nieve. Los dos entierran sus pisadas en la esencia del planeta justo al mismo tiempo, uno en el calor más agobiante y el otro en ese frío que congela los huesos y los sentidos. Tratan de mantener el equilibrio sobre superficies inestables en las que casi te juegas la vida a cada paso. No saben que sus caminos se están encontrando en el tiempo. El que se hunde en las dunas desearía con toda su alma pisar el hielo, y el que pisa el hielo daría media vida por sentir el calor de la arena cubriendo sus pies helados. También nosotros caminamos por el mundo al mismo tiempo que millones de personas. Nuestros pasos resuenan en las calles o en los pasillos de los aeropuertos confundiéndose con el eco de todos los pasos que recorren el planeta buscando su destino. Si tú te detienes y no sigues andando no se parará el mundo; pero si continúas caminando deberías valorar cada uno de tus pasos. El camino son tus pasos y los otros pasos que van contigo tratando de disipar la neblina que oculta el horizonte. Puedes llamarlo aventura; pero la vida no es más que eso, un eterno caminar detrás de los sueños.

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