los blogs de Canarias7

Archivos Mayo 2018

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El sabio murciano Ibn Arabi escribió en uno de sus poemas: "mi corazón puede adoptar todas las formas// es prado para las gacelas"; eso fue lo que le ocurrió al mío al rencontrarme, después de mil siglos, con Don Domingo. Mi corazón se convirtió, en esa Feria del Libro, en el pasto universal donde las gacelas y los perros y los tiranosaurios corren hacia la luz tenue de la felicidad; y lo convierten todo en alegría. Todo se volvió alegre: la mirada de los transeúntes, el sol que se almuerza tu retina; todo fue alegría, todo fue baraka, todo es Don Domingo. Un hombre que me enseñó, en el CEIP Fernando Guanarteme, a ser consecuente y sincero conmigo mismo; a negarme a las dobles existencias. A los 11 años, me invitó a entrar en su despacho. Creía que me iba a caer la del pulpo (estaba acostumbrado, era un huracán). No fue así; abrió una bolsa, y me regaló un libro: Historia de la España musulmana del Doctor Ángel González Palencia. Y a partir de ese regalo, empezó una pasión hacia el Al- Ándalus. Hacia la cultura hebrea, hacia la interculturalidad, hacia lo no-dogmático. Debo decirlo, si en este texto, o cualquier otro, aparece Ibn Arabi u otro filósofo es gracias al impulso intelectual de este amigo, de este gran amigo.

Tomar a todo un ejército de niños, y elevarlos hacia otro nivel. ¡Volad! ¡Volad como las palomas hacia el criterio!, fue la actitud del maestro Don Domingo que soportó, con la sabiduría del condenado a muerte, miles y miles de preguntas, a primera hora de la mañana, sobre insectos; religiones y sobre ella. Ella es, y siempre será, Cuba: amé Cuba gracias a las respuestas de mi amigo que crearon un imaginario, un universo, un ecosistema literario que años después desembocaría en una pasión, un libro e infinitas lecturas. Recorrer las cloacas de Pedro Juan Gutiérrez o desnudarse en la noche homooscura de Reinaldo Arenas fue gracias a la luz del maestro; la luz que alumbra farolas del mar e inconscientes submarinos.

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María Dolores Pradera es la española más mexicana de este mundo, es la gran embajadora de esa música que llena el vacío- muy vacío- del alma con la sinceridad bolerosa, rancherosa. Murió la esmeralda más brillante de la música, eso dicen. Pero, yo sé que continúa viva más allá de las guitarras desafinadas de este mundo. Ella ha volado a la guitarra eterna, donde su voz es la guitarra gloriosa que hace feliz- sigue haciendo feliz a las personas como siempre- a todos los limeños que le ofrecen jazmines y rosas; a los habaneros que le ofrecen sus puros Cohiba, licores bendecidos por el gran Niño. María canta, mientras los profetas lloran su muerte y los gitanos se rompen sus enaguas. ¡Ha muerto lo más grande!, gritó la gitana con to'a su alma a sabiendas que la escuchaba. María se emociona, ha llegado la hora de cruzar del puente a la alameda. Un río la espera allá por la alameda, la espera él con su barca. Los gitanos la ponen guapa, la limeña le regala un jazmín con forma de salvación (eternamente recordada, esa será tu salvación).

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Bouchra.jpg"Mother-Daughter-Doll". Boushra Almutawakel ©


El islam, de hoy, se debería catalogar como "el islam del Ministerio de Interior"; esta es una de las múltiples ramas que presenta el islam, pero en este caso es de carácter político.

El islam del Ministerio de Interior rencarna a todos los califas ortodoxos, e incluso obra como si tuviese un poder general de Mahoma para crear un nuevo islam. No tiene este poder general, pero escribe libros. Recluta a estudiantes. Construye mezquitas para expandir sus conceptos, o preceptos ultradogmáticos, con el fin de monopolizar la empresa islámica ya que para el "islam del M.I." no estamos ante una filosofía; una teología; una forma de vida sino ante una masa (o umma bursátil) que debe obedecer al jefe con los ojos llenos: de amoniaco si te portas mal, de harissa si eres un burgués rebelde o navajearte el ojo crítico- a lo Buñuel- a quien vaya más allá. Son pocos los sujetos pensantes que se enfrentan a este Leviatán islámico que condena al ostracismo a sus rivales; y te acusa, si te opones a él, de islamófobo.

