los blogs de Canarias7

Archivos Octubre 2011

Para muchos de nosotros las máquinas que hoy tenemos a todas horas entre las manos formaban parte de la ciencia ficción. A lo mejor de niños fuimos capaces de imaginar un teléfono móvil con cámara de vídeo o un Ipad, pero si lo hicimos fue confundiendo lo que soñábamos con cualquiera de aquellas películas con efectos especiales que programaban en cines con nombres rimbombantes que un buen día desaparecieron de nuestras ciudades. Para nosotros el scalextrix, las batidoras o las máquinas de marcianitos eran tecnología punta, pero también eran aparatos que se estropeaban desde que apretabas un botón equivocado. Tal vez por eso es por lo que mi generación, y no digamos las anteriores, es tan aprensiva y tan timorata cuando tiene que enfrentarse a un nuevo mecanismo tecnológico o a cualquier avance digital. Hacemos como que entendemos, pero casi siempre fingimos y ponemos cara de concentración para que no sospeche nadie de nuestros miedos y de nuestras impericias.
Escribo todo esto por lo que me pasó hace unas semanas con un amigo escritor algo mayor que yo. Me llamó porque suponía que yo era un Kasparov de la cosa informática y, claro, no le iba a contar lo que les estoy contando a ustedes. El hombre había oído hablar de Twitter y quería que yo le explicara el funcionamiento. Le dije que encendiera el ordenador y le indiqué los pasos para que se abriera una cuenta en la red social de los ciento cuarenta caracteres. Costó un poco, pero logramos que abriera esa cuenta. A partir de ahí empezó la odisea. Cuando le decía que probara las distintas opciones se quedaba bloqueado y sin hacerme caso. Me dijo que tenía miedo a cargarse el Twitter si le daba a una opción incorrecta: no hablaba de su cuenta sino del Twitter entero, de todo el sistema por el que se comunican ahora mismo millones de personas. Me comentó algo parecido a lo que yo acabo de escribirles, que era un manazas con las máquinas y que casi siempre terminaba provocando algún desastre. Yo traté de explicarle que Twitter, por suerte, está a salvo de patosos. También le recordé que la informática de ahora no tiene nada que ver con la de aquellos sistemas operativos que nos borraban el trabajo de todo un día si apretábamos cualquier tecla equivocada. Le dije que para moverte en este mundo no te queda más remedio que ser osado y que perder el miedo a equivocarte. Lo único irremediable es la muerte. A todo lo demás se llega experimentando. Mi amigo ya tuitea de maravilla y, de momento, no se le conoce ningún estropicio digno de consideración informativa.

Image0111.jpgUn cuadro de Hopper es un tiempo que se detiene delante del mar, una esquina poblada de náufragos que se aferran a la barra de un bar venido a menos o la silueta de alguien que espera una llamada que le salve del fracaso en la inmensa soledad de una habitación de hotel. Pero esos cuadros también dan título a un libro de Nicolás Melini que llevo releyendo hipnóticamente desde hace varios días. Melini se asoma al mundo con poemas tan desgarradores, intensos y cercanos como cualquier cuadro de Edward Hopper. Pero además logra contar historias como si hubiera colocado esos versos en relatos o en pequeños capítulos de novelas que se acercaran al día a día de cualquier biografía. Los géneros literarios deberían enredarse como se enreda la vida en sus luces y en sus sombras sin necesidad de cambiar el orden de los días o los escenarios en los que nos movemos tratando de darle algún sentido al oxígeno que respiramos. Los cuadros de Hopper y los versos de Nicolás Melini se hermanan en un mismo asombro ante la realidad cercana que emociona cuando aprendemos a mirarla más allá de las apariencias. Y no es fácil mirar lo que nos rodea. Y mucho menos contarlo o pintarlo como lo hacen ellos. Que qué queda de todo eso. Ni más ni menos que el sustento que te permite no morir de hastío o de aburrimiento, unos retazos de vida que palpitan cada vez que precisas argumentos para seguir confiando en el milagro diario de la existencia, pinceladas y versos que quedarán a salvo cuando ya no estemos ninguno de nosotros para contarnos.

Cuadros de Hopper. Nicolás Melini. Ediciones La Palma (Madrid 2002)

Hace un momento soñaba con sellos. Supongo que un freudiano diría que hoy he estado durmiendo con alma volandera, o que se avecinan viajes o noticias importantes que pueden cambiar mi vida. Yo coleccioné sellos entre los doce y los dieciséis años. Es verdad que compraba series recién salidas en Correos o pequeñas colecciones en aquellas filatelias que casi han desaparecido del paisaje de todas las ciudades; pero lo que más le gustaba a aquel niño soñador eran las cartas que le dejaban los familiares y los vecinos más cosmopolitas. Cuando tenías entre las manos un sobre matasellado en Cuba, en Inglaterra o en Argentina ponías en marcha toda tu capacidad creativa tratando de imaginar el recorrido paisajístico de aquellas cartas. El sello no era más que el medio que despertaba los sueños viajeros, el papel luminoso que daba fe de aquellas aventuras por océanos, cielos o países lejanos. Ahora un adolescente soñador no creo que guarde los correos electrónicos en ninguna parte, y si los guarda no cuenta con destellos brillantes que lo acerquen a los sueños. Hace años que no regreso a mis colecciones filatélicas. No tienen ningún valor económico, pero es que entonces no pensábamos en valores económicos o revalorizaciones. Nos gustaban los sellos más exóticos y más lejanos, y nos sentábamos delante de ellos con una lupa que no hacía más que agrandar nuestros deseos de viajar fuera de nosotros mismos: el mundo no era más que un espacio que recorrías siguiendo el rastro de un pequeño sello coloreado de sueños.

