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Archivos Agosto 2011

Image000767.jpgCada día nace un nuevo iluminado. Todas las mañanas se levantan mujeres y hombres en todo el mundo con la que creen que será la gran idea que revolucionará el planeta y que les hará pasar a la posteridad. Siempre ha sido así y, por suerte, en la mayoría de los casos los iluminados no ven concretados sus sueños de grandeza visionaria. Pero alguna vez nos despistamos y cuando nos queremos dar cuenta nos encontramos la ciudad llena de esculturas o jardineras aberrantes, o nos damos de bruces con una construcción que termina llevándose por delante algún paraíso. Escribo esto porque desde hace tiempo anda todo el mundo empeñado en llenar de cables la cumbre de Gran Canaria. Con la martingala de la crisis y la reactivación de la economía en la zona, ya han presentado dos proyectos, uno por cada cara del Roque Nublo, para colgar teleféricos. Dicen que quieren que acuda la gente en masa a Tejeda para así abrir restaurantes, hoteles, tiendas de souvenirs, oficinas bancarias y me imagino que si les dejan también para poner los cochitos todo el año y alguna noria que se vea desde Playa del Inglés. Aseguran que todo es para darle fama y lustre al lugar. El alcalde ha dicho que será su pueblo el que decidirá por votación si va o no va teleférico en la zona. Vamos, que uno nace en un lugar y ya se cree con potestad para cargarse en unos meses lo que la naturaleza ha tardado millones de años en construir. Llegará un día en que subamos a Tejeda y aquello se parezca a la película Metrópoli. Y no aprenden, y siguen con el guineo del turismo para justificar todos los desmanes sin darse cuenta de que el poco turismo de calidad que sigue visitando Gran Canaria viene atraído justamente por esos paisajes que ahora quieren llenar de teleféricos. Pero lo peor de estos iluminados es que en Canarias se salen muchas veces con la suya. En este caso me tranquiliza que haya mucha gente, encabezada por el incansable Santiago Hernández, dispuesta a mantenerse a favor de la naturaleza y de la conservación de los paisajes cumbreros; pero así y todo no podemos despistarnos. Está en juego la memoria paisajística de nuestros antepasados y la mirada de los que vengan después de nosotros. Ya hemos destrozado bastante en las costas. Si ahora nos empeñamos en avanzar hacia las cumbres con las excavadoras y siguiendo la estela de ideas visionarias tendremos que salir todos de la isla. Aprendamos de los errores pasados: los paraísos son siempre irrepetibles. Y vulnerables, sobre todo vulnerables.

Image00001111.jpgQuienes nos hemos criado mirando cómo cambian las mareas asumimos que la vida es una sucesión de ciclos proteicos y sorprendentes que unos días te encumbran y otros te dejan rondando el entresuelo. También aprendimos que tarde o temprano aquellas mareas que se llevaban nuestras aletas o nuestros rastrillos acababan devolviendo todo lo que lo que no les pertenecía. Así seguimos, tratando de vivir con la naturalidad de que hay ciclos que uno no controla y de que, cuando estamos arriba, hay que respirar profundamente y disfrutar del momento para que luego, cuando baje la marea diaria del azar, sepamos manejar los tiempos y disfrutar del olor a sebas y de todo lo que uno aprende cuando está solo, a la intemperie, y rodeado de rocas y de sombras. Lo lastimoso es comprobar que hay algunos que quieren estar siempre en la cresta de la ola y que para ello no dudan en actuar contra sí mismos o contra los que les rodean, aun a sabiendas de que es imposible luchar contra los ciclos inevitables que más tarde o más temprano nos devuelven a la playa igual de desnudos que aquellos hijos de la mar que cantara Antonio Machado. Luego están los que no aprovechan las subidas de las mareas para encaramarse y buscar la felicidad en cualquiera de sus pasos. Esos también se quedan ahogados en el fondo de los resentimientos por no querer seguir las idas y venidas de la mar y de la suerte. Escribo esto porque acabo de ver las fotos y los vídeos de las mareas del Pino en la edición digital de Canarias 7. Cada año esperábamos su llegada y desafiábamos los permisos paternos adentrándonos entre grandes olas que casi te elevaban hasta ver la playa desde una altura de gaviota. Luego, al paso de las horas, esa misma marea enrabietada y desafiante se retiraba y dejaba paso al sosiego de los charcos en los que rebuscábamos pulpos o peces desorientados por la irrupción violenta de las olas. Más tarde o más temprano llegan también a nuestras vidas esas mareas que lo remueven y lo recolocan todo nuevamente. No nos queda otra que asumir la aventura y las idas y venidas inevitables de las olas y de las fortunas. Ningún día amanece nunca con la misma orilla en la playa de nuestra memoria. El olor del salitre sigue siendo el único rastro fiable.

Fotografía de Arcadio Suárez de las mareas del Pino ayer en la playa de Arinaga

La ciudad es la calle que reconoce nuestros pasos y también todas las otras calles que hemos ido transitando a lo largo de nuestra vida. Cada uno de nosotros visualiza su propia ciudad, y en ella se cruzan las avenidas y los callejones de todos los lugares que hemos ido habitando. Está la calle de la ciudad natal por la que íbamos al colegio, la larga avenida que conducía a la universidad, el callejón de los primeros escarceos amorosos y las aceras que reconocen nuestros pasos apresurados camino del trabajo o de una cita más o menos importante. Cada una de esas vías se identificaba con un nombre de santo, de artista, de político o de personaje de otros tiempos. Y la memoria de ese nombre conserva también el recuerdo de cada una de nuestras andanzas y de quienes entonces compartían su vida con nosotros. Un nombre de una calle no es asunto baladí porque ese nombre se termina confundiendo con nuestro propio pasado. Casi nunca podemos elegir; pero a mí me gustaría vivir alguna vez en una calle que se llamara Alfredo Kraus.

