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Escribía Antonio Machado que la gloria de la virtud hizo a Caín criminal, y luego glorificaba al hijo de Adán porque cuando él escribía era el vicio lo que se envidiaba más, y la vanidad, y el dinero, y todas esas martingalas que Machado no sabía que solo estaban empezando, y que aún no habían llegado ni la televisión ni las redes sociales. Sí intuiría el poeta, porque era un hombre sabio, que el ser humano seguiría repitiéndose desde aquel golpe de Caín con una quijada de burro, matándose una y otra vez con armas o con palabras, con maledicencias o con mentiras, sin recordar lo que escribía el poeta de Moguer cuando contaba que nosotros nos iremos y que, por suerte, seguirán los pájaros cantando.
Una amiga me recordaba que su abuela decía que había que esconder la felicidad, que ser feliz provoca envidia y que hace que se conjuren los mismos necios que acabaron con Kennedy Toole y con todos los que quisieron sembrar belleza en el planeta. Siempre fue así. Se ocultaba el cuerpo bello, y las casas castellanas, y muchas de Vegueta y de algunos pueblos de la isla, aparecían sin alardes hacia afuera y como palacios en los adentros. Todo lo contrario que en la cultura calvinista, en donde se enseñan las fachadas y se acristalan las casas porque se entiende que no se tiene ocultar lo que se gana honradamente. Cuando paseas por Amsterdam parece como si la vida de los otros formara parte de tu propia mirada, con las lámparas y los cuadros a la vista como cuando uno enciende la tele de su propia casa.
Tengo un amigo que también sigue la estela de la abuela de esa amiga que decía que había que esconder todo lo bello para no despertar la envidia de los que solo quieren lo que no tienen: produce tristeza comprobar cómo muchos, en lugar de mejorar o de aprovechar la única vida que tienen, se dedican a incordiar y a intentar echar abajo lo que los otros consiguen después de mucho esfuerzo. Eso también forma parte de la condición humana desde mucho antes que escribiera Machado: están los que construyen y los que destruyen, el ying y el yang de los humanos, el blanco y el negro de los tableros del juego de la existencia. Ese amigo del que les hablaba estaba todo el día inventándose enfermedades para que no lo molestaran. Antes de contar algo bueno, se inventaba un dolor extraño en el estómago o una cita crucial con algún galeno. Él nos decía a los más cercanos que haciendo eso lo habían dejado en paz en todos estos años. La verdad es que si siguiéramos los consejos de la abuela de mi amiga y los de ese amigo que dejaba en evidencia al más hipocondríaco, apenas podríamos esbozar una sonrisa o aplaudirle al destino por todos los buenos momentos que nos regala. Yo, francamente, prefiero el resquemor de los caínes antes que ocultar que la vida, como decía el poeta, siempre es bella a pesar de los pesares y de los mezquinos.

Vi la esquela en el periódico. Fuimos novios durante algunos meses hace muchísimo tiempo. Me acerqué al tanatorio. No conocí nunca a su familia. Entré en la sala después de mirar el número en el panel de entrada. Todos se quedaron mirando para mí. Me acerqué a una señora y le di el pésame. Me dijo que no tenía ninguna hija. El que estaba muerto era su hijo. Me había equivocado de sala. Ya no fui a la sala de aquella chica que había sido mi novia hacía treinta años. Volví a mirar el panel cuando salía. En la sala en la que había estado velaban el cadáver del chico que estaba enamorado de aquella mujer que fue mi novia. Nunca me lo perdonó. Ahora el azar los había colocado casi juntos en el tanatorio. Mis pasos me llevaron a despedir a aquel chico que había sido mi amigo antes de que se cruzara aquella mujer bella. Espero que me haya perdonado.

