los blogs de Canarias7

Archivos Diciembre 2011

No te agobies, no nades contra corriente, no desesperes, no te culpes, no dejes que recorten tu felicidad por ninguna parte, no te aferres a lo que tu destino no quiera aferrarse, no soples ninguna vela sin pedir por lo menos un deseo, no olvides nunca tus días felices, no te adelantes a ningún acontecimiento.

La naturaleza es puntual: ya florecen los nispereros y algunos de ellos adelantan su fruto antes de ese enero con sabor a níspero que ya está asomándose en el calendario; pero esa naturaleza no sabe de meses ni de horarios impuestos. Unas semanas son los nísperos, en otras florecen los almendros nevando los paisajes cumbreros, más adelante llegará el olor del azahar a perfumar las noches de primavera o las higueras irán dejando atrás la desnudez del invierno para reverdecer y luego darle sabor a los días de verano. Todo ese proceso seguirá repitiéndose mientras brille el sol y la Tierra siga girando con ese movimiento que también nos mueve a nosotros sin que nos demos cuenta. Serán otros nísperos, otras almendras, otros higos y otras naranjas. También serán otros hombres y otras mujeres los que probarán los frutos o se detendrán ante el intenso aroma del azahar que embriaga las madrugadas. Acaba un año y las olas de la playa contemplarán atónitas a unos seres que brindarán, quemarán fuegos artificiales y se pondrán de tiros largos para celebrar que cambian unos números en el calendario. Esas olas seguirán siendo puntuales cada día, subirán y bajarán acompasando su destino al curso de sus propias aguas. Lo harán con naturalidad, como nacen y mueren cada día miles de pájaros.

Las evidencias aseguran que todo lo que sube termina bajando. Ese sería un buen titular para cuando no tuviéramos nada que publicar en el periódico. En todas partes siempre hay alguien que sube y que luego bajará, o que estaba arriba y ya está enfilando el camino de bajada. Los males de altura no solo afectan cuando se llega al Machu Pichu: una vez arriba hay gente que cambia de la noche a la mañana y que olvida por completo su mortalidad. Claro, luego lo pasan fatal cuando comienza ese inevitable regreso al estado natural que comentábamos al principio: se han creído inmortales o han terminado pensando que lo de la manzana de Newton era un camelo. Y encima, aun sin que terminen de llegar abajo, les aparecerán los que quedaron a mitad de camino esperando su regreso, o aquéllos que aguardan a que el cadáver de su enemigo pase delante de su puerta (siempre me ha parecido una estúpida estrategia ese rencor acumulado esperando al otro y renunciando a todo lo que se ganaría con el olvido). Quizá la clave de esas subidas y bajadas esté en las formas. No recuerdo quién me dijo un día que a lo más alto se puede llegar trepando como una serpiente o volando majestuosamente como un águila. Si has aprendido a volar supongo que podrás evitar la caída. A los otros les espera un duro y vergonzante camino de vuelta. Pero eso solo lo descubren luego, cuando cae la manzana de Newton y la propia gravedad del mundo les arrastra también en la caída.

Hay olores que logran el sosiego de las mañanas. Nuestros sentidos van siempre un paso por delante de nosotros. Da lo mismo que muchas veces ni siquiera los reconozcamos. Mi perro huele el peligro o la armonía cuando yo estoy todavía pensando que el mundo no ha variado en los metros cuadradados en los que habito. Somos más tecnológicos pero menos sensitivos, más oyentes que hablantes, y a veces nuestra vida parece una retransmisión en diferido de nosotros mismos. Sin embargo nos basta un olor, un sabor o una canción para despertar inmediatamente de esa modorra cotidiana que tanto nos aleja de los sentidos. Hace un momento, al salir a la calle, un olor a pan recién horneado se mezclaba con el aire frío de la mañana. La tibieza de ese aroma cercano remueve la infancia, y de alguna manera te sigues sintiendo seguro en el mundo cuando lo reconoces justo antes de que despunte la mañana. Llegaba de lejos, confundido en un viento suave que también traía el olor del mar que siempre anticipa la lluvia en las Medianías isleñas.

Escribo con un ruido insoportable de fondo. Hay dos martillos neumáticos taladrando sobre mi cabeza. Ni siquiera escucho el teclado cuando escribo estas palabras. El ruido acaba con todo lo que encuentra a su paso. Trato de concentrarme y de aislarme, pero su constancia es superior a mi capacidad de aislamiento. En medio del ruido no surgen ideas ni se encuentra atisbo alguno de inspiración. Por eso muchos se empeñan en que todo lo que nos rodea se convierta en un ruidoso presente insoportable. Si perdemos el equilibrio nos precipitamos al abismo casi sin darnos cuenta. Las noticias, los vaticinios y algunos talibanes radiofónicos matinales se encargan de activar diariamente los martillos neumáticos del odio, el miedo y el insulto. Saben que en ese río revuelto de estridencias pueden acabar logrando todo lo que se propongan.

Ayer fue un día extraño. No solemos valorar lo que nos rodea hasta que lo perdemos para siempre. Los poetas siempre han repetido que se canta lo que se pierde. Creo que no se equivocan. Por eso conviene algún ensayo general para la ausencia de vez en cuando. Ayer no había periódicos de papel (tampoco los encontraremos el próximo 1 de enero). Decimos que podríamos vivir sin el papel, pero luego, cuando no lo encuentras en el quiosco, en la barra del bar o en la mesa de tu salón, parece como si el día hubiera nacido un poco huérfano.
Ya sé que tenemos los medios digitales, las redes sociales y todos los blogs que queramos para saber qué es lo que pasa en el mundo; pero los que nos hemos criado oliendo la tinta de la noticia siempre querremos algo más; o por lo menos queremos seguir manteniendo la costumbre de poder sacar el artículo que nos interesa para guardarlo dentro de algún libro o de algún cajón. Y da lo mismo que luego amarillee o que nunca volvamos a buscarlo. No reniego de ninguna modernidad, y soy de los entusiastas de las ediciones en soportes como el Ipad; pero un día de fiesta sin periódico de papel ni suplementos pierde todo su encanto desde primera hora de la mañana. Probablemente de lunes a viernes los periódicos irán adelgazando cada vez más, pero los sábados y los domingos queremos que se presenten casi como libros interminables. Me tranquiliza la edición dominical del New York Times. Por ahí creo que viene el futuro. Pesa dos kilos y tiene todo lo que le pedirías a un medio impreso. Y además lo escriben periodistas: sin ellos este mundo quedaría definitivamente a la deriva. O te cuentan o te olvidan. Y en el olvido es donde empieza siempre el desconcierto.

