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Escuchaba a través de los auriculares "L' amour est un oiseau rebelle", compuesta por Bizet para la ópera Carmen, interpretada por Maria Callas. Caminaba por la calle, despistado como casi siempre, dejándose llevar por la música y por sus pasos, cuando escuchó a un violinista que tocaba exactamente lo mismo que él estaba escuchando. Detuvo sus pasos y comprobó que la sincronización era perfecta. El violín se confundía con la voz de Maria Callas. Fue a depositar una moneda en la funda del violín que el músico callejero había dejado delante de donde estaba tocando. No había más paseantes en aquella calle, extrañamente vacía a esa hora de la tarde. Siguió su camino escuchando el aria. Cuando acabó la Habanera se dio la vuelta y vio que no había nadie, y que no estaban ni su moneda ni la funda del violín. Solo había un pájaro donde mismo estaba el violinista, un pájaro rebelde, como aquel amor que contó Bizet en el siglo diecinueve.

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Los insultos fueron dejando heridas en su cuerpo, un corazón golpeado que no dejaba de palpitar miedoso, unos músculos entumecidos por la impotencia, un hígado que se encogía de otra manera o unas piernas que temblaban por dentro. No solo fueron los golpes que llenaban de moretones su cara y sus brazos. Aquellas otras heridas eran las que realmente la habían matado mucho antes de que él, una vez más, la empujara con saña contra la puerta.

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Llevaba toda la mañana buscando una palabra que repetía desde niño y que ahora no llegaba a su mente. Le pasaba muchas veces. Desde muy joven se aturullaba durante horas tratando de reconocer una palabra olvidada que, sin embargo, sí aparecía con su significado y con su contexto. Algunas veces se decía que daba lo mismo ese olvido, pero luego se empecinaba en su búsqueda hasta bloquearse. La palabra que ese día no llegaba a su mente era contraseña. Una vez la recordó se despidió de todos y cambió de vida y de continente. Ahora habla y busca palabras en otro idioma, y sabe que un día le puede suceder algo parecido, pero mientras tanto entra y sale de sí mismo sin problemas. Sabe que está a salvo hasta que olvide su nombre, el que tuvo que inventarse antes de olvidarse de su propia contraseña.

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Cuando alguien cercano muere, morimos también un poco los que nos vamos enterando de esa partida. Ya Antonio había superado varias situaciones complicadas en el pasado, pero hace unos días alguien muy cercano a los dos ya me avisó de que esta vez la parca venía sin dejar ningún resquicio.
Magnífico escritor, sagaz e inteligente conversador, activista cultural, y observador del mundo que luego escribía en sus novelas. Antonio era un hombre bueno, una sonrisa siempre que te lo encontrabas por Triana o por Arinaga, alguien que te hacía sentir como en casa desde el primer momento, desde la primera vez en que alguien nos presentó o nos presentamos, no lo recuerdo; pero sí sé, de eso estoy seguro, que ese primer encuentro entre el joven escritor que empezaba y el escritor que ya tenía novelas en editoriales nacionales tuvo lugar con la naturalidad de todos los encuentros posteriores.
Cada día me gustan menos los obituarios, porque a medida que cumples años vas despidiendo a más gente, y nunca me han gustado las despedidas. Pero sí quería dejar estas líneas para agradecerle a Antonio Lozano su presencia, su saber estar, y toda la literatura que nos dejó para que siguiéramos aprendiendo a vivir un poco más cerca de nuestros sentimientos y de nuestra inteligencia.

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Trabajaba como acomodador en el cine. Ahora se sienta en el parque y cuenta los pájaros que vienen a beber en la fuente. Todavía es joven, pero no ha vuelto a buscar trabajo. Hicieron desaparecer todos los puestos de acomodadores en la ciudad. A sus otros ex compañeros parece como si se los hubiera tragado la tierra. Él sabe que no fue por la crisis ni por los cambios de hábitos de los que iban al cine. Los acomodadores se empezaron a dar cuenta de que al final de las películas nunca estaban los mismos espectadores que al principio. Nadie preguntaba nunca por los desaparecidos, pero ellos sabían que estaban cambiando a los humanos por aquellos seres que salían de las películas como si llevaran toda la vida caminando por las calles. Cada vez son más, y desde que no están los acomodadores han ido conquistando poco a poco el planeta. A lo mejor tú también eres uno de ellos y no lo recuerdas.

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Se encontró un cafetal en su mesa de trabajo. Había dejado una taza de café a medio terminar el último viernes, y durante el fin de semana su mesa se había llenado de árboles por todas partes. Encaramado a uno de ellos había un cantante de boleros del tamaño de su dedo pulgar.Tocaba una guitarra que parecía un timple y le gritaba para que cogiera unas maracas que había entre las hojas secas. Él no había tocado nunca unas maracas. Era contable, pero de repente se vio en medio de su oficina cantando las canciones que no sabía que habían bailado sus padres cuando fueron novios y él aún no estaba en ninguna parte.

