los blogs de Canarias7

Archivos Junio 2011

Ahora muchos de tus amigos te los sugiere la máquina. Se entiende que ella va tomando nota de tus rutinas y de tus aficiones y que, siguiendo complicados programas informáticos, te dice quién te conviene o con quién estaría bien que te relacionaras. Y si no es así, lo que hace, por lo menos en Facebook, es comprobar las coincidencias y recordarte que fulano o mengano tienen treinta o cuarenta amigos comunes. Y lo mismo que hace contigo lo hace con el supuesto coincidente, y así cualquiera de los dos termina cediendo y sumando nuevos desconocidos en esta virtualidad amistosa que nos enreda.

Muchos de esos amigos ni siquiera existen. Te creas un perfil falso, te inventas cuatro datos biográficos y pones cualquier foto, qué sé yo, una montaña nevada o una luna llena, y ya te conviertes en un amigo de tus otros supuestos amigos. Muchas veces no sabes con quién estás compartiendo confidencias, pero como cada vez salimos menos a la calle supongo que tendremos que ir asumiendo esos riesgos: hoy en día no conoces el tono de voz de la mayoría de la gente con la que te relacionas a diario. Y lo bueno de eso es que todos somos perfectos y que si te falla alguien lo borras y santas pascuas, todo muy aséptico y muy fácil, sin zozobras o temores de reencuentro que te fastidien una tarde. Incluso, si se pasa, te insulta o te viene con rollos raros, lo denuncias al sistema y lo pulverizan en un visto y no visto, desapareciendo de este mundo virtual y silencioso que habitamos cada vez más tiempo.

A la máquina no se le escapa nada. Ya no te olvidas de los cumpleaños y no te tienes que estar gastando un pastón en flores para conquistar al supuesto amor de tu vida: ahora las mandas virtualmente, lo mismo que las sonrisas, los abrazos y esos toques que te dan de vez cuando y que yo, que soy muy aprensivo, no contesto nunca por miedo a que me den calambre. Igual la propia máquina elimina este texto cuando reconozca que estoy cuestionando sus procedimientos, o me borra a mí y nos dejamos de ver usted y yo para siempre, o me deja sin amigos escribiendo en el vacío de la virtualidad, condenado eternamente como aquel Sísifo que subía la pesada piedra a la montaña. Si la máquina quiere te aparta inmediatamente del mundo. Igual no tenía que haber escrito esa última frase. Uno empieza dando pistas y cuando se quiere dar cuenta termina prisionero de sus propias ocurrencias. Alguien dijo una vez que en el mundo que venía las máquinas nos terminarían controlando. Hoy se va la luz y al poco rato te quedas sin amigos. Lo tienen a huevo.

La arena de la playa acaricia nuestros pasos y nos deja escribir nuestro nombre sobre la piel del planeta antes de que la marea lo borre y nos devuelva otra vez al olvido. A veces también logramos trazar dibujos prodigiosos que luego se diluyen poco a poco como los sueños que vamos postergando. Pero quien resiste y logra mantener sus formas es la roca. Para sobrevivir sabe que es necesario aguantar estoicamente el embate de las olas más violentas y la llegada de las mareas altas que la sumergen un par de veces cada día. En cientos de años ha visto variar sus formas y quebrar sus perfiles más salientes, ha acogido a cangrejos que terminan imitando sus colores para cobijarse entre sus huecos y sus charcos y ha observado a hombres y mujeres paseando por la orilla como si fueran eternos. Amanece el día con marea baja y la roca enseña al mundo la luminosidad de los primeros rayos del sol, emerge encendida, solitaria entre las aguas que siguen empeñadas en horadar la costa y en derrumbar sus contornos. Me vale su ejemplo tenaz para encarar el día que tengo por delante: subirán y bajarán mareas, tendré que perder algo de mí para poder mantenerme a flote (todo lo que se lleva cada día el tiempo) y trataré de emerger todas las veces que haga falta cuando las aguas de la mezquindad traten de hundirme. Al final de la tarde regresaré a la roca para celebrar juntos su triunfo diario.