Es cierto que cuando muere un poeta no se para el mundo. Ya lo advertía Brodsky cuando escribía que nunca vendrá el gran diluvio detrás de la ausencia de ninguno de nosotros. Pero cuando se muere un poeta, sobre todo en este mundo tan necesitado de miradas limpias y de palabras que no parezcan huecas, sí es verdad que se abre una herida que escuece por todo lo que ya no podrá seguir escribiendo. Manuel González Sosa fue un poeta para la inmensa minoría que cantara Juan Ramón Jiménez, alguien que vivía la poesía casi tan intensamente como la escribía, un gran lector, un alejado del mundo y de esos ruidos que tantas veces enturbian la mirada de lo más sencillo y de lo que más emociona. El poeta guiense fue una especie de Bartleby que me consta que iba rechazando reconocimientos, homenajes y todas esas alharacas en las que a veces se pierden tantos escritores. Aprendió a mirar el mundo en aquel paisaje bucólico de Las Barreras, asombrándose entre nispereros y geranios de lo milagrosa que es la vida en lo más cercano y en la mágica sencillez de las palabras. Nos quedan sus versos. Son ellos los que siempre sobreviven cuando se aleja el cuerpo del poeta. Manuel González Sosa quedó escrito y se seguirá escribiendo cada vez que alguien se acerque a cualquiera de sus poemas.

Mi correo electrónico me felicita casi todas las mañanas cuando suprimo los mensajes no deseados o sospechosos que va guardando como un guardameta con buenos reflejos. Selecciono, miro con cuidado, porque a veces le falla el criterio y te incluye algún correo conocido, y elimino para siempre esas misivas. Otra cosa es adónde van a parar, pero yo ahí no me meto porque supongo que los informáticos tendrán controlado ese asunto y todo lo que tiene que ver con los vertederos digitales. A uno también le gustaría que la vida tuviera esos detectores de mensajes falsos o malintencionados cuando andamos por la calle o mantenemos conversaciones que luego se vuelven más peligrosas que un spam con troyano. Nosotros nos solemos dar cuenta de esas palabras mendaces cuando ya es inevitable. De hecho, casi siempre vamos aprendiendo con esos errores que, vistos desde fuera, quizá puedan parecer pueriles o increíbles; pero aun así nos negamos a perder la confianza en los otros o a movernos como paranoicos que acaban sospechando hasta de su propia sombra. Y la vida, en justa correspondencia a esa confianza mutua, te felicita cuando llegas a la cama y puedes dormir de un tirón con la conciencia tranquila. No contamos con la previsión y la asepsia de las máquinas, eso es verdad, pero nos quedan las corazonadas y las resurrecciones diarias para saltar por encima de tantas canalladas y de todas esas falsas promesas que estamos a punto de empezar a escuchar en la campaña electoral que se avecina.

Es verdad que al fútbol se juega con los pies, pero no habría milagro si en cada jugada no se cruzaran también los sueños de quien conduce el balón. David Silva sueña sus pases imposibles removiendo al mismo tiempo nuestras propias fantasías futboleras. Los ingleses se estarán preguntando que de dónde sale tanto talento y tanta imaginación en unas milésimas de segundo. Yo les llevaría a Arguineguín, les hablaría de la playa de Patalavaca y de lo que se aprende dominando la pelota entre las pequeñas dunas que se forman en la arena o les refrescaría la memoria con las actuaciones de Juan Carlos Valerón en los años dorados del Deportivo de La Coruña en la Liga de Campeones. Pero Silva viene también del sacrificio y del esfuerzo diario, de la lucha sin tregua en el barro de Ipurua, de aquel gol cantado que dejó de marcar para no acabar con ese fair play que tanto defienden los ingleses, de su aprendizaje en el Celta de Vigo de Fernando Vázquez o de un Valencia que le consagró y le dejó desarrollar todo su talento. Y por si no tuvieran ya bastantes pistas tiraría de vídeo y les enseñaría cuál era una de las claves de la España campeona de Europa con Luis Aragonés. ¿Y el Mundial? ¿Les hablaríamos del Mundial? Claro que habría que recordarles una suplencia injusta con la que muchos jugadores hubieran finiquitado su carrera por falta de confianza y por la impotencia de ver los huecos de los pases desde la frialdad del banquillo y del olvido. Lo que vimos en Old Trafford no fue más que el corolario de un futbolista genial que ha sabido entremezclar el talento y el esfuerzo, una memorable exhibición del que probablemente sea en estos momentos el futbolista más en forma de todo el mundo. Y no lo digo yo solo. La otra noche, entendidos del fútbol nacional e internacional como Gaby Ruiz o Guillermo Uzquiano, defendían esta teoría que también suscriben los aficionados citizen cuando repiten todo el rato que ellos tienen su Messi en David Silva. Nada surge nunca por generación espontánea. Vale que siempre hay que tener en cuenta los renglones que va escribiendo la suerte, pero cuando alguien juega al fútbol con la rapidez, el desparpajo y el talento del jugador grancanario solo cabe la contemplación asombrada y el disfrute. Podríamos decir que Silva está cumpliendo muchos de nuestros sueños futboleros. No lo haría si jugara solo con los pies. En sus botas se aparece la magia desde que controla el primer balón del partido. Todo lo que sucede a partir de ese control inicial ya solo se puede narrar teniendo en cuenta la grandeza y la épica de los elegidos.