Este islam es camaleónico, lo mismo se traviste de malikí o wahabí: delante de la pared y el poder hiere a la gente, pero ante el espejo acusatorio llora como un bebe somalí. Sabe que no está en lo cierto. Llegará a la vejez, y se arrepentirá de tapar con la boca y el alma corrupta la democracia que lo hubiese salvado de la aniquilación. Es salvarse con la democracia o morir, como bien dijo el genial Adonis en una conferencia de la ADHOC Organisation en Bruselas.

"Todo es pecado, menos lo estatal", afirma el poeta Adonis. Hablar de cuestiones financieras es pecado. Escribir sobre la necesidad de la sociedad civil en el contexto islámico es pecado. Referirse a la igualdad entre géneros es un pecado, muy grande. Pecar no es pecado, pensar sí.

Existía más igualdad, en el plano religioso, en la primera época de los omeyas que hoy en muchos países islámicos. La igualdad es un tema gracioso, para los dirigentes araboislámicos; objeto de tesis doctorales, conferencias o informes. No más. La igualdad es un papel, que llevado a la acción es pecado. Todo es pecado, e incluso respirar con naturalidad: hay que saber respirar, y más si eres mujer. El papel de muchas mujeres está silenciado, y elevado a menos infinito, o supeditado al hombro de Papa: Esposo: Estado; y el hilo ejecutor es el hishab o velo como política de Estado. El velo es el gran comodín del islam del Ministerio de Interior, desde los ochenta cuando supo utilizar un trozo de terciopelo. Silencia con el velo y el matrimonio social. Otras se enfrentan a él con la libertad de no tener ninguna mano apretando la tela contra el rostro. Se manifiestan, conocedoras de la democracia, junto a sus amigas que toman el velo como símbolo-o no- porque quieren; y comienzan a liberarse.

El islam del Ministerio del lnterior sabe que, tarde o temprano, morirá; y por ello expande su virus (no-diálogo, no-progreso, no-Derechos Humanos) por el inconsciente colectivo que desconoce su pasado cívico.


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image.jpg Jürgen Habermas (derecha) junto a Macron. Fotógrafo: Oliver Weiken


Habermas es el filósofo, vivo, más importante de Europa según los académicos del mundillo filosófico.

Hace dos o tres lecturas (una lectura equivale a cuatro días), leí el siguiente titular: ¡Por Dios, nada de gobernantes filósofos! Pronunciado por Habermas, desde su refugio en Starnberg, al periódico El País. Sentí vergüenza ajena. Mucha vergüenza, de esa que te deja helado y con las manos temblando. Terminé de leer aquello, y escribí en el papel lo siguiente:

"El filósofo es el guardián de la sabiduría, siempre que no se limite a ningún campo del saber humano. El que ama la sabiduría, el filósofo, es una mujer o un hombre que no se limita a una rama de la filosofía; no se encarcela en una ideología, ni en un color. Es un estudioso y un pensador de la política, las ciencias, las filosofías, las técnicas, los tiempos, las teologías, las civilizaciones; todo lo que se pueda pensar pasa por la conciencia del filósofo. Esto último no se ajusta al personaje entrevistado, no se ajusta a lo que hace Habermas: se limita a un campo- de metafísicas, discursos, hermenéuticas y falsas éticas- y comienza una verborrea de arcadas. Cuando alguien da muchas vueltas; se marea, y vomita. Así está Habermas. Vomitó encima de mí, cuando leí aquello. La bilis me quemó la mano izquierda, aunque hace tiempo que no la necesito. Tengo dos derechas"