Hablo de Alfredo Kraus porque el próximo 11 de septiembre le quitarán la calle que tiene en Tejeda. Lo ha decidido el ayuntamiento cumbrero y, por lo que cuentan, lo ratifica la mayoría del pueblo. En fin. No niego los méritos del sacerdote que sustituirá en la placa al gran tenor canario, e incluso entendería la decisión si en Tejeda hubiera solo una calle, pero lo que me parece inconcebible es la deslealtad y la falta de respeto a la memoria y al buen hacer que otros, antes, supieron reconocer. Opino que Pérez Galdós, Manuel Millares y Alfredo Kraus son los tres grancanarios más universales, pero ni siquiera eso le ha podido salvar al tenor de ese oprobio vergonzante. Tampoco respetaron el otro día el bastón de Néstor Álamo en la escultura que honra su memoria en Vegueta. Parece que componer e interpretar la canción con la que más nos identificamos los grancanarios no merece ningún respeto. A veces nos merecemos lo que nos pasa por indolentes y por desagradecidos. Alfredo Kraus universalizó el nombre de Tejeda y logró que sonara en Nueva York, en Tokio, en Buenos Aires o en Sydney cada vez que alguien escuchaba algunas de sus interpretaciones de Sombras del Nublo. Pues bien, el pueblo al que nombra y al que ha hecho famoso en todo el planeta no tiene pudor alguno a la hora de sacarlo de su callejero. Rememoro a Kraus emocionado cuando inauguraban el auditorio que lleva su nombre en Las Palmas de Gran Canaria. Acababa de morir su mujer y no dejaba de llorar cada dos por tres. Recuerdo que nos decía a los periodistas que cubríamos aquel acto que el reconocimiento de su gente le estaba haciendo vivir uno de los días más felices de su vida. Menos mal que no verá cómo retiran la placa de su calle en Tejeda.

El mango huele a verano y contiene en el almizcle de su dulzor la brisa marina que se confunde entre los frutales a última hora de la tarde. La sandía sería una especie de líquido amniótico que, según la saboreamos, nos coloca en la playa o en unas rocas lejanas creyendo que ya somos aquellos aventureros eternos que reinventábamos cada mes de agosto. La manga es más dulce y más fácil de comer, pero le falta el almíbar penetrante y pegajoso del mango para consolidarse en nuestra memoria como lo hacen la guayaba, el azahar de los naranjos o esas luminosas y fragantes higueras de septiembre que ya no tienen nada que ver con aquellos árboles que en marzo parecían osarios dejados a la intemperie.

Las frutas llegan ahora en cualquier momento de cualquier parte del mundo, pero hay algunas que reconocemos sobre la marcha porque sus olores y sus sabores nos fueron marcando las pautas de las estaciones y de nuestros propios recuerdos. También nos convidan, aunque muchas veces pasemos de largo, a descubrir nuevos paraísos más allá de la previsible y aburrida asepsia en la que nos solemos mover casi todos los días laborables. El olor del mango, tan intenso y evocador, se pierde siempre mucho más allá de donde alcanzan las palabras.

La mayor aventura de la vida es la que discurre en tu propio cerebro; pero no todo el mundo está dispuesto a tener un cerebro aventurero. La mayoría de las veces preferimos adormecerlo o le complicamos la existencia robándole neuronas para resolver cuestiones intrascendentes. No digo que tengamos que ir por la calle poco menos que levitando o filosofando como Sócrates por el Ágora, pero sí es verdad que si nos propusiéramos estar más cerca de Groucho Marx o de Billy Wilder que de Mourinho o Ángela Merkel igual nos sorprendíamos de nuestras propias reacciones y de nuestros pensamientos. Cuando regresas a un libro que leíste hace mucho tiempo, te sorprendes al comprobar que, sobre la marcha, el cerebro vuelve a resucitar personajes y frases que creíamos olvidadas. Todo permanece en ese arcano del que depende nuestra felicidad y las pocas o las muchas ganas que tengamos de salir adelante. Lo primero que hay que hacer es devolverle la confianza en sus posibilidades y cuidarlo como se cuida a un recién nacido. Todo lo demás irá viniendo solo. Pero si no pones nada de tu parte pasará por esta vida como un órgano lastimosamente desaprovechado. Ahora que estamos todo el santo día reaccionando según los titulares de la prensa es cuando más se precisa la activación simultánea de todas esas cajas mágicas que están en nuestras cabezas. No hay otros caminos para salir de las crisis, de los desamores, de las inseguridades laborales o de los tedios cotidianos. El cielo nunca deja de ser hermoso -incluso es bello cuando está nublado y amenaza tormenta- y los ojos solo son un mecanismo que va dando forma y color a todo lo que tenemos alrededor. Lo que vale es la interpretación que luego hagamos de todas esas miradas. No olvides despertarte cada mañana. Salir de la cama, si no eres consciente del milagro diario que acontece a tu alrededor, no sería más que un mero ejercicio rutinario. Los argumentos dependen casi siempre de las primeras palabras con las que arranquen las historias.

Piensa en todas las habitaciones que has ido habitando a lo largo de tu vida: las de tus primeros sueños, las de las noches de verano, las de las largas horas de estudios, las de los primeros amores, las que apenas llegaste a reconocer en las ciudades de paso y las que ya has olvidado para siempre. En todas ellas se quedó algo de ti y, de alguna manera, también esas habitaciones irán contigo adonde quiera que vayas. Si cierras los ojos podrás comprobar que es cierto todo lo que digo. Resulta paradójico que tengamos que cerrar los ojos para poder ver, o imaginar, o recrear lo que ya hace mucho tiempo que dejó de ser lo que era. Si pudieras volver a cada una de esas estancias y entrar sigilosamente cuando todos duermen o han salido de casa, te reconocerías en cualquiera de las sombras de la pared. Nuestra sombra, que parece tan poca cosa, se va grabando como un tatuaje por donde quiera que vamos. Esos daguerrotipos etéreos y misteriosos no son más que retazos del alma que casi nunca reconocemos, tibias presencias dibujadas eternamente en todas las paredes que vamos habitando. Cuando ya no estemos quedará esa silente imagen de nosotros mismos sembrada por todas partes. No importa que la ceniza se la lleve el viento o que terminemos siendo polvo que se confunde con la tierra de la nada.

