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Novedades en la categoría Bienestar

Cuando Edward Hopper pintó el cuadro Los noctámbulos, no tenía intención de reflejar en él la soledad del ser humano. Lo declaró él mismo a una galerista que logró sonsacarle la respuesta en una de las escasas entrevistas que concedió el pintor. Sin embargo, Los noctámbulos se ha convertido en el paradigma artístico de la soledad del individuo en el contexto de la gran ciudad que se consolida a partir de la Segunda Guerra Mundial. Como espectador de ese cuadro, sigo y seguiré viendo una representación de la soledad porque no sé interpretar de otro modo la presencia de esas figuras humanas en una cafetería que a través de una enorme cristalera enseñan las costuras de su incomunicación y su aislamiento.
He pensado en Hopper cuando he visto u oído los testimonios de dos individuos que han ocupado la primera plana de las noticias en los últimos días. Uno es el de un ciudadano vasco que una mañana toma la decisión de colaborar con la policía para acabar con ETA infiltrándose en las tripas de la organización terrorista. Su decisión, solo motivada por las ganas de causar el bien y salvar vidas humanas, le reportó un sinfín de problemas que fue sorteando con la pericia que le daba la intuición, pues no tenía experiencia militar. Llegó a lo más alto e incluso ETA lo ordenó matar. Gracias a su colaboración se desarticularon comandos y se salvaron vidas humanas. Cuenta en su declaración a la cadena SER que se halló inmerso en una soledad de vértigo cuando tuvo que pasar a Francia porque ya estaba fichado por la policía. Allí tuvo que soportar la presión de su condición de topo, siempre a punto de ser descubierto, y la de la persecución de la justicia española que ya había emitido la orden de busca y captura por pertenencia a banda armada. Mientras habla con voz distorsionada para ocultarse, explora en su patrimonio verbal las palabras adecuadas para reflejar el abismo que le supone esa exposición a la nada, al peligro, a la incertidumbre, sin posibilidad de comunicarse o de ser ayudado. Está solo, aislado, cercado por un pensamiento que no le augura nada bueno. Y yo lo oigo con estupefacción de ciudadano común frente a un héroe.
El otro individuo relevante mediáticamente es Rodrigo Rato. Lo veo llegar a los aledaños de la prisión de Soto del Real, con la cabeza gacha, esa cabeza que fue un día soberbia y sobresaliente, empujando su equipaje y teniendo tiempo tan solo para levantar la cara ante los periodistas y manifestar su arrepentimiento. Luego su figura se pierde en los portales de la cárcel, y lo que sucede a partir de ese momento lo pone mi sensibilidad y mi facultad para imaginar. Lo veo salvando en silencio los trámites del ingreso hasta llegar al habitáculo frío de la celda y mirar y remirar los rasgos desconocidos del atrezo que va a componer el hábitat de su soledad durante un largo tiempo. Y cuando ya está liquidado el tiempo del examen, me lo figuro tratando de embridar su pensamiento que se le rebosa de su cráneo chorreándole contrición, resentimiento o pesadumbre, mucha pesadumbre.
Me acuerdo de Hopper porque me gustaría saber cómo hubiera metabolizado él la experiencia de estos dos individuos y cuál hubiera sido el cuadro resultante. A lo mejor no le hubiera interesado, o a lo mejor sí, porque él era un hombre solitario y debía de absorber con ese filtro lo que sucedía a su alrededor. En otra ocasión declaró: «Yo me pronuncio con mis cuadros. Creo que nunca he intentado pintar el ambiente del país. Intento pintarme a mí mismo».

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Acabo de terminar el libro de Andrea Köhler, El tiempo regalado, y que lleva como subtítulo Un ensayo sobre la espera. Me atraía el tema y me había provisto de buenas referencias. Magnífico, es lo que puedo decir.

