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10 días de anécdotas durmiendo en un coche

empezamoslarutaencoche.JPGEntre el presupuesto que teníamos había que elegir. Así que la única opción que teníamos era alquilar un coche y dormir en él. ¿Cómo fue la experiencia? Tampoco era la primera vez que dormía en un coche la verdad. Y no resultó incómodo. Cuando te conviertes en una mochilera de pocos recursos ya te acostumbras a lo que sea. El objetivo es seguir adelante y disfrutar sin pensar en las incomodidades.

Stiven o Jonathan, igual esto no les gustará leerlo. Ya entregué el coche en perfectas condiciones, pero algún que otro día sucedieron algunos altercados con él. La primera noche, en busca de un sitio donde aparcar para dormir en La Fortuna, subiendo una cuesta se me embarró. Se me embarró tanto cuesta arriba que era imposible sacarlo. Por suerte apareció un guiri. "Are you okay?", me preguntó. "I don't know", le dije desesperada.

En ese momento, el guiri se bajó del coche y después de estudiar la situación se ofreció a sacar el vehículo del barro. Lo hizo con éxito. Y después me esperó todo el camino hasta que conseguí aparcarlo. Al día siguiente, después de subir al Cerro Chato de madrugada, y bajarlo al amanecer, continuamos con la ruta. Cansada de tanto conducir, y sedienta, fui a buscar agua al portabultos. Cuando arranqué de nuevo no me percaté que había unas zanjas de separación entre la calzada y el apartadero en algunos puntos.

Y de repente. "Bomb". Un fuerte ruido y un golpe estridente hicieron que se me parase el corazón. Había metido la rueda delantera derecha dentro de la zanja. El coche se quedó totalmente pegado al suelo y la rueda delantera derecha dando vueltas en el aire. Ya me cargué el coche pensé. En ese momento mi hermana se bajó, y seguidamente lo hizo Javi. ¡No Javi, no te bajes! Le grité. 

Cada vez más notaba que el coche se estaba volcando hacia la derecha. ¡Qué vuelco, qué vuelco!, empecé a gritar. En ese momento Javi sujetó la parte trasera izquierda del coche como pudo, haciendo fuerza hacia abajo. Por suerte, enseguida aparecieron varias personas que desde dentro de la zanja, y con la ayuda de Javi haciendo fuerza atrás, consiguieron levantar el coche. Lo suficiente para que yo le diese suavemente marcha atrás. Bueno después de todo no fue tan malo, pero sí un susto.

buenasnochesenelcoche.JPG

Las primeras cinco noches éramos tres en el coche. Dos delante, y uno detrás. Mi hermana y Javi se iban turnando según el día, les costó dormir algo más. Pero ahí seguimos todos, sin quejas. Una de las noches decidimos dormir en la playa, en la arena. Piernas estiradas y posición horizontal, todo un lujo. Y en mitad de la madrugada tuvimos que devolvernos al coche porque empezó a llover con fuerza. En Costa Rica el clima cambia de un momento a otro. 

Las cinco primeras noches fueron bien, sin incidentes. Costa Rica es un país seguro generalmente. Así que lo único que podía perturbar nuestro sueño era la posible incomodidad. Hasta que Javi se marchó. La primera noche que dormimos sin Javi, pues él ya siguió otro rumbo, una luz de linterna iluminó mi cara. Estábamos mi hermana y yo aparcadas en Playas del Coco, cerca de Liberia. Eran las fiestas del pueblo, pero estaba tan cansada ese día (recorrí cerca de 800 kilómetros) que me dormí como a las 9 y media de la noche.

Y, en medio de la oscura noche, siento como una luz penetrante me iluminaba la cara, perturbando así mi placentero descanso. Me desperté. Era un señor que se encontraba a la par del coche. ¿Están bien?, me preguntó. Sí claro, le contesté. ¿Y qué hacen ahí?, ¿fueron a la fiesta?, siguió incesante con la conversación. Nada, simplemente estamos durmiendo, le dije. ¿Por qué no aparcan en este camino? Ahí está mi casa, insistió. Después de rechazar su oferta, y que él insistiera, acepté y moví el coche. Aquí están mejor, así nadie les molesta, me dijo. A lo que yo pensé, nadie nos molestó hasta que vino usted.

