los blogs de Canarias7

Archivos Septiembre 2011

Todos me dicen que no entienden cómo aguanto su lentitud, sus ruidos y ese diseño de pantalla y de teclado tan fuera de lugar y tan poco parecido a lo que se lleva desde hace años. Dispongo de otros soportes y de otros gadgets informáticos en casa, pero cuando tengo necesidad de escribir lo que realmente me motiva voy donde está él, lo enciendo -sabiendo que tardará sus cinco minutos en arrancar- y me centro en su ruidoso ritmo de teclas golpeadas miles de veces en el fragor de la batalla creativa. Sé que llegará un momento en que no dará más de sí, pero mientras aguante seguiré acudiendo a él cada día antes de que amanezca. Juntos hemos escrito novelas, poemas, artículos y también muchos textos que no llegaron a ninguna parte. Lo que alguna vez perdí accidentalmente sé que lo conserva su memoria en cualquiera de las cuevas infinitas que uno presiente en esa torre que ha sido muchas veces de Babel y de confusiones de letras y de imágenes. Hemos recibido buenas noticias de todas partes del mundo y casi aprendimos juntos a navegar por Internet cuando las redes sociales ni siquiera habían empezado a asentarse en las mentes de sus inventores. Supongo que me conocerá por la fuerza con la que golpeo su teclado, por los días melancólicos de golpe tenue y por los días convulsos de presión profunda y más nerviosa. Reconozco que cuando preciso inmediatez, sobre todo cuando se cruza el Periodismo y esa lucha contra cada minuto para llegar primero a la redacción de un texto, sí me cambio a esos otros soportes de los que les hablaba al principio; pero para escribir en este blog, para pergeñar novelas y poemas, o para perder el tiempo viendo cómo brotan las palabras en esa nada insondable de las pantallas, regreso a él con mi taza de té y sin que el sol aún haya empezado a alumbrar los paisajes y las aceras. Llámalo lealtad, puedes llamarlo lealtad, o manía, o temor a separarme de lo que me ha hecho feliz durante muchos años. Aquí estamos los dos cada mañana, cara a cara frente a la vida y al diccionario, sin esperar nada del otro jueves, escribiendo para no olvidarnos, tratando de ser un poco más felices, él cada día más lento y más viejo, yo cada día más apegado a todo lo que lleva de mí en esos adentros ruidosos en los que se revuelven las palabras como si fueran olas arrastrando piedras en la orilla de todos los enigmas.

PD: Quienes estén por Madrid pueden asistir esta noche a la presentación del libro Generación 21, nuevos novelistas canarios, en el Ateneo de la calle del Prado. Será a las 20:00 horas, con entrada gratuita. Será un placer verles por allí.

Da lo mismo que la tecnología quiera imitar y controlar a la naturaleza. La mañanas y las noches se irán sucediendo estén o no estén los seres humanos sobre la tierra, y seguirán naciendo pájaros y reproduciéndose crustáceos en las rocas, y no parará de soplar el viento o de alumbrar el sol a última hora de la tarde repintando colores casi imposibles. También seguirá llegando el magma que luego se hace roca y malpaís y embellece los paisajes, o los asemeja al principio de los tiempos, cuando de la ceniza brotó la vida y el milagro. Si tuviera que elegir dos paraísos siempre pondría por delante a la playa de Famara, en Lanzarote, y a El Hierro. Ambos espacios, como todo el archipiélago canario, nacieron de volcanes que hoy permanecen dormidos, y quizá sea ese fuego lo que los vuelve tan misteriosos y tan necesarios. Hace cientos de años nuestros antepasados veían salir la lava sin que nadie les hubiera advertido semanas o meses antes. También notarían los mismos temblores que ahora se sienten en El Hierro. Esos avisos evitan la sorpresa y previenen la catástrofe, pero no atemperan la zozobra de quienes saben que de un momento a otro pueden ver salir la lava de debajo de la tierra o de los fondos marinos. La isla de El Hierro la cuenta de maravilla el escritor Víctor Álamo de la Rosa en sus atávicas historias situadas en ese espacio mágico y mítico que él renombra como Isla Menor. Los que conocen la isla entienden de sobra por qué la asemejo a un paraíso. No tiene nada que ver con las postales ni con los colorines estridentes y mendaces de las agencias de viaje. Mi concepto edénico se confunde con una naturaleza casi palpitante y con unos ritmos temporales que hacen que cada minuto equivalga a una hora de tiempo en las ciudades caóticas que nos acogen cada día. Hace millones de años todos este espacio insular que habitamos formaba parte de un mismo piélago oceánico interminable que no hacía presagiar ni nuestras vidas ni los paisajes que nos vamos encontrando. Cada temblor de entonces solo era el anticipo de la tierra que nos aguardaba.

Un sueño debe ir siempre un paso por delante de nosotros. Si lo alcanzas y te acomodas desaparecerá como desaparecían las alas de las mariposas cuando de niños tratábamos de que se eternizaran entre nuestros dedos. A un sueño le debe seguir inmediatamente otro sueño, y cuando se quiebra el que perseguíamos a todas horas hay que ser capaces de buscar otro nuevo al que poder agarrarnos. Cada cual lleva consigo sus propios sueños rotos y todos los sueños que se han ido cumpliendo. Nunca hay derrota cuando tenemos un lugar al que dirigirnos para comenzar de nuevo. Los sueños son asideros a los que agarrarse para que la vida no sea esa realidad a veces tan tosca y tan previsible que tenemos delante. Y se cumplen, vaya que si se cumplen; y se pierden, claro que se pierden; y no llegan, por supuesto que a veces no llegan; pero han estado ahí delante determinando nuestras decisiones y el sentido de nuestros pasos. En ese juego también valen los sueños imposibles, aquellos que sabemos de antemano inalcanzables pero que se adaptan de maravilla a nuestra imaginación y a nuestras ensoñaciones más volanderas. Entre un sueño y otro se consigue colorear un poco la vida que algunos se empeñan en pintar de gris cada mañana.

