los blogs de Canarias7

La madre y el hijo iban hacia Vegueta. Calle de Triana. 1975. Las Palmas de Gran Canaria. La madre y la hija venían hacia San Telmo por la misma calle. Las dos madres habían estudiado juntas en las Dominicas. Se paran a tomar un café. El niño y la niña juegan. Los dos tienen cuatro años. La madre de la niña muere al año siguiente y el padre se la lleva a vivir a Madrid. El niño, ya con treinta años, se cruza con la mirada de una mujer en la Gran Vía. Se enamoran y viven juntos. Ella le dice que vivió en Canarias pero que no recuerda nada. La madre de él murió el año que se trasladó a Madrid a estudiar la carrera. Ahora están por Triana. Ninguno de los dos recuerda que se habían mirado y que habían jugado en esa calle hacía treinta y cinco años.

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Alguien me dijo una vez que todo lo que sucede tiene sentido y que no hay ningún hallazgo azaroso. Hace unos meses, rebuscando en el trastero de la casa de mis padres, me encontré una ficha para subir al tiovivo que había justo a la entrada de Central Park a la altura del Metropolitan. Estuvo varios años instalado en ese lugar y a mí me gustaba estar subido en los caballitos de colores todo el rato. Cerraba en otoño y en invierno. Salí con esa ficha en el bolsillo. Llevaba más de treinta años en un cajón del trastero. Sabía que había un tiovivo en la avenida Lexington con la Cincuenta y cuatro. Me acerqué y miré a los caballitos que subían y bajaban. No me atreví a montarme en ninguno de ellos. Allí fue donde la conocí. Seguía con la mirada a su hijo. Cuando hablamos me contó que ella también se subía todas las tardes en el mismo tiovivo de mi infancia.

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No le daba importancia. A veces disparaba fotos que no salían luego en ningún lado. Lo volvía a intentar de nuevo o le fastidiaba el fallo de la tecnología de la máquina. No sabía que las fotos que no aparecían nunca en la pantalla estaban mostrando su vida en otra parte. Alguien miraba aquellas imágenes y se inventaba nuevas biografías y nuevos argumentos para seguir escribiendo. No se lo conté nunca. No lo habría entendido. Yo siempre encuentro imágenes que no me pertenecen en mi pantalla y sé que las que yo pierdo también las está viendo alguien en otro lugar del tiempo.

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Se levanta temprano para que el amanecer no le sorprenda nunca con los ojos cerrados. Sale de la cama, se lava la cara y se dirige a la calle. No tiene un rumbo fijo y ni siquiera sabe hasta dónde le llevarán sus pasos. Le gusta mirar con detenimiento todo lo que se va encontrando. Reconoce los olores del café, del océano cercano o del pan recién horneado. A veces lleva unos cascos y va escuchando música clásica. Los domingos por la mañana se cruza con esos noctámbulos que salen de fiesta pensando que jamás llegará la mañana. Los ve medio sonámbulos huyendo de la luz, pálidos y desaliñados, cuando se encuentran con los mendigos que a esas horas comienzan a desperezarse en medio de los cartones de algunos portales. Entre semana sale un poco antes de que los niños comiencen a ir al colegio. También él se recuerda yendo a la escuela y le parece que fue ayer mismo cuando iba memorizando fórmulas o recitando poemas que tenía que leer en voz alta delante de todo el mundo.
Le gustan los meses en que se despierta escuchando el trino de los mirlos. También le atraen los barcos cuando parten del muelle justo antes del alba. Todos los días se detiene en la misma cafetería a desayunar. Da lo mismo que sus pasos le hayan llevado más lejos de lo previsto o que se extravíe entre los barrios recién construidos. Le gusta leer el periódico de papel. Siempre de atrás hacia delante. Esa costumbre la tiene desde que era niño y cogía el periódico de su padre para mirar los resultados del fútbol y la cartelera de los muchos cines que entonces había por todas partes. Estos días comienza otro Mundial de fútbol. Es capaz de ordenar su existencia según los distintos Mundiales que ha ido viviendo. Podríamos decir que son asideros en su memoria cada día más olvidadiza. Recuerda una vieja radio de galena hablando de Pelé en los años cincuenta, los meses del cuartel durante el Mundial de Inglaterra, el nacimiento de su primer hijo justo dos días después de que Alemania ganara el campeonato del 74, los goles de Kempes en Argentina o el fracaso de España en el 82. Del Mundial de Estados Unidos no le queda un buen recuerdo. Por esas fechas murió su esposa, aunque luego en el de Corea y Japón vio nacer a la primera de sus nietas. También gritó como un loco cuando Iniesta marcó el gol en la prórroga del Mundial de Suráfrica. Después de tantos fracasos nunca pensó que vería a España levantando la Copa del Mundo. En el periódico también aparecen noticias que se olvidarán en un par de días, debates políticos, dimisiones, detenciones, sucesiones o fiestas patronales. Aún no sabe qué acontecer de su vida cotidiana quedará unido en el futuro con estos Mundiales. Regresa a casa cuando todos empiezan a salir a la calle. Estos días su soledad será un poco más llevadera. Siempre viene uno de sus nietos a ver con él los partidos de España.