No valió cruzar los dedos, pero sí quedó demostrado que se puede apostar por grandes retos en Las Palmas de Gran Canaria. Hay que generar ilusiones y aprovechar esta ola para nuevos sueños. Felicito a San Sebastián, una de las ciudades más bellas que conozco, con una oferta cultural y gastronómica de muchísimo nivel. No valen comparaciones porque Las Palmas de Gran Canaria y la capital donostiarra son muy distintas, cada una con un carácter muy reconocible, pero antagónicas en sus enfoques culturales y sobre todo en el mestizaje y en la propia relación que mantienen con el mar y esas circunstancias costeras que creo que influyen tanto como las que defendía Ortega y Gasset. El jurado ha optado por Donostia, y no creo que sea bueno estar con disquisiciones, valoraciones políticas y demás historias. Nosotros lo que tenemos que hacer es demostrar que la cultura no era flor de un día ni papel mojado para revestir un proyecto. Queda mucho por hacer, pero nos equivocaríamos si nos quedamos lamentando fracasos que no dependían enteramente de nuestro esfuerzo. Esta es una sociedad joven, activa y deseosa de propuestas que ilusionen. Si logramos encauzar toda esa energía nos esperan años memorables. Como dije en la entrada anterior, la creación seguirá apareciendo por todas partes. Ahora somos nosotros los que tenemos que ir a su encuentro.

Hoy se sabrá si finalmente seremos capitalinos culturales europeos o si nos seguiremos quedando en capitalinos a secas. Pase lo que pase ya es una gran noticia que se hable de Cultura en Canarias. Esa eterna olvidada existe a pesar de los ninguneos políticos y del desprecio institucional. Hay pintores, escultores, escritores, cineastas y músicos que no paran de trabajar y de crear cada día. Siempre ha sido así, y lo seguirá siendo llegue o no llegue la capitalidad para 2016. Hay razones de sobra que justificarían la elección de Las Palmas de Gran Canaria. ¿Que qué razones? Benito Pérez Galdós, por ejemplo. Una ciudad que vio nacer a un autor como Galdós se merece de sobra ese reconocimiento, y si sale adelante me alegraría porque, por fin, se podría reivindicar su figura, tal como hace Lisboa con Fernando Pessoa, Praga con Kafka o Dublín con James Joyce. Desde que llegas a esas ciudades te encuentras por todas partes referencias a sus escritores universales, mientras que aquí en Las Palmas, a pesar del esfuerzo de los últimos años, casi seguimos escondiendo mezquinamente a Galdós. Pero esta ciudad también es la de Manuel Millares y la de Alfredo Kraus, la que mira desde el océano hacia África y América, la cosmopolita, la multirracial, una ciudad siglo veintiuno que ha sabido siempre entremezclar las culturas de todos los que fueron viniendo. Los nombres que he citado son un ejemplo de esa integración que acaba enriqueciendo la mirada de quien acoge: la familia de Galdós llegó del País Vasco con vinculaciones cubanas, la de Kraus encuentra sus ancestros en Austria y por la de Millares corre la sangre irlandesa.
Canarias, y sobre todo Las Palmas de Gran Canaria, ha sabido integrar todas esas culturas que fueron llegando, y lo seguirá haciendo suceda lo que suceda esta tarde en Madrid. La diferencia podría ser el escaparate y la visibilidad que supondría esa capitalidad, tanto para reivindicar a los creadores que nos precedieron como para abrir caminos a los que crean ahora mismo. Y también habría una importancia económica en unos tiempos en los que cualquier oportunidad para el despegue se debería celebrar bailando la Rama. Pero si no sale adelante el proyecto, deberíamos aprovechar el acercamiento político a la cultura para que esta no se quede solo como un brindis al sol o como la crónica de un fracaso que se pierda inmediatamente por el escotillón del olvido. Se seguirá creando pase lo que pase, y seguirán estando Galdós, Manuel Millares o Alfredo Kraus. Crucemos los dedos.

