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Novedades en la categoría Literatura

He intentado durante estos días componer un articuento, como lo llama Millás. En él aparecía un personaje a quien puse de nombre Primitivo Menestral, al que atribuí como rasgos más relevantes su soledad, su enajenante afición lectora y su maña innata para la manufactura doméstica. El tal Primitivo se había visto atrapado por un estado de delirio después de conocer los prodigios de la impresión en 3D que un ingeniero, una bióloga y un médico habían expuesto en un programa de Iñaki Gabilondo. De las palabras de estos expertos habían salido prótesis que corregían corazones desperfectos, artilugios que reconstruían una osamenta maltrecha, órganos creados como por ensalmo a partir de unas cuantas células, piel humana elaborada como quien teje un paño con hilos, además de zapatos, tartas, cazuelas y todo perendengue que se le cruzara a un individuo por su mente fabril.

Imaginé a Primitivo fascinado por tales revoluciones de la tecnología y sometido a una conmoción suprema cuando al poco tiempo contempló en la televisión la construcción de una vivienda mediante una impresora gigantesca. Me lo figuré rebuscando en el mismo magín donde Mary Shelley había hurgado para concebir su criatura, y al fin lo encaminé a mezclar sueños, delirios y probaturas.

Después de comprar su artilugio, buscó en la red el diseño de las piezas del organismo y solicitó por la misma vía a distintos proveedores el suministro de polímeros y células que sirvieran de base para su bricolaje biológico.

Comenzó imprimiendo la osamenta; se cuidó de hacerla a prueba de fracturas, reforzándola con una dosis de calcio suplementario. Siguió con la musculatura, fibrosa pero sin excesos; no le atraía un fenómeno cachas. Elaboró una piel con una porción de melanina que le diera un bronceado que desdibujara su origen. A continuación, y con la cautela que le recomendaba el sentido común para evitar enfermedades degenerativas, imprimió todas y cada una de las entrañas del cuerpo, excepto el cerebro. El sonido de la impresora era como el frufrú sistemático de dos telas que a veces devenía en suave rasgadura. Embriagado por tan singular sonido, Primitivo Menestral tuvo la sensación de que ejercer de demiurgo tampoco era tan demencial.

Enseguida me di cuenta de que esta prevención contra las enfermedades que atribuí a Primitivo había nacido de mi temor a los terribles secretos que guarda mi organismo y lo único que confirmé en ese instante fue el poder exorcizante de la literatura.

Cuando en su ensoñación más excitante vio todos los órganos sobre la mesa de su taller, el hombre se estremeció anticipándose al éxtasis que le produciría el montaje definitivo de todas las piezas de su puzle maravilloso.

La primera decisión trascendente que hubo de tomar se le presentó al determinar el sexo de su criatura. No se complicó. Si durante siglos la humanidad se había dejado llevar por la metáfora del paraíso, algo bueno tendría que haber en ella. Además, de inclinarse por una mujer le hubieran sobrevenido fantasías sexuales y su experimento era cosa seria que se merecía algo más que el rango de una muñeca hinchable.

Llegado el momento de solicitar neuronas a los proveedores especializados en la impresión del cerebro, mi articuento se detiene. Y Primitivo Menestral desaparece diluido en una maraña de decisiones. ¿Qué tipo quiere (o quiero) que se levante de la mesa y emprenda una vida original junto a él? ¿Y qué vida? ¿Es compañía lo que busca? ¿Es diligencia y eficacia? ¿Es entretenimiento? ¿Es apéndice de su genio? ¿Es una posibilidad de resolverle su economía? ¿Amable, tierno, chispeante, ingenuo, hábil, sobrio? ¿Inteligente? ¿Qué inteligencia? ¿Y si sale amo en lugar de esclavo? ¿Y si hiena en lugar de oso panda? ¿Y si sale taciturno y me pide que lo escuche día y noche porque guarda en los genes de su memoria toneladas de miserias de la Humanidad que debe sacar afuera para no volverse loco? ¡Horror! Y en ese momento clausuro mi disparate y me vuelvo cuerdo y racional, y dejo a Primitivo en el taller de sus bricofantasías, en un limbo alejado de mí para que no me contamine con sus delirios.

Cuando pongo el punto final al articuento, aparece en un periódico digital la noticia sobre los avances del Human Virtual Project. Está muy próxima la posibilidad de crear un humano virtual a través de potentísimos cálculos informáticos. Entonces, desde algún lugar del limbo, comienzo a escuchar el frufrú que emite una impresora 3D, la suave rasgadura que me trastorna, y aguzo mi oído para ver si escucho a Primitivo hablando con alguien.