Me preguntó que si queríamos comer o tomar algo. Le dije que no, que estábamos bien. Insistió bastante, y le dije amablemente: caballero, son las 5 de la mañana, ya en dos horas me voy a ir y lo único que quiero ahora mismo es seguir durmiendo. El señor, aceptó la invitación de irse y se marchó a su casa. Si alguien les dice algo, digánle que son amigas de Ricardo. Muchas gracias, le dije, buenas noches. A todas estas, mi hermana siguió durmiendo sin darme apoyo logístico.

Al día siguiente emprendimos ruta hacia Playa Samara y Puerto Carrillo, donde dormimos. Esa noche también andaba cansada así que pronto a descansar. Estábamos aparcadas en el borde de la carretera. Y de repente escucho a mi hermana: Aroa, la policía. Estaba durmiendo atrás y empecé a notar la luz de la linterna iluminándome. Me desperté desorientada. El agente me preguntó que si estábamos bien. Le contesté que sí que todo sin problemas, que solo estaba descansando. Me sugirió que me fuese a otro sitio más escondido. Porque podíamos ser asaltadas por algún maleante, sobre todo al estar tan profundamente dormidas. Se ve que le costó despertarnos.

durmiendoenelcoche.JPGY como me estoy guiando en el viaje por las señales que la vida me iba dando, le hice caso. Arranqué y busqué otro lugar. Al día siguiente vino la aventura fuerte. Para 79 kilómetros que teníamos que hacer hasta Playa Santa Teresa tardamos 5 horas. Algo que no sabíamos cuando empezamos la ruta por la mañana. Ni eso, ni lo que nos deparaba el camino. La ruta se tornó dificultosa. Una pista de tierra empedregada con bastantes cuestas relentizaron nuestro paso en coche.

Recogí a un hombre que estaba haciendo autostop, con todas las veces que lo había hecho yo, como para no recogerlo. Me comentó que me debía dar prisa si quería cruzar los ríos. ¿Cruzar ríos?, ¿en serio? Le dejé en su destino y a pocos kilómetros me topé con el primero de los tres ríos que tenía que pasar. Llegué al borde y me bajé del coche. Por aquí no paso ni de broma, fue lo primero que pensé. Me di por vencida rápido y salí marcha atrás.

Además, había varios carteles que advertían que los seguros de coche no se hacen responsables de los posibles accidentes si cruzas el río. En ese momento apareció un muchacho de la nada. ¿Qué pasa? ¿No van a cruzar?, nos preguntó. Yo no lo veo claro, le dije. Me estuvo diciendo que sí que el coche pasaba sin problemas por ahí. He de decir que el agua me llegaba justo antes de la rodilla. Apareció una pareja en 4x4. Me esperaron en la otra orilla y me animaron a pasar con determinación y fe. Finalmente, el muchacho se ofreció a conducir el coche hasta el otro lado, y le deposité toda la confianza que tenía.

Cuando cruzamos al otro lado Erickson, así se llamaba el muchacho que cruzó con el coche de alquiler, me dijo que el otro río era más fácil, pero que me iba a hacer un mapa para que no me confundiese, porque había dos rutas a tomar. Era más fácil, ¿y nos tenía que hacer un mapa? No me cuadraba. Nos hizo el mapa. Entonces afirmé que mejor lo hacía primero andando y después en coche. A lo que Erickson advirtió: en ese caso, tenga cuidado con los cocodrilos. Bueno,la situación mejora, pensé irónicamente. 

Temerosa y llena de incertidumbre seguí la ruta. No le quise transmitir mi temor a mi hermana, así que di un aspecto de tranquilidad y decisión. Llegamos a otro río, más pequeño, que nada se parecía al que Erickson nos había dibujado. Estudié la situación. Era pequeño, pero algunas zonas con una profundidad que me llegaba por la rodilla. Apareció entonces un 4x4. Le pregunté a la señora que lo conducía. Aseguró que no era el río del mapa y se ofreció a cruzarme éste. 