De elaborar un ensayo sobre la espera podría resultar un conjunto de apreciaciones que no pasarían de constatar la reproducción de patrones de conducta con el que nos sentiríamos de inmediato identificados. Todos esperamos, la espera es tediosa, angustiosa a veces, la espera es territorio para perder tiempo, es inevitable, paralizante. Esperar es la brida de la precipitación, puede ser fría, como la del observador paciente, o ardorosa como la del amante impaciente. Pero su autora, Andrea Köhler, logra trascender el retablo de manifestaciones de los seres humanos en actitud de espera y situar esta disposición en el centro de la historia del pensamiento.

Desde Freud, que ya consideraba la espera como «domesticación del instinto» hasta Beckett, que hizo de su «Esperando a Godot» un monumento al sentido de la existencia. Pensar sobre la espera y emparentarla con la pausa es rehacer la mirada sobre el tiempo, como hiciera Proust. Nos debemos al tiempo y le rendimos pleitesía en tanto no nos devore, y lo que la naturaleza falible nos pone en nuestras manos para no caer en sus garras es la morosidad y la quietud, aunque afuera, en el entorno que nos incumbe, sigan pasando cosas que nos creen la sensación de que nos estamos perdiendo mucho.

La autora extrae de la filosofía, la mitología y la literatura muestras de hondas incursiones en el sentido que el ser humano asocia a la espera. Heidegger, por ejemplo, revela su desesperación por la imposibilidad de acelerar el tiempo y convierte su experiencia angustiosa en columna vertebral de su pensamiento existencialista.

Pero Andrea Köhler repara también en el mundo del siglo XXI y se esmera por destripar lo que hay debajo de la necesidad de la prisa o del dolor incontrolado que genera la impaciencia: el monstruo en que se ha convertido el reloj, cuyas agujas no son sino las patas torpes de una tortuga que no entenderá jamás el placer de la inmediatez.

He leído con fruición el libro, y mientras lo hacía iba experimentando el entrenamiento gozoso de la demora. No tuve prisa, releí varias veces un mismo capítulo, hice pausas para anotar alguna frase, repetí interiormente un pensamiento, me reí de mi propia agitación puesta en evidencia en la lectura de algún fragmento (no quiero acabar sin citar a Dorothy Parker, citada a su vez por la autora: «Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú»).

Y no miré el reloj.

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Existen lenguajes universales. La música. Euterpe, la musa de agradable genio, se encargó de crear una gramática que atravesara fronteras. Cualquier individuo puede identificar una melodía y hacerla hablar en sus oídos, por ejemplo, para el deleite, para la ilustración o para evocar recuerdos. El arte. La creación artística moviliza el sentido del gusto y lo sitúa siempre en algún grado de su emoción estética. La danza, el deporte, el teatro de sombras, todos encierran un sistema de signos que no necesitan traducción para provocar un efecto inmediato en quienes los perciben.

Montado sobre la bicicleta estática de un gimnasio, dando a los pedales con más fuerza mental que física, contemplo el paisaje humano que se despliega ante mi vista y deduzco que hay un código común, una sintaxis de gestos, conductas, poses e intenciones que tampoco requieren una exégesis elevada para revelar su significado. Y todo en ausencia total de la palabra. Entonces ¿cuál es el texto que se genera en esos infiernillos del colesterol y la grasa?

En un gimnasio hablan los músculos, la orografía de fibras en el cuerpo de los eternos aspirantes a culturistas y sus bíceps embutidos como en una tripa transparente y a punto de reventar en cada levantada inverosímil de pesas y mancuernas. Hablan los gemidos agónicos de los tipos que llevan hasta el límite su fuerza ciclópea. Habla el rostro desbaratado por el agotamiento feliz tras alcanzar el número triunfal de abdominales. Hablan los chasquidos de los aparatos de tortura llamando con seductor flirteo a las articulaciones devotas del castigo. Habla el sudor, único fluido autorizado y acreditativo de la entrega patriótica al festín del gimnasio. Hablan las mallas y las camisetas de asillas ceñidas y con aspiración subcutánea. Hablan las zancadas y los pedaleos absurdos de quienes empujan sus huesos durante kilómetros de nada. Hablan las contorsiones, las flexiones, los desafíos convertidos en garabatos corporales. Hablan los resoplidos, los torbellinos de dióxido de carbono dándose codazos con el oxígeno en la nube densa del gimnasio.

