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Archivos Julio 2011

La piel de su cara estará recordando el aire caliente de todos los veranos. Le bastará con pasear por la calle para que su cuerpo vuelva a salir de vacaciones. El calor presente viene siempre acompañado por otros calores más lejanos, y también por olores a brisas reconocibles, a perfumes de primeros amores, a noches de verbena y a la pólvora de los fuegos de artificio. Ya estará doblando la calle 60 camino de la Quinta Avenida en dirección a Central Park. No le espera la playa de su infancia.

Manhattan estará silenciosa con la canícula del último día de julio; pero en su mente revolotearán sus gritos de niño y el agua salpicada en la orilla. Da lo mismo donde a uno le coja el verano: un solo verano feliz salva toda una vida. Él ya debe estar a punto de entrar al parque y de perderse entre sonidos de tambores, malabares y deportistas que desafían a las altas temperaturas sudando a mares. Mirará al cielo y lo verá tan azul como cuando lo observaba flotando en medio del océano que bañaba su pueblo de veraneo en el norte de Gran Canaria. Una bandada de gaviotas volará en dirección a la costa atlántica dejando atrás los grandes rascacielos que hoy brillan como cristales candentes. Cualquiera de ellas puede acabar llegando a aquella playa o posándose junto a las rocas luminosas desde las que veía caer el sol en las tardes de verano. Alguna de ellas reconocerá a una pareja de enamorados o a un niño que aún busca pulpos con una fija o que se empeña en arrancar las lapas más golpeadas por las olas. Se acercará a uno de los lagos de Central Park y logrará aislarse de las músicas y de los ruidos de la gente. Hace calor, tiene delante el agua y solo queda un día para que llegue agosto.

Da lo mismo los años que haya cumplido o los caminos por los que le ha ido llevando la vida. Me acaba de llamar por teléfono para preguntarme por los prolegómenos de La Rama. Yo no le digo que estoy lejos de Agaete. Le miento y le describo las calles del pueblo blanco engalanadas de banderas de colores y el ambiente eléctrico y festivo que anticipa el toque de la Diana del 4 de agosto y todo el jolgorio interminable que viene después. Me dice que huele el poleo de las ramas que traerán de Tamadaba cuando camina entre los árboles de Central Park. Yo le dejo hablar y me dirijo a él como cuando a los dieciocho años estábamos ultimando los planes de aquella primera amanecida en los bochinches del barranco. Nunca hablamos de eso cuando le visito en Manhattan, pero hoy se conoce que le ha venido de golpe el recuerdo de todos los veranos. Le sigo mintiendo, le hablo de Guayedra y de Las Salinas, de la playa del Juncal, de La Caleta y de los papagüevos que ya están repintados para salir a la calle. Nos despedimos. Lo vuelvo a imaginar regresando a su pequeño apartamento con vistas a East River. Desde allí seguro que seguirá buscando gaviotas que aún conserven entre sus alas el calor de otros veranos.

Cuando dormimos nuestro cerebro trabaja por libre teniendo en cuenta lo que le hemos ido incorporando a lo largo de nuestra vida o en las últimas horas. Todo lo que miramos lo coge al vuelo y lo utiliza luego en la madrugada convertido en cualquier imagen surrealista que la mayoría de las veces olvidamos según suena el despertador. Podríamos decir que es tan omnímodo como los escritores que se valen de todo lo que se van encontrando por la calle para sus argumentos. Hay sueños placenteros y pesadillas de las que uno querría salir cuanto antes; pero lo que nunca nos apetece es despertar en mitad de la semana sabiendo que lo que nos espera son muchas horas de trabajo por delante. Yo creo que eso lo arrastramos de los años del colegio. Cuando éramos niños, no había satisfacción mayor que la de abrir los ojos y darnos cuenta de que era sábado o de que estábamos en vacaciones. Yo hoy me he despertado pensando que era sábado, pero luego he encendido la radio de la mesa de noche y el orden de las noticias me ha devuelto a la realidad de los días laborables. Otra vez los Moody's - qué cruz, de verdad, parecen los del hombre del saco o los anunciadores del Sacamantecas-, las perretas de las autonomías, las Merkeles y los Mourinhos estaban echando a perder la mañana. Menos mal que al levantar las persianas me encontré un amanecer radiante que invitaba al olvido de todos esos protagonistas airados. Luego, al abrir la ventana, los pájaros que se asomaban a las ramas de los árboles cantaban eufóricos a un día -a ellos les da lo mismo un sábado que un miércoles- que nadie les había llenado de noticias. No hay Moody que derrote a unos trinos mañaneros. Y además, en estas fechas, los niños amanecen radiantes porque no tienen que ir al colegio. Nosotros deberíamos aprender de los despertares de los niños y de los pájaros para no perdernos en esa airada y estridente realidad de Rajoys y Zapateros vociferando desde primera hora de la mañana.

La palabra no existe hasta que no la escribes, no la lees o no la piensas. Tampoco la idea, ni el recuerdo; ni siquiera tú existes hasta que no te escribes, no te lees o no te piensas justo después de despertarte y de comprobar que el mundo sigue más o menos habitable a tu alrededor. Repasando los textos que escribiste o leíste el día anterior te sientes como si rastrearas entre fósiles. Las palabras renacen milagrosamente de la nada tras muchos procesos que se nos escapan en ese arcano insondable que es el cerebro. Y hay días para unas palabras y días para otras. También hay silencios necesarios; pero aun en el silencio más desesperante te espera la eufonía de alguna palabra que te salva cuando parece que el precipicio está a punto de abrirse hueco delante de tus pies. La mañana será siempre un milagro mientras podamos seguir juntando en una misma frase mañana y milagro, o mientras comprobemos que la palabra amanecer se confunde con la luz del sol cada vez que miramos al horizonte. Nuestra vitalidad depende de la fuerza de nuestras propias palabras. Agarrados a ellas nos sabemos a salvo incluso del olvido.

Image00070.jpgBastaba muy poco para ser feliz cuando apenas llegabas a asomarte al interior de aquel paraíso de caramelos, pastillas de goma, chicles, pirulíes y cigarrillos de chocolate. Todos tenemos un quiosco en el que fuimos depositando día a día nuestros mejores sueños. El dinero no valía para otra cosa que para la compra de las golosinas, de las estampas, de los boliches o de cualquier otro reclamo escondido entre aquel universo caótico ante el que ahora pasas de largo como si te hubieras salvado de algo. Si acaso te detiene la mano de algún niño que aún no ha perdido la brújula que indica los destinos más luminosos. Si te pararas cualquier día de éstos, a lo mejor encontrarías muchos de tus mejores pasos perdidos y retomarías la sonrisa más limpia en donde la dejaste hace muchos años. Las salidas no hay que buscarlas en supuestos paraísos lejanos. Están siempre a la vuelta de tu propia esquina.

