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Archivos Noviembre 2018

Una sociedad funciona de forma anómala si la sospecha le toma la delantera a la confianza. Y en la actualidad esa parece ser la norma, la extensión de la sospecha como actitud preferente ante los demás.
No cabe duda de que la confianza es la argamasa de las relaciones con los allegados. No solo nos acerca sino que posibilita el fortalecimiento de nuestro tejido social. Confiar permite conquistar espacios para ejercer la libertad en mejores condiciones. Cuando uno confía, el pensamiento va más ligero y se emplea en lo fundamental, sin abrir los sensores del recelo para detenerse a hurgar en la trastienda de las ideas.martin-luther-king.jpg
Esto, que sería modélico para las relaciones cercanas, es lo que uno desearía para la sociedad en su conjunto. Al confiar en otros se compartiría la responsabilidad, sin delegarla, solo depositando una parte de esa responsabilidad por un tiempo, pero sin descuidar la obligación de implicarse en la construcción del tejido social general.
Pero ¿cómo contribuir a mejorar la confianza? No hay recetas, aunque sí aproximaciones que tienden a ello. Una de las posibilidades que históricamente ha contribuido a generar confianza es la presencia de referentes éticos, personalidades que con su conducta y con su pensamiento han conseguido una adhesión edificante a una causa justa o al bienestar general. Uno nombra a Martin Luther King o a Gandhi y de inmediato cristaliza una imagen de venerable portador de virtudes cívicas, de hondo pensador sobre las cualidades humanas que conducen a la honestidad o de líder facultado para iluminar una forma de solucionar la falta de ética. Por su circunstancia histórica y por su dotación para el compromiso con el ser humano de su tiempo, estos individuos se erigen en referentes útiles para proporcionar musculatura a la confianza.
Sabemos que mirar en la dirección de mujeres y hombres que en mayor o menor escala pueden desprender esa cualidad de referentes éticos tiene un efecto social sanador. Puede que solo mantengamos hacia ellos o ellas una actitud de admiración, que solo nos detengamos a recrearnos en su peripecia heroica y no se produzca el valioso acto de imitación esperable, pero al menos son un recordatorio de que la honradez no es un sueño imposible. 220px-José_Mujica2.jpg
En estos tiempos creo que necesitamos referentes éticos. Estamos demasiado acosados por etiquetas o clichés de individuos que, voluntaria o involuntariamente, ocupan el primer plano de los acontecimientos. Cae sobre ellos una marca que nos induce a verlos bajo el prisma de la sospecha. El propio paisaje político creado por el tipo de democracia de la que nos hemos provisto, cargado de publicidad y ficción mediática, nos predispone a entretenernos con fruslerías pasajeras tomadas de su vida pública y nos embarra en un lodo de críticas inútiles e indignaciones de salón de las que nadie parece salir bien parado. Buscamos entonces en algún sitio más descontaminado (José Mújica, Eduardo Galeano, José Luis Sampedro) un pensamiento y una conducta que provean de higiene ética este carnaval de acusaciones y que abunden en la regeneración de la confianza.
Y en eso estoy.

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Estoy preocupado. No, en realidad estoy obsesionado. Las escuchas de Villarejo me tienen los sensores armados hasta los dientes. Me sobresaltan las llamadas telefónicas y desde hace unas semanas no hago más que recordar todas las conversaciones que he mantenido con mis afines y amigos, para descartar que no he revelado ningún secreto que pueda comprometer mi dignidad o que ponga en peligro grave mi condición de ser libre y sensato. Restauro una a una las frases que he podido volcar en este dispositivo, que ahora miro con el desdén con el que se desprecia a un chivato, y comienzo a temblar con la suposición de que lo que ha salido de mi boca en sentido literal haya podido llegar hasta Villarejo's center en forma de mensajes encriptados.
Porque, debo admitirlo, a los oídos magnetofónicos de Villarejo les consta que escribo literatura (o eso es lo que yo me creo) y que no sería nada extraño, por tanto, que empleara el arsenal alegórico para transmitir inquietantes enigmas con fines perversos.
Me viene a la cabeza que hace poco estuve conversando con mi amigo XL (entienden la máscara, ¿no?, es que mi preocupación es seria). Hablé con él de gastronomía, o al menos esa fue mi intención, pero ahora repaso lo que le dije y dudo de que Villarejo lo haya descartado como información de alto contenido conspiranoico. Espigando las frases de aquella conversación recuerdo que le dije, entre otras, que asustara al pulpo, que trinchara el pollo, que le hiciera una incisión superficial a la carne y que yo cortaba el bacalao. ¿Habrá clarividencia mayor para un hombre astuto como Villarejo para deducir que se halla ante los prolegómenos de un acto criminal de tintes sanguinarios?
Otro día se me ocurrió decirle al propio XL, en nuestra devoción sagrada por la cocina, que la salsa estaba para mojar pan. Aparentemente inocente. Pero luego restalló el latigazo de la memoria y recordé que lo había dicho después de haber hecho, muy al principio de la conversación, un comentario inapropiado sobre una amiga común. ¿Y si Villarejo tartamudea en sus escuchas porque va a por un bocadillo y vuelve, y oye frases sueltas que le vienen de perlas para manipular su grabación comprometedora? ¿No tengo que estar acongojado pensando que mi voz rijosa y machista correrá al galope por las redes sociales y tendré a la puerta de mi casa una centuria de feministas que un día creyeron en mi honrosa apuesta por la igualdad de géneros para vengarse de mi traición? ¿No debo temer por la estabilidad de mi pareja?
Y en fin, como también soy ciudadano responsable, comparto con algunos amigos mi visión de la cosa política, y de eso Villarejo tendrá testimonios innumerables en sus diabólicos archivos. Pero juro por lo más divino y por lo más humano que aquel día yo hablaba de religión y literatura, que estaba absolutamente ajeno a la fauna política. Y sin embargo, repaso mi conversación con HP (ni es impresora, ni es tan despreciable, es solo una clave para que él recuerde conmigo) y en ella encuentro expresiones que habrán sacado hasta la última baba maliciosa del espía. Porque le decía a HP que La perfecta casada, dejaba entrever la incontenible tentación de la Iglesia de decirle a las mujeres cuál era su papel en la familia. Pero ¿de qué me vale ahora justificar que no me refería al presidente del PP, ni que esas mujeres fueran una insinuación de Soraya y María Dolores?
Y hablamos ese día también de Machado, y HP y yo hicimos un alarde de memoria y declamamos sus versos. Salieron a colación los álamos de la ribera sorianos y yo le dije que era ribera con b, porque rivera con v es tan solo un riachuelo sin mucho empuje. Y HP se ofendió, porque sobraba el comentario, porque todo el mundo lo sabía. Pero, señor Villarejo, hablaba del río, por mi santa madre que en gloria esté. Sin embargo, sé a ciencia cierta que por mi comentario nunca seré un ciudadano ejemplar.
Y por fin, no sé por qué salió, no sé a qué vino. Solo sé que quedó inmortalizada en el frontispicio de nuestros oídos, y en los de Villarejo, claro. Terminé la conversación con HP con la sentencia bíblica: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Que Dios me coja confesado.

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