En la entrevista al filósofo alemán-¿heredero de Adorno o Heidegger, ah?-uno se decepciona con la filosofía ésta, del siglo XXI. Un filósofo es un tipo que conoce la calle y los centros de poder como el color de sus ojos, ¿por qué no puede gobernar un filósofo? Mire, Habermas. Un filósofo no es un licenciado-o un catedrático- pretencioso que habla por hablar, o escribe plagiando al personal. El filósofo es algo más, es lo más; es el más que nos permite reflexionar, liberarnos como individuos y sociedades. El filósofo no es el loco que se atrinchera dentro de una chaqueta o un bar de color rojo- o azul... ¡vuela!-; es el que se acuesta con Sofía, todas las noches, y no se guía por mesianismos; es esclavo de su filosofía, de sus lecturas, de sus investigaciones objetivas; y de su forma consecuente de existir.

Déjeme decirle, por otro lado, que usted vive una pasión homofilosófica con Macron, un niño que vive su particular telenovela: memorizó algo de filosofía bajo el hombro de Ricoeur, se enamoró de su profesora FLIM y se convirtió en el mesías de Habermas; y presidente de la República Francesa. Ainsi va le monde, habría dicho Zola.

A Habermas le preguntaron: ¿Qué papel cree que puede jugar España en la mejora de la construcción europea?

El sabio responde así: España simplemente tiene que respaldar a Macron.

Habermas ha demostrado con esta entrevista, y su intervención en la respetable Hertie School of Governance una actitud de tertuliano que publicita una marca de nombre Emmanuel Macron. Habermas con su publicidad, y su defensa de la Europa francoalemana, nos viene a decir a los otros europeos que somos cabras. Cabras que deben respaldar a su pastor, que no pueden aportar y mejorar a la situación europea mientras no apoyen a fulanito. ¿Qué es esto? Si usted lo desea, tire como las cabras para el monte. Pero, en Europa no nos movemos así; no somos así, no pensamos así: creemos en el individuo, en el filósofo, en la libertad de los pueblos europeos apartando a los títeres y a los que no actúan. En resumen, Macron es para Habermas lo que el tiranosaurio para Rimbaud: estar dentro de él, o contra él.

Creo en Europa. Creo en la filosofía y en el filósofo que se levanta antes que el sol para educar, en un instituto o en alguna cátedra independiente, en los valores que nos hacen ciudadanos felices. Habermas no sonríe. Está enfadado. No quiere filósofos preparados, moral e intelectualmente, para el poder. Solo quiere a Macron.

¡Por Odín, no al discurso de Habermas!

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Photo Abdellah Taïa ©DR2.jpg

Una de las obras más dulces de la literatura contemporánea: una pastela bien hecha, exquisita aunque presenta contradicciones cuando entra en contacto con ciertas papilas gustativas que simbolizan la moral; y por eso mismo antes de entrar en materia. Subiré las escaleras del paladar; encarcelaré a la moral, en alguna torre de la coana submarina (pero muy submarina) del inconsciente; y comenzaremos a ver la belleza desnuda de Abdela Taïa.

El que es digno de ser amado es un libro violento; escrito con las ideas exactas. Cada emoción, cada sentimiento, cada sensación tiene una palabra en el universo de Taïa. Un universo autobiográfico, porque el autor cumple con cabalidad la tradición de escribir desde la experiencia: desde lo vivido: desde lo sufrido: desde lo olvidado: desde lo penetrado en esta historia en la que el amor es una madre autoritaria, los amantes son franceses y el amor es esa cosa universal que une al Verbo con la piel.

Todos los verbos que aparecen desembocan en uno solo: liberarse, caminar por las celdas de la sexualidad; y no poder escoger la tuya. Esta es la tuya, dice alguien. Se quedará en mi celda, impone Gerard: un personaje que evoca al Humbert de Lolita. Pero, en este caso no folla con la niña mimada de Nabokov sino con Lahbib: un menor (he prometido no entrar en cuestiones morales) que busca sentido a su vida en los brazos de un tío que le ofrece seguridad, unos miserables dírhams; cosas. Por otro lado, nos topamos con Ahmed (Midou, para los esnobistas); un adolescente que busca su vida a través de un cuarentón, un catedrático de la Escuela Normal Superior, que no puede controlar su lengua; barre con todos los labios, todas las caderas y todos los pueblos.