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Desde hace casi veinte años vengo persiguiendo a un vecino de Tacoronte. No se asusten. Solo pretendo convertirlo en personaje de una historia. Y este vecino del que les hablo tuvo, desde que lo vi por primera vez, todos los boletos para participar en un relato de sugerente calado literario. Lo veo sentado en el mismo escalón, junto a un stop donde debo detenerme antes de tomar la carretera general. La misma pose desgarbada, un cigarro encendido entre sus dedos (nunca se lo he visto en la boca) y la misma rebeca que llegó a ser de color vino y de la que no se desprende así arrecie la canícula. Calvo pero sin perder testimonio de lo que fue un cabello espeso ahora reducido al anillo capilar de un fraile. Su mirada siempre me ha parecido triste y nunca ha rehuido la mía. Levanta la mano cuando me detengo pero no descompone el dibujo de su rostro. Delgado, muy delgado, moreno, muy moreno.

Pasan largas temporadas en que desaparece. Me entra cierta congoja, entonces, adivinando su sombra sedente en el escalón, y a veces, en un acto reflejo, levanto el cuello para saludarlo. Sucede que en su ausencia siempre especulo con que su aspecto de desahucio era la antesala de una enfermedad, o un vicio, o una vida desgraciada que lo ha hecho desaparecer. Pero resucita. Cuando ya lo he sepultado y le he llevado crisantemos de aire a su memoria, reaparece por alguna calle de mi barrio y vuelvo a verlo más tarde apostado en el escalón, en la misma condición de aparente indigencia. Llevo enterrándolo hace como diez años.

Este vecino encierra un misterio del que se desflecan miles de hebras para convertirlo en personaje de cuento. Y sin embargo no me sale ninguno y ya no creo que me salga. Y no importa, me conformo con verlo vivo y me congratulo de ser testigo de la resurrección feliz de alguien que, según mis cavilaciones, se agarra a la vida con perseverancia sobrenatural.

Pero he aquí que estos días le he dado una vuelta al calcetín y he cambiado radicalmente la perspectiva que me ha inclinado a verlo desde hace tanto tiempo como sujeto de mi imaginación. Creo que lo que ha ocurrido en realidad es que ese hombre de aspecto poco agraciado, que se sienta en el escalón junto al que transito, me ha estado observando todos estos años. Que soy yo quien le resulta un personaje de carne y hueso que se lleva a su soledad para jugar con él y otorgarle un pasado y un presente que a lo mejor tiene más interés que el rutinario decurso de los días en que debo circular con el coche y pararme junto a él en el stop de marras.

Es la cabeza territorio para la libertad, decía don Quijote. Y vaya que sí, la mente es un vasto continente que permite cualquier rumbo aunque el cuerpo esté detenido en la más pedestre cotidianidad. Amable lector, amable lectora, te invito a que te deleites con este ejercicio, porque supone una lección de humildad y de vacuna contra la prepotencia y el narcisismo. Te aseguro que ahora me encuentro mejor sabiendo que soy observado por mi vecino, y me intriga el relato que pueda componer con su material de observación. De hecho he colocado un cartel en mi frente para reforzar la pesquisa. Dice: Me buscan.

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Esta vez fue Millás quien me llamó y contaminó la mirada absorta sobre la playa. Me recuerdo preso de un sopor que fue envolviendo los sentidos hasta dejarlos a expensas del delirio. Cuando sonó en mi cabeza el teléfono, no me sobresalté, ni hice por atender ningún dispositivo. Solo dije ¿sí? Y me habló Millás. Me preguntó si ya estaba sobre ella. ¿Sobre quién?, le dije. Sobre la ola. Ah, le contesté. Puede que sí, añadí. Entonces cierra los ojos, me dijo, y solo usa el pensamiento para evocar a Octavio Paz. El resto, para ella, para la ola. Yo te estaré viendo y contaré lo que te ocurre, terminó.

Y fue así como me acosté sobre una ola, con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre mi pecho. Noté que reposaba sobre una humedad llevadera, que no penetraba en la piel. Había aprovechado una ola liviana que moría y resucitaba con la suavidad de la bajamar. Sentía las ondulaciones del arrullo y en cada viaje desde altamar a la orilla aquel ambiente de sal y densa maresía agregaba nuevos ingredientes a mi nueva identidad.

La incansable melodía del rugido constante, el respeto por la placidez que me brindaba aquella ola, el figurado brillo de las estrellas durante la noche, la sensación de conquista de la inmensidad, todo parecía convocado para llenar de gozo la definitiva estancia en el mundo.

Cuando ya creí desaparecido el límite con la vida real, una ondulación más brusca de lo habitual pinchó en la burbuja mullida de aquella quimérica felicidad. Y comencé a aburrirme. No lo puedo expresar de otra forma. Era un aburrimiento supino toda aquella bocanada de belleza. No podía digerirla. O no sabía. Y noté el leonino bostezo de mis neuronas.