Coleccionaba sellos para conservar al menos los recuerdos de los viajes que nunca pudo emprender.

Se escondía cerrando sus propios ojos cuando lo mirabas. Él sabe que es en la mirada del otro en donde uno se juzga siempre sin piedad.

Es mentira que los peces no saben latín. Si te sumerges en el mar los escucharás declinando quedamente las burbujas del tiempo.

Por lo menos hoy sabemos que no habrá decretos que anuncien reformas laborales, ajustes de sueldos o renuncias a derechos fundamentales. El día de Nochebuena no estaría bien convocar un Consejo de Ministros, un pleno del Cabildo o una reunión urgente de los concejales de cualquier ayuntamiento: España llenaría más de un estadio con todos sus concejales a sueldo: deberían reunirlos a todos juntos para que fuéramos conscientes de nuestro propio despilfarro burocrático.

Hoy se entiende que es un día para vivir en familia, para sonreír bobaliconamente o para que a la abuela le suba la sidra a la cabeza. Está bien, no seré yo el que reniegue de la felicidad -¿Quién en un beso puede acabar un beso? preguntaba Elliot en un poema-, pero pienso en quienes no están para muchas alegrías y en los que no tienen ni para comprar un pollo congelado para la cena, en los que duermen debajo de un puente, en los que conviven con el miedo en los hospitales o en los ancianos solitarios que escuchan en las teles de las residencias que esta es una noche mágica de reencuentros familiares. Y sí, es cierto que casi todos nos reuniremos esta noche con nuestras familias para recordar las mismas anécdotas y tararaear aquellos villancicos que de niños canturreábamos eufóricos en las galas navideñas del colegio. No quiero ser aguafiestas, pero no puedo dejar de asomarme a la Cara B de esta realidad insolidaria que vivimos. Mis mejores deseos son para los que sufren y no encuentran la manera de salir adelante. Que esta Navidad sea solo una pesadilla pasajera para todos ellos. Ya sé que no está el mundo como para concebir muchas esperanzas, pero uno todavía confía en los milagros a pesar de esas reformas que ya anuncian los agoreros para antes de Nochevieja. Muchas felicidades a todos.

La suerte nunca pasa de largo. La mayoría de las veces te roza tan cerca que es prácticamente imposible que no te des cuenta de su presencia. La suerte es poder amanecer otro nuevo día y salir a la calle como quien escribe la primera palabra de una novela. Uno nunca sabe, ni en la vida ni en la literatura, lo que sucederá dentro de un par de horas. Hay días que uno tiraría sobre la marcha por el escotillón del olvido, y también novelas que se quedan en la página doce o en la ciento seis porque no dan más de sí y porque todo lo que cuentan carece de emoción y de sentido. Pero también hay días en que parece que te sonríen hasta los pájaros que escuchas cantar por todas partes -los días negros solo eres tú el que silencias el canto de los pájaros- o en que las novelas dejan de ser tuyas y casi se escriben siguiendo las pistas de un camino benditamente transitable. Unos niños con voz de pito nos vinieron a recordar ayer que diariamente puede cambiar el guión de nuestro propio destino. En ese caso el cambio lo propicia el dinero, pero la lotería diaria está tan repartida como esos premios Gordos que alegran la biografía de tantos seres humanos. No hace falta descorchar botellas de sidra, ni tampoco gritar como delanteros centros desbocados que somos millonarios. Lo único que hay que hacer es reinventar cada mañana los talismanes. Si contamos con nuestra propio deseo de ser afortunados, la suerte siempre se termina abriendo paso.

El olvido nos desorienta. También el miedo. Olvidamos que llegamos al mundo sin nada, y que nos marcharemos como decía Antonio Machado que quería partir -desnudos como los hijos de la mar-, también sin nada; pero con todo el recuerdo de lo que hayamos vivido en nuestros respectivos años de existencia. Creo que no todos los seres humanos se pudren igual, aunque todos nos pudramos o nos convirtamos en ceniza de la misma manera. No es una contradicción lo que acabo de escribir. Habrá quien se apene por dejar atrás a muchos seres queridos, pero esa pena será compensada con la inmensa satisfacción de haber amado mucho y de los días inolvidables que le regalaron esas personas con las que tuvo la suerte de cruzarse en el camino; y luego estarán los que, a las puertas de la nada, se darán cuenta de que haber estado toda la existencia haciendo daño y posponiendo las querencias solo conduce a la angustia, a la desesperación y a la impotencia de comprobar que han perdido el tiempo y que han traicionado el sentido de la vida. Que cuál es, en mi opinión, el sentido de nuestra existencia: vivir, amar y ser amado, y procurar que la armonía y la felicidad estén presentes a nuestro alrededor durante el tiempo que formemos parte de este espacio (real o virtual) en el que nos reconocemos.

