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Archivos Noviembre 2011

Anoche, durante la reinaguración de la Casa Museo del escritor Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria, se recordó que éste siempre repetía dos palabras clave para afrontar cualquier objetivo en la vida: paciencia y voluntad. Insistía más en ellas cuando estaba por medio la vocación: paciencia y voluntad, qué fácil parecen a veces las cosas y qué complicadas las hacemos con nuestros enredos, nuestras dudas y nuestras renuncias. Creeemos que esas renuncias van a ser temporales, pero desde que te despistas un poco ves cómo pasan los años y se van quedando cada vez más lejos los objetivos que demoramos por ir en busca de otros fines más seguros e inmediatos.

Hay que volver a Galdós siempre que se pueda. Se le quiso etiquetar de garbancero y de decimonónico; pero en su obra aparecen muchos de los mejores retratos humanos (y psicológicos) que yo haya leído jamás. Me alegra que su isla natal haya saldado por fin parte de lo mucho que le debía por tantos años de olvido y de falsos tópicos con los que quisieron alejarlo de su infancia (de esa patria que uno construye en lo sencillo y de la que depende luego casi todo lo que hacemos con el tiempo). Esa niñez galdosiana quedó en el eco de muchas sombras en los barrios de Vegueta y de Triana de la capital de Gran Canaria. Rilke, lo recuerdo cada vez que puedo, decía que en la infancia se vive y que luego no se hace otra cosa que sobrevivir (yo añado que escribir para seguir viviendo). Benito Pérez Galdós se asomó a ese mundo trascendental mirando al Atlántico y reconociendo en la orilla del océano lo efímera que es la existencia y lo poco que la estrujamos para sacarle toda la sustancia que podría dar de sí. Vuelvo a su receta inicial, a ese fuego lento necesario para vivir y para apreciar cada uno de nuestros pasos: voluntad y paciencia. Deberíamos repetirnos cada hora ese mensaje como si fuera un mantra. No conozco mejor manera para mantenernos a salvo de esos fuegos de artificio de las prisas que se quedan siempre en nada.

Hay libros que se escriben sin saber que se están anticipando a la vida de alguien. También hay días en que uno sale a la calle o se asoma a la prensa diaria como quien se adentra en una ficción. Ayer me decía una amiga que no tendría por qué haber diferencias entre los sueños y la realidad, entre lo que vemos más allá de lo evidente y lo que muchas veces hemos de interpretar para que no nos saquen de las escenas eufemísticas diarias. En un primer momento, le dije a esta amiga que había que diferenciar siempre ambas dimensiones, pero ella seguía insistiendo con su teoría. Ya amanece, y a esta hora, cuando todo es y no es todavía, cuando aún se confunden las sombras de la noche con los primeros claros de la mañana, le doy la razón. Lo real y lo que uno sueña se entremezclan en las mejores horas del día y de la vida. Si no fuera así esto sería aburrido, insulso y previsible. Si no tuviéramos a mano la posibilidad de cambiar el decorado de la realidad con los ojos abiertos, o con un libro o una película que nos sirva de apoyo, todo esto sería solo una sucesión de respiraciones y de horarios laborales sin sentido. Por eso decía al principio que los libros que se escriben (también los que se leen) anticipan vidas. En ellos nos contamos o nos cuentan como querríamos o podríamos ser, como estamos siendo, como somos realmente. Si negamos nuestras propias ensoñaciones, estaremos dejando huérfana a la existencia que nos ha tocado en suerte.

Habría que salir a la calle donde vivimos habitualmente como si estuviéramos de viaje. Solo así podríamos descubrir fachadas, perspectivas y plazas por las que solemos pasar de largo cuando vamos camino de cualquier compromiso cotidiano. Desde el momento que miramos con ojos de turista lo que nos rodea, nos damos cuenta de la belleza que anida en todas partes, y al mismo tiempo nos alongamos hacia nosotros mismos y nos acabamos sorprendiendo de la capacidad de nuestra propia mirada. Si afrontáramos cualquier día como afrontaríamos una salida de un hotel en Venecia o París, veríamos que en cada esquina hay motivos suficientes para seguir insistiendo en la búsqueda de la felicidad. Un canto de un pájaro, los reflejos de un charco o ese cielo azul que hace veranear a nuestra memoria pasarán de largo si no salimos con ojos predispuestos a la aventura diaria. Por mucho que nos vendan en los anuncios, al final nuestro paisaje depende de lo que aprendamos a ver por nosotros mismos.
Todo esta elucubración turística viene a cuento por una plaquette que han publicado tres poetas nacidos en territorios turísticos y criados entre piscinas, hoteles y palmeras de importación que tratan de redecorar los paraísos. Acerina Cruz, David Guijosa y Samir Delgado forman parte de una generación que ha crecido entre el olor a bronceado de coco, el eco de otros idiomas y esa sensación de que uno es y no es del lugar en el que habita. Ellos cuentan prodigiosamente esas vivencias tirando de la memoria, la impresión y la mirada poética en Turistneyland Fever, y de alguna manera también nos recuerdan que hay millones de turistas que cada año pasan de largo por Canarias. Vale que comen, beben, toman el sol y alquilan las hamacas de la playa, pero solo se llevan para sus países de destino souvenirs como los que comprarían en cualquier otro lugar del mundo o toallas serigrafiadas con las siluetas de las islas. No hay traducciones de novelas o poemarios escritos en Canarias que puedan comprar en hoteles o aeropuertos, no se crean Fundaciones que ayuden a crear más empleo o que contribuyan a mejorar la educación y la sanidad otorgando becas de ayuda o investigación, y apenas se implican en políticas sociales. Nadie les cuenta a esos millones de turistas, y sobre todo a los empresarios que los llevan y los traen, que aquí hallarían mucho más que ese sol edénico y que esas playas de arena dorada que ya tenían en mente desde que las vieron en el papel satinado de una agencia de viajes. El turismo también debería ser cultura e implicarse en la vida diaria de este archipiélago más allá del pago de un paquete viaje con todo incluido. Un grupo de poetas ha empezado a tender esos puentes necesarios. No dejemos que sigan pasando largo.


