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Archivos Diciembre 2018

No sé si les ha pasado, pero hay veces en que me dan ataques de nostalgia de futuro, cuando mi nombre sea solo un recuerdo que se irá consumiendo de sepia y olvido, y mis tataranietos hallen entretenimiento en observar la foto de su tatarabuelo vestido a la moda obsoleta de la época en que los móviles se llevaban en la mano. Es una nostalgia que se nutre de lo que significan hoy mis tatarabuelos, absolutamente desconocidos para mí y sin más señales de su existencia que la pervivencia de una vida encerrada en un apellido conservado en el registro civil.
Preocupado por sobrevivir sin historial en la memoria de mis tataranietos, de pervivir solo en la formalidad digital de un apellido, y teniéndome a mí mismo como ejemplo de falta de iniciativa para reconstruir las huellas que dejaron mis antecesores genéticos, me he propuesto facilitarles una documentación cargada de datos que les faciliten sus pesquisas genealógicas, en el caso de que, a diferencia de lo que he hecho yo, se dispongan a descubrir cómo se las gastaba su tatarabuelo. Abuelo-02.jpg
Así que voy a proporcionarles la información básica para que no tengan que ir espigando aquí y allá los rasgos que componían la identidad de su pariente lejano, cuya foto no basta para revelar la verdad de su existencia (o sí, vaya usted a saber en esos tiempos avanzados qué operaciones se podrán realizar con los anticuados selfies).
¿Por dónde empezar? Por aquí mismo: el que suscribe se declara aficionado a partes iguales de la UD Las Palmas y el CD Tenerife (que averigüen mis tataranietos si se trataba de una rara avis), vota a la izquierda (vaya, pensándolo bien es tal la investigación que tendrán que hacer de lo que era la noción de progresía que no sé yo si...), se adhiere a las causas justas de los desfavorecidos (zas, y con un AUDI A4 que no caminaba mucho pero fardaba), tiene un sentimiento religioso inconcreto (¡viva la precisión!), le gustan los musicales empalagosos y la lentitud exasperante del cine oriental (el haz y el envés), entiende toda la pluralidad de formas de identidad sexual (mira el tatarabuelo, qué cool, y todos creyendo que su heterosexualidad era oficial), es apasionado de la literatura (pero ¿cuál?, había tanto escrito en su época, hay tanto gusto, tanto canon, tanta moda), es devoto del arte (¿cómo te podían gustar a un tiempo Caravaggio, Hopper y Rothko?) es feligrés de Billie Holiday (¿quién?), cree en la igualdad pero ve la cosa complicada (eso y nada era lo mismo, abuelo), le duele la manipulación y el pensamiento simplista (eras intolerante, abuelo, no entendías que la gente tenía otras urgencias que la de andar pensando), etc.
Y cuando llevo un rato con mi lista de señas de identidad me doy cuenta de que con esta información poco ejercicio de revelación histórica voy a proporcionarles, porque lo ambiguo se come la singularidad con que pretendo presentarme ante mis tataranietos y lo que va resultando es un retrato robot anodino de un habitante común de finales del XX y principios del XXI.
Así que resuelvo confesarles mi intimidad objetiva e indiscutible, y les dejo dicho lo siguiente:
Soy de ADESLAS, de MOVISTAR, de APPLE, de GMAIL, de MUTUA TINERFEÑA y de ENDESA. Ahora sí, me quedo más tranquilo.