Si te hubieras parado a hablar con él unos minutos te hubiera contado que lo peor de todo era la noche, no saber dónde terminaría durmiendo, el frío, el miedo, la madera que a veces aparecía pegando porrazos, los que se pasaban con las dosis y no sabían ni dónde se encontraban ni quiénes eran; te hubiera explicado que la vida era una sucesión de búsquedas diarias de un par de euros para regresar cuanto antes al infierno, de sudores y temblores cuando llovía en la calle y no había nadie a quien pedirle la guita, te hubiera hablado del camello rastrero que le humillaba y le maltrataba, o de cuando le atacaban los otros yonquis enmonados y le robaban todo lo que llevaba encima. Lo intentó dejar muchas veces, y sus padres y hermanos gastaron dinerales y apostaron por toda clase de tratamientos y de ayudas, pero siempre recaía, una y otra vez regresaba a las mismas calles y volvía a deambular entre la misma gente que ya le conocía desde hacía años. Ninguno de los que le veían desgreñado, casi sonámbulo y sucio lo conoció cuando fue a La Laguna a estudiar, cuando hacía teatro, ni cuando de niño se levantaba eufórico la noche de Reyes. Desde hace un tiempo no se le ve por las calles. Cuando preguntas por él a los nuevos drogatas que han ocupado su lugar lo único que negocian contigo es el par de euros que ellos precisan. Probablemente, ni siquiera hayan conocido su destino final. Uno confía en que por una vez la suerte se haya aliado con quien más la necesita y en que en estos momentos se encuentre sano, salvo y limpio protagonizando una nueva vida en algún lugar lejano; pero esa ilusión, después de hablar con él varias veces, casi resulta vana. Siempre decía que no tenía escapatoria y que a lo único que aspiraba era a desaparecer lánguidamente y sin enterarse de nada durante alguna de aquellas noches en las que no sabía adónde ir, ni dónde iba a terminar durmiendo. Tenía miedo de sí mismo.

Ningún momento es siempre el mismo momento. Pasa el tiempo y nada permanece exactamente igual. Cambiamos, mutamos, caminamos, pensamos o amamos, pero nunca nos repetimos. Da lo mismo que te agobie la monotonía. No existe. Es imposible que digas que todo está igual y que no cambia nada de lo que tienes a tu alrededor. Lo que te puede estar pasando es que has perdido la capacidad de asombro. Si tú duermes te pasará como al camarón del adagio: te llevará la corriente y navegarás como una hoja seca hacia donde ella te lleve, y eso no es vida, porque la vida está para interpretarla cada cual a su manera. Aquí no hemos venido a mover la boca como si cantáramos en playblack: no se ha evolucionado casi milagrosamente para que luego nosotros tiremos la existencia por la borda sin valorar que cada uno de nuestros sentidos puede convertir un día anodino en un gran acontecimiento. Hay que vivir para ver. Si no te asomas al mundo con ojos nuevos cada mañana acabarás envejeciendo el paisaje con tu propia mirada. Y el paisaje nunca envejece, sólo cambia. No importa que te parezca siempre el mismo. Esa flor no estaba ayer, ni ese niño que hoy escuchas llorar en una habitación lejana, ni tampoco ese charco de la orilla. Ni siquiera tú eras el que eres aunque quieras engañarte ante el espejo.

Los pintores saben de lo que hablo. El árbol que miran en el horizonte varía según las horas del día y según el color de cada mañana. De eso sabe mucho el director de cine Víctor Erice, y también el pintor Antonio López. Los dos se centraron en el reflejo del sol en los membrillos para enseñarnos a mirar con esa modestia necesaria que requiere la naturaleza. Nosotros caminamos como si todo lo que nos rodea tuviera poco que ver con nuestro destino. La mayoría de las veces nos movemos como autómatas que no reparamos ni en nuestra propia presencia. Tampoco digo que vayamos por las calles mirando a los celajes todo el rato o hablando a gritos como orates desnortados; pero sí creo que no debemos perder de vista esa luz a la que se aferran los pintores y los fotógrafos para captar el momento en que la vida se hace milagro en una flor, en una roca o en una pared a la que sólo dedicamos una anodina mirada. Todo es importante. Incluso en la oscuridad se pueden descubrir matices. Cada cual puede cerrar los ojos y volver azul lo que fue blanco o rojo lo que era negro. Los colores no sólo se ven; también se sueñan. Ocurre lo mismo que con la música del silencio que tanto nos conmueve porque parece eterna. Los que no saben escuchar ni mirar se van quedando en el camino de la mediocridad y del hastío. Nadie nace sabiendo, y menos cuando hablamos de sentidos y de percepciones. Hay que trabajarse siempre la felicidad por uno mismo. Si no aprendes a mirar lo más probable es que vivas a ciegas toda tu existencia.