En las viejas películas de intriga todo se resolvía tirando de alguna pequeña pista aparentemente sin importancia. Bastaba una caja de fósforos con el nombre de un hotel desconocido, una factura de un restaurante de moda, una foto ajada de algún amor perdido o un llavero para resolver la trama. También nosotros cargamos con pequeñas cosas que nos definen y que podrían desvelarnos en caso de que perdiéramos la memoria en mitad de la calle. Vale que si llevamos el DNI o las tarjetas de crédito se acabaría toda la intriga sobre la marcha, pero vamos a suponer que esos documentos se nos quedan accidentalmente en casa. Entonces es cuando comenzaría la aventura alrededor de nosotros mismos. Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. Realmente esas preguntas tampoco las responde ningún documento, pero ya hemos dicho que lo mejor sería no liarnos y dejarnos llevar por las necesidades del guión.

Esos rastros también se pueden extrapolar a nuestra propia biografía. Está lo que ve todo el mundo: el color de nuestros ojos, la guagua a la que nos subimos cada mañana o el periódico que llevamos debajo del brazo. Pero luego hay otro al que solo se puede llegar a través de rastros casi inapreciables, y en esa investigación el único capacitado para resolver el entuerto es el mismo protagonista de la trama. Si no nos alongamos hacia nuestros adentros, nuestra vida será como aquellas películas malas y previsibles en las que nunca sucedía nada que no estuviéramos esperando. Si miráramos con detenimiento los detalles de nuestra existencia pasada y presente, y si además tiráramos de alguna madeja en principio sin importancia, qué sé yo, un balón de fútbol que tuvimos de niño, o aquel perro que perdimos en la adolescencia, a lo mejor nos podríamos reencontrar mucho mejor. Ya, ya sé que apenas nos dejan tiempo para protagonizar películas que merezcan la pena, y que ahora todos nos piden que vivamos como los protagonistas de las películas de acción que solo están pendientes de acabar con supuestos enemigos. Los otros argumentos, los que tienen que ver con nuestros rastros, los estamos dejando pasar de largo, y quizá por eso estamos tan desorientados y tan perdidos. Creo que urge mirar lo que hay dentro de nuestros bolsillos y de nuestros corazones para no extraviarnos y para empezar a buscar relaciones entre lo que realmente vale la pena. Solo tirando de esa madeja llegaremos hacia nosotros mismos. No importa que al principio cueste mucho encontrar alguna pista fiable. En aquellas películas en blanco y negro el investigador solía ser un incomprendido y un soñador que se enfrentaba al empirismo de los pragmáticos. Y era justamente a esos héroes que luchaban por causas perdidas a los que luego salíamos a imitar por las calles de la infancia.


Para que luego digan que los optimistas y los que seguimos confiando ciegamente en un mundo mejor somos unos ilusos. Ayer estuve casi todo el día desconectado de la actualidad por compromisos laborales y literarios, pero cuando pude asomarme a la prensa digital y a las redes sociales encontré una de las noticias que hace años encabezaba el deseo de casi todos los españoles: ETA anunciaba que dejaba de matar y de sembrar el miedo en las calles que recorríamos con temor cuando asesinaba a mansalva y casi a diario. Recuerdo días de zozobra en el Madrid de principios de los noventa con explosiones casi simultáneas en una misma mañana y con las paredes de mi casa de entonces temblando por la onda expansiva de uno de sus atentados más sangrientos. Había miedo en el metro, en los centros comerciales y cuando pasabas delante de alguna sede oficial vinculada a los Cuerpos de Seguridad del Estado. Nunca defenderé una muerte para lograr un objetivo, por eso ETA jamás iba a tener razón en sus reivindicaciones: le inhabilitaba la violencia y el chantaje para poder convivir en una sociedad democrática. Pero la cosa es que el mismo día te encuentras la noticia de que ha desaparecido otro sátrapa del planeta al que, con tal de que nos dejara su gas y su petróleo, le hacíamos la ola cuando sabíamos que era comparable con ETA a la hora de tratar al que ponía en duda sus estrafalarias decisiones. Por suerte, los dos, ETA y Gadafi, ya son pasado (había tal hermanamiento de sangre que recuerdo que uno de los jefes más sanguinarios de la organización terrorista tomaba el nombre del dictador libio). Si nos preguntaran ahora qué noticia querríamos ver publicada, no dudaríamos en decir que queremos leer que por fin se controla la crisis económica y se reparte la riqueza del mundo de forma más equitativa y racional. Ahora parece un imposible, pero también lo era el fin de ETA y de Gadafi (de todos los Gadafis) hasta no hace mucho tiempo. No siempre ganan los malvados. Yo diría que no ganan nunca, ni siquiera cuando los ves ocupando poltronas o brincando ufanos por haber alcanzado sus metas sangrientas. Ayer fue, sin duda, uno de esos días en los que se disfruta enormemente armando ese puzzle de la actualidad diaria que es la portada de un periódico.

