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Alba Sabina Pérez es una poeta de la transparencia, elemento poco común en la alta poesía que representa esta autora. Cuando uno lee a Alba, se queda con un sentimiento de transparencia en el cuerpo; su literatura es como un gato a la intemperie, una transparencia que trasmite misterio. Su literatura es un gato mestizo rencarnado en Salomón; el rey de Tiro o Pentti Saaritsa. Y en cuanto a la persona, me inclino ante su generosidad y su búsqueda de la palabra exacta en el verso exacto y con el sentimiento exacto. Y si además de esto, ayuda al otro a encontrar su estilo en el verso; solo puedo cantarle una bulería: "arroyos claros, fuente serena; los ojos de mi niña son dos estrellas", ojos como los de una gitana y una literatura, si me lo permiten, con la sabiduría sapientísima de las caravanas nómadas de los gitanos, caravanas que recorren el mundo con toda una literatura a cuestas. Esto es una excusa para afirmar lo maravillosa que eres, Alba; y presiento- como cantó Luis Eduardo Aute- que tras esta noche de premios, vendrá la noche más larga donde tu literatura será una luna para los enamorados, para los bohemios, para los sabios y para todos los pueblos.

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Es una noche sincera: honrada por la presencia de los amigos que hablan con el alma, el alma de quien comparte comida. "La comida no se comparte con cualquiera, simboliza un sentimiento importante con el otro", exclama el sirio apátrida. Compartí platos, confidencias, vasos, vinos, carnes y noche, sagrada noche por conocer- reconocer- a buenos compañeros, que hoy son aves que recorren la luna para convertirla en sol; y el sol en luna. El sentimiento de pasar de amigos a compañeros es más que parecido al de salir por la vida, encima de los hombros de un profeta y un puñado de oles. Uno es un buen compañero, y la vida lo recompensa con la fraternal comida entre unos compañeros convertidos en amigos; en amigos de buen corazón, gente feliz organizada por el venerable trono del Cid de Pablo.

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@Nacho González

Esta noche ha sido confesora de un encuentro, en el que los dioses y los demonios y los ángeles se unieron para rendir culto al arte universal; esta noche ha sido de gemidos duros y movimientos rápidos. El arquitecto y genial creador- creador porque crea de la nada, crea vida de un trozo de papel o una masa de yeso- Jin Taira ha demostrado al mundo una belleza sin igual. Belleza en la policromía honesta de cada una de las imágenes que expuso, imágenes rápidas o palabras amarradas a una escultura o un poema; y todo ello como un canario amarillo y bello que vuela de oriente a occidente sin temer a los vientos. A los vientos brutos de la vida. A los aires calientes del pasado. Pájaro valiente es Jin Taira por recorrer Japón, Canarias en busca de la belleza. Movió las alas sin cesar. Cansado continuaba moviendo esas alas. A más trabajo, más belleza. Eso es lo que he visto esta noche, una belleza trabajada. He puesto las rodillas en el suelo, y he bendecido a Apolo por esta creación. El pájaro continúa, se detiene en un puerto. Saluda a ella. A mi gran amiga, ella. Nace otra pequeña ella, mi pequeña amiga. Crea, apoyado por ellas, y se convierte en DIOS. Un Dios inmortal, creador de todas las fuerzas. El trono y el reino de Dios fue obra de otra ella, cuyo nombre me hace llorar. Ella es Yoko Taira, un leviatán que arrasó con todas las partículas del espectáculo. Invoco a todos a los de arriba y abajo. Profetas, ángeles, jinn, místicos, poetas, dioses y demonios tomaron el té llorando. Yoko Taira ha hecho llorar a todos los del infierno y el paraíso. Ella es nuestra maestra, gritó el arcángel Miguel. Yoko Taira en su baile fue transformándose en Mefistófeles, me atrapó el alma. ¿Hasta cuándo me tendrás retenido? Cómo voy a seguir viviendo después de esta invocación danzada, esos gemidos en nombre de todos los animales de la zoología humana. Tu cuerpo, y después tu alma dinámica pasaron a ser un tengu con hermosas flores de yamabushi; una hadra para los místicos que danzan y lloran por la belleza de la luna. Yoko y Jin fueron la luz. La luz salvadora. La luz que posee a todos los humanos, una luz como mano que aguanta el peso del mundo. Ellos aguantaron el peso de este mundo con su arte, el peso de este mundo y el otro aun siendo de otra dimensión: aun siendo de otro universo, quizás: de otro sitio, un sitio reservado para los genios.

