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Cada vez que se levantaba a desayunar, las palabras se le movían de sitio y cambiaban las frases. A veces trataba de defenderse de esos juegos buscando palíndromos como anilina o kayak que se leyeran igual desde la izquierda y desde la derecha; pero incluso esas palabras alteraban sus letras y pasaban a contar otras historias. Al principio se desesperaba a todas horas. Llamó a un par de informáticos para que miraran el ordenador e incluso probó con unos conjuros aztecas por si era cosa de espíritus burlones. No hubo nada que hacer. Eso sí, cuando venían los informáticos o trataba de hacer una prueba delante de sus amigas más cercanas nunca pasaba nada. Escribía, se alejaba un rato del ordenador y al volver estaba todo exactamente igual. Decidió no seguir contando a nadie esas alteraciones textuales al ver la cara que estaban empezando a poner sus conocidas.
Ya últimamente ni siquiera se esforzaba en buscar metáforas o historias más o menos sorprendentes. Se levantaba de la cama, tecleaba al azar durante un rato y luego se iba a desayunar a un bar cercano sin agobios y sin pensar, como había hecho durante años, en los argumentos que estaban en marcha. Cuando llegaba ya tenía escrito el relato, el capítulo de una novela o el artículo que debía entregar esa misma mañana. Probó a escribir a mano alguna vez y le sucedía lo mismo. Todos destacan el salto de calidad de su prosa. Nada que ver con la aburrida y plúmbea escritora de estos últimos años. Mientras desayuna recuerda aquellas historias que siempre había soñado escribir. De vez en cuando encuentra alguna de ellas cuando regresa y lee lo que el azar ha querido hacer con sus letras. Se llama Ana Medem. Su nombre y sus apellidos suenan igual se lean por donde se lean. Es una palíndroma que cuando desayuna sigue escribiendo.

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Quien no lee corre el peligro de quedarse inédito. No hace falta que te cuentes. Uno se cuenta a sí mismo en la vida de los otros, en las ciudades que sueña y detrás de cada una de las palabras que va leyendo. No imagino la vida sin letras. Lo que no se puede nombrar ni trazar en ninguna parte está condenado al olvido inmediato. Cuando lees o escribes logras que tus argumentos vayan mucho más lejos que la sombra que proyecto tu cuerpo, o que la estela que dejará tu propio recuerdo. También soy Alonso Quijano, Emma Bovary, Julián Sorel, Isidora Rufete, Gregorio Samsa, Maqrol el Gaviero, Aureliano Buendía, Zuckerman, Herzog, Santiago Zavala o Elizabeth Costello. No sería el mismo si me faltara alguno de ellos. No solo estamos nosotros y nuestras circunstancias, también están todos los demás argumentos que han ido formando parte de nuestra vida diaria. Seguiremos buscando en las pantallas o en los papeles. Da lo mismo. Lo único que cuenta es que podamos seguir leyendo.



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Los coches vienen con las roturas programadas desde que salen de la cadena de montaje. A ella se le rompió el manguito un día de lluvia camino del trabajo. A la misma hora, con el mismo modelo de coche, y a más de dos mil kilómetros de distancia, a él se le rompió la misma pieza pero en un día soleado y cuando regresaba a su casa. Habían recorrido los mismos kilómetros por paisajes diferentes. Los dos se habían divorciado hacía tres meses después de estar casados diez años. Aún les quedaban cinco meses para coincidir poniendo gasolina en la misma estación. Él cambiaba de trabajo y de ciudad. Viviría a dos manzanas de ella, la conocería en la gasolinera y se daría cuenta de que era la mujer que llevaba buscando toda la vida. Los dos coches estarían estacionados frente a frente, con las luces encendidas, como cuando los probaron al mismo tiempo recién salidos de la cadena de montaje. Compartirían plazas contiguas en el garaje y estarían juntos los mismos años que ellos se amaran.