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Nunca quería cerrar los ojos cuando se sentía feliz. Según él, bastaba un parpadeo para que todo cambiara de repente. Decía que la realidad no existía y que solo era real lo que veíamos cuando abríamos los ojos, como si todo estuviera desarmado previamente o como si no tuviéramos nombres o caras. Estaba empeñado en que no éramos más que materia o energía en medio de un universo que de vez en cuando nos deja asomarnos a nuestros propios espejos través de las palabras o de las pantallas. Quería ser eterno en la dicha y efímero en las desgracias. Por eso, cuando venían mal dadas, lo primero que hacía era esconderse en su propia oscuridad para ver si así pasaba de largo la tristeza.

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Henri-Marie Bayle charla animadamente con Julien Sorel y con Fabrizio del Dongo. Son jóvenes y soñadores. Inventan historias para intentar comprender lo que no entienden de la existencia. Henri-Marie firmará esos libros con el nombre de Stendhal. Inventará una biografía para Julien y otra para Fabrizio. Siempre hace falta alguien que invente nuevas biografías que perduren en el tiempo. Los tres saben que el único motor que mueve al mundo es el amor, aunque luego queden atrapados en ese laberinto de vanidades en el que tantas veces se extravían los seres humanos y los literarios.
Brindan con vino blanco debajo de unas parras que se asoman al mar de La Toscana. Muchos años después, alguien está terminando de leer un libro en la misma terraza en la que estaban ellos. Alcanzo a ver la portada de un ejemplar de Rojo y Negro traducido al italiano. Sobre la mesa le espera La Cartuja de Parma. En la otra escena Stendhal cierra los ojos un momento e imagina que ama a una mujer hermosa que está leyendo lo que él escribió para inventarse otras vidas que compensaran la lamentable parquedad del amor y de los años. Ella también entorna sus ojos después de leer la última página del libro. Sabe que está despierta al mismo tiempo que habita un sueño lejano.