Nada es realmente increíble. Para mí la realidad y la ficción forman parte del mismo escenario. Hay ficciones que parecen más reales que la vida misma, y vidas desbordantes y sorprendentes que no cabrían ni en la imaginación más alocada. Nosotros también nos movemos entre ambas dimensiones, y hay mañanas en las que amanecemos como personajes de novela y otras en las que, a fuerza de volvernos rutinarios, somos más aburridos que un parte meteorológico. Aspiramos a vivir como héroes literarios, pero muchas veces el día a día nos empuja a sobrevivir pagando las hipotecas o regresando a casa en medio de un atasco que descorazona. Cuando realmente somos esos héroes no nos damos cuenta. La gente que es feliz vive sin pensar en su suerte y sin recurrir a la ficción porque no hay nada que supere esa felicidad que nos sorprende cualquier mañana. Son los perdedores, que también somos todos de vez en cuando, los que escriben, los que cantan y los que echan de menos una existencia en la que no exista ni el dolor ni el hastío. Por eso inventamos el Edén; para tener una utopía en la que cobijarnos.
Pero esa realidad de la que les vengo hablando se presenta algunas mañanas con noticias que te sorprenden y que te dejan atónito. El otro día me contaron lo del síndrome del acento extranjero. Por lo visto te puedes despertar cualquier mañana hablando con acento coreano o ruso. Ha pasado en varios lugares del mundo y tiene que ver con un problema cerebral. En el norte de Inglaterra una señora inglesa se despertó pronunciando como una francesa de paso por el Reino Unido, y en Alemania hubo una chica que amaneció hablando con acento chino. Les aseguro que no estoy de coña, y si no vayan a Internet y comprueben que lo que escribo es tan cierto como las noticias del índice Nikkei o del Dow Jones. También hubo otra mujer que tras salir del dentista se vio convertida en una extranjera que hablaba su propio idioma con un acento desconocido. Por eso les tengo tanto miedo a los dentistas. A los españoles nos vendría de maravilla ese síndrome porque por fin podríamos hablar inglés con el acento de las películas; pero no deja de ser una puñeta ese cambalache cerebral que te puede sacar de la cama cualquier mañana convertido en un extranjero de ti mismo. Ya bastante tenemos con todos los eufemismos que debemos utilizar para no quedarnos sin amigos. Por eso, sin que nos veamos afectados por ese síndrome, mucho de lo que decimos y de lo que nos cuentan, sobre todo los políticos, nos suena cada vez más a chino. Nuestra realidad ya sólo se entiende si nos acercamos a ella como si fuera una ficción. No traten de explicarla con coherencia porque, si lo hacen, lo más probable es que acaben escuchándose en swajili o en un acento todavía más indescifrable.

No me creo eso de que no haya nada sobre lo que escribir. Basta con levantar la mirada del teclado o con mirarse hacia dentro para dar con un argumento. La inspiración es un milagro que no depende nunca de uno. De nosotros depende el trabajo, la constancia y la insistencia de seguir juntando palabras que nos ayuden a entender un poco mejor el mundo. No vale quedarse con la mirada perdida pensando en las musarañas, lo mismo que no vale pararse a pensar por qué respiramos. Se escribe y se respira con naturalidad, lanzándose al vacío cuando hay que lanzarse y confiando en todo momento en la aparición del oxígeno o de la palabra. Esos pájaros que celebran el amanecer en el balcón de mi casa no han ensayado mentalmente sus cantos. Presienten el sol y se dejan llevar por la alegría de haber sobrevivido una vez más al arcano diario de la noche. Tampoco ese sol que ya despunta, como escribía el poeta William Blake, se detiene a pensar nunca por qué brilla. Si dudara se nos apagaría el planeta y dejaríamos de renacer en los amaneceres, como mismo se apaga nuestra existencia si no intentamos ser nosotros mismos en medio del caos que nos rodea. Si dudamos o nos quedamos esperando a que alguien aliente nuestros pasos lo más probable es que nos quedemos sin escribir nuestra propia biografía. Y además siempre tendremos tiempo de corregir. Da lo mismo el fracaso o el éxito del día anterior. Cada mañana te enfrentas a una hoja o a una pantalla en blanco. Sólo tienes que empezar a poner una palabra detrás de otra para convocar a la suerte. Y donde digo palabras puedes colocar cualquiera de tus pasos. Nos vemos en el camino.