Siempre me cuentas que tragas tierra sin darte cuenta. Saliste de allí esta mañana y acabas de aterriza en Heathrow. Nunca te fijas cuando hablas. A lo mejor allí es normal que suceda eso y nadie le presta atención; pero aquí no llega esa tierra. El Támesis se oscurecería todavía más con esa calima de tus islas. Tú no lo ves, pero cada vez que hablas todas tus palabras se vuelven barro con la humedad británica.

Como un espejismo, los años, los recuerdos, la vida que uno vive. De repente todo el pasado se asemeja a una película desgastada por el tiempo, cada imagen es un fotograma que se aleja, o a veces sucede todo lo contrario, ni siquiera recuerdas y lo que crees que viviste no ha llegado todavía, fue solo un sueño, un deseo, una especie de dejá vù perdido en algún espacio ignoto del universo.
Mientras escribo escucho de fondo la banda sonora de unos Dibujos Animados. La vida es siempre bella cuando se traza con colores luminosos o cuando se narra como un cuento para que los niños sueñen. Me recuerdo niño viendo Dibujos Animados sin saber aún lo que la vida me tendría deparado cuando esos dibujos se convirtieran en vivencias y en días que pasan, en memoria, en padres que envejecen, en amigos que no he vuelto a ver desde el colegio, en amores que aguardaban todavía lejos o en esa hija que te devuelve la mirada como si te reconociera mucho más allá de tus adentros. No me gusta el mundo que le estamos dejando a esos niños que llegan. Ningún mundo ha sido nunca perfecto, pero este que se está creando es soez y pendenciero. Están ganando cada vez más los insolentes, los arrogantes y los que solo son felices tachando vidas rotas en sus agendas. No me gusta este mundo que pisotea a diario los Derechos Humanos y que asiste pasivo al latrocinio legal o ilegal, privatizando o robando, de todo lo que era nuestro. No me gustan los fundamentalismos, las mafias que dejamos que se extiendan por todas partes o el feudalismo de esos países que niegan todas las libertades y que casi aplaudimos por la necesidad de sus recursos naturales. En ese espejismo efímero que contaba al principio se nos están quebrando todos los asideros casi sin darnos cuenta. Hace tiempo que no creo en grandes revoluciones ni en los demagogos que aprovechan las crisis para alimentar su ego. Esto será una anécdota a los ojos de la eternidad, un fondo oscuro, lejano y olvidado, como esos hormigueros en los que también transitan existencias acarreando migas de pan de un lado para otro todo el tiempo. Es cierto que hubo épocas peores, que hubo esclavitud, que se justificaba la muerte del que pensaba diferente y que estuvo Auswitch: pero uno quería creer que habíamos aprendido de todo aquello y que acabaríamos entendiendo ese ligero tránsito en el que respiramos o soñamos unos pocos decenios. No era así, y nos toca comenzar otra vez de nuevo. Los Dibujos Animados siguen sonando a lo lejos, y escucho risas de niños. No todo está perdido. La evolución de las especies, Darwin, el triunfo de lo bello, los días que comienzan para que podamos reconstruir todo nuevamente. El azar que nos deja atónitos siempre. El milagro de poder escribir para luego darnos cuenta. Todas esas palabras que sí mueven montañas y cambian los tiempos.

No dejaba de llover en su mirada. Estaba todo el día asomada en la ventana. Daba lo mismo que hubiera un cielo azul y un sol radiante. Más allá de los cristales siempre veía las gotas del agua cayendo sobre el asfalto. Hacía dos años que había muerto, y quienes mueren y siguen asomándose a las ventanas lo ven todo lluvioso hasta que llegue el día en que se seque su sombra y también desaparezca para siempre más allá de los cristales.

No hacía más que sonreír como un idiota. Pasara lo que pasara a su alrededor, siempre estaba enseñando aquellos implantes blanqueados. Lo que no sabía es que sus ojos ennegrecían a medida que sus dientes blanqueaban, y que no reían, o que si reían lo hacían como los ojos de esas hienas que están a punto de devorar a sus víctimas. Era menos sospechoso cuando sus dientes pasaban desapercibidos. Pero él no lo sabe, por eso se ha quedado solo. En esos ojos se llegan a ver las pupilas de aquel hombre que mató en otro país, en otra vida, y hace más de quinientos años. Ojos negros, le decían, y él le envidiaba por su belleza y porque reía a todas horas.