Lleva toda la vida viendo pasar ojos luminosos, miradas tristes, soñadores, trepas, lenguaraces, apocados, sentimentales, depresivos, eufóricos, adolescentes, ancianos, oficinistas, parados, solitarios o engreídos. Ella baja o sube escaleras mecánicas mientras se cruza con otros destinos que también bajan o suben las escaleras contrarias. Casi nunca coinciden; pero ha habido momentos en que ha creído reconocerse a sí misma en el otro lado. Luego sube al vagón del Metro y se dirige al trabajo. Es una afortunada por seguir conservando su puesto de trabajo. Le da lo mismo tener que soportar a dos o tres indeseables que tratan de amargarla cada mañana. Llegan zalameros y graciosos, pero ella sabe que luego andan conspirando para que la echen a la calle. Un amigo le decía el otro día que en los tiempos de crisis sale lo mejor y lo peor del ser humano: los solidarios se vuelven más solidarios y los rastreros se tornan aún más rastreros. Ha podido resistir otro día. Ahora sube las escaleras mientras otros bajan las que ella recorría esta mañana. Vuelve a tropezarse con cientos de miradas que se cruzan como se aparecen los faros de los coches en las carreteras, flashes repentinos como aquellos que encendían los fotógrafos en nuestros lejanos cumpleaños de infancia. En esos trayectos diarios reconoce los amores fugaces que ella sabe que se acabarán reencontrando en la inmensidad del tiempo.

Ícaro trató de volar tan alto que vio quemadas sus alas y terminó fracasando en su intento por imitar a los pájaros. Pero Ícaro no tenía hipotecas ni estaba todo el santo día pendiente de agencias de calificación o de primas de riesgo. Nosotros podemos subirnos a aviones ultramodernos que nos llevan de una parte a otra del planeta en unas horas, pero no sabemos volar. Los únicos que vuelan son los pájaros que no tienen nada y pueden mantenerse por sí mismos en el aire. El otro día leí que el ochenta y dos por ciento de los españoles tiene una casa en propiedad (ese sí que es un auténtico eufemismo, porque casi todas nuestras casas son de los bancos). Esa supuesta propiedad implica una hipoteca casi de por vida, y por tanto a ese porcentaje de españoles le han cortado las alas con las que podrían volar tan lejos como les pidiera su propio destino. Nos dijeron que comprar un piso era una inversión y que podríamos venderlo en cualquier momento doblando nuestros ahorros. Pasó como con aquellas pirámides inversoras de los noventa. Se forraron los primeros, los más espabilados de la clase o los que tuvieron la suerte de presentir lo que se nos venía encima. Los demás nos quedamos con cemento sobre las alas (y con bancos que aguardan cada mes el pago del timo). Y claro, sin vuelos no hay milagros ni revoluciones. La vida se vuelve alicorta.


No me quites tu risa porque me moriría. Tenía razón Pablo Neruda: si nos quitan la risa nos dejan definitivamente a la intemperie. Aun en medio de los dramas personales o de los apocalipsis informativos, si conservamos el sentido del humor estaremos a salvo. Ya sé que lo que se lleva es el gesto adusto y la mirada torva, el semblante estresado y la crónica de los peores sucesos que protagoniza el ser humano. No digo que nos riamos con aquella machadiana cordura del idiota, ni que nos paremos en mitad de la calle a soltar carcajadas como orates desnortados; pero si no somos capaces de esbozar por lo menos una tenue sonrisa no valdrá la pena nada de lo que hagamos. La sonrisa no se puede demorar hasta que lleguen mejores días. Hay que ser capaces de reír y de relativizar incluso en los más terribles trances cotidianos. Y si no encontramos argumentos, lo primero que tenemos que hacer es mirarnos a nosotros mismos y ser capaces de guiñarnos un ojo ante el espejo para así poder tomarnos un poco menos en serio. Si se nos atrofian los músculos de la risa, solo nos quedará una mueca fingida ante la que acabaremos extraviando nuestro propio destino.

De esa mirada irónica que requiere la realidad saben mucho los viñetistas de los periódicos. Yo, particularmente, lo primero que hago es asomarme a sus dibujos diarios para luego adentrarme en la crónica de los desastres habituales. Cuando era niño, recuerdo que me detenía en las viñetas que iba publicando Eduardo Millares, Cho Juaá. Aprendí mucho de su retranca y de la ironía y la metonimia de aquel sentido del humor que estaba emparentado con el de nuestros abuelos. Por eso la exposición de la obra de Eduardo Millares que se inauguró esta semana en el CICCA me ha permitido viajar al pasado descubriendo que los terrores y las malas noticias sobre las que ironizaba Cho Juaá apenas han variado sus argumentos esenciales. Pero lo bueno de esa muestra es que además nos presenta al artista en toda su extensión, o lo que es lo mismo, al gran pintor que era Eduardo Millares cuando había que captar los colores, las emociones o el alma de los que tuvieron la suerte de quedar inmortalizados por su trazo volandero. Uno se alegra de cualquier rescate del olvido, y sobre todo de las merecidas justicias poéticas que casi siempre acaba regalando el tiempo. Ahora que no está de moda reírse a mandíbula batiente y que ironizar se convierte a veces casi en una herejía, sobre todo cuando ironizamos sobre la tropa política, se agradece este recuerdo luminoso a quien supo captar el humor canario sin matarlo con tópicos redichos o con garabatos irreconocibles. Aprovechemos la risa para reconstruir un poco el mundo que destrozan los que solo saben recortarnos derechos y alegrías.

Hace años, cuando llegaban las vísperas navideñas, no sabías dónde meter los almanaques. No había comercio, institución o entidad bancaria que no te enviara su propuesta hortera de copos de nieve, papanoeles encarnados, flores silvestres o niños con cara de anuncio de compotas. Lo primero que hacías, antes de elegir el que te acompañaría todo el año en tu mesa de trabajo, era comprobar cuándo caía tu cumpleaños y el aniversario de los más cercanos, o bien mirabas si había puentes que propiciaran una buena escapada. Sin embargo este año, estando ya a mitad de diciembre, aún no ha caído un almanaque en mis manos. No sé si es que no quieren que contabilicemos el tiempo, si tienen miedo a que descubramos que los años son largos y que, por tanto, caben en ellos todos los milagros y todas las esperanzas, o si sencillamente esta crisis que, vale para terminar con cualquier cosa, los ha hecho pasar a mejor vida. Supongo que estará influyendo ese teléfono móvil con calendario que te permite situarte en cada día de la semana. De momento aún no me he asomado al papel de 2012, y uno echa de menos aquellos almanaques con nombres de santos extrañísimos que nos entretenían en los días de lluvia o en los tedios de la adolescencia.