La tierra tiembla y ha temblado siempre, pero hace muchos años no era noticia porque no había telediarios, ni periódicos, ni redes sociales. Ayer en Gran Canaria hubo un leve terremoto que no causó víctimas ni destrozos, pero que nos debería servir para reflexionar sobre el espacio tan vulnerable que habitamos. Lo de Fukushima ya fue un aviso para que de una vez por todas apostáramos por las energías alternativas y por el respeto al medio ambiente. ¿Se imaginan ustedes un terremoto un poco más fuerte y una planta de gas en Arinaga, casi a las puertas de las viviendas de miles de personas?

No vale mirar para otro lado cuando sabemos que seguimos siendo tan vulnerables como hace un millón de años. Nadie advirtió de ese pequeño terremoto, como tampoco hubieran advertido en el caso de que el temblor hubiera abierto la tierra de lado a lado. Ni en las sociedades más avanzadas se ha podido prevenir con tiempo para evitar desgracias personales. Lo que hacen es que luego te marcan los grados en la Escala de Richter (en este caso el seísmo fue de 3,4 grados) y te vuelven loco con toda clase de datos técnicos ¡Y ya me dirán ustedes para qué necesitamos esos datos una vez que ha pasado el cataclismo! La tierra tiembla para que sepamos qué es lo importante de la vida y para que dejemos de creernos tan eternos y tan ególatras. Ya en el tsunami de la costa tailandesa los únicos que se salvaron fueron los animales que aún conservan la memoria atávica de la naturaleza. Nosotros seguimos empeñados en olvidar esa memoria y en perder cada día más vínculos con ella, y no dejamos de destrozar todo lo que encontramos por delante y de apostar por energías contaminantes y peligrosas. No pasó nada, pero pudo haber pasado. Tembló la tierra unos segundos como tiembla miles de veces sin que nos demos cuenta, como se rehace el universo cada segundo sin que tampoco percibamos nada y como se reinventa la vida en cualquier milímetro cuadrado del planeta. Ya va siendo hora de que dejemos de jugar a ser dioses y aprendamos a vivir en armonía con el espacio que habitamos.

La vida es una espera diaria en la que cada uno amanece confiando en que esa mañana que ya clarea por el horizonte no sea más que el anticipo de su propia felicidad. Necesitamos seguir creyendo en los milagros y en los encuentros inesperados para que la novela que vamos protagonizando no se convierta en una sucesión de relatos tantas veces repetidos que incluso aburrirían a los lectores más entregados. Los primeros lectores de nuestra propia vida somos nosotros mismos, y también los que tenemos la oportunidad de escribir lo que siempre quisimos leer, aquellas aventuras inolvidables que soñábamos de niño, las historias de amores grandiosos o los viajes a los lugares más exóticos. También dependen de nosotros esos poemas que se confunden con la armonía de la naturaleza y con aquella Vida Beata que cantara Fray Luis de León. Pero no siempre tenemos nosotros la última palabra. En los libros que se escriben hay momentos en los que las circunstancias y los personajes terminan decidiendo los finales. Puedes llamarlo azar, casualidad, o simplemente recordar que nadie sabe lo que le deparará el próximo segundo. Por eso seguimos viviendo con todas las esperanzas intactas. Y por eso mismo también seguimos escribiendo.

Pensemos, por ejemplo, en los semáforos. Cada mañana esperamos unos minutos pendientes de una luz que pasa del rojo al verde sin que nosotros podamos decidir absolutamente nada. Si vas en coche te desesperas porque no puedes seguir circulando; pero ese rojo que te detiene se vuelve verde para el peatón que cruza ufano delante de tus ojos o para los coches que vienen de otras zonas de la ciudad. Nunca todo es tan negro o tan desgraciado como nos parece, aunque a veces tengan que pasar muchos años para poder ver que por aquella supuesta tragedia cambió nuestra vida y terminamos siendo mucho más felices. En la espera de un paso de peatones puedes encontrar el amor de tu vida que aguarda justamente en el coche que está a tu lado. O puedes tropezarte con ese amor solo unos segundos y no verlo nunca más. Recordemos que Dante escribió La divina comedia tras tropezarse esos mismos segundos con Beatriz en los alrededores del Puente Vecchio de Florencia. Todo cambia dependiendo de nuestras intenciones y de nuestras miradas. El destino te detiene o te convida a seguir circulando. Metafóricamente, los semáforos diarios deberían servirnos para entender los pasos de nuestra propia existencia proteica, milagrera y azarosa. Más tarde o más temprano volveremos a encontrar la salida por alguna parte. Incluso de los atascos más desesperantes se termina saliendo. Lo que va del rojo al verde, ese breve fogonazo casi imperceptible, podría confundirse con nuestra propia existencia.

Los zapatos guardan los rastros de todos nuestros caminos. Cuesta hacerse a ellos como cuesta hacerse a la vida, pero una vez acoplamos nuestra piel y nuestros tendones con el material que les da forma casi se convierten en una parte más de nuestro propio cuerpo. No nos fijamos nunca, pero los zapatos, cuando los dejamos tirados de cualquier manera al llegar de la calle, se vuelven objetos melancólicos e infelices que, además, envejecen mucho más deprisa que nosotros. No tienen sentido sin nuestros pies y nuestros pasos. No sirven para nada. También les destrozamos el corazón cuando los colocamos al lado de un par lustroso recién estrenado. Les estamos anunciando su propia muerte antes de que les demos la puntilla y los tiremos en cualquier contenedor. No digo que los conservemos en una urna y los adoremos, pero sí que por lo menos deberíamos agradecerles los servicios prestados y despedirnos de ellos como nos despedimos de nuestros seres más queridos. Hay zapatos que ni siquiera recordamos con los que estrenamos ciudades memorables, como tampoco tenemos presentes a los que nos enseñaron los primeros pasos de baile junto a aquel amor de verano, o los que determinaron buena parte de nuestro destino encaminándose por un camino en lugar de otro cuando nos vimos ante uno de los tantos cruces que nos vamos tropezando a lo largo de la vida. En unos minutos acudirás nuevamente a buscarlos para salir a la calle. No olvides esto que acabo de escribir. Los mejores pasos son aquellos que damos recordando que todo lo que nos rodea es grandioso. Cualquier mota de polvo es imprescindible para que el mundo sea justamente como lo encontramos esta mañana. Sin los zapatos que hemos ido desgastando al paso de los años nunca habríamos llegado adonde estamos ahora mismo.