El coche pasó a duras penas. Le di las gracias a Andrea, así se llamaba la muchacha. Crucé el río a pie y me subí al coche. Me esperaba una cuesta con una gran pendiente de tierra y barro. Arranqué y recordé las palabras que Javi me dijo días atrás: no frenes nunca. El coche empezó a patinar, pensaba que se me iba a quedar parado en medio de la cuesta. Y ahí seguí, aguantando del tirón 2 kilómetros cuesta arriba, con las ruedas mojadísimas, y una carretera que no ayudaba con la labor. Misión cumplida.

Llegamos pues al tercer río. Éste sí era el del mapa. ¡Era enorme! Ahora mismo me arrepiento mucho de no haber sacado fotografías de él, porque se quedarían alucinando. Nuevamente me bajé del coche a estudiar la situación. El recorrido que debía hacer por el río era enorme, y con tramos bastante profundos. ¿Y ahora? Esperaremos a que aparezca alguien como un ángel caído del cielo como hasta ahora, pensé. Y así fue.

De la nada apareció un hombre que trabajaba cerca y nos había visto. Entre risas finalmente aceptó la invitación a cruzar el río con mi coche. En ese momento apareció de nuevo Andrea. Ella nos cruzaría mientras el amable señor cruzaba mi coche rentado. No quise mirar, escuché ruidos de las ruedas en contacto con las piedras del río. Pero finalmente el coche pasó. Andrea cruzó al hombre a la otra orilla, y después nos indicó el camino hasta Santa Teresa.

El camino por la costa fue precioso, de los más bonitos que he hecho en mi vida. Y cuando llegamos y aparqué me quedé anodada. El viaje había merecido la pena totalmente. Un conjunto de playas, a cada cuál más exhuberante, se suceden en dicha costa. Bikini puesto, comida en la mochila, y ¡al agua pato! Pasamos el día paseando por la playa. Vimos un atardecer asombroso y dormimos como bebés. Al día siguiente hicimos una ruta por la costa más larga, y volvimos a hacer noche. 

Pero justo antes de irnos a dormir se acercó un muchacho. ¿Qué tal están?, ¿todo bien?, nos preguntó. Nos sugirió que no durmiésemos ahí. Que él que trabaja ahí, y es buena persona, nos había visto aparcadas ahí desde el día anterior. Y que seguro que los malos también nos habían visto. Y como en este viaje me estoy llevando por las señales que me manda el universo, cambié de lugar y a dormir. Al día siguiente emprendimos la marcha hacia Playa Hermosa de Nicoya, en el norte, donde haríamos la última noche.


ultimodiaencoche.JPGEl camino fue bastante largo y pesado, pero por fin llegamos. No había sitio para aparcar gratuito así que pregunté a un "wachaman" (se les dice a los aparcacoches y la palabra proviene de watch y man) que cuánto cobraba. 3000 colones, me dijo. Me negué en rotundo. Después de bajarme el precio, y yo siguiendo negándome, me preguntó que cuanto tenía. 400 colones es todo lo que tengo, le dije. Bueno te hago el favor, pero no se lo digas a nadie. Y después de pasar el día en la playa, dormimos en ese mismo terreno, con permiso del wachaman, que dormía en una hamaca al fondo.

Finalmente entregué el coche en perfecto estado, después de haberle dado un buen manguerazo. Depósito de 1000 dólares devuelto, y después de respirar tranquilas pudimos reirnos a pleno pulmón de todas las aventuras que vivimos sobre ruedas. Próxima parada: Puerto Viejo, en el Caribe, para después irnos a Colombia. Dónde, como dice mi madre, la vida no vale nada.

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1 comentarios

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Hay que reconocerles que son aventureras y atrevidas. Lo bueno es que el viaje les salió bien gracias a la buena gente que hay en el mundo. Gracias por contarlo y suerte.

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