Soñamos y vivimos entre secuencias inconexas de nosotros mismos. Cuando recuerdas, tus ojos miran a los primeros ojos cómplices que encontraron, tus manos construyen castillos en la arena, tus piernas recorren calles de grandes ciudades que se confunden en las aceras, tu pensamiento se pierde en los miedos a unos resultados médicos que te tuvieron hablando solo varios días, tus oídos aún conservan los últimos acordes de un concierto memorable y en tu corazón escuecen heridas lejanas y, al mismo tiempo, renacen romances inolvidables. Todo aparece siempre inconexo y caótico como en los sueños, tan irreal y tan etéreo como la vida que vamos dejando atrás apresuradamente.

Hace un rato, mientras dormíamos en este lado del mundo, un país civilizado, democrático, cuna de la cultura de las últimas décadas, mataba a un hombre llamado Troy Davis. Fríamente, con una inyección letal, mirado a los ojos por el hijo y el hermano del supuesto asesinado, el hombre negro de 42 años que llevaba media vida entre rejas falleció gritando una vez más su inocencia. Fue condenado a muerte en el estado de Georgia tras el asesinato de un policía hace 20 años. Siete de los testigos que aseguraron en la rueda de reconocimiento de 1991 que era el asesino han terminado retractándose y no había ninguna prueba concluyente que confirmara, sin posibilidad de equivocación, que Troy Davis fuera culpable de aquel crimen que ahora ha vengado la democracia estadounidense con una frialdad que a mí personalmente me produce pavor.
El ajusticiado ha pedido a sus familiares y amigos que no cejen en el empeño de poder demostrar algún día su inocencia. Creo que lo conseguirán, y que entonces, como en tantos casos anteriores, no habrá posibilidad de resarcir al acusado injustamente. Ni siquiera en los casos más extremos admitiría la pena de muerte. El ejemplo civilizado no es poner la otra mejilla ni caer en una ley del Talión tan injusta como irracional. Para que la justicia tenga razón de ser habría que articular medidas de prevención, de reinserción o de penalización ajustadas al derecho natural y a la defensa de la vida como valor supremo. La venganza, aparte de ser un plato que se sirve frío, como en este caso, no conduce absolutamente a nada. Nosotros dormíamos mientras un grupo de funcionarios de un país civilizado ataba y le ponía una inyección mortal a un ser humano al que ya no volveremos a ver ni a escuchar nunca más. Se llamaba Troy Davies y aseguraba que era inocente. Troy Davis podría haber sido cualquiera de nosotros.

Decía Benedetti que el olvido está lleno de memoria. Creo que tenía razón, que da lo mismo que no nos acordemos de una cara, de un paisaje o de un nombre para que esa cara, ese paisaje o ese nombre sigan formando parte de nuestra memoria más necesaria. Hoy conmemoramos el Día Mundial del Alzheimer y nos acordamos de quienes ahora mismo transitan entre los espejismos de su propia memoria o se pierden en infancias lejanas. Esa vuelta real a la infancia de muchos enfermos de Alzheimer demuestra que todo lo que vamos viviendo cala en lo más profundo de cada uno de nosotros. Por eso no hay que desdeñar ningún día ni ningún sentimiento. Todo queda, como cantaba el poeta. Todo vuelve, aunque contradigamos al filófoso de Éfeso que aseguraba que no podíamos bañarnos dos veces en las mismas aguas. Hay un arcano indescifrable en nuestra memoria que guarda todo lo vivido. No sé si ese reducto misterioso se hace eterno y permanece más allá del cuerpo y de las palabras que nombramos. El recuerdo únicamente pertenece a cada uno de nosotros. Da lo mismo que los demás piensen que no podemos recordar y que nos encuentren extraviados en mitad de una calle o buscando la casa que ya no existe en la que vivimos hace veinte años. Uno a veces no sabe si lo que estamos viviendo no será más que un recuerdo que rememoramos desde un lugar que no somos capaces de asumir, un destino que podemos cambiar en algunos capìtulos pero que ya viene trazado en su argumento principal. Hay días que parecen un déjà vu de nosotros mismos, una vuelta a un lugar en el que casi juraríamos que ya habíamos estado alguna vez. A lo mejor en algún lugar del tiempo somos nosotros los que terminamos olvidando. Recuerda esto siempre que los veas a ellos. Da lo mismo que te miren y que no te reconozcan.

Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Todo depende de nuestras ganas de asomarnos a nosotros y a lo que nos rodea. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

Ya desde el punto de vista literario sí quiero recomendar El enigma de la llegada de Naipaul porque, por lo menos para los canarios, es un viaje hacia nosotros mismos. Naipaul nació y creció hasta los 18 años en la isla de Trinidad, justo al lado de Venezuela, y lo que cuenta en el libro es su primera salida de la isla con destino a Londres, los pasos que determinaron su carrera de escritor y todos los paralelismos que va encontrando con su pasado insular y caribeño cada vez que se asoma a sus propios recuerdos y a lo que va encontrando en Inglaterra. En todo ese camino está la isla casi edénica a la que el turismo y el petróleo convierten en un desordenado caos urbanístico, las culturas que han convivido durante siglos ( Naipaul es de origen hindú, como tantos canarios que llevan varias generaciones poblando estas islas y formando uno de sus grupos más representativos), el exterminio de los aborígenes y también esa rara sensación isleña de no pertenecer del todo a ningún lugar alejado de nuestra propia orilla.