Los ridículos deberían ser pasajeros, lo mismo que las derrotas y que todos esos momentos en los que no te queda más remedio que confiar en la suerte para que pase la mala racha cuanto antes. Los éxitos, en cambio, sí tendrían que quedar a salvo de cualquier olvido. Si fuéramos capaces de ver el lado bueno de todas las cosas estaríamos esbozando una sonrisa de oreja a oreja todo el santo día; pero no veo yo que la gente sonría por la calle. Si acaso, durante las vacaciones, los ves un poco más relajados y con más predisposición al hedonismo. Al despertarnos cada mañana tendríamos que improvisar una fiesta diaria. No digo que nos pongamos a gritar como orates desnortados o como locos de atar, pero por lo menos no deberíamos pasar de largo cuando nos miramos en los espejos. Ese que tienes delante es un hombre afortunado porque está vivo y porque le puede cambiar la suerte en cualquier momento. Si no aprendes a mirarte, no apreciarás nunca nada de lo que te rodea.
En lugar de quedarnos con esos pequeños triunfos diarios que son los que realmente deberían importarnos, estamos pendientes de lo que haga un equipo de fútbol en el otro lado del planeta o unos cuantos mercachifles que improvisan reuniones presuntamente importantes para vendernos la moto de que están intentando sacarnos de la crisis. Y luego está la perseverancia en aquello que fallamos o que no hemos logrado. O en los ridículos, en esos supuestos grandes fracasos que nos detienen creyendo que los otros nos van a estar señalando con el dedo toda la vida. Realmente nos tendría que importar una higa lo que pensaran los otros, pero preferimos que el alud que va cercenando nuestro amor propio siga creciendo y que, además, vaya acumulando ridículos anteriores. Y claro, así estamos como estamos, casi siempre apesadumbrados y lastimeros, sin ser capaces de dar un paso adelante cada vez que aparece esa felicidad diaria ante la que solemos pasar de largo cada segundo de nuestra existencia. Ni somos tan grandiosos cuando ganamos, ni tenemos que sentirnos los más desgraciados del planeta cuando las cosas no salen bien. Lo que tenemos que aprender es a compensar los desastres y los éxitos y a hacer valer mucho más lo bueno que tenemos que lo malo que ha ido aconteciendo. Tampoco nos puede condicionar ese miedo a lo que está por venir que tanto nos detiene algunas veces. Vivimos tiempos difíciles, eso no se le escapa a nadie, pero serán los que sepan reinventarse cuantas veces sean necesarias quienes lograrán salir adelante. También los que aprendan a relativizar los dramas diarios y los que, aun viendo cómo se desmorona todo a su alrededor, no pierden nunca la esperanza de que de una forma o de otra terminarán saliendo adelante.

Nunca ha sido fácil sobrevivir. Confío en la evolución de las especies y en los equilibrios que acaban compensando todos los desajustes. Llegados aquí, nos encontramos con los que sueñan con poseer y con los que aspiran a ser. De momento ganan los que contabilizan los méritos según las posesiones y las cuentas corrientes; pero es inevitable que cambien los valores y las importancias. No lo veremos nosotros. En los últimos siglos hemos montado una comedia que está a punto de concluir. Nos toca reconocernos y asumir nuestra condición mortal, animal y pasajera con toda naturalidad. Tampoco vale la pena contabilizar el tiempo porque nuestro cerebro no puede asumir la eternidad. Nos queda amar para intentar mantenernos a salvo. Amar y saber que no seremos ni los primeros ni los últimos que alterarán los escenarios de la existencia.

Decía siempre que la lluvia caía del cielo para recordarnos nuestro pasado remoto. Ella se dejaba mojar ante la mirada atónita de las vecinas que se escondían detrás de los cristales. Me contaba que se sentía anfibia, animal libre mojado por las mismas aguas que inundaban el planeta desde ese pretérito ancestral. La encerraron y luego la atiborraron de pastillas desde el desayuno, aumentando las dosis si el día amanecía nublado. Cuando la visitábamos nos relataba sus aventuras de sirena mientras miraba con nostalgia infinita hacia el horizonte donde suponía que estaba el océano. Hoy que ha amanecido lloviendo he vuelto a recordarla. Desapareció una mañana dejando un charco inmenso en la habitación. Cada vez que me asomo al mar o que el olor de la lluvia anticipa las borrascas busco la brisa oceánica que quedaba tras nuestros primeros encuentros. Fue mi primer amor. Con ella descubrí que cualquier mujer puede confundirse con una sirena. También que todo hombre enamorado rebusca eternamente en el rastro mágico que queda en las estelas luminosas de las aguas. Dentro de una semana cumpliré ochenta y cinco años. Ella tendría un año menos que yo si su tiempo no se contabilizara por escamas milenarias. Leo al ciego Homero y, como él, me acerco cada tarde a oler el mar tratando de encontrar su perfume de algas.

Me rodean las palomas que cada mañana se acercan al mendigo que suele ocupar este banco. No tengo nada que darles. En los bolsillos solo encuentro monedas, tarjetas de crédito, un par de pañuelos de papel, un juego de llaves y un teléfono móvil. No llevo migajas para compartir. Para las palomas ese mendigo mañanero que luego desaparece el resto del día vale muchísimo más que yo porque siempre trae panes duros que va desmigajando cuidadosamente delante de ellas. Deduzco entonces que todo lo que llevo encima es realmente innecesario. O que no vale nada para quienes ya han aprendido a volar.

García Márquez dijo una vez que el periodismo era la mejor profesión del mundo. Suscribo esa afirmación cuando uno encuentra el acomodo a su vocación y cuando el trabajo se confunde con el divertimento o con lo que realmente se quiere hacer en la vida. También cuando se puede ejercer el oficio desde la libertad. Nunca debemos generalizar ni pensar que todo el monte periodístico es orégano. Te encuentras lo que te sueles encontrar en casi todos los escenarios profesionales: están los trepas y los que realizan su trabajo humildemente, los prepotentes y los que quieren pasar sin hacer ruido, los ambiciosos y los que no aspiran más que a terminar el día firmando la información precisa que narre la verdad de unos hechos. También mueren cada año muchos periodistas a los que no logran callar los corruptos, los sátrapas o los maleantes de toda calaña que se siguen paseando por el mundo. Lo de los periódicos de Murdoch es vergonzante, pero no representa el día a día de la profesión periodística.