Todos interpretamos nuestro propio personaje. No hace falta que subamos a un escenario o que nos esté enfocando una cámara. Ni siquiera queriendo ser coherentes todo el rato, logramos unificar las miradas. Unos te verán nervioso y otros calculador e inmutable, los habrá que te recuerden como alguien aventurero y osado y también quien hable de ti como la persona más timorata que conocen. Incluso hay momentos en los que uno se ve superado por su propio personaje y termina actuando como espera el otro para no tener que dar explicaciones. Ya sé que no es lo más recomendable, pero no siempre se pueden elegir los papeles. A veces sí es verdad que nos tocan las letras rutilantes en el reparto: cualquiera que se enamore, por ejemplo, verá su dicha anunciada en todas partes con las luces de neón más grandes y luminosas.
Todas estas elucubraciones han surgido con la muerte de Colombo. Si hubiera visto el titular de un obituario con el nombre de Peter Falk, lo más probable es que no me hubiera detenido. Habría pensado en un jugador de la NBA, en un héroe de la Segunda Guerra Mundial o en un miembro destacado de la CIA. Para pararme, conmoverme y recordar tuve que leer Colombo, y sobre la marcha regresé a las tardes de mi infancia, a la tele en blanco y negro, a una gabardina ajada que uno soñaba vestir alguna vez, y a la sagacidad de alguien que creo que me ayudó a razonar mucho mejor que los profesores de matemáticas.
Colombo era uno de los grandes mitos de mi infancia, un tipo al que no me costaba nada imaginar por las cuestas empinadas de mi pueblo; y no costaba imaginarlo porque lo íbamos imitando cualquiera de los amigos de entonces, un día a Colombo, otro a Starsky (el de las Adidas Achille) o a Hutch y otro día a cualquiera de Los hombres de Harrelson. La tele no era ese aparato que ahora nos paraliza durante horas y nos vuelve apáticos y sedentarios. En aquellos años sólo era un anticipo de lo que inmediatamente íbamos a interpretar en la calle. Todavía éramos mucho más soñadores que tecnológicos. Hoy Colombo hubiera sido una serie más, una historia de un señor con gabardina llamado Peter Falk. En cambio para nosotros siempre será parte de nuestra propia vida, un personaje que ahora se confunde con nuestro recuerdo. Todos fuimos Colombo alguna vez. No tienes más que cerrar los ojos y recordarte.

Cada vez que despiertas estás inaugurando el mundo. Vienes de muy lejos porque en el momento en que cierras los ojos importa poco lo que suceda en el planeta. Da lo mismo que se esté viniendo abajo la bolsa de Tokio, que se declaren guerras o que se pacten armisticios. Mientras duermes sólo importa tu propio sueño. Eres otro sin dejar de ser el mismo y habitas dimensiones desconocidas navegando por tu propio cerebro. Hay sueños premonitorios y sueños que te interpretan, y pesadillas, y secuencias intensas en las que llegas a resucitar a todos tus muertos. Luego abres los ojos y tratas de recordar el mundo que vives, esa sucesión de vivencias y azares que te cambian el guión en un visto y no visto. El tiempo pasa también en nuestros sueños, y envejecemos acumulando esos argumentos que luego olvidamos sobre la marcha o que ni siquiera recordamos haber protagonizado. Te levantas de la cama, te lavas la cara mientras comienzas a reconocerte en el espejo, te tomas un té o un café que te despabile, y te asomas a la crónica del mundo que te cuentan los periódicos digitales. Aquel que fuiste pasará otra vez al olvido hasta que llegue la noche y vuelvas a convertirte en ese otro que te salva cada día de la rutina. Y da lo mismo que ese día sea festivo o laborable. El otro siempre seguirá escribiendo tu propia historia. Y tengo la impresión de que en esa narración sí terminaremos siendo eternos.

Hoy es un día de hogueras metafóricas, de quemar todo aquello que nos sobra y nos impide seguir adelante. Realmente deberíamos ser capaces de reinventarnos cada día, pero vivimos acumulando lastres y pensando que somos eternos y que tenemos toda la vida para liberar a ese ángel con grandes alas de cadenas que cantara Blas de Otero. Está bien que nos recuerden, entre el fuego atávico que inaugura el verano, que de las cenizas renacen muchas veces los más bellos sueños.