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Cuando creas que lo has perdido todo no olvides que las nubes se reinventan cada segundo

225839-1g.jpgEse bastón sustentaba a una estatua que a su vez sustentaba el arte de una creadora y la memoria de quien se hizo merecedor de ese reconocimiento. Alguien llegó de madrugada y lo arrancó de cuajo, no sé si de una patada descomunal o presentándose con un soplete y con la toda la malandanza del mundo para dejar cojo el corazón de Vegueta. Néstor Álamo ha quedado a merced de los bárbaros, como aquella vez que se sentó en la Plazuela para salvar las palmeras canarias que iban a arrancar otros salvajes y que, gracias a su insistencia, aún nos recuerdan que en esos contornos del Guiniguada todo era edénico hace seis siglos. Néstor estaba justo delante de la Casa de Colón que él mismo impulsó cuando las utopías parecían imposibles en una sociedad pacata y desconfiada hasta de su propia historia. Comparto ancestros con Néstor y un mismo paisanaje, pero aunque no contara con esa cercanía me dolería igual esa barbarie que sigue campando a sus anchas por las ciudades de medio mundo. Dónde está ese bastón, qué diablos han terminado haciendo con él. Sólo desde la maldad se puede entender esa clase de salvajadas que se lleva por delante el arte, en este caso de Ana Luisa Benítez, y la memoria de alguien a quien seguro que ni siquiera conocen porque no lo nombran en sus teles entre lo escatológico y lo sangriento, entre el chismorreo y la última astracanada de Mourinho. Los que lo tienen están a tiempo de dejarlo cualquier madrugada de éstas donde mismo lo cogieron. No les pertenece. El arte nunca será patrimonio de los bárbaros. Lo podrán tener en su casa como un trofeo de sus guerras inmundas o de sus abyectas cacerías nocturnas, pero jamás podrán sentir nada ante la belleza. Néstor no se merece esa cojera ni esa estampa desolada que presenta su escultura.

Fotografía de Fernando Ojeda.


Nota: Leyendo la edición de papel de Canarias 7 (17 de agosto de 2011) acabo de encontrarme con la noticia de que el bastón fue encontrado ayer por un ciudadano, entregado al ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y repuesto de inmediato.

Lo estuvo buscando toda la vida. Ella siempre le dijo que era lo más que echaba de menos de su infancia. Encontrarlo era casi imposible, pero él nunca se rindió. Visitaba tiendas de segunda mano, iba a todos los rastros que se improvisaban por los alrededores, se acercaba a las casas de los coleccionistas de objetos raros o de piezas antiguas y visitó a la mayoría de sus compañeras de colegio. Vivían juntos desde que él tenía veinte años y ella dieciocho. Toda una vida. Habían tenido dos hijos, ya casados y lejos de casa, y habían visto pasar muchas primaveras y muchos inviernos paseando de la mano por el parque o sentados en alguna cafetería donde resguardarse de la lluvia. Ella siempre le repetía que lo que más le hacía ilusión encontrar era aquel ábaco que la acompañó a todas partes entre los ocho y los doce años. Se lo robaron en el colegio. Toda la vida había sospechado de una compañera, pero ésta le juró muchos años después, ya sin nada que perder por reconocer una travesura de la infancia, que no había sido ella. Lo pasó fatal durante varias semanas. Sus padres le compraron otro ábaco, incluso más grande y con los números coloreados. Nunca le hizo caso. En su cabeza siempre estuvo aquel objeto sencillo y manoseado que la acompañó a todas partes en los años más intensos de su infancia. A su marido se lo contó en una de las primeras citas como novios, y desde entonces él no había dejado de buscar ese ábaco por toda la isla. Incluso cuando viajaba a Madrid se daba una vuelta por El Rastro por si alguien lo hubiera llevado al otro lado del océano. Sabía cómo era y sobre todo conocía la disimulada inscripción que había escrito su mujer en el hueco del número ocho.

Lo encontró después de treinta y cinco años. Lo tenían unos gitanos tirado en el suelo delante del mercado de Vegueta. Confirmó que tenía la inscripción y pidió el precio. Sólo le pedían tres euros por lo que había estado buscando casi toda su vida. El valor era otro. Lo llevó a casa escondido y lo guardó unos días junto a su diario en una gaveta cerrada con llave que tenía en su despacho. Quería darle una sorpresa, y para ello ideó un plan que convirtiera ese encuentro con el objeto más deseado de la infancia en un momento inolvidable para su esposa. Llegó a un acuerdo con el propietario de una tienda de objetos de segunda mano que estaba en la calle Colmenares. Él le pagaría cien euros si mantenía el ábaco en un lugar determinado del interior de la tienda sin venderlo. El de la tienda solo lo conocía de haberlo visto varias veces por el local, pero no se le ocurrió negar un acuerdo tan sustancioso estando como estaban las ventas. Él vendría con su mujer a echar un vistazo, por ver si encontraba alguna pluma antigua para su colección, y haría que se detuviera justo delante de donde estaría el ábaco bien visible. Quería ver su cara de sorpresa cuando lo encontrara. No pensaba decirle nunca que aquel hallazgo partía de una búsqueda de muchos años y de un plan trazado cuidadosamente. Pasaron las semanas y el dueño de la tienda no sabía qué hacer con el ábaco. Aquel hombre le había dicho que vendría al día siguiente. Él había leído su esquela sin saber que era el mismo hombre que había estado en la tienda. Se hubiera dado cuenta si hubieran colocado una pequeña foto, pero uno de los hijos dijo que era un contrasentido poner la foto de alguien vivo en medio de los anuncios de los muertos. Estaba feliz porque había ganado cien euros, pero empezó a sospechar del ábaco. Lo revisó de arriba abajo por si tenía droga o algo extraño en su interior y lo desarmó por completo. No pudo volver a reconstruirlo y terminó tirándolo a la basura. Pensó que si alguna vez regresaba aquel hombre extraño le diría que le habían entrado a robar. Al fin y al cabo era él quien había faltado a su palabra.

