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Novedades en la categoría Literatura

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©Javier Valido


Levantarse antes que el sol. Observar el frío. Correr para que reine el calor en mis manos. El parque está solo y hermoso, la luna acompaña esta mañana de sábado, esta mañana de shabat shalom donde todo descansa. Los árboles duermen y el césped se vuelve amarillo porque, hoy, queremos ser felices, estar en paz y perdonar la crueldad del frío. He decido perdonarlo (que no es lo mismo que rendirse) para vencerlo.

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Los apuntes a la intemperie se vuelven secos, difíciles de masticar. Es necesario sacarlos de la caja de Pandora. Enfrentarse con el pasado y corregir. Sacar esas hojas con olor a humedad o polvo, y ponerlas a conversar con el presente. Esos papeles son el pasaporte del escritor para volar al pasado. Todos los escritores rechazan su pasado, con los años toman los apuntes del niño o el joven que estuvo en ellos para mimarlos, corregirlos y resilienciarlos (desarrollarse después de un trauma, según Boris Cyrulnik).

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Arthur Rimbaud. © Ernest Pignon

No existe literatura sin experiencia. A diferencia de las otras artes y ciencias, la literatura necesita de vivencias y experimentar hechos o al menos un hecho intenso. Los grandes escritores crean desde la experiencia. No conozco en toda la historia de las literaturas ni un solo escritor que haya creado de la nada experiencial. Rimbaud fue lo que es, después de ver la luz iniciática del amor y el sexo de Verlaine. Fue un genio pero vivió, no creó su literatura copiando a los que leía. Rimbaud vivió, intentó vivir al menos. En esa misma línea se encuentra Víctor Hugo, el padre de los miserables más bellos de Francia. El maestro fue un genio no por lo que estudió en las diversas ramas del saber humano, sino por lo que vio y vivió mientras existió. Y en la línea de Rimbaud y Hugo está Emily Brontë con su angustia contra el amor, o Vita Sackville por su pasión poética hacia la mujer. Los creadores necesitan vivir, vivir viviendo intensamente (escribió Lucía Martín) para escribir.

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No hay más Dios omnipotente, omnisciente, omnibello, omniamoroso como la mirada de prado holandés de mi amor, el amor sumiso con el que inclino mi cabeza al suelo cinco veces cada uno de los siete días. Inclino la cabeza. Dios se presenta en la escena, pero la conciencia vuela a otro amor. Hacia el demonio. Quizás, porque Dios y el demonio son la misma cosa pero con distinta energía. Nos han contado la historia al revés. Dios es hermano de Satán y Satán es hermano de Dios. Lo supe cuando vi en la puerta del infierno (entre el apartamento de Rimbaud y el de Reinaldo Arenas) a Satán abrazar, con una fuerza sincera, a Dios.

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Es

Lo importante es caminar al filo de la navaja. Sangrar, morir en el intento a pesar de los consejos imbéciles de los mediocres. Un consejo es cuando se pide, y un consejo debe ser cuando un buen amigo te lo ofrece. Estoy caminando al filo de la navaja, en el camino me he encontrado con Ockham. Lo besé en la mano como si fuera el Papa. Hace tiempo que no creo en la iglesia. Creo en Cristo y en San Juan de la Cruz, mis pies son testigo de mi fe: sangran en su camino hacia la luz.

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Hani Naqshabandi en la calle capitalina Los balcones.


Esta tarde de noviembre será testigo, testigo fiel de la construcción de un puente donde se sentarán a conversar el hermano Hani Naqshabandi sobre "Medio ciudadano respetable", una novela donde decir NO está prohibido. Sidi Hani se sentará en el puente de culturas junto al gran humanista Juan Carlos de Sancho. Se elevarán puentes y ríos donde los barcos enseñan su bandera, la bandera universal de la libertad y la literatura mientras Galdós observa la escena desde las ventanas de su casa. A las 19:00, hoy, en la Casa-Museo de Galdós, estar para cruzar el puente
hacia el horizonte de la belleza.