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La mirada de una feminista con velo es un murciélago en busca de alguna caverna. Hablar, en voz de Nawal Saadawi o la misma Fatima Mernissi, de feminismo y velo es como mezclar agua con aceite; son mezclas incompatibles. Es cierto, que hoy existe una ola de jóvenes de mi edad que defienden un velo libre. Son mujeres jóvenes, formadas en occidente- otras en la cultura occidental- que se definen como feministas y se ponen velo. Esto es una contradicción si me permite la corrección la portadora del murciélago, porque sabe que el velo- hoy por hoy; hoy por hoy, repito- es una política de Estado para silenciar a la otra mitad de la sociedad; y en algunos territorios mahometanos a la gran mayoría de la sociedad formada por mujeres. Tal y como está el panorama, referirse al velo como símbolo de libertad es como si yo volara encima de un murciélago: caería sin apenas subirme al mismo. Si uno analiza los textos coránicos (llámese sura de las mujeres, los comentarios de Al- Bujari o los del místico Algacel) se da cuenta, que el velo fue un fenómeno creado para diferenciar entre las mujeres musulmanas y politeístas de la península arábiga de la época. Además del factor sexual: la mujer como objeto de deseo. Hoy, el velo no tiene una base argumental para defenderse. Las feministas, o las supuestas feministas, no saben lo que dicen cuando se tapan la cabeza voluntariamente para ir a la facultad. No saben lo que dicen, el deseo sexual está en la mirada del otro; y en la de uno incluso. El velo no hará nada, eres una mujer y poniéndote el hijab te estás cosificando como elemento sexual; y estás creando un barrera entre tú, portadora del velo, y el otro. ¿Acaso te obliga el corán? Olvídate de lo que diga el imán del Estado, ¿te obliga el corán? ¿Te lo recomienda el corán? Con el hijab te apartarás de la sociedad, pero con el niqab (esa masa opaca) desapareces como individuo, como sujeto pensante: como mujer.

El niqab o el hijab como elemento físico no son elementos positivos para una sociedad. Estos elementos deben ser discursos, deben ser una forma de vida- para quien la quiera llevar- y no un trozo de tela que muchas- occidentales- no saben ni porqué se lo ponen.

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Mis rodillas se están acostumbrando a este ecosistema de murciélagos negros. Los murciélagos azules, ya, forman parte de mi pasado pakistaní. Todo es pasado. Ahora, me debo a este país de islas artificiales: el primer mundo para los que buscamos montañas de pan. Encontrarás montañas de pan y ríos de miel en todas las plazas de los beduinos, me dijo un compañero de la Facultad. Cierto, encontré a beduinos que renuncian a su pasado... ¿Debo decir esto? Sé que después de estas palabras, me deportarán a Pakistán; o me denieguen el visado (tan valioso como un poema de Ibn Arabi o Rumi, o el mismo Corán), pero la verdad debe ser conocida por los otros. ¿Acaso la desconocen? Aquí, en la capital, casi todos los extranjeros estamos en el mismo saco. Un saco mordido con olor a sudor y a cerrado. Apesta la moralidad, la doble moralidad de nuestros amigos que nos devoran (como un perro a un cerdo recién nacido) y nos explotan. El trabajo es respeto, me enseñaron en la escuela de mis padres; estas gentes no respetan, somos esclavos. Están tan reprimidos por su pasado desértico, árido, de murciélagos y escorpiones que no saben qué hacer para sentirse algo. No se sienten civilización. Desconocen lo que es la civilización y la historia, ¿acaso desconocen que la historia es cíclica como afirmó Hegel? Queremos paz, trabajamos para vuestros rascacielos. Para vuestros contenedores, para vuestras familias, para vuestras playas, para vuestro crecimiento como sociedad. Pero, merecemos un respeto aunque no seamos de aquí.

