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Novedades en la categoría Educación


Ese rollo de la intimidad es una bobería; con Google la intimidad ha muerto. Las gentes del armario, o las personas de dobles/triples vidas o el fetichista de turno están condenados a la transparencia. Ellos mismos, o cualquiera de nosotros, se condena a la transparencia cuando busca un video subido de tono- y de todo-, o cuando mantiene una correspondencia donde las conchas y los onanismos son primeros actores de un video casero remitido; vía Whatsapp. Todo lo que buscamos, en la red, con el fin de descargar nuestros deseos o nuestra ira contra el cabrón de turno se almacena en una cajita muy hermosa- algunas veces de procedencia rusa, o americana- con nombre de gobernanta anglosajona: "Big Data". Dentro de la Big Data está todo el mundo, desde el cura de la parroquia que te come la oreja con no fornicar antes del matrimonio hasta los dedos gruesos de un juez tanzano. Dedos que entran y salen del Tribunal Superior de Dodoma (rima con Sodoma), entran y salen lentamente de Dodoma ante la atenta mirada de unos actores: creación de un clic en Google, y una cámara que te observa: un ordenador que lo almacena todo. Todo significa fobias, traumas y todo lo que no quieras pensar por miedo. Y sobre las gentes del armario y los que tienen dobles-triples vidas que se dejen de gilipolleces, porque sus claroscuros está en manos de cualquier informático imberbe que puede vender "el tema" al interesado de turno.


En Canarias, escandalizan las grabaciones a personajes públicos. Pero, más escandaloso es hacer tu vida enfrente y sobre y con un ordenador o un móvil. Perritos de una nomofobia que los controla. La jurisprudencia podrá prohibir o limitar lo que crea conveniente, pero la realidad virtual está al margen de la legalidad y la moral; es un gangster chismoso. Lo virtual almacena tu ubicación, tu historial; todo. Mientras escribo, un informático me sonríe. Ten cuidado con lo que escribes, que tarde o temprano le venderé tus cartas al diablo.

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Werther ha muerto, el amor de mi vida ha muerto. Lo he amado con todos los elementos celestiales y circunstanciales posibles, me habría convertido en el Anticristo por él. Pero, él ya no es él: fue el ser de mi vida junto a Dios. Su mirada era la de un Cristo llorando ante el aura de María Magdalena, su mirada era un prado donde habría soñado con decirle: Te quiero. Fui cobarde, fui esclavo de los falsos moralistas. Sí, falsos somos todos los moralistas. Amamos, pero tras los portones y los sótanos escondemos azufre y semen. Lo mío con Werther no fue azahar, fue un amor platónico o más bien agustino; era mi Dios, aunque él no supiera de ese poder. ¿Debería haberlo sabido? Quizás, sí. Quizás, no. Quizás, la respuesta se la llevó la muerte y el tiempo; ya es tarde para besar los labios secos e ilustrados de mi amado. Creo que puedo amarlo, como quien ama a un Dios que no se ve; y si lo viera estaría- y lo está, por desgracia- encima de una nevera. Unas cenizas que fueron un cuerpo duro, una mirada maravillosa, unos muslos que nunca rocé; un ser que casi siempre amé, callado.

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"¿El abrazo del alma?", Mundial del 78 ©Osvaldo Alfieri

A millones de ciudadanos del mundo se les marcan las venas. Están nerviosos, harían cualquier cosa con tal de que ganara su nación en esta Copa Mundial de Fútbol que se está celebrando. Antes de entrar en materia, me declaro amante y esclavo de ese arte y ese sapientísimo- no siempre, todo hay que decirlo- universo de estrategias: fútbol, nuestro fútbol. Pero, el macrofútbol me aburre; me asfixia entre los comentarios huecos y el teatro barato. Parece un teatro, no sé si teatro surrealista o social. Y si fuera social, estaría totalmente (como lo está) politizado en la gran mayoría de los casos. No me interesan los acuerdos entre los jugadores o los equipos de fútbol cuando de vender goles o fracasos se trata, ahora me toca escribir sobre un mal mayor que no tiene nombre ni apellido. Parece huérfano, pero todas las naciones de este Mundial lo han adoptado y le han puesto un babero. El chiquito, o chiquillo, se llama Nacionalismo y en su babero han cosido un nombre:" ODIO". Veo odio en los bares, en los balcones y en los ataques de histeria de los seguidores de fútbol (está de más, si afirmo que no todas las gentes somos así). Este Mundial separa, no existe un sentimiento de fraternidad u ocio fraternal entre los equipos. No, eso no existe. Tengo que maldecirme en el equipo enemigo, tiene que ganar mi nación (y por consiguiente, no cabe empate) frente a los otros. Libero todos los adjetivos, que haya podido almacenar en este inconsciente, contra el negro: el sudaca: el moro: o el gilipollas de turno. Tengo que ganar, porque es mi nación. Siempre he defendido la industria del espectáculo, porque no todo el mundo está dispuesto (o no le da la gana) divertirse con una obra de Becket o una lectura por Odisea. Viva el espectáculo, pero este planteamiento de odio que separa el mundo es propio de los estados pirómanos. Plantan políticas de interculturalidad y democracia, pero apoyan y promueven un fútbol nacionalista, odioso.