Habría que recordar que todo ha salido a la luz por el trabajo de un periódico como The Guardian que está en las antípodas de ese nuevo periodismo rastrero del todo vale que han estado imponiendo desde muchos tabloides británicos durante años. Y lo peor es que ese escatológico periodismo de chismes, mentiras, paparazzis sin ética y supuestos informantes que se venden al mejor postor se ha trasladado a las televisiones de medio mundo. Si la cabecera que tiene su redacción en Manchester no hubiera tirado del hilo con lo de News of the world nada de esto que estamos conociendo hubiera salido a la luz. Y si no existieran otros medios informativos esa información no estaría llegando a nosotros con todos los puntos de vista necesarios para poder hacernos una idea de lo que sucedió. No podemos confundir esas prácticas filibusteras con el trabajo diario de miles de compañeros que ahora mismo estarán llegando a las redacciones con la única intención de contarnos lo que van encontrando en sus lugares de destino o lo que ha acontecido al lado mismo de nuestra casa. También resultan esenciales para evitar los desmanes de los corruptos y para que la libertad no quede definitivamente maniatada por los poderosos. No es fácil la tarea diaria a la que se enfrentan, pero prefiero hablar de todos ellos antes que de cuatro desaprensivos que encima se lavan las manos cuando deben rendir cuentas de su conducta. Dice Murdoch que no sabía nada de los que sucedía en News of the world. Vamos, que ni lo ojeaba, porque con ojearlo o mirar de refilón sus portadas te dabas cuenta de que aquello podía llamarse cualquier cosa menos periodismo. Que qué es el periodismo. Yo siempre me remito a lo que decía el italiano Scalfari: contarle a la gente lo que hace la gente. Y la mayoría de la gente, usted y yo lo sabemos, no suele hacer lo que hacían todos esos tipos sin escrúpulos que no respetaban ni lo más sagrado cuando tenían por medio una supuesta exclusiva que aumentara las ventas.

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Aun en medio de la maraña, los árboles siguen dando frutos

La memoria llega mucho más lejos que cualquiera de nosotros. Muchas de las fobias o de las filias que nos definen se pudieron gestar en el útero materno o en nuestras primeras miradas al mundo. Todo lo que vivimos, incluso lo que nos parece más intrascendente, lo vamos acumulando en nuestro magín, en ese cerebro del que sabemos tan poco y que tiene tantas cuevas ocultas para ir guardando cada uno de nuestros pasos. Y no sólo se queda con Casablanca o Ciudadano Kane, con La Metamorfosis de Kafka, con aquel cumpleaños inolvidable, con el gol de Iniesta o con cualquiera de las sinfonías de Beethoven. Lo guarda todo como si tuviera un mal de Diógenes vinculado a lo que tiene que ver con nuestra existencia También conserva los anuncios televisivos, sobre todo los anuncios de los años en los que teníamos un solo canal y nos sabíamos de memoria cualquier salmodia relacionada con un producto o todas aquellas canciones y melodías que ahora mismo estarán recordando muchos de ustedes mientras leen estas líneas. Somos lo que vamos sintiendo. Da lo mismo que a veces no prestemos ninguna atención por los caminos que transitamos.

Lo que sí es verdad es que el talento de los publicistas va por rachas, como el talento de los músicos, de los novelistas o de los pintores. De vez en cuando nos sorprenden con alguna propuesta que evita el zapping, ese suplicio diario para los anunciantes por el que nos escapamos de un canal a otro huyendo de todos sus intentos por convencernos para que compremos su coche, su pan de molde o su zumo de melocotón. Una de esas sorpresas que te detienen cuando comienzan los anuncios me la ha encontrado con la publicidad de un jamón cocido. Para vender la calidad del producto y hablar de los sentidos grabaron la historia de un hombre ciego y de su esposa, solo con un treinta por ciento de visión, disfrutando intensamente del resto de sus sentidos. Nos iban mostrando su reacción ante el sonido de unos violines, al reconocer el olor de la lavanda en medio del campo, tocando las caras que más habían querido en su vida y, luego, claro, saboreando ese jamón que ha sabido venderse de maravilla. Pero lo que más me ha gustado de esa propuesta publicitaria ha sido la emoción y el mensaje, que al fin y al cabo es la esencia de cualquier anuncio, que han logrado transmitir sus creadores. Lo que contaban es que la vida había que vivirla intensamente con lo que se tenía en cada momento, y no echando de menos o lamentando lo que nunca, por naturaleza o por suerte, se ha podido lograr. Creo que ese es uno de los secretos de la existencia que no está guardado en ninguna caja de caudales para que solo puedan disfrutarlo unos pocos privilegiados. Está ahí mismo, al lado tuyo, justo en donde está ese hueco libre para que puedas dar el primer paso que conduce hacia tu propia felicidad.

Les dejo el enlace del anuncio que cito por si les apetece verlo:

http://www.youtube.com/watch?v=IDCkvQpdJKc

Si hacemos caso a los estudios científicos que cada dos por tres aparecen en la prensa viviríamos en un estado de permanente zozobra. Lo último ha sido lo de las horas que necesitamos dormir cada noche. No hace mucho tiempo recuerdo leer los resultados de una investigación de la universidad de Chicago en donde se contaba que si dormíamos pocas horas acumulábamos boletos para sufrir una complicación cardiovascular. Yo, que no duermo tanto como debería (aunque creo que el sueño, el que acuestas y el que te deja pensando en las musarañas, lo tiene que adaptar cada uno a su manera), había estado desde entonces medio preocupado por los madrugones diarios que me pego para sentarme delante del ordenador antes de que se encienda el mundo y reaparezcan sus ruidos desorientadores. Y escribo en pasado porque ayer mismo me encontré la misma noticia pero con recomendaciones invertidas. Ahora concluye la Fundación Española del Corazón que lo que es realmente peligroso para las afecciones cardiovasculares es dormir muchas horas, sobre todo en verano. Vienen a decir, poco más o menos, que si pasas de ocho horas en el catre estás jugando con fuego.
Siempre que llegaban estas fechas estivales, las noticias de agencia estaban todo el santo día sacando estudios cada vez más estrambóticos o igual de contradictorios que estos que tratan de indagar en las horas que hemos de estar en brazos de Morfeo. Yo creo que cada cual debe dormir lo que necesita y lo que le apetezca. Si nos guiamos por estos estudios, o por las recomendaciones alimenticias que un día te dicen que el atún es lo más fetén y al siguiente que te andes con ojo porque contiene mercurio, podemos acabar más desnortados de lo que ya estamos con tanto tsunami económico diario. Y además cada cual precisa su tiempo para crear sus propios sueños. Y ya sabemos que el tiempo, como los sueños, es tan relativo que cuando lo quieren teorizar o meter en un estudio científico con alguna denominación rimbombante siempre se acaba haciendo el ridículo. Nadie ha logrado atrapar ni siquiera un segundo. Podríamos decir que Einstein se acercó a su esencia asegurando que era relativo. Pero de momento, durmiendo cinco o doce horas, nosotros no estamos capacitados para entenderlo. Y mucho menos para recomendar cuántas horas son necesarias para que se consoliden los sueños. Aún no hemos pasado de la fase cardiovascular.