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Tanteaba el barro tratando de descubrir los rasgos de quien aún no sabía que estaba siendo imaginado. No siempre tenía suerte. A veces se le escapaba la belleza entre sus propias manos. No dejaba nunca de crear toda clase de seres que luego quedaban a merced de las travesías azarosas de sus propios pasos. Fuera del estudio estaban los museos, las salas de arte y también todas esas calles llenas de humanos que deambulan de un lado para otro. No hay artista que no se sienta un poco Dios cuando descubre rostros que no estaban antes de que él comenzara a modelarlos. Cada mañana, ante el espejo, también se veía como cualquiera de esas esculturas que había soñado mucho antes de que fueran descubiertas por sus manos. Tocaba sus pómulos y su frente como si fuera otro el que lo estuviera creando. Afuera también esperaban los marchantes para ponerle precio a todas las caras.

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Su padre le decía cuando era pequeño que la música sonaba mejor con los ojos cerrados. Le despertaba con Yehudi Menuhin tocando en el violín las sonatas de Bach. Él se quedaba en la cama y recuerda que casi volaba detrás de todos aquellos acordes. Su padre venía a veces y le daba la mano. Hace años que no ve a su padre. Vivieron juntos toda la vida. La madre murió cuando él tenía tres años. Estudió música en el conservatorio. Su padre soñaba con verlo alguna vez sobre el escenario del teatro en el que trabajaba como acomodador desde que había cumplido los veinte años. Él toca en una esquina de una ciudad lejana. Siente el sudor de muchos días en su camisa cada vez que levanta el arco o cuando tensa las cuerdas del violín en un escorzo casi imposible. Su padre cierra los ojos cuando tocan los violines de la orquesta cada sábado. Su hijo solo está pendiente del sonido de las pocas monedas que le van echando en el plato los transeúntes de esa ciudad lejana.

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La vida siempre escribe mucho más deprisa que nosotros. No sé si improvisa o si parte de una trama ya pensada antes de que aparecieran nuestros nombres. Hay días para luchar y días para dejarse llevar hasta descubrir hacia dónde nos lleva la corriente incontenible de esos acontecimientos que se nos escapan de las manos como si fueran azucarillos del tiempo. Todo lo que andamos lo desanda el destino en unas horas, sin aspavientos, aprovechando que dormimos, o que estamos despistados en otras cosas. De repente te das cuenta de que mientras tú escribías, esa vida de la que hablo fue escribiendo en una libreta paralela otros argumentos muy distintos a los que esperabas. Y nunca está mal la incertidumbre, sobre todo si somos capaces de asumirla con esa deportividad que se espera siempre de los buenos jugadores.

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Alguien me explicó hace años lo que era la elegancia. Fue una mujer bella, algo mayor que yo, en un país lejano. Yo le pregunté que cómo se las arreglaba para estar siempre tan guapa. Ella miró al cielo y señaló hacia unas gaviotas que en esos momentos volaban en dirección a la costa. Recuerdo perfectamente su respuesta: "las gaviotas cuando vuelan nunca saben si las están mirando". Me costó entenderla entonces, pero con el tiempo me he repetido cientos de veces esa frase. Hay que ser pájaro que vuela sin que sepa que le están mirando también cuando se escribe, cuando se ama o cuando se quiere mantener a salvo esa ética y esa dignidad que cada vez cuesta más encontrar entre los humanos. Sé que aquella mujer murió hace años, pero estoy seguro de que partió como mismo volaban aquellas gaviotas ajenas a nuestras miradas.

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Se reconoció en un documental rodado en Budapest en 1930. Debía tener la misma edad que tiene ahora. No sabía el color que tenía la ropa; pero parecía que vestía un traje negro y una camisa blanca. Llevaba corbata y un sombrero que en ese momento tenía agarrado con la mano. Siempre ha querido viajar a Budapest. Todas las noches sueña con los puentes que atraviesan el Danubio. También se le aparecen nombres que reconoce en la penumbra de esos sueños: la avenida Andrássy, la estación de Nyugati, el parque de Várolsiget o la calle Király. En la imagen aparece junto a una hermosa mujer que lleva soñando todas las noches desde hace años. No sabe su nombre, pero sí recuerda que la amaba con locura y que planeaba fugarse con ella a Viena para empezar una nueva vida. Se parece mucho a una turista que acaba de mirarle fijamente mientras paseaba por la avenida de Las Canteras. Cuando se dio la vuelta, ella todavía le estaba mirando como si lo reconociera de otra vida muy lejana. No recuerda el título del documental. Lo encontró azarosamente mientras pasaba los canales de la tele. En aquella imagen reconoció el abismo que a veces intuye en sus propios ojos cuando se mira fijamente al espejo.