En la zona en la que vivo hemos recogido varios perros abandonados las últimas semanas. Tratamos de encontrarles dueños o los cuidamos durante varios días. Casi nunca tienen microchip de identificación. Todos los años ocurre lo mismo por estas fechas. Las perreras se llenan de perros traicionados por desaprensivos caprichosos o por seres humanos a los que creo que les queda un largo camino para poder entender palabras como lealtad, cariño o amor. Lo he escrito muchas veces: he aprendido de los perros tanto o más que de los libros o de los viajes. Que qué me han enseñado: la naturalidad de vivir y la fidelidad. Los que tienen o han tenido perros saben de lo que hablo. Los que no han tenido esa suerte aún están a tiempo de descubrir que la existencia tiene poco que ver con el Dow Jones, las ambiciones pasajeras o los supuestos éxitos profesionales. La vida se resume en un cruce de miradas entre dos seres vivos que se entienden y comparten algo de ternura en medio de la nada. Nos cuesta coger a los perros abandonados que encontramos en la calle. Han perdido la confianza en el ser humano; pero a los pocos días la recuperan y olvidan para empezar de nuevo y para hacer felices a quienes están a su alrededor. Lo que sucede es que muchos de ellos no tienen la suerte de una segunda oportunidad.

En la vida lo bueno y lo malo convive en todas partes. Hoy quiero hablarles de la Asociación AnahiMaxi.jpg. En los últimos meses han sacado sesenta perros de la perrera de Santa Brígida y les han ido buscando nuevos dueños, o bien los acogen en ese paraíso que tienen montado en Cercados del Espino, en Arguineguín. Viven solo de las donaciones de sus socios, y por suerte son muchos los que compensan las brutalidades de los más desaprensivos y de los que aún maltratan a los animales con total impunidad y sin cargo alguno de conciencia. En el albergue se bañan en las charcas cercanas a la presa de Soria, se les alimenta y se les trata con un cariño que ayude a compensar sus días desorientados y esa mirada triste que se les queda siempre en el fondo de sus pupilas a los que alguna vez fueron traicionados. Si quieren saber más de Anahi o formar parte de su proyecto pueden acercarse a su página web. Esa labor también la llevan a cabo a nivel nacional asociaciones como El Refugio o en el ámbito insular, en este caso con hogares de acogida, Adopta un amigo en Gran Canaria. Todos ellos también se están enfrentando a una época de crisis, y ahora están saturados por los abandonos veraniegos. Por eso escribo estas palabras. Hacen falta dueños que compensen el daño de otros humanos que maltratan o abandonan a los seres vivos más emotivos, leales y fieles que conozco. Se merecen toda la felicidad del mundo.

*El perro que ilustra este artículo es Maxi, uno de los muchos amigos que puedes encontrar si te das un salto a Cercados del Espino (Km. 12,800), en Arguineguín, Gran Canaria.

Este artículo se publicó ayer domingo en la edición de papel de Canarias 7.

Hace unos días me encontré con un compañero de facultad al que no veía desde hacía muchos años. Se ha convertido en un gran abogado y gana un dineral cada mes asesorando empresas e integrando algunos consejos de administración. Yo cambié el derecho por el periodismo justo antes de que me atropellaran las tentaciones leguleyas. Nos contamos cómo nos iba la vida, repasamos el anecdotario compartido y de repente, como sucede casi siempre en esos reencuentros, nos quedamos en silencio. En esos casos cualquiera de los conversadores busca algo para evitar ese vacío que parece que no es más que una forzada despedida. Fue entonces cuando empezó a hablarme de sus palmeras. Las había traído de no sé qué país asiático y por lo visto habían crecido una barbaridad en el jardín de su chalet casi pegado a la orilla del mar. Me decía que estaba todo el día mirándolas, y que en los juicios y en los viajes largos no hacía más que recordar la imagen de esas palmeras cada vez más airosas bamboleándose con la brisa del Atlántico. Estaba casado y tenía dos hijas, pero de lo único que hablaba era de sus palmeras. Parecía un Gastby que hubiera cambiado la luz del horizonte por las palmas que querían trepar hasta el cielo de sus propios sueños.

Yo le dije que también vivía en una zona de palmeras, pero que éstas aparecen por todos los caminos y llevan cientos de años buscándose huecos en barrancos o llanuras. De hecho, al lugar en el que vivo los guanches le llamaban Sataute (aunque el cronista, Pedro Socorro, cree que era Tasaute porque muchos nombres guanches empezaban por la letra T, que, si no recuerdo mal, venía a hacer las veces del artículo el o la), que significa el palmeral. Yo también las contemplo durante horas. Son todas Phoenix Canariensis. Cuando he estado lejos de Canarias, la palmera canaria es uno de los recuerdos que más necesito mantener vivo para no extraviarme. En Madrid, por ejemplo, me acercaba cada vez que podía a la que está en el jardín botánico, justo al lado de la famosa estatua que cantara Radio Futura, delante mismo del palacio Villanueva. La palmera es un milagro de la naturaleza ante el que solemos pasar de largo sin apreciar la belleza diaria de su presencia. Ese amigo y yo estábamos coincidiendo en una misma altura coronada de palmas, dátiles o támbaras, aunque yo prefiero la libertad salvaje al cuidado de jardineros que terminan confundiendo la naturaleza con la decoración. Las que yo encuentro cada día por los campos de Santa Brígida llevan cientos de años moviéndose al compás de los vientos. La naturaleza sabe cuándo deben caer las palmas y cuándo han de renacer para que su presencia siga contribuyendo al milagro diario de la existencia. En ellas duermen todos esos pájaros que luego escuchamos sinfónicos desde que aparece el primer rayo de sol de la mañana. No llego a lo más alto para poder decirles, encaramado en sus estaturas milenarias, que sin ellas los paisajes perderían la memoria atávica de los paraísos. Teniéndolas cerca, uno todavía sabe que en medio de cualquier desierto diario terminará encontrando la salvaguarda del oasis. Da lo mismo que luego la vida, el oasis y la propia palmera terminen siendo un espejismo en el que solo quedará el viento empujando a la nada. Mientras tanto no nos queda más remedio que creer en nuestros propios espejismos si queremos mantenernos a salvo.