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Hace dos años sabotearon mi cuenta de correo electrónico y enviaron a todos mis contactos un correo diciendo que estaba en Londres sin un euro y poco menos que a punto de palmarla. Ponían el número de una cuenta corriente y pedían a mis conocidos que me enviaran algo de guita para poder salir adelante y regresar sano y salvo a casa. Muchos de mis amigos sabían que yo había vivido mucho tiempo en Londres, y además aquel correo fue enviado en Navidades. Algunos pensaron que igual me había dado por celebrar el fin de año en Trafalgar Square y casi pican. Me salvé gracias a la solidaridad de los amigos comunes que avisaron al resto de conocidos, a los SMS del teléfono y a la pésima redacción del envío, con anacolutos, fallos de concordancia y con el uso de expresiones poco creíbles (entre otras cosas decía que estaba varado en Londres, como si fuera un ballena o un barco fantasma). Desde entonces guardo copia de seguridad regularmente de mis correos para que si alguna vez me pasa lo mismo pueda reaccionar de inmediato desde otra cuenta.

Ayer leí que al teólogo Juan José Tamayo le había sucedido algo parecido. Por lo visto le habían intervenido el correo electrónico y pedían a sus contactos ayuda porque estaba, también sin un euro, en Costa de Marfil. Se da la circunstancia de que Tamayo participa activamente en varios proyectos de solidaridad con África, por lo que el mensaje podría ser creíble. Como a mí, le ha salvado la pésima redacción de los timadores. Lo que suelen hacer esos quinquis de la informática es pasarlo por un traductor automático en el que los sinónimos, sobre todo en castellano, juegan siempre muy malas pasadas. Más o menos estamos a salvo hasta que aprendan a escribir correctamente. Hasta ahora, esos saboteadores de la cosa informática se han currado el tema tecnológico, pero desde que escriban con credibilidad estamos perdidos. Dentro de poco será la gente de Letras la que manejará todos los cotarros. Volveremos al verbo, que es de donde dicen que salió todo. No les faltará mano de obra con lo que cobramos los escritores y los periodistas, y con las perspectivas cada día más aterradoras que vislumbramos. No digo que nos tengamos que dedicar a escribir estas misivas, pero sí es verdad que habrá que ir buscando algo para poder comer dignamente de las palabras.

Cuando me robaron el correo, los amigos más puestos en la cosa informática me decían que no me preocupara porque esos sabotajes se solían realizar con programas que trabajaban aleatoriamente, vamos, que nadie se iba a poner a rastrear mis correos para ir haciéndose una idea de mi vida personal, de mis datos bancarios y de mis intimidades. Yo no sé si lo decían para tranquilizarme o si será verdad, pero cuando aprendan "latín" acabarán confundiéndonos a todos con sus mensajes estrafalarios. Como ya casi no nos vemos nada más que en las pantallas lo están teniendo cada día más fácil. Sólo les falta escribir con un poco de coherencia o contratar a algún escribiente desesperado para que el timo parezca tan real como la literatura. O como la vida misma.

La suerte es un misterio diario que hace creyentes a quienes se ven beneficiados por ella y renegados a los que ven como pasa de largo. Ya sé que vendrán los pragmáticos diciendo que cada cual se escribe su propio destino, pero no me negarán que hay renglones de nuestra biografía en los que nosotros no hemos tenido nada que ver. Queda mal decirlo, entre otras cosas porque se entiende que caminamos y damos los pasos que nos da la gana, pero cuando repasamos nuestras vidas encontramos sucesos, casualidades y cruces de caminos en los que nuestra decisión solo fue una convidada sin voz ni voto. Sí es verdad que cada uno se trabaja su propia suerte, pero solo a veces. O que el destino baraja las cartas y nosotros luego las jugamos, aunque no siempre nos dejan entrar en la partida. La suerte es estar vivo, poder respirar y saber que todo puede cambiar en el próximo segundo.

Hay situaciones que uno nunca controla. Yo siempre recuerdo una tormenta de verano en Madrid en los años noventa del siglo pasado. Sólo hubo un rayo, y ese rayo mató a un hombre que paseaba tranquilamente por el zoológico con su familia. No me digan que ese hombre se buscó su propia desgracia. Podía haber caído en cualquier otra parte de la ciudad, pero fue a caer justamente donde estaba él. También sucede lo mismo con todo lo positivo que nos pasa a diario sin que nos demos cuenta. Igual que te puede caer el rayo, puedes dar con la persona que cambie tu vida o a lo mejor te toca la Lotería Primitiva. No nos damos cuenta, pero somos unos aventureros diarios. Surcamos mares embravecidos y nos enfrentamos a corsarios sin escrúpulos. No son como los que contaba Salgari o como los que salían en las películas de nuestra infancia los domingos por la tarde, pero todos sabemos que metafóricamente son casi idénticos. Deberíamos aplaudirnos al final de cada día como aplaudíamos en aquellas películas cada vez que el héroe superaba las adversidades que le iban saliendo a su paso. Aquellos héroes, además, sabían que en las tempestades había que mantener el barco a flote sin obcecarse en luchar contra las olas y los vientos. Más tarde o más temprano volvían, como seguirán volviendo, las aguas tranquilas sobre las que navegar sin tantos sobresaltos.

Es verdad que si te descuidas se te van las horas saltando de una red social a otra o perdiéndote por esos laberintos digitales que no sabes nunca dónde te terminarán llevando cuando inicias una búsqueda. No digo que nos hayamos convertidos en hikikomoris (adolescentes japoneses que se encierran en sus habitaciones pegados al ordenador sin que haya nadie que los pueda separar de la pantalla), pero sí es cierto que a veces te despistas y dejas que se ponga el sol sin acercarte a la playa o al parque cercano a estirar las piernas y a escuchar cantar a los pájaros. No vivimos un tiempo de coherencias: hoy te dicen que comas pescado porque evita la ceguera (lo acabo de leer por alguna parte en esa búsqueda medio sonámbula de noticias mañaneras) como la semana anterior te decían que te alejaras de ellos por el mercurio y por no sé qué otras zarandajas. Ahora les ha dado por recomendar siestas digitales. Se nota que estamos en verano y que hay que buscar noticias hasta debajo de las piedras.

Con lo de la siesta quieren decir que te pares un poco cuando navegues por la Red o cuando se te vayan las horas picando aquí y allá como un rastreador ocioso que no pierde la esperanza de encontrar un tesoro o el amor de su vida en la virtualidad. No sé quién sería el lumbrera que acuñó esta expresión, pero no creo que a ninguno de nosotros se nos ocurra apagar el ordenador y decirle a quien tenemos al lado que nos vamos a echar una siesta digital:
-¿Dónde vas? ¿No quieres tomarte unas cañas o que nos demos un paseo hasta la Cumbre?
-Ya luego te digo, ahora me voy a echar una siestita digital.

