los blogs de Canarias7

Archivos Enero 2012

No te reconoces. Ese no eres tú. Te acostaste como todas las noches sin saber que te podías extraviar en cualquier sueño. Tampoco estás en tu casa, ni ese espejo en el que te buscas es el de tu cuarto de baño. Ahora estás solo y en el espacio por el que deambulas no hay nadie. Rebuscas en tus bolsillos los documentos que solías llevar encima a todas partes, pero no te suena ni el nombre que aparece, ni el número que te identifica. Te acuestas para ver si te reencuentras en un nuevo sueño. No puedes dormir. Nadie te explicó nunca que todos los dioses mortales son inconsistentes y que tienen siempre los pies de barro.

Los colores de los días se confunden siempre con los colores de tu propia mirada. Da lo mismo que esté gris el cielo o que amanezca con un azul radiante. Si tú te levantas gris, no habrá cielo azul que te coloree a menos que pongas de tu parte y decidas repintar una por una todas tus ilusiones. Un pintor no duda, si acaso tantea y rebusca. Si deja de pintar se acaba el cuadro. Tampoco el sol, como escribía el poeta Willian Blake, duda cuando tiene que brillar cada mañana. La felicidad puede que sea una entelequia; pero si no coloreas tus contornos, y si no dejas que brille el fondo más reconocible de tu mirada, te quedarás viviendo siempre a medias.

Entra en la guagua y comienza con el relato de alguna queja lastimera o con la crónica de la última muerte cercana: "¡no somos nada!" o "¡quién se lo iba a decir a ella cuando la veíamos tan campante hace menos de dos meses sentada ahí detrás!". Ni siquiera espera a que el chófer le cobre. Cuando señala el lugar donde estuvo en su día la finada, los que ocupan ahora ese asiento buscan como locos un trozo de madera al que agarrarse. La señora, mientras, escruta el horizonte guagüero para ver con quién puede ir pegando la hebra. Casi siempre va camino del hospital. No sé cómo se las apaña para atraer las enfermedades, o para tener a alguien ingresado todos los días del año. Todos nos enteramos de los motivos de esos ingresos, y raro es el día en que los hipocondríacos no llegamos al trabajo pendientes de no vernos afectados por cualquiera de los síntomas que ha ido describiendo con todo lujo de detalles.

En otra parada posterior sube una señora con un talante muy distinto. No para de sonreír y jamás cuenta una desgracia. Te gusta escucharla porque relata los sucesos cotidianos con ironía y con un alejamiento de toda esa casquería innecesaria con la que la gente está imitando la crónica de los reportajes televisivos más siniestros. Siempre se ha dicho que la televisión es un reflejo de la propia vida, pero yo creo que ahora es al revés, que la tele está cambiando la realidad y hasta la forma de contarla. Esa señora habla sin estridencias, y solo te enteras de lo que va diciendo cuando te toca en una asiento cercano. Su sonrisa ilumina las mañanas más nubladas. En la guagua también va siempre un despistado pensando en sus cosas, alguien que espera a que suba el amor de su vida en la siguiente parada, el estudiante que repasa histérico los temas del examen que tendrá a media mañana, el que no deja de mirar por la ventana tratando de buscar algún horizonte que le salve del fracaso, la joven hermosa que se maquilla con un espejo de mano mirando disimuladamente al joven de ojos de claros que es clavado a uno de los cantantes de moda; y también están los conductores que uno ya casi reconoce como parte de su propia familia, y los otros pasajeros que saludas a diario sin saber nada de sus biografías o de sus trabajos, hombres y mujeres con los que llevas media vida compartiendo destino. Baja la señora alegre y la que se relame con las tragedias. Todos vamos bajando y perdiéndonos en la ciudad que no nos reconoce. Solo al final del día, cuando regresamos a la guagua, volvemos a comprobar que con nosotros vuelven muchos de esos habituales y que la vida no es más que un largo viaje itinerante. También la guagua no es más que una metáfora de la gente que pasa, sociología cercana, viajes que se van repitiendo igual que se repiten los cumpleaños. Solo cambian los trayectos.


Cuando escribes en la pantalla corres el riesgo de que las palabras se las lleve el olvido antes de que puedas llegar a releerlas. Basta con tocar una tecla equivocada, o con que un virus se active justo en el momento en que habías dado con un verso sublime, para que asistas al destino final de todo lo escrito mucho antes de lo que imaginabas. No sabes dónde están, ni en qué dimensión del tiempo acabarán mostrándose. Tú sabes que las escribiste y que por tanto deben andar por alguna parte. Los informáticos rebuscan en el disco duro del ordenador, pero ellos solo ven programas y escrituras con símbolos extrañísimos. Hasta ahora no ha habido informático que haya podido recuperar un verso perdido. Por eso escribimos en las pantallas tratando de memorizar siempre los últimos renglones. También estas palabras corrieron el riesgo de ese olvido prematuro, o igual yo las escribo y, sin saberlo, las estoy publicando en algún lugar lejano en el tiempo: en las pantallas tecleas sobre la misma nada en la que alguien también nos debe estar escribiendo a cada uno de nosotros.