No quisiera que desaparecieran los almanaques. No por la utilidad, por las fotos repintadas o por la propia costumbre de ir tachando los números en un papel para saber que queda constancia de algo nuestro en alguna parte. Si lo reivindico es para que no se pierda la palabra almanaque. No entendería mi existencia sin una palabra tan bella y tan eufónica. Cuando la escuchas sabes que el futuro sí existe y que está compuesto por decenas de casillas numeradas que unas veces son rojas y otras negras. Como en la ruleta. Como en la vida.

El sonido del despertador es el mismo cada mañana. Somos nosotros los que cambiamos al escucharlo. Cada vez que sales de los sueños regresas a la realidad de una manera parecida al día que naciste. Hay unos segundos en los que atraviesas ese puente difuso que comunica una y otra dimensión. No te acuerdas del primer momento en que abriste los ojos, pero seguro que variaba poco de ese instante diario en que empiezas a recolocar lo que escuchas y lo que vislumbras hasta situarte. Si enciendes la radio, sobre la marcha reconoces este mundo tan caótico y tremendista que estamos habitando. Si persigues las sombras de la habitación, dependerás mucho del lugar en que te encuentres. En las habitaciones de paso, esos instantes duran un poco más, justo hasta el momento en que averiguamos por que lado tenemos que salir de la cama. Desde que nos ponemos en pie, nuestros pasos ya se conducen solos y seguros. Si ellos no supieran que nunca se repiten se quedarían echados cómodamente para siempre. Si salen a recorrer el mundo, y si nosotros vamos junto a ellos levantando la mirada, es porque saben que en el camino es donde único se terminan cumpliendo todos los sueños.

La emoción es un momento de gloria que nos cambia el semblante y que airea el espacio y el tiempo que vivimos. Hay atajos por los que se llega antes; pero no nos importa dar mil rodeos si finalmente damos con versos o con acordes que justifiquen cada segundo de nuestra existencia. Anoche, escuchando a Ana Belén y a Rosa Torres-Pardo en el Teatro Cuyás de Las Palmas de Gran Canaria, tuvimos la suerte de desempolvar muchos sentimientos que vinieron a sumarse al eco de los versos y de las melodías que se confundían en la caja de resonancia de nuestras propias emociones.

No era fácil el reto. Una escenario casi desnudo, un piano, un taburete y la voz y la música como únicos reclamos. Claro que contando con la puesta en escena de José Carlos Plaza y, sobre todo, con las palabras de Luis García Montero, todo se vuelve más fácil; pero no, nunca es fácil convocar a la magia. Hacen falta gestos, miradas y requiebros, y se precisa que quien cante o quien acaricie las teclas de un piano también vibre y sea capaz de transmitir sus sensaciones a quienes les escuchan. Quien tocaba el piano y quien recitaba o cantaba intercambiaban a veces los papeles -sublime la interpretación de Les feullies Mortes de Rosa Torres-Pardo; nuevamente magistral Ana Belén cantando La paloma de Alberti-, pero lo sabio fue la elección de los poetas y de la música que sonó anoche en el principal espacio escénico de la Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria. Cito a algunos de los presentes para que puedan hacerse una idea de todo lo que dieron de sí ochenta intensos e inolvidables minutos: Mozart, Juan de la Cruz, Mompou, Cernuda, Chopin, Gil de Biedma, José Hierro, Beethoven, Albéniz, Alberti, Ángel Gonzalez, Luis García Montero o Bela Bartok. El silencio sabemos que requiere acordes para volverse música, y que también requiere palabras para volverse poema. Anoche nos acercamos a la soledad sonora que reivindicaba el poeta, a la música callada que nos salva del ruido y del tedio. Amanece y es tiempo de mantener espabilados todos los sentimientos.

Si aparecen en un cajón olvidado las libretas del colegio, los primeros poemas o aquellas cartas de amor de la adolescencia uno comparte con esos papeles que amarillean la misma sensación de melancolía y de recuerdo asentado poco a poco en el tiempo. En las pantallas da lo mismo que el texto tenga diez años o diez minutos. Si acaso reconocemos su procedencia añeja por los usos del idioma o porque ya no escribimos como lo hacíamos veinte años atrás. Tampoco olemos o tocamos las palabras. Da lo mismo que guardemos copias en varios discos duros o que presumamos de ordenador al que no agreden los virus. Todo será joven hasta que también desaparezca en cualquier descuido. La sensación que tengo cuando escribo siguiendo el rastro de las palabras en la pantalla es la misma que sentiría si tecleara mirando a un cielo estrellado e insondable. Todo se pierde en un inmenso infinito que queda lejos de lo que vemos. La pantalla parece conectada directamente con el universo. Escribiendo en la nada uno ya sabe de antemano que las letras que se trazan se acabarán confundiendo con una especie de niebla que solo se disipa con el olvido. Mejor así.

