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Una vez me enseñaron a leer las líneas de la mano. Casi nunca digo nada, pero me fijo mucho en los trazos que tienen dibujados las personas con las que hablo. Aquel hombre extendió la palma de su mano cuando yo caminaba medio despistado por la calle. Vi que tendría una vida larga. También me fijé en las líneas del azar. Luego miré sus ojos y descubrí una tristeza lejana e inconsolable. La línea del azar estaba muy marcada y trazaba la forma de quienes suelen tener mucha suerte en la vida. Aquel hombre me pedía desesperado que le dejara alguna moneda. Apestaba a alcohol. Le dejé un billete de diez euros para que por lo menos ese día su destino no quedara en evidencia.

No todos los libros se terminan escribiendo. Tampoco se viven todas vidas. Hay libros que quedan en la idea, en una especie de trampantojo que no es nunca lo que parece o en un mero esbozo de argumento. También hay algunos de esos argumentos que se parecen más a los sueños que a la vida diaria. Pero luego también hay libros que escribimos y que jamás llegan a ninguna parte, que se quedan en los discos duros de los ordenadores o que van amarilleando en papeles cada vez más desgastados hasta que se desmigajan o terminan comidos por la carcoma. En la vida y en los libros también juega su papel la suerte, esa suerte que negamos los que decimos que todo es trabajo y búsqueda incesante, pero es evidente que ya nacer es una suerte que uno tuvo después de haber luchado contra millones de espermatozoides.
Estos días he leído un nuevo de libro de David Foenkinos. Quienes me conocen saben de mi debilidad por el escritor francés, sobre todo tras haber leído esa obra maestra que es Charlotte, o tras haber estado muchos días detrás de sus Recuerdos o dejándome engatusar por La delicadeza. Esta novela de Foenkinos que acabo de leer se titula La biblioteca de los libros rechazados. Uno de los protagonistas decide que no solo los libros editados tienen cabida en una biblioteca, y plantea que los autores con libros rechazados también tengan su hueco. Reserva un lugar a esos personajes que nadie ha leído porque los libros que los guardan fueron sistemáticamente rechazados. Y habría mil ejemplos de grandes obras rechazadas por las editoriales, desde el primer tomo de En busca del tiempo perdido de Proust en Gallimard, y además con Gidé encabezando la selección, hasta lo que pasó con Cien años de soledad en Seix Barral, aunque en este caso se habla también de una serie de nefastas coincidencias que hicieron que a Carlos Barral se le escapara una de las obras maestras de la literatura del siglo XX. En estos tiempos, cualquiera puede editar su libro en formato electrónico o autoeditarse unos ejemplares en papel. No sucedía lo mismo hacía unos años, pero incluso ahora, la suerte de los libros es tan proteica como la propia suerte de los humanos. Muchas veces es el tiempo el que logra que libros que no tuvieron ocasión de convertirse en papel terminen siendo obras maestras. El gran ejemplo que todos tenemos en mente, y que también nombra Foenkinos, es La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Este título, además, se vale de una frase de Jonathan Swift: "Cuando aparece un gran genio en el mundo se le puede reconocer por esta señal: todos los necios se conjuran contra él". Por desgracia, sigue pasando eso en la literatura. También sucede con muchas existencias, aunque lo ideal sería que cada uno de nosotros valorara en su justa medida a los libros y a las gentes que realmente merecen la pena.

No se le ocurría nada; pero llegó un momento en que le daba lo mismo si escribía o si dejaba la página o la pantalla en blanco. Entonces sonó el teléfono. Siempre que suena el teléfono aparece algún argumento. Escuchaba una voz extranjera que no conocía. Luego se dio cuenta de que estaba escribiendo en una habitación sin teléfono. Pero contestó a la llamada con las letras que iba tecleando. Se llamaba Yvette. Él estaba en una casa de campo contemplando la noche estrellada. Yvette le hablaba de una conjunción de planetas que tenía lugar esa noche. Luego llegó a su casa, abrieron una botella de vino, se tiraron en la hierba a ver las estrellas y se besaron. Él dejó de escribir y se levantó a beber agua. Yo también bebo agua ahora, y aún soy capaz de recordar el perfume de Yvette y cada poro de su cuerpo.