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Pasaba varias veces cada día debajo de aquella ventana. A cualquier hora escuchaba diálogos o melodías de las grandes películas en blanco y negro. Es cierto que la pintura de la fachada estaba cada día más desconchada y que nunca vi entrar o salir a nadie. No había vecinos. Me gusta esa zona porque puedo soltar a mi perro y dejar que corra sin problemas. Nunca había una luz encendida. De noche solo veías el reflejo de las imágenes a través de los cristales casi opacos de tanto polvo que habían ido acumulando. Hoy estaban tirando la casa abajo. Pregunté por los que vivían en ella y me contestaron que llevaba más de veinte años deshabitada. No quise decir nada de las películas que yo llevaba escuchando desde hacía meses. El perro entendió mi silencio. Quizá algún día, cuando ya no quede nadie, solo perdure el sonido y la imagen de todas las películas que nos fuimos inventando. A última hora de la tarde me contaron en la plaza que acababan de ver pasar a un viejo que era clavado a Charles Boyer. Cargaba dos grandes bolsas. Ellos decían que en ellas llevaba lo poco que tenía. Yo estaba seguro de que en esas bolsas solo había sueños de celuloide y que buscaba otra casa para seguir engañando a su propia vida. Espero que tenga suerte y que pueda seguir viviendo en las películas.

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Encontró un peine en su mesa de trabajo. Él no se peinaba desde que había salido del colegio. Se duchaba cada mañana y dejaba que sus rizos se asentaran con toda naturalidad. Si acaso se ponía un poco de gomina si tenía algún compromiso protocolario. Nunca había observado un peine con tanto detenimiento. Tampoco el peine había mirado de frente a un humano tanto tiempo. Ninguno de los dos se movía. Las cerdas del peine parecía que se le iban a tirar a la cara en cualquier momento. Lo vinieron a buscar para llevárselo porque decía que le tenía miedo a los felinos con muchas garras. Su compañero no le contó a nadie que se había tratado de una broma. Nunca pensó que aquel hombre que parecía tan equilibrado se viniera abajo con un objeto tan sencillo y tan cotidiano como un peine de los que a veces se colocan junto al lavabo. Era atigrado, amarillo y negro, y es verdad que parecía un felino si lo mirabas mucho rato sin cerrar los ojos ni un solo momento.

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Seguían enviando correos electrónicos en un idioma que no conocía. Había comprado aquellos billetes en una compañía que hacía el trayecto entre dos ciudades del norte de Europa. Fue hace seis años. Desde entonces, día tras día, recibe esos correos con el precio de los billetes y el itinerario. No lo sabe, pero realmente se quedó viajando eternamente entre aquellas dos ciudades que estaban separadas por un paisaje nevado. Él cree que está en este lado, pero sigue mirando la nieve como si viajara a través del tiempo.

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El entendimiento de la realidad se parece cada vez menos a los autodefinidos. Aquí no importan las palabras, no las quieren entender y no dejan que ayuden a dar con las respuestas que tanto buscamos. La realidad está funcionando justo al revés que el entretenimiento de marras: cuanto más se habla y se escribe más se complican los asuntos. Uno querría que el mundo fuera tan perfecto como esos autodefinidos que se van rellenando hasta dar con todas las respuestas, y que además se pudiera llegar a unas respuestas tirando de las iniciales de las otras. Aquí estamos dejando muchas casillas en blanco o acudiendo cada dos por tres a las páginas de las soluciones para intentar no hacer el ridículo. No hay manera de dar con las palabras necesarias para que todo parezca más habitable. Desde que sales de la cama te encuentras decenas de noticias empeñadas en desmoralizar a la mañana.

Lo bueno de los autodefinidos era que siempre te aparecía la foto de alguien relevante que te ayudaba a rellenar muchas de las casillas o a dar con las iniciales necesarias para que apareciera la definición que estabas buscando. No sé a ustedes, pero a mí últimamente lo que me está pareciendo más complicado es conocer a esa famosa que me sonríe en medio de las cuadrículas o a ese famoso que no me suena de nada. Hace un tiempo te ponían a Sofía Loren, a Lennon, a Kubala o a Delibes. No te hacía falta ni poner en marcha el magín para rellenar toda la zona central del autodefinido. Ahora, con tanto famoso de paso, te sacan fotos que te hacen sentir extraño en el mundo que habitas, como si te hubieras marchado unos años y hubieras regresado sin conocer siquiera a esos que se supone que debe conocer todo el mundo. Pero lo peor es que incluso cuando miras las respuestas o cuando logras sacarlos con las letras de las otras palabras, tampoco sabes quiénes son ni qué hacen en medio de un autodefinido. Un amigo me dijo hace poco que los ponen ahí cuando quieren promocionar una serie de televisión o una película, o sea justo para todo lo contrario: tienes que ser tú el que lo descifres para luego saber quién es y sumarlo a esa lista de divos cada día más fungible. Lo más lamentable es que en la realidad también nos está pasando prácticamente lo mismo que en esos autodefinidos. Te separas dos o tres días de la tele y no conoces al hombre o a la mujer que ves en todos los canales. No sabes cómo ha llegado ahí. Y no lo sabes porque probablemente no haya hecho absolutamente nada en su vida. Decía Milosz que la falsedad de los sentimientos se adivinaba por la falsedad de la frase. Creo que también la falsedad del mundo que nos quieren mostrar se adivina por la falsedad de quienes nos enseñan a todas horas en las pantallas y en los autodefinidos.

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