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¿Estos mediocres habrán leído a Borges? ©Vasco Szinetar

Parece que cualquier periodista tiene el derecho- canónicoliterario- de considerarse, a sí mismo, escritor. Licenciarse en periodismo, y ¡úpa!: doble salto moral sobre la piscina de la literatura. A estas alturas, muchos periodistas se han tirado a la piscina (vacía o llena, según mande la Santa Editorial); otros continúan tomando el sol sobre la piedra dura- y uniforme- de la fama. Soy periodista y, por consiguiente, soy escritor. Soy famoso, trabajo en la tele (con/sin título de periodista, con/sin formación periodística) y cuando me da el punto me considero García Márquez ( gran periodista sometido a la ideología del tac-tac). Pido un mes de vacaciones a los de la tele o el periódico. Escribo un libro sobre los conejos/conchas/esmeraldas/melocotones que me he metido en la boca, y ya soy Marguerite Duras. Me paran por la calle. Me invitan a las grandes embajadas en nombre de la Cultura. Me piden consejos amatorios, a sabiendas- o no- que soy un fracaso en el amor y las letras. Soy periodista, escribo y hablo de todo sin saber de nada. No hay más máximas que las mías, yo soy el paradigma de periodista que se entromete en la literatura después de leerse dos o tres clásicos. No leo a Quevedo, porque es misógino, antisemita, homófobo, islamófobo. Solo leo a los progres. Me llenan como mujer u hombre; u las dos cosas. Sólo leo a Sandra Barneda, la reina de la literatura y la libertad. Ay...mi vida, qué bien escribe esta mujer. Sandra escribe con la misma vehemencia con la que lee. Con la vehemencia del 0, el cero. Con la vehemencia de las mercedesmilá (excelente lectora, pero pésima escritora de frases hechas y lugar común) o los maximhuerta (óle tú, ministro afirma la de San Blas). Cualquiera escribe mal. Cualquiera miente a los lectores. A cualquiera le escriben el libro (caso Belén Esteban, Sánchez Dragó, Arturo P.C., Ana Rosa Quintana y su fallo informático; y un laaaargo etcétera).

Mañana me matriculo en Periodismo, quiero crear escuela; hacerme periodista sin conocer a Larra; tener un programa de TV, y ser el Terenci Moix del 2018.

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Unos salvan libros, y otros pasan de ellos


Los escritores de mi generación son profetas: tienen un séquito de palmeros (y palmeras putrefactas) y hablan en nombre de la Divina Providencia, o lo que es lo mismo en nombre de la literatura sin conocerla. No conocen las sagradas escrituras, dicen que son un tostón. Otros dicen que no tienen tiempo. Otros dicen que los clásicos están pasados de moda. Otros se pelean con uno. Otros siguen leyéndose, sí eso es. Estamos ante el escritor narcisista que se lee, después de publicarse. Es algo así como un Job, que lee su libro cuando se da cuenta que no vale como creador. Como Job, pero sin la sabiduría de Job. ¿Y a estos los llaman escritores? Con razón la literatura está en la UVI, como dijo Savater. Ser escritor, he aquí una definición para los descarados que se las dan de escritores, es recorrer mil universos: leer a miles y miles de autores, recorrer su pensamiento. Sí, eso es. No es leer, y decir que conoces a Heidegger sino dormir; y si hiciera falta despojarte de tu Ser y ofrecérselo a la pirámide de la Literatura. Es una necesidad. Es todo o nada. Es fracasar en la existencia, invertir millones de horas y decir: Soy escritor, ese escritor que nunca deja de leer. Leer debe ser una cosa enfermiza, pero esa comunión debe- como imperativo metacategórico- ser con esos libros que te rompan la cabeza; te derritan la retina y te provoquen nauseas sartrianas. Y hablando de Sarte, ¿dónde está el discurso filosófico de Gide o Dostoyevski o Camus en el texto literario? Esto no funciona así, el escritor (portador del verso o la prosa) debe tener unas referencias en psicología; en filosofía y en todas las áreas del saber. E incluso en las temidas matemáticas, ¿qué sería de Borges sin las matemáticas?