Una mariposa blanca se posa en una brizna de hierba verde en el mismo momento en que empieza a sonar la Danza Macabra de Camille Saint Saens. Luego la mariposa revolotea y queda como suspendida en el aire, en una especie de nada alrededor de sí misma sobre la que parece no existir ni el tiempo ni el espacio. Sucedió en Gran Canaria. Yo era el que llevaba puesto unos cascos. Escuchaba Radio Clásica de RNE. Alguien que estaba muy lejos decidió emitir la composición del músico francés justo cuando la mariposa estaba danzando alrededor de la hierba y de las flores. Ese músico estuvo siete veces en Gran Canaria y por tanto compuso parte de su obra en la isla. A lo mejor esa danza que sonaba ayer por la mañana estaba inspirada en otra mariposa blanca que se posó en unos paisajes similares hace más de cien años. Ya sé que existe el efecto mariposa, y que cualquier movimiento, cualquier gesto o cualquier decisión da lugar a coincidencias casi imposibles. Yo iba corriendo en ese momento, pero había aligerado el paso para contemplar los fulgores de un cielo azulado que parecía que se podía tocar con las manos. Si ese cielo no hubiera brillado de esa manera tan intensa, nunca habría visto a la mariposa que danzaba tenuemente sin saber que en mis oídos yo le estaba poniendo música de violines a cada uno de sus movimientos.

La playa es una orilla necesaria en la que siempre encuentras el sentido de la vida que se pierde cuando nos alejamos del mar. La filosofía de los costeros y de los isleños se aprende mirando fijamente a las olas. Desde niños asumimos con toda naturalidad que no hay castillos eternos en ninguna orilla del planeta. Más tarde o más temprano sube la marea que moja los sueños y los pies para que no olvidemos que la vida empieza de nuevo varias veces cada día. Escuchando el rumor de las olas no te llegan los ruidos que confunden en las teles o en los atascos. Estás a salvo porque sabes que el horizonte está para ser soñado más allá de la raya azul que alcanza a ver nuestra vista cansada de tantos desengaños. El mar es el refugio donde nos mantenemos a salvo. Por muy apocalípticas que se presenten las noticias de los telediarios, siempre hallarás el sosiego necesario siguiendo el curso de unas mareas que suben y bajan como mismo cambian nuestros estados de ánimos y el mundo que nos rodea. Y seguirán subiendo y bajando cuando ya no quede ninguno de nosotros. Lejos de la playa, todo es extravío y confusión. Nos salvan las olas que siguen intentando socavar la orilla.

La vida también se va escribiendo en las distintas playas que hemos ido recorriendo en busca de nuestra propia sombra marina. Hay recuerdos de piedras o rocas luminosas, de arenas blancas o doradas, de acantilados que te achican ante la naturaleza y de ecos de voces sin los que no entenderías tu propia biografía. Una de esas playas necesarias es Las Canteras. Ha habido épocas en que me he alejado de ella, pero mentalmente no he dejado de regresar ni un solo día de mi vida. Y para volver he tenido a mano mi propio recuerdo o ese mirador virtual que se asoma al mundo desde www.miplayadelascanteras.com. Y en medio de todos esos milagros está siempre la presencia del fotógrafo Tino Armas, un afortunado que sabe que no hay tesoro que no llegue a la orilla. Hace unos días presentó un libro de fotografías imprescindible para cualquier playero, y no digamos para cualquier devoto de Las Canteras. El título no puede ser más acertado: Una playa con alma. Al hojear el libro, vas reconociendo el olor a sebas y a brisa marina a medida que pasas las páginas y te encuentras el acontecer diario de una orilla sin la que jamás se entendería Las Palmas de Gran Canaria. Uno se siente a salvo sabiendo que, pase lo que pase, siempre podrá correr hacia la playa buscando el sosiego y la serenidad. No concibo otra dirección salvadora para mis pasos. Las marcas de las pisadas que dejamos en la orilla se acaban confundiendo con la arena antes de ser arrastradas por las olas mar adentro. Por eso todo lo que somos lo encontramos reflejado en el agua. El horizonte que atisbamos más allá de La Barra no es más que nuestro propio destino jugando a ser eterno.

La máquina se va perfeccionando y trata de darnos alcance. Es verdad que va poco a poco y que aún se le notan las deficiencias, pero no deja de intentarlo. No estoy de coña. Desde hace varias semanas me encuentro comentarios en mi blog escritos por robots. Al principio pensaba que eran malas traducciones de interesados lectores que no manejaban correctamente el castellano, pero por la insistencia y por el contenido de los propios mensajes te das cuenta de que proceden de máquinas programadas. A veces lo hacen bien, y cuando voy a darle salida a algún texto que debo moderar me puedo encontrar con un "muy bueno", o un "un buen acierto", o un "fantástico" que me alegra la mañana. Pero cuando le das a publicar y te aparece el destinatario es cuando te das cuenta de que los halagos son casi siempre peligrosos o esconden algo que nunca llegas a ver en un primer momento. Esa firma no es más que un enlace que conduce a una página porno, a un casino virtual o a un muestrario en el que se anuncian productos estrambóticos.

Lo que hacen esas máquinas es que van sembrando de palabras el orbe virtual para intentar colarse en los blogs, sobre todo cuando éstos no tienen los comentarios controlados. Al principio recibía uno de vez en cuando, pero se ve que los robots se avisan unos a otros y ahora me tienen varios minutos cada mañana revisando, seleccionando y borrando textos infumables. Yo creo que me están bombardeando a ver si me canso de perder tanto tiempo y les doy salida sobre la marcha. De momento se les reconoce a la legua, pero a medida que vayan perfeccionando igual pueden llegar a escribir metáforas soprendentes. Por lo visto ya hay un periódico virtual en Estados Unidos escrito solo por máquinas. Al parecer teclean los datos y luego el intrusista cibernético te monta el título, el subtítulo, los sumarios, los pies de foto, la entradilla y toda la pirámide invertida de la información. Lo que pasa es que sólo es capaz de escribir noticias de agencia, frías y concisas; pero el periodismo escrito incluye crónicas o reportajes en donde, por lo menos de momento, resulta esencial la mirada de un ser humano que sepa transmitir lo que ve. Y tres cuartos de lo mismo podría decir si hablamos de literatura. La máquina no tiene ni corazón ni sentimientos, y por ahí se vería incapacitada para la creación. O igual no, porque últimamente le están dando cancha a muchos escritores que parecen simples mecanógrafos, o a famosos de tres al cuarto que venden no por lo que escriben sino por lo que se les conoce. Por si no me creen, les copio los mensajes que tenía esta mañana a la espera de moderación en mi blog. Les he quitado el enlace porque lo que faltaba es que encima les hiciera publicidad. Ándense con ojo en esta virtualidad en la que nos estamos moviendo últimamente. Ese que está en la foto de Facebook o de Twitter igual no es más un cacharro medio pariente de R2-D2.