Hoy habrá alguien que escuchará Yesterday por vez primera. Todos los días hay millones de seres vivos que estrenan el mundo. Los que ya estamos desde hace años deberíamos recordar que, con cada nuevo amanecer, se abre el telón de una actuación diaria que se va improvisando a medida que avanzan las horas. No hay nada escrito. Lo de ayer ya quedó atrás. Tal vez lo recordemos alguna vez, pero como se recuerda la historia de un libro o una película: el pasado no es más que una ficción de uno mismo. Hoy, como decía el poeta, es siempre todavía. No lo olvides cuando pases delante del mar, del árbol o de cada una de las personas que realmente te importan. Lo demás es rutina y tedio, o soberbia estúpida de los que piensan que ya lo tienen todo visto. Contamos con la mirada de ayer, pero nos quedan todos los ojos del mañana. Escucha Yesterday como si fuera la primera vez, besa como si nunca hubieras besado antes y respira como si te hubieran devuelto a la vida después de muchos años alejado de ella. Nunca digas que ya no te queda nada que vivir.

Lo que se pierden son los pasos que van recorriendo los caminos. Las huellas quedan siempre detrás de nosotros, unas veces duraderas como aprendices de fósiles, y otras efímeras y casi imperceptibles como pisadas de gaviotas. Las efímeras son las de nuestros pies descalzos, todas esas marcas en la arena que luego diluye la marea con la misma sutileza que vamos olvidando el pasado. Pero cuando ya no queden rastros de tus vivencias serán esos zapatos que ahora tiras al contenedor de la basura los únicos que guardarán tus pasos por el mundo. Ni siquiera les agradeces los muchos momentos inolvidables que han compartido contigo. Con ellos caminaste hacia ese nuevo amor que te cambió la vida, recorriste el puente de Brooklyn, paseaste mil sueños imposibles pisando la hierba de los parques o hiciste resonar tus pisadas más volanderas en los adoquines mojados por la lluvia. Cualquier día puedes encontrarlos de nuevo. A lo mejor todos los zapatos que uno calza a lo largo de su vida terminan apilados en un mismo lugar a la espera de que volvamos a recuperar los caminos grabados en el ADN de sus suelas desgastadas. No se pueden tirar los zapatos a un contenedor como si se tiraran trapos sucios. La huella que vamos dejando es realmente de ellos.

Imagina un mundo en el que no conocieras el significado de las palabras, un país lejano en el que nadie te entiende, unos documentos que firmas sin saber qué estás consintiendo con tu rúbrica. Hace años, a muchos de nuestros antepasados los podían engañar con textos en mayúsculas porque ni siquiera sabían leer. Bastaba la malandanza de cualquier usurero o arribista sin escrúpulos para perder la casa, las propiedades y hasta su propia libertad. Mojaban sus dedos en tinta y sobre la marcha caían en desgracia. Aquel dedo sobre unos símbolos que no entendían era la gran barrera infranqueable de sus vidas. Nosotros se entiende que sí conocemos las palabras que leemos y firmamos en cientos de documentos; pero creo que tampoco estamos a salvo de las condiciones leoninas de quienes las redactaron. Casi nunca nos paramos a leer la letra pequeña, todas esas condiciones que casi siempre aceptamos sin detenernos a examinar cada frase y cada estipulación que nos plantean. Nos estafan con esa letra en la compañía telefónica, en el seguro privado, en la compra de un coche y no digamos en cualquier movimiento o cuenta que nos creamos en Internet. También en la economía y en la política hace años que se están valiendo de esas palabras que nadie lee para hacer con nosotros lo que les da la real gana. Da lo mismo lo que usted vote o lo que usted haga. Lo que mueve el mundo ahora mismo es la letra pequeña que nadie entiende y que nunca nos paramos a leer. En esa maraña de cláusulas y advertencias es donde está la clave de todo lo que estamos viviendo. Por eso no entendemos nada de lo que nos está pasando.

La ausencia es la pérdida de algo o de alguien que nos mantenía unidos a la felicidad, un equilibrio que no descubrimos hasta que desaparece, la decepción del paso del tiempo y sus achaques, los amores y los amigos que perdimos, los años luminosos que solo reverberan en el recuerdo, el adiós inesperado que nunca esperábamos, el final de una parte de nuestra biografía, los sueños rotos, el mundo que se hunde sin que podamos achicar agua por ninguna parte. Vicente Verdú ha escrito un libro reflexivo, sincero y acertado sobre las ausencias que estamos padeciendo en estos momentos. Parte del amor, de la pérdida del amor, de la muerte de la mujer amada, pero esa pérdida le lleva a todas las pérdidas que estamos leyendo a diario en los periódicos, a la supresión de derechos, a la banalización de la belleza, a la liviandad del sistema, al ninguneo de los sabios y al espejismo que habitamos queriendo ver oasis en unos horizontes que solo pretenden nutrirse de todas nuestras derrotas. Verdú casi siempre ha ido un paso por delante de nosotros en su capacidad para observar los comportamientos y las modas de los tiempos que vivimos. Este libro refleja esa sensación de orfandad colectiva que tenemos casi todos cuando nos asomamos a nosotros mismos o cuando comprobamos, desorientados e inermes, ese empeño marcroeconómico por depreciarnos cada día un poco más.