Me lo reencontré hace unos días. Yo estaba firmando en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. No lo veía desde hacía muchos años, pero ese señor me salvó la vida. La verdad es que yo estoy aquí de puro milagro. Primero me sacó Nico de las aguas de Agaete cuando tenía seis o siete años y un remolino me llevó al fondo del océano sin que pudiera hacer nada por evitar el ahogamiento. De aquella primera casi muerte me acuerdo poco. Solo rememoro la asfixia y el desfallecimiento. La segunda sí la mantengo siempre viva en mi memoria. Fue un accidente de bicicleta a los quince años en la Cuesta de Silva. Perdí el conocimiento y no perdí la vida de puro milagro. Si estoy aquí ahora es porque aquel hombre que vivía en El Hormiguero sabía de primeros auxilios, mantuvo la calma y evitó que me desangrara. Luego ya llegué al hospital, me estuvieron dando puntos por toda la cara durante horas y me hicieron toda clase de pruebas. Cuando me preguntan que por qué digo siempre que la vida es azar me remito a ese accidente, aunque es cierto que fui yo el que eligió bajar como un loco por una carretera con curvas peligrosas.
Ese hombre que me salvó la vida se jubiló como guardia municipal en Guía hace menos de un año. Se llama Carmelo, y el otro día, mientras le dedicaba una de mis novelas, veía pasar cada fotograma de aquel momento que a veces olvido y que, otras veces, es la tabla de salvación a la que me agarro en todos los naufragios, en las ferias de las vanidades en las que uno cae como casi todos los humanos y ante esos ataques que nunca entendemos de los malvados, pero que se repiten, desgraciadamente, desde el patio del colegio.
Las veces que he cambiado el rumbo de mi vida me he acordado de aquel momento, de lo poco que vale realmente nuestra existencia, y de cómo en un segundo puedes desaparecer para siempre. Intuí el famoso túnel, ese viaje a velocidad de vértigo que solo recuerdo como un trayecto placentero y relajado hacia la luz. Ni Carmelo ni yo somos los mismos de entonces. Han pasado casi cuarenta años, pero su presencia me serenó como aquel día en que solo con esa misma serenidad y con su bonhomía logró calmar a un moribundo. La vida te va cruzando con personas para que aprendas de ellas, de las generosas y también de esos malvados de los que hablaba hace un momento. Todo es un camino de aprendizajes y experiencias. La existencia es un soplo, un parpadeo. Lo digo siempre. Lo descubrí en aquel momento y trato de no olvidarlo nunca para no perder el norte. Me equivoco muchas veces, y lo seguiré haciendo, pero siempre mantengo la certeza de que todo importa poco, de que hay que tratar de ser siempre honesto y generoso y de que la vida, al fin y al cabo, es el gran milagro que podemos disfrutar los que aún no hemos terminado de atravesar ese largo túnel que nos llevará al otro lado del tiempo.

No tires nunca un carro de niño pequeño. Ella los guarda todos. Y luego lleva en ellos sus instrumentos de un lado para otro. La puedes ver en las calles o en los aeropuertos cuando viaja con la Filarmónica. Sus violonchelos van siempre dentro de su funda y colocados como si fuesen sus propios hijos en cualquiera de esos carros que los niños van dejando cuando crecen. Se dice que esos instrumentos son los que mejor imitan la voz humana, y ella quiere que en esos trayectos sigan siendo siempre como esos niños que aún no conocen el sonido de sus propias palabras. Solo busca sonidos como quien busca palabras nuevas, por eso los va cambiando de carro cada cierto tiempo.