¡Buenos días! Este mensaje no se podría escribir nada mejor! Leyendo este post me recuerda a mi compañero de habitación buena edad! Él siempre se mantiene hablando sobre esto. Yo transmita la presente escritura a él. Bastante seguro de que tendrá una buena lectura. Muchas gracias por compartirlo en www.canarias7.es!

Tenía muchas ganas de desarrollar un pequeño comentario para dar las gracias a nombre de host para algunas de las recomendaciones increíble que usted está escribiendo en este sitio web. Mi mirada internet considerable hasta al final ha sido reconocido con sugerencias brillantes para el intercambio con mis invitados. Yo afirmaría que los visitantes del sitio son en realidad bastante suerte de existir en una comunidad maravillosa con la gente en circulación tantos con los principios muy beneficioso. Me siento muy afortunado de haber utilizado su página web completa, y esperamos muchas veces más brillante de leer aquí. Gracias de nuevo por todos los detalles.

Estoy muy satisfecho con compañeros de su artículo. Muchas gracias y estoy mirando hacia adelante para tocar. Será tan amable de enviarme un correo?

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No importa que Europa se esté jugando su futuro, que Standard and Poor's amenace con rebajar la nota de 30 regiones de la UE, entre ellas Canarias, que mañana se juegue el Real Madrid-Barça o que en El Hierro sigan apareciendo piroclastos. Si uno se va a comprobar cuál es la noticia más leída en la edición digital de Canarias 7 se encuentra que lo más que interesa a los lectores es el nuevo corte de pelo de Shakira. Y hay que reconocer que tiene su mérito ese primer puesto en el hit parade del periódico porque la de Shakira no es de las noticias destacadas en portada. En fin, que nos creemos que la gente está atenta a lo que pasa en los despachos del mundo, y lo que quiere saber la mayoría de los lectores es si Shakira mantendrá la fuerza vocal tras el corte de pelo. No sé si su novio Piqué habrá ejercido de Dalilo en esa decisión de peluquería, pero sí deberíamos preguntarnos por las razones de ese masivo interés por la cabellera de la cantante colombiana. No se está contando nada de sus canciones ni de sus logros profesionales. Solo se habla del pelo, del tamaño de la melena y de cómo le cambia la cara a alguien cuando muda el peinado. También destaca la noticia que Shakira se pintó los labios de color fucsia. Yo particularmente me quedo en treinta y tres. En los dos últimos meses, por citar solo un dato escalofriante, en Canarias ha habido catorce mil nuevos parados. No creo que la solución la encontremos tarareando ningún waka waka.

He estado todo este puente leyendo y releyendo las galeradas de mi próxima novela. Cuando se la pasé al editor, le dije que no se preocupara porque ya estaba más que corregida y porque, además, la habían leído otras cuatro personas para buscar fallos que uno no encuentra aunque la lea cien veces. Detesto las galeradas. Uno disfruta escribiendo y pensando que ha logrado acercarse a lo que busca hasta que relee lo que escribe unos meses o unos años después y se encuentra que duda hasta con la frase más sencilla. Qué cruz. Y lo peor es que una vez das el visto bueno ya no hay quien enmiende los errores; por eso siempre le digo a los amigos que no me descubran los fallos de los libros que publico (les pido que me adviertan si encuentran erratas, pero que las guarden por si hay nueva edición: si las conociera antes solo estaría contribuyendo a autotorturarme con una especie de gota malaya que ya es imposible de parar).

No hago más que tachar, ir adelante y hacia atrás por si no cuadran fechas o descripciones, y agarrarme un berrinche tras otro como cuando, siendo niños, comprobábamos que una vez desmontado el juguete solo había cables y trozos de goma o de cartón que no tenían nada que ver con lo que habías encontrado el Día de Reyes. Bueno, y tenían que salir los Reyes. La novela se titula Queridos Reyes Magos, y en ella se cuenta con sarcasmo, crudeza e ironía una historia de desencuentros y estropicios que desmitifica a sus Majestades de Oriente. La sacaremos para finales de este mes; pero la presentaremos oficialmente el 12 de enero para no chafarle a los niños las ilusiones. Eso sí, todo dependerá de que ya hoy salga para imprenta. Me espera el editor. Reconozco que esta vez ha tenido una paciencia infinita conmigo.

Anoche, después de ver la emisión nacional del programa 59 segundos, seguro que muchos se pusieron a buscar en los cajones restos de antiguas pesetas. Lo que parecía un imposible podría convertirse en realidad dentro de unos meses, y de nuevo volveríamos a hablar de duros, cinco duros, diez duros o cien pesetas, o a lo mejor la cosa de la inflación se presenta tan complicada que solo podremos referirnos a la perra chica o a la media peseta. Parece mentira, pero cuando yo era niño tuve en mis manos muchas medias pesetas, y sin ser un abuelo Cebolleta podría decir que con un duro casi vaciaba el quiosco que estaba en la plaza grande de mi pueblo. En el programa no se aseguraba que volviéramos a la antigua moneda, pero ya se planteaba abiertamente y, como periodista, desde que el río suena ya me preparo para cualquier posible riada.