Vicente Verdú. La Ausencia
Edit: Las Esfera de los libros. 191 páginas. 19 euros

Nadie quiere perder, pero todos salimos derrotados de vez en cuando. Creo que el gran secreto de la felicidad reside en la capacidad que tengamos para sobreponernos a esas derrotas. Siempre se muere alguien cercano, o perdemos un amor, o sencillamente vamos comprobando cómo el paso del tiempo nos vuelve más lentos, más temerosos y también más precavidos. Cada vez que cerramos los ojos al dormir se rebela el subconsciente y nuestra propia historia se convierte en un puzzle de imágenes y evocaciones que no controlamos en ningún momento. Por eso, cuando dormimos profundamente, nos adentramos en una enigmática película que no sabemos cómo va a concluir. Si abrimos los ojos al día siguiente deberíamos celebrarlo como si fuera siempre el primer día de nuestra existencia.
Fue Shakespeare el que escribió que se canta lo que se pierde, pero no hacía falta nacer en Stratford-upon-Avon para llegar a esa conclusión. Eso seguro que lo pensaron todos nuestros antepasados. Más tarde o más temprano todos perdemos y descubrimos lo importante que era esa persona o esa facultad perdida cuando casi nunca tenemos posibilidad de desandar el camino y contar con ella de nuevo. A mí me ha pasado estos últimos días con el olfato. Uno vive todo el tiempo sin valorar los olores o los sabores que se tropieza a diario. De hecho, habitualmente olemos o saboreamos sin ser conscientes de que lo estamos haciendo. Durante días la comida no me supo a nada, y tampoco era capaz de percibir ningún olor. Como media isla, he padecido un trancazo tremendo agravado por la calima. Pero volviendo al tema de la pituitaria (una vez un futbolista del Oviedo le largó un cachetón a un periodista porque le preguntó si le estaba fallando la pituitaria y el tipo confundió la palabreja olfativa con sus partes pudendas), si alguien nos dijera de repente que tenemos que renunciar a un sentido, seguro que la mayoría optaría por el tacto o por el olfato. No nos damos cuenta de que sin tacto no hay caricia, y sin olfato andaríamos por el mundo como si no estuviéramos. Cuando lo recuperas te comportas como un perro que precisa husmear todo el tiempo para sobrevivir. Casi llegas a oler el miedo o la alegría. Lo primero que hice cuando lo recuperé fue adentrarme en un mercado y dejarme llevar por el olor de las guayabas, del pescado y de todas esas hierbas y esas frutas que hacen que la vida se acabe pareciendo a un paraíso. Casi siempre vivimos sin valorar nuestras sensaciones, por eso nuestra existencia se queda tantas veces a medias, como si la estuviera protagonizando otro. Los olores, las miradas, los sabores, las caricias, y también las palabras y los acordes que escuchamos, nos mantienen vivos. Sin esos cinco sentidos siempre despiertos nuestra vida se acabaría convirtiendo en un mero acto rutinario.


Estamos silenciando a los sabios y a los mayores. Por eso se agradece tanto una entrevista como la que le hizo Iñaki Gabilondo a Emilio Lledó. Lledó es sabio, es mayor, pero mucho más joven que la mayoría de nosotros, y sabe contar con la naturalidad y la sencillez que requiere cualquier aproximación a la sabiduría. Les dejo con algunas de sus reflexiones: "Me preocupa la corrupción de la inteligencia"; "lo que crea riqueza en un pueblo es el cerebro y las instituciones que lo cultivan"; "la justicia es la amistad solidarizada". También dijo LLedó que "el ser humano es memoria". Si olvidamos lo que somos y a quienes nos pueden ayudar a ser más sabios y mejores personas acabaremos en manos de todos esos usureros que ya se reparten nuestros restos delante de nuestras propias narices.

Me encontré a Emilio González Déniz en la Séptima con Broadway. Hacía días que quería llamarlo para agradecerle el comentario que me había dedicado en su blog; pero Emilio no me dejó tomar la palabra y sobre la marcha, mirándome como Joseph Cotten en El Tercer Hombre, me contó que venía de la casa de Galdós y que se acababa de encontrar al poeta Eugenio Padorno y al ensayista Antonio Becerra. También añadió que ese tramo de calle que va desde Malteses a Travieso era un lugar de perdición en el que, además, había una librería. Es verdad que yo venía de comprar vino en el Gabinete Gastronómico y que pensaba pararme a comprar algún libro, pero viendo la cara de Emilio pude asumir el riesgo que estaba corriendo en esos momentos. Me imaginé detenido por una orden internacional como a los de Megaupload. Seguro que también me estaban siguiendo desde cualquiera de esos satélites que reconocen hasta nuestros empastes. Miramos a los lados y continuamos nuestro camino intentando salir cuanto antes de ese tramo sospechoso de calle. No llegamos al final. Casi cuando habíamos logrado sortear todos los peligros nos encontramos a dos periodistas de la vieja escuela con los que yo aprendí mucho de lo poco que sé de esa bendita profesión que todos quieren cargarse. Pepe Rivero y Amado Moreno no solo hablaban sino que, además, tenían la valentía de hacerlo delante de la Librería del Cabildo. Se la estaban jugando. Junto a ellos estaba el tercer hombre con el que creo que no quería tropezarse Emilio cuando me lo encontré en la Séptima con Broadway que está en la esquina de la calle Torres. Era el hijo de un gran poeta, la esencia de la subversión, un hombre que seguro que aún conocía la fórmula con la que se crean esas armas de construcción masiva que son los versos. Su padre era Saulo Torón, pero yo apenas pude hablar con él. Nos saludó y desapareció sobre la marcha. Me imagino que Pepe y Amado sabrán dónde encontrarlo; pero como buenos periodistas mantendrán el secreto de su paradero hasta que la literatura no corra peligro. Emilio también aprovechó el encuentro para perderse en dirección a San Bernardo. Desde lejos vi cómo trataba de desaparecer entre la gente. Llevaba dos libros escondidos debajo del abrigo. Espero que haya podido llegar a su casa sin que nadie se diera cuenta de que andaba por la calle con un material que nuestros gobernantes consideran mil veces más peligroso que el uranio. De los encuentros que tuvo en ese tramo perdulario de calle no diremos nunca ni media palabra.

