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Los recuerdo a los tres en la primera fila, siempre levantando la mano, respondiendo a todas las preguntas, dibujando con trazos perfectos los mapas y las figuras geométricas, mirándonos a los demás con desdén y con aquel aire de superioridad alentado por los profesores. Hoy me reuní con ellos. No me reconocieron. Me contaron que estudiaron juntos en el instituto y en la carrera, siempre en la primera fila y con los mismos sobresalientes. Yo les había perdido la pista cuando me fui a vivir a otro país a los doce años. Me pedían un aumento de sueldo. Eran hombres grises, como sin alma, vestidos exactamente iguales y con los mismos tics nerviosos.

Lo veía cada mañana, concentrado, colocando cada una de las piezas, como si atisbara miles de jugadas en el tablero. Luego llegaban los niños y tiraban aquel ajedrez de fichas gigantes al suelo. Él había sido una gran promesa a la edad de esos niños, pero se vino mentalmente abajo a los veinte años. Desde entonces no juega una sola partida. Limpia la piscina del hotel. Era el único de los empleados que sabía colocar cada pieza en su sitio.

Le preguntaba al suelo, a ese espacio de baldosas de colores que llevaba pisando desde hacía veinte años cada vez que salía de la cama, al que reconocía su peso diario, cada gramo de más, cada uno de sus desgarros y de sus alegrías, el que a veces parecía que la encaramaba y el que otras veces sentía como que se hundía ante su mirada, el mismo suelo que sentía primero que nadie las pisadas de ese hombre cada día más extraño e indiferente que llevaba acostándose a su lado desde hacía veinte años.

De vez en cuando se sacaba fotografías que imprimía y que luego colocaba en la trituradora de papel para observar cómo su cara se iba desfigurando antes de desaparecer para siempre. Así moría un rato cada día y mataba a su ego entre pequeños trozos de papel en los que no se reconocía ni el brillo de sus ojos, ni ese gesto desafiante con el que a veces miraba a los espejos pensando que era eterno.

Cada cierto tiempo compraba un billete de tren y se acercaba a la estación. Se sentaba y dejaba que se escaparan esos trenes en los que tenía que haber partido lejos. Regresaba a su casa, pero con la tranquilidad de quien intuye que sigue viajando interminablemente en otras direcciones y hacia otros destinos que solo conocen su conciencia y esos billetes que llevan su sombra en los bolsillos de otros viajes.

Pasaba junto a ellos y ninguno me miraba. Perseguían sombras, el reflejo de otras sombras que pasaron antes por esa calle. Fue entonces cuando me miró. No lograba recordar su nombre ni qué papel había jugado en mi vida. Fueron los únicos ojos que vi en aquella calle. Luego salí a una plaza y jugaban niños con una pelota. Se acercó otra mujer más joven y me dio un beso. Tampoco recordaba su nombre, pero me agarré a su mano y me sentí seguro. Llegamos a una casa grande y me saludaron muchos niños que decían que eran mis nietos. La foto de aquella mujer estaba entre otras fotos de familia. Era la que había visto esa mañana cuando atravesaba la calle de los muertos.


Le siguen escribiendo en su blog y los que le odiaban lo insultan a diario como llevaban insultándolo desde hacía años. Siempre le dijimos que tenía que moderar los comentarios, pero no nos hacía caso. Ninguno de nosotros tiene sus claves y no sabemos hasta cuándo dejó los textos programados. Han pasado varios meses desde que falleció y cada día aparece un relato nuevo. Hoy ha escrito sobre los muertos que se quedan para siempre en las pantallas. Dice que él es uno de esos muertos, que no se irá nunca y que seguirá escribiendo incluso cuando ya esté enterrado. Sus enemigos le escriben que es un loco y un ególatra. Ninguno de ellos sabe que es verdad que hace meses que está enterrado y que aún sigue publicando. A lo mejor esos enemigos también murieron hace tiempo y tampoco lo saben.