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Te puedes acostar siendo madre de dos conocidos abogados y levantarte al día siguiente convertida en Yevguéniya. Nadie sabía al principio quién era Yevguéniya; ni siquiera entendían el idioma que hablaba aquella mujer que siempre había sido una señora remilgada y prejuiciosa. Jamás la vieron leyendo y mucho menos aprendiendo idiomas. Le había bastado con ser guapa y con haber nacido en una familia con mucho dinero para ir haciendo su vida en la pequeña provincia en la que de joven llegó a ser reina de los Juegos Florales que se celebraban en el casino. Ese había sido su único contacto con las letras. Tuvo que compartir la mesa que estaba en el escenario con el poeta que había ganado aquella edición dedicada a la exaltación de las flores autóctonas. Le fue contando a las amigas que el escritor olía fatal y que intentó meterle mano un par de veces por debajo de la mesa. Desde ese día detestaba todo lo que tuviera que ver con la literatura.
Logró que sus hijos no leyeran, pero que sí estuvieran todo el día estudiando. Su marido era fiscal y los fue encaminando poco a poco al mundo de las leyes. Se avergonzaba de una de sus hermanas. Casi no hablaba con ella, o lo hacía solo cuando no le quedaba más remedio, desde que uno de sus hijos empezó a salir en los periódicos escribiendo relatos en donde contaba, cambiando algunos hechos, muchas vivencias de su familia. Esa mañana, sin embargo, iba diciendo en ruso que casi todo lo que había escrito su hijo Antón se lo había contado ella cuando era niño. Costó mucho entenderla. Fueron pasando traductores de distintas lenguas hasta que la escuchó una chica cubana que venía a planchar casi todos los días. Esa chica había estudiado Matemáticas en Rusia. Fue la primera que dijo que era la madre de Chéjov. El traductor, cuando ya estuvo hablando largo rato con ella, les contó a los hijos que su madre había sido poseída por el espíritu de Yevguéniya. Uno de los dos abogados casi le da una patada; pero el otro, un poco más tranquilo, logró controlarlo. El más pendenciero y levantisco había sacado el carácter del padre. Probablemente si el fiscal no hubiera muerto hacía cinco años habría encerrado a aquel ruso medio estrambótico que hablaba de fantasmas como mismo podría estar hablando del último partido del Locomotiv o del precio del petróleo. La conversión rusa de la madre de los abogados fue la que centró la conversación de todos los mentideros pijos de la ciudad durante varias semanas. No la dejaban salir a la calle ni para ir a misa. Cuando vino el cura a visitarla les dijo que no era cosa de exorcismos. Le compraron libros en ruso que leía vorazmente memorizando pasajes que luego declamaba por toda la casa. A los nietos les habían dicho que la abuela se había marchado de viaje. Yevguéniya estaba obsesionada con el traslado de los restos de su hijo hasta Moscú en 1904. Lo habían metido en un tren lleno de ostras. Les hacía jurar a los dos abogados que jamás harían algo parecido con su cadáver. También quería que la enterraran en Moscú. Siete semanas más tarde, Carlota, a la que todos conocían como Chonchi, se despertó de madrugada rodeada de libros escritos en ruso por todas partes. Nunca se creyó que había sido la madre de Antón Chéjov.

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Solo era locuaz en sus silencios. Cada vez que hablaba su timidez le terminaba enredando las ideas y las palabras. Recuerda lo mal que lo pasaba en el colegio. Sabía todas las respuestas, pero se bloqueaba cuando tenía que repetirlas en medio de la clase. Si quería nombrar a Newton terminaba citando a Galileo, a los turcos los podía llamar rusos y a los habitantes de Rusia japoneses. Los profesores pensaban que les estaba tomando el pelo y lo fueron dejando por imposible. No pasó del instituto. Entendía todo lo que explicaban, pero luego nunca era capaz de contarlo. Con los amores le ha ido todavía peor. A Julieta la llamaba Carlota y a Beatriz la podía terminar llamando Alejandra. Ellas tampoco le perdonaban esas confusiones. Prefirió callar para siempre, cambiar de país y no volver a hablar jamás delante de nadie. Con los años sí descubrió que podía escribir lo que ni siquiera había pensado. No había vuelto a coger papel y bolígrafo desde el colegio. En aquellos años, los nervios y la impotencia de no poder demostrar lo que sabía también terminaron confundiendo el trazo de las letras y de las formas. Dibujaba círculos en lugar de cuadrados y en Literatura no había verso que no acabara confundido en un interminable párrafo. Ahora, sin embargo, era capaz de escribir. Firmaba con seudónimo y había logrado un cierto éxito literario. No sabía por qué había elegido el nombre de Salinger. Había escrito aquel libro sin pensar en nada. No concedía nunca entrevistas ni daba conferencias en las universidades. Muchos dicen que ha muerto. Yo me lo imagino caminando siempre en silencio por cualquier parque. Veo sus ojos en cada uno de esos solitarios que a veces se te quedan mirando en las grandes ciudades. No creo que escriba nunca más. Ya no le hace falta.