Los niños que nacen en estos días no sé si seguirán llegando con un pan debajo del brazo, pero sí que vienen grabados en películas y en fotos tomadas en el útero materno, ese cálido y añorado escondite en el que se navega plácidamente en la quietud inmensa de unas aguas que se asemejan a las de nuestros océanos. No sé qué sentiría yo si me viera antes de nacer, pero ese milagro de la tecnología sanitaria me vuelve optimista de cara al futuro. Todo sueño es siempre realizable, incluso los sueños que parecen imposibles. Antes se conformaban con poner la oreja en la barriga o con notar los movimientos contorsionistas de la criatura que se movía a salvo de esas imágenes que hoy nos dan caza en todas partes. De momento, ya han llegado hasta donde el ser humano todavía no lo es del todo. Ahora solo falta que esa tecnología siga avanzando hacia nuestros orígenes y dé por fin con la salida de la nada de la que venimos. O quizá sea más conveniente que nos agarremos cuanto antes al madero que lanzó José Hierro y tratemos de flotar a salvo sobre las aguas de un poema. Recuerda: "Qué más da que la nada fuera nada, si más nada será, después de todo, después de tanto todo para nada."

Hay voces que permanecen unidas a recuerdos imborrables. No solo queda la imagen. El recuerdo sin sonido parece siempre una película muda que no nos terminamos de creer del todo. Cerramos los ojos y somos capaces de rememorar voces de familiares o amigos que ya no están, pero que siguen vivos en su sonido tan necesario para nuestras emociones. No hace falta que esas voces hayan sido grabadas porque las canciones más grandiosas suenan mejor en el estéreo de nuestra memoria. Muchas veces, cuando las escuchamos en alguna grabación que no esperábamos, defraudan, o por lo menos carecen de la misma magia con que resuenan en nuestro recuerdo engarzadas a un momento inolvidable o a una tarde cualquiera de verano.
Hoy hace veinte años que murió Freddie Mercury. No es un tópico: parece que fue ayer mismo. Y uno se recuerda adolescente jugando a ser universal con las canciones de Queen, queriendo estar cuanto antes en Inglaterra para no perder detalle de aquella fiesta que había empezado con Los Beatles y con los Rolling y que en los setenta y los ochenta se hizo benditamente sinfónica y cercana. Cierro los ojos y resuena Love of my life o Bohemian Rhapsody tal como sonaban cuando me enamoré la primera vez o cuando soñaba con tantas cosas que luego han terminado sucediendo. Podría subir un vídeo de You Tube para homenajear a Freddie Mercury, pero prefiero invitarles a que recuerden cualquiera de sus canciones en el momento en el que las grabó la memoria unidas con vivencias que solo reaparecen cuando suenan los primeros acordes. Ah, y tengo que reconocer que es verdad eso que canta el tango, y que incluso el nostálgico que lo compuso se quedó algo corto: veinte años a veces es menos que nada, un visto y no visto cumpliendo horarios y pagando hipotecas. Y "ahora que de casi todo hace ya veinte años" (Jaime Gil de Biedma) no nos queda otra que seguir escuchando música para memorizar el tiempo que se nos sigue escapando entre las manos como aquel manojillo de escarcha del Curro Palmo.

Ayer en la guagua había una mujer delante de mí que no hacía más que escribir un nombre y dibujarle círculos concéntricos alrededor. Yo leía el nombre y veía crecer los círculos en el espacio de separación que había entre los asientos. Iba pegada al cristal y apoyaba el bloc sobre las piernas escorándose hacia el lado derecho, justo hacia donde estaba esa ranura que me convertía en un voyeur de su escritura obsesiva. Escribía Irene y rodeaba sus trazos de círculos cada vez más grandes. Pasaba la página y volvía a hacer lo mismo una y otra vez. Rayaba el papel como si quisiera perderse en el laberinto de sus propios dibujos. Supongo que Irene era ella y que trataba de escaparse escondiendo su nombre entre formas que se asemejaban a una especie de tornado de tinta. Cuando estaba metida de lleno en ese febril empeño de querer encerrar el nombre de Irene, la llamaron al móvil y cerró cuidadosamente el bloc de notas. Solo contestaba con monosílabos. Alguien gritaba al otro lado del teléfono, pero desde el asiento de atrás era imposible entender lo que decía. Irene, suponiendo que se llamara Irene, derramó un par de lágrimas mientras su interlocutor se desgañitaba. Cortó la llamada, apagó el móvil, volvió a abrir el bloc de notas y se quedó contemplando la escritura de su nombre rodeado de círculos de tinta. Luego apretó el timbre y se bajó en una parada en la que habitualmente no suele bajarse nadie. Podría tener unos cuarenta años. Sus ojos tristes tenían el color de estas tardes de otoño

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Cuando alguien escribe tiene que saber que la reescritura final la tienen los lectores que se asoman a sus palabras. Cada día se renuevan todos los argumentos, y cuando nosotros dormimos en el otro lado del mundo se enamoran, se mueren o se quedan mirando a los celajes igual de anonadados ante este mundo aparentemente tan caótico que habitamos. Y también escriben: escribimos o leemos para intentar comprender qué es lo que está pasando a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Da lo mismo que luego acabemos más confusos que antes de trazar la primera letra. Lo que vale es el intento, la intención de colocar una palabra detrás de otra a ver si de esa manera contribuimos a completar el rompecabezas. Cada cual aporta lo que puede o lo que intuye. Leyéndonos y escribiéndonos nos mantenemos a salvo.