Y aquí entra la lucidez del genial Abdela Taïa, por utilizar con maestría las metáforas: el filólogo o el déspota de Gerard no dejan de ser cuerpos modernos del colonialismo que revienta bocas o culos, sin respetar los derechos humanos; solo le interesan los derechos de su cadera láctea, el pasivo responde así:

Lo dejaré entrar en mí más allá de los límites y de los miedos (...) Y cuando me toque a mí, en él seré menos brusco, seré disciplinado, constante, en mis movimientos. Seré obediente de principio a fin, como él quiere.

¿Esto no es obra de un jinn, genio, de la literatura? Sus manos, las de Abdela, están repletas de la baraka de los genios, los filósofos y los profetas; y su palabra es un cuchillo afilado que, primero, nos refresca con su lomo frío para después: matar al lector. Muere y renace, en nombre de la libertad y una melodía que se repite en toda la novela.

"Hak, a mama" es una canción a la gran heroína en todas las obras de Taïa, su mamá.

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BARBRA STREISAND - AVINU MALKEINU.mp4 (Click aquí. Escúchalo, mientras lees)

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Hoy, estoy en ayunas: estamos en Ramadán y Shabat. Cien personas han muerto en la tierra de Lezama Lima. A Netanyahu se la han ido las cosas de las manos. Estoy en ayunas, escribo un poema a mi tierra cubana: ser cubano es una identidad. Una identidad que tira a cuestas con el bongó. Han muerto cien hermanos en el paraíso, secuestrado por la dinastía. La dinastía caerá en réquiem como bien dijo Belinda Marsans, mientras entregaba su baile a mi primo. Han muerto, a ver qué hace el sucesor. En la otra punta del mundo, discuten sobre Netta Barzilai y su predicador del tiempo moderno: Netanyahu como el tirano, que frivoliza con el Estado de Israel. Netanyahu y su política deben respetar. Deben tener educación y empatía. A las fuerzas de seguridad que mataron, a los manifestantes, se les fue de las manos. No hay necesidad de matar, suponiendo que quisieran parar a los manifestantes (por orden y mandato del rey republicano que le quedan dos eurovisiones para dejar de ser presidente, dicho sea de paso) existen otros mecanismos como las pelotas de goma. ¿Israel no tiene pelotas de goma?

El gobierno de Netanyahu se está comportando como el pesado del patio, que se apropia de la pelota y no quiere compartirla con sus compañeros. El suspenso del profe, ya, lo tiene. La gran mayoría de la sociedad civil de Israel, sí, está por la labor de compartir la pelota. De convivir. De amar. De abrazar. De romper el ayuno con el palestino. De dialogar. Israel es lo que es. Esas naciones, ambas, Palestina e Israel, están condenadas a convivir más allá del odio del pasado. El pasado es una simiente de odio, de egoísmo sembrado en la madera de una mesa imperialista. Hay judíos que se niegan a la simiente, no creen en este Israel. Creen en el Israel del Mesías, viven esperando. Viven. Vivieron. Tuvieron a sus hijos en esa tierra. Son de esa tierra. Otros apedrean al personal. Otros no dialogan. Otros tienen miedo. Otros no quieren dialogar. Otros-no todos- se cierran en barrios de sabiduría, sin conocer a Maimónides: ese sabio, el rey de los sabios que abrazó a cristianos, judíos, musulmanes; y a todo aquel que parara en su camino.

¡Maimónides no habría matado a cincuenta personas! Maimónides se habría negado al odio, se habría negado a la corrupción. Óscar Abou-Kassem emitió un interesante titular: ¿Y si invitamos a Palestina a Eurovisión? Invitada está. Cantará con las voces de Maimónides. No estarás solo, maestro. Fairuz cantará contigo. Yasmina Levy cantará. Barbara Streisand cantará: ¿escuchas esa voz?