Y hablan los espejos. La transmisión en directo y sin maquillaje de la verdad verdadera. Hay espejos que recogen el botín de tantas horas de sacrificio y lo devuelven repartido en las regiones del cuerpo donde despunta una hinchazón divina. Pero también hay espejos que un día tras otro aguantan la exhibición de quien se miente tensionando sus músculos para obtener un éxito efímero y luego regresarlos a la flacidez que les corresponde. Hay una memoria infinita de los espejos que retienen muchos momentos de vanidad y querencia propia, de gente que repasa una y otra vez el mapa completo de su figura e impreca contra el mundo porque nadie repara en la ausencia de grasas o en el relieve de su tableta abdominal. Y, por supuesto, hay espejos que no pueden evitarles a los pobres como yo la presencia de la sagrada curva, el almacén de los empachos y el sedentarismo que lucha por una utópica merma y se encuentra siempre con la abundancia de existencias.

En el silencio de palabras del gimnasio hay un idioma que nos uniforma a todos y anula toda extrañeza, permitiendo la convivencia intercultural de quienes persiguen esculpir en su cuerpo las sinuosidades de una escultura griega con quienes pretendemos escupir del nuestro todo el sobrante lípido que parece haber llegado para quedarse.

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No sé cuándo comencé a pensar que la respuesta a la pregunta ¿A qué aspiras? necesitaba un contenido que diera cuenta, de una manera más ajustada, de lo que es mi aspiración en la vida. Será que los años han ido decantando toda la artillería que se desplegaba cuando quien respondía era la juventud militante y apasionada. Ahora, esta misma juventud, modelada en carne y espíritu (¡con cuánto palabrerío exorciza uno la vejez!), parece requerir una morosidad mayor que nos permita mantener más tiempo en la boca el caramelo del porvenir y paladearlo hasta la última esquirla dulzona.

Lo cierto es que desde hace un tiempo veo en la sabiduría el compendio de las ideas que me resultan provechosas para obrar con la templanza que necesito. No soy original, lo sé. Los saberes de las comunidades primitivas macerados en la edad provecta de sus mayores han sido desde hace siglos el asidero de sus integrantes jóvenes para sobrevivir. Y esos mayores no han hecho más que (y no es poco) envejecer y reposar la mirada sobre las cosas mundanas para restarles el ímpetu de lo categórico.

Pero ¿cuál es la sabiduría de la que me gustaría proveerme? Por lo pronto descarto toda la verborrea que tienda a aprisionar lo laberíntico y complejo de la condición humana en frases evanescentes que buscan elevarse de lo corriente con una estética celestial. Lo que sucede con los seres humanos es el cruce de muchas causas, razones y eventualidades, y poco contribuimos al bien común si lo reducimos todo a una generalización vacua que deja fuera el entramado que explica los comportamientos.

Busco la sabiduría basada en la duda como principal actitud para conocer y pensar. Nada es seguro, ni siquiera el término medio aristotélico. Por lo tanto, necesito pausa para no caer enredado en las apariencias. Pero no un tiempo eterno que me debilite infectándome de escepticismo, sino un tiempo que me incline a mejorar el conocimiento de las causas antes de emitir un juicio.

Busco la sabiduría que me permita distinguir lo verdaderamente importante para invertir con mesura las energías. Todo lo que pudo ser objeto de fervor, de empecinamiento fogoso o todo lo que constituyó motivo de indignación iracunda pasa ahora por el tamiz de la jerarquía, y mi mente y mis sentimientos son convocados a empresas de mayor rentabilidad emocional.