Pero, todo esto no lo entiende una mente maquiavélica- y mediocre, que es lo peor- porque no busca la esencia de la literatura o las esencias. Cada creador tiene la suya, pero un mediocre (¡cuántos hay, ay!) no habla de esencias; ni analiza su contexto literario, ni su calidad literaria. Publican, se aburguesan y comienzan a disparar a los que, tarde o temprano, devorarán. Los escritores de hoy, y no todos, son caníbales porque donde no hay no puede haber. No hay discurso, no hay belleza, no hay formación, no hay nada porque lo que no vale no perdura. Algunos murieron asesinados por sus colegas escritores como fue el caso de Leopoldo María Panero (Véase la entrevista que le hizo Sánchez sin-Dragó), y otros mueren a los años como las moscas: bzzzzzzz, pero después zas: ¡muerte!

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Soy una Pringada es un fenómeno sociológico y artístico que ha revolucionado la forma de pensar de miles de adolescentes, con un mensaje que se caga en todo el panorama artístico nacional e internacional. Maldice todo aquello que no sea Trash, todo aquello que no sea basura. Pero, en el universo de Soy una Pringada, o Esty Quesada para los puritanos, la basura es una metáfora con olor a mayonesa podrida- y sobre la que se pasean dos o tres ratas peludas- y huevos rotos. La Pringada toma todas las basuras, todas las depresiones, todos los brazos acuchillados por la adolescencia y le dice al joven: "Eres un cacho de mierda". ¡Cacho de mierda, vuela! Es decir, en ese estilo provocador: malhablado: depresivo se esconde una profunda esperanza para todos aquellos que sufrieron- y sufren...- la mierda de la adolescencia. Esty es, por esto y mucho más, la reina Trash de los millennials que combate contra los gallitos del parque a favor de una sociedad en la que no haya necesidad de esconderse. Muéstrate tal y como eres; y no le tengas miedo a los monstruos morales. Si eres gorda, asúmelo. Si eres homosexual, asúmelo. Si eres una mierda, asúmelo. Asume tu realidad y construye un universo en el que solo valgan tus reglas.

Esta es la filosofía de Soy una Pringada que vive- y predica- como:

En plan travesti radical
Le da la espalda a cualquier muestra de tristeza
¿Melancolía o decepción?
¿Felicidad o tentación?
Todo podría ir a peor.

Esty estuvo en la Feria de Libro de las Palmas de Gran Canaria, y cautivó a un ejército de seguidores de todas las juventudes, de todas las ideologías. Apenas se podía respirar, olía a sudor y a éxtasis. Ha llegado el mesías, a presentar un libro lleno de verdad y rabia y una minúscula dosis de odio. Freak, un libro redactado por una tipa generosa que se fundió con el público. Permitió todas las preguntas, más allá del tiempo vanidoso de los autores. Permitió todos los criterios. El público fue un arcoíris, entre el cielo y el discurso soleado de nuestra Esty.

Esty es la reina del Trash. Si en España existió la Movida madrileña fue para que, años después: ahora, venga Esty a restaurarla y construir algo mejor. Esty es reina y señora (¡yassssss!) por tener la generosidad de estar siete horas, desde las siete de la tarde a la una de la madrugada, firmando: hablando: reinando.