La erupción de El Hierro nos está sirviendo para valorar cada piedra que la naturaleza ha creado a nuestro alrededor. El día en que ya no estemos ninguno de nosotros, la materia seguirá reinventándose en el universo y proseguirá el milagro como prosigue el show aunque se mueran los cantantes. Deberíamos ir haciendo reverencias cuando pasamos junto a las rocas de la costa. Detrás de cada forma hay un proceso casi milagroso. Incluso los fondos marinos, esos valles sumergidos y esas cuevas que se pierden hacia el interior enigmático del planeta, tuvieron en su día un proceso eruptivo que los hizo salir de la nada, como de la nada está saliendo ese volcán que algún día podría llegar a ser como las islas que habitamos.

Observando ese proceso eruptivo que hace temblar la tierra y vuelve a los humanos tan vulnerables como cuando no tenían ni carné de conducir ni ordenadores, uno no entiende cómo no somos capaces de ponernos de acuerdo para convivir en paz respetando cada uno de los espacios que nos ha brindado la naturaleza. En lugar de reverenciar esos paisajes, lo que hacemos es buscar la manera de destrozar en una mañana lo que el tiempo ha tardado siglos en crear. Algún día desaparecerán los seres humanos dejando la faz del planeta manchada de edificios horteras, de centrales nucleares radioactivas y de restos de chatarra y de plásticos que ni siquiera servirán como fósiles. Al paso que vamos ese será nuestro legado para un futuro que jamás seremos capaces de concebir en toda su dimensión. Y si no logramos controlar ese caos destructivo, les acabaremos fallando a los que consiguieron que nosotros contáramos con un mundo más justo y más habitable. Esa erupción herreña también nos está enseñando que no hay nada que se consiga de la noche a la mañana. Todo requiere un tiempo, y hay pasos hacia delante y hacia atrás, enfriamientos de años en los que la tierra duerme como un animal que hibernara sobre sí mismo y explosiones en las que todo se regenera y renace. Cada pluma de esos pájaros silvestres que cantan ufanos y sinfónicos en nuestros campos, cada pelaje de esos perros que nos alegran el día con su mirada y cada arruga en la piel de esos viejos que han visto cómo se ha ido repitiendo la historia cíclicamente, merece una ovación larga y sonora. Y cada árbol, y cada piedra del camino, y cada caracol que se acerca a la tierra mojada pensando que el universo es el jardín por el que transita con una pachorra que logra eternizar cada segundo. Donde quiera que miremos hay un orden matemático en el que deberíamos encajar sin alterar nada de lo esencial. Protagonizamos nuestra propia biografía siguiendo la estela del azar que nos mueve con mañas siempre sorprendentes. Nuestra vida no es más que una sucesión de sueños que se entrecruzan en la inmensidad del tiempo.

El enamorado del bolero decía que las cartas eran su única esperanza. Eran los tiempos en que bajabas al buzón y no encontrabas solo publicidad, extractos del banco, impuestos municipales o propaganda electoral. Es cierto que una carta era siempre un mundo abierto a todas las ilusiones. Yo todavía pertenezco a una generación que vivió su juventud sin correo electrónico, sin redes sociales y sin SMS. Por tanto conservo las cartas de mis primeros amores y los recuerdos escritos de viajes y lugares por donde fui viviendo. A estas alturas no vamos a volver atrás, pero sí es verdad que las cartas están condenadas a desaparecer en la inmediatez de una realidad que ya no se deja cocinar a fuego lento. Todo tiene que pasar por el microondas de lo virtual y por esa vorágine que casi no nos deja darnos cuenta de que estamos viviendo. Toda esta reflexión cartera viene por la presentación anoche del prodigioso libro de Luis Junco, Viejas Cartografías de amor (un libro publicado por La Discreta que les recomiendo vivamente y que, de alguna manera, complementa a Una carta de Santa Teresa, una de las grandes recreaciones literarias de Luis). En esa presentación, el escritor comentaba que la carta es una pausa a la que no estamos acostumbrados en estos tiempos, la espera inevitable, el esfuerzo de buscar sobre, comprar sello y depositar todos nuestros anhelos en un buzón de correos. Los buzones de correo, ahora que vienen a mi mente, fueron los primeros lugares en los que depositamos nuestros sueños con aquellas cartas luminosas que escribíamos a los Reyes Magos; pero también saben de amores y de amigos, de esperas diarias aguardando noticias o de proyectos que dependían de las letras que uno encontrara tras rasgar cuidadosamente el sobre que había ido de mano en mano por medio mundo hasta llegar a nosotros. Luis Junco comentaba que el poeta Salinas andaba preocupado en su época por la influencia del telégrafo. Negaba la utilidad de esa rudimentaria comunicación inmediata diciendo que sería el fin de las cartas, y que si se terminaban las cartas poco menos que se acabaría la civilización occidental. Menos mal que Pedro Salinas no llegó a nuestros tiempos. Ahora estamos más comunicados que nunca, pero no valoramos ni las palabras ni los mensajes que recibimos. Nos hemos convertido en bulímicos consumidores de misivas que no dejan rastro en ninguna parte. Por más que guardemos los mensajes en carpetas o los archivemos en discos duros, nunca encontraremos la emoción de unas hojas de papel cuidadosamente dobladas que, al paso de los años, acaban amarilleando junto a nuestros propios recuerdos.