Ya no se salvan de ser vigilados ni los indios más remotos del Amazonas. Me levanto de la cama, me preparo un té y según enciendo el mundo a través del IPad me encuentro en la portada del periódico digital que acaban de descubrir a unos indios que vivían aislados, sin saber nada de Obama ni de Cristiano Ronaldo, en medio de la selva. Los retrataron desde uno de esos satélites que dan vueltas a la Tierra tirando fotos como los japoneses cuando están delante de la torre Eyffel o del Taj Mahal. Si nos cogen a usted o a mí en medio de coches, edificios y océanos contaminados no creo ni que guarden la foto: somos más de lo mismo, uniformes seres humanos de los que sólo se espera que cumplan con el pago de sus hipotecas o que se tiren media vida mirando a la televisión. Está claro que lo que vale es la fachada, lo que atina a ver ese satélite que siempre tiene un nombre complicado, como de película de ciencia ficción. Si captaran nuestro espíritu descubrirían indios a mansalva cada día, seres desorientados que no entienden nada de lo que sucede a su alrededor, atónitos espectadores de una burda comedia diaria con políticos cada vez más esperpénticos tratando de dirigir una película de esas que no tienen ni pies ni cabeza.

Lo mejor que podían hacer con esos indios que acaban de encontrar es dejarlos como están, alejados del ruido y de las opas hostiles, de los bancos y de los tertulianos, y de tantos cantamañanas que irán a venderles gorras con el escudo de Los Ángeles Lakers. Me imagino que los americanos querrán hacerles sobra la marcha una película y que los pasearán por las teles de medio mundo como antes llevaban a los recién conquistados a las cortes europeas para mostrarlos como seres exóticos, medio desnudos y con la mirada tan limpia que no eran capaces de ver la podredumbre a la que les estaban convidando. No digo que apaguemos los satélites porque eso sería como pedir que no volviéramos a encender nunca más la televisión, pero sí pediría que apuntaran para otra parte y que dejaran a estos indios recién descubiertos que siguieran evolucionando a su manera. Ya sabemos que nosotros sólo hemos llegado al caos y al sinsentido, y que estamos muy cerca de volver para atrás y convertirnos otra vez en esclavos del trabajo y la codicia. Necesitamos saber que en la raza humana hay seres que aún pueden evolucionar de otra manera. A lo mejor es en esos pequeños pueblos perdidos donde podremos retomar algún día la esencia que nos salve, el respeto a la naturaleza o el verdadero valor de la vida y de sus cosas. Uno quisiera creer que eso puede ser posible, pero ya sabemos hace mucho tiempo que donde apuntan los satélites saltan inmediatamente por los aires todos los romanticismos.

Hay mucha gente que coloca ramos de flores todas las semanas junto a las vallas de las carreteras en las que perdieron a sus seres queridos. Cuando pasas junto a esas flores se te encoge el corazón y recuerdas lo efímera y frágil que es la existencia. Todos recordamos sobre la marcha a alguien cercano que dejó su vida en el asfalto. No hace falta que llevemos flores para tenerlo presente. Pero quienes llevan esas flores no quieren que su ser querido desaparezca para siempre. Se niegan a que ese lugar en el que perdió la vida su familiar o su amigo no cuente con un detalle floral que les honre. No admitirían que fuera otro lugar cualquiera, un kilómetro más de la carretera, una continuación de vallas, hitos y rayas blancas que se pierden en el horizonte. Llevan flores para mantenerlos vivos en su memoria y para que los demás recordemos su ausencia, que al final es también la ausencia de todos los que perdieron la vida en la carretera. No quiero juzgar esa ofrenda contumaz. Creo que cada cual tiene el derecho de honrar a sus muertos como le pida su propio corazón.

