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El mágico Valle de la Luna chileno

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San Pedro de Atacama, al norte de Chile, es uno los lugares más visitados del país, y por ende, el más caro. Hay muchas actividades por hacer, pero solo accesibles para aquellos que vayan holgados de dinero, o tengan vehículo propio. Por suerte, siempre hay un roto para un descocido. Nosotras nos aventuramos a hacer una ruta en bici al Valle de la Luna, una experiencia más que divertida entre unos paisajes de infarto.

Lo mejor en Atacama es alquilar una bicicleta para moverte por los alrededores. El precio está por 3.000 pesos chilenos las seis horas (unos 4 euros). Cascos en nuestras cabezas, chaleco a la espalda, agua y comida en nuestras mochilas. Todo listo, salimos al camino en busca de aventuras.

Habíamos tomado una ruta alternativa puesto que pasamos primero por la casa en la que nos estábamos alojando. Nos dijeron que teníamos que seguir la pista de tierra recta hasta llegar a un puente que cruzaba el río, e incorporarnos a una carretera de asfalto. "No tiene pérdida", aseguraron.

Nosotras no encontramos ningún puente. Tras revisar varias alternativas nos dimos cuenta que teníamos que cruzar el río, o dar marcha atrás y volver al pueblo para tomar el camino indicado. Volver no era una buena opción porque se nos echaba el tiempo encima. Así que no quedó otra que remangarnos los pantalones, y cruzar con la bici a cuestas.

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Tras varias dudas e intentos por llegar, encontramos por fín la entrada. El precio es de 3.000 pesos chilenos (2.000 para estudiantes, niños y mayores de 65 años). El recorrido total es de unos 13 kilómetros, con paradas para disfrutar de distintos atractivos. Muy ameno, pero también muy duro, pues el camino no está asfaltado y tiene varias subidas duras.

Pero sarna con gusto no pica. Nosotras no alcanzamos a hacer todo el recorrido pues la noche cayó sobre nosotras. No obstante, lo imprescindible es ver las cavernas y el atardecer en la duna mayor. Eso no nos lo perdimos. El camino de las cavernas es de 3 kilómetros que discurre entre formaciones rocosas en sal. Numerosos estudios determinaron que hace millones de años dicha zona estaba sumergida en agua marina y que al emerger a la superficie se fue conformando el paisaje que se puede apreciar en la actualidad.

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Éste es desértico, y su encanto reside en las diferentes coloraciones de las montañas aledañas y en las formaciones rocosas presentes en la ruta. La inmensidad es maravillosa, y una se llega a sentir muy pequeña.

Aunque la excursión fue bastante amena y sorprendente, lo que más llamó mi atención fue el paisaje que pude ver al caer el sol. Los colores se tornaron pasteles, suaves. Parecía un cuadro pintado lo que veían mis ojos. Enfrente las montañas fronterizas que separan Chile de Bolivia.

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"¿Qué es esa luz tan intensa que asoma tras la montaña boliviana?", me pegunté. ¡La luna! Minutos después me percaté de que ese destello provenía de una intensa luna prácticamente llena. No llevábamos linternas para regresar a San Pedro de Atacama, fue la luna la que guió e iluminó nuestro camino. No podía haber terminado mejor el día. Seguimos descubriendo Chile.

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