los blogs de Canarias7

La belleza ya estaba antes de que llegáramos nosotros. Y seguirá estando cuando nos marchemos o evolucionemos hacia otra especie. La quietud de las playas cuando atardece debería servirnos para ser más humildes y agradecidos y menos prepotentes. Nos creemos dueños de la Tierra, pero la Tierra, junto con esos millones de planetas que ni siquiera conocemos, seguirá armonizando los espacios que nos empeñamos en destrozar como bárbaros codiciosos que solo saben sembrar cemento.

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No salía a la calle y, sin embargo, notaba la molestia de esas pequeñas piedras que se metían entre sus dedos. Se quitaba las zapatillas y las tiraba a la basura. Esas piedras salían de su propia piel. Le sucedía cíclicamente cada cinco años. Caminaba, hablaba y se reía a carcajadas de vez en cuando, pero nunca había dejado de ser una estatua. Aquel hombre la besó una madrugada y luego la trajo a su casa. Hasta entonces, ella había estado en la plaza principal de la capital. Él miraba sus labios cada mañana y creía, como en los cuentos que leía de niño, que si la besaba se volvería humana. Ahora es humana, pero aún conserva reminiscencias de mármol en su metatarso.

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Esa noche había soñado que tenía un pájaro en una jaula y que se había olvidado de él desde hacía años. Se acercó y el pájaro aún parpadeaba aterido de frío y casi desplumado. Recordó la canción que le silbaba cada mañana justo antes de salir para el colegio. Los dos se miraban entonces compartiendo una pena solidaria, el niño por el encierro de todas aquellas horas en el aula y el pájaro por el ansia de una libertad que jamás conoció fuera de aquellos barrotes de la jaula. Él tiene ahora cincuenta años,pero en los sueños nunca se mueren los pájaros.

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Nadie se ha dado cuenta ni yo lo he contado jamás; pero si vieran mis películas con detenimiento lo verían siempre en algún plano. Como ya sé que su presencia es inevitable, en cada película hay una escena con grandes multitudes. A veces es un concierto y otras un plano a alguna calle de una gran ciudad o un acontecimiento deportivo. Él siempre aprovecha esos planos largos para mostrarse. No es un ególatra ni tiene ansias de protagonismo. No sé quién es, ni por qué necesita aparecer en la pantalla. A veces pienso que solo ruedo películas para que él pueda seguir existiendo.

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Ayer el dermatólogo le dijo que no le gustaba nada uno de los lunares que tenía en su espalda. Le mandó a hacer una biopsia y le comentó que tenía mucho sol acumulado en su piel. Cuando era niña, hace cuarenta años, no usaba cremas cuando bajaba a la playa de Sardina y se tostaba saltando entre las olas o subiéndose a las rocas. Nadie le advirtió de los efectos nocivos de aquellos rayos solares que identifica con la felicidad más sublime que recuerda. Tiene miedo; pero se niega a maldecir al sol que le regaló los veranos más bellos de su existencia. Piensa en la paradoja de la vida y en la cara de aquel médico que hablaba de ese mismo sol como si hubiera consumido a sabiendas alguna droga prohibida y peligrosa.

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Cuando llegó el momento final y el fuego los rodeaba solo quedó un gran abrazo en el que refugiarse. Una taberna griega. Un azul intenso en el horizonte del Egeo, un incendio descontrolado y veinte personas fundidas en un gran abrazo. Todo lo que escribamos no llegará nunca a contar la emoción de esa escena tan parecida a lo que aconteció en Pompeya dos mil años antes. A nosotros solo nos queda la paradoja de un escalofrío en el alma ante el fuego que va quemando vidas a su paso.

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Había un sembradero de sueños y el viento alborotaba sus cabellos. Siempre recuerda el olor de los pinos de aquel último verano. Ahora recoge los papeles y los ordena. A veces se cuenta en historias que se cree que está inventando. Esos personajes somos todos nosotros. También está él, con otro nombre, con otra edad y con una cara diferente.

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Estudiaba las caras desde el otro lado de la cristalera. Día tras día, desde hacía cinco años, sabía del estado de ánimo de su ciudad viendo pasar a la gente, y hasta él mismo se veía afectado por lo que miraba. No sabía quién era el primero en aparecer sonriente o cabizbajo. Los que repetían los paseos eran tan proteicos como los no habituales. Un día descubrió que aquellos cambios de humor dependían de una ventana situada en una casona antigua de una de las calles peatonales más transitadas. Era la única que quedaba en la ciudad. Cada día cambiaban el color de las cortinas y últimamente no hacían más que elegir tonos oscuros, lóbregos, que entristecían la mirada. Hoy, sin embargo, han colocado unas cortinas luminosas de colores cálidos. Él pasó justamente cuando se detuvo el coche oficial delante de la casa y vio a un hombre subir con esa tela luminosa. Alguien determinaba el estado de ánimo de la gente sin que nadie se diera cuenta. Fueron muchos años mirando pantallas. Ahora solo queda esa ventana, y hacia ella miran los nietos de quienes hacían depender su humor de otros cristales sin cortinas llenos de imágenes y de falsas realidades.

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Vio la puerta abierta y entró. Le dieron una acreditación y se sentó en medio de la sala. Alguien repitió un nombre y el que estaba a su lado le dijo que era el suyo, el que aparecía en la acreditación que colgaba de su cuello. Subió al estrado, improvisó un discurso incoherente y lo eligieron candidato. Luego ganó las elecciones y hoy decide el futuro de mucha gente. Es alcalde de una ciudad en la que estaba de paso, con otro nombre, con decisiones que toma al tuntún y con una sonrisa que no se le borra nunca de la cara. No quiere preguntarse de dónde venía aquel día que entró en aquel teatro, ni tampoco quién era realmente la persona a la que le ha robado el nombre. Ya se habla de él como futuro ministro. Siempre sonríe y le da besos a la gente en los mercados y en los mítines que le organizan cada sábado. Es fotogénico y tiene un currículo con muchos másteres y muchos cursos en el extranjero.

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No lo he comentado con nadie, pero ayer estuve junto a una de las fachadas de la calle Triana reconociendo el olor de una higuera. Ese olor te detiene donde quiera que lo huelas, pero en aquel edificio o en los colindantes era imposible que hubiera higueras. Me fui a buscar imágenes antiguas de la calle y justo donde está ese edificio había un gran jardín. Reconocí dos higueras que sobresalían por encima del muro que asomaba a la calle. Los árboles dejan el rastro de sus olores no solo en el recuerdo o en las imágenes. Cuando pasas por donde estuvieron siguen oliendo más allá del tiempo. Solo hay que detenerse para reconocer su fragancia en medio del trasiego de las calles.

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