Busco la sabiduría que siga aguijoneando mi curiosidad para descubrir secretos y mantener intacta la facultad de fascinación por lo novedoso, lo bello y lo heroico.

Busco, en fin, la sabiduría que me proporcione el deleite mayor con el ser humano, con la persona de carne y hueso que constituye el mejor depósito de gratitudes. Esa sabiduría que me advierte del tiempo que pierdo cuando renuncio a gozar de una conversación, un abrazo o un festín colectivo de afecto mientras escribo un artículo sobre la sabiduría.

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Al final, desgraciadamente, las noticias terminan engrosando la larga lista de productos destinados a usar y tirar. Digo desgraciadamente porque casi todas giran en torno a la condición humana. Los delitos, las curiosidades, el chismorreo, las depravaciones, los éxitos, todo pasa por esa enorme trituradora del consumo que las convierte en breves destellos que se apagan inmediatamente en la memoria o, en el mejor (o peor) de los casos, flotan en ella para renacer en forma de prejuicio o de visión simplona de lo que siempre es complejo.

Como lectores comprometidos nos compete rescatar aquellas otras noticias que no tienen ese marchamo de información-cleenex y que se producen con vocación de permanencia en los anales del progreso, de la denuncia, de la rebelión o de la crítica edificante. Muchas de las noticias de este tipo caen en la misma trituradora y trasladan a sus protagonistas a un límbico anonimato que, entre otras cosas, termina tragándose su poderosa contribución al bienestar del ser humano.

Alargo este preámbulo como alfombra roja para un hecho del que se hizo eco la prensa canaria hace unos días y que justifica todo elogio bien ponderado. El titular era concretamente «El Perpetuo Socorro, pionero en una intervención de pseudoartrosis». Destacaba la noticia el carácter novedoso de la técnica quirúrgica empleada, que sitúa al centro sanitario a la vanguardia del tratamiento biológico de las roturas óseas. Todo lo que hemos oído respecto a los avances en el uso, milagroso para los profanos, de las células madre para la regeneración de tejidos y órganos se hace presente en un hospital de nuestras islas. Al frente del equipo impulsor de esta técnica se halla el doctor Nogales.

Conozco desde hace mucho tiempo a Juan José Nogales y doy fe de que esto que aparece como una burbuja en el titular de un periódico es el fruto de un trabajo de muchos años, de una curiosidad científica comprometida y una búsqueda incansable de nuevas formas de intervenir en el campo de la Traumatología. Lo he conocido recorriendo mundos y persiguiendo la hebra por donde tirar para su estudio y sus innovadoras experimentaciones. Cada vez que me lo encuentro me actualiza el estado de los tratamientos y pone en mi conocimiento alguna buena nueva sobre la esperable recuperación de mis maltrechas rodillas.

En más de una ocasión hemos comentado que es detrás de las rótulas, donde la edad y la artrosis comparten festín acabando con los últimos restos de nuestros cartílagos (los suyos y los míos), el lugar preferente en que su genialidad médica tiene el mejor de los territorios para valorar el prodigio de sus pesquisas.

Como médico, el doctor Nogales se ha ganado un prestigio a base de activar sus receptáculos como investigador, pendiente de todo lo que se hace en el mundo en su terreno, poniendo su capacidad de observación y su sobresaliente intuición al servicio de una ciencia con la que todos los artrósicos del mundo nunca dejaremos de estar en deuda.

Esta sí que es una noticia de enjundia, una noticia que merece tronío mediático, como muchas que anuncian que hay una conspiración benevolente para mejorar el bienestar de los seres humanos.

El doctor Nogales habrá tenido su merecido reconocimiento en los círculos médicos pero yo necesitaba auparlo con el altavoz de un afecto diferente. Es que es mi amigo.