Me llamaba cada año al periódico. La conocí preparando un reportaje sobre ludopatía. Ella había arruinado su vida en los bingos y con las tragaperras; pero no se jugaba su dinero desde hacía casi veinte años. Contaba abiertamente su historia: la humillación, el desespero, la soledad y la derrota ante sí misma. Había perdido el contacto con casi todos sus familiares y amigos hacía tiempo. Pero milagrosamente, cuando yo la conocí, ya conseguía pasar junto al anuncio de neón de un bingo o escuchar las músicas de las tragaperras sin caer en la tentación de asomarse al abismo. No pudo volver nunca con su marido, y de sus cuatro hijos solo tenía relación con el más pequeño. A quienes sí consiguió recuperar fue a su pandilla de amigas del colegio. Hace quince años logró juntarlas a casi todas en una merienda. Recordaron vivencias de cuando eran pequeñas, se rieron, echaron de menos a las ausentes y se sacaron una foto que ella me acercó al periódico para ver si la podíamos publicar en la sección de Vida Social. Se la publicamos ese año y los quince siguientes, siempre por el mes de octubre, y cada vez con menos gente posando delante de la puerta del colegio de monjas en el que habían estudiado. Empezaron a reunirse cuando tenían sesenta años y en la última foto que me envió solo quedaban tres amigas en medio del hueco frío que antes habían ocupado mujeres sonrientes o niñas con toda la vida por delante. Este año no he recibido ninguna fotografía. Tampoco he visto nada en los otros periódicos. No me atrevo a tentar a la suerte llamándola por teléfono. Prefiero pensar que ha decidido no darle más publicidad a esos reencuentros.


Este texto se plantea como una recreación literaria de un hecho real con el que guarda algunas semejanzas

Vamos de dejar de ser países y ciudadanos. Europa solo quiere franquicias. Cada año tendremos que alcanzar los beneficios y los objetivos que nos exijan y si no los alcanzamos nos obligarán a endeudarnos para seguir pagando peaje por seguir perteneciendo al grupo que uno pensaba que era de unión social, cultural y económica, y que no es más que emporio financiero, un Gran Hermano insaciable y sin escrúpulos gobernado por los países más poderosos. Se olvidan de que las franquicias dependen de la cultura, las costumbres y las formas de ser de cada uno de los países, y de que no funcionan igual en todas partes por mucho que veamos carteles, decorados y uniformes clónicos. Hay un factor humano que varía todo lo que la economía pretende hacer pasar por matemática infalible. No me interesa esta Europa que obliga a nuestros gobiernos a saltarse sus derechos fundamentales si hay que llegar a los objetivos marcados. Por eso hablaba de franquicias. Pero también podría referirme a la relación feudal que tanto costó dejar atrás. Nos quieren siervos de grandes señores y señoras que en lugar de castillos gobiernan países o dirigen agencias de calificación, bancos o grandes conglomerados financieros. Y lo peor es que uno ha visto fracasar muchas franquicias en España que arrasan en Francia, en Alemania o en Estados Unidos. Al final, cuando llega la quiebra y quitan los neones luminosos y los decorados clónicos, solo quedan locales oscuros y polvorientos, ciudadanos en paro y empresarios arruinados. Las franquicias no se resienten mucho con las quiebras de sus franquiciados porque sobre la marcha encuentran otros mercados florecientes en los que instalarse. Se parecen a aquellas compañías bananeras que se instalaban en Macondo. Europa no era así. O por lo menos no fue eso lo que nos contaron.

Llevo un par de días con lumbago. No recuerdo haber realizado ningún esfuerzo que justifique este dolor tenaz e incómodo que se aprovecha de la memoria de todos los dolores anteriores. A veces llego a pensar que el latigazo procede directamente del cerebro, y que es este el que tira de background activándome otros lumbagos que ya creía superados. Hace años que descubrí que esa dolencia no se supera nunca, y que da lo mismo que probemos masajes, ungüentos, posiciones casi estratoféricas e incluso médicos convencionales, esos seres que sobre la marcha nos quieren meter en un aparato claustrofóbico o, si les dejan, en un quirófano. Recuerdo que Juan José Millás, tirando de etimologías y de esas relaciones que tan bien hilvana cuando se pone a elucubrar con su propio cuerpo, le sacó un partido tremendo a la palabra lumbago en su novela Dos mujeres en Praga.
La verdad es que uno nunca se da cuenta de lo que le sucede hasta que se distancia de su propia tormenta o deja pasar los días para asomarse con más perspectiva hacia sí mismo. Ayer en el trabajo había dos compañeros que también tenían lumbago. No me lo estoy inventando. De niño recuerdo escuchar a todas horas que los golpes avisaban. Nos dejaban que aprendiéramos a no hacer el gamberro con el primer cabezazo contra el suelo o con aquellas heridas que se abrían consuetudinariamente en las rodillas - para mí que se terminaban cerrando porque ya no quedaba ni más sangre ni más caspa (¡qué mal rollo el de aquellas caspas sanguinolentas que al arrancarlas dolían más que el raspón que había provocado la herida!)-. Durante toda nuestra vida el cuerpo también nos ha ido avisando, aunque nosotros preferimos atiborrarnos de antibióticos o salir corriendo al médico antes que buscarle sentido a esas advertencias. El lumbago nos estaba avisando de una llegada repentina del otoño a Gran Canaria. También me dijo una amiga que estas dolencias tienen mucho que ver con desajustes energéticos provocados por las tensiones diarias y por el histerismo que vamos encontrando a nuestro alrededor. Creo que influye todo, pero con tanto desastre noticiable lo raro es que no nos terminemos dando calambre a nosotros mismos. Si me pusiera poético diría que estos lumbagos no son más que avisos de las lluvias que luego acaban entristeciendo las calles. Fuera llueve y hace frío. Hace años, ese pinchazo en la espalda avisaba a un antepasado muy lejano de que ya debía ir buscando una cueva segura en la que refugiarse. Yo escribo desde esa misma cueva. Me refugio.