El envejecimiento se reconoce en otras caras. Uno no descubre el paso del tiempo delante del espejo porque la mirada envejece con quien mira a diario y nunca se extraña contemplándose a sí misma. Te ves un poco más viejo cuando te tropiezas con amigos a los que no veías hacía años y descubres que el tiempo ha cambiado sus caras y sus cuerpos. Es entonces cuando te planteas que tú tampoco te pareces ya a aquel veinteañero lejano o que tienes poco que ver con el que eras hace diez o quince años. Hay rastros que delatan el paso del tiempo en nuestro rostro o que blanquean mes a mes nuestros cabellos. Solo cuando ponemos una fotografía al lado de otra nos vamos dando cuenta de que el que sonríe a la cámara ha ido cambiando tanto que a veces ni se reconoce a sí mismo. En los espejos la mirada se confunde casi siempre con nuestro propio recuerdo.

Por eso una roca, el picón que ennegrece el horizonte o el malpaís que nos devuelve al Cuaternario nos parecen siempre tan milagrosos y nos detienen durante horas delante de sus fuerzas telúricas y del fuego que sabemos que ardió antes de que fueran ceniza congelada en el tiempo. La erupción en la isla de El Hierro nos está sirviendo para reconocer mejor el paisaje y para valorar lo que ha creado la naturaleza a su alrededor. Todo ese proceso al que asistimos atónitos hará surgir una gran roca o un islote en medio de la nada del océano. Así fue creado el espacio que pisamos y que vemos en Canarias, pero en lugar de reverenciarlo y dignificarlo lo degradamos horadando esas mismas rocas milenarias o plantando centros comerciales horteras y construcciones lastimosas en cualquiera de esos lugares en los que anidó la belleza tras el magma y el fuego. Nos viene bien asistir a nuestra pequeñez en medio de ese espectáculo impresionante que ya se está gestando en el fondo de un océano que acoge a miles de islas que en su día también brillaron fuera de las aguas. Todas las islas nacen, envejecen y vuelven al fondo del que salieron con una naturalidad que nunca podrá ser asumida por los mortales ocupantes que duermen y aman en ellas durante unos pocos años.

El entendimiento de la realidad se parece cada vez menos a los autodefinidos. Aquí no importan las palabras, no las quieren entender y no dejan que ayuden a dar con las respuestas que tanto buscamos. La realidad está funcionando justo al revés que el entretenimiento de marras: cuanto más se habla y se escribe más se complican los asuntos. Uno querría que el mundo fuera tan perfecto como esos autodefinidos que se van rellenando hasta dar con todas las respuestas, y que además se pudiera llegar a unas respuestas tirando de las iniciales de las otras. Aquí estamos dejando muchas casillas en blanco o acudiendo cada dos por tres a las páginas de las soluciones para intentar no hacer el ridículo. No hay manera de dar con las palabras necesarias para que todo parezca más habitable. Desde que sales de la cama te encuentras decenas de noticias empeñadas en desmoralizar a la mañana.

Lo bueno de los autodefinidos era que siempre te aparecía la foto de alguien relevante que te ayudaba a rellenar muchas de las casillas o a dar con las iniciales necesarias para que apareciera la definición que estabas buscando. No sé a ustedes, pero a mí últimamente lo que me está pareciendo más complicado es conocer a esa famosa que me sonríe en medio de las cuadrículas o a ese famoso que no me suena de nada. Hace un tiempo te ponían a Sofía Loren, a Lennon, a Kubala o a Delibes. No te hacía falta ni poner en marcha el magín para rellenar toda la zona central del autodefinido. Ahora, con tanto famoso de paso, te sacan fotos que te hacen sentir extraño en el mundo que habitas, como si te hubieras marchado unos años y hubieras regresado sin conocer siquiera a esos que se supone que debe conocer todo el mundo. Pero lo peor es que incluso cuando miras las respuestas o cuando logras sacarlos con las letras de las otras palabras, tampoco sabes quiénes son ni qué hacen en medio de un autodefinido. Un amigo me dijo hace poco que los ponen ahí cuando quieren promocionar una serie de televisión o una película, o sea justo para todo lo contrario: tienes que ser tú el que lo descifres para luego saber quién es y sumarlo a esa lista de divos cada día más fungible. Lo más lamentable es que en la realidad también nos está pasando prácticamente lo mismo que en esos autodefinidos. Te separas dos o tres días de la tele y no conoces al hombre o a la mujer que ves en todos los canales. No sabes cómo ha llegado ahí. Y no lo sabes porque probablemente no haya hecho absolutamente nada en su vida. Decía Milosz que la falsedad de los sentimientos se adivinaba por la falsedad de la frase. Creo que también la falsedad del mundo que nos quieren mostrar se adivina por la falsedad de quienes nos enseñan a todas horas en las pantallas y en los autodefinidos.