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888.jpg ¿Hacia dónde va el lenguaje? © Hicham Benohoud


El lenguaje que utilizamos, despiertos ante el mundo o dormidos, nos crea y nos modifica de una manera sorprendente. Y en este contexto, siempre se pasea algún pícaro pretencioso- y de mala fe- que conspira en contra de la libertad y el criterio de todos aquellos que utilizan el lenguaje. El pícaro tiene mil nombres, pero se concentra, según le convenga, en dos o tres cavernas. Hace amistad con unos y otros. El pícaro, o el anticristo lingüístico, se mueve por ideologías. Sí, hoy el lenguaje está esclavizado por la ideología. ¿Esclavizado? No, está a cuatro patas y con su celulítico trasero abierto ante un ejército de cactus y tabaibas. Pasa de todo, se mueve por el deseo y el alcohol de la ideología. No respeta el lenguaje ni la libertad, porque un individuo- en este caso, el pícaro- cuando segrega, en géneros, a las palabras que armonizan (¡y unifican!): está corrompiendo el lenguaje. La palabra lenguaje, en unos años: antes del 2777, seguro, tendrá su equivalente en femenino si al ideólogo de turno le interesa hacer un cambio de género. Lenguaje y lenguaja, dirán los veinteañeros que se las dan de libres (y libras).

No todos son ideólogos, no todas las personas que le cambian el género a las palabras lo hacen con mala fe sino porque se niegan al monopolio lingüístico de un género sobre otro. De acuerdo, estoy con ustedes. De la misma manera, que estoy de acuerdo con mi amigo Pedro de Pablo cuando argumenta que las mujeres (yo soy una de ellas, dicho sea de paso por si algún facebukino, o no, salta), históricamente, hemos estado más sometidas; sin voz o con menos voz. Hemos sido el segundo sexo, como dijo la Beauvoir . Las mujeres no han participado, generalmente, en la creación del lenguaje, como bien dijo Don Pedro; de acuerdo. Los hombres han creado el lenguaje, de acuerdo.

Derrida lo llamó falogocentrismo: los hombres han creado el lenguaje. Pero, hoy y ahora cuando en este texto se emplea un masculino se hace englobando a mujeres y hombres. ¿Por qué debe decir "bienvenidas"? Si las mujeres, y los hombres, están dentro de esa invitación (¡bienvenidos!); pero la cuestión va más allá: aquí quieren, y no quiero ser conspiranoico, segregar a los géneros; a los grupos marginados; a los ciudadanos, y a todo aquel que se pueda apartar: arrinconar: etiquetar.

En el 2777, después de rescribir todas las reglas lingüísticas, cada uno de los grupos sociales, en cualquier sociedad o contexto lingüístico, será dueño de un género o partícula gramatical que etiqueta su razón. Todos los sustantivos, todos los adjetivos; e incluso las categorías gramaticales que, ahora, no tienen género como los verbos, adverbios o conjunciones presentarán segregaciones. No se limita a los sexos culturalizados [géneros], sino, como ya he dicho, a todos los grupos de la sociedad que muchos no sabrán utilizar su prefijo/ sufijo correspondiente. Serán tantos, será tan absurdo y complejo su uso como las pesadas fórmulas de los logaritmos.

Estamos en el 2777. El hombre es una masa de etiquetas. Todas las palabras tienen una vertiente, una etiqueta/ cadena que les cuelga al cuello. Vertientes, partículas lingüísticas para referirse a:

Mujeres heterosexuales, hombres heterosexuales, hombres homosexuales, mujeres homosexuales, transexuales, inmigrantes, tercer género, andróginos, pansexuales, sapiosexuales, gitanos, religiosos, agnósticos, ateos, escritores. Han convertido la identidad, o las características de cada cual, en un falso techo, de estadísticas y etiquetas, que separa a las personas, a minorías y mayorías; a todos. En el 2777, los periodistas somos tratados (¡así lo manda la ideología del lenguaje: el poder!) de diferentes maneras (atendiendo a sexualidad, raza, creencias; etc.). Mi caso es: Sikabi, periodisto (varón), periodistu (heterosexual), periodistex (se siente intercultural); y escribe libremente (antiperiodistex).