En la isla hay un lugar que de alguna manera ha vivido una especie milagro. Una amiga que pasa desde hace años por la playa de La Laja me contó hace tiempo que siempre encontraba un ramo de flores junto a la misma valla, semana a semana, mes a mes, y que además eran flores alegres, luminosas, que invitaban a la alegría de vivir. Esa misma amiga me llamó esta semana para decirme que justo en ese mismo punto kilométrico en el que depositan cada semana las flores habían terminado colocando el Tritón del escultor Manuel González. Sigue habiendo flores junto a la valla metálica, pero ahora también hay una imagen hermosa e impresionante que embellece el lugar y que hace que renazca la vida a través del arte y de la emoción que sentimos al contemplar lo bello. A mí particularmente me gusta mucho la composición escultórica del Tritón, y después de lo que me ha contado esta amiga su presencia me resulta aún más mágica e impresionante. Parece como si la persona que lleva colocando flores cada día en ese mismo lugar hubiera visto recompensada su lealtad con la instalación de un monumento que de alguna manera sacraliza el entorno. Ya nadie atravesará esa zona de la carretera mirando solo hacia un horizonte de asfalto y rayas continuas. No tiene que ver una cosa con la otra, pero me apetece relacionar ese encuentro de emociones que ha tenido lugar justo a la entrada de Las Palmas de Gran Canaria. Alguien que crea y que aspira a embellecer la vida con lo que hace y alguien que añora una existencia perdida confluyen en un mismo punto kilométrico. Seguro que no se conocen, pero entre ambos han conseguido que ese espacio sea para siempre un lugar mágico por el que nunca más pasaremos de largo.

La climatología de las Medianías de Gran Canaria parece que quiere parecerse a los tiempos que vivimos. Ayer tuvimos un día en Santa Brígida en el que no te costaba nada situarte en Londres o en Dublín. Había neblina y todo era tan gris que parecía que la melancolía se había adueñado del mundo. Pero la primavera, que por suerte es incoherente y te sorprende lo mismo con un enamoramiento que con un solajero, se ha presentado hoy con un día luminoso, cercano al bochorno, que anticipa el verano que está a la vuelta de la esquina.
Nosotros también nos parecemos a la climatología, sobre todo en primavera, que es cuando nuestros estados de ánimo suben y bajan como esas bolsas que trastornan nuestra economía en un visto y no visto. Vamos a tener que pensar que el Dow Jones o el índice Nikkei también se ven afectados por las estaciones, aunque mucho me temo que en lo económico queda poco espacio para el romanticismo y sí mucho para los especuladores y los mercachifles sin escrúpulos que nos tienen todo el santo día con el alma en vilo. Lo bueno es que hoy es domingo y que por tanto cierran las bolsas y quedan maniatados los especuladores. Tratemos de compensar tanto desastre aprovechando cada segundo de sol y de alegría.
Esta tarde volverán a salir miles de personas a las calles reivindicando cambios en una sociedad que no puede seguir como va si pretende arribar a algún puerto más o menos seguro. No se puede dejar que nuestro futuro esté sólo en manos de los especuladores y que los políticos no tengan en cuenta las demandas ciudadanas. Hay que apostar por una sociedad más justa que recupere los principios de la revolución francesa. La libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo no se pueden quedar sólo en ditirámbicas declaraciones institucionales. La gran mayoría de los que están saliendo a la calle son ciudadanos pacíficos que apuestan por un futuro mejor y por un planeta más justo. Aprovechan la luminosidad del domingo y el descanso de los especuladores para recordarnos que en esta vida lo importante es acercarnos todo lo que nos sea posible a la felicidad, y que ésta sólo se consigue si se ofrecen oportunidades reales para que todos podamos llegar a fin de mes. Gracias a las utopías de quienes nos antecedieron pudimos ir haciendo un poco más habitable este planeta. Esa revolución francesa de la que les hablo también parecía un sueño imposible hace un par de siglos. Aún estamos lejos de consolidarla, pero cruzados de brazos sólo vamos a permitir que los que no tienen ninguna intención de mejorar nuestra vida sigan campando a sus anchas. Creo que cada cual, saliendo a la calle o yendo por libre en su actuación diaria, tiene el deber vital de luchar por un mundo mejor.

Nos queda mucho por hacer. Una sociedad no puede llamarse civilizada hasta que no aprende a convivir con los animales que le rodean y a respetar la naturaleza que estaba mucho antes de que nacieran las ciudades que habitamos. Escribo esto después de leer en la edición digital de Canarias 7 que un hombre, alguien como usted y como yo, acaba de ser imputado en Agaete por haber dejado morir de hambre a dos perros y por no impedir que un tercero estuviera en un estado de inanición casi mortal. La asepsia propia de una noticia de agencia no entra en muchos detalles, pero nos bastan los datos objetivos para conmovernos y para preguntarnos si realmente habitamos un espacio civilizado. El detenido se irá de rositas con una multa que igual ni paga. Nadie rendirá cuentas por la agonía de dos perros que acabaron devorándose para intentar sobrevivir.