La naturaleza hace muchos años que nos enseña que las fronteras no son más que trazos casuales en los mapas de los hombres. Los pájaros emigran de punta a punta del planeta, los peces saltan de un océano a otro sin saber que en ese viaje las aguas en las que nadan van cambiando de nombre y hasta el polen y la tierra se mezclan con el aire y atraviesan islas y continentes. Nosotros nos creemos lo más de lo más porque apretando un par de teclas en el ordenador podemos navegar virtualmente por todo el planeta o asomarnos desde las alturas de los satélites a las ciudades y a las montañas dibujadas en esos mapas que nombraba hace un momento. Hay un milagro diario a nuestro alrededor ante el que pasamos de largo creyendo que lo único que importa es lo que sale del hombre, de sus circunstancias y de todas esas contradicciones que nos complican la existencia cada dos por tres. No concebimos que en una hormiga o en un lagarto haya tanta magia y tanto milagro evolutivo como el que pueda haber en cualquiera de nosotros.

Hace unas semanas publicaron en Molecular Ecology, una de las prestigiosas revistas científicas del mundo, un trabajo sorprendente sobre los Herrerillos canarios. Esos pájaros luminosos, azules, amarillos y negros, que tantas veces encontramos en nuestras escapadas senderistas por las islas, han sido capaces de colonizar todo el norte de África. Al contrario de lo que suele ser habitual, han sido las aves isleñas las que han emigrado y se han habituado a las condiciones climáticas y ambientales de algunas zonas del norte africano. Ese viaje tuvo lugar hace unos cien mil años, cuando los humanos ni siquiera habíamos aprendido a contabilizar el tiempo. El Herrerillo, tan pequeño, tan poca cosa cuando lo vemos entre las tuneras o las tabaibas, nos demuestra que no es imprescindible dejar el lugar en el que uno es feliz para llegar a otras tierras y a otras gentes. Hace años, antes de Internet y de la posibilidad de estar en un par de horas en cualquier capital europea, sí era necesaria la partida; pero ahora no entiendo ese empeño de muchos conminándonos a que salgamos de aquí si queremos ser algo en la literatura, en la música, en la medicina o en la arquitectura. Yo sí creo que hay que vivir algunos años fuera, y que debemos salir mucho para que no nos creamos el centro de todos los universos; pero ahora mismo vivir en Canarias todo el año es un lujo impagable. Por eso los Herrerillos siguen aquí después de haber colonizado medio continente. También nosotros creo que debemos contribuir con nuestro esfuerzo diario a que estas islas sean cada día más habitables. El arte está en cada uno de nosotros y en los paisajes en los que mejor se acomoden nuestras emociones. La trascendencia de un lugar depende de la persona que lo habite.

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Todo paraíso precisa el azul para eternizarse en la memoria de quien lo habita.

Ahora resulta que te insultan por ser guapo, por ser millonario y por ser famoso. Te insultan, te pitan, se acuerdan de toda tu parentela y te pegan patadas. También dices que te tratan así de mal porque te tienen envidia, una envidia que no tiene nada que ver con aquella del bolero que cantaba Antonio Machín. Pobre niño rico, llegará un día en que te des cuenta de que no eres eterno, ni el más guapo, ni tampoco el más rico. Te han idolatrado hasta el hartazgo y te han terminado confundiendo. Me recuerdas a aquel boxeador que estaba todo el rato repitiéndose que era el mejor- Legrá, se llamaba José Legrá- y que era famoso por golpear pómulos, ese era todo su mérito. El tuyo, flamante ególatra que te crees por encima del bien y del mal, no se aleja mucho del que encumbró al púgil. Tú solo golpeas un trozo de cuero con fuerza y con efecto. Has tenido suerte, pero no cabeza para mirar a tu alrededor. Si te asomaras alguna vez al mundo real verías que estás rodeado de parados y que habitas entre millones de seres humanos que se siguen muriendo de hambre. Lo escribió Antonio Machado hace mucho tiempo: "la envidia de la virtud hizo a Caín criminal. ¡Gloria a Caín, hoy es el vicio lo que se envidia más!". Cambiemos el vicio por el futbolista, o por el tuercebotas, o por cualquiera de esos nuevos ricos engominados que miran de arriba abajo como si la mortalidad no fuera con ellos.

Los fondos marinos se confunden con el universo. Hay un silencio abisal y sereno que te aleja del mundo que queda fuera de las aguas. Los peces me observan como si columbraran mi condición de mortal desorientado y se quedan expectantes ante ese grotesco homínido que se mueve con gafas, tubo y cientos de burbujas a su alrededor. Allí abajo importa poco lo que nos quita el sueño aquí arriba. Parecemos más difusos y más etéreos, más sosegados y también mucho más indefensos. Hace millones años nuestros más remotos antepasados habitaban ese espacio con naturalidad. Nosotros regresamos de vez en cuando, pero nos hemos extraviado tanto en la superficie que parecemos invasores en medio de especies con las que compartimos sueños infinitos. Me gusta adentrarme en los fondos marinos para sentir que el cuerpo, cuando flota entre las aguas, se libera del peso diario y de los compromisos laborales y sociales que le alejan de lo efímero. Allí abajo, donde un cardumen ilumina el vacío con mil colores plateados y donde el sol no es más que una luz distante que adormece a las mareas, uno se siente a salvo de las pequeñas mezquindades cotidianas. En el más absoluto silencio, sólo se percibe el sonido de la aguas cristalizando el tiempo.

