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Novedades en la categoría Moral

Una sociedad funciona de forma anómala si la sospecha le toma la delantera a la confianza. Y en la actualidad esa parece ser la norma, la extensión de la sospecha como actitud preferente ante los demás.
No cabe duda de que la confianza es la argamasa de las relaciones con los allegados. No solo nos acerca sino que posibilita el fortalecimiento de nuestro tejido social. Confiar permite conquistar espacios para ejercer la libertad en mejores condiciones. Cuando uno confía, el pensamiento va más ligero y se emplea en lo fundamental, sin abrir los sensores del recelo para detenerse a hurgar en la trastienda de las ideas.martin-luther-king.jpg
Esto, que sería modélico para las relaciones cercanas, es lo que uno desearía para la sociedad en su conjunto. Al confiar en otros se compartiría la responsabilidad, sin delegarla, solo depositando una parte de esa responsabilidad por un tiempo, pero sin descuidar la obligación de implicarse en la construcción del tejido social general.
Pero ¿cómo contribuir a mejorar la confianza? No hay recetas, aunque sí aproximaciones que tienden a ello. Una de las posibilidades que históricamente ha contribuido a generar confianza es la presencia de referentes éticos, personalidades que con su conducta y con su pensamiento han conseguido una adhesión edificante a una causa justa o al bienestar general. Uno nombra a Martin Luther King o a Gandhi y de inmediato cristaliza una imagen de venerable portador de virtudes cívicas, de hondo pensador sobre las cualidades humanas que conducen a la honestidad o de líder facultado para iluminar una forma de solucionar la falta de ética. Por su circunstancia histórica y por su dotación para el compromiso con el ser humano de su tiempo, estos individuos se erigen en referentes útiles para proporcionar musculatura a la confianza.
Sabemos que mirar en la dirección de mujeres y hombres que en mayor o menor escala pueden desprender esa cualidad de referentes éticos tiene un efecto social sanador. Puede que solo mantengamos hacia ellos o ellas una actitud de admiración, que solo nos detengamos a recrearnos en su peripecia heroica y no se produzca el valioso acto de imitación esperable, pero al menos son un recordatorio de que la honradez no es un sueño imposible. 220px-José_Mujica2.jpg
En estos tiempos creo que necesitamos referentes éticos. Estamos demasiado acosados por etiquetas o clichés de individuos que, voluntaria o involuntariamente, ocupan el primer plano de los acontecimientos. Cae sobre ellos una marca que nos induce a verlos bajo el prisma de la sospecha. El propio paisaje político creado por el tipo de democracia de la que nos hemos provisto, cargado de publicidad y ficción mediática, nos predispone a entretenernos con fruslerías pasajeras tomadas de su vida pública y nos embarra en un lodo de críticas inútiles e indignaciones de salón de las que nadie parece salir bien parado. Buscamos entonces en algún sitio más descontaminado (José Mújica, Eduardo Galeano, José Luis Sampedro) un pensamiento y una conducta que provean de higiene ética este carnaval de acusaciones y que abunden en la regeneración de la confianza.
Y en eso estoy.

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Uno decide capear la atonía de la tarde de un domingo mariposeando aquí y allá, entre las páginas de un libro y una decena de señuelos soltados en internet para que el músculo flácido de la curiosidad se traslade al dedo clic y nos lleve a la deriva por olas inacabables de enlaces y más enlaces, para terminar agotado de inutilidad pero victorioso frente al ataque silencioso de la abulia. Sin embargo, he aquí que me encuentro, en uno de esos vaivenes de anzuelos digitales, con la historia de Philippe Lançon, el escritor que sobrevivió al ataque a Charlie Hebdo, y entonces la curiosidad cede paso al sobrecogimiento y lo que era navegación frívola se convierte bisturí interesado en la experiencia de la situación límite y en la anatomía de la fortaleza anímica.
Hacía unos meses que había leído algo sobre la publicación de La levedad, una novela gráfica de la dibujante Catherine Meurisse, otra superviviente del mismo atentado, aunque afectada por circunstancias diferentes: Lançon fue tiroteado por los terroristas, y Meurisse llegó tarde a la redacción y esa demora le salvó la vida.
Ambos han utilizado la publicación de su producción literaria y gráfica para exorcizar un estado extremo de dolor, algo que parecía imposible tras la tragedia. Y tanto uno como otro han hecho un servicio impagable a la humanidad radiografiando lo que pasa por la cabeza de quienes han sido sometidos a una sacudida física o emocional tan terrible.
A mí, por ejemplo, me admira la crónica de Catherine Meurisse de su intenso viaje para recuperar su identidad, perdida entre los cadáveres de sus compañeros. Tuvo que reconstruirse, curarse del shock del terror de Charlie Hebdo, y eligió otro shock para hacerlo, el shock de la belleza. Acudió a Roma a sumergirse en la crema del arte universal y embadurnarse de la emoción estética suficiente que le desdibujara los bordes afilados de la muerte. Y no le resultó nada fácil. Según cuenta, todo le hablaba de violencia: las estatuas mutiladas, la luz tenebrosa de Caravaggio... Pero debió de ser esa corriente dormida que inyecta energías al deseo de vivir lo que se le fue despertando mientras recuperaba sus ganas de dibujar y su ilusión por el proyecto de contar en una novela gráfica la lenta reaparición de la luz y el color en su vida. Así nació La levedad.
Lançon ha debido reconstruirse incluso físicamente. Los terroristas le desfiguraron el rostro. Y con la herida existencial supurándole constantemente, se ha enfrentado a la renovación de su identidad, a prometerse a sí mismo acercarse al nuevo yo que es hoy y que todavía −dice− no conoce bien. Para ello también ha escrito un libro, Le lambeau, en cuyas páginas, según cuenta el periodista del que he tomado la información, Borja Hermoso, se desgrana un duro pero vibrante relato de azares, desgracias, consecuencias, reflexiones y aprendizajes.
Pero lo que la mente de Lançon va destilando acerca del hecho trágico es tan digno y, me atrevería a decir, tan doctrinario que no me resisto a reflejar algunos de sus pensamientos. Declara: «Pienso que quienes nos atacaron eran pobre gente y en sus cabezas vacías entraron monstruos activados por terceros que sí eran conscientes del mal. No siento odio por los hermanos Kouachi, aunque no acierte a explicarme su acción. Cambiaron mi existencia, todo ha sido muy duro, pero no he pensado en el suicidio y no me considero un héroe, soy hijo y forja de las circunstancias.»
Cae el domingo, y de la ebriedad del fisgoneo tonto en la realidad virtual he pasado a un estado de satisfacción moral: el que me proporciona haber acompañado a estos dos titanes a recobrar su identidad escuchando sus historias con sumo interés. Ahora me queda leer sus libros, es lo menos que puedo hacer.