Yo me mudé de casa hace cinco años. No tendré la suerte de encontrar pesetas en rincones olvidados o en los fondos de los sillones del salón. Tampoco enterré ninguna saca con monedas. Nunca he enterrado las monedas porque las pocas que logro ahorrar las entierran los bancos con sus inversiones suicidas. Sí es verdad que para nosotros no sería ningún trauma la vuelta a la peseta, o a lo mejor sí, porque cuando nos demos cuenta del verdadero precio de las cosas hubiéramos preferido no haber salido del duro en la vida. No creo que abandonemos el euro, ni que lo dejemos tan solo como decía Neruda que se quedaban los muelles cuando atracaba la tarde. Aquí juego a la ironía y al sarcasmo, aunque ya digo que lo llevo escuchando los últimos días en muchos sitios, y además lo dicen conspicuos economistas en cuyas manos, pobres confiados, hemos puesto todo nuestro futuro.

Ya Umbral hablaba de la moneda común europea llamándola el neuro. No se equivocaba. Además de alocarnos los cálculos matemáticos, no ha hecho más que darnos un disgusto tras otro todos estos años. Andamos nEuróticos, pero de tanta especulación con la moneda única y de tanta prima de riesgo desbocada. La peseta parecía una moneda mucho más tranquila, o por lo menos con ella asumías la derrota de antemano. No digo que la retomemos, pero sí es verdad que cuando la teníamos en la mano nos salían mucho mejor las cuentas de la semana. Ahora todo se nos va en macroeconomías y palabras rarísimas. Nos confunden para que no nos demos cuenta de que realmente no tenemos nada.

Cuando despiertas, nunca quedan rastros de los sueños que no recuerdas. Tampoco quedará de nosotros rastro alguno cuando pasen millones de años. Mientras tanto recordemos a todas horas nuestros nombres y disfrutemos de las personas que nos quieren y de los paisajes que nos permiten engrandecer nuestros escenarios cotidianos. A pesar de la economía y de los desastres diarios que encontramos en la prensa, el milagro sigue vivo mientras nos lo podamos contar unos a otros. Piensa en la cantidad de circunstancias que tuvieron que darse para que tú nacieras y formaras parte de este universo pudiendo escuchar música, pudiendo amar y pudiendo escribir o leer algunas palabras. También despiertos se pierden los sueños si no somos capaces de valorarlos y de disfrutarlos cuando se posan delante de nuestra mirada. Si no te los recuerdas cada día, caerás en la trampa del olvido mucho antes de lo previsto. Vivirás dormido, ausente, como si no estuvieras. Una pena que no rememores cada segundo lo importante que eres solo por haber podido estar aquí unos años. Espero que podamos seguir coincidiendo mucho tiempo. No dejes nunca que te borren ni que conviertan tu vida en una triste rutina diaria.

No creo que duren mucho estos puentes porque al paso que vamos nos acabaremos cargando la Constitución y su carácter festivo. Todo vale, y si dejamos que esto siga en manos de los banqueros y de los especuladores, no nos dejarán ni el derecho a seguir soñando. Vemos llorar a ministras extranjeras o intervenir países pensando que eso nos queda lejos, como nos quedaba lejos la realidad de los trabajadores de China hace unos años o las condiciones laborales de la primera Revolución Industrial.

La Constitución plasmaba unos principios innegociables, entre otros el de la igualdad y la soberanía nacional; pero a día de hoy estamos haciendo lo que ordenen Sarkozy y Merkel, dos personajes que no participaron en ninguno de nuestros consensos. Tampoco entonces pertenecíamos a ninguna Unión Europea. Es más, recuerdo que cuando Tejero entró en el parlamento pegando tiros, le preguntaron sobre la marcha al entonces Secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig, que qué iba a hacer, y éste respondió que no haría nada porque lo que estaba pasando era un problema que afectaba solo a España. Al mundo le importaba una higa lo que nos pasara a nosotros, y mientras pudieran utilizar nuestras bases militares y se pudieran bañar en nuestras playas les daba lo mismo un Franco que un Adolfo Suárez.

Cuando se aprobó la Constitución yo tenía once años, y a los quince, para hacerme el intelectual delante de mis compañeras del instituto, me acuerdo que a veces cogía un ejemplar en la bibioteca y me ponía a leer con cara de concentración. Un día se acercó un amigo y me preguntó que qué estaba haciendo: "Aquí, ya me ves, leyendo la Constitución". Aquel amigo me dijo que su padre, que era un abogado derechón, le había dicho que aquel libro de tapas rojas no servía para nada, y que solo lo leían los periodistas para defenderse. Yo entonces quería estudiar Derecho (y estudié hasta tercero), pero al final me cambié de carrera y me pasé a Periodismo. Hasta hoy no había vuelto a recordar aquella conversación quinceañera; pero, inconscientemente, seguro que el cambio tuvo que ver con el vaticinio de aquel abogado facha que ya aleccionaba a su hijo para que no se equivocara en la vida.

La Constitución es la que ampara al periodista porque defiende el derecho a la información como algo esencial para la buena salud democrática de una sociedad. Está bien recordarlo ahora que muchos políticos (y futbolistas, y cantantes, y famosos de tres al cuarto) se niegan a que les formulen preguntas en las ruedas de prensa. Pero, sobre todo, se consensúa para que las sociedades no olvidemos de dónde venimos y hacia dónde podemos ir si nos despistamos y dejamos que sigan negociando con nuestros derechos fundamentales.

No hay nada que justifique un cambio en los principios de la revolución francesa. No podemos dejar que toquen la libertad, la justicia o la igualdad. Si lo hacemos, y seguimos permitiendo que los tecnócratas apliquen sus medidas esclavistas, comenzaremos a andar hacia el pasado contraviniendo la evolución natural de las especies que preconizó Darwin. Cualquier día nos podemos despertar escuchando que para salir de la crisis (siempre utilizan ese manido eufemismo) también tendrán que trabajar los menores. No lo plantearán de repente. Primero propondrán que trabajen los de diecisiete años argumentando que ya no son tan niños, y luego irán bajando progresivamente como ahora van subiendo, sin que nos asombremos, la edad de nuestra propia jubilación.