Lo más probable es que nuestro interlocutor o interlocutora nos mandara a tomar por retambufa o nos catalogara de esnobs o de mindundis sin oficio ni beneficio. Hay que tener cuidado con lo que se dice y con lo que se va memorizando. Esas tonterías empiezan como una anécdota y al paso de un par de meses se incorporan a nuestro día a día con una naturalidad pasmosa. No se extrañen, por tanto, que a las primeras de cambio cualquiera les salga con lo de la siesta digital, la continencia digital, la bendición digital, el amor digital, la amistad digital o la existencia digital, que sería la repera para quienes controlan el cotarro. Siendo digitales se entiende que aguantaríamos todo lo que nos echaran encima. De momento me voy a levantar un rato del ordenador para no perderme el amanecer que viene por el horizonte; pero antes sí quisiera recordarles que Belén Esteban cobra en Telecinco cien mil euros al mes. Lo acabo de leer en un periódico digital, lo de esa cantidad y también que le han embargado el chalé por no pagar a Hacienda. Ya sé que no tiene que ver una cosa con la otra. O igual sí, porque si eso es verdad quiere decir que buena parte de la sociedad está viviendo en una siesta digital y mental preocupante. Y da lo mismo que tengan o no tengan ordenador. Ustedes me entienden.

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Se parecen los paisajes y las ciudades, los animales, las canciones y hasta nuestros propios sueños. Cuando viajas por el mundo descubres en otros a quienes ya conocías en tu entorno cercano. Siempre hay un apocado y un valiente, uno que lo ve todo negro y otro que se empeña en seguir confiando ciegamente en todos los horizontes, y también está el pisaverde y el vivalavirgen, el lenguaraz y el discreto, y hasta tú mismo te reconoces en otro cuando te miras desde lejos y con una cierta distancia. No somos tan distintos como pensamos. Al fin y al cabo a todos nos une un destino común y unos objetivos similares. La búsqueda de la felicidad, por ejemplo, nos hermana con cualquier otro ser humano del planeta, sobre todo ahora que están empeñados en convertirnos nuevamente en esclavos, en mano de obra fungible, barata y cada día con menos derechos, para que produzcamos como autómatas hasta que no nos queden fuerzas ni para levantarnos de la cama.

Pero esos parecidos los encuentras principalmente en el paisaje, en semejanzas de ciudades o costas distantes que uno confunde luego en la memoria. Hay calles de Vegueta que te colocan sobre la marcha en San Juan de Puerto de Rico, y vías del Puerto que podrían atravesar las grandes avenidas de Nueva York llamándose calle Catorce o Treinta y cuatro. Son igual de mestizas y de caóticas, y hasta parece orearlas la misma brisa. Pero yo hoy quería hermanar las costas de Arinaga y de Agaete. En la primera escribo algunos de estos artículos y en la segunda tracé mis primeros versos y muchos de mis mejores recuerdos. En ambas orillas sopla el viento violentamente en los mismos meses del año. El ventanero del verano no cesa hasta mediados de agosto, y septiembre y octubre son siempre los meses más sosegados. Pero también las rocas adquieren una luminosidad parecida, unas inaugurando el sol y las otras viéndolo morir cada tarde en los contornos del Teide. No tendrían por qué asemejarse la una con la otra, y sin embargo parecen atravesadas de lado a lado de la isla por unos vientos que casi logran que las brisas tengan olores a algas y a mariscos casi idénticos. En ambas costas, además, hay viejos pescadores con las caras cuarteadas por la sal y por el sol que miran con los mismos ojos nostálgicos la mar que ya no faenan cargados de nasas y de sueños. A una y a otra sí las ha terminado diferenciando la mano del hombre. Agaete perdió su playa y parte de su horizonte por un muelle que pudo haber mirado hacia otra parte. Arinaga, en cambio, ha logrado, a pesar del puerto y de las construcciones, mantener a salvo cada metro cuadrado de su costa. Siguen siendo los mismos vientos; pero ya no están las mismas rocas que soportaron los embates de las olas muchos años antes de que llegáramos nosotros.
(La imagen superior corresponde a Arinaga, a la zona del Faro, y la inferior a Agaete, a la zona de Las Salinas a la hora del atardecer)
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Image00002.jpgSiempre intento ponerme en el lugar del otro. La razón nunca la tiene nadie, y generalmente aparece compartida en cualquier controversia. Los obcecados pierden sobre la marcha su poder de convencimiento aunque estén acertando con sus argumentos. Si el otro cree que tiene razón es porque lo está viendo tan claro como nosotros. Pero hay veces que es casi imposible imaginarte como si fueras el otro para tratar de comprenderlo. No soy capaz de ponerme en el lugar de un sicario: "Oye, coge un par de fusiles y a unos cuantos de tus amigos y cárgate a este tipo que canta cuando esté camino del aeropuerto". A lo mejor le tuvieron que enseñar una de las fotos que aparecen en cualquiera de los discos de Cabral para que en el encargo no hubiera confusiones. Al que pagó por que mataran se le supone cegado por la prepotencia y el abuso, lo imagino como alguien sin escrúpulos que ya le ha perdido el respeto a la vida del otro, lo más sagrado, digan lo que digan, que hay sobre la tierra. Al que mató, si ya lo ha hecho otras veces, no le temblaría el pulso a la hora de apretar el gatillo, o bien se largaría un par de lingotazos antes de salir a la calle. Habrán hecho lo mismo previamente con periodistas molestos, con activistas que reivindican derechos sociales y sociedades más justas, con héroes anónimos que no salen nunca en los periódicos o con cualquier otro sicario como ellos en esas luchas sin cuartel que acontecen en muchos lugares de Centroamérica o de Méjico. Ese que mataron era Facundo Cabral. Me imagino que los propios asesinos se habrán enterado luego al ver las noticias en la televisión.

Ahora intento ponerme otra vez en su lugar: ¿qué harán? ¿qué estarán pensando? ¿se sentirán satisfechos y contentos? ¿tendrán remordimientos? ¿ estarán escuchando otras canciones distintas a las de Cabral? ¿acariciarán a sus hijos? No puedo escribir las respuestas porque en este caso no podré ponerme nunca en el lugar del otro, ¡y mira que se supone que son seres humanos como usted y como yo que transitan por el planeta igual de mortales! Lo que no saben ellos es que cuando se dispara contra un poeta siempre se falla el tiro. Ni siquiera valen los tiros de gracia. Sí soy capaz de ponerme en el lugar de Facundo Cabral porque Facundo Cabral cantó muchas veces contando a esos patrones que piensan que los pobres son los otros, los que quedan muertos en las cunetas de las carreteras y a los que creen silenciar con un par de balas y unos cuantos sicarios a sueldo. Cuando un poeta muere se amplifican sus versos. No lo silencian, sobre todo si ese poeta ha estado cantando por medio mundo y cuenta con millones de cómplices que aman la vida y la libertad. Tarareando cualquiera de las canciones de Cabral lo estamos manteniendo vivo y estamos derrotando a esos asesinos sin escrúpulos que ordenan muertes como quien organiza las labores de una finca. Habría que recordarles un adagio ancestral que escuché una vez y que siempre me lo repito como un mantra cuando camino por el mundo o cuando me encuentro con noticias como la del asesinato de Facundo Cabral: "se puede matar al gallo que anuncia el amanecer; pero no se puede detener la llegada del alba". Nos quedan todas sus canciones.