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Con los ingredientes de este título, cualquiera de los programas de humor que tratan la realidad como un juguete para el sarcasmo podría extraer un suculento jugo ingenioso. Y entrenados como estamos en esa plaga de imágenes y vídeos manipulados que todo lo subvierten para satisfacción de nuestra avidez de guasa, no es descabellado imaginarnos una escena en la que aparece el octogenario director americano intentando armar una estantería de la fábrica sueca mientras la tonadillera le canta para animarlo su Marinero de luces, y el hombre, histérico por lo alambicado de la tarea, la corta a voz en grito con alguna frase inmortal propia de uno de sus guiones cinematográficos, del tipo: Calla de una vez, con esa canción me entran ínfulas de general MacArthur invadiendo Japón sobre una colchoneta de playa.
Desgraciadamente, no traigo a colación los tres elementos del título para una gracieta. Con la muerte reciente del fundador de IKEA, Ingvar Kamprad, vuelve a salir a la palestra su oscuro pasado, su afección al partido nazi en los años terribles para Europa. Ese borrón, por el que pidió perdón en su momento (cuando fue revelado mediáticamente), ha ido acompañándolo en todos los jalones de su biografía mientras el mundo se inundaba de estanterías Billy y otros muebles de nombres impronunciables.
Por su parte, la irrupción de Isabel Pantoja en el mundo del espectáculo, jaleada por sus incondicionales como una heroína que regresa para devolverles el arte que nunca debió callar, no nos hace olvidar al resto que la tonadillera regresa de la cárcel, condenada por evitar los impuestos, sí, ese dinero sin dueño que contribuye a que la desigualdad se palíe un poco y los servicios públicos sean dignos.
Y por fin, Woody Allen, acusado por su hija Dylan Farrow de abusos sexuales cuando era menor de edad, algo que, aunque no fuera probado en su momento, ha dejado una severa sombra de duda sobre el director.
En todas estas celebridades hay inevitablemente una mancha, que en cierto modo nos salpica porque su obra orbita a nuestro alrededor y ha formado parte de nuestro patrimonio. Y de nuevo planea la inacabable discusión acerca de la inseparable vinculación entre autor y obra. ¿Qué deuda moral hemos contraído cuando hemos admirado las películas de Allen o cuando hemos agrandado la fortuna de Kamprad alimentando nuestro interiorismo doméstico con sus perendengues? ¿Qué decir de quienes refuerzan su veneración por Isabel Pantoja después de su condena?
Pisamos terreno escabroso. Hechos como los descritos ponen en jaque la calidad de nuestra consecuencia moral y revelan nuevamente las dificultades para la integridad. Pero aunque la mancha sea penetrante, aunque agitada en nuestra memoria destile un hedor reconocible, tengo la impresión de que, en la mayoría de los casos, hay una tenue línea fronteriza que separa al autor de su obra, como si la autoría le fuera robada al ejecutor por un anónimo propietario colectivo. ¿Cómo explicarme, si no, mi admiración por la sublime aportación artística de Caravaggio, sabiendo que en la parte final de su vida se convirtió en un vulgar navajero?

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