Desde cualquier ventana se puede ver el mar. Cada uno necesita enmarcar su propio paisaje para no desorientarse. Donde quiera que mires acabarás viendo lo que precisen tus ojos para no extraviarse. En medio del caos, sobrevivimos porque sabemos que no hay tormenta que dure cien años. Cuando te asomas a las ventanas de ti mismo acabas viendo la montaña, la calle o el árbol que tantas veces reconoció tu mirada. La brújula la lleva cada uno en su memoria más necesaria. El extravío no es más que una huida de nuestro propio pasado.

La música está en tu propia cabeza mucho antes de que llegues a escucharla. Es más, no llegarás a escuchar ni una milésima parte de todos los sonidos que podrías reproducir si tuvieras tiempo de activar todas las neuronas y las reacciones eléctricas que la generan. Nadie escucha exactamente igual a Mozart. Cada uno le da un tono y un sonido diferente según la capacidad de reacción de sus emociones. Si no vives despierto la música no saldrá nunca de la matemática de tu papel pautado. Cualquier violín, o el atávico tambor, o esa guitarra que remueve la alquimia de todas las nostalgias, contribuyen al milagro. Me gusta mirar a los ojos de la gente cuando va concentrada en la música de sus auriculares. También cuando transitan como ausentes por las aceras. No solo son las voces las que guardan el eco de nuestras presencias. Hay notas musicales que nos componen a diario sin que nos demos cuenta. Las sístoles y las diástoles de nuestro corazón marcan el compás de nuestras vidas, pero no dejamos de improvisar melodías prodigiosas cada vez que necesitamos acordes que ahuyenten las penas y los desengaños. Nuestras músicas se acaban confundiendo casi siempre con nuestros propios recuerdos.

Si cierras los ojos lo puedes recordar tratando de memorizar la regla del nueve, metiendo goles cuando casi no había luz para alumbrar los contornos de la portería o besando por vez primera en una cálida de noche de verano que nunca llegó a amanecer en tu memoria. Todos esos están sembrados en otras dimensiones del tiempo. Alguna vez los recuerdas. Tus evocaciones no llegan más lejos; pero a lo mejor también dejaste otros muchos émulos a los que robaste la voz y los gestos en los márgenes de un camino del que ni siquiera guardas un remoto recuerdo. Tampoco sabes quién serás mañana. El que se mueve es el que conjuga la vida en presente, y es a ese al que le toca contar todo lo que hicieron los otros. También es ese narrador que te cuenta el que intuye lo que acabarás siendo mañana. Para no equivocarse ni con quien fue, ni con quien sueña llegar a ser, lo disfraza todo de ficción. Pero la ficción no es más que un reflejo, una sombra difusa que siempre se acaba confundiendo con cada uno de nosotros.

Ayer, caminando por la calle de Triana, me detuvo la conversación de dos viejos descreídos a los que la vida no les ha dejado más espacio que un banco los días soleados en una calle peatonal. Lo que escuché mientras iba ensimismado en mis pensamientos es lo que uno de ellos le decía al otro hablando del tiempo que el recuerdo permanece entre los vivos una vez desaparecemos para siempre: "En dos meses te olvidan". Sobre la marcha detuve mis pasos haciendo como que miraba algo en la pantalla del teléfono móvil y traté de indagar en qué se apoyaba aquel señor risueño y dado a la filosofía para fijar el olvido en solo dos meses. No especificó nada más. Su compañero le replicó que habitualmente se olvida antes, a lo que el otro respondió que era posible; pero que él, por la experiencia de años viendo partir a tantos amigos, había calculado que en dos meses hasta el más pintado se queda sin rastro sobre la tierra. Su compañero volvió a decirle que ese olvido dependería de la familia y de la gente que le hubiera querido, y ya medio filosófico le espetó que uno no muere mientras alguien le recuerda sobre la tierra. El de los dos meses se rió y le dijo que los muertos están muertos aunque los recuerden en manifestaciones multitudinarias, y que todo eso no era más que un camelo. Luego guardaron silencio durante unos minutos, y el de los dos meses se giró y me vio parado mirando la pantalla del móvil. No me dijo nada, pero le hizo una seña de envite a su compañero. Yo seguí mi camino y me volví a parar más adelante al escuchar a otro viejo, que parecía recién llegado de Cuba, cantando el bolero Amar y Vivir. Seguía pensando en lo de los meses y también preguntándome si el recuerdo de otros nos mantiene realmente vivos. Mientras, la letra de la canción decía más verdades y tenía más metafísica que todos los existencialistas juntos: "se vive solamente una vez, hay que aprender a querer y a vivir, y hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras". El viejo de los dos meses y su amigo me miraban desde lejos. Le dejé un euro al cantante y seguí mi camino. Yo creo que es lo único que tenemos que hacer en la vida: seguir el camino, y amar y vivir todo lo que podamos. Todo lo demás no importa.

