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Una ruta por las cataratas amazónicas más espectaculares

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Seguimos en Manaos, Brasil. Ya habíamos cruzado el río Amazonas en barco, y pasado tres días en el interior de la selva. Realmente estaba maravillada. Aunque si les soy sincera, ya pensaba que nada me podía sorprender más por la zona. Había vivido las experiencias más puras y selváticas que jamás había imaginado. Nos sobraba un día en Manaos antes de volar a la famosa ciudad de Río de Janeiro. Tiré de algunos contactos y conseguí un tour privado para Carlos, Carmen, Nerea y yo por las cataratas de Presidente Figueiredo. Sin duda, un colofón por todo lo alto.

Fernando sería nuestro guía. Un muchacho de nuestra edad, con un corazón puro y una alegría impresionante. No hablaba mucho español, nosotros casi nada de portugués. Pero nos supimos entender a la perfección. Le dio el toque divertido y aventurero que necesitábamos al día. Salimos de Manaos hasta la ciudad de Presidente Figueiredo, que se encuentra a unas dos horas en coche. Por supuesto que nos dejamos el cuello durmiendo en el coche. Habíamos madrugado y traíamos el cansancio en el cuerpo de haber estado en la selva los días anteriores.

De repente nos desviamos y entramos en un camino de tierra. Fernando paró en seco. "Una cobra", nos dijo sonriente. Nos paramos, nos bajamos para verla y a sacar fotos. Era realmente hermosa. Por fin llegamos a la primera parada. Bañador puesto, toalla al hombro, botella de agua fresca y listos.

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Nos adentramos en un camino que discurría por una pasarela de madera entre frondosa vegetación. La verdad que me sentía como en una película de aventuras tipo Indiana Jones. Mi vista se centraba en la copa de los árboles, por si alcanzaba a ver algún animal. Al final lo que alcancé fue a tocar el suelo de tierra que había debajo de la pasarela de madera. Con mi despiste no me percaté que faltaba una tabla de madera en ella, e introduje mi pie por accidente en el hueco.

Después del correspondiente ataque de risa tras la caída, los cuatro nos quedamos pasmados al llegar a los pies de la catarata. Forma parte del recorrido del famoso río Negro, por lo que el color del agua es conocido como el oro liquido. Un color que fluye entre un negro cobrizo extraño, como con rumbre. Era realmente espectacular.

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No lo pensamos, y siguiendo los pasos de Fernando, nos sumergimos en la catarata. El agua no estaba fría, tampoco caliente. Era una mezcla entre frescor y calidez. Estaba en su punto. Después de sentir la fuerte caída de la misma, quisimos ir más allá. Por eso bordeamos el río y subimos por una pendiente de tierra que nos llevaría a la parte alta de la caída. El paisaje era tremendamente precioso desde esa perspectiva. Ahí estuvimos sacando fotos, disfrutando de las pequeñas caídas de agua a modo de spa, y de momentos de relax y silencio.

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Fernando nos aseguró que era la mejor de todas. Quizá debió dejarla para el final porque no se equivocaba. Igualmente, el resto de cataratas que nos llevó eran idílicas. La siguiente parada fue en un río con rápidos en una conocida área recreativa de la zona. Fernando nos había llevado para nuestro deleite visual. Lo que no se esperaba es que Carlos y yo nos mirásemos de manera cómplice planeando una maldad.

Solo les digo que terminamos tirándonos en el río dejando que la fuerte corriente del agua nos llevara por numerosos rápidos y saltos de agua. Teníamos que nadar a contracorriente al llegar a un punto para que el río no nos llevase a Dios sabe dónde. La primera ronda fue grabada en vídeo por Fernando. En las siguientes dos, él se unió a nosotros. Fue realmente divertido. Los numerosos raspones, heridas y moretones merecieron realmente la pena, o la alegría en este caso. Por no hablar de la adrenalina que liberamos. "Moito coraje", son las palabras que se escuchan en el vídeo cuando Fernando nos grabó, a parte de numerosas risas suyas al vernos prácticamente ahogados, o luchando por salir del agua, algunos con más suerte que otros.

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El resto del día lo pasamos en otra catarata. Aunque con una caída menor que la primera, y sin contar con los rápidos de la segunda, el paraje era idílico. Se situaba en un entorno bastante frondoso. No había mucha gente, prácticamente nadie en algunos momentos. Aprovechamos para comer, y disfrutar de la naturaleza. Ya pronto tendríamos que volar a la ciudad, así que era nuestra última vez en la selva y había que aprovechar. A la vuelta también dormimos en el coche. Vacilamos mucho con Fernando, nos lo queríamos llevar para Río. Acababa así nuestra aventura por el Amazonas, que no podía haber sido más completa y trepidante.

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