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He dado mil vueltas sobre la arena del amar. Mis lágrimas se han convertido en monstruos marinos, que tocan darbukas y bandurrias al ritmo del aire salado. Antes de salir del umbral del morabito, me solté el cabello: caminé descalza sobre la arena mojada, perseguí las huellas de los profetas, hasta darme cuenta que yo: soy una profeta que danza entre la música del mar y los humanos. Abrazo a toda la humanidad, soy feliz. He visto la luz al fondo del risco, después de caminar mil años de kilómetro sobre los cristales rotos, sobre los asteroides caídos de alguna galaxia depresiva. Todo es pasado, y como me debo al presente de los focos naturales que salen de la arena; salto encima de ellos. Tapo uno y sale la luz de otro. Luz encendida, luz apagada. La luz nunca se apaga, mientras la paciencia sea el baile sapientísimo de quien espera la llegada del Dios Min. Llegará para dejarme embarazada. Seré lo que él quiera que sea, pero mi hijo será el heredero de este mundo. Dará vida a Poseidón y a todos los mortales. Todos los marineros, y todos los peces le rezarán. Querrán ser libres, y yo- como mamá del heredero de Min- ordenaré la liberación de esta maternidad que me está matando. Doy vueltas en la mar; veré la luz y la belleza de un hijo, nuestro hijo Amón-Ra.

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El día de mi muerte es un mensaje oculto en mi número de teléfono. Ese día será la suma de las tres primeras cifras de mi número móvil (7). Moriré, también, un mes siete porque la suma de las tres cifras siguientes es 7. Del año 77, así me dijo Zaratustra mientras cabaleaba con el tiempo y las circunstancias.

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El gimnasio tiene categoría de santuario, en el que uno entra para limpiar sus pecados con las grasas saturadas, las carnes caídas; y todo con el fin de glorificar al músculo. El músculo crea nuestro cuerpo. Y el cuerpo crea nuestra estética, y esa estética nos condena a unas categorías u otras dentro de las sociologías de la sociedad. Estamos ante la dictadura del músculo, donde la piel blanda no está de moda. Todo debe estar tonificado, todo debe ser músculo. Un elemento muy griego, por otro lado, por glorificar la mejor forma que pueda tener un cuerpo que es el músculo marcado, después de una jornada intensiva de deporte y creación de feromonas.

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El marinero permaneció mirando al mundo, a todo elemento que pisara la orilla del mar. Todo se construía ahí. Presidía el muelle desde una de sus orillas. Controlaba el mundo, mientras fumaba. Era el jefe. Sonreía a sus súbditos (en perspectiva). Apoyaba al personal: levantaba el puño como Fidel. Decían que era un buen tipo. Ese es Judas Iscariote, responde Andy. Algunos lo detestaban por ser el jefe. Nunca pude responderle la sonrisa. Era un fantasma o algo extraño. Estaba en todas partes. Su voz era un mantra inconsciente simplificado en una sonrisa poderosa:

-Estoy en todas partes.

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El muelle está cerrado por cuatro muros. Pareciera una alberca, pero no. A pesar de los muros existía una corriente que agitaba las olas cuánticas o microscópicas; estas daban cierto sentido estético a la existencia laboral del muelle. Hacían de paisaje y melodía a las doce horas de trabajo. Las olas nos ofrecían una copa y un movimiento que recordaba al de nuestras mujeres. Ahora, solteras por culpa del océano.

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