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El sabio murciano Ibn Arabi escribió en uno de sus poemas: "mi corazón puede adoptar todas las formas// es prado para las gacelas"; eso fue lo que le ocurrió al mío al rencontrarme, después de mil siglos, con Don Domingo. Mi corazón se convirtió, en esa Feria del Libro, en el pasto universal donde las gacelas y los perros y los tiranosaurios corren hacia la luz tenue de la felicidad; y lo convierten todo en alegría. Todo se volvió alegre: la mirada de los transeúntes, el sol que se almuerza tu retina; todo fue alegría, todo fue baraka, todo es Don Domingo. Un hombre que me enseñó, en el CEIP Fernando Guanarteme, a ser consecuente y sincero conmigo mismo; a negarme a las dobles existencias. A los 11 años, me invitó a entrar en su despacho. Creía que me iba a caer la del pulpo (estaba acostumbrado, era un huracán). No fue así; abrió una bolsa, y me regaló un libro: Historia de la España musulmana del Doctor Ángel González Palencia. Y a partir de ese regalo, empezó una pasión hacia el Al- Ándalus. Hacia la cultura hebrea, hacia la interculturalidad, hacia lo no-dogmático. Debo decirlo, si en este texto, o cualquier otro, aparece Ibn Arabi u otro filósofo es gracias al impulso intelectual de este amigo, de este gran amigo.

Tomar a todo un ejército de niños, y elevarlos hacia otro nivel. ¡Volad! ¡Volad como las palomas hacia el criterio!, fue la actitud del maestro Don Domingo que soportó, con la sabiduría del condenado a muerte, miles y miles de preguntas, a primera hora de la mañana, sobre insectos; religiones y sobre ella. Ella es, y siempre será, Cuba: amé Cuba gracias a las respuestas de mi amigo que crearon un imaginario, un universo, un ecosistema literario que años después desembocaría en una pasión, un libro e infinitas lecturas. Recorrer las cloacas de Pedro Juan Gutiérrez o desnudarse en la noche homooscura de Reinaldo Arenas fue gracias a la luz del maestro; la luz que alumbra farolas del mar e inconscientes submarinos.

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Bouchra.jpg"Mother-Daughter-Doll". Boushra Almutawakel ©


El islam, de hoy, se debería catalogar como "el islam del Ministerio de Interior"; esta es una de las múltiples ramas que presenta el islam, pero en este caso es de carácter político.

El islam del Ministerio de Interior rencarna a todos los califas ortodoxos, e incluso obra como si tuviese un poder general de Mahoma para crear un nuevo islam. No tiene este poder general, pero escribe libros. Recluta a estudiantes. Construye mezquitas para expandir sus conceptos, o preceptos ultradogmáticos, con el fin de monopolizar la empresa islámica ya que para el "islam del M.I." no estamos ante una filosofía; una teología; una forma de vida sino ante una masa (o umma bursátil) que debe obedecer al jefe con los ojos llenos: de amoniaco si te portas mal, de harissa si eres un burgués rebelde o navajearte el ojo crítico- a lo Buñuel- a quien vaya más allá. Son pocos los sujetos pensantes que se enfrentan a este Leviatán islámico que condena al ostracismo a sus rivales; y te acusa, si te opones a él, de islamófobo.

Este islam es camaleónico, lo mismo se traviste de malikí o wahabí: delante de la pared y el poder hiere a la gente, pero ante el espejo acusatorio llora como un bebe somalí. Sabe que no está en lo cierto. Llegará a la vejez, y se arrepentirá de tapar con la boca y el alma corrupta la democracia que lo hubiese salvado de la aniquilación. Es salvarse con la democracia o morir, como bien dijo el genial Adonis en una conferencia de la ADHOC Organisation en Bruselas.

"Todo es pecado, menos lo estatal", afirma el poeta Adonis. Hablar de cuestiones financieras es pecado. Escribir sobre la necesidad de la sociedad civil en el contexto islámico es pecado. Referirse a la igualdad entre géneros es un pecado, muy grande. Pecar no es pecado, pensar sí.

Existía más igualdad, en el plano religioso, en la primera época de los omeyas que hoy en muchos países islámicos. La igualdad es un tema gracioso, para los dirigentes araboislámicos; objeto de tesis doctorales, conferencias o informes. No más. La igualdad es un papel, que llevado a la acción es pecado. Todo es pecado, e incluso respirar con naturalidad: hay que saber respirar, y más si eres mujer. El papel de muchas mujeres está silenciado, y elevado a menos infinito, o supeditado al hombro de Papa: Esposo: Estado; y el hilo ejecutor es el hishab o velo como política de Estado. El velo es el gran comodín del islam del Ministerio de Interior, desde los ochenta cuando supo utilizar un trozo de terciopelo. Silencia con el velo y el matrimonio social. Otras se enfrentan a él con la libertad de no tener ninguna mano apretando la tela contra el rostro. Se manifiestan, conocedoras de la democracia, junto a sus amigas que toman el velo como símbolo-o no- porque quieren; y comienzan a liberarse.