El poeta César Vallejo dejó escrito un verso en el que decía que había nacido un día en el que Dios estuvo enfermo. La consecuencia de esa supuesta dejadez divina la notaba el gran poeta peruano en su tendencia a la tristeza y a la melancolía, pero también en los golpes de la vida que iban empozando la resaca de todo lo sufrido en su alma. Vallejo trataba de salvarse de esa desazón cotidiana escribiendo versos que llegaron a anticipar su muerte en un París con aguacero en el que ahora descansa presintiendo las lluvias otoñales a escasos metros de Charles Baudelaire, otro poeta marcado por la tragedia de su propia biografía, en el cementerio de Montparnasse. Pero ni Vallejo ni Baudelaire fueron poetas altaneros o soberbios. Les bastaba su talento para saber que aquí todos valemos lo mismo, y que el que pretenda encumbrarse por encima del resto solo consigue ridiculizarse y convertirse en un grotesco petimetre.

Pero esos seres ridículos, altaneros y petulantes siguen saliendo por todas partes como mismo brota la maraña entre las flores silvestres que se empeñan en vestir de colores nuestros campos. Los encuentras en la literatura, en la política, en el periodismo o en el bar de la esquina. En el mundillo literario son dados a las astracanadas y a pasearse como si fueran bajo palio todo el rato. No paran de dar consejos sin que nadie se los pida y te miran de arriba abajo como si fueran inmortales o midieran tanto como Sabonis o Tachenko. La mayoría de las veces resultan patéticos, entre otras cosas porque casi siempre esa altanería suele ser directamente proporcional a su incapacidad creativa. Con los años sí he descubierto que cuanto más talentoso y genial es un artista más suele alejarse de esa parafernalia bochornosa. Los verdaderamente grandes suelen ser gente sencilla y cercana que tienen muy claro el sentido de la vida y de las relaciones personales. Y eso es algo que también se manifiesta en todas las profesiones o en las relaciones con la gente con la que vas coincidiendo a lo largo de tu vida. Los que se creen por encima del resto en cualquier actividad cotidiana son seres que aún no han evolucionado lo suficiente como para saber que dentro de cien años estaremos todos criando malvas, y que aquí lo único importante es generar armonía y tratar de vivir lo más serenamente posible. Les falta corazón, y eso es algo que se nota más tarde o más temprano en lo que escriben, en lo que componen, en lo que pintan o en lo que van vendiendo en esos mítines siempre llenos de paniaguados y acólitos dispuestos a aplaudir cualquier soflama más o menos incendiaria. Les pierde la soberbia y, al contrario que Vallejo, suelen estar enfermos de sí mismos, lastimosamente perdidos en sus propios egos endiosados.


Desde lejos veíamos cuchipandas con velinas y bótox acartonado, prepotencia, chulería y esa turbia mirada que se les queda a los arrogantes aunque ellos crean que la disimulan con una sonrisa de oreja a oreja. Lo que no entiendo es cómo Italia, teniéndolo tan cerca, ha tardado tanto en sacarlo del poder y en gritarle por las calles lo que todos pensábamos sin necesidad de estar en Roma o en Milán. Si no es por la economía, ese sátrapa hortera se hubiera eternizado en el poder. Tampoco empujábamos mucho desde fuera, como no se empujaba a Gadafi o a Mubarak, y como sigue sin empujarse para que caigan de una vez tantos locos sueltos que gobiernan el mundo. Lo bueno de lo malo que estamos viviendo es que se reordenarán muchas cosas, aunque creo que nos quedan algunos batacazos y muchas salidas a escena de personajes siniestros a los que habrá que vigilar de cerca para que no se lleven por delante los valores consolidados después de muchos siglos de lucha. Lo peor no es lo que se va, sino lo que pueda venir, todos esos iluminados que saldrán queriendo ocupar el hueco del Cavaliere cuando fracase la mediocracia política que tenemos ahora mismo a nuestro alrededor.

237650-1g.jpgEl fondo del mar sigue siendo un lugar casi tan desconocido como cuando ni siquiera éramos humanos y tratábamos de orientarnos entre la oscuridad de las profundidades abisales. Unos salieron a flote y otros prefirieron quedarse en ese silencio infinito en el que no suenan ni las motocicletas, ni las máquinas tragaperras, ni los martillos neumáticos. Solo así se entiende que hayan encontrando en la playa del Cabrón a ese Carmelita Cocodrilo que nos mira con sus ojos inquietantes y prehistóricos. Parece un saurio varado en la noche de los tiempos o salido de esos fondos insondables que no somos capaces de delimitar. La naturaleza sigue su curso por más que nosotros queramos anticiparnos a ella. Por eso perduran especies que creíamos que ya solo íbamos a encontrar en los museos de Historia Natural o se activan volcanes dormidos durante miles de años. También las estrellas habitan los fondos marinos. Esa mirada azul que nos devuelve el Carmelita Cocodrilo tiene más misterio y más mundología que cualquier palabra que queramos escribir para contarla.


Fotografía de Arturo Boyra

No hay que confundir nunca los fines de semana con los fines del mundo porque los lunes siempre acabarán llegando. Realmente deberíamos vivir cada día como si fuera el último porque nunca sabremos cuál va a ser nuestro último día. Escribo esto hoy por si no pudiera hacerlo mañana. El pasado domingo me desvelé de madrugada y encendí la radio tratando de entretener al cerebro para recuperar el sueño. Si lees en mitad de la madrugada, después de haber dormido un par de horas, la luz encendida espanta a los personajes y a las palabras que solo se conciben en lo oscuro y en lo inconsciente. Sí me gusta leer justo antes de quedarme dormido para que las historias se enriquezcan con los sueños y con los otros argumentos que uno ha leído antes.