En enero ya no solo se rebajan las existencias que no se vendieron en los comercios durante las fiestas navideñas. También nosotros somos parte de esas existencias que quieren sacar al mercado a precios cada vez más bajos. Si usted tuviera una tienda y anunciara que sus productos están recortados no vendería un colín. Los recortes vamos a dejarlos para aquellos juegos que comprábamos en los quioscos luminosos de la infancia o para las clases de Pretecnología. A nosotros nos están rebajando, no recortando. Cada vez valemos menos y contamos con menos derechos. Y la cosa es que ni usted ni yo hemos hecho nada malo para que nos traten como a productos sobrantes que nadie quiere comprar por lo que realmente valen. Fueron los dueños de esas tiendas metafóricas que nos tratan como mercancía los que se arruinaron jugando al monopoly de la especulación o moviendo el dinero de forma alocada e irresponsable. Esos dueños que ni siquiera conocemos son los que ahora nos sacan a la calle y nos exhiben a precios cada vez más bajos y más humillantes.
Vivimos en un mundo de rebajas en el que nada es lo que parece. Hemos pasado de ser personas a ser carne de estadística y de fríos datos macroeconómicos. Nadie baja a la realidad a mirar lo que está pasando. Nadie se acerca al empresario que ve cómo por la impericia de otros se viene abajo su negocio de toda la vida, ni tampoco hablan con el trabajador que ya no puede ni pagarle los libros del colegio a sus hijos. Todo lo que improvisan son recortes y cargas fiscales sobre esas mismas mercancías que luego dicen que no sirven para nada. No vienen buenos tiempos; tampoco se puede esperar nada de improvisaciones y recortes al tuntún en la ruleta de un mundo desnortado y sin rumbo. Se rebaja lo que uno necesita quitarse de en medio para incorporar nueva mercancía, a ser posible con costes menores y con mayores márgenes de beneficios. No son las nuestras unas rebajas transitorias. Tampoco se recuperarán fácilmente todos los retales de los recortes que han ido tirando por el camino en estos últimos meses. Urge un cambio global que nos espabile y nos ayude a buscar nuevos rumbos más allá de unos políticos que han demostrado, aquí, en Bruselas o en Pekín, que son ineficaces e irresponsables. Me preocupa la desaparición del pensamiento y la cultura, el escaso protagonismo que tienen los que podrían proponer ideas y nuevos rumbos. La revolución francesa nació del pensamiento. No todo es vender y comprar. Ahora mismo solo interesa la economía, las primas de riesgo o el euro. Basta un apagón televisivo o digital, o una conveniente manipulación mediática, para extraviarnos. O la ausencia de crítica. Hay que estar muy atentos a lo que viene. La bestia siempre querrá más, es insaciable. No podemos seguir mirando como si no pasara nada.


Creo que esta mañana pude escuchar a muchos pájaros cantando por vez primera. Eran pájaros libres, crías de otros pájaros que llevan meses cantando ufanos y sinfónicos al amanecer y guardando silencio cuando arrecia la lluvia. Caminaba entre palmerales centenarios situados en uno de los márgenes del barranco Guiniguada. En medio del silencio, solo se escuchaba la improvisación de esas primeras notas que luego irán acercándose a ese canto sublime de un pájaro cuando sabe que está libre y que tiene todo el cielo del mundo para volar.

Ayer por la tarde también escuché el mar en Bañaderos: era un mar bravío que retumbaba entre las pequeñas grutas por las que se colaba la espuma tratando de desgastar la orilla diaria a la que van a morir las olas y las marejadas. Nunca sabremos lo que nos repite el mar con tanta insistencia cada vez que llega como un náufrago herido a la costa. Tampoco entendemos esos cantos incipientes de los pájaros que hoy estrenaban sus primeros trinos en el mundo. Habitualmente pasamos de largo ante lo que mejor suena. Por eso cada vez que reconoces esos sonidos que ya escuchaban tus antepasados más remotos sientes que la vida, a pesar de los niñatos macroeconómicos de Standard & Poor`s o de todos los que se empeñan en hacer ruido para que nos extraviemos, es mucho más sencilla y más natural de lo que parece. Y suena de maravilla cuando uno le presta la atención necesaria y consigue que el canto de un pájaro, o que esa ola que arrastra la sombra de nuestra mirada más salina y novelera, supere al mejor Mozart o al más inspirado Charlie Parker.

El siroco es un horizonte que se diluye en nuestra propia memoria. El oxígeno ventila las emociones y renueva la sangre; pero cuando el aire lleva la pesadez de la arena nuestro cerebro forma dunas sin que nosotros nos demos cuenta. Entonces uno se convierte en un tuareg de sí mismo, en un errante y ensimismado buscador de sueños imposibles. El siroco desequilibra porque la arena transforma todos los paisajes y todas las miradas. Cualquier presente se vuelve fósil cuando le alcanza el olvido.