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Lo llevo viendo hace varios días. Llega unos minutos antes de que amanezca y siembra sus aparejos entre las rocas. Tira el engodo, coloca la carnada en el anzuelo y se asoma al océano siguiendo el rastro de una boya de colores luminosos. No sabe cómo le irá el día, y para mí que le importa poco lo que termine pescando. Creo que lo que le mueve es la posibilidad diaria de seguir echando lances y de soñar mirando esa boya que avisa cuando pica una salema o una boga. Me gusta verlo cada día en la misma roca sin mirar nunca hacia atrás, a lo que queda en ese pasado en el que se enreda la vida cuando la ponemos cara a cara frente al mar. Lo que importa es el intento, la constancia y el disfrute de lo que se hace. Ya luego no depende de uno la captura. Casi siempre nos conformaríamos con contemplar un bello amanecer o con ver asomarse a alguno de esos cangrejos que nos recuerdan que la naturaleza lleva millones de años reviviendo crustáceos entre las rocas. Cuando el pescador se cruza con esos ojos prehistóricos relativiza de inmediato todas las crisis y todos los miedos.

La echa de menos. Durante años me los encontraba cogidos de la mano, cada vez más viejos, cada vez más enamorados, llevándose el uno al otro en medio de las prisas de la gente. Desde hace unos días ella no está. Él sigue caminando solo cada tarde. No le he preguntado por ella. Ni siquiera conozco su nombre después de tanto tiempo. Sí me he dado cuenta de que él camina con el puño bien cerrado y como si siguiera el ritmo de los pasos de alguien cercano. A veces abre y cierra la mano. Supongo que después de tanto tiempo, una mano es capaz de reconocer en el vacío el calor que se confundía cada tarde con su propia piel. Sus dedos ansiosos me recuerdan el aleteo de las gaviotas cuando llega el ocaso y se pierden por el horizonte cada vez más oscuro del océano.

Lo rutinario se vuelve banal y pierde toda su grandeza. Respirar, por ejemplo, es un reflejo vital al que no damos importancia, como tampoco se lo damos a los afectos y a las pequeñas cosas que sustentan nuestra vida diaria. Hace cientos de años me imagino a un hombre o a una mujer soñando despiertos con un aparato que les permitiera visualizar esos sueños y saltar de un mundo a otro apretando un botón. Hoy nosotros tenemos ese aparato en las manos y cambiamos canales como quien abre un grifo (aunque abrir un grifo y tener agua, o tocar el interruptor y encender la luz, también fueron los sueños más deseados y los que aún anhelan millones de personas en el planeta). No nos paramos a pensar lo que supone estar viendo en directo lo que sucede en Estambul e inmediatamente después, saltando unos números en unos segundos, vivir esa inmediatez en Buenos Aires o en Berlín. Tampoco valoramos el hecho de tener el cine en nuestra propia casa con más películas al año que las que programaron durante décadas en el cine de nuestro pueblo, en aquel particular Cinema Paradiso en el que cada uno de nosotros fue recreando los colores de sus propias aventuras. Ese mando a distancia queda en la mesa junto a un periódico de papel atrasado. Si acaso reparamos en él cuando se agotan las pilas o cuando alguien lo ha movido de sitio. Es verdad que lo que estaba llamado a iluminar sueños y realidades distantes se ha convertido en la llave que abre paso a un mundo de astracanadas, sucesos sangrientos y chismorreos protagonizados por indeseables de la peor calaña. Pero eso ya no es culpa del mando: él, como el pianista en las películas del oeste, hace lo que puede. En lugar de darle la oportunidad de pasar canales que apelen a la inteligencia, a la imaginación o al entretenimiento, le estamos invitando a transitar por nuestras peores pesadillas.

la foto-3.jpgLas rocas escriben entre las aguas palabras con formas imposibles

11S


Hace diez años, una mañana como hoy estaba paseando por las calles de La Haya. Todos recordamos donde estábamos aquella mañana porque minutos más tarde nos iban a cambiar el curso de nuestra propia historia. Solo recuerdo algo parecido cuando Tejero entró al parlamento en 1981: estaba jugando al fútbol en el patio del colegio cuando llegó una profesora y nos dijo muy asustada que nos fuéramos para nuestras casas porque había habido un Golpe de Estado en Madrid. Paradójicamente, ese levantamiento militar del 23F logró que se consolidara la democracia y que todos valoráramos aún más la libertad. El otro número asociado a una letra, el 11S, supuso todo lo contrario: a partir de aquel día se instaló el miedo en las sociedades occidentales, se nos acabaron los viajes relajados, la economía no ha levantado cabeza y con la martingala de las supuestas amenazas nos han montado varias guerras. Casi no tenía conciencia cuando el hombre llegó a la luna, por eso creo que la noticia más impactante que yo he vivido hasta el momento ha sido la de aquel día de septiembre de 2001 en el que unos fanáticos asesinaron a miles de personas y cambiaron por completo el guión de nuestro propio futuro.

Decía al principio que estaba en La Haya. Aún recuerdo la ciudad antes del mediodía con sus jardines luminosos, con las calles casi sin tráfico y con un silencio que te hacía desear vivir allí algún día. De repente todo se quebró. Primero nos dimos cuenta de que las aceras se vaciaban de gente, luego nos asomamos a un pub inglés y, desde lejos, vimos cómo un avión atravesaba una de las Torres Gemelas. No nos acercamos a la tele. Las caras de los holandeses eran de pánico e incredulidad, pero desde la puerta a nosotros nos pareció que lo del avión había sido un accidente. Volvimos a la calle, pero la calle ya nunca fue la misma en ningún lugar del mundo. Estábamos a escasos metros del Tribunal Internacional cuando en todas partes se decía que había más aviones secuestrados dirigiéndose a puntos estratégicos del planeta. Todo eso lo supimos luego, cuando empezaron a sonar los teléfonos móviles. Un poco antes de esas llamadas, las calles tranquilas de La Haya se empezaron a llenar de policías y de militares. Ya nada volvería a ser igual: el miedo al miedo sería el que empezaría a escribir los periódicos. Algunos años después estuve donde habían estado las Torres del World Trade Center. Sólo quedaba un hueco de horror, un vacío del que tendremos que ir poco a poco recuperándonos. Desde el puente de Brooklyn no pude encontrar la silueta de Manhattan con la que Woody Allen había presentado a su ciudad natal acompañándose de la música de Gershwin. Todo ha cambiado desde que el mundo casi nos explotó entre las manos un día de verano de 2001.


