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Chile, ¿por qué tardé tanto en visitarte? Parte 2

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Apenas llevábamos dos semanas en Chile y estábamos encantadas. ¿Por qué pasé tanto tiempo en Perú? Debería haber venido antes, pensé una y otra vez. Pero las circunstancias se dieron como se dieron y ahora quedaba exprimir las dos últimas semanas que me quedaban en el país sudamericano.

Teníamos que llegar a Santiago para equiparnos con ropa de abrigo y partir rumbo al sur de la Patagonia. Dos coches nos acercaron a las afueras de la ciudad de Valparaíso. Pero fue Charlen quien marcó la diferencia. De origen chileno-nepalí nos recogió a las afueras de Valparaíso. Se dirigía hacia Santiago y nos confesó que paró porque iba quedándose dormido. Nosotras nos encargamos de que no lo hiciera. Llovía.

El viaje se pasó volando entre risas, consejos, e intercambios musicales. Al llegar a Santiago un cálido abrazo de despedida nos dio energía para adentrárnos en la gran ciudad. Eso y el billete de 20.000 pesos chilenos que depositó en mi mano (unos 27 euros). "No, muchas gracias, no es necesario. Bastante es que nos trajiste hasta aquí y nos compraste agua y galletas", le dije sonrojada mientras le intentaba devolver el billete. "Insisto chiquillas. Les va a hacer falta. Disfruten de su viaje", dijo mientras se subía a su coche cerrando la puerta.

Nos quedamos perplejas, pero supimos sacarle partido a ese dinero. Lo destinamos en equiparnos con gorros, en el metro y en comida. La siguiente parada es la casa de Nicolás, con quien contacté por Couchsurfing. Nos acogió muy bien desde el primer momento. Además se conoce muy bien la Patagonia así que nos estuvo recomendando sitios y armando la ruta. Y por si fuera poco nos dejó dejar parte de nuestro equipaje en su casa para recogerlo a la vuelta. No sé como le voy a devolver al universo todas las cosas buenas que están sucediendo, pero lo haré.


Patagonia, allá vamos

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Pasamos la noche en el aeropuerto y a las 5 de la madrugada cogimos el vuelo que nos llevaría a Punta Arenas. Al sur del país, cada vez más cerca de la Antártida. No podía creer lo lejos que estaba llegando. La primera parada fue en una isla, después de aterrizar en Punta Arenas. Y otra vez gracias a Couchsurfing pudimos vivir una experiencia tan inverosímil que es digna de película con múltiples finales. Angelo y Tito son dos muchachos, gauchos como ellos dicen, que se encargan de domar caballos salvajes en una isla privada.

Soto completa en 3 el número de habitantes de la isla. Él se encarga de la pesca, la cocina, la limpieza, el mantenimiento y, durante tres días, de nosotras. Fue bastante gracioso. Nos recogieron en el aeropuerto y llegamos hasta una playa en la que tuvimos que subir a bordo de un Unicornio. Así se llama el barco de José, que aunque ya tenía que estar surcando en otros mares, esperó unos días para poder llevarnos a la isla, y tras dos días regresarnos a Punta Arenas.

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Nos subimos en un bote en la orilla que los pescadores acercaron al Unicornio gracias a una soga. Pensé que nos íbamos al mar en ese pequeño bote inestable que estaba lleno de agua y no paraba de tambalearse. Intentamos coordinar nuestros movimientos para evitar una caída embarazosa. Trepamos, tal cual, hasta poner los pies en la cubierta. Y pusimos rumbo a la isla. En ella Soto nos recibió con la mejor sopa de Luche que he probado y probaré. El Luche es un alga patagónica con innumerables propiedades beneficiosas para la salud. Nos sentó de perlas.

Pero para Soto recibirnos con sopa fue insuficiente, aunque mi estómago opinaba lo contrario. Cuando me di cuenta, pillé a Soto con las manos en la masa, nunca mejor dicho. Estaba preparando pancito frito para que tomáramos con mate mientras afuera granizaba. A su vez, los muchachos se encargaron de encender la chimenea de una cabaña que sería solo para nosotras. Soto nos contaba sobre él, sus historias y hazañas. Completó el relato con una bandeja de pescado frito cogido por él en la mañana. Y pronto a descansar.

El segundo día lo empleamos en ir a pasear por la isla entre caballos salvajes, numerosas aves, lagunillas heladas, ovejas y un barco a la deriva. Este último fue el lugar que elegimos para desprendernos de nuestra abrigada ropa y adentrárnos en las gélidas aguas patagónicas. Queríamos llegar hasta el barco, pero el agua estaba tan fría que no alcancé a tapar mi cuerpo por encima de la cintura.

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La tarde la pasamos los seis jugando a juegos de cartas y compartiendo mesa. El último día antes de irnos estuvimos con los caballos, descansando, y comiendo. Coronamos nuestra visita a la isla lanzándonos desde el embarcadero al agua. No es lo mismo entrar caminando que tirarse sin pena ni gloria. El agua estaba tan fría que sentía como si infinitas agujas se clavaran por todo mi cuerpo. Salí tan rápido como pude y corriendo fui a vestirme. Se me congelaron hasta las ideas. Después de entrar en calor junto a la estufa, nos subimos nuevamente al Unicornio que nos llevaría de vuelta al continente.

Esa noche dormimos en casa del patrón. Conocimos la noche patagónica, que no dista mucho de la española, salvo porque cuando quieres ir a tomar "shoots" debes estar preparado para beber una jarra de la mejor cerveza del lugar. Aquí los chupitos son de medio litro. Aunque eso es lo que yo pensaba, después me enteré que realmente se dice "shoop", o algo así. Al día siguiente viajamos a Puerto Natales, donde presenciamos nuestra primera nevada en la Patagonia y donde visitamos las Torres del Paine. Si ya me había enamorado de Chile, esta visita terminó de engancharme más al país.