El mundo ha firmado la paz, eterna y democrática: Maimónides ha cantado con ella. Continúa cantando. Levy quiere tocar el Qanun. Fairuz le enseña. Fairuz aprende ladino, mientras enseña.

Todo evoluciona, progresa.

Nos ayudamos, nos solidarizamos; somos ciudadanos civilizados, buenos humanos.

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Euromenores que se han vuelto ludópatas8.jpg


La calle tiene fisiognomías, jóvenes fisiognomías que estiran sus arrugas en nombre de los higos; las pasas o la voluntad de la cebolla. Lloran, tiran de la culpabilidad para dar sentido y olfato al dolor. El dolor huele a jaqueca, mientras la culpabilidad se percibe-o se apuesta- en las caras imberbes ante la navaja de Ockhan: se electrocutan con una trenza de videojuegos, y enchufan sus rostros de zanahoria a la pantalla; olvidándose del tiempo y el vapor. He visto caras-zanahorias quemadas. Me olvido. Recuerdo la vitalidad de las pasas arrugadas y dulces: ganan con los años.


A alguien se le ocurrió ganar, lo bombardeamos con miradas nucleares ante la pasiva mirada de la comunidad binguera. Sigo viéndolos cómo tirotean, corren; entrenan con el pulgar o el índice. Pierdo el tiempo en esta vejez de bingos y soledades. No busco familia, busco silencio/tranquilidad. Un silencio amigo, cuyo único boss es la voz de la señorita. Cantan Bingo, y me alegro por esos. Cantan por Lola, y sonrío. Cantan los números, y me siento melancólico. El encargado de sala lo controla todo, es el hermano mayor que lo controla casi todo. El baño es zona prohibida, el otro día me encontré con Carpentier entre el tiranosaurio, la tarjeta de crédito y la melancolía dulce del arroz. Comimos algo de arroz, y prefirió tomarlo por la oreja: es más intelectual. Las celadoras lo llaman al orden. Las celadoras son las que lo controlan todo; absolutamente todo. Son ellas las que llevan el cotarro, y no el gordo emperchao. Carpentier se volvió al baño. Entretuve a las damas de labios rosas y rojos. Estuvimos charlando de los números y la socialdemocracia simplificada en una pantalla, una silla y un menú. Volvimos a nuestra ecuación, me he perdido en estas paredes. Disfruto de mi pérdida. Algunos buscan el tiempo perdido, otros lo encontramos en una luz tenue: geométricamente diseñada por el tiempo y la voz: "No va más"

El tiempo es cosa de sabios, lo decía Heidegger cuando nos daban las claras del día; nos pegábamos hasta las ocho de la mañana enfrente de esa máquina: espejo. Carpentier se ponía pesado. Yo saltaba. Heidegger ligaba más, después de esas horas de luz tenue.

Esta semana debería estudiar, pero me he dedicado a apostar en una de esas aplicaciones de 8X; veo un partido, y apuesto ayudado por una pitonisa que se sienta en la puerta del baño. Aparece y desaparece cuando le da el punto. Apuesto, y mi fisiognomía- pseudocientífica, según el tecnócrata- , ya, es la de un ludópata. Soy de esos ludópatas que se pasan cuatro, seis horas de clase con el móvil: apuesto, apuesto, apuesto; más y más y más. Es un proceso parecido al de amar, cada vez quieres amar: más y más. Algunos se pasan el día conversando/leyendo/amando o despotricando primitivamente a Heidegger o a Carpentier sin conocerlos. Yo me dedico a ir al Bingo con ellos, con mis colegas que clavan su mirada en una pared: el móvil o la pantalla táctil que solicita más y más de su tiempo.