Ayer el mundo volvió a reencontrarse en las plazas y en las calles de ciudades separadas por miles de kilómetros. Según cómo la miremos, la globalización une o desune. En eso se parece a los espejos y a la propia realidad. Hasta ahora estaba unida por la codicia de los poderosos que juegan con nuestros destinos desde cualquier despacho enmoquetado del planeta. Querían que fuéramos números o esclavos, nos decían que había que mirar cómo trabajaban los chinos, de sol a sol y cobrando una miseria, si queríamos seguir consumiendo todo lo que nos van colocando en los escaparates. No, no hemos venido al planeta para que se enriquezcan cuatro mercachifles que han terminado escribiendo los programas de casi todos los políticos. Ayer se salió a la calle en medio mundo porque queremos cambiar el guión de la realidad que vivimos y porque nos negamos a seguir siendo pasivos sufridores de la especulación bancaria y de las crisis creadas por los mismos que se benefician de ellas. Ya los que pretenden ir quitándonos cada día más derechos y más espacios para ser felices saben que hay mucha gente dispuesta a no pasar de largo. No podíamos seguir como estábamos. Entre todos, y respetando siempre los principios democráticos que tanto costó conquistar, hemos de devolverle la cordura al sistema político y económico. Urgen gestiones responsables y medidas solidarias que miren hacia todos los lados del planeta. La gente quiere vivir dignamente los años que transite por este mundo. Y ya sé que como dice el tango siempre habrá chorros, maquiavelos y estafaos , y que nada será nunca perfecto. Pero creo que en estos momentos nos estamos jugando nuestra credibilidad como seres vivos supuestamente racionales e inteligentes. Hemos venido al mundo para evolucionar, no para involucionar. Así ha sido desde siempre, desde mucho antes que Darwin viniera a contarlo en tratados científicos. La evolución natural del ser humano le impide caminar hacia cualquier forma de esclavitud o de sometimiento. Por eso ha salido la gente a la calle en todo el planeta.

Una biblioteca es un planeta propio que uno habita sabiendo que está a salvo entre millones de palabras. Cada libro que hemos leído forma parte de un tiempo y de un espacio que nadie más ha vivido como nosotros. Todos esos tiempos y todos esos espacios son los que sacralizan un lugar y casi lo convierten en un ser vivo. Cuando ya no estemos, quedarán nuestros sueños atrapados en argumentos o frases que fueron cambiando diariamente nuestra existencia. Quien no lee se está perdiendo una de las fiestas más grandiosas de la vida. Los que no se acercan a los libros no han tenido la suerte de que alguien les contagiara una pasión que solo puede ser leída. Cada libro nos lleva a una ciudad, a una casa, a una cama, a una guagua, a una playa, a un amor de verano, a una vigilia en un hospital, a la sala de embarque de un aeropuerto, a una estación de trenes, a noches incomprensiblemente insomnes, a días sorprendentemente luminosos, a viajes lejanos, a montañas que veíamos cuando levantábamos los ojos de las páginas, a gente que ya no está entre nosotros o a miradas con las que nos tropezamos solo unos segundos y que quedaron unidas a alguna de las frases del libro que teníamos en ese momento entre las manos. Cuando te acercas a tu biblioteca y recorres los títulos que conservas vas haciendo un viaje astral y literario hacia ti mismo, un viaje que puedes renovar cuando quieras añadiéndole nuevos espacios y nuevas presencias. Nadie reacciona igual a la palabra amor o a la palabra pena. Ni siquiera un pronombre personal sugiere lo mismo a dos lectores diferentes porque tú y él nunca serán la misma persona. Ni yo, ni ninguno de nosotros. Todo queda en lo que vamos leyendo. Ahí la vida sí es verdad que es única y que pertenece por entero a cada uno. La vida, y también los sueños.

Image00077.jpgLa playa de Agaete cuando todavía no habían borrado el horizonte. Y cuando pisábamos la arena negra escuchando el estruendo de las olas cercanas.

Esta fotografía está colgada en la casa de la familia Barroso Cruz en Agaete y, aunque la firma ha terminado borrándose, creemos que forma parte de la serie de fotografías sobre el Puerto de Las Nieves que sacó el gran fotógrafo guiense Paco Rivero

la foto[68.JPGEse azul es bello porque depende de sí mismo. Esas palmeras crecen solo con el cuidado de la naturaleza. Hay insistencias que no dejarán nunca de colorear el mundo.