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Conocí a una pareja de amigos que me contaron que su hijo pequeño era un torbellino, que ellos no tenían forma de atemperarlo cuando estaba en ebullición y que les producía un agotamiento desesperante. Pero quiso la fortuna que cierto día se produjera el milagro. De repente los ruidos de su paso huracanado por las habitaciones y los pasillos cesaron y a ellos les sobresaltó el silencio drástico. Por esa corazonada parental que lo lleva todo al abismo, creyeron que algo malo le había ocurrido al niño y lo llamaron sin recibir respuesta. Buscaron con desasosiego por todos los rincones hasta que lo encontraron en el lugar más inesperado: el niño se hallaba frente a la lavadora de ojo de buey absolutamente inmóvil y abducido por el movimiento giratorio del aparato. Sus ojillos agitados eran mecidos por la batida de las prendas que se revolvían en feliz ceremonia higiénica. Incluso nos llegaron a contar sus padres que en algunos momentos la cabecita del niño hacía por imitar el giro alucinógeno del tambor.lavadora.jpg
Ni que decir tiene que se extendió como costumbre en aquella casa la de llevar al niño ante la lavadora cuando arreciaba el huracán de sus travesuras.
He pensado estos días en ese niño. Me sedujo su entrega inexplicable a un movimiento giratorio que sacude de un lado a otro prendas de todo tipo y de todo color. Me figuraba que su hipnosis provenía del revoltijo, de la mezcla abigarrada de piezas sometidas a una sacudida a cuya finalidad el niño era completamente ajeno. Poco le importaba a él que la ropa saliera limpia. Al niño le fascinaba la agitación que veía tras los cristales del ojo de buey, que en realidad era su propia agitación transferida a la máquina. O sea que la máquina oficiaba por él lo que su instinto incubaba cada día por los pasillos de su casa. La máquina le había secuestrado su capacidad de alborotarse, de seguir su patrón de conducta libre aunque desmadrada.
Y me he acordado del niño porque en esos delirios que generan en mi cabeza los acontecimientos recientes me ha dado por cambiar la lavadora por una urna electoral (el parecido es asombroso) y me ha sobrecogido el pensar que el centrifugado de piezas como ideas o consignas obnubila el libre albedrío, y la capacidad de decidir queda a merced del movimiento giratorio. Urna.jpg
Hay mucha ropa que lavar, y alguna habrá que lavarla a mano porque algunas manchas se resisten. Preocupa, pues, que la higiene prevalezca por encima de todo y que la ropa huela bien, aunque sea ropa vieja y usada, con tal de que cumpla su función de indumentaria. Y luego, si hay quien quiera dejarse hipnotizar por el giro alocado de las prendas, como el hijo de mis amigos, pues que lo haga. Quién sabe si no es un relajante por descubrir.

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Durante un curso escolar, en el centro en el que trabajaba se produjo una controversia que, pasado el tiempo, me ha hecho pensar en la importancia del status desde el que se emiten las opiniones. Discutíamos sobre la posibilidad de eliminar un programa para alumnado de riesgo por las consecuencias que tenía su conducta displicente en el funcionamiento del centro. El foro en que tenía lugar tal discusión se dividió apenas se formuló el debate: los profesores que impartían docencia en tal programa defendían su continuidad y los que daban clase en los cursos ordinarios ponían en duda su pertinencia. Independientemente de las razones esgrimidas, había de fondo una aspiración a conservar la plaza por parte de los primeros que ensombrecía toda posibilidad de valorar las condiciones objetivas que se buscaban con la discusión. Dicho de otra forma, si desaparecía el programa disminuían las plazas de los docentes al cargo de dicho programa, y al mismo tiempo los otros profesores (cuyas plazas no estaban en peligro) aliviaban la tensión que producía la presencia del alumnado de riesgo.
Yo estaba en el lado de estos últimos, por tanto opinaba desde mi pupitre con mi plaza a salvo.
Hace poco hemos asistido a la polémica desatada por la venta de armas a Arabia Saudí. Los trabajadores de la fábrica de armamento Navantia reaccionan contra quienes pretenden rescindir el contrato con el país saudí porque peligran sus puestos de trabajo, el sustento de sus familias, y se ensombrece el futuro laboral que ya es de por sí desesperante en Andalucía. Todo ello mientras las voces de las ONG y de toda la corriente pacifista que habita en nuestro país clama por la brutalidad de las actuaciones bélicas de los árabes. Un trabajador de Navantia afirma: «Cuando lo que está en juego es que tu familia no coma, ya no hay dilema moral. Lo primero es tener un trabajo.»
Yo asisto a la discusión desde la silla donde me siento para iniciar el almuerzo, frente al televisor. Y opino.4732537.jpeg
Los críticos de cine o de literatura, pongamos que son avezados intelectuales que tienen muchas horas de metraje visto o de textos leídos y afilan su pluma para emitir un juicio sobre una película o un libro. Lo hacen desde su soledad ilustrada, con la leve servidumbre de su compromiso con una revista y el nulo riesgo de inestabilidad en su oficio. Y su efecto puede dar al traste con un trabajo (el de los artistas) que ha implicado un esfuerzo extraordinario de creación, corrección, perseverancia, además de la superación de decenas de obstáculos para producir una obra con solvencia.quieres ser critico.gif
Todos, el profesorado que ve inconvenientes en el alumnado de riesgo, los pacifistas, los críticos de cine y de literatura, tienen absoluto derecho a emitir libremente sus opiniones. Pero el hecho de que lo que se pone en juego con esas opiniones sea tan desequilibrado respecto a sus oponentes me hace dudar. No tanto sobre la legitimidad de lo que se opina, por supuesto, sino sobre la contribución a proporcionar a la discusión una visión compleja de las cosas que preste oídos a la legitimidad de los otros. Se puede ser radical y taxativo, pero a mí se me queda un regusto amargo cuando caigo en la cuenta de que con ciertas formulaciones yo arriesgo menos que los afectados por un sistema social o económico intrínsecamente perverso. No es cuestión de justicia, tiene más que ver con la sensibilidad.

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