Era de Jutlandia. Eso sí lo recuerdo. Nadie se acuerda de él. Yo sí. Hablé muchas tardes con él, de navegación, de nieves perpetuas y de los mimetismos de los insectos. Yo tendría doce años y él era un viejo que deambulaba por el mundo. Luego desapareció. Tampoco se acuerdan de que desapareciera. A veces sucede que solo se recuerdan los adioses, como si hubiera personas que ya llegan anunciando su ausencia, pero de él tampoco recordaban la despedida. No recuerdo cómo se llamaba, pero sí memoricé el nombre en latín de todos aquellos insectos raros que iba nombrando. Hoy me vino a la cabeza uno de esos nombres: Lampyris Noctiluca, y vi cómo se iluminaba el fondo del jardín en el que paseo algunas madrugadas. Estaba justo donde me sentaba con él algunas tardes. Eran luciérnagas. Tampoco me cree nadie cuando les digo que vi luciérnagas donde se sentaba aquel hombre. Él me hablaba siempre de ellas, del brillo de las luciérnagas en sus veranos de infancia en Jutlandia.

Nunca le dijo nada, ni de lo que veía debajo del agua cuando nadaban juntos ni del pasado que les unía. Empezaron a salir en mitad de la carrera. Los dos estudiaban Farmacia. Llevan juntos treinta años y tienen una hija. Esa hija tampoco sabe lo que sucede debajo del agua cuando nada. Se quieren de una forma extraña, con esa libertad que dejan los amores que no asfixian ni atrapan, y que no tienen que decirse nada para expresar lo que siente cada uno. Les basta con un gesto o con una mirada. Cada día celebran la suerte de poder estar juntos y de poder mirarse largamente.
Él terminó dando clases en la universidad y ella regenta la farmacia que tenía su padre en la misma ciudad en la que estudiaron. Viven casi en la orilla de la playa y se bañan en el mar cada mañana cuando está amaneciendo. Les gusta levantarse temprano, pasear por la playa y sumergirse en el agua antes de sumergirse en esas selvas cotidianas que acaban con todas las ilusiones y los equilibrios si no se va bien pertrechado de caricias o de salitre, o si no se generan esas endorfinas salvadoras del deporte. Todo el mundo dice que practica deporte para mantenerse en forma, pero realmente casi todos practicamos deporte para estar a salvo y equilibrados en una realidad cada día más gregaria y más complicada. También amamos por eso. Y para que la vida tenga algún sentido y parezca mucho más larga. Él nunca le ha contado que ya se conocían desde párvulos y que jugaron muchas veces en el parque que estaba justo enfrente de la farmacia que ahora regenta ella. Siempre la recuerda entre los toboganes o escalando aquellas falsas montañas de madera. Los dos pugnaban todo el rato por ser los primeros en llegar a la cima. Aquella cima era lo más parecido al cielo que encontraban. Ella no recuerda casi nada de cuando tenía menos de siete años. Sus padres se separaron a esa edad y aquella separación fue como si enterrara todo lo vivido hasta aquel momento. Sí lo recuerdan sus poros y su memoria más lejana. Nunca olvidamos nada. Él se dio cuenta de que ella no sabía quién era desde que le dijo el nombre, pero al mismo tiempo supo que su piel y que sus ojos sí le habían reconocido inmediatamente. Fueron inseparables entre los tres y los seis años. Luego él tuvo que cambiar de ciudad y dejó de verla. Nunca le dijo que ya se amaban desde aquellos primeros años. Él recuerda que aquella niña con la que jugaba solo soñaba con ser sirena. Le gusta sumergirse en el agua cuando ella nada cada mañana y reconocer entre la espuma esa cola de escamas que ella soñaba de pequeña en el parque. Su hija también deja la misma estela cuando se sumerge en el océano. Él no les ha dicho nunca nada. Cuando sale de la playa se abraza a las dos sirenas y se dirige a su casa sabiendo que la vida a veces es un milagro que solo se entiende en el fondo del agua.

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