Está lo que leemos, lo que nos cuentan y lo que creemos que es trascendente para nuestra vida diaria; pero casi siempre pasamos de largo ante lo que realmente está influyendo en nuestro estado de ánimo o en el equilibrio de lo que nos rodea. Desde anoche, mientras dormimos, están cayendo a nuestro alrededor miles de estrellas fugaces que descargan su electricidad en el aire que respiramos y en el paisaje que vemos luego cuando despertamos y salimos medio somnolientos a la calle. Las Perseidas se podrán ver hasta la noche del 12 de agosto, y quizá deberíamos aprovechar para pedir algunos de los deseos que más necesitamos ahora mismo para que el mundo no se escore definitivamente hacia el desastre. Pero da igual que las veamos o no, o que ni siquiera sepamos nada de ellas. Diariamente, en el universo, que no sabe de calendarios, hay millones de movimientos, reacciones eléctricas o magnetismos de los que dependen nuestros equilibrios, la tierra que pisamos y el ánimo con el que afrontamos cada segundo de nuestra existencia. El planeta que habitamos no es más que una cabeza de alfiler en la inmensidad del espacio, y nosotros somos todavía menos en medio de esa inabarcable y milagrosa sucesión de fenómenos naturales. Lo que realmente importa es contribuir a que todo ese equilibrio no se quiebre por nuestras cabezonerías guerreras y nucleares, por nuestros destrozos del entorno y por nuestras complicadas relaciones personales. Confío por una vez en que esas estrellas fugaces que están cargando de electricidad los cielos que miramos anonadados nos ayuden a lograr la Vida Beata que precisamos para no pasar por aquí como fantoches o como grotescos supervivientes de un reality show. Hoy es día de pedir deseos. Déjenme que me ponga un poco esotérico y sobrenatural. Al fin y al cabo no somos más que química y electricidad, energía de casualidades y de sueños.

Hay ciudades en las que duele ver las llamas y escuchar las sirenas. Londres era la convivencia diaria, los vagones de Metro con caras de todos los colores, la ciudad multicultural y el lugar al que siempre he soñado con regresar para vivir como me dé la real gana. Es verdad que a veces agobiaba la soledad y el desapego de la gente, pero cuando la miro desde lejos, sin esas imágenes que nos enseñan hoy los titulares de los periódicos y los telediarios, me doy cuenta de que allí (y también frente al mar) fue donde aprendí a mirar hacia mí mismo y a no sorprenderme por la vestimenta, la opinión o la comida del otro. Fue hace más de veinte años. Viví mucho tiempo entre esas calles en las que se ha quebrado la armonía de entonces. Vuelvo cada vez que puedo, y nunca descarto quedarme o perderme otra vez en la inmensidad horizontal que nunca agobia porque parece una sucesión de pequeños pueblos unidos en una causa común de convivencia y respeto.
Los que salen a la calle no habían nacido cuando a mí me estaban cambiando la manera de ver el mundo. Trabajé duramente para sobrevivir y compartí sueños con inmigrantes recién llegados de África, Asia, América Latina y de la Europa que ahora quieren intervenir y someter los poderosos. Los que están en la calle son los hijos de aquellos limpiadores, camareros o freganchines con los que compartía desayunos y esperanzas de futuro. Esos hijos han ido viviendo otro Londres, una crisis de identidad que nos afecta a todos, una pobreza cada vez más extrema en sus barrios y una televisión que les ha igualado en la forma de vestir y de pensar con cualquier joven de cualquier otro arrabal urbano del planeta dejado a la deriva. Todos están saliendo a la calle en todas partes, pero resulta sorprendente que la violencia se presente justo donde pensábamos que todo estaba más consolidado socialmente. Londres es un aviso. Siempre anticipó las modas y las rebeldías. En cualquiera de nuestras ciudades hay barrios que también terminarán saliendo a la calle si les seguimos negando todas las oportunidades de futuro a quienes habitan en ellos.

Siempre creímos que agosto era un remanso, un mes que se salvaba de la mediocridad del calendario, de los madrugones y de las noticias que ocupaban las portadas el resto del año; pero este agosto está pasando como cualquier febrero o cualquier noviembre. Se conoce que los que controlan la cosa económica aprovechan el despiste del resto de la gente para dinamitar los mercados, jugar a sus monopolys vergonzantes y especular hasta donde llegue su mala andanza o su capricho inversor. Un país ya no depende del trabajo de sus habitantes o del esfuerzo colectivo; ni siquiera valen las ilusiones o las perspectivas de futuro. Basta con que cualquier cerebrito que no ha abandonado nunca la pantalla de un ordenador lleno de números te califique para que todo se pueda venir abajo sobre la marcha.

No me gusta nada cómo está el mundo. Hay que estar atentos porque cuando parece que todo se hunde aparecen los salvapatrias y los que gritan consignas incendiarias, y a lo mejor hay gente interesada en hundirnos para que luego agradezcamos la llegada de cualquier sátrapa, o para que aplaudamos la renuncia a derechos conseguidos tras muchos siglos de lucha colectiva y solidaria. Cuando era pequeño no soportaba a los amigos que, habiendo aprobado en junio con notas altas, estudiaban en verano. Mientras todos los demás salíamos a descubrir barrancos y calas casi inaccesibles, o a improvisar juegos en cualquier parte, ellos se metían en sus habitaciones para ser todavía más empollones el año siguiente y para seguir marcando la pauta del aula y tener las más altas calificaciones. Toda la vida han estado pendientes de las calificaciones. Yo creo que el problema es que al final son esos aburridos que no jugaron de niños los que han terminado controlando el sistema. No se van a la playa ni se les ocurre dejar de producir y de especular, como tampoco de niños aprendieron a jugar, a ganar, a perder y a saber que la vida es una aventura fascinante que empieza cada nuevo día. Antes soñaban con el sobresaliente o la matrícula de honor, y ahora con ser los inversores que mejor se mueven entre los índices Nikkei, Ibex o Dow Jones. No les pidas un poco de humanidad, ni tampoco que dejen de incordiarnos o de arruinarnos todavía un poco más. Ellos sólo entienden de números y de calificaciones. Agosto nunca fue un remanso en sus biografías.