Artículo publicado en la edición de papel de Canarias 7

Los sueños carecen de sinopsis y de subtítulos. Te acuestas en la cama y no sabes la historia que vas a terminar protagonizando, pero aun así siempre la entiendes, da lo mismo el idioma o lo complicado de la trama. Otra cosa es que te acuerdes al despertar, o que te sigas acordando cuando ya llevas un rato despierto. Los sueños son una especie de piedra de toque de cada uno de nosotros. Nos avisan de los peligros, nos ponen a reír a carcajadas a las tres de la mañana o nos dejan al borde del infarto con tantos precipicios y con tantos dramas que superan la más catastrófica comedia griega. Los sueños se ven afectados por las primas de riesgo, las cifras del paro o las hipotecas; pero se refugian en la creatividad y transforman esa sucesión de malas noticias diarias en otros argumentos más logrados y menos previsibles. Juegan con la simbología y con las metáforas mucho mejor que los escritores sin esperar nada a cambio. Ni siquiera les agradecemos los buenos momentos que a veces nos regalan o los reencuentros con seres queridos que creíamos que ya habíamos perdido para siempre. Incluso hay sueños en los que se terminan cumpliendo nuestros propios sueños, todos esos deseos de la vida diaria que nos mueven y nos llevan a seguir buscando metas casi imposibles. A esta hora de la mañana acabamos de salir de esa otra dimensión. Éramos otros hace solo un momento. Da lo mismo que no te acuerdes o que no te quieras acordar: cuando cierras los ojos cada noche no haces más que abrir el telón de un escenario en el que también protagonizas, con sus luces y con sus sombras, tu propia biografía.

Eres nadie cuando no te reconocen por la calle, cuando no te llaman por teléfono, cuando no responden a tus saludos, cuando caminando despacio los coches tocan las bocinas porque tardas mucho tiempo en cruzar un paso de peatones, cuando tus cartas nunca llegan a ningún buzón, cuando no encuentras una mirada en la que reconocerte, cuando se te han ido cerrando todas las puertas, cuando en un hospital no hay quien venga a darte ánimos el día antes de una operación delicada, cuando recuerdas las caras amigas y no sabes dónde diablos habrán ido a parar, cuando duermes debajo de un puente, cuando lloras en medio de la calle y todos pasan de largo, cuando te ríes solo y te toman por un loco, cuando deambulas de un lado para otro acompañado de perros tan tristes y tan desorientados como tú, cuando no tienes puertas en las que pedir ayuda, cuando notas que eres invisible, cuando te amarran a una cama para que no te muevas ni te escapes a la calle, cuando encienden la tele para narcotizarte o cuando, como cantaban en Yira, estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás buscando un pecho fraterno para morir abrazao. Todo eso que acaban de leer lo encontré en la foto y en la noticia que leí esta mañana en la edición digital de Canarias 7. La policía trata de identificar a una mujer que murió el otro día en la playa de Las Alcaravaneras de Las Palmas de Gran Canaria. No saben quién es, no consta denuncia avisando de su desaparición y ningún vecino o conocido se ha preocupado por su ausencia. Cada vez me encuentro con más noticias como esta en los periódicos. Cada vez hay más personas a nuestro alrededor que se podrían confundir perfectamente con nadie.

Cuando arrancan un árbol están arrancando un sueño, borrando una sombra que jamás volverá a dibujarse sobre la tierra y desalojando nidos de pájaros que quedan estupefactos y desorientados. Hoy me he encontrado un melocotonero arrancado de cuajo en un pequeño jardín por el que paso a menudo. Solía pararme cuando florecía y también cuando esas flores pasaban a ser frutos que cogía de las ramas que saltaban la tapia y salían a la acera. En ese mismo huerto, que tuvo que cuidar alguien con esmero durante años, también hay higueras, nispereros y naranjos, y a su lado una pequeña casa en la que habían colocado un cartel de Se vende desde que llegó la crisis inmobiliaria. Pensé que esa crisis salvaría a los frutales. Durante años fueron vendiendo las otras casas de la zona o los hijos o nietos las fueron cambiando por completo hasta casi convertirlas en malas copias horteras de las mansiones que veían en la televisión. Casi todo el mundo cambió los árboles por piscinas o por columpios y barbacoas. Quedaba este pequeño jardín que, aun sin cuidados de nadie, seguía dando cíclicamente sus frutos. No sé por qué arrancaron ese melocotonero, pero su hueco queda como si fuese un sueño roto en medio de la tierra. Los pájaros que durante años anidaron en sus ramas o picotearon sus frutas agraces vuelan desorientados alrededor del hueco vacío que ya empieza a poblar la maraña. A uno también se le queda la mirada triste y desorientada cuando ve que de un día para otro la barbarie se lleva por delante lo que nació bello.