Ese suceso ha ocurrido muy cerca de donde vivimos. Igual cualquiera de ustedes estuvo hace pocos días comiéndose un caldo de pescado en Agaete o zarpó en el barco de Fred Olsen. Nunca sabemos los infiernos que acontecen al lado mismo de donde transitamos. Pero en este caso sí podemos ponernos en el lugar de los perros muertos y del que ha sobrevivido con esa mirada perdida y atormentada que se les queda a los animales cuando son traicionados por los que supuestamente más les querían. Son muchos los perros que encuentras amarrados de sol a sol o encerrados en gallanías cuando te adentras por los campos de la isla. Nos queda mucho por aprender. Y también algunas leyes que modificar para que los maltratadores se lo piensen dos veces antes de hacer sufrir a quienes no tienen ninguna posibilidad de defenderse. Esos perros muertos me han entristecido el fin de semana. Un lugar que permite el maltrato a los animales aún no ha dejado atrás la barbarie ni la sinrazón. Quien no se conmueve ante el sufrimiento de un perro tampoco se conmoverá ante el sufrimiento de un ser humano.

Hace miles de años los humanos empezaron a escribir en tablas de arcilla en la zona de Mesopotamia. Los sumerios trataron entonces de dejar testimonio escrito de su paso por el mundo trazando los primeros símbolos. De alguna manera sabían que quienes no se escriben o se cuentan están condenados a desaparecer para siempre. Nosotros seguimos contándonos para intentar vencer al olvido, pero nuestras letras se pierden en el fondo etéreo de las pantallas y luego acaban mezcladas en los buscadores con otras miles de letras que no tienen que ver con las nuestras.

A veces tienes la sensación de que sigues escribiendo en la orilla de la playa, como cuando de niños intentábamos que los cuatro trazos que nos inventábamos no acabaran desapareciendo con la subida de la marea. Ahora que está a punto de amanecer habrá muchos jefes de prensa y muchos políticos buscando la manera de decir algo que llame la atención para no perder el protagonismo diario. Todos los días te despiertas leyendo declaraciones cada vez más agresivas. Los gregarios son los que tratan de ocupar todas las portadas o los que no paran hasta conseguir el texto más retwiteado o la astracanada más repetida. No era ese el camino que emprendieron los sumerios cuando empezaron a contarse. Hemos dejado que las palabras estén en manos de tipos enfermos de egolatría y con unas ansias de poder tan insaciables que no han comprendido que el único fin de lo escrito es retardar el olvido, o por lo menos intentar engañarlo un poco desde la emoción, el sosiego, el humor o la inteligencia. Sus palabras y las nuestras acabarán borradas por la misma marea con el paso del tiempo, pero mientras tanto apenas nos dejan unos metros en la orilla para que podamos contarnos sin fanatismos y sin estridencias.

La sensación que uno tiene al estrenar un blog es semejante a la que percibes cuando publicas un libro. No escribes para ti, ni tienes tiempo de guardar los textos en un cajón para repasarlos y repensarlos más adelante. Desde que publicas algo, lo que escribes lo compartes con otros lectores que hacen suyas esas palabras y las interpretan a su modo y manera. Por eso los blogs se han incorporado de una forma tan natural a nuestra necesidad de análisis o de ficción diaria. Yo desde hoy me sumo a este proyecto de Canarias 7 esperanzado y con muchas páginas en blanco por delante que deseo escribir con la actualidad diaria, con mis estados de ánimo y con todo lo que me vaya encontrando cerca de las emociones. Lo titulo Ciclotimias porque uno no sabe con qué humor ni con qué mirada se va a levantar cada mañana. Trataré de actualizarlo regularmente y de compartir con ustedes muchas de mis filias y de mis fobias.

Un blog no es un diario personal porque los diarios personales se guardan siempre bajo llave. Lo digital forma parte de la literatura que viene y que ya está complementando al papel. No se concebiría un blog en papel, no tendría la inmediatez ni las posibilidades de difusión de estas nuevas herramientas que nos conectan a los unos con los otros. Además, como mismo sucede con la literatura y con el periodismo, nunca se podría concebir sin la mirada de un lector cómplice que le diera sentido a las palabras. Sean todos bienvenidos.

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