Hay libros memorables de los que nunca tendrás noticias. No lejos de donde vives cuentas con paisajes que rozan lo que a veces le pedimos a la perfección, a la armonía o a la belleza. Si tú no lees esos libros o no llegas a ver esos paisajes no contarán luego en tu memoria. Leerás otros libros y visitarás otras playas, otros valles y otras ciudades. Cada cual va trazando los mapas de su propia biografía vital. También hay amores que aún no has descubierto, o que llegarán tarde, o que ni siquiera conocerás nunca. Si nadas contra corriente te terminarás ahogando sin llegar a la orilla que intuyes a lo lejos: la alcanzarás cuando comprendas que son las mareas las que siempre terminan escribiendo los destinos mar adentro. Nosotros solo tenemos que aprender a navegar. También sobre la tierra hay mareas del azar que nos llevan y nos traen a diario de un lado para otro sin que sepamos nunca hacia dónde nos terminarán llevando sus corrientes.

Cuando miramos al cielo todos somos iguales. También nos moja de la misma manera la marea o nos acaricia de forma parecida ese viento que en verano remueve todos los amores y en invierno congela las nostalgias de esos mismos paraísos estivales que se acaban posando en un punto lejano de nuestra mirada. El cielo nos iguala desde lejos. En cada ciudad que habites todos los ojos confluyen en el mismo destino. El millonario y el pobre de solemnidad, el enamorado con suerte y el enamorado que elige tarde y mal todos sus amores, el enfermo terminal y el corredor que cada mañana bate sus propios registros personales, el niño que va al colegio deseando que el colegio haya desaparecido milagrosamente del paisaje, el pavitonto, el enterado de la caja del agua, el pisaverde, el cándido, el vivalavirgen y el avinagrado, el risueño y el avaro, el apocado y el sietemachos, todos se quedan igual de estupefactos cuando dejan que sus ojos se pierdan en la infinitud del cielo que sigue estando sobre nuestras cabezas en Manhattan o en Agaete, en Londres o en Dakar, en Alejandría o en La Habana. Si lo miras bien siempre encontrarás un acróstico que te cuenta entre el azul infinito que se pierde lejos de donde alcanza tu mirada. También en las estrellas, trazando líneas y letras entre puntos luminosos, se escribe cada noche tu destino. Todo lo que somos se quedará flotando para siempre entre esas nubes lejanas que se confundirán eternamente con nuestros propios sueños.

Conviene recordar lo que era el centralismo para los que no lo han conocido nunca o para los que prefieren olvidarlo. Una vez, cuando yo era niño, recuerdo que hubo un gran temporal de viento en Gran Canaria que arrasó con buena parte de las fanegadas de plataneras del norte de la isla. Como sigue siendo habitual en las catástrofes, sobre la marcha llegó el ministro de turno a prometer que habría ayudas y que entre todos, bla, bla, bla, harían olvidar aquella situación catastrófica. Luego, tras sacarse la foto en la zona más destrozada, les comentó a los agricultores afectados que no habrían de preocuparse porque con todos aquellos rolos de plataneras se podría sacar mucha madera que aliviaría las pérdidas. Sobran las palabras. Aún estábamos lejos de las Autonomías.

Recuerdo que por aquel mismo viento estuvimos un par de días sin clases porque casi todos los colegios vieron saltar las planchas de uralita (siempre me he preguntado qué nivel de amianto recibirían nuestras carnes en aquellos colegios clónicos cubiertos de planchas por todas partes). En uno de esos colegios centralistas me enseñaron muchas cosas, pero nunca lograron aclararme dónde estaba Canarias. Por más que me decían que estaba pegada a África, yo jamás la vi separada de Valencia o de Cádiz. Supongo que los mapas centralistas, para ahorrarse cartulina, nos movían según la conveniencia y el interés comercial.

Hoy son muchos los que reclaman esa vuelta al pasado, a la gestión del que no sabe nada del lugar sobre el que toma decisiones. Ahí me voy a agarrar al adagio de Brech, al de que un día vendrán a por nosotros porque no hicimos nada cuando iban a por los demás. Un día también dirán que usted y yo somos unos manirrotos porque nos gobernamos solos y pretenderán llevarnos hasta las cuentas de nuestra propia casa. Lo que hay que demandar es una gestión y una fiscalización responsable, no una vuelta al pasado. Y además no entiendo nada. Alemania, el supuesto ejemplo diario de los pragmáticos, lejos de recortar competencias a sus regiones, mantiene un estado federal -que como sabemos está un escalón por encima del estado autonómico-. Y no creo que los alemanes, con lo mirados que son para todo lo suyo, pretendan arruinarse. Vamos a pensar seriamente lo que vamos proponiendo. Está bien esa moda de las tormentas de ideas, pero siempre y cuando sepamos dejar a un lado las incongruencias.