Hoy, los ludópatas juegan en las facultades; institutos; hospitales (el que podría ser el Santo Tomás de la época, sigue apostando: sigue perdido encontrándose) Estas gentes tienen la necesidad de jugar, de apostar sus riñones en una silla- de Bingo, pupitre, escritorio-. Invierten sus ahorros en una bolsa de plástico negro, meten su tiempo: su oro, su patrimonio, su existencia y se lo pasan guay:

-¡Me he vuelto millonario con estas apuestas por internet!- le comenta Mario a sus amigos después de ganar 100 euros en el Bingo.

Mario se vuelve, una vez más, el mesías de un ejército teosófico cuyo credo está en la numerología y el azar; y la emoción de ganar pasta. Esa adrenalina de ganar, de ser felicitado por todo el mundo mientras el ejército continúa invadiendo/normalizando las apuestas imberbes; la educación y el ocio productivo es cosa de carcas. El ocio, bien manejado: relaja el alma; pero no todos los soldados saben manejar las armas de la numerología y el azar. Invierten a siegas, invierten en una virtualidad de agua y aire llamada "apuestas online". El comandante Mario se piró al sur. El sur da suerte, a ver si las inversiones me van mejor. Conoció a un tal Schopenhauer, mientras se fumaba un piti. Ambos comparten mirada y nariz, se ponen agresivos cuando pierden la pasta- caso de Schopenhauer y Mario-; y Mario, especialmente, cuando se traviste de Avispado (y ella,//golondrina del aire lo estaba esperando) ante su Ana-mama o Ana-tacaña o Ana-depresiva o Ana-lacabronademiviejanomequieredarpasta.

Soplan las partículas místicas de la noche. Escucho a Ana:

"Soy la madre de ese niño. Mario, ¿se llamaba? Apenas lo veo, y cuando lo veo sentaíto en el salón no lo siento. Todo el día con el móvil, no para. No puedo más, tengo el hígado reventaito. ¡Para! Continúa con sus apuestas, y ahí estoy para soltarle sus euros. Mario estudia para que tu futuro sea como el de un buen hombre: peludo de dignidad. ¡Mario, escúchame! Chacho, ¿me vas a escuchar? Te voy a decir dos cosas, deja de invertir, tu cara y tu pelazo, en ese Bingo: estás calvo, estás viejo, estás bobo; tu voz es un pi...tido que apenas escucho. El poco tiempo que tienes para vivir lo inviertes en tus amigos y en las apuestas del furbo, ¿y mamá?"

Ana se rinde ante el chantaje de un ludópata, que confunde la Play, la App 8X y la beauty siniestra de la noche. La noche no termina para los ingenuos, la noche es un tipo que camina con la boca abierta. Tiene la boca llena de moscas, una mosca negra preside su conciencia de verduras putrefactas. Ni Schopenhauer, ni Mario supieron jugar: no se puede caminar en un Bingo, sin saber las reglas del mismo; de la misma manera que no se puede inseminar a la literatura, sin conocer sus caderas. El Bingo es un aire húmedo y caliente, que salva o destruye; es como el vino, amigo y rival según el uso que usted le dé. Quizás, Mario debería ser objeto de análisis por Él (no es celestial, sino administrativamente olvidadizo con la educación), y Schopenhauer debería ser formado en el buen uso del Bingo: ese objeto de estudio del sapientísimo Antonio Escohotado. El Bingo- sea virtual o físico, ¿u onírico?- es una copa de vino, en la que el ludópata posa sus labios azules. Está nervioso, se enamora de la Ley del menor que está escondida debajo de las mesas. Todos se ríen de ella, escondida debajo de las cuatro mesas: esa galaxia de pestañas con conexión a internet. Todos se ríen de ella. Está desfasada, el wifi le va fatal. Mario continúa apostando sin conocer las reglas del eurojuego. Ayer, fui al Bingo con mi amiga Elena: jugamos, comimos; nunca pisamos los límites, los conocíamos.