Aún resonaban las tablas de multiplicar, las conjugaciones verbales, los nombres de países que limitaban en mapas ya desfasados y el eco de los primeros poemas leídos en voz alta. Y se escuchaba la lluvia detrás de los cristales y el ruido de la tiza trazando círculos o triángulos en la pizarra. Y olía a lápices de colores afilados, al papel de los libros recién estrenados y a la tinta de los rotuladores que manchaban las manos y que nos transportaban sobre la marcha a cualquiera de las aulas en las que también había transcurrido buena parte de nuestra infancia. Esa escuela había dejado de ser una escuela y ahora era una vivienda que acogía la sede de una asociación de vecinos situada en medio de una loma entre Las Lagunetas y la Cruz de Tejeda. Mi madre había sido maestra en esa escuela de Risco Prieto hacía casi cincuenta años. Por fuera se conservaba tal como estaba entonces, por eso nos fue fácil reconocer esos sonidos y esos olores tan comunes a cualquiera de nosotros; pero en aquel lugar, a principios de los años sesenta del pasado siglo, no era fácil vivir, y estudiar era un lujo que requería el esfuerzo, la disciplina y la responsabilidad que hoy desdeñan los que lo tienen todo para poder salir adelante.

Nunca habíamos ido con mi madre a visitar Risco Prieto. Estuvo dando clases en aquel lugar, como posteriormente en Veneguera, unos años antes de que naciéramos sus hijos. Nos contaba que en el aula se juntaban unos cincuenta niños de todos los alrededores y de distintas edades, y que algunos de ellos venían descalzos recorriendo varios kilómetros entre caminos y barrancos. En invierno pisaban el hielo con sus pies desnudos, y según salían de la escuela volvían a trabajar en las fincas de los alrededores hasta que anochecía. El más joven de aquellos niños tendrá hoy casi sesenta años, y es probable que alguno de ellos esté leyendo estas líneas. Querían salir adelante, o por lo menos aprender a leer y a escribir para que no les engañaran. Su historia es la historia de muchos isleños que se esforzaron para mejorar su vida y las expectativas de futuro. Llegaron a ser médicos, abogados, administrativos o agricultores con formación y criterio para manejarse por el mundo y para tener conciencia de que con esfuerzo se logra todo lo que se quiere. Ese valor del trabajo lo aprendimos de nuestros maestros. Mi vida nunca sería la que es si no hubiera dado con profesores y profesoras que supieron enseñarme que el mundo no empezaba y acababa en el pueblo en el que vivía. Claro que entonces se veneraba y se respetaba a esos maestros. No reciben medallas ni reconocimientos oficiales, pero gracias a su trabajo podemos seguir confiando en el futuro. Nos quedan los ecos de sus enseñanzas. Hoy más que nunca necesitamos no olvidarlas.

Publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

Gallo 1.jpgEse gallo se pone a cantar y canta. Según presiente la alborada hace lo que llevan haciendo los otros gallos desde que el mundo es mundo y existen los gallos. Mientras ellos cantaban se han ido despertando Confucio o Aristóteles, Jesucristo o Mahoma, Moctezuma o Carlos III, Guanarteme o Doramas, Cervantes o Shakespeare, Napoleón o Garibaldi, Francisco de Asís o Ghandi, Lennon o McCartney, Pelé o Platini, Obama o Merkel, Coetzee o Paul Auster, y también, claro, usted o yo. Canta porque tiene que cantar para que el mundo siga siendo mundo y para que la mañana no se extrañe a sí misma con su silencio.

A esta hora que escribo cada día cantan decenas de gallos entre Santa Brígida, Pino Santo y La Angostura, resonando por el Guiniguada como llevarán resonando toda la vida, y como seguirán haciéndolo cuando nosotros ya no estemos pendientes de las noticias, y también cuando esas noticias ni siquiera ocupen un renglón en el más enjundioso tratado de historia. Ese gallo de la fotografía es uno de los que me recuerdan cada día la naturalidad de la existencia. Lo logramos retratar por la tarde, separado de un grupo de tres gallos aventureros que se acercaban hasta los límites mismos de la carretera. Él miraba medio intrigado y como a punto de sacar su pronto levantisco mientras le enfocábamos con la cámara del móvil. Hoy será uno de los que cantan alegrando la mañana. Le importa una higa la hecatombe de Wall Street o si esa temida prima de riesgo española se queda por encima o por debajo de los cuatrocientos puntos. Me tranquiliza saber que mañana volverá a cantar porque no sabe hacer otra cosa cuando ve la luz del día. Nosotros deberíamos aprender a hacer lo mismo. Nuestros antepasados se sentían los seres vivos más afortunados del planeta cada vez que lograban sobrevivir a la noche. Supongo que su euforia se mezclaría con cantos similares a los que entonan estos gallos satauteños del siglo veintiuno que aún no han olvidado la trascendencia del renacer diario.