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Envidio la pasión, la afición desbocada por un actividad deportiva, artística, musical. No tanto por el objeto en sí (un equipo, un cantante, una escritora) como por la pulsión que se desata y nos sube la temperatura emocional, y nos absorbe todas las energías en un instante como si no existiera ni otra vida doméstica que satisfacer ni otro mundo ordinario al que asistir. ¿Hay algo histórico más extático para un fanático del fútbol español que el gol de Iniesta en el mundial de Sudáfrica? Es la metáfora del fervor. Todo nuestro cuerpo y nuestra mente secuestrada por un acto, por una resolución sublime. El deseo consumado de una explosión que se ha venido alimentando mucho antes con un mariposeo en el estómago que nos turba.

Pienso ahora en lo público, lo que es de todos, la sanidad, la educación, un parque público, una guagua pública, un funcionario o una funcionaria, las calles. Y pienso en cuánto ganaríamos si pudiéramos albergar una pasión semejante por lo público. Si nos convirtiéramos en hinchas de lo que nos pertenece a todos, si nos transformáramos en afanados y activos aficionados que jalean a los integrantes de la cosa pública y alentáramos el aplauso o la vibración colectiva similar a la de un estadio enfebrecido porque un médico de la Seguridad Social ha logrado recuperar a un enfermo con los medios que proporcionan nuestros impuestos, o un jardinero ha logrado la geometría perfecta de los setos de un parque, o los operarios de la limpieza han borrado de la arena de la playa los vestigios del descuido, o una funcionaria ha concluido con pulcritud incontestable el trámite requerido por una ciudadana.

Que no nos quiten el sueño de escuchar a un locutor deportivo transformado en narrador de lo público y transmitiendo con el ardor propio de su cometido una crónica radiofónica del siguiente estilo (pónganse en modo radioyente): «Ojo que una madre presenta al maestro de la escuela pública el problema del desinterés de su hijo. La desmotivación bajo palos. Bien resguardada por una defensa contundente: a un lado la playstation, al otro el móvil, y al centro el hervidero de hormonas arrebatadas. El público se impacienta. Una derrota sería letal para todos. Ataca por la banda el maestro con un tímido sermón. Pero el muchacho está bien pertrechado en su campo. Todo su equipo le responde. Atención, el maestro se lleva a su terreno al muchacho. Se encuentran frente a frente. El maestro lo deja jugar. El muchacho levanta la vista seducido por el gambeteo verbal del maestro y descuida su retaguardia, y el maestro aprovecha para zafarse de la defensa y ¡gooooooool! Lanza un trallazo de afecto e inteligencia que se cuela por la misma escuadra. El partido no se ha acabado pero este gol es sin duda un paso de gigante para la victoria final.»

No es como el de Iniesta, pero un gol como este, marcado desde una instancia pública, por un trabajador público, es merecedor de una afición entregada y pasional. Porque, al fin y al cabo, el gol de Iniesta ya solo abrillanta el pasado, pero el gol del maestro público contribuye a cimentar el futuro.

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Cuando sometemos a las rutinas de la vida ordinaria a una observación morosa desde la distancia o desde la suspensión del tiempo es posible que podamos descubrir eso que los simbolistas llamaban «correspondencias», una especie de revelación de una luz en la sombra que pone el foco en una actividad del espíritu distinta a la que realmente realizamos con el cuerpo.

Lo pensé mientras hacía algo tan prosaico como sacar la basura de casa hasta el contenedor. Compruebo cómo la bolsa se ha ido cargando de residuos que la van haciendo cada vez más pesada y maloliente. Pasa el tiempo y me ataca cierta pereza para sustituir la bolsa. Por fin la saco del cubo, recibiendo las últimas emanaciones que se desprenden de algo que comienza a descomponerse. La cierro, y hay en ese acto de cerrar una sugerencia de liquidación de una deuda, la cancelación de una incómoda presencia doméstica que parecía se iba a perpetuar a base de apretones cada vez más opresivos de los residuos contra el fondo del cubo. Pero al fin ha salido y el lazo que la cierra definitivamente certifica que en esa bolsa ya no entrará más basura. Y me dispongo a sacar una nueva, olorosa, impoluta, con sus paredes plásticas replegadas y dispuestas para hincharse como un globo invertido y recibir la siguiente remesa de nuestra basura que no termina.