Vale que hay que proteger la salud de los menores y que a lo mejor nosotros, cuando éramos pequeños, jugábamos con fuego (no exagero, efectivamente jugábamos con el fuego de las hogueras de junio, con el viento cuando echábamos a volar las cometas o con el agua cuando nos tirábamos como aprendices de surferos en las mareas del Pino), pero creo que ponerse a prohibir el uso de las sopladeras y de los matasuegras a los menores es como tratar de que cualquier día de éstos nos tengamos que poner a contar las bocanadas de aire que necesitamos para sobrevivir cada día. La Unión Europea acaba de recomendar que los menores de catorce años no se acerquen a los globos ni a los matasuegras si no es con asistencia paterna o matera. Me parecería bien que hubieran sacado esa recomendación para niños menores de ocho años, pero ustedes se imaginan llamando a sus padres con trece años para que estuvieran atentos cada vez que fueran a soplar el matasuegras en fin de año, o cuando estuvieran entretenidos inflando los globos de cualquier cumpleaños. Claro que todo es peligroso si se le busca el peligro: esas piedras de la playa pueden descalabrar al más pintado, y cualquier ventana se suele asomar a un precipicio, pero no por eso vamos a retirar todas las piedras ni a construir las casas como zulos sin ventilación. Con la cantidad de problemas graves que tenemos en el mundo y con más de diez millones de seres humanos muriendo de hambre en estos momentos en el cuerno de África, me parece una broma de mal gusto que cuatro iluminados se sienten en una sala y decidan que un galletón de trece años no puede ni soplar un matasuegras ni ponerse a inflar una sopladera sin avisar al progenitor. Vamos a terminar convirtiendo a los niños en seres más patéticos y timoratos que aquel gandul que contaba Pepe Monagas que llamaba a la madre cada vez que tenía que pasar la hoja del tebeo. No digo que jueguen con fuego como nosotros -al no estar en ninguna UE que nos controlara casi crecimos como silvestres aventureros a merced de la suerte y de los juegos-, pero ponerse a prohibir los matasuegras y las sopladeras me parece un disparate más propio de las historietas de Gila que de gente que se supone con estudios y con sentido común para saber lo que tienen entre manos.

La lava que pisamos contiene la esencia de millones de sueños que se quemaron en el magma del tiempo. Por eso lo más que me ha impresionado de la erupción volcánica que en estos momentos tiene lugar a cinco kilómetros de La Restinga ha sido la noticia de los peces muertos que han aparecido flotando encima de las burbujas ardientes que nublan los fondos del océano. Pienso en esos peces, en el impacto que pudieron sentir cuando de repente vieron cómo la superficie del fondo marino se resquebrajaba y cuando vieron brotar la lava que acabaría con sus vidas: imagino a los calamares de presencia casi prehistórica, a los meros que parecen detenidos en mitad de la nada cuando uno los contempla en el fondo marino, a las mantas casi espectrales, al cardumen de pequeños peces plateados que se disipa si te acercas más de la cuenta o a la estrella de mar que se atisba brillante en esas profundidades abisales. Imagino la vida unos segundos antes de la explosión, el silencio que nunca seremos capaces de imaginar los que caminanos sobre el planeta, esas mareas infinitas que mueven lentamente los corales y los restos de todos los naufragios. Nadie les había avisado de la inmediatez de ese calor que rompería la tierra y terminaría con su flotante y atávica existencia. No contaban ni con sismógrafos ni con predicciones vulcanológicas. A ellos les sorprendió la lava como sorprendía a nuestros antepasados en la superficie hace millones de años, como mataba a los nautas que fuimos antes de volvernos humanos y como seguirá sorprendiendo cada vez que el fuego decida cambiar los trazos con los que fue dibujando la tierra. No solo es el mar lo que nos ata a los isleños. También es esa fuerza telúrica que enciende en nuestros pasos un metafórico magma diario que nos hace resurgir milagrosamente en medio de cualquier cataclismo.

Ya sabemos hace mucho tiempo que los árboles siempre impiden ver el bosque en toda su extensión. Esos árboles se llaman hoy prima de riesgo, Banco Central Europeo, Reserva Federal, Ibex 35, Dow Jones o Fondo Monetario Internacional. Casi nadie habla de lo que hay detrás de esas palabras que ocupan los titulares de los periódicos, nadie cuenta cómo está ese bosque que nosotros vemos cada día más enmarañado. En ese bosque en el que vivimos hay comercios que cierran y amigos y familiares que llevan meses sin ser llamados a una entrevista de trabajo. Nadie está a salvo. Mañana mismo nos puede tocar a cualquiera de nosotros la caída inexplicable después de que nos contaran hace apenas un par de años que teníamos una economía saneada y competitiva, después de que nos animaran a invertir en casas que hoy pagamos sabiendo que no valen ni la mitad de lo que pagamos por ellas en aquellos días de euforias macroeconómicas.

