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Archivos Octubre 2018

Cuando Edward Hopper pintó el cuadro Los noctámbulos, no tenía intención de reflejar en él la soledad del ser humano. Lo declaró él mismo a una galerista que logró sonsacarle la respuesta en una de las escasas entrevistas que concedió el pintor. Sin embargo, Los noctámbulos se ha convertido en el paradigma artístico de la soledad del individuo en el contexto de la gran ciudad que se consolida a partir de la Segunda Guerra Mundial. Como espectador de ese cuadro, sigo y seguiré viendo una representación de la soledad porque no sé interpretar de otro modo la presencia de esas figuras humanas en una cafetería que a través de una enorme cristalera enseñan las costuras de su incomunicación y su aislamiento.
He pensado en Hopper cuando he visto u oído los testimonios de dos individuos que han ocupado la primera plana de las noticias en los últimos días. Uno es el de un ciudadano vasco que una mañana toma la decisión de colaborar con la policía para acabar con ETA infiltrándose en las tripas de la organización terrorista. Su decisión, solo motivada por las ganas de causar el bien y salvar vidas humanas, le reportó un sinfín de problemas que fue sorteando con la pericia que le daba la intuición, pues no tenía experiencia militar. Llegó a lo más alto e incluso ETA lo ordenó matar. Gracias a su colaboración se desarticularon comandos y se salvaron vidas humanas. Cuenta en su declaración a la cadena SER que se halló inmerso en una soledad de vértigo cuando tuvo que pasar a Francia porque ya estaba fichado por la policía. Allí tuvo que soportar la presión de su condición de topo, siempre a punto de ser descubierto, y la de la persecución de la justicia española que ya había emitido la orden de busca y captura por pertenencia a banda armada. Mientras habla con voz distorsionada para ocultarse, explora en su patrimonio verbal las palabras adecuadas para reflejar el abismo que le supone esa exposición a la nada, al peligro, a la incertidumbre, sin posibilidad de comunicarse o de ser ayudado. Está solo, aislado, cercado por un pensamiento que no le augura nada bueno. Y yo lo oigo con estupefacción de ciudadano común frente a un héroe.
El otro individuo relevante mediáticamente es Rodrigo Rato. Lo veo llegar a los aledaños de la prisión de Soto del Real, con la cabeza gacha, esa cabeza que fue un día soberbia y sobresaliente, empujando su equipaje y teniendo tiempo tan solo para levantar la cara ante los periodistas y manifestar su arrepentimiento. Luego su figura se pierde en los portales de la cárcel, y lo que sucede a partir de ese momento lo pone mi sensibilidad y mi facultad para imaginar. Lo veo salvando en silencio los trámites del ingreso hasta llegar al habitáculo frío de la celda y mirar y remirar los rasgos desconocidos del atrezo que va a componer el hábitat de su soledad durante un largo tiempo. Y cuando ya está liquidado el tiempo del examen, me lo figuro tratando de embridar su pensamiento que se le rebosa de su cráneo chorreándole contrición, resentimiento o pesadumbre, mucha pesadumbre.
Me acuerdo de Hopper porque me gustaría saber cómo hubiera metabolizado él la experiencia de estos dos individuos y cuál hubiera sido el cuadro resultante. A lo mejor no le hubiera interesado, o a lo mejor sí, porque él era un hombre solitario y debía de absorber con ese filtro lo que sucedía a su alrededor. En otra ocasión declaró: «Yo me pronuncio con mis cuadros. Creo que nunca he intentado pintar el ambiente del país. Intento pintarme a mí mismo».

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He intentado durante estos días componer un articuento, como lo llama Millás. En él aparecía un personaje a quien puse de nombre Primitivo Menestral, al que atribuí como rasgos más relevantes su soledad, su enajenante afición lectora y su maña innata para la manufactura doméstica. El tal Primitivo se había visto atrapado por un estado de delirio después de conocer los prodigios de la impresión en 3D que un ingeniero, una bióloga y un médico habían expuesto en un programa de Iñaki Gabilondo. De las palabras de estos expertos habían salido prótesis que corregían corazones desperfectos, artilugios que reconstruían una osamenta maltrecha, órganos creados como por ensalmo a partir de unas cuantas células, piel humana elaborada como quien teje un paño con hilos, además de zapatos, tartas, cazuelas y todo perendengue que se le cruzara a un individuo por su mente fabril.