Ya les digo que trataba de coger otra vez el sueño porque al día siguiente tenía una agenda complicada de trabajo. No hubo manera. En el programa La rosa de los vientos hablaban del fin del mundo. Yo quería seguir durmiendo y en la radio me estaban diciendo que tuviera mucho cuidado porque esto se iba a tomar por retambufa en dos telediarios. Pensé que ese Apocalipsis sería a largo plazo y que ya tendría tiempo de ir ordenando lo que dejaba a medias; aunque bien pensado, si todo se acaba, lo mejor es que nos pongamos a vivir intensamente y dejemos a medias todo lo demás. Decían que ese final anunciado sería este mismo viernes 11, del mes 11, del año 2011, a las 11 horas. No recuerdo la profecía a la que se agarraban, pero creo que amenazaban con un meteorito que arrasaría el planeta como dicen que arrasó la vida placentera de los dinosaurios, que eran seres mucho más grandes y resistentes que nosotros aunque no supieran leer ni escribir. O sea, que me despierto de madrugada tratando de recuperar el sueño cuanto antes y lo que me encuentro en la radio es el acabose del planeta. Tiendo a ser un poco aprensivo, pero quién no lo es cuando te dicen que te quedan unas horas de vida. Me digo que no es la primera vez que uno vive un fin del mundo y me envalentono. ¡Hay que ver lo supervivientes que somos los humanos de este siglo XXI! Por lo bajo, recuerdo haber sobrevivido a más de veinte profecías que nos daban matarile. Todos los días aparece un orate desquiciado empeñado en finiquitar el planeta. Lo que no sé es si el mundo se acabará a las once en Canarias, en la Península o en Honolulu. No especificaban huso horario. Tampoco sé cómo advertirán a los chinos, que son un montón y que se rigen por otro calendario. De momento hoy es 10 de noviembre, y por tanto nos queda todo un día por delante. Como cantaba Serrat, no nos queda otra que aprovecharlo como si fuera el último que nos toca vivir. Espero que mañana y pasado mañana podamos seguir viéndonos por aquí. Bien pensado, todos esos agoreros nos ayudan a activar el hedonismo y las ganas de ser felices. Carpe Diem. Salud y suerte.

Jamás te puedes dar por derrotado. Ni siquiera cuando parece que todo está en tu contra o cuando las posibilidades de que salgas adelante son tan escasas que hasta tú mismo eres el primero en renegar de tu suerte. En una milésima de segundo todo se puede disipar como se aclara el cielo después de días de lluvia en los que solo cabría esperar un gran diluvio. Cualquiera de nosotros tiene que tener claras esas premisas. Estamos aquí tras el cruce de millones de azares, y esos azares casi prodigiosos seguirán aconteciendo aunque a veces nos parezca imposible encontrar una salida. Basta un aleteo de un pájaro para variar todo el equilibrio del planeta. Donde menos lo esperas encuentras el amor de tu vida o el paisaje que buscabas desde que tenías edad para soñar con paraísos. Algo parecido es lo que está pasando con la televisión. Renegábamos de ella, censurábamos su amarillismo y su falta de respeto a los valores, y solo concebíamos una caída cada vez más vergonzante en esa deriva que solo enseñaba lo peor de los seres humanos. Así estábamos, tratando de alejarnos de ella todo lo que podíamos -o por lo menos de esos programas que habían perdido el norte de cualquier decencia-, hasta que nos encontramos que será el propio negocio que ha llevado a ese caos el que terminará poniendo orden. Se buscaba la audiencia para conseguir más publicidad, y en esa carrera se habían dejado atrás todas las reglas; pero al final va a ser esa misma publicidad la que detendrá el escarnio. Ha pasado con La Noria o con Sálvame. Iban a por todas y les van a terminar cortando las alas. Si usted le paga a quienes no deberían salir de la puerta de su casa, o si usted se empeña en llenar de casquería y de insidias los salones familiares, la leche, las galletas, los centros comerciales o los embutidos que se anuncien en su programa quedarán manchados por su misma porquería morbosa. Y seremos nosotros, los consumidores que pagamos por sus productos, los que nos alejaremos de esas marcas que ensucian lo cotidiano o que contribuyen a crear una sociedad cada día menos habitable. Y cuando hacemos eso, a los mandamases de esas empresas les entra el canguelo y reniegan de esos programas para no acabar en la ruina, y al final, desde dentro, justo desde donde comenzaba a salir el olor a basura, se para todo cortando la guita que siempre anda revoloteando entre la mugre especulativa. Si miráramos a la naturaleza encontraríamos mil ejemplos parecidos. Las flores en medio del fango o de los estercoleros, por ejemplo, no son más que luminosas esperanzas donde aparentemente solo cabría lo abyecto y lo putrefacto.

No pude seguir en directo el debate entre Rajoy y Rubalcaba porque a esa misma hora estábamos en una Jam Session de microrrelatos en la sala Cuasquías. Año tras año, cada vez se reúne más gente para leer o escuchar ficciones breves y para homenajear a Dolores Campos-Herrero, una de las escritoras que mejor recuerdo humano y literario ha dejado por estas ínsulas. Sé que no se juntó tanto público como el que estaba pendiente de la pantalla y de las otras ficciones que intentan colarnos como verdaderas desde que se abre la campaña electoral; pero sí les aseguro que se estuvo más cerca de las emociones y de la magia de las palabras. Hoy todos hablarán de ese debate y, según los bandos, alzarán la mano del supuesto ganador. Realmente podrían elegir al triunfador de la noche antes de que empezara ese show cada vez más americanizado porque, digan lo que digan, los acólitos de uno u otro bando ya lo tienen claro antes de que empiecen a sonar las palabras. Qué paradoja lo de las palabras. Ayer, mañana, tener, comprar, futuro, trabajo o bondad pueden sonar al mismo tiempo en muchos sitios diferentes generando frases tan distintas como las que anoche se pronunciaban en el debate o las que iban escuchándose en las muchas historias que se contaron en Cuasquías. Al final no hacemos más que recurrir a las palabras, no seríamos nada sin ellas. Al paso del tiempo queda el recuerdo de todo lo que dijimos y de lo que nos contaron. Pero el cerebro no guarda solo las letras que componen cada una de las frases que escuchamos. Lo que permanece y vale la pena es la alquimia y la intención que pueda haber detrás de esas frases. Y da lo mismo que no podamos reproducirlas. Aquel fuego sagrado que le logramos robar a los dioses para no quedarnos todo el tiempo con los pies sobre la tierra, solo sigue teniendo sentido cuando intentamos llegar a la verdad de la verdad, o a la verdad de las mentiras literarias. Las mentiras de las mentiras ni siquiera se posan en las neuronas más activas y espabiladas. Como mucho quedará la puesta en escena. Nada más.