De niño no se le podía regalar nada. Despanzurraba los muñecos, abría por la mitad los coches teledirigidos y terminaba rompiendo todas las bicicletas. Las madres de los amigos no lo querían ver en sus casas. Si llegaba él, sus hijos acababan siempre llorando. Les pegaba o les rompía los juguetes. Lo fueron marginando. Sus propios padres ya no sabían qué hacer. Cuando era hijo único lo aguantaban estoicamente y a veces hasta le reían las gracias. Luego tuvo otros tres hermanos que no se le parecían en nada. Eran tranquilos, respetuosos y sólo rompían algo de forma accidental. La soledad fue la que le llevó a la lectura. Era lo único que le serenaba. Se empezó a encerrar en sí mismo. En el colegio fue aprobando sin problemas y cada vez rompía menos juguetes. Así y todo, sus padres no se esforzaban mucho a la hora de buscar sus regalos de Reyes. Él, cuando rompía, decía que sólo quería conocer lo que había dentro de las cosas. Luego se arrepentía y se daba cuenta de que ya no podría correr como el resto de sus amigos con su bicicleta, ni poner en marcha el coche de sirenas luminosas que había alumbrado la madrugada del 6 de enero. Terminaba triste y desconsolado, y además lo penaban, y luego no lo dejaban acercarse a ningún juguete de sus hermanos o de sus amigos. Los niños que no juegan son luego los adultos más complicados.

Acabó la carrera de Ciencias Empresariales y aprobó unas oposiciones para entrar en el Ministerio de Economía y Hacienda. Está bien situado en un cargo burocrático de los que no peligran con la crisis. De hecho, los políticos miran para él y sus compañeros cada vez que reciben las cifras del paro, del Producto Interior Bruto o las previsiones de los especuladores internacionales empeñados en darle matarile a la economía española. Ellos se cruzan de brazos y comentan siempre que están en ello, pero nunca presentan una medida medianamente aplicable para salir del atolladero. Además, los políticos tampoco se aclaran porque unas veces pretenden quedar bien con Angela Merkel y otras quieren contentar, para que se calmen, a los indignados del 15 M que no paran de multiplicarse. Sus padres hace tiempo que murieron, y con sus hermanos apenas tiene relación. Tampoco tiene amigos, sólo conocidos del trabajo o ex compañeros de universidad. No sabe si se ha enamorado, pero a él no le ha querido nunca nadie. Físicamente se ha descuidado bastante. Pesa ciento diez kilos y apenas puede moverse de un lado para otro. Una vez cumple su jornada laboral se sienta delante del ordenador y no se levanta hasta que se va a la cama. Incluso come sin levantar los ojos de la pantalla. Se ha creado perfiles en Facebook y Twitter con identidades falsas y mantiene abierto un blog de reflexiones personales. En lo esencial no ha cambiado mucho. Sigue destrozando y destrozándose. No los ha llegado a contar, pero calcula que cada día puede escribir más de cincuenta mensajes insultantes en los periódicos, los blogs y las redes sociales que frecuenta. Se esconde en el anonimato. Luego, como le pasaba de niño cuando destrozaba los juguetes, acaba arrepentido, pero casi nunca puede borrar lo que escribe dejándose llevar por ese pronto cainita que le mueve. Lo peor es que lleva meses insultándose anónimamente a sí mismo. Escribe barbaridades en su propio blog fingiendo ser otro o utiliza los muchos perfiles que ha abierto en Facebook para ridiculizarse y herirse de una forma rastrera y vergonzante. Muchos se apiadan de esos ataques y salen a defenderle. Él, mientras tanto, se promete cada noche que no volverá a zaherir a nadie, pero luego le puede su instinto insidioso y destrozador. Odia al mundo y se odia a sí mismo, pero sabe que así no puede aguantar mucho más tiempo. De niño rompía los juguetes, también sus propios juguetes; ahora de mayor se fustiga a sí mismo y hace daño a cientos de personas que escriben en los periódicos digitales o en los blogs. Sólo vive para eso. Para destrozar y para hacerse daño. Lo daría todo por haber sido un niño feliz.

Este relato fue publicado el pasado mes de agosto en Diario de Avisos

Cada uno es siempre el protagonista de su propia existencia. Ya sé que esto que acabo de escribir puede parecer una perogrullada, pero conviene recordarnos de vez en cuando que las grandes gestas de la historia, las películas inolvidables, las más bellas ciudades, los cuadros más logrados o las melodías más grandiosas carecerían de sentido si no estuviéramos nosotros para darles vida. Una vez nos borren de esta comedia nos dará lo mismo Goya o Antonio López, El apartamento o Ciudadano Kane, Nueva York o Venecia, la playa de Famara o la de Guayedra, el Yesterday de Los Beatles o el Mediterráneo de Serrat. Si no estamos y disfrutamos de todo eso, no nos vale para nada, como no nos valían para nada hace miles de años las pirámides de Egipto. Por eso digo que los protagonistas somos cada uno de nosotros, y que de nuestras intenciones de ser más o menos felices dependerán nuestros días y nuestras noches, nuestros recuerdos, y también la suerte que nos acompaña o nos abandona en cada uno de esos pasos que pocas veces valoramos en su justa medida.