Gerardo Montesdeoca. La Rama 2010.jpgAño tras año nos juntábamos en Agaete una pandilla de soñadores que con el tiempo nos reconocemos casi como hermanos. La Rama era parte de la fiesta. Desde el primer acorde mañanero del 4 de agosto todo se volvía diversión y baile desaforado junto a los papagüevos de Chachá, Cristo, Maggie o Faneque. Nosotros, además, teníamos la suerte de conocer la cara humana de cada uno de esos papagüevos; desde la inolvidable Maggie, que en su día dejó el New York Times para disfrutar de cada minuto de vida en el paraíso culeto, hasta el bueno de Chachá cuando montaba sus improvisadas verbenas nocturnas de canciones y de bailes en las calles del pueblo. Aunque no volvamos a Agaete, en estos momentos estamos todos pendientes del volador y de La Madelón. Nos basta con cerrar los ojos e imaginar el cielo azul, el verde intenso de las ramas y el blanco de las casas recién encaladas. Lejos de las islas, ése ha sido siempre uno de mis recuerdos salvadores cuando quiero evocar el paraíso del que provengo. Pero no nos dio resultado lo de agitar las ramas en la orilla. No hubo milagro que venciera al deterioro del tiempo y de la especulación. Una malhadada tarde nos encontramos un antiestético dique de hormigón robándonos el horizonte. La fiesta ya no acababa como antes, con el mar inmenso delante de nuestros ojos y el sol cayendo majestuoso al lado del Teide. Ahora sólo nos quedan unos cuantos acordes para recordar que un día fuimos felices habitando un trozo de paraíso. Por eso me imagino que necesitamos seguir bailando.

Escribir no es solo poner una palabra detrás de otra y colocar signos de puntuación en los lugares precisos. Si no tratas de acercarte a la emoción, de asomarte al abismo o de concitar ironías, lo más probable es que el texto se quede plano, perfecto, sí, pero sin alma y sin maniera, como un artículo del Código Penal o como el manual de instrucciones de una batidora. Creo que con la vida sucede más o menos lo mismo. Si no arriesgas, si no amas, si no confías en la suerte que puede traer consigo el nuevo día, y si no te asomas al abismo para volver luego dispuesto a aprovechar cada segundo de tu existencia, lo más probable es que te quedes sin conocer muchos de los recovecos ocultos que discurren por ese órgano milagroso y soprendente que se llama cerebro. Solo buscando y rebuscando más allá de los caminos trazados podremos escribir o vivir sin repetirnos y sin tener que ir renunciando a lo que somos y a lo que podríamos llegar a ser.

Al final resulta que acabaremos viviendo en una nube. A los soñadores y a los que a los dieciocho años queríamos ser poetas nos decían a todas horas que bajáramos de una vez a la realidad y que abandonáramos aquel mar de nubes en el que íbamos depositando nuestros versos y nuestros sueños. Todo lo que no se soñaba era tangible entonces; pero ahora miras los cds, los discos de vinilo, los casettes, los dvds o los disquetes y los encuentras cubiertos de polvo, abandonados, como reliquias de otros tiempos que no cuadran con esta asepsia de tabletas y ADSL. Todo está en el limbo, en esa nube de la que habla tanto Steve Jobs. Ya nada será tangible. La música, los libros, las fotografías, los textos que escribamos, las películas y los diccionarios formarán parte de esa virtualidad que tendremos que suponer que existe y a la que podremos acceder donde quiera que estemos. Por eso querían expulsar cuanto antes a los soñadores, para hacer negocio con ese espacio en el que ya presentíamos que se acabaría escribiendo el futuro. Probablemente recurrirán al inglés para intentar despistarnos, pero cuando escuchen la palabra iCloud recuerden siempre que les están vendiendo la nube a la que hubiéramos llegado gratis si no nos hubieran desembarcado ladinamente de nuestros propios sueños.

Cuando te sumerges en el fondo del mar viajas de inmediato a un pasado que no conociste pero que reconoces atávicamente en las rocas y en los ojos de los peces. El mundo no solo es superficie, autopista o centro comercial. Mucho más abajo, el silencio abisal de los océanos escribe un argumento que se parece poco al histerismo y al ritmo alocado de los que pisamos la tierra. En esos escenarios profundos y lejanos se gestó nuestra propia historia, allí fuimos esporas y dejamos de ser nada para empezar a convertirnos en seres humanos. El mar fue la placenta que alimentó nuestros primeros sueños, aquellas utopías que imaginaban los que salieron fuera persiguiendo otras dimensiones como quien sale de un planeta aventurándose al abismo. Otros se quedaron y han seguido millones de años sin abandonar ese útero profundo e infinito que solo limita con el cielo. Cada espora tomó su propio camino, pero la que derivó en ser humano debería conservar la memoria para no descuidar los paraísos que habitó un día.

Ahora queremos volver plantando esculturas entre los corales, las estrellas de mar y esos pulpos que nos miran asombrados cuando nos ven llegar con gafas, tubos y caras de exploradores de documental. En la costa de Sardina de Gáldar están planteándose un museo de esculturas submarinas que vuelva más hermoso ese hundimiento que nos devuelve a un ayer remoto en el que aún podíamos respirar debajo de las aguas. Conozco los fondos de Sardina porque fue por las costas del Norte por donde aprendí a nadar y en donde me adentré por vez primera en esos fondos a los que siempre regreso metafóricamente o con las gafas y el tubo cuando dejo de entender lo que acontece en la superficie. La idea me parece genial si se respetan las formas que ha ido cincelando el océano en las rocas, y si los artistas que participen consiguen interpretar el espacio sin la prepotencia del conquistador que quiere dejar su huella arrasando todo lo existente. Esas esculturas, además, estarían en manos de las aguas y del tiempo. Nunca serían exactamente las mismas. Las algas, las sebas o los mejillones que se posen en esos materiales también irían cambiando los contornos y coloreando lo que veríamos en cada inmersión. Igual las viejas, los sargos y las morenas tardan un poco más en asumir esos cambios en sus escenarios cotidianos, pero peor asumen el descuido, los vertidos incontrolados y la mano del hombre tan dada al destrozo y tan poco respetuosa con la naturaleza. Aquí estamos hablando de arte, de querer contribuir a la belleza en medio de lo bello. Y además sabemos que en el mar nunca hay dos miradas idénticas. Lo efímero y lo eterno se confabulan con la brisa y con nuestro propio pasado que aún anda rebuscando en la playa. Solo escuchando las olas nos sentimos a salvo.

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