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Escaparme a una playa vacía. Llorar. Levantar los brazos al cielo. Golpear la arena para después llegar a mi habitación. Lleno de arena, sal y meterme en el sobre de amor que nunca he escrito. Llorar. Intentar dormir. Volver a llorar. Tomar la almohada que me asfixia todas las noches. Recuerdo la necesidad de amar. Amar siendo joven, aunque la vida iba en serio como nos enseñó el poeta. Otro profeta me hizo temer al rechazo inhumano de la amada: Olvídame.

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La sonrisa ontológica de Heidegger

Tu carta me ha conmovido. Debo darte las gracias por tus palabras. ¿Merezco tanto? Después de darte las gracias, entro en materia. Por aquí no te quieren. Ni se te ocurra reencarnarte en algún joven filósofo o viejo radical. Nos conocemos. Por favor, intenta estar al margen de este mundo. Si vienes, al menos intenta disculparte por lo que no hiciste. No te descubro nada nuevo, ya te lo dije en Friburgo: "Eres un chaquetero". Mi comentario provocó una sonrisa en ti, porque sabías que estaba en lo cierto. Eres esa especie de creadores que viven en su mundo, y para complacer a sus contemporáneos abrazan cualquier tipo de poder. Eres como Dalí cuando bromeaba con el asesino intelectual de Lorca. O el mismo González Ruano con los de aquí y los de allá, egoístamente. Desde Helheim, te enteras de todo. Siempre has sido cotilla. Cotilla y rápido que es mucho más peligroso para aquellos que quieran guardar una confidencia. Hablando de confidentes y cotillas, por aquí todos conocen tu amor apasionado por Hanna Arendt. La adorabas, no me lo niegues. Habrías dado la vida y hasta la muerte en la que estás por ella. Tú eras el dasein, y ella tu ser.

No vengas por aquí, eres un nazi. No creo que hayas matado a nadie, pero dejar matar a alguien: es delito de omisión. ¡Qué desgracia! Un pensamiento tan elevado arrastrado ante el falso bohemio que pintaba ruido con sangre y humo. ¿Por qué, Martin? Años después de nuestro encuentro en la Universidad de Friburgo, supe de la desgracia de Husserl. Le amargaste la vida al maestro, cegado por tu falso mesianismo. El mesianismo que derrite la retina de quienes aman odiar. El maestro murió. Hanna escapó. Y a vos os recuerdan como una gran mente, el gran filósofo del siglo XX que pensó como nadie. Pero, es paradójico que un nazi (como tú) haya creado al Sartre más rojo (casi lila, negro). Tus ideas fueron una mina de oro para todas las corrientes filosóficas posheideggerianas, para todas las ideologías de este mundo; pero tu persona es un acantilado azotado por cualquier bajante.

Un abrazo distante,
Te invita a reflexionar tu colega Sikabi.

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Salimos del túnel. Vemos la luz. El hospital de mi infancia, a lo lejos. Asoma el mar. Ya tenemos mil toneladas de agua salada, encima. El mar andrógino, dios de las narcosirenas. Giro la mirada. El puente figura como una roca casi imperfecta de las políticas urbanísticas. Las montañas se elevan. El puente no es un puente, nunca lo fue. Las montañas, sí, montañas secas que vieron sufrir a Doña Ana (la abuela de Corina) cargando mil cajas de tomate con la mirada clavada en el suelo. Los cabellos movidos por el mar y los ojos cerrados por el aire cargado de tierra. La carretera, ya, no es lo que fue. Ahora, está más dura, más humana, menos primitiva, más generosa con los automóviles que van para Las Palmas o para Ítaca.

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Las tierras, que hay junto a la carretera, están repletas de tomates con forma de sietes y unos, que acompañan el camino de la lectora de Camus. Está impaciente, lo sé: mueve el índice de la mano derecha con melancolía. Camus la espera, más allá de la belleza del sol y la lluvia. El argelino se impacienta. A lo lejos, muy loin, la ve venir con su coche rojo (cargada de escopetas literarias y munición de clásicos que domina como pocos). Sale de su coche. Camus llora, alarga su mano izquierda. Teté continúa apoyada en el coche, lo observa con la firmeza de una existencialista:

-Ya estoy aquí, amigo. Pronto te llevaré a Tirajana, el sol en mi tierra te dará vida: volverás a ser mortal.

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