Se encontró aquella moneda en medio de la calle. Alguien le dijo que le daría suerte, pero la guardó entre las otras que tenía en el bolsillo y luego, sin saber que era la moneda encontrada en la calle, la puso en el forro de la guitarra de un músico que tocaba en una plaza. A ese músico lo oyó ese mismo día un importante mánager extranjero. Hoy está cantando en la tele. Lo escuchó pero no lo relacionó con el que se había encontrado hacía meses en la plaza. Él sigue donde mismo estaba, esperando a que un día la suerte lo rescate del anonimato.

Nunca se dio cuenta. Habitualmente no estamos atentos a esos detalles. Elegía la ropa al azar, combinando camisas, pantalones y zapatos en medio de la prisa mañanera. Si hubiera sabido que en esas elecciones se estaba jugando su destino habría actuado de otra manera, pero nuestro destino casi nunca nos da pistas fiables de los mecanismos que activa para salirse con la suya. Los días que se vestía con aquella camisa de rayas azules todo le salía torcido. En cambio cuando elegía la camisa roja sus deseos se iban haciendo realidad de una forma milagrosa, pero nunca se dio cuenta de esas uniones entre sus vestimentas y su suerte. Realmente solo era consciente de que se vestía a primera hora de la mañana y lo único que le preocupaba es que la camisa estuviera limpia. Aquel día la camisa estaba limpia. Fue lo que reconocieron entre los escombros después del desprendimiento, aquella camisa de rayas azules y blancas que llevaba al trabajo los días en que las compañeras decían que ya venía con la escopeta cargada.

Nada sucede de repente y al mismo tiempo casi todo acontece sin que nos demos cuenta. Como la luz del día, como cuando amanece y la noche queda atrás como un túnel que atravesamos y olvidamos desde que el cielo se enciende y comienzan a escucharse los ruidos cotidianos, esos sonidos que antes de abrir los ojos nos cuentan el lugar en el que estamos. Hay un momento clave, un instante preciso, una especie de fogonazo como los de aquellos flashes de las cámaras fotográficas antiguas. Y de repente nos encontramos con un día nuevo en el que volver a escribir nuestro destino. Casi nunca nos damos cuenta de ese milagro porque vivimos como autómatas sujetos a rutinas y a horarios, pero a veces, tras una noche larga de vigilia en un hospital, en un desvelo inesperado o cuando amanecemos en ciudades de paso, descubrimos ese momento casi mágico que seguirá repitiéndose cuando ya no estemos y que lleva repitiéndose millones de años.
Imagino que así nos crearían también a nosotros, en un proceso casi igual de mágico, partiendo de la nada, juntándose todos los azares para que un óvulo y un espermatozoide comenzaran la aventura que ahora somos. Después le quitamos trascendencia a ese momento y vivimos como si fuéramos eternos, pero entendiendo esa eternidad como una dejadez que nos despista, como si siempre fuéramos a tener tiempo de hacer lo que queremos y de ser felices, como si dentro de cien mil años alguien se fuera a acordar de nosotros. También nos asemejamos a esa luz que se enciende de repente en el cielo, y como ella desapareceremos con la misma naturalidad que acaba el día y regresa la noche nuevamente. Y no tendría que pasar nada, o si acaso tendríamos que vivir con intensidad ese estado de consciencia que nos lleva de una luz a otra luz, como si nos llevara de una certeza a otra certeza, aun sabiendo que luego vuelve el enigma, o esa luz lejana de la que vinimos un día para amar y para tratar de ser felices sobre la tierra. También nos parecemos a la luz de las pantallas antes de que se enciendan, cuando aparece un ligero parpadeo, casi inapreciable, y luego ya se ven las imágenes y las letras igual que nos sucede a nosotros con nuestros cuerpos o con nuestros recuerdos más lejanos. Y la pantalla, y la primera luz del día y nuestra propia existencia también se asemejan a aquellas habitaciones de techos altos de las casas de nuestras abuelas en las que de repente alumbraba un bombillo de bajo voltaje que iba iluminando poco a poco las paredes y los muebles. También entonces asistíamos estupefactos a aquel primer fogonazo que borraba la oscuridad de repente. Así aparecemos y así saldremos de la escena, y entretanto creo que no queda más remedio que entendernos. Todo lo demás son tinieblas, noches oscuras en las que nos extraviamos muchas veces.

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