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Isla Feliz

Acabo de salir de un fascinante universo de quinientas noventa y siete páginas. Lugar: Santa María del Rosario. Tiempo: años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Autor: Juan José Mendoza. Referencia: Premio Benito Pérez Armas de novela 2010. Título: Isla feliz.

Santa María del Rosario se convierte de inmediato en un espacio mítico que uno reconoce en sus propias vivencias. Podríamos situarlo en los entornos rurales de Canarias, pero lo grandioso del argumento es que, desde esa localización cercana, el escritor logra que se vuelva universal; y lo consigue porque lo sabe llenar de seres humanos que van contando sus vidas, unas vidas que da lo mismo dónde se sitúen porque se narran desde las emociones. Ya luego se vuelven reales y reconocibles gracias al talento de un autor que ha escrito una novela que ayudará a contar y a comprender otras realidades canarias unidas a la postguerra, al caciquismo o a la fatalidad.

Santa María del Rosario vendría ser el Yoknapatawpha de Faulkner, la Santa María de Onetti, la Mágina Muñoz Molina, el Macondo de García Márquez, la Comala de Rulfo, la Región de Benet o la más cercana Isla Menor de Víctor Álamo de la Rosa. Para mí esos escenarios son más reconocibles que muchas de las ciudades en las que he vivido, y casi diría que me orientaría en cada uno de ellos como lo he hecho esta última semana en el pueblo norteño e insular de la obra de Juan José Mendoza. No dejen de buscar esta novela porque no merece morir tan pronto como están muriendo los libros últimamente. Hacía tiempo que no me sumergía en una historia con reminiscencias de todos los grandes novelistas del XIX. También se encontrarán con alguien que maneja el lenguaje de una forma prodigiosa recuperando, sin caer nunca en lo folclórico, palabras o expresiones que no escuchaba desde niño. Se cuentan distintas historias y se van alternando personajes que sentimos cercanos desde la primera descripción o el primer diálogo; pero, sobre todo, se nos invita a mirar desde distintos ángulos las vidas que acontecían (y que siguen aconteciendo) entre luces y sombras diarias. Solo leyéndolas evitamos, por lo menos momentáneamente, que las oscurezca el olvido.

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3 comentarios

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Amigo Santiago: personalmente, creo que hay que ser muy cuidadoso con las comparaciones literarias, pues podrían llevar a algún lector a malentendidos y pérdidas de su valioso tiempo. Comparar la Santa María de Onetti o el condado de Yoknapatawpha de Faulkner con la Isla Menor de Álamo de la Rosa no sería más que un gesto irrisorio si no fuera, además, una desmesura profundamente injusta con las prosas de los dos enormes americanos "sureños".

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Hola Rafael, creo que nunca se comparan ni se igualan a los creadores de esos espacios literarios: se citan y se dan a conocer dentro del contexto de la reseña. Claro que no podemos poner a Víctor al mismo nivel que Onetti o Faulkner; pero ni a él, ni a nosotros, ni a nadie de los que yo conozco ahora mismo. Yo creo que eso es algo que cae por su propio peso literario. Ya luego, cada uno es libre de mantener su opinión y sus argumentos. Yo sí considero que Víctor Álamo de la Rosa ha logrado forjar un escenario reconocible por el que se mueven sus historias y sus personajes, y en ese sentido Isla Menor se asemeja a la propuesta de Juan José Mendoza con Santa María del Rosario. Un abrazo

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Yo, sin embargo, creo, querido Santiago, que no se pueden mezclar churras con merinas. La complejidad del espacio literario de Santa María, creado por Onetti (por limitarnos a un autor de nuestro idioma: dejemos hablar al viento), su continuidad una y otra vez deconstruida en sus sucesivas novelas, la propia destrucción del espacio en una de ellas, su laberíntica recurrencia, su intrincada ambigüedad, el juego de espejos entre el autor, el narrador, el fundador Brausen, Larsen y los demás personajes, ¿qué tienen que ver con eso que Víctor Álamo llama Isla Menor y que sus panegiristas de "Diario de Avisos", de "La Opinión" y de otros de la misma calaña han elevado a la categoría de "mundo imaginario" y demás paparruchadas? Y eso, claro, sin que tengamos que entrar en cuestiones de estilo, de manejo de la prosa, pues entonces... en fin. Creo, como te decía, que no se pueden mezclar churras con merinas, pues, de otro modo, se confunde a los lectores y se es injusto con la literatura de autores como Onetti.

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