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Un fantasma recorre este mundo globalizado de snobismo-o esnobismos, según la dueña de las manos blancas y profesora annafreudiana de inconscientes-; se pasea por los escaparates, las facultades, los cementerios. El umbral de los muertos y las amadas voces ideales de los perdidos en dos o tres after hours del Puerto. Esnifan pistacho con sabor a Kavafis, en la esquina del primer local mientras mezclan Vodka con palabras raras para quedar superiores ante el personal. Sin éxito. Las horas pasan, y el fantasma continúa contaminando con su sonido nasal. Todo para dentro, dijo alguien. Cocoso del pistacho, responde otro. Un ecosistema de narices y caderas que hacen twerking con el Dance de Big Sean ft. Nicki Minaj. Un poco más allá, a la altura de la barra se elevan siete moradas en las que el fantasma secuestra a todo quisque. Condena a los secuestrados por el esnobismo a sonreír sin arrugar la sonrisa, a vivir para los otros: demostrarle al otro lo muy feliz que soy; ser el otro, para ser aceptado. El fantasma ha secuestrado a un pelotón de jóvenes en lo que va de noche; ahora le toca a la tierna ciencia. Secuestrada, ya. La tierna ciencia de la verdad, la autenticidad es un trozo de vida que dibuja su existencia en el suelo del baño de un after. Se mira en el espejo: soy así; imito a los otros y recorro media ciudad a gatas para pillarme un par de cupcakes y subir una foto a Instagram, cuya descripción es: Casual. Resultado, dos mil megustas y una decena de seguidores que buscan sentido a sus vidas: persiguiendo al tonto del pueblo. Ese tonto se ha convertido en mesías, el influencer es el falso mesías de nuestra era. El mesías esclavo de un ego de ropa planchada, camisa colorida, tupé, zapatos de marca comprados a mitad de precio por internet. El influencer no trabaja, se limita a luchar contra un inconsciente de luces que lo obliga a ser; y no parecer lo que nunca fue. Está en casa con una resaca de pistachos y pareceres. Mamá, maquillada por Edipo y Electra, le prepara un caldo de pescaíto. La resaca, su existencia ninisnobista lo obliga a psicoanalizarse: a escribir para dar sentido a su vida. Conoce la literatura. En esa noche escribió un ensayo de lo que él era. Una mentira, fue el título de su libro. Empieza así:


"El postureo del gimnasio es ir corriendo hacia la luz; hacer cardio, y despojarse de la conciencia para morir, durante dos o tres horas, ante una pirámide que no es azteca; ni egipcia, ni mesopotámica, sino de parque de atracciones: creada con falsas palabras: paroles, según la diva. El esnobista se siente feliz, a sabiendas que la pirámide: tarde o temprano se oxidará en nombre de él, el oxígeno. Sí, eso es. El esnobista no respira oxígeno, prefiere algún perfume con sabor a madera y con una alta dosis de feromonas. Por otro lado, nos topamos con el postureo (pseudo, naturalmente) literario de quienes escriben para agradar a un masa hambrienta de polémica y mesianismos. La filosofía de "tú escribe, que nosotros te vamos aplaudir" es otro elemento del personajillo esnobista: un tipo entre los veinte y los treinta (o más, con un complejo de Chateaubriand tan grande como su inexistente capacidad creativa), que escribe por escribir sin saber por qué tiene que escribir. El postureo ideológico es el más divertido, para los esnobistas: militan en un partido o defienden una posición política según lo maduras que estén las frutas del patio. En temporada de naranjas, cambian sus hábitos ideológicos y comienzan a comulgar en nombre de las rodajas de naranjas desnudas ante no sé qué. En temporada de moras, se vuelven un poco góticos; pintan las paredes de la habitación, y comienzan a mezclar algunos ismos o a exponer obras en las que aparecen rosas: rosas rojas, rosas naranjas, rosas negras y rojas, rosas punkis concentradas en las facultades"


Después de escribir estas, y otras muchas, palabras o mots-según el esnobista de Sarte ante Camus-, buscó la luz. Se apartó de los cuerpos que bailan sin música: follan sin amor: leen sin pasión: mienten con verdad. Se cansó del jajajaja hueco, quería poner los dos puntos sobre la ü de Übermensch.

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