Argentina, tu no te quedas atrás

2018-06-30-23-14-26.jpgCuando vas subiendo por tierra llega un punto en que no hay más carretera, así que estás obligado a cruzar a Argentina y volver a entrar a Chile kilómetros más arriba. Pero oye, si la obligación incluye poder visitar uno de los glaciares más espectaculares del mundo, ¿dónde hay que firmar? Fuimos a dedo hasta Calafate donde Leandro y Mariano nos acogieron en su casa. Una casa que compartían con dos perros, que paseaban por el pueblo cuando querían, y por dos gatos, uno de ellos con la curiosa habilidad de abrir la puerta de casa.

Dato que desconocíamos cuando llegamos a la dirección que nos facilitaron y nos encontramos con la puerta abierta de par en par. "¿Hola?", pregunté en varias ocasiones. Después de un rato salió Mariano de su cuarto, estaba durmiendo. Nos explicó que el gato abría las puertas, pero verlo en acción fue destornillante. "El espacio es pequeño, pero grande el corazón", nos advirtió Leandro. Y tanto, gracias chicos por las conversaciones y los ratitos que compartimos. Al irnos sus perros nos acompañaron a hacer dedo a la salida del pueblo.

Nos esperaron dos días de viaje intenso que gracias a Alberto, con quien vimos el partido de Argentina y comimos la mejor pizza del viaje; a Cristian, que se hizo más kilómetros de los que iba a hacer antes de dormir; a Fernando, que nos recogió a las 8 de la mañana; a Erick, que nos sacó a las afueras de la ciudad; a Jorge y Omar, que nos alcanzaron hasta el siguiente pueblo; a José Carlos, que se hizo 100 kilómetros más para llevarnos a la frontera; y a Silvia y su pareja, que nos acercaron desde la frontera hasta Chile Chico, llegamos a nuestro destino en tiempo récord. Y como no, también gracias a los empleados de la gasolinera que nos invitaron a desayunar.

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De vuelta por Chile

En Chile Chico hicimos una noche en casa de Hernán y Paulina, un pueblo precioso pero que se puede ver enseguida. Sin duda su mayor atractivo es el lago General Carrera. Lago que comparte con Argentina, aunque en la vertiente que pertenece al país vecino éste se llama lago Buenos Aires. Su nombre original es Chelenco y es el segundo lago más grande del sur de América, el primero es el Titicaca en Perú.

De Chile Chico partimos al día siguiente hacia Río Tranquilo. Vivimos una de las rutas más divertidas e interesante del viaje gracias a los hermanos Jorge y Roberto. Nos hicieron la mayor parte del camino y nos dejaron a solo 50 kilómetros de nuestro destino. Nos contaron anécdotas, historias del lugar, curiosidades, nos pararon en varios sitios para hacer fotos, visitamos a un amigo suyo, Rolando, en cuya casa comimos un rico almuerzo, y hasta vimos un zorro en el camino. Muchas gracias.

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Al llegar a Río Tranquilo, gracias a Adriem, nos quedamos un poco desubicadas. No sabíamos muy bien a dónde ir porque no teníamos alojamiento. Éste es un lugar fantasma fuera de temporada. No había nadie en el pueblo. Negocios cerrados. ¿Dónde dormimos? Una casa parroquial fue donde nos guarecimos esa noche. Al día siguiente visitamos las impresionantes capillas de mármol en el lago, ya les contaré sobre ellas. Ese mismo día quisimos viajar en la tarde a Coyhaique pero la carretera estaba cortada por la nieve. Marta fue nuestra anfitriona, y menos mal, estábamos muy cansadas como para dormir en el suelo de nuevo.

A partir de ahí tuvimos que tomar dos guaguas, no hay mucha gente que vaya a Coyhaique y no podíamos retrasarnos más. Al llegar, nos advirtieron que la ruta hacia arriba estaba más cortada aún y que la única forma de llegar a Puerto Montt y Santiago era cruzando por la preciosa isla de Chiloé. Y por eso ayer les escribí desde el barco, una mezcla entre Fred Olsen y Naviera Armas. Llegamos al día siguiente por la noche. ¿A dónde vamos? Preguntamos por una estación de guaguas que estuviera abierta o alguna gasolinera para resguardarnos. "Pregunten en esa casa, la de la frutería, ahí acogen a mochileros", nos dijo un señor muy convencido.

Vimos la luz encendida así que tocamos la puerta. Resulta que los anteriores dueños sí que solían abrir las puertas de su casa a los viajeros, pero ellos recién se mudaron hace 3 semanas. "¿No tienen dónde pasar la noche? Pasen por favor", nos dijo una encantadora pareja. Me morí de la vergüenza, más cuando no solo nos dieron techo sino también cena. Sin duda cuando vuelva a Chile pasaré a visitarles.

Ahora les escribo desde una guagua que se dirige a Santiago. Pasamos el día haciendo dedo cruzando la isla para llegar a Puerto Montt. Conseguimos un pasaje muy barato y estamos tan cansadas que solo queremos llegar a casa de Nicolás. Tengo a Chile tatuada en el alma, gracias a todos por tanto. Volveré. Quién diga que el ser humano es malo por naturaleza no ha vivido con los chilenos. Si esto no es Hakuna Matata, se asemeja demasiado.

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1 comentarios

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La segunda parte, excelente. De suyo da para dos partes. Ánimo

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