Lo que ocurre es que el protagonismo lo estamos confundiendo con los retratos o con esas grabaciones en vídeo en las que te sacan mirando a los celajes o leyendo el periódico en cualquier terraza. Vivimos un momento de locura digital que me imagino que se nos irá pasando cuando nos acostumbremos a llevar la cámara encima sin necesidad de estar activándola todo el santo día. Entras en las redes sociales y se te aparece un pandemónium de gente subiendo imágenes de todo lo que va haciendo. La mayoría de las veces son fotos o vídeos que no tienen valor alguno, poses forzadas o gestos que han copiado de algún futbolista o de algún cantante de moda. Nos creemos que por salir mucho en las imágenes nos estamos inmortalizando; y no nos damos cuenta de que, paradójicamente, esas fotos digitales son mil veces más vulnerables que las que guardaban nuestras abuelas en aquellos álbumes que recogían las más destacadas vivencias de la familia. Hace unos años el revelado era caro y uno solo disparaba la cámara cuando llegaba el momento. Ahora nos da igual porque no hay que revelar y porque creemos que en los discos duros del ordenador o en las redes sociales cabe todo lo que vayamos echando. Me parece bien esa democratización de los medios audiovisuales, pero siempre y cuando apunten hacia otro lado. No por retratarnos dejamos de ser menos etéreos y menos mortales. Yo prefiero ser protagonista de mi vida real. Lo otro no son más que imágenes que alguien borrará con la misma facilidad con la que desaparecerá nuestro recuerdo cuando ya no quede nadie que nos rememore, otra imagen más que acabará naufragando en medio de un océano de caras desconocidas.


Ayer me preguntó una amiga por el sentido de los cumpleaños y por cómo vamos viviendo la suma de los años en las distintas etapas de nuestra vida. Esta amiga, y además compañera de profesión, cumplía ayer la misma edad que yo cumplí hace unos meses, y en sus palabras transmitía lo que creo que muchos suscribimos: que vale la pena seguir cumpliendo años cuando intentas vivir cada día tratando de ser más feliz, cuando aprendes que las canalladas se consumen en sus propios venenos y cuando puedes mirar hacia atrás para encontrar tanta buena gente y tantos recuerdos maravillosos. Lo otro, los malos días, los malandrines y los errores también sirven para saber que, a pesar de las lanzas que pudieron acabar contigo, fuiste capaz de sobrevivir y de sobreponerte en muchas ocasiones. Cualquiera de nosotros sabe de lo que hablo porque todos somos un poco supervivientes. Estoy con esta amiga en que con el paso del tiempo uno vive esos saltos en el calendario con más serenidad y con la sapiencia de que ha sido un afortunado solo por el hecho de vivir. Pero si además esa vida la hemos cultivado tratando de rodearnos de buena gente, de mejores libros, de viajes inolvidables, de películas que nos cambiaron el argumento durante unas horas o de toda esa música que ha ido marcando cada una de nuestras distintas etapas, el viaje sí es verdad que resulta y sigue resultando prodigioso. Vale la pena felicitarnos y seguir felicitando a los que queremos cada vez que cumplen años. Cada día habría que empezar desde cero, pero esos recuerdos anuales de la primera vez que nos asomamos al mundo nos ayudan a no perder el norte a pesar de los achaques y de las puntuales melancolías. Cuentas con la experiencia de lo vivido, con ese libro que solo tú conoces en todas sus páginas y en todos sus renglones, pero eso ya es pasado que a veces nos sirve para encarar con más veteranía el futuro. Lo que realmente vale es celebrar cada nuevo año, cada presente que nos sigue regalando el tiempo, como el principio de otro argumento que te permitirá asomarte otra vez al asombro y a la aventura.


fotonoticia_20110831133720_500.jpgEn ese punto de luz casi inapreciable que se ve a la derecha de la fotografía acontece toda nuestra historia. Ahí dentro se supone que están Obama, Messi, Steve Jobs, Paul McCartney, Manhattan, Trípoli, el Machu Pichu, el acueducto de Segovia, Maracaná y la calle en la que ahora mismo estás leyendo esto. Y en ese mismo punto lejano, diminuto y casi imperceptible, que está junto a la luna, también se ha ido escribiendo todo nuestro pasado, aquellas gestas que nos contaban en la escuela, los imperios y la biografía de todos y cada uno de los que nos precedieron. La foto está sacada a unos diez millones de kilómetros de la Tierra por una nave espacial que se dirige a Júpiter. La referida nave se irá alejando mucho más en los próximos años, así que me imagino que llegará un momento en que nos pierda de vista en la inmensidad del universo. Hasta ahora suponíamos que éramos ese punto de luz perdido en el infinito, pero una cosa es suponerlo y otra verlo tan nítidamente y descubrirnos en medio de la nada cuando creíamos que lo éramos todo, lo más fetén de la creación, los más racionales, los únicos, los imprescindibles y los John Wayne de la historia universal. Pues no, todas esas neuras y esos miedos, esas ambiciones, esos cataclismos o esos grandes triunfos tienen lugar ahí dentro, en ese mínimo punto que brilla con una luz tísica casi invisible. Conviene que lo tengamos claro y que empecemos a cambiar las dimensiones. Nos haremos grandes si logramos aprovechar cada segundo en esa inmensidad que somos incapaces siquiera de suponer, y continuaremos haciendo el ridículo planetario si seguimos andando por ese puntito cada vez más menguante con la prepotencia del nuevo rico que cree que lo tiene todo controlado. No hay rastro de ninguno de nosotros en esa foto que nos mira desde tan lejos para ver si de una vez por todas logramos vernos desde cerca. Conviene recordar esta fotografía cada vez que creamos que el mundo se nos viene encima. El mundo solo es eso que ves ahí, un punto de luz casi inapreciable en el infinito del universo.

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