Todos los días son relevantes. Da lo mismo que no vengan marcados en rojo en los calendarios. Siempre hay alguien que nace, alguien que muere, que se enamora, que deja atrás una enfermedad, o que sencillamente se ha levantado como si justamente ese día fuera el más grandioso de su existencia. Las mañanas aparecen como las pantallas en blanco que tenemos que llenar de palabras. Dependen de nosotros para ir cobrando vida y sumando minutos. Y si miramos hacia atrás, cualquier número que marque el almanaque tiene acontecimientos que celebrar. No pasamos nunca del treinta y uno para no extraviarnos en ese infinito en el que dicen que terminan los números. Hoy volvemos a empezar otro nuevo capítulo, y ya sabemos que un capítulo puede cambiar por completo el argumento de cualquier obra. Te deseo toda la suerte del mundo en esa aventura. Tienes todo el escenario a tu disposición. Sólo tienes que salir a escena e interpretarte de la mejor manera posible. Da lo mismo lo que piensen los demás o lo que te cuenten en los periódicos o en los telediarios. Estés donde estés, tu vida depende solo de tu propia mirada.

Las notas son como pequeños fósiles que uno va sembrando por el mundo. Generalmente nunca vuelves a ellas, y cuando te las encuentras en medio de papeles o de libros al paso de los años te cuesta descifrarlas y encontrarles un sentido. Apuntas citas, direcciones, ideas para un artículo o un relato, o cuatro palabras sueltas que se te ocurrieron en la guagua o paseando por la orilla de la playa. Antes llevábamos una pequeña libreta y un bolígrafo para que no se nos olvidara nada de lo que iba pasando por nuestra cabeza. Ya hoy nos basta con el teclado del teléfono móvil y con la propia agenda o el bloc de notas del aparato; pero, aun con tanta sofisticación, lo que escribes sigue convirtiéndose en un fósil deslavazado y sin sentido que queda en medio de bosques de palabras y de ideas.

García Márquez comentaba que no anotaba absolutamente nada porque si alguna idea valía la pena se tenía que quedar en alguna parte del cerebro aguardando el momento de aparecer en una novela o en una conversación. Yo tengo mis rachas anotadoras, aunque reconozco que luego no suelo recurrir casi nunca a lo que escribo. Para darles un sentido nos hemos inventado los aforismos y los microrelatos, para que por lo menos esas tres o cuatro palabras tengan vida propia y no se fosilicen sobre la marcha. Las notas, además, se convierten en trampas para la memoria. Esos papeles llenos de garabatos te demuestran que no tienes todo tu pasado controlado, y que para sobrevivir no te ha quedado otra que olvidar mucho. A veces no reconoces ni tu propia letra. Ni tampoco algunos nombres que seguro que fueron importantes en tu existencia. Creo que lo mejor que podemos hacer es romper las notas si ya no tienen ninguna utilidad real. O no escribirlas. O leerlas luego como si hubieran sido escritas por otro para entretenernos con ellas igual que te entretienes con un Autodefinido o con un Sudoku.

Los mapas están bien para no perderte cuando llegas a ciudades que no conoces. También las guías de viaje te ayudan a dar con buenos restaurantes o te advierten de costumbres locales, pagos de propinas o zonas inseguras. Llegas al hotel, dejas el equipaje en la habitación, pides un mapa en recepción y te encaminas a esa aventura maravillosa que es siempre descubrir una nueva ciudad. No todo el mundo tiene los mismos recuerdos de las mismas ciudades: dependes de la primera impresión, de las personas con las que viajabas, de si llovía o hacía calor o de si allí encontraste un gran amor. París no es el mismo París para todo el mundo. No importa que los mapas señalen las mismas calles, los mismos museos o los mismos puentes sobre el Sena que hay que cruzar para ver la ciudad con los ojos de quienes la fueron construyendo grandiosa y monumental. Un simple dolor de estómago se lleva por delante toda la belleza de Notre Dame. Por eso los mapas y las guías están bien para orientarnos, pero luego hay que saber lanzarse a la aventura de perderse y descubrirse uno mismo en calles y plazas que a lo mejor no aparecen reseñadas en ninguna parte. Viajar o vivir con el manual siempre a mano nos aleja de los encuentros que realmente valen la pena, aquel mercadillo de Venecia donde no llegaban los japoneses fotografiando cualquier piedra que sobresaliera en una fachada, o el pequeño café escondido en lo más recóndito del East Side neoyorquino, o las calles empinadas de Praga que te alejaban del centro como alejarían a Kafka persiguiendo sus propias misantropías.

También en nuestra vida cotidiana, en esas salidas sin pena ni gloria de nuestras casas, deberíamos dejarnos llevar cada día por la curiosidad de nuestros pasos más aventureros y por las sombras que cambian cada momento el color de las aceras que vamos pisando camino de la rutina diaria. Que no sea Moody's quien empiece trazando nuestro mapa diario con sus calificaciones especulativas y sus juegos de monopoly cada día más vergonzantes. Vamos a dejarnos llevar a ver si así logramos salirnos de los contornos financieros en los que quieren que nos estrellemos para luego comprarnos a precios de saldo. Si les seguimos el juego, nos terminarán arruinando hasta los sueños más grandiosos. No recuerdo quién dijo que lo mejor, cuando viajamos, es perdernos para luego poder reencontrarnos. Ahora mismo, leyendo lo que uno lee cada mañana en los periódicos, no nos queda otra que ir improvisando nuestras propias rutas a ver si entre todos llegamos a algún lugar en el que merezca la pena seguir escribiendo nuestros propios argumentos. Fueron precisamente los Moody's los que trazaron los mapas que seguimos durante años sin saber que nos dirigíamos al abismo. No creo que deban ser ellos los que ahora nos orienten para dar con los caminos de salida.

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Los deseos van variando como la vida misma. Todos repetimos que lo primero que pedimos es salud, pero desde que se nos pasa un resfriado nos centramos en cualquier necesidad inmediata con supuestas trascendencias personales o profesionales. Nos tiramos media vida echando monedas en las fuentes o esperando que aparezcan estrellas fugaces en los cielos de verano. Desear es sano siempre y cuando respetemos las reglas del juego. Hay que saber cambiar esos deseos como se cambian los sueños, con toda naturalidad, y no quedarse lamentando lo que no se ha conseguido o lo que vamos perdiendo.