De niño te cogían de la mano cuando te sacaban a pasear por la calle. Te sentías seguro confiando en los pasos de tus padres y jamás tenías que decidir en ninguno de esos cruces de caminos en los que a veces cambia toda nuestra biografía. Pero luego te ibas soltando poco a poco y empezabas a reconocer los caminos cercanos hasta que cada metro que lograbas avanzar por ti mismo se convertía en un viaje inolvidable. En aquellos años andábamos descubriendo el mundo y aún no confundíamos la aventura que está dentro de cada uno de nosotros con los documentales del National Geographic.

Desde que nos soltaron las manos y nos dijeron que ya teníamos edad para andar solos por la vida, no hemos hecho más que buscar lugares en los que sentirnos a salvo. Metafóricamente, esos pasos equivalen a esta realidad que vivimos desde hace un tiempo. Nos han dejado a la deriva y nos han dicho que tenemos que buscar los caminos de regreso a casa por nuestra cuenta. Ya no nos encontramos el sistema económico como algo que se conduce solo. Ahora somos nosotros los que tenemos que empujar. Y no es fácil pasar de ser espectador a ser protagonista de tu propio destino. Ocurre lo mismo que cuando viajas a una ciudad desconocida en la que has de vivir un tiempo. El primer día que subes a la guagua para regresar a ese domicilio transitorio solo estás pendiente de no pasarte de parada y de no terminar en un suburbio peligroso. En el trayecto de ida tratas de memorizar una fachada o un anuncio de neón que te sirva de referencia a la vuelta; pero hay veces que, cuando regresas, la guagua circula demasiado deprisa o va con tanta gente que casi no llegas a mirar por la ventana. Te pones nervioso y temes extraviarte a pesar de tus esfuerzos por buscar asideros. Entonces preguntas a otros viajeros como nos estamos preguntando ahora mismo unos a otros por el destino que nos espera. Pero en todas esas ciudades de paso, aunque nos equivocáramos de parada, siempre lográbamos regresar a la casa que buscábamos. Yo confío en que ahora que andamos subidos en una guagua que no sabemos adónde nos acabará llevando también terminemos arribando a una estación segura. Hay días en los que piensas que el extravío es casi definitivo, pero estoy seguro de que, cambiando lo que nos has llevado al desastre, acabaremos reordenando esta realidad tan caótica. Eso sí, a veces es verdad que lo único que apetece es que nos vuelvan a coger otra vez de la mano como cuando éramos niños, pero tanto en las guaguas como en la vida hace mucho tiempo que ya dependemos de nosotros mismos para llegar a las metas salvadoras. Ahora más que nunca hay que tener mucho cuidado con esos salvapatrias mitineros que en lugar de llevarnos de la mano solo pretenden arrancarnos los brazos.


Cada mañana, antes de ponerme a escribir, me gusta rastrear los periódicos digitales, los blogs que me interesan, las redes sociales y todos esos caminos laberínticos por los que a veces transitas yendo de un enlace a otro enlace hasta dar con textos sorprendentes o con noticias tan increíbles como inesperadas. Todo ese proceso tiene lugar mientras me voy tomando el té que espabila las neuronas más literarias. Si no tuviera té yo creo que no escribiría nada, por eso me intereso tanto por la situación económica de los países asiáticos de los que proviene mi líquido elemento (nunca he entendido por qué al agua se le llama líquido elemento) para escribir. El día que dejen de cultivar té me tendré que buscar otra monomanía mañanera para combatir las neurosis. Pero el té lo bebo yo y lo bebe Jacques, ese heterónimo que me reescribe sin que yo me dé cuenta.
En ese rastreo por la pantalla infinita del ordenador, me encontré hoy un juego literario e irónico de Emilio González Déniz. Lo publicaba en Bardinia, otro de los blogs alojados en Canarias 7 en el que Emilio lleva varios años escribiendo prodigiosamente la crónica de nuestro tiempo. En ese texto mañanero, el escritor grancanario propone que los que escribimos en estas ínsulas cada días más extrañas y más temblorosas nos cambiemos el nombre si queremos llegar al público -no dice al gran público, que entonces ya tendríamos que escribirnos con nombres chinos a ver si así, bien camuflados en caracteres incomprensibles, alguien pica el anzuelo y se lleva algún libro nuestro para su casa-. Emilio habla del gran momento que vive la literatura canaria. No se equivoca. Solo esta semana, y refiriéndonos nada más que a la narrativa, han llegado a mis manos las novelas Murmullos de hojarasca de José Luis Correa y Biografía reciclada de Manolito Camborio, de Cristo Hernández, y además tengo encargada en librería Mareas y Marmullos-la presentó hace un par días Víctor Álamo de la Rosa en Tenerife-. Y ya digo que solo me refiero a la novela. Anoche mismo también llegué a casa con los aforismos de Noel Olvidares (El tapiz estelar), con Desolación de Acerina Cruz (me he quedado totalmente impresionado con su poesía; qué lujo descubrir que salen escritoras jóvenes con tanto talento y tanta madurez creativa) y con la plaquette Turistneyland Fever de la que quiero escribir algo en los próximos días. Y siguiendo con la poesía se presentó el pasado jueves Gata en tránsito de Teresa Iturriaga y José Miguel Junco estrenó en Madrid esta semana una antología formidable -que he tenido el honor de prologar- titulada Cierta forma del viento en los cabellos. Solo estoy hablando de los libros editados en Canarias que han llegado a mis manos en los últimos días. Les aseguro que si se acercan a cualquiera de esos títulos van a encontrar buena literatura y voces originales que cuentan o se cuentan apelando a las emociones o a la bendita ficción que nos ayuda a engrandecer los argumentos cotidianos. Mientras unos lloran las supuestas crisis de la cultura, otros siguen escribiendo con la confianza ciega del corredor de fondo que sabe que la meta no es más que una entelequia que hay que ir demorando toda la vida. Espero que no llegue el día en que tengamos que cambiarnos los nombres como lo hacían aquellos cantantes de verbena que, siendo de Artenara o de Mogán, se presentaban en las fiestas patronales como Jimmy Swing o Tony Reynolds. Pepe Correa decía el otro día que, por primera vez en mucho tiempo, los escritores canarios han perdido el complejo de contar lo cercano con un lenguaje reconocible que no deja nunca de aspirar a lo universal. Ahora solo falta que cada vez más lectores, locales y universales, se acerquen a quienes escriben en Canarias sin que haya necesidad de escondernos en nombres extranjeros. Así y todo me suena bien lo de Jacques Gil. Igual un día de estos le robo a Emilio la idea y, quién sabe, a lo mejor cambiando de nombre cambio de destino literario. Jacques Gil, como Brel, no está mal, o a lo mejor James, James Gil, o incluso, hablaré con Emilio, le podría dar una vuelta al apellido y pasar a ser Jacques Hill, aunque en este caso creo que tendría nombre de corredor de coches o de humorista casposo. Hablaré con Emilio en la terraza del Midway. Es cierto que hay nombres que marcan el destino de algunas biografías.

