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Novedades en la categoría Delitos

Nos siguen conmoviendo los crímenes. Eso sí, a la manera del consumo volatilizable que tienen hoy las noticias: leer, estremecerse y pasar página. Pero por fortuna todavía se nos agita el ánimo, máxime cuando aparece una variante que retuerce el canon del crimen que bien podría reducirse al binomio arranque de ira y consumación. Es lo que me ha sucedido con la muerte de una mujer muy cerca de aquí, en La Matula, un barrio de la capital grancanaria.

Junto al evidente sobresalto por las circunstancias (todo indica que el presunto asesino la apuñaló, luego le puso un pijama limpio y por fin abrió el gas para causar un incendio que borrara las huellas e indujera a pensar en accidente), el hecho de que el individuo sufriera quemaduras en gran parte de su cuerpo y quedara en estado muy grave ha despertado mis inquietudes indagatorias, que no han de resolverse más que en la soledad de mis divagaciones.

Y la primera inquietud, que no es la más importante, desde luego, arranca cuando pienso en el destino de este individuo, alrededor del cual se ha movilizado un dispositivo de trabajadores sanitarios para salvarlo. Y ahí está la palabra que me araña, la que me perturba: la salvación. Todos los servicios médicos, cumpliendo con su vigorosa deontología, se conjuran para agarrar la vida del paciente y que no se vaya por el sumidero de la presunta desgracia.

Pero ¿cuál es la presunta desgracia? Mi pensamiento coge algunas décimas de fiebre cuando imagino a todo ese personal al unísono refrescando la piel ulcerada del individuo, tomándole las vías, dándole oxígeno, reanimando su corazón maltrecho, mientras debajo de todo el chamusco la palabra salvación naufraga frente al apocalipsis que se le avecina. ¿De qué lo salvarán? ¿De perecer consumido por el fuego del infierno? No hay otro camino, deben salvarlo, es el deber que enaltece la dignidad humana.

Y luego vendrá su recuperación, con el cuerpo lisiado y el recuerdo eterno de las ampollas fosilizadas. Y luego vendrá el careo frente a sus hijos. Y luego vendrá el juicio que obrará la magia de la reposición de la memoria. Y luego vendrá la cárcel para ensanchar el tiempo del arrepentimiento, o de la reafirmación, o de la locura.

El presunto asesino estará en buenas manos y gracias a la acción de tantos y tantas, entre los que se contarán los contribuyentes que financian la sanidad pública, se habrá salvado de la presunta desgracia.

Sigo teniendo fiebre en el pensamiento pero no me impide seguir concibiendo que a pesar de los laberintos de la maldad defender la vida sigue siendo un lema irrenunciable.

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La primera imagen que me sobrevino cuando leí la noticia de los 13 hijos secuestrados por sus padres en California fue la de Hansel y Gretel, encerrados por la bruja en aquella quimérica casa de chocolate. Quizás pudo sugerírmela el escenario de los niños, que padecían el tormento del engorde para ser devorados por la malvada anciana.

Pero ese aire de fabulación con final feliz que respira el cuento recopilado por los hermanos Grimm y que tanto ha contribuido a alimentar la catarsis infantil, ávida por naturaleza del triunfo del bien, se diluye como un azucarillo cuando uno entra a diseccionar el espectáculo dantesco que hallaron los agentes de la policía en cuanto les fue posible acceder a la casa de los Turpin, apellido del matrimonio verdugo. Cualquier cosa que se diga sobre la noticia puede caer inmediatamente en un lugar común: ¡qué monstruosidad!, ¡qué va a ser de esos niños!, ¿cómo se pudo mantener oculto tanto tiempo a ojos de la vecindad? Y seguiríamos agregando expresiones de nuestra perplejidad, sensibles como somos a las manifestaciones del mal. Yo también participaría de esa repuesta primaria y la alinearía junto a otras abyectas conductas que han dejado al descubierto el lado demoníaco del ser humano.

Sin embargo, para no quedarme a las puertas de la banalización de la noticia y su disolución entre las otras correrías que acaecen a diario, me tienta cartografiar el mapa de la maldad que se ha ido configurando y reconfigurando en las cabezas de esos padres perversos. Y la primera ocurrencia que tengo es que en ese mapa pudo existir en algún momento la llanura de una voluntad benevolente. Ese matrimonio debió de pensar que esa era la mejor contribución a la cohesión familiar, por ejemplo. El control, la uniformidad, la obediencia. Hay etnias, sectas y grupos religiosos que practican modalidades parecidas.

Pero conforme me van llegando los detalles del espanto, hay una fractura en la percepción de esa imaginada benevolencia que desata en ese mapa volcanes de horror, cascadas de crueldad, un río caudaloso de depravación. Comprar comida y juguetes y ponerlos frente a sus hijos, encadenados a las mesas e imposibilitados para acceder a ellos, mientras los dos adultos se despachan los víveres a gusto, es obra de una fuerza tectónica que sacude toda cartografía del bien.

Sabemos que Hansel y Gretel salieron victoriosos y su historia sigue purificando el alma angustiada de los niños frente a la bruja malvada. El mayor deseo ante este horror es que esos hijos secuestrados recuperen el pulso apagado de su vida y tengan en la ausencia de miedo por estar en el mundo la mejor de las dichas que se merecen.

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