La relatividad no solo es una teoría científica. Cerrando los ojos podemos reconocernos y situarnos en cualquier ciudad del planeta en la que hayamos vivido. Con esos mismos ojos cerrados, sobre todo cuando dormimos y dejamos que el cerebro trabaje a su albedrío, somos capaces de resucitar seres queridos que creíamos perdidos para siempre. En esos sueños o en esas recreaciones controladas también nos damos cuenta de lo poco que hace falta para cambiar los guiones establecidos. Si no fuera así, la vida se convertiría en una sucesión de nacimientos y de muertes sin ningún sentido. Lo que nos salva es la sorpresa y el milagro, y también esa capacidad de poder estar en otro lugar sin necesidad de movernos. Por tanto, los verdaderos relativos somos nosotros. Otra cosa es que hayamos aprendido a sacarle partido a esa relatividad. Muchas veces nos creemos que todo empieza y acaba en nosotros mismos. Por eso nos extraviamos tanto últimamente. Solo hace falta cerrar los ojos un momento para transformar el mundo.

Esa relatividad humana, social y azarosa la podemos demostrar con más criterios que los que utilizó Einstein para su teoría. Usted está ahora mismo leyendo este texto, pero usted podría estar en una milésima de segundo recordando los ojos del primer amor de verano, o repasando las habitaciones de aquella casa inmensa de sus abuelos en donde aprendió a revolver los recuerdos en viejas fotografías amarillentas y olvidadas. Usted está en el salón de su casa, pero si en este momento decide salir a la calle se podría encontrar con alguien a quien no ve hace muchos años o le puede salvar la vida a un niño desorientado que estaba a punto de cruzar una calle por la que no paran de circular vehículos a gran velocidad. Solo abriendo un libro o cambiando el canal de la televisión estás propiciando que cambie tu estado de ánimo o que descubras algo que desconocías hacía unos minutos. Nos creemos que vivimos como autómatas, pero realmente cada uno de nuestros pasos tiene una trascendencia tremenda. No digo que nos vayan a dar el premio Nobel por nuestra relatividad cotidiana, pero creo que podríamos encarar la vida de una manera más sabia si fuéramos capaces de salir de nosotros mismos de vez en cuando. También ganaríamos mucho si nos asomáramos a esta realidad aparentemente tan caótica y tan descontrolada como si fuera una ficción o una obra de teatro enredada en la trama o en el nudo que antecede siempre a todo desenlace. Nos hemos olvidado de nuestro propio cerebro, de ese órgano milagrero que llevó a Einstein hasta la teoría de la relatividad y que está a disposición de nosotros las veinticuatro horas del día. El pensamiento, como decía aquella canción de Aute, no puede tomar asiento. Tampoco los sueños.

Nunca amanece de repente. Tampoco dura eternamente la noche. Nosotros vamos sumando cumpleaños, achaques, sueños y pequeños pasos diarios que nos mueven por el mundo. Durmiendo somos noche. También despiertos, cuando andamos a ciegas por las calles, no somos más que unas sombras oscuras que no se reconocen. Cuesta muchos años descubrir la sencillez de lo que te rodea, o lo fácil que sería todo si no nos empeñáramos en complicarnos la existencia a todas horas. Vendrán noches, y días lluviosos, y tormentas casi apocalípticas; pero siempre regresarán los días azules a encender nuestras miradas. Nunca suceden esos milagros de repente. Lo descubrimos cuando dejamos atrás la soberbia y nos reconocemos como una parte más de la naturaleza que nos va cambiando diariamente como cambia cada neutrino y cada ser vivo que comparte nuestro espacio.

Acabo de salir de un fascinante universo de quinientas noventa y siete páginas. Lugar: Santa María del Rosario. Tiempo: años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Autor: Juan José Mendoza. Referencia: Premio Benito Pérez Armas de novela 2010. Título: Isla feliz.

Santa María del Rosario se convierte de inmediato en un espacio mítico que uno reconoce en sus propias vivencias. Podríamos situarlo en los entornos rurales de Canarias, pero lo grandioso del argumento es que, desde esa localización cercana, el escritor logra que se vuelva universal; y lo consigue porque lo sabe llenar de seres humanos que van contando sus vidas, unas vidas que da lo mismo dónde se sitúen porque se narran desde las emociones. Ya luego se vuelven reales y reconocibles gracias al talento de un autor que ha escrito una novela que ayudará a contar y a comprender otras realidades canarias unidas a la postguerra, al caciquismo o a la fatalidad.

Santa María del Rosario vendría ser el Yoknapatawpha de Faulkner, la Santa María de Onetti, la Mágina Muñoz Molina, el Macondo de García Márquez, la Comala de Rulfo, la Región de Benet o la más cercana Isla Menor de Víctor Álamo de la Rosa. Para mí esos escenarios son más reconocibles que muchas de las ciudades en las que he vivido, y casi diría que me orientaría en cada uno de ellos como lo he hecho esta última semana en el pueblo norteño e insular de la obra de Juan José Mendoza. No dejen de buscar esta novela porque no merece morir tan pronto como están muriendo los libros últimamente. Hacía tiempo que no me sumergía en una historia con reminiscencias de todos los grandes novelistas del XIX. También se encontrarán con alguien que maneja el lenguaje de una forma prodigiosa recuperando, sin caer nunca en lo folclórico, palabras o expresiones que no escuchaba desde niño. Se cuentan distintas historias y se van alternando personajes que sentimos cercanos desde la primera descripción o el primer diálogo; pero, sobre todo, se nos invita a mirar desde distintos ángulos las vidas que acontecían (y que siguen aconteciendo) entre luces y sombras diarias. Solo leyéndolas evitamos, por lo menos momentáneamente, que las oscurezca el olvido.

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