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Para mis tataranietos

No sé si les ha pasado, pero hay veces en que me dan ataques de nostalgia de futuro, cuando mi nombre sea solo un recuerdo que se irá consumiendo de sepia y olvido, y mis tataranietos hallen entretenimiento en observar la foto de su tatarabuelo vestido a la moda obsoleta de la época en que los móviles se llevaban en la mano. Es una nostalgia que se nutre de lo que significan hoy mis tatarabuelos, absolutamente desconocidos para mí y sin más señales de su existencia que la pervivencia de una vida encerrada en un apellido conservado en el registro civil.
Preocupado por sobrevivir sin historial en la memoria de mis tataranietos, de pervivir solo en la formalidad digital de un apellido, y teniéndome a mí mismo como ejemplo de falta de iniciativa para reconstruir las huellas que dejaron mis antecesores genéticos, me he propuesto facilitarles una documentación cargada de datos que les faciliten sus pesquisas genealógicas, en el caso de que, a diferencia de lo que he hecho yo, se dispongan a descubrir cómo se las gastaba su tatarabuelo. Abuelo-02.jpg
Así que voy a proporcionarles la información básica para que no tengan que ir espigando aquí y allá los rasgos que componían la identidad de su pariente lejano, cuya foto no basta para revelar la verdad de su existencia (o sí, vaya usted a saber en esos tiempos avanzados qué operaciones se podrán realizar con los anticuados selfies).
¿Por dónde empezar? Por aquí mismo: el que suscribe se declara aficionado a partes iguales de la UD Las Palmas y el CD Tenerife (que averigüen mis tataranietos si se trataba de una rara avis), vota a la izquierda (vaya, pensándolo bien es tal la investigación que tendrán que hacer de lo que era la noción de progresía que no sé yo si...), se adhiere a las causas justas de los desfavorecidos (zas, y con un AUDI A4 que no caminaba mucho pero fardaba), tiene un sentimiento religioso inconcreto (¡viva la precisión!), le gustan los musicales empalagosos y la lentitud exasperante del cine oriental (el haz y el envés), entiende toda la pluralidad de formas de identidad sexual (mira el tatarabuelo, qué cool, y todos creyendo que su heterosexualidad era oficial), es apasionado de la literatura (pero ¿cuál?, había tanto escrito en su época, hay tanto gusto, tanto canon, tanta moda), es devoto del arte (¿cómo te podían gustar a un tiempo Caravaggio, Hopper y Rothko?) es feligrés de Billie Holiday (¿quién?), cree en la igualdad pero ve la cosa complicada (eso y nada era lo mismo, abuelo), le duele la manipulación y el pensamiento simplista (eras intolerante, abuelo, no entendías que la gente tenía otras urgencias que la de andar pensando), etc.
Y cuando llevo un rato con mi lista de señas de identidad me doy cuenta de que con esta información poco ejercicio de revelación histórica voy a proporcionarles, porque lo ambiguo se come la singularidad con que pretendo presentarme ante mis tataranietos y lo que va resultando es un retrato robot anodino de un habitante común de finales del XX y principios del XXI.
Así que resuelvo confesarles mi intimidad objetiva e indiscutible, y les dejo dicho lo siguiente:
Soy de ADESLAS, de MOVISTAR, de APPLE, de GMAIL, de MUTUA TINERFEÑA y de ENDESA. Ahora sí, me quedo más tranquilo.

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