La vida ofrece cada día nuevas oportunidades para empezar de cero. Nadie nace o se despierta aprendido, ni tampoco llegamos a controlar nunca las claves de esta cotidianeidad a veces tan marrullera y tan enrevesada. Yo paseaba ayer tarde medio despistado por la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria. Venía pensando en mis cosas, mirando hacia delante para no tropezarme con otros paseantes, pero más fuera que dentro de este mundo. Si no llega a ser por la gente que estaba parada en mitad de la calle a lo mejor hubiera pasado largo ante la Estatua de los deseos. Se acercaban sólo los niños. Los mayores mirábamos un poco alejados, como si la posibilidad de cumplir los deseos nos importara una higa o pensando en quién sería el hombre que estaba en medio de aquel cuidado montaje de pintura corporal y toda clase de abalorios a su alrededor. No nos centrábamos en la magia de las posibilidades de quien se asoma a la vida con la mirada limpia. Los niños, que vienen de creer en los Reyes Magos (nosotros, les recuerdo, también creíamos a pies juntillas) sí asumían que echando una moneda verían cumplidos sus pequeños anhelos cotidianos.

La Estatua de los deseos se la pueden encontrar estos días en la calle Triana. No sé lo que durará entre nosotros, pero aviso para que nadie diga luego que va pasando de largo por los lugares donde se convida a los sueños. Vale la pena pararse y recordar cuáles son nuestras ilusiones innegociables. A veces esa voluntad de recordarnos que no somos tan autómatas y tan previsibles nos puede salvar cualquier mañana. Yo soy de los que cree que sí se cumple casi todo lo que uno va deseando. Y que si no se cumple sucede como en el deporte, que por lo menos has podido participar (y disfrutar) un rato con la ilusión de lo posible. Lo importante no es vencer (tampoco convencer) sino pasarlo bien mientras dura el juego, aprender a jugar cada día aunque tengamos el marcador en contra y medio equipo lesionado. Se equivocan los que sólo quieren ganar a toda costa. Aquí no gana absolutamente nadie.

Siempre pierdes algún número que supongo que irá a parar al mismo agujero negro en el que termina la vista atrás de los seres humanos cuando nos asomamos al universo. Pasaba con aquellos teléfonos acorazados de mediados de los años noventa y sigue pasando con los de última tecnología. Una y otra vez te prometen que no perderás un solo contacto, pero desde que te empiezan a llamar los amigos, o desde que requieres un teléfono determinado, te das cuenta de que hay alguno que ya no te aparece por ninguna parte. Preguntas en la tienda donde compraste el aparato y empiezan a liarte como si estuvieras en un interrogatorio policial. Te dejan sin coartada porque no sabes si guardaste el número en la tarjeta SIM, en el teléfono o en ese agujero negro que ellos no se atreven nunca a nombrar y que engulle todo lo que le van echando con una voracidad tremenda. No te queda más remedio que recuperar poco a poco lo perdido y asumir esas evidencias inevitables, aunque esta vez, gracias a la mediación de un amigo, ya he sincronizado mi lista de contactos con mi cuenta de correo electrónico. Digamos que por primera vez la controlo fuera del teléfono. Ya les contaré lo que pase en el próximo cambio, cuando nuevamente el teléfono que uso se quede obsoleto y me terminen mirando raro los que me ven hablando en el aeropuerto o en la cola del supermercado.

Pero lo peor que llevo de esos cambios es el destino de los números de los amigos muertos. No me atrevo a borrarlos, sobre todo los números de aquellos que más quise y echo de menos. Me gusta encontrármelos cuando repaso la agenda como si estuvieran vivos. Esta vez he vuelto a dudar, pero siguen conmigo aunque sepa que en el otro lado nunca voy a encontrar a nadie, o que acabará saliendo un señor que no tendrá nada que ver con ese amigo o esa amiga del alma que tanto añoro. Lo que sucede es que tampoco me he atrevido a marcar esos números. Los llevo conmigo como un talismán, como un último vestigio, como la combinación tras la que me encontraba sus voces festivas y en donde aún resuenan intactas sus risas y sus alegrías. Los visualizo cuando busco en la agenda y quiero mantener la esperanza de que marcando ese número los podría escuchar de nuevo como cuando estaban vivos. Por eso no creo que los borre nunca.

Fueron otros los que lograron que el mundo fuera mucho más habitable. Cada uno aporta algo en su paso por la vida. Desde que mueves una piedra del camino o de la playa ya estás variando el decorado del planeta. Los hay que pasan al olvido sobre la marcha por malvados o aguafiestas. También quedan muchos sátrapas en el recuerdo para que recordemos que no todo el monte es orégano y que en medio de las flores también crece la mala hierba. Eso sí, creo que la buena gente es y ha sido mayoría en la historia de la humanidad. Gracias a esa compensación de los que valen la pena se ha podido ir mejorando cada siglo y cada año que pasa, y esa mejora se ha afianzado descubriendo, viajando y pasando por este tramo ínfimo de la historia de una forma digna. Recibimos un planeta y una evolución que nos legaron nuestros antepasados. En la medida que podamos, deberíamos dejar este mundo mejor que cuando lo encontramos. Todo lo que no sea cumplir con ese objetivo sería un fracaso.
Hace unas semanas coincidí en un avión con el catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, José Manuel Marrero Henríquez. Hablamos de distintos temas, y en medio de esa conversación salió el nombre de Francisco González Díaz. A mí no me sonaba de nada, y sobre la marcha Marrero me recomendó su libro Cultura y Turismo, editado inicialmente en 1910, y reeditado por el Cabildo de Gran Canaria con una enjundiosa y ponderada introducción del propio Marrero Henríquez en 2007. Al día siguiente me fui a la Librería del Cabildo a buscar el libro, y tras su lectura lo único que puedo hacer, en aras de esa intención de reivindicar a aquellos que merecen la pena, es pedirles a todos ustedes que hagan lo mismo. ¿Que qué he encontrado en ese libro? Pues a alguien que hace cien años escribió sobre el paisaje, la defensa de los animales, la lucha canaria, las tartanas, el cuidado del medio ambiente, la educación, la cultura y el turismo con una capacidad de análisis deslumbrante que emociona y activa las neuronas según recorres los primeros renglones del libro. Casi todos esos textos los fue publicando Francisco González Díaz en la prensa de la época, y en ellos podríamos encontrar muchas de las salidas que no hallamos ahora mismo por culpa de esos árboles de la actualidad que nos impiden ver el bosque al que dirigirnos para que esta isla sea un lugar más cuidado y habitable. La grandeza de los clásicos es que siempre son actuales. El autor, que falleció en Teror en 1945 y que fue viajero y por tanto universal, aseguraba que el problema canario era fundamentalmente pedagógico, y en mi opinión lo sigue siendo hoy en día. La cultura y la educación son sus principales reivindicaciones. Si escribiera hoy variaría muy pocos contenidos. No dejen que siga ni un día más en el olvido.