Todas las páginas están en blanco. Cada nuevo año las agendas y los capítulos de nuestra vida solo son atisbos o deseos, argumentos previos que se confunden con nuestros propios sueños. Cerramos ciclos y abrimos todas las puertas para que se aireen las ilusiones. Nada dura nunca eternamente, ni una crisis ni tampoco una época de bonanza. Todo fluye y todo cambia, y nunca logra nadie eternizarse en un segundo. Formamos parte de un ciclo vital y evolutivo con subidas y bajadas, con días en los que parece que te puedes comer el mundo y con apocalípticas mañanas que se presentan con tan malos presagios que uno solo desearía esconderse debajo de las sábanas hasta que amainaran todos los temporales. Los agoreros siguen vaticinando malos tiempos para la economía; pero son los mismos agoreros que antes nos contaban que éramos lo más fetén del mambo capitalista o que podíamos comprar todo lo que quisiéramos. No les hagamos mucho caso. Nuestro destino está en nuestras manos. Los cambios dependen de cada uno de nosotros, y esta vida no es más que una reinvención diaria en la que dependemos de nuestros propios sentidos y de nuestras intuiciones.

En medio del caos nunca hallaremos una salida viable. A veces quisiéramos huir del mundanal ruido como nos enseñó el poeta que en su insistencia proponía seguir la escondida senda que conduce a nuestra propia sabiduría. Fray Luis de León también hubiera escrito que 2012 no es más que una cifra en la infinitud del tiempo, un número que estéticamente parece navegar entre dos aguas. Unos tirarán de él hacia el abismo y otros tratarán de empujarlo para que navegue lejos de los procelosos mares del pasado más reciente. De momento tenemos todos los huecos del calendario disponibles para escribir lo que queramos. Cada cual escribe su propia biografía, pero también contribuye a que las líneas que trazan el destino de los entornos más cercanos se pueblen de bellos versos o de astracanadas. Este es un año en el que todos tendremos que tomar la palabra. Si no lo hacemos, solo hablarán los de siempre, y ya sabemos adónde nos han llevado los eufemismos, las medias verdades y los intereses semánticos de los que se empeñan en marcar todos nuestros pasos. No está en juego solo el mundo que vivimos. Más allá de la perspectiva anual del calendario queda el planeta que dejaremos a los que sigan la estela de nuestros propios pasos. El poeta Jaime Gil de Biedma proponía vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su propia inteligencia, y quería hacerlo junto al mar sin leer, sin sufrir, sin escribir y sin pagar cuentas. Todos anhelamos un poco esa otra vida beata y contemplativa que nos asemeja a los dioses; pero antes tenemos que resolver los muchos problemas que aún quedan pendientes en la Tierra.

El Danubio es Danubio en Budapest. Viena es el vals y una ciudad en la que la belleza no deja que se adentre lo hortera: es un beso coloreado por Gustav Klimt o un café en el que las horas nunca pasan de largo. Pero el río que uno iba buscando estaba en Budapest, aunque luego al Danubio no le acompañara la alegría de la gente ni tampoco escaparates o calles luminosas. Buda era lo monumental, pero casi parecía un parque temático despoblado en horas de la noche. La gente vivía en Pest, y la sensación que uno tenía todo el tiempo era la de una vuelta al pasado, la de unos bulevares y unos edificios que fueron bellos y exultantes hasta que la Segunda Guerra Mundial cambió el destino de Europa.
Budapest, en los años veinte, era una ciudad tan rutilante, cosmopolita y comercial como París o Berlín. Cuando yo la visité a principios de este siglo todo aquel esplendor del pasado era gris, estaba escasamente iluminado (sobre todo en Pest, donde vivía la gente con una mancha de melancolía en su mirada) y se presentaba decrépito y olvidado. Parecía que se había quedado en 1940. De hecho Spielberg grabó La lista de Schindler sin tener que redecorar ninguna de las calles para que parecieran del pasado. Budapest era una ciudad detenida en su propia melancolía. El Danubio no era más que un reflejo cristalino de tristeza.
Ahora leo que están a las puertas del fascismo. Su actual mandatario, Viktor Orbán, quiere maniatar a las jueces, a la prensa y a la ciudadanía. No esconde sus actitudes xenófobas y nacionalistas. Así empezó Hitler en Alemania después de que los felices años veinte quedaran como un recuerdo lejano tras la crisis económica de 1929. Nosotros también tuvimos felices años noventa y unos primeros años del siglo XXI en los que parecía que al mundo solo se había venido para consumir, viajar y cantar a todas horas. Esta crisis tendrá muchas consecuencias, pero espero que logremos no repetir los errores del pasado. Budapest era una ciudad bella, o así la recuerdo ahora a pesar de la negrura de sus edificios modernistas o del ajado esplendor art decó; pero quedaba la sombra del miedo y de siniestros uniformes nazis recorriendo sus calles.

