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Un crucero de lujo por el río Amazonas

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Atravesar el Amazonas en barco fue una idea que surgió casi al principio de esta locura, cuando apenas llevaba unos meses de viaje. Una idea aterradora a la par que emocionante. La incertidumbre recorría mi mente una y otra vez. Pues por más que intentaba imaginar cómo sería, no alcanzaba a visualizarlo de ninguna manera.

Y así fue cómo emprendimos esta intrépida aventura partiendo de la capital amazónica peruana de Iquitos. Aterrizamos en ella procedentes de Cuzco. Ya me habían advertido que debíamos tener cuidado en dicho lugar, pues al agravante de la naturaleza mentirosa y estafadora de los peruanos, había que añadirle que es una ciudad fronteriza sin apenas control policial y bastante peligrosa.

Y no solo peligrosa, por lo visto es el lugar más sucio del Perú. Y no es para menos. Da verdadera pena pasear entre sus calles. El olor era realmente nauseabundo. Sin embargo, era nuestro lugar trampolín para llegar hasta la ciudad brasileña de Tabatinga. Punto dónde cogeríamos nuestro crucero de lujo por el río Amazonas hasta llegar a Manaos, Brasil.

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Al llegar a Iquitos la principal misión, después de comer y comprar repelente de mosquito en grandes cantidades, fue encontrar una naviera que nos llevase en bote hasta Leticia, la triple frontera. Por desgracia era domingo y estaba todo cerrado. Unos señores se nos acercaron asegurando que eran amigos de un patrón de barco, que si queríamos nos recogían a las cuatro de la madrugada para llevarnos al muelle y pactar el precio con el patrón.

Al consultar dicha oferta en el hostal dónde nos estábamos quedando, nos advirtieron que posiblemente se tratase de una trampa para robarnos. Pues cuando las personas salen del hospedaje de madrugada para tomar uno de esos barcos lo hacen a las 3 a.m y no a las 4 como nos estaban citando. Y es una práctica común estafar a los turistas de esa manera.

Por ello, decidimos esperar un día más e ir en busca de la naviera al día siguiente, lunes. Día en el cual pasamos por la plaza principal de la ciudad y nos encontramos con una escena desagradable. Varios agentes de policía en círculo y un hombre en el suelo tapado con cartones. Por lo visto unos colombianos lo habían matado a sangre fría a plena luz del día, la posible causa: deudas.

Teníamos que salir de ahí como sea y teníamos que llegar antes del miércoles a Tabatinga. La única opción que nos quedaba era tomar un barco rápido, pues el lento se demoraría tres días y las cuentas no salían. Conseguimos encontrar una naviera que ofertaba este servicio, eso sí, el precio mayor de lo que teníamos planeado. Después de 11 horas, llegamos a Leticia, Colombia, donde sellamos el pasaporte y tomamos un bote de 5 minutos hasta Tabatinga, la ciudad brasileña.

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La siguiente misión, una vez en Tabatinga, era encontrar el barco que salía al día siguiente dirección Manaos y un lugar para resguardarnos porque ya se hacía de noche. El cansancio, y el asfixiante calor, hacía que nuestros ánimos se vieran un poco por los suelos. Eso de ir con ropa larga (para evitar picaduras de mosquito aunque picaban igual) a 29 grados con una humedad del 80% le quita las ganas de vivir a cualquiera.

Y allí estábamos en el puerto de Tabatinga hablando con el patrón del barco, al que apodamos rápidamente Khal Drogo, como el personaje de Juego de Tronos, por su semblante y talante. Fue gracias a Antonio, un brasileño que hablaba español y trabajaba a veces en el navío, que pudimos comunicarnos con el patrón porque ninguno de nosotros hablaba portugués. El resultado, un descuento en el precio final del viaje y poder quedarnos esa misma noche a dormir en el barco.

El precio de nuestro crucero de lujo, en régimen de todo incluido estaba cerrado. Por 40 euros por persona viviríamos una experiencia que les aseguro que no olvidaré y que estaría dispuesta a repetir. Además nos daba la posibilidad de pagarlo al día siguiente, pues en ese momento no contábamos con efectivo. Tocaba escoger sitio para dormir, éramos los primeros en llegar así que teníamos que quedarnos con el sitio ideal. Ni muy cerca ni muy lejos del baño, en la entreplanta para evitar el calor sofocante, cerca de un enchufe y cerca de una columna para amarrar nuestro equipaje.

Al leer esto se preguntarán qué es eso de escoger el sitio para dormir. Pues queridos amigos, durante cuatro noches, cinco contando con la noche anterior de que el barco zarpara, dormiríamos en hamacas de tela colgadas una al lado de otra en hileras. Y si se preguntan si eso era cómodo, les confieso que no había dormido tanto en todo el viaje. Fue inquietantemente cómodo.

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El día comenzaba con una tocada de campana por parte del ayudante de cocina, a las 6.30 a.m. Indicaba la hora del desayuno. Hecho que se repetía a lo largo del día en el almuerzo y la cena. La comida tipo buffet, come todo lo que quieras, pero si dejas algo en el plato te cobran dinero. Es una buena forma para evitar el desperdicio de comida. El resto del tiempo lo dedicamos a dormir, leer, escribir, jugar, y cómo no, a contemplar el exuberante paisaje y los distintos animalitos que alcanzábamos a ver.

El último día, apesadumbrados, nos lamentamos de que se acabara la travesía en nuestro crucero de lujo. Porque... ¿qué es el lujo? Como todo en esta vida es un concepto ambiguo que depende de la percepción de cada uno. Para mí, haber pasado 5 días en un barco atravesando el río amazonas, viviendo con los locales, admirando la belleza selvática y durmiendo en hamacas, con todas las comidas incluidas, ha sido todo un lujo y un privilegio. 

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Cada atardecer era más hermoso que el anterior. Cada noche podíamos apreciar cómo la luna iba cambiando de fase. Incluso llegamos a ver la famosa luna de sangre. Los momentos de tormenta tropical también tenían su encanto, sobre todo después, cuando salía el sol. Algunos aseguraron haber visto los famosos delfines rosas, y ahí pasé horas mirando al agua a ver si yo también los veía. Fue la única pena que me dio, pues no alcancé a ver ninguno. 

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Tal vez porque dormí bastante. El leve balanceo del barco surcando esas aguas calmadas me relajaba como un bebé. El intenso verde de la fauna a orillas del río me enamoró por completo, y el ver la vida selvática de las pocas comunidades que hay en el camino fue toda una sorpresa para mis ojos. La siguiente aventura será pasar tres días en la selva en lo que llaman un tour de supervivencia.

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