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Solo lloro cuando me coloco las gafas y estoy a punto de saltar al vacío. A los diez años sí lloraba desesperadamente cada vez que me colocaban en las rampas. Todo lo que está ante mis ojos es abismo. Los espectadores parecen pequeñas manchas casi irreales en medio de la nieve. Mi abuelo y mi padre habían sido campeones de saltos de esquí alpino y a mí nadie me permitió elegir. Era hijo único. De niño me daba miedo ver volar a mi padre por encima de todo el mundo. Solo cayó mal un par de veces. El peligro está siempre en las caídas o en el viento que pueda haber cuando estás volando con el cuerpo estirado hacia delante como una de aquellas flechas que lanzaban los tártaros cuando trataban de conquistar estas montañas.
Solo abandonaba Garmisch-Partenkirchen para pasar unos días en Gran Canaria después de los saltos de fin de año. Mi padre salía borracho del avión y regresaba igual de beodo al aparato. No había quien lo sacara del bar del hotel. Probablemente tenía más miedo que yo pero se lo callaba. Yo también me lo callo. Escribo esto como si estuviera allá arriba, en aquella caseta de madera desde la que solo te queda un camino que termina en ninguna parte. Algún día tendré una mala caída. He visto morir o quedarse parapléjicos a varios rivales. Si naces aquí tu destino está escrito en el vértigo de esas rampas. Solo se salvó mi tío abuelo Michael. Se negó a saltar y se marchó lejos de Baviera desde que cumplió los dieciocho años. Escribió Momo y La historia interminable. En esta última también volaba, pero lo hizo a su manera y siempre acompañado. Yo le dije a mi abuelo una tarde que quería ser como el tío Ende. Fue aquel día, a los diez años, cuando me tiró de las orejas y me colocó en la rampa. Recuerdo el frío congelando mis lágrimas cuando me vi por vez primera a merced del aire.

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Se levantó de la cama repitiendo la palabra caleidoscopio. Era lo único que le quedaba del último sueño. Hacía años era capaz de recordar todo lo que soñaba durante la madrugada, pero la memoria no solo juega malas pasadas cuando abrimos los ojos: también olvida lo que sueña, incluso lo que tantas veces soñamos despiertos. Sabía lo que era un caleidoscopio, pero se fue a Google a buscar imágenes para ver si de esa manera podía recuperar los fotogramas que deambulaban por su inconsciente. Vives una vida y el cerebro luego inventa otra cuando duermes. No era un tipo raro. Y además ahora podíamos decir que era un hombre feliz porque estaba perdidamente enamorado. Ella le preguntó qué estaba repitiendo cuando lo escuchó en el cuarto de baño tratando de mantener viva en su memoria la palabra recién soñada. Él entonces descubrió que a veces los sueños se reflejan en los ojos de quien nos ama. No sabría identificar los colores que vio en su mirada. Ella le contó que había llorado mucho durante años. Aquel hombre, aliado con su familia, había tratado de volverla loca. No pararon hasta robarle todas las ilusiones. Había sido valiente al separarse, pero lo había perdido todo. Cuando él la encontró era una mujer a la deriva. Lo que no saben esos que intentaron aniquilarla es que su mirada se volvió bella con todas aquellas lágrimas. Por eso es caleidoscópica y brillante. Desde que está en su vida los sueños se fueron haciendo cada día más reales. No se cansaba nunca de mirarla.

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