Con los ojos entreabiertos recordé que Millás me había hablado de Octavio Paz. Giré levemente la cabeza y comprobé que todavía estaba sobre ella, sobre la ola. Cerré de nuevo los ojos y estiré los brazos posando las palmas sobre su superficie espumosa. La señal era clara. La única forma de combatir el aburrimiento era enamorarla. Pero no allí, en la majestad del mar. No, necesitaba enamorarla en la intimidad de una casa.

Entonces me incorporé, contemplé su torso sensual y turgente, la metí dentro de una mochila y me la llevé como un vulgar secuestrador hasta mi apartamento. Y si ustedes, amables lectores, quieren saber qué fue de ella, no dejen de leer el cuento de Paz. Mientras tanto, yo voy a ver si me despierto y llamo a Millás para que me cuente lo que acaba de ver.

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Absorto con la contemplación del mar desde algún punto de Las Canteras, rompe mi embeleso una extraña llamada proveniente de no sé qué interlocución inmaterial.

-¿Diga?, pregunto.

-Joven, me dice una voz, hablo en nombre de la Trinidad Hispanoamericana. Como quiera que en el limbo en que nos hallamos no nos queda más sentido que el de un remoto paladar literario, lo hacemos depositario de nuestra devoción por la vida y le pedimos que nos diga qué ve en este instante.

Les ahorro los pormenores de una conversación que ganaba en extravagancia a medida que se alargaba en mis oídos incrédulos. Solo les diré que la tal Trinidad la formaban García Márquez, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, que en algún lugar del parnaso debieron de sentir el amargo tedio que provoca la eternidad y notaron el cascabeleo de este humilde vago dedicado al oficio baldío de delirar sin fiebre.

Le dije a la voz que comenzaría con García Márquez y que intentaría hablarles a cada uno en su idioma inmortal.

¿Qué veo, querido Gabo?

Embutidos en sus trajes negros de neopreno, confiados a la dulce esclavitud de su aleta de escualo fibrosa y grácil, los hombres peces, enterrándose una y otra vez en el vórtice espumoso del oleaje y resucitando victoriosos sobre sus crestas en una levitación de sal y yodo, como el santo de un paso procesional, habrán de recordar el día en que fueron de arena y sabían qué era un secadal y comían carne al calor de las brasas de una retama agostada. Hasta que se dejaron embriagar por el olor de las algas marinas y Neptuno les regaló las agallas y las escamas que hoy los retienen en el mar perenne sin la nostalgia de la tierra caduca.

¿Qué veo, maestro Borges?

Digo con firmeza que en la biblioteca de Ibn Almansur no había un solo libro que hablara de «La Barra», un arrecife calcáreo que abriga la playa. Me precio de haber indagado incluso hasta en las notas y los preliminares de los tres tomos en sánscrito que Michael Straigton regaló al célebre descendiente de los almorávides. Y allí no había más que una descripción pormenorizada de los sutras de algún monje hindú, algunos por cierto de elevado cariz erótico. Pero alguien, muy posteriormente, debió de dejar en algún anaquel el manuscrito en el que hacía constar que detrás de ese balcón al abismo al que denominan «La Barra» había visto su infancia de sol mortificante y castillos de arena, y había visto a sus padres redivivos, y había visto su primera novia con diez años avasallante como la reina Victoria, y sus miedos a la oscuridad abisal y al ridículo, y el primer fracaso indigesto con la verdad, y la Biblia anegando de literatura su memoria, y la primera pedrada en una ceja, y el unánime amor partido en amores fragmentarios, y su habitación vacía esperando un sueño menos febril.

¿Qué veo, admirado Julio?

El lector pide una cerveza y se instala bajo una sombrilla en la avenida junto a la baranda. Se deleita unos minutos con la vastedad del océano y se sumerge en la lectura de la novela por la página en la que el protagonista está demasiado absorbido por sus quehaceres laborales (la redacción de un informe para una subvención oficial cuyo plazo de entrega acaba hoy mismo) y no presta atención al anuncio de una subida extraordinaria de la marea que podría afectar a los bajos de los edificios, en uno de los cuales trabaja a marcha forzada peleándose con su computadora. A media mañana el pronóstico se cumple y el oficinista continúa con el frenesí de su tecleo a pesar de que el agua ya le llega por las rodillas. Cuando las olas ya rompen contra las puertas de la oficina y el nivel del agua ya le llega al cuello, el oficinista se dispone a guardar el archivo que contiene el informe, pero un golpe de mar le arrebata el libro al lector que se agarra a la baranda para evitar ser arrastrado, mientras observa perplejo cómo la novela desaparece engullida por el mar embravecido.

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