Se le cayó la carta, pero ella no se dio cuenta. Siguió haciendo el reparto por la calle y la encontró un señor que caminó durante un rato hacia la dirección que aparecía en el sobre. Pero ese señor se dio la vuelta y regresó a su casa con la carta. "Querida Luisa- leía- cuando recibas esta misiva yo ya estaré lejos. Te juro que vendré a buscarte algún día. No he querido despedirme porque no hubiera sido capaz de soportar tu mirada. Volveré y nos marcharemos juntos a vivir esa vida que llevamos soñando desde hace diez años". No entregó la carta y averiguó quién era Luisa. Se fue acercando poco a poco y ahora viven juntos en un ático cerca de la Gran Vía de Barcelona. El otro hombre murió apuñalado la primera noche que salió a recorrer las calles de Tijuana.

Vamos habitando paisajes que al paso del tiempo se convierten en parte de nosotros, paisajes cambiantes, a veces por nuestros estados de ánimo, otras veces por el paso de las estaciones y otras por las manos de quienes varían de mil formas diferentes ese espacio que vamos poblando de vivencias. La vida es también una suma de paisajes que vamos guardando en la memoria. Ni siquiera hace falta que te esfuerces, nuestro cerebro es selectivo y conserva lo que a nosotros muchas veces no nos parece importante, el sonido del agua en un riego, el vuelo lejano de un pájaro, una estrella fugaz que atisbamos unos segundos o las sombras de aquellas plataneras en las que muchos nos adentrábamos como quien se adentra en una manigua oscura, entre olores que también se guardaron en esos trasteros de la memoria que siempre nos terminan sorprendiendo.
Habitualmente caminamos las mismas calles sin darnos cuenta de la variación diaria de todo lo que vemos, y así hemos ido escribiendo nuestra biografía en cientos de aceras, en campos abiertos, en la orilla de las playas, con amores, amigos, con gente de paso, o que creíamos de paso y que luego nos aparecen en los recuerdos como personas que nos marcaron más de lo que pensamos cuando estuvimos con ellos. Uno también se queda donde va fijando su mirada, en el detalle curioso, en lo que no parecía trascendente, y en cada uno de esos paisajes que también forman parte de nosotros. No hay nadie más en el planeta que está unido a todos esos espacios, que tenga tus mismos vivencias a la misma hora, el mismo día o siguiendo los mismos pasos. Por eso desde que desaparece una tienda que llevaba toda la vida en la calle por la que transitamos, o si tiran un edificio, o si alguien derriba un muro que permite que veamos todo con una perspectiva diferente, es cuando nos damos cuenta de la importancia que tienen esos lugares y de que nosotros, de alguna manera, también formamos parte de ellos. Alguien nos verá pasar todos los días y hasta nuestra misma sombra reconoce otras sombras cotidianas entre esa misma gente que también cree que va pasando de largo. Da lo mismo que hayamos habitado en la misma calle casi toda nuestra existencia. También hay una especie de efecto mariposa que no controlamos y que puede estar variando el curso de la historia en el otro lado del planeta, o al lado mismo de donde estamos, como sucede cuando nos enamoramos de repente en alguno de esos encuentros casuales por las calles, por esas mismas calles que antes de que apareciera la fascinación del amor nos parecían unas calles corrientes. Y lo mismo puede aparecer el amor que una desgracia inesperada, pero nunca permanece todo igual, ni en la calle ni en nuestra mente, ni tampoco en esos recuerdos que luego te aparecen con ese color sepia de las fotos que va desgastando el tiempo.

Vi una sombra a través del cristal. Era un ángel que caía igual que los copos de nieve en invierno. No me quise asomar al patio, pero estaba seguro de que era un ángel. Salí a la calle y me encontré a esa mujer. Me miró fijamente y yo la abracé como si la conociera de toda la vida. Llevo cinco años con ella. Ya la había soñado antes de verla. También vi cómo su silueta bailaba unos segundos detrás de aquel cristal que siempre deformaba las imágenes.