El islam del Ministerio del lnterior sabe que, tarde o temprano, morirá; y por ello expande su virus (no-diálogo, no-progreso, no-Derechos Humanos) por el inconsciente colectivo que desconoce su pasado cívico.


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image.jpg Jürgen Habermas (derecha) junto a Macron. Fotógrafo: Oliver Weiken


Habermas es el filósofo, vivo, más importante de Europa según los académicos del mundillo filosófico.

Hace dos o tres lecturas (una lectura equivale a cuatro días), leí el siguiente titular: ¡Por Dios, nada de gobernantes filósofos! Pronunciado por Habermas, desde su refugio en Starnberg, al periódico El País. Sentí vergüenza ajena. Mucha vergüenza, de esa que te deja helado y con las manos temblando. Terminé de leer aquello, y escribí en el papel lo siguiente:

"El filósofo es el guardián de la sabiduría, siempre que no se limite a ningún campo del saber humano. El que ama la sabiduría, el filósofo, es una mujer o un hombre que no se limita a una rama de la filosofía; no se encarcela en una ideología, ni en un color. Es un estudioso y un pensador de la política, las ciencias, las filosofías, las técnicas, los tiempos, las teologías, las civilizaciones; todo lo que se pueda pensar pasa por la conciencia del filósofo. Esto último no se ajusta al personaje entrevistado, no se ajusta a lo que hace Habermas: se limita a un campo- de metafísicas, discursos, hermenéuticas y falsas éticas- y comienza una verborrea de arcadas. Cuando alguien da muchas vueltas; se marea, y vomita. Así está Habermas. Vomitó encima de mí, cuando leí aquello. La bilis me quemó la mano izquierda, aunque hace tiempo que no la necesito. Tengo dos derechas"

En la entrevista al filósofo alemán-¿heredero de Adorno o Heidegger, ah?-uno se decepciona con la filosofía ésta, del siglo XXI. Un filósofo es un tipo que conoce la calle y los centros de poder como el color de sus ojos, ¿por qué no puede gobernar un filósofo? Mire, Habermas. Un filósofo no es un licenciado-o un catedrático- pretencioso que habla por hablar, o escribe plagiando al personal. El filósofo es algo más, es lo más; es el más que nos permite reflexionar, liberarnos como individuos y sociedades. El filósofo no es el loco que se atrinchera dentro de una chaqueta o un bar de color rojo- o azul... ¡vuela!-; es el que se acuesta con Sofía, todas las noches, y no se guía por mesianismos; es esclavo de su filosofía, de sus lecturas, de sus investigaciones objetivas; y de su forma consecuente de existir.

Déjeme decirle, por otro lado, que usted vive una pasión homofilosófica con Macron, un niño que vive su particular telenovela: memorizó algo de filosofía bajo el hombro de Ricoeur, se enamoró de su profesora FLIM y se convirtió en el mesías de Habermas; y presidente de la República Francesa. Ainsi va le monde, habría dicho Zola.

A Habermas le preguntaron: ¿Qué papel cree que puede jugar España en la mejora de la construcción europea?

El sabio responde así: España simplemente tiene que respaldar a Macron.

Habermas ha demostrado con esta entrevista, y su intervención en la respetable Hertie School of Governance una actitud de tertuliano que publicita una marca de nombre Emmanuel Macron. Habermas con su publicidad, y su defensa de la Europa francoalemana, nos viene a decir a los otros europeos que somos cabras. Cabras que deben respaldar a su pastor, que no pueden aportar y mejorar a la situación europea mientras no apoyen a fulanito. ¿Qué es esto? Si usted lo desea, tire como las cabras para el monte. Pero, en Europa no nos movemos así; no somos así, no pensamos así: creemos en el individuo, en el filósofo, en la libertad de los pueblos europeos apartando a los títeres y a los que no actúan. En resumen, Macron es para Habermas lo que el tiranosaurio para Rimbaud: estar dentro de él, o contra él.

Creo en Europa. Creo en la filosofía y en el filósofo que se levanta antes que el sol para educar, en un instituto o en alguna cátedra independiente, en los valores que nos hacen ciudadanos felices. Habermas no sonríe. Está enfadado. No quiere filósofos preparados, moral e intelectualmente, para el poder. Solo quiere a Macron.

¡Por Odín, no al discurso de Habermas!

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