Hoy en día te descuidas y te clonan en cualquier sitio. La oveja Dolly fue sólo una anécdota y Blade Runner una magnífica película. Lo que sucede ahora es que nos quieren a todos replicantes sin derecho a réplica, esclavos sin asideros que nos salven y silentes trabajadores de sol a sol. Lo de la clonación no era una coña. Viene de una noticia que acabo de escuchar en la radio. Por lo visto en el sur de China llevan tiempo trabajando a la sorrúa para clonar la ciudad austríaca de Hallstatt. Los austríacos, al enterarse, se han quedado de una pieza, como nos quedaríamos cualquiera de nosotros si dentro de un rato nos enteráramos que hay gente haciendo copias nuestras en el otro lado del mundo.

Igual ya les basta con coger nuestra foto de Facebook para copiarnos de arriba abajo, aunque supongo que a esas réplicas les quitarán todos los fallos de fábrica del original y las neuras y las manías añadidas con el paso de los años. Siempre me ha gustado fantasear con la presencia del otro cuando escribo. Me marcó mucho en la adolescencia un cuento de Poe titulado Willian Wilson. Incluso participé en un volumen conjunto, Doble o Nada, coordinado por Elisa Rodríguez Court y con un breve prólogo de Vila-Matas, que abordaba esa inquietante presencia de uno mismo convertido en otro diferente. Lo que no podía esperar es que la realidad, una vez más, dejara en ridículo a la ficción. Igual que están clonando ciudades en secreto, también pueden estar haciendo réplicas de cada uno de nosotros. Que qué sentido tendría esa elaboración en serie. Pues está claro: algunos empresarios quieren que todos los humanos, incluidos los que descubrimos hace siglos que hay vida inteligente y provechosa fuera del trabajo, laboremos todo el santo día como chinos. Esos clones seguro que los fabrican para que sólo ambicionen un plato de arroz al día y para que no aprendan nunca quiénes eran Montesquieu o Rousseau Y encima nos dejarán en ridículo y nos los pondrán como ejemplo, igual que nos ponían a los empollones repelentes en el colegio. Menos mal que levantando la mirada del teclado veo a las nubes improvisando formas casi imposibles cada segundo. No pueden ser clonadas porque son eternas y efímeras como deberíamos ser nosotros; pero nosotros, como la oveja Dolly o esa ciudad austríaca, ya no somos sólo nosotros. También están ellos, los que poco a poco olvidarán su nombre y todos los derechos que les asistían.

Hay gente que se queda colgada en la actualidad y que hace lo que sea por seguir teniendo protagonismo en los medios. Resulta patético ver a tanta suripanta y a tanto cantamañanas inventando romances o chismorreos para no perder comba en el circo mediático. Han aprendido a vivir en la mirada de los otros, y ni siquiera se reconocen ya en sus propios espejos: hace tiempo que la única imagen reflejada que admiten es la que aparece en la pantalla o en la página del papel satinado. Yo me los tropiezo a todas horas haciendo zapping. Para mí se han convertido en imágenes mil veces repetidas que aparecen y desaparecen cuando paso los canales buscando algo potable.

Antes había pocos canales y los famosos tenían que ser famosos o contar con algún mérito para salir del bendito anonimato, pero ahora hay tantos canales y tantas horas de emisión que tienen que ir improvisando famosos sobre la marcha para que no se les queden en blanco las pantallas. Pero aun así siguen sobrando caretos supuestamente populares. Te das cuenta que van bajando de categoría, que empiezan en una cadena nacional de mucha audiencia, y que luego salen en canales de poca monta o en programas locales de bajos vuelos hasta que desaparecen. Sólo pueden volver contando alguna barbaridad casi increíble o si lo han perdido todo con el alcohol, las drogas o el juego. Ese circo no hace otra cosa que sacar fieras a escena para que se devoren entre ellas. Siempre aparecerá una nueva rubia de bote, un lenguaraz sin escrúpulos que supere al anterior o un nuevo zángano dispuesto a encerrarse donde sea con tal de no dar un palo al agua. Son grotescos, ya lo sé, pero hemos dejado que se expandan como las plagas que arrasan con todo lo que otros tratan de cultivar con esfuerzo y trabajo diario.

Esos viejos desorientados que ayer sacaban con la cara tapada de la residencia Trinidad tuvieron primeros amores, viajaron por el mundo, criaron hijos, mantuvieron a salvo sueños grandiosos y fueron celebrando cumpleaños hasta que un mal día dejaron de valerse por sí mismos. Esos viejos, si nos acompaña la suerte, si nos respeta la enfermedad, y si no acabamos con el planeta cualquier día de éstos, podríamos ser cualquiera de nosotros. Descorazona pensar en la vida que han podido llevar estos últimos años.

Vi el reportaje que grabó el equipo de Mercedes Milá. Lo que se contaba era espeluznante e inconcebible. Y todo eso estaba sucediendo al lado mismo de las calles que transitamos a diario. Por eso nos dolía más lo que aparecía en la pantalla, porque de alguna manera nos imaginábamos que podríamos ser cualquiera de nosotros. No podemos mirar para otro lado. Una sociedad será siempre injusta si consiente situaciones como las que supuestamente han sucedido en la residencia de Vegueta. Hay que ser capaces de ponernos siempre en el lugar del otro para que la injusticia y el abuso no logren anidar en nuestro entorno. Yo ahora mismo trato de imaginar el despertar diario de cada uno de esos viejos, lo que podrían esperar de la vida y la indefensión en la que se encontraban por sus discapacidades físicas o mentales. Les debemos una respuesta y muchos desagravios. Se merecen toda la felicidad del mundo.

En estos momentos estarán despertando en residencias de paso, en medio de compañeros y de cuidadores que no conocen de nada, como si nosotros mañana amaneciéramos en un país desconocido, lejos de nuestra familia y nuestros amigos, como si a nosotros mañana nos pusieran una tela en la cabeza, nos subieran en una ambulancia y nos condujeran al abismo. Así han estado o están todos ellos. Muchos no pueden articular palabra. Miran con ojos tristes y se preguntan cómo es posible que una sociedad moderna, tecnológica y democrática pueda permitir situaciones tan aterradoras y dramáticas. Esa sociedad somos todos nosotros. Y si queremos dormir con la conciencia tranquila no podemos mirar para otro lado cuando hay tanta gente que nos necesita al lado mismo de nuestras casas o de donde aparcamos nuestros coches. Esa gente es como usted y como yo. O como podemos llegar a ser usted o yo cualquier día de éstos. Cuando les das la espalda también te estás traicionando a ti mismo. O al que serás algún día.

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