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El influencer es el mesías de nuestra era


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Un fantasma recorre este mundo globalizado de snobismo-o esnobismos, según la dueña de las manos blancas y profesora annafreudiana de inconscientes-; se pasea por los escaparates, las facultades, los cementerios. El umbral de los muertos y las amadas voces ideales de los perdidos en dos o tres after hours del Puerto. Esnifan pistacho con sabor a Kavafis, en la esquina del primer local mientras mezclan Vodka con palabras raras para quedar superiores ante el personal. Sin éxito. Las horas pasan, y el fantasma continúa contaminando con su sonido nasal. Todo para dentro, dijo alguien. Cocoso del pistacho, responde otro. Un ecosistema de narices y caderas que hacen twerking con el Dance de Big Sean ft. Nicki Minaj. Un poco más allá, a la altura de la barra se elevan siete moradas en las que el fantasma secuestra a todo quisque. Condena a los secuestrados por el esnobismo a sonreír sin arrugar la sonrisa, a vivir para los otros: demostrarle al otro lo muy feliz que soy; ser el otro, para ser aceptado. El fantasma ha secuestrado a un pelotón de jóvenes en lo que va de noche; ahora le toca a la tierna ciencia. Secuestrada, ya. La tierna ciencia de la verdad, la autenticidad es un trozo de vida que dibuja su existencia en el suelo del baño de un after. Se mira en el espejo: soy así; imito a los otros y recorro media ciudad a gatas para pillarme un par de cupcakes y subir una foto a Instagram, cuya descripción es: Casual. Resultado, dos mil megustas y una decena de seguidores que buscan sentido a sus vidas: persiguiendo al tonto del pueblo. Ese tonto se ha convertido en mesías, el influencer es el falso mesías de nuestra era. El mesías esclavo de un ego de ropa planchada, camisa colorida, tupé, zapatos de marca comprados a mitad de precio por internet. El influencer no trabaja, se limita a luchar contra un inconsciente de luces que lo obliga a ser; y no parecer lo que nunca fue. Está en casa con una resaca de pistachos y pareceres. Mamá, maquillada por Edipo y Electra, le prepara un caldo de pescaíto. La resaca, su existencia ninisnobista lo obliga a psicoanalizarse: a escribir para dar sentido a su vida. Conoce la literatura. En esa noche escribió un ensayo de lo que él era. Una mentira, fue el título de su libro. Empieza así:


"El postureo del gimnasio es ir corriendo hacia la luz; hacer cardio, y despojarse de la conciencia para morir, durante dos o tres horas, ante una pirámide que no es azteca; ni egipcia, ni mesopotámica, sino de parque de atracciones: creada con falsas palabras: paroles, según la diva. El esnobista se siente feliz, a sabiendas que la pirámide: tarde o temprano se oxidará en nombre de él, el oxígeno. Sí, eso es. El esnobista no respira oxígeno, prefiere algún perfume con sabor a madera y con una alta dosis de feromonas. Por otro lado, nos topamos con el postureo (pseudo, naturalmente) literario de quienes escriben para agradar a un masa hambrienta de polémica y mesianismos. La filosofía de "tú escribe, que nosotros te vamos aplaudir" es otro elemento del personajillo esnobista: un tipo entre los veinte y los treinta (o más, con un complejo de Chateaubriand tan grande como su inexistente capacidad creativa), que escribe por escribir sin saber por qué tiene que escribir. El postureo ideológico es el más divertido, para los esnobistas: militan en un partido o defienden una posición política según lo maduras que estén las frutas del patio. En temporada de naranjas, cambian sus hábitos ideológicos y comienzan a comulgar en nombre de las rodajas de naranjas desnudas ante no sé qué. En temporada de moras, se vuelven un poco góticos; pintan las paredes de la habitación, y comienzan a mezclar algunos ismos o a exponer obras en las que aparecen rosas: rosas rojas, rosas naranjas, rosas negras y rojas, rosas punkis concentradas en las facultades"


Después de escribir estas, y otras muchas, palabras o mots-según el esnobista de Sarte ante Camus-, buscó la luz. Se apartó de los cuerpos que bailan sin música: follan sin amor: leen sin pasión: mienten con verdad. Se cansó del jajajaja hueco, quería poner los dos puntos sobre la ü de Übermensch.

| | Comentarios (2)

2 comentarios

1

Realmente excelente la sensibilidad analitica del autor respecto a la mente moderna, tan poco cuestionada y tan errada e interiorizada por gran parte de la sociedad hoy en dia. Con el dedo en la llaga. Lo paradojico es lo triste y alegre inherente a la afirmacion de que estamos ante una cultura efimera. Comenzaremos a pensar como individuos, tarde o temprano, y no entes colectivos que con miedo andan por actuar en disonancia ante las costumbres y ondas de la muchedumbre, estado el cual una vez obtenido, marcara un rumbo hacia un horizonte nuevo lleno de oportunidades reconquistando la cultura perdida.

Buenas noches, me acuesto ya puesto que manana tengo gym a las 10.00 y barber a las 12.00 para depilarme las cejas..

2

Adentrarse en la lectura del artículo es en primer lugar reflexionar sobre el título tan exquisitamente seleccionado...Casandra "la que enreda a los hombres" muy significativa metáfora que sustenta tu texto. El tema: los Influencers-tan bien presentado que es necesario sacar algunos conceptos para digerirlos lentamente. Términos como "Mesías de nuestro siglo" tan repleto de sucedáneos de comida rápida y de opiniones fáciles. Una nueva casta que hay que saber leer bien para no dejar que medien "tanto" la opinión de los sin opinión; términos como Übermensch bien definen lo que entiendo pretendes comunicar y hacer reflexionar en el artículo. "Un fantasma se pasea por escaparates, facultades, cementerios, que secuestra y cuya tarea es imitar "ser el otro" a toda costa para ser aceptado...se disfraza de camaleón según la estación..."Umbral de los muertos y las amadas voces ideales de los perdidos..." el falso mesías esclavo de su ego, en definitiva una mentira que carece de autenticidad si bien sabe mentir con verdad.

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