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Supervivencia amazónica parte 2

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Nuestra toma de contacto con la selva fue bastante buena. Estábamos realmente emocionados. A veces, cuando toca poner el despertador a las 5 a.m. nos entra pánico, a mí la primera. Pero en ocasiones como éstas la emoción es tanta que el cansancio pasa a un segundo plano. Primera actividad del día: ver amanecer sobre el río Amazonas. "¿Nos llevamos el bañador?", pregunté. Todos me dijeron que no, pero al final terminé en el río.

Somnolientos y sin desayunar nos dirigimos al embarcadero. Había llovido toda la noche y el bote estaba casi hundido. Después de sacar el agua del interior de la lancha con una botella de plástico rota, nos pusimos en marcha. Hacía calor y aún no había amanecido. Creo que es de los pocos momentos que he escuchado silencio en la selva. Normalmente, se escuchan los sonidos de bastantes animales, sobre todo por la noche. Pero más que silencio, lo que se respiraba era quietud y paz.

Samir paró el pequeño motor del bote, y nos quedamos en silencio observando cómo el sol hacía su aparición estelar tras los árboles del fondo. La estampa era sublime. Qué agradecida de la vida me sentí en ese momento. El cielo fue cambiando de un color anaranjado rojizo suave, a un azul liláceo hasta que el día llegó tornándose claro. "Hoy va a llover", dijo Samir rompiendo nuestro silencio sepulcral. "Esto deberían vivirlo todas las personas alguna vez en su vida", pensé yo.

Mi amigo Carlos y yo nos miramos. Yo lo tenía claro, si él se tiraba yo también. Él no lo tenía tan claro. De hecho me confesó que desde que se fue a dormir la noche anterior la idea le rondaba la cabeza pero no estaba convencido. No hicieron falta palabras. Nos reímos. Y cuando nos dimos cuenta... "mira, delfines. Tírate", le dije. De repente estábamos ahí, sumergidos en el río Amazonas mientras amanecía. La sensación es indescriptible. La emoción no me cabía en el pecho. Pronto nos acompañaron otros integrantes del grupo. La envidia es muy mala, les dije entre risas.

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Nos subimos al bote y fuimos a desayunar al campamento base. No había tiempo que perder, nos esperaba una de las actividades que más ganas teníamos por hacer: treking selvático. Nos volvimos a subir al bote con el estómago lleno, mientras Samir cantaba algunos temas de Bob Marley, y nos adentramos entre frondosa vegetación que tenían base en el río. Ahí, cuando sube el nivel de éste, las raíces de los árboles se hunden en el mismo. Dejamos el bote en la orilla y comenzamos a caminar.

Los primeros pasos se tornaron emocionantes, claro, no sabíamos lo que nos esperaba. Samir iba contándonos acerca de numerosas plantas y árboles que tenían propiedades medicinales. También aprovechó el camino para enseñarnos cómo podíamos sacarle partido a la naturaleza haciendo enganches para poner las botellas de agua como bolso, sujeciones para el pelo, elementos decorativos, etc.

El calor era verdaderamente sofocante. El agua empezaba a escasear. "¿Qué hora es?", nos preguntó Samir. "Las 11.00", le contestamos. Ya era hora de retornar al campamento base, pues teníamos que prepararlo todo para dormir esa noche en la intemperie. "Juraría que por aquí ya hemos pasado", pensé. Dicho pensamiento se repitió varias veces hasta que lo dije en voz alta. Efectivamente, estábamos perdidos. Carlos estaba seguro de que Samir lo estaba haciendo adrede para ver cómo nos desenvolvíamos. Yo lo vi en los ojos del guía. No tenía ni idea de dónde estábamos.

Tres horas pasaron hasta que encontramos el bote. Fue gracias a la perspicacia del trabajo en equipo. Fuimos siguiendo los pocos restos que dejamos a nuestro paso. Yo estaba entrando en una espiral de mal humor. Tenía sed, mucho calor, me dolían las piernas y estaba cansada de pasar una y otra vez por los mismos sitios. Samir se estaba poniendo nervioso, nosotros también, algunos más que otros. Cuando vi el bote me tranquilicé. Menos mal.

Regresamos al campamento base para almorzar. Y sin descanso preparamos todo para irnos al interior de la selva. Todo listo y una vez en el bote tuvimos que hacer una parada porque se avecinaba una tormenta inmensa. Samir tenía razón en lo que auguraba por la mañana. Las nubes eran de un negro intenso. En la lejanía ya se veía cómo había empezado a llover. Paramos en una orilla, y nos resguardamos en una cabaña de madera de una conocida de Samir. Pasó la lluvia y nosotros seguimos el camino.

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Llegamos al lugar en el que íbamos a acampar y preparamos todo antes de que cayera la noche. Colocamos las hamacas con la mosquitera para protegernos de los mosquitos y nos fuimos otra vez al bote. Con las cañas de bambú para pescar PIRAÑAS. Sí, todos lo conseguimos, menos Carmen, que por más ímpetu que le puso al asunto no consiguió capturar ninguna. Por supuesto, las devolvimos al río. Pesca de recreo, no de saqueo. Regresamos mientras vimos el atardecer. Tocaba hacer la cena.

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Enseguida Samir hizo fuego. Además ahuyenta a los mosquitos, así que por mucho calor que hacía, ahí estaba yo arrimada al mismo. La verdad que estaba un poco cansada de tantas picaduras y eso que me embadurnaba cada cinco minutos en repelente extremo. Samir aprovechó y nos enseñó a hacer platos y cucharas con hojas y cortezas. Todo un lujo poder haber aprendido y compartido sus conocimientos. Después de cenar y hablar sobre historias de la selva nos fuimos a dar un paseo para ver yacarés, así se les llama a los cocodrilos pequeños que habitan en el Amazonas. Una jeribilla me subía por mis entrañas.

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Samir nos contó mucho sobre esta especie animal, sus características y su forma de vida. Fue realmente alucinante. Después de las respectivas fotos y de haber dejado al animal de nuevo en el río, nos fuimos a dormir. Al día siguiente queríamos ver el amanecer de nuevo. El privilegio de bañarte en el río Amazonas mientras amanece y los delfines pasan nadando a tu lado es una oportunidad única que había que repetir.

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Sonó el despertador a las 5 a.m. Apenas habíamos dormido unas horas y aunque el cansancio hacía mella en nosotros enseguida estábamos listos para subir al bote. "Hoy no va a llover", dijo Samir dando el parte meteorológico del día. Ya sin miedo en el cuerpo nos lanzamos al río. Bueno siempre hay un gusanillo que nos hace salir rápido del agua, no hay que olvidar que hay una gran cantidad de alimañas ahí debajo. Regresamos para desayunar y recoger el campamento. Nuestra supervivencia amazónica estaba llegando a su fin. Ese día regresamos a Manaos.

Regresamos con el alma más llena, el corazón más grande y un sinfín de historias y anécdotas que contar. Sin duda alguna, la vida es realmente maravillosa. Y el poder disfrutar de dicho paraje tan virgen y puro ha sido un gran privilegio. Gracias infinitas a Gero por habernos brindado la oportunidad de poder vivir tal aventura, pues es cierto que esta aventura no la vamos a olvidar nunca. Es esa clase de vivencias que te hacen cambiar por completo la forma de ver las cosas. Seguimos la ruta, el viaje va llegando a su fin.

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