Imaginé a Primitivo fascinado por tales revoluciones de la tecnología y sometido a una conmoción suprema cuando al poco tiempo contempló en la televisión la construcción de una vivienda mediante una impresora gigantesca. Me lo figuré rebuscando en el mismo magín donde Mary Shelley había hurgado para concebir su criatura, y al fin lo encaminé a mezclar sueños, delirios y probaturas.

Después de comprar su artilugio, buscó en la red el diseño de las piezas del organismo y solicitó por la misma vía a distintos proveedores el suministro de polímeros y células que sirvieran de base para su bricolaje biológico.

Comenzó imprimiendo la osamenta; se cuidó de hacerla a prueba de fracturas, reforzándola con una dosis de calcio suplementario. Siguió con la musculatura, fibrosa pero sin excesos; no le atraía un fenómeno cachas. Elaboró una piel con una porción de melanina que le diera un bronceado que desdibujara su origen. A continuación, y con la cautela que le recomendaba el sentido común para evitar enfermedades degenerativas, imprimió todas y cada una de las entrañas del cuerpo, excepto el cerebro. El sonido de la impresora era como el frufrú sistemático de dos telas que a veces devenía en suave rasgadura. Embriagado por tan singular sonido, Primitivo Menestral tuvo la sensación de que ejercer de demiurgo tampoco era tan demencial.

Enseguida me di cuenta de que esta prevención contra las enfermedades que atribuí a Primitivo había nacido de mi temor a los terribles secretos que guarda mi organismo y lo único que confirmé en ese instante fue el poder exorcizante de la literatura.

Cuando en su ensoñación más excitante vio todos los órganos sobre la mesa de su taller, el hombre se estremeció anticipándose al éxtasis que le produciría el montaje definitivo de todas las piezas de su puzle maravilloso.

La primera decisión trascendente que hubo de tomar se le presentó al determinar el sexo de su criatura. No se complicó. Si durante siglos la humanidad se había dejado llevar por la metáfora del paraíso, algo bueno tendría que haber en ella. Además, de inclinarse por una mujer le hubieran sobrevenido fantasías sexuales y su experimento era cosa seria que se merecía algo más que el rango de una muñeca hinchable.

Llegado el momento de solicitar neuronas a los proveedores especializados en la impresión del cerebro, mi articuento se detiene. Y Primitivo Menestral desaparece diluido en una maraña de decisiones. ¿Qué tipo quiere (o quiero) que se levante de la mesa y emprenda una vida original junto a él? ¿Y qué vida? ¿Es compañía lo que busca? ¿Es diligencia y eficacia? ¿Es entretenimiento? ¿Es apéndice de su genio? ¿Es una posibilidad de resolverle su economía? ¿Amable, tierno, chispeante, ingenuo, hábil, sobrio? ¿Inteligente? ¿Qué inteligencia? ¿Y si sale amo en lugar de esclavo? ¿Y si hiena en lugar de oso panda? ¿Y si sale taciturno y me pide que lo escuche día y noche porque guarda en los genes de su memoria toneladas de miserias de la Humanidad que debe sacar afuera para no volverse loco? ¡Horror! Y en ese momento clausuro mi disparate y me vuelvo cuerdo y racional, y dejo a Primitivo en el taller de sus bricofantasías, en un limbo alejado de mí para que no me contamine con sus delirios.

Cuando pongo el punto final al articuento, aparece en un periódico digital la noticia sobre los avances del Human Virtual Project. Está muy próxima la posibilidad de crear un humano virtual a través de potentísimos cálculos informáticos. Entonces, desde algún lugar del limbo, comienzo a escuchar el frufrú que emite una impresora 3D, la suave rasgadura que me trastorna, y aguzo mi oído para ver si escucho a Primitivo hablando con alguien.

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