El día amanece en la radio con noticias económicas casi apocalípticas. Los poderosos chantajean a los más débiles con la retirada del dinero si se les ocurre recurrir a la democracia: o imponen sus medidas a la fuerza o les harán la vida imposible y los sacaran de la pandilla como nos sacaban los más galletones en la infancia cuando no queríamos hacerles el gusto. También me recuerdan a aquellos niños pera y redichos que se llevaban el balón para su casa cuando no los poníamos de titulares en los equipos que improvisábamos en la calle. Los que tienen el balón, el dinero y encima creen que tienen la razón, se vuelven casi siempre prepotentes y se endiosan. Durante años no ha habido nadie que cuestionara sus formas ni sus regalos de créditos a precio de ganga a quienes ahora pretenden esclavizar para que no se vengan abajo las monedas. Si cedemos una vez y renunciamos a la democracia por imperativo económico nos irán apretando hasta que casi no podamos respirar. Lo que pasa es que estando dentro no vemos el mundo con ninguna perspectiva. Habrán de ser los niños de ahora o los que vayan llegando los que encuentren las soluciones a esta realidad cada vez más enmarañada que habitamos. Pero mientras la radio sigue insistiendo en esa crónica insensata de los seres humanos que habitamos el planeta, en el horizonte despunta el alba con colores prodigiosos. Desde lejos no somos más que esas hormigas que vemos ir y venir afanosas y apuradas de un lado para otro. No seré yo el que proponga soluciones. De momento me comprometo a salir a la calle con una sonrisa que me alivie y que alivie la mirada de quien se tropiece conmigo. Los niños consentidos del balón o los que controlan los euros pueden hacer los que les dé la gana: nunca sonríen, y eso me preocupa mucho. Y además suelen ser insaciables porque la gente infeliz nunca tiene bastante con nada de lo que consigue. Pongámonos en el lugar de un griego. Cualquiera de ellos podría ser cualquiera de nosotros mañana mismo. Si nos quitan la palabra sí es verdad que ya estaremos definitivamente muertos. Entre aquellos montes pelados y aquel azul intenso nació la democracia, por eso no se olvidan de ella tan fácilmente. Los otros, los mismos que ahora quieren imponer sus leoninas condiciones, se llevaron las piedras, los templos y hasta el ágora en el que resonaba el eco de los grandes sabios; pero la piedra no es más que una fría presencia en un museo de la que nunca se logra sacar nada que merezca la pena. La verdadera esencia sigue estando donde habitaba la sabiduría.

Cuando yo era pequeño recuerdo que nos disfrazábamos en carnavales y que íbamos por las casas del pueblo pidiendo huevos que luego llevábamos ufanos a nuestras casas como si fuera un salario. Los disfraces los solíamos improvisar en los trasteros de las casas de nuestras abuelas, y posiblemente lo único que se compraba era la careta que luego aguantaba un par de años cada vez más despintada y más reconocible por los que nos habían visto los años anteriores. Todo eso duraba hasta que nos ponían una cruz de ceniza en la iglesia.

Ahora los niños se disfrazan la víspera del 1 de noviembre, pero casi todos parecen recién salidos de unos grandes almacenes o del decorado de cualquiera de esas películas norteamericanas que han terminado llenando de calabazas y de calaveras muchas ventanas de nuestras ciudades. No me parece mal esa diversión importada porque ya sabemos que a los niños les da lo mismo que las tradiciones vengan de Artenara o de Wisconsin cuando se trata de divertirse. Lo que me ha llevado a escribir estas líneas es lo que me acabo de encontrar en las calles cercanas a mi casa. Muchas fachadas y buena parte de las aceras estaban llenas de cáscaras y de manchas de huevos. Hoy hablamos de crisis, pero a principios de los setenta creo que había más crisis que ahora en Canarias, o por lo menos los niños de entonces éramos incapaces de romper aquellos huevos que nos regalaban en las casas a las que acudíamos confiando en que no nos reconocieran. Ahora hacen justo lo contrario: tiran los huevos al suelo como si no hubiera hambre o necesidad en el mundo, y a eso lo llaman tradición y divertimento. No les queda memoria del hambre que pasaron en su día nuestros abuelos.

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