Era la más guapa. Se convirtió en modelo y vivió entre Londres y Nueva York. Ahora pasea por el borde de esa piscina vistiendo las ropas de una tienda ambulante que vende según termina el desfile. Acuden a hoteles masificados y llenos de horteras con todo incluido. Los que empiezan a beber desde que amanece le dedican frases soeces cuando se cambia la ropa en el borde de la piscina. Sigue siendo muy guapa, pero me contaron que tuvo mala suerte en la vida y luego estaba también lo de aquel accidente. Se quedó en la isla en la que había nacido y ese trabajo fue el único que encontró. Sonríe igual que cuando desfilaba en las grandes pasarelas. No tuvo nunca un nombre reconocible pero cuando desfilaba nadie era ajeno a su exótica belleza. Yo me enamoré de ella en el instituto, pero nunca me hizo caso. Mi mujer no para de sacarle defectos cada vez que pasa a nuestro lado. Ella me ha mirado y yo creo que me ha reconocido. Soy un hortera más en medio de este bullicio.

Nunca sabes si vas a tener tiempo. Ni siquiera podemos controlar el segundo siguiente. Por eso nunca podemos demorar los sueños. Pueden cumplirse o no cumplirse, pero lo que no pueden es dejar de buscarse, apartarlos en el camino como si fueran un exceso de equipaje o un compromiso demasiado pesaroso para seguir caminando. Lo que sí es pesaroso es el arrepentimiento. Jamás el fracaso. No hay fracaso cuando uno intenta hasta sus últimas fuerzas la consecución de un sueño.
El otro día mi madre me llamó por teléfono para que fuera a ver al Monopol la película que recrea la amistad entre Emile Zola y Paul Cézzane. Mi madre jamás falla a su cita con el cine el domingo por la tarde desde hace muchas décadas y cuando me llama para que vea una película me suelo fiar de su criterio. No se equivocó. Al margen de la calidad cinematográfica, de la intensidad de esa luz de Aix Provence que reconocemos en tantos cuadros de los dos últimos siglos o de las memorables interpretaciones de los protagonistas, la película es casi un manual para cualquiera que quiera dedicarse al arte y necesite entender los maniqueos y azarosos destinos del éxito o el fracaso. Desde adolescentes, Emile y Paul son dos buscadores de sueños, pero esos sueños los determina luego el tiempo y la insistencia, y en muchos casos solo se ven refrendados cuando los artistas mueren. Del artista depende el esfuerzo y el compromiso con lo que está haciendo. En la película es Paul Cézzane el que sufre el rechazo de su tiempo, y los dos, como todos los que estamos vivos, también buscan el amor que les ayude a transitar por esta existencia sabiéndose eternos de vez en cuando. Y luego está la amistad, el orgullo, las traiciones, y ese tiempo que pensamos que es eterno cuando vamos a mostrar nuestros afectos, a pedir disculpas o a perseguir esas metas de las que hablaba al principio. No hay peor condena que no haberle dicho a alguien lo que sentimos, que no pedir una disculpa o que no extender la mano cuando aún estábamos a tiempo. Esa persona puede desaparecer para siempre de la noche a la mañana, y entonces nuestro abrazo se volverá hielo y cada una de esas palabras que no dijimos terminará por martillear nuestra conciencia. La felicidad está casi siempre en lo pequeño, en los gestos cotidianos que no creemos trascendentes, en decirle te quiero y abrazar cuantas más veces mejor a quienes queremos. Solo así nos quedará el consuelo de que dimos lo mejor que teníamos y de que expresamos todos nuestros buenos sentimientos. También sucede lo mismo en la búsqueda de los sueños, sobre todo en el arte. Lo de menos es el éxito o el fracaso, lo que cuenta es el compromiso individual, el camino recorrido, la búsqueda incesante más allá del papel o del lienzo, lo que uno vive, pinta o escribe intensamente.


Había perdido aquel amor que creía que iba a estar siempre a su lado. No quiso darle importancia y pensó que la olvidaría con el paso del tiempo. Todo comenzó con los pantalones, uno a uno se fueron desgarrando por la zona de los muslos. Estaba mucho más delgado. No se rompieron por la presión ni por el uso porque casi todos los había comprado en el último año. Eran los desgarros de su alma que ya empezaban a asomar en la tela vaquera. Dentro había un gran destrozo, pero él todavía no se había dado cuenta.

No tuvo suerte. Cada cual tiene un espíritu que le acompaña, pero a él le había tocado la sombra de la rana que nunca volvió a convertirse en príncipe en ningún cuento.

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