los blogs de Canarias7

Archivos Julio 2018

Ayer, me encontré a Marruecos en el bar. Estaba hasta arriba de whisky y té verde, una rara combinación que le revuelve el estómago. Estaba en el suelo, después de cuatro copas. Lo levanté, y comenzó a maldecir a sus hijos. A su padre. A Dios. A sus primos. Y a todos los camareros del bar "Aziz Ajannouch". Les escupía, maldecía en nombre de Dios. Pedía perdón a Dios, y al rato retomaba su batalla de gapos y golpes contra los camareros. Quiero más té, quiero más whisky: una metáfora de la alegría y el pan que tiene Marruecos, encima. Los camareros están a lo suyo. Le meten algún puñetazo ocular, no más; o dos o tres desprecios por segundo de indiferencia; o simplemente le impiden la entrada al bar. Tú en la puerta como los klab, como los perros. El primer camarero se llama "Sidi Ali", sirve copas a todo el mundo y es el encargado de la barra. "Afriquia" es de esas camareras que harta de tanto acoso, dio un golpe en la mesa y la empezaron a respetar los monstruos. Y por último, "Centrale" que es algo así como el gerente del local. Éste abre el bar por las mañanas, y le sirve los leche/leche a los madrugadores: a los obreros, a los limpiadores, a los empresarios, a los comerciales, a los periodistas, a los basureros, a los estudiantes y a todo quisque. Le sirve cafelitos o bocadillos, la carta es muy reducida. A Marruecos se le ocurrió quejarse al padre de Aziz Ajannouch, el primer dueño del bar. Los camareros se enteraron, y le prohibieron la entrada después de drogarlo. Ayer, me encontré a un Marruecos con ganas de té, pasta, whisky. Vi a un Marruecos con ganas de vivir, de tirar hacia delante pero sus ojitos blancos y esa boquita temblorosa se lo impedían. Marruecos está drogado, por unos narcotraficantes emocionales que nunca han conocido la grandeza de mi hermano Marruecos.

| | Comentarios (0)

Obras.jpg
Obras

Muchos intelectuales se niegan a trabajar con las manos, prefieren el trabajo intelectual: oficinista: dignificado por la burguesía de los informes y el escritorio. Estos intelectuales, entre los que me encontraba; ¿me encontraba? En el fondo, era uno de esos que se negaban al trabajo digno y deportivo de transportar cajas; limpiar oficinas o limpiar cristales. Los tiempos pasan, y el hombre libre poco a poco va renunciando a su narcicismo; a su ego. Hace tiempo que el ego no forma parte de mi vida, y por eso mismo me he hecho amigo de las fregonas, los cubos, los mojadores, los limpiacristales. Los limpio con la alegría de Aristóteles o Voltaire, cuando cultivaban sus respectivos huertos. Yo no tengo un huerto, pero tengo una ventana: un ventanal en el que se refleja mi cara, y en ella se ve- más allá- una obra. Van a ser un Mercadona, enfrente. Las obras continúan. Dibujo con el mojador el rostro de Isis. Lo borro con el limpiacristales. Shaa, pam, pam, pum. Limpio con un trapo absorbente los restos del jabón, y le sonrío al sol por este trabajo en el que me he dado cuenta de la necesidad del trabajo físico- y remunerado- para un hombre de escritorio. Mientras limpiaba esos grandes ventanales, me venía al corazón la imagen de mi- pido permiso por el posesivo- Roberto Bolaño vendiendo bisutería a los turistas impertinentes. ¡Qué paciencia, ay! O un Roberto de freganchín olímpico, si no llega a la meta de lavar X platos a Y velocidad: lo corren, como se dice en México. Vamos, qué lo echan: "carretera y manta".

Ahora, el maestro Bolaño, o el maestrísimo Borges, duermen debajo de los cristales que limpio todos los días: cojo el mojador y el palo, y dibujo un sol con alas de águila entre el cristal y el cielo.

| | Comentarios (1)

700.jpg
©Miniwallist


Todos sabemos lo que fue Goytisolo. De la misma manera que conocemos, casi, a la perfección las aficiones íntimas del poeta de la juventud, Gil de Biedma; y en las mismas líneas podríamos mencionar las biografías de Rimbaud- y su afición, a la hora de buscarse la vida, de comprar y vender con esclavos- o Houellebecq: un aficionado a pasearse con lollipops de Lanzarote o Irlanda. Este artículo se torcería con las innumerables biografías que a nivel moral son un vómito con sabor a jengibre e hígado, pero en eso mismo se fundamenta el entendimiento de una obra artística: el lector o el académico debe separar- como bien dijo el sadomasoquista de Foucault- la obra de la biografía. La obra nunca debe estar etiquetada por los chismes, o las adicciones que pudiera presentar el autor; el autor es dueño de una vida que puede- o no- compartir con la sociedad. Un autor, por lo general, es un personaje público sometido a la moral de su época. ¿Qué sería de Foucault, en vida, si se hubiera sabido de sus paseos nasales por las rayuelas de harina blanca (o morena, si viene de Marruecos)? Pues, el autor de La arqueología del saber habría sido condenado a un solo golpe: el ostracismo, habría sido silenciado como, hoy, son silenciadas miles y miles de lenguas indiscretas. Si la vida inapropiada, o estéticamente sucia, de los autores sale a la luz de los medios de comunicación oficiales: ese escritor, ese filósofo, ese personaje público sería condenado por la Inquisición posmoderna a morir entre terrible sufrimiento; en nombre de la doble moral de los tecnócratas.

Defiendo la libertad del creador, dentro de un marco estético-democrático. Para juzgar están los jueces y magistrados, y no los medios de comunicación. Es superfluo renunciar a "Una temporada en el infierno", porque el autor vendía y compraba etíopes. A nivel moral, Rimbaud o cualquiera de los mencionados, son lo que son; pero como artistas que nadie los toque porque son tan inmaculados como mi Virgen de Guadalupe.

En resumen, separar la obra de la biografía es más sano para aquel que busca realizarse.

| | Comentarios (0)