Creo que no nos queda otra que agarrarnos a lo cercano y a lo que podemos controlar nosotros mismos, si es que a estas alturas queda algo fuera del control de ese ente abstracto llamado globalización. Yo preferiría utilizar el término especulación. Creo que habitamos un mundo especulativo en el que no se está haciendo nada por cambiar las cosas. Un día deciden una política económica y al siguiente se levantan planteando todo lo contrario. Vivimos en una montaña rusa con más vaivenes que esas bolsas de valores que también suben y bajan de forma incomprensible. Lo global, como esos árboles que nombraba al principio, nos está impidiendo aproximarnos a lo que tenemos al lado nuestro. Hace tiempo, las crisis solían estar localizadas, aunque creo que un mundo que dejó morir de hambre durante los años de opulencia a buena parte de su población es un mundo que nunca salió de la crisis. Hoy nos estamos comportando como el nadador que trata de luchar denodadamente contra la corriente. Ya sabemos que en esos casos son los mejores nadadores los primeros que se ahogan, y también estamos viendo que son justamente algunos de los países que teníamos como abanderados del capitalismo los que están dando síntomas de asfixia económica. Creo que urge una reflexión colectiva. Si no nos paramos un momento a analizar qué es lo que está sucediendo a nuestro alrededor no haremos más que caminar hacia el desastre. Somos nosotros, mirando lo que nos rodea, hacia todos esos negocios que cierran o hacia esos amigos que están en paro después de haberse formado durante años, los que tenemos que empezar a buscar las salidas. No podemos seguir dejando que cuatro políticos o asesores financieros que se niegan a ver el bosque de la realidad más descorazonadora continúen jugando al monopoly especulativo con nuestro propio destino.


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No sabes nunca qué texto acabarás escribiendo hasta que no trazas unas cuantas palabras. Lo trágico se puede volver cómico y lo cómico puede acabar como una lacrimosa sucesión de desgracias y de fracasos. A veces son las propias palabras las que determinan tu estado de ánimo; por eso hay que tener mucho cuidado cuando se eligen. No todas las ánimas de las palabras tienen las mismas intenciones. También sucede lo mismo con los humanos. Están los que, aun en los peores momentos, son capaces de regalarte una sonrisa y los aguafiestas que con toda la suerte a su favor no cambian la cara de palo que se les va quedando a los tristes vocacionales. Como el día aún está arrancando, todavía estamos a tiempo de pedir lo que nos dé la gana. Puede usted desear la luna si le es necesaria para sus sueños más volanderos. Yo por mi parte le ruego a las horas que tengo por delante que me regalen encuentros con quienes saben reírse y contagiar la risa a los que les rodean, y puestos a pedir también querría escribir un par de palabras luminosas que me sirvieran para saltar por encima de los escabrosos titulares de la prensa diaria. Ya sé que no depende de uno lo que vaya aconteciendo, pero sí son nuestras las intenciones. Ya el cielo se está volviendo azul en el horizonte. Comienza la aventura. Mucha suerte con los encuentros que tienen por delante.

No creo que haya habido ningún tiempo fácil de vivir. Nuestros antepasados estaban mucho peor que nosotros, y los que sigan viniendo también se mostrarán igual de inseguros y de temerosos ante el porvenir que les pueda estar esperando. Siempre ha sido así. Forma parte del enigma que nos trajo y del destino final que desconocemos. En medio de esos dos puntos distanciados por la vida de cada uno de nosotros no nos queda otra que sobrevivir y que tratar de ser todo lo felices que podamos. Escribo esto porque ayer me comentó un empresario desesperado que no sabía adónde íbamos a ir a parar. Me hablaba en clave económica tras conocer la cifra de parados en España durante el mes pasado y tras la cerrazón de los bancos a otorgar créditos que ayuden a reactivar la economía. Yo saqué su frase de contexto y me moví entre la metafísica y la palmaria realidad que tenemos delante. Le comenté que iríamos hacia donde el destino quiera dirigir nuestros pasos, pero que en cualquier caso habría que desterrar cuanto antes tantos miedos y asumir estos tiempos convulsos como un paso más en esa evolución de las especies y de las sociedades que ha ido empujando siempre al ser humano; incluso cuando parecía imposible que dejara de ser espora o de ser uno mono que se encaramaba a los árboles.
No estábamos circulando por el camino correcto. Eso era todo. El sistema no se sostenía y, por tanto, desde ese sistema tampoco vamos a resolver absolutamente nada. Hay que estar atentos a los ismos que puedan llegar aprovechando este río revuelto de noticias y de malos augurios, pero no tendríamos que temer un cambio tan necesario como el que experimentamos al despertar cada mañana. Nunca sabremos adónde iremos a parar. Lo mejor es seguir caminando con la mirada puesta en el horizonte. Ese camino solo nos importará mientras seamos nosotros los que lo protagonicemos. También tenemos que procurar que los que vengan más tarde conozcan nuestros malos pasos y encuentren nuevas rutas por las que poder seguir transitando. Ni ellos ni nosotros sabremos nunca cuál es el sendero correcto. Eso sí, ya intuíamos que no era ese capitalismo llevado al extremo que aún nos quieren vender el que nos iba a sacar de la crisis. Solo les interesa especular. A nosotros, en cambio, nadie nos ha quitado todavía las ganas de seguir conjugando el verbo vivir. Y creo que ese es el único camino de salida: o asumimos con toda la intensidad ese verbo casi milagroso o nos seguiremos quedando en manos de todos esos patéticos y peligrosos mercachifles que nos han llevado al borde del precipicio. Que cada cual elija.