Recuerdo que te levantabas pensando que el salón de tu casa podía convertirse en el paraíso. La ilusión de la infancia, que es un tesoro mucho más divino que la juventud que cantara Darío, hacía posible que escucharas a los Reyes abrir las ventanas para meter los paquetes que iluminarían luego la mañana. Anoche me comentaba una amiga que por más que pasa el tiempo no ha encontrado una decepción más traumática que la del día que tuvo que asumir, tras negarlo muchos años, quiénes eran realmemte los Reyes Magos. Yo le contestaba que estaba de acuerdo, pero que junto a esa decepción colocaría la pérdida del primer amor o la primera traición inesperada de un amigo. Supongo que ya luego nos movemos convenientemente escarmentados por el mundo. No es que no nos ilusionemos (los ilusos seguiremos creyendo en lo imposible aunque nos golpeen una y otra vez con las evidencias pragmáticas), pero digamos que ya sabemos que todo lo bueno se acaba más tarde o más temprano, o que no hay emoción que sea capaz de vencer a la monotonía y al tiempo. Recuerdo abrir la puerta de la habitación y encontrar los brillos de una bicicleta encarnada o las luces encendidas del último coche de moda. Hace un rato, millones de niños han vivido ese momento inolvidable. Ver el brillo de sus ojos mientras rasgan el papel de regalo compensa cualquier imagen catastrofista de los telediarios. Nosotros deberíamos empujar un poco para atrás nuestras ilusiones para saber que no todo tiene que ser tan real y tan dramático como parece ( o como nos cuentan). Si uno lo desea puede soñar hasta con su propia felicidad. O encontrársela cualquier mañana en el salón de su casa.

No somos tan fuertes como creemos. Bastan un par de décimas de fiebre para tumbarnos. A veces nos creemos invulnerables y eternos; pero la carne y los huesos siguen estando en el mismo lugar. Tú te quieres comer el mundo y tu cuerpo te recuerda que el mundo está para que agradezcas cada bocanada de oxígeno que respiras. Nos deseamos salud repitiendo una frase hecha con la que llenamos los espacios muertos o culminamos las despedidas: salud y suerte, o salud, dinero y amor si queremos redondear esos buenos deseos que nos enseñaron con las canciones. Pero cada frase tiene su razón de ser, incluso las frases hechas que nos parecen tan manidas algunas veces. Desde este blog le deseo toda la suerte del mundo a todos aquéllos que ahora mismo están convalecientes o pendientes de algún diagnóstico que les quita el sueño. Ellos saben que todo lo demás debería darnos igual. Nosotros lo olvidamos; pero convendría que valoráramos cada segundo la suerte de estar sanos, sobre todo ahora que parece que la felicidad solo es posible si los mercachifles o los especuladores de turno anuncian que nos estamos alejando del naufragio.

La vida es gente que pasa, tránsito de sombras, miradas que se cruzan, sueños que se pierden. No hay lugar que no te pertenezca. El oxígeno que respiras renueva tus células y tus ilusiones. Y cada paso que das contribuye a cambiar un poco el mundo. No todo es ruido, dinero, miedo al futuro o resabios del pasado. La naturaleza se reinventa cada segundo. La vida es tránsito, búsqueda incesante, acordes que acompañan nostalgias, calles y estancias, ciudades, cuerpos venerados, amores que una y otra vez quisieron ser eternos.

Hace ya más de veinticuatro horas que la vi flotando en la costa de Arinaga. Las olas la arrastraban hacia dentro, cada vez más lejos de la orilla. Se hundía y a veces tardaba unos segundos en reaparecer, pero siempre acababa saliendo y flotando entre el vaivén de la marea. Pude seguir su singladura hasta donde alcanzó mi vista. Supongo que habría caído de alguno de los árboles que están en las inmediaciones del Risco Verde, pero también pudo haberla traído el viento desde mucho más lejos. En estos momentos puede haber desaparecido para siempre en la inmensidad del océano o haber alcanzado otra orilla. No sé cuánto tiempo puede resistir una hoja flotando a la deriva por el océano. Tampoco creo que importe mucho su destino. Se entiende que una hoja seca que ya ha cumplido su ciclo vital en el árbol no tiene por qué ocupar los pensamientos de nadie. Pero a mí me entretuvo su empeño por perderse mar adentro como yo sueño que hagan algún día mis cenizas. Tampoco ellas tendrán en ese momento ninguna importancia. La navegación es siempre más placentera cuando un peso ligero se deja llevar por las aguas. A veces también es más fácil aproximar los horizontes si uno no se empeña todo el rato en querer alcanzarlos. Esa hoja puede estar ahora mismo en alta mar recibiendo los primeros rayos del sol que ya empieza a iluminar la mañana. Me apetece imaginarla en mitad del Atlántico como una veta sutil de esperanza. Su resistencia en la orilla y la lucha desigual ante el empuje de las olas merecen la recompensa de un largo viaje.

Ellos nos gobiernan y nosotros sobrevivimos. Nos afectan sus recortes, sus dispendios, sus sonrientes fotos oficiales y sus falsas promesas. Aseguran que hacen lo que hacen porque no tienen más remedio; pero qué culpa tenemos usted o yo de esta crisis global y especulativa, nadie nos consultó en los supuestos años de bonanza, nadie de Bruselas fiscalizó nuestras inversiones ni nuestras cuentas de gastos. No somos dueños de ningún banco y nuestro trabajo ya es casi un milagro diario que no sabemos lo que va a durar. Usted o yo bastante tenemos con poder llegar a fin de mes o a fin de año. Los que han especulado son otros que se siguen moviendo en los mismos círculos de poder que provocaron este desastre. Y cada vez nos presionarán un poco más sin que veamos resultados. Una crisis global y universal solo se resuelve con cambios globales y universales. Lo que ahora mismo está haciendo España es tratar de achicar agua con las manos en el hundimiento del Titanic.

Páginas

  • Carrete