Luego procedo a llevarla a la calle, al colector anónimo de despojos que crece y crece y crece aunque parezca que la tierra tuviera el deber moral de tragárselos hasta los abismos. Y cuando por fin me desprendo de ella, cuando lanzo la bolsa contra las otras del contenedor y el estrépito de la tapa señala el fin de la ceremonia, se produce algo parecido a una liberación, un alivio que me redime y me quita un peso, como si hubiera levantado acta de que aquella basura ya no me pertenece, que les pertenece a otros, que serán otros los que cargarán con ella.

Ya en casa, y al abrir el cubo para arrojar algún resto, noto el bienestar de estrenar bolsa nueva, aunque la naturaleza de la basura que le espera tenga los mismos cromosomas degradantes de la que ya camina rumbo al limbo.

Y me conmueve ese parecido con la vida cuando nos pide renovar la bolsa para evitar que haya putrefacción, la misma vida que dicta que irremediablemente ha de haber bolsa y ha de haber basura.

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Recordar la epilepsia de Dostoyevski es suspender durante unos instantes la fatiga o el aburrimiento que supone empujar el cuerpo en esta vida remojada en rutina y previsibilidad. Me ha vuelto a la memoria leyendo un libro muy entretenido de Esteban García-Albea. Su majestad el cerebro es su título. En él su autor magnifica la cualidad prodigiosa del escritor ruso para describir los estados por los que pasó durante su vida de epiléptico canónico, casi desde los 18 años hasta el final de sus días.
Si todavía existía algún incrédulo que renegaba de la literatura como forma de exploración del cuerpo (ya la de la psique estaba fuera de toda duda), Dostoyevski se encarga de poner la prosa al servicio de la ciencia, describiendo con una pluma extraordinaria ⎯que más parece un bisturí penetrando hasta los capilares agitados de las interioridades del ser humano⎯ e iluminando los rincones sombríos de ese acceso verbalmente insondable que se denomina bienestar o placer.
Al parecer sufría epilepsia, con su séquito de convulsiones y desmayos, pero en el relato repetido en varias novelas por boca de sus personajes describía un instante previo en que su cuerpo experimentaba un gozo intenso, un éxtasis, una enajenación balsámica. Se pregunta Myshkin, protagonista de El idiota: «¿Qué importa que esa tensión sea anormal si el resultado --ese instante de sensación tal como es evocado y analizado cuando se vuelve a la normalidad-- muestra ser en alto grado armonía y belleza, provoca un sentimiento inaudito e insospechado hasta entonces de plenitud, mesura, reconciliación, y una fusión enajenada y reverente de todo ello en una elevada síntesis de la vida?» Y ese mismo personaje expresa su deseo de dar diez años de su vida o aun la vida entera por la bendición de esos segundos en que su cuerpo entra en el trance que describe.
El escritor Stephan Zweig, otro cirujano de la palabra que se entregó al análisis del misterioso estado del autor ruso, da un paso más para aproximarse a sus resplandores extáticos previos a la convulsión o la pérdida de conocimiento y dice de él: «De estos momentos maravillosos de presentimiento balbuciente en que se concentra el éxtasis del yo, [...] y en ese segundo que precede a la muerte cifrada de cada ataque, gusta la esencia más fuerte y embriagadora del ser: la emoción patológicamente exaltada de sentirse a él en sí mismo».
La epilepsia de Dostoyevski (se conoce así en el ámbito de la Neurología) es una frivolidad de la salud, una excepción involuntaria de los placeres prohibidos al ser humano. Pero vale la pena hacer el ejercicio de acercarse al vertiginoso misterio de la alucinación, aun a través únicamente de la literatura, porque uno tiene la impresión de que la mansedumbre, por sí sola, no fecunda el gozo, más bien lo domestica.

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