Las redes sociales se han convertido en la panacea de los sinvergüenzas y de los cobardes. No te piden nada para ser otro y para empezar a actuar como nadie esperaría de ti. Cada cierto tiempo he de borrar a algún contacto con ganas de incordiar. No suelen salir al muro público: prefieren los mensajes privados, sobre todo los mensajes privados durante la madrugada porque confían en poder amargarte la mañana. Hace tiempo los bloqueaba, pero ahora da lo mismo que no los tengas entre tus contactos porque te escriben igual y se entretienen cambiando de identidad. Lo malo de estos tipos es que juegan a que pueden ser cualquiera, y si les haces caso te puedes volver loco o empezar a sospechar hasta de tu propia sombra. Ya me pasó alguna vez con correos electrónicos identificados con direcciones apócrifas en los que se me insultaba o se cuestionaba cualquier artículo que acababa de publicar en el periódico. Hace tiempo que ni siquiera los bloqueo o los borro. Me entretiene el funcionamiento de esos descerebrados y las molestias que se toman en buscar la manera de incordiar. Me vienen bien para luego crear con más credibilidad al pelma o al insolente en cualquier relato. Lo bueno sería que supiéramos quiénes son para poder contestarles o, si se pasan de la raya, ponerles una denuncia. Siempre ha habido anónimos y muñidores de pasquines insultantes, pero ahora lo tienen más fácil que nunca y se presentan más asépticos y más aseados. Lo triste de todo esto es que teniendo una sola vida se dediquen a enfangarla de esa manera. No me gustaría nada estar en el pellejo de ninguno de ellos.

Con cuántos ojos vamos cruzando los brillos de nuestra mirada cuando andamos por el mundo, ojos de paso, ojos reconocibles por su cercana presencia, ojos que nunca querríamos haber visto, ojos de mujeres y de hombres, ojos de perros y de pájaros, ojos que intuimos en la oscuridad, ojos que nos interrogaban desde los espejos, ojos que parece que reconocemos de otras existencias remotas, ojos que se cuelan en los sueños, tantos ojos, tantos encuentros, tantos momentos de paso, ciudades a las que jamás volvimos, amores que se perdieron en el olvido, anónimos con los que compartimos unas milésimas de segundo sin saber que nunca más volveríamos a encontrarnos en las calles, en los aeropuertos, o en esas estaciones en las que los trenes pasaban de largo mientras seguíamos los ojos viajeros que se perdían en la velocidad del tiempo.

La vida empieza cada nuevo segundo. Somos nosotros los que estamos empeñados en contabilizar el tiempo y en ponerle nombres a los ciclos que vamos transitando. En la infinitud del universo da lo mismo un agosto que un enero. Quizá nosotros, para no sentirnos tan efímeros, nos defendemos del olvido tratando de identificar cada uno de nuestros pasos con todas esas fechas que hemos ido sembrando en los calendarios. Si no hubiéramos organizado así el tiempo que recorremos, nuestro pasado sería una caótica sucesión de vivencias indescifrables y de días y noches mil veces repetidas.
En esa aventura diaria que empezamos cada mañana con todas las ilusiones intactas hay meses señalados para volver a reiniciarnos. Enero es el tópico y la fiesta, las uvas y los deseos que se confunden con los anuncios publicitarios; pero cuando todo empieza de nuevo es en otoño, la estación en la que se caen las hojas de nuestros propios árboles luminosos para que podamos reinventarnos en otros tonos y con otras ilusiones. También renovamos en octubre aquella vuelta a la escuela que marcaba el cambio de curso, el paso de párvulos al colegio o del colegio al instituto. Ahora todo ese ciclo comienza en septiembre, pero los que venimos de otro tiempo más lejano tenemos a octubre como el mes señalado para el comienzo de las obligaciones. Cada nuevo curso llegábamos sin saber qué nos depararía el nuevo año escolar y casi pensando que habíamos olvidado lo aprendido. Luego nos poníamos a estudiar y aquel bagaje aprendido con esfuerzo aparecía como de la nada para resolver quebrados o para identificar capitales de países remotos. Creo que ahora también es el momento de retomar ese esfuerzo. Octubre llega como llegan las mareas cada día. Dependerá de cada uno de nosotros el aprovechamiento de las olas que nos devuelvan a una navegación que no esté todo el día presagiando naufragios bursátiles. Los especuladores siguen empeñados en intervenirnos y en que casi les tengamos que agradecer el aire que respiramos; pero no deberíamos olvidar que vendrán otros muchos octubres que cambiarán esos supuestos cataclismos que vivimos. No está siendo fácil transitar por el mundo. Andamos desorientados y no sabemos por dónde nos pueden venir los desastres; pero de momento lo único que nos queda es apostar por nuestro propio futuro. No vendrá nadie a ofrecernos un papel protagonista en esta tragicomedia diaria. En el colegio aprendimos que los objetivos no se consiguen de un día para otro ni compitiendo como brokers sin escrúpulos. Cuenta sobre todo nuestros esfuerzo, pero también la mirada a nuestro alrededor para saber que hay muchas personas en las que apoyarnos. Toca reinvención. Octubre siempre fue un mes propicio para que se renovaran todos los sueños.

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