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Eran ellos. De eso estaba seguro. Los años cambian a la gente, pero siempre dejamos pistas para que nos reconozcan incluso los que apenas nos vieron unos segundos. Nuestra mirada, un pequeño gesto del que casi no somos conscientes, el movimiento de las manos al caminar, siempre nos vamos delatando aunque creamos que somos distintos y que no nos parecemos al del pasado, a aquel otro que vestía con modas más horteras y que se equivocaba tantas veces tratando de encontrar su lugar en el mundo. El hombre seguía teniendo aquel aire de superioridad que a él le llamó la atención la noche que los encontró en la plaza, y ella conservaba el rictus inalterable de quien sabe lo que quiere y también de quien ha aprendido a ocultar los rastros que dejan los sentimientos en algunas miradas y en algunos gestos. Eran seres calculadores, ambiciosos, que entonces no tendrían más de veinte años.
Él paseaba a su perro aquella noche por la plaza. Tenía treinta y cinco años y vivía en una encrucijada de caminos en la que sabía que cualquier elección casi conllevaba una renuncia al resto de las posibles rutas vitales que tenía delante. Ellos hablaban del futuro. En alguna casa cercana sonaban los acordes de La flauta mágica de Mozart. No hacía frío. Pasó al lado de la pareja y le llamó la atención lo que dijo ella. "Si alguna vez tenemos hijos quisiera bautizarlos con nombres de metales". El novio le dijo que le parecía una buena idea. Los dos estudiaban algo de Ingeniería. Lo supo en las dos o tres vueltas que dio con el perro. Hablaban de un examen de Circuitos y Sistemas. Los vio alguna que otra noche más por la plaza, pero se conoce que luego ya no tuvieron más tiempo que perder juntos o que cambiaron de escenarios para sus cuitas y sus confidencias de futuros padres de niños metálicos. Él al final siguió viviendo en la misma plaza. No cogió otros caminos y se fue quedando atrás, o por lo menos no llegó adonde había querido llegar cuando soñaba con veinte años. Tenía un buen trabajo, estaba casado y ahora paseaba a otro perro por la plaza. Era sábado por la tarde y se celebraba una boda. Los vio venir a lo lejos y los reconoció sobre la marcha. A su lado venían tres jóvenes casi robóticos que apenas sonreían. Se acercaron a otra familia y se presentaron. La madre estaba justo en el mismo banco en el que veinte años antes había decidido tener a esos hijos con esos nombres. Se llamaban Cadmio, Estroncio y Cesio y tenían más o menos la edad que tenían los padres cuando él paseaba a otro perro y aún creía que tendría años para cambiar su suerte. Los jóvenes no levantaban las miradas de sus máquinas. Realmente parecían metales, seres fríos y lejanos que hacían honor a los sueños minerales de su madre.

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No quería cambiar el exprimidor. Le decían que comprara uno eléctrico porque se ahorraría esfuerzos y trabajo, pero ella seguía empeñada en sacarle todo el jugo a las naranjas con las manos. Necesitaba esa sensación mañanera para luego enfrentarse a las rutinas y a las guerras diarias. Iba cortando las naranjas cuidadosamente y luego las apretaba sin dañar nunca la cáscara para obtener todo el jugo posible de lo que quedaba dentro. Cada naranja era un enigma. Como la propia vida. Pero ella sabía que si dejaba ese proceso en manos de una máquina acabaría olvidando.

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