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Archivos Septiembre 2018

Hay que reconocer que la religión tiene una musculatura de ritos más vigorosa que el paganismo. Si uno no estuviera obligado a creer en el simbolismo sagrado que preside los ritos religiosos, sin duda participaría más intensamente en la esfera de expansión emocional y mística que proponen dichos rituales. Y aun así, quedándose al margen de la devoción y la profesión de fe de quienes los protagonizan, se puede vivir la experiencia de la respiración puramente humana que subyace en cada rito aunque sea religioso.

Llevo diciendo desde hace tiempo que la secularización, con otros factores que han ido contribuyendo al incremento del individualismo en la sociedad occidental, ha contribuido a la mengua de los ritos cuando no a su desaparición. Y mantengo también que los necesitamos. Porque permiten la confluencia con desconocidos que comparten acto de presencia. Porque poseen un cauce de exaltación que conviene al espíritu domesticado por el sedentarismo ideológico. Porque encierran una dosis de júbilo inmotivado que aporta una ebriedad abstemia bastante saludable. Porque sirven de recordatorio de la condición vulnerable de nuestra vida. Porque desatascan de rutina tediosa las arterias que mantienen nuestro decurso cotidiano. Porque nos sumergen en un paisaje humano diferente y singular. Porque le ofrecen la posibilidad de la expiación o la gratitud a quien las necesite. Porque entretienen. Porque funcionan como señales de verificación de que estamos vivos. Porque enhebran hilos a los que se agarran las generaciones para garantizar su continuidad en la misma memoria familiar. Porque son bellos. Porque facilitan el necesario instante de enajenación (en la brevedad que se desee) en el que uno se desentiende de la tiranía de la funcionalidad. Porque enaltecen el valor de lo repetitivo.

Asistí por primera vez a la Bajada de la rama en Santa María de Guía. Desde hace 207 años una multitud de peregrinos baja desde Montaña Alta, concentrándose con otra en la montaña de Vergara para llegar caminando hasta la iglesia principal del pueblo. La peregrinación conmemora el tributo que rindieron a la Virgen los vecinos y vecinas de los altos de Guía que vieron cómo una terrible plaga de langostas acababa con sus cultivos y que a base de esfuerzo y diligencia lograron disipar las nubes de insectos devastadores. Puedo figurarme la conmoción producida, la tragedia arañándoles la piel. Y luego el imaginado fruto de sus plegarias: la mano divina que espantó a los insectos.

Tuvo que ser una experiencia impactante pasar de la devastación a la calma, un choque de dos estados: el ocasionado por el drama de la destrucción y el surgido tras la milagrosa llegada de la salvación. ¿Cómo no entender que esos cuerpos sacudidos por el desastre levanten la voz hacia donde les guían sus creencias para manifestar gratitud infinita? Todo menos permanecer impasible. Y es ese el terreno propicio para la promesa, para la expiación, para el tributo. Los vecinos y vecinas de los altos de Guía implantaron el rito de la Bajada de la rama porque les resultaba inconcebible que esa fortuna sobrevenida se muriera con ellos. Y se lo ofrecieron sin proponérselo a las generaciones posteriores.

De entre los que asisten cada año habrá quienes sigan mirando la imagen de la Virgen con la credulidad atemporal de su intervención salvadora y habrá quienes simplemente se sumen a la memoria que recuerda la tenacidad de unos hombres y mujeres que se sobrepusieron al hachazo de la naturaleza. En cualquier caso, todos participamos de una peregrinación en la que mancomunamos las principales virtudes del rito.

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Acabo de terminar el libro de Andrea Köhler, El tiempo regalado, y que lleva como subtítulo Un ensayo sobre la espera. Me atraía el tema y me había provisto de buenas referencias. Magnífico, es lo que puedo decir.

De elaborar un ensayo sobre la espera podría resultar un conjunto de apreciaciones que no pasarían de constatar la reproducción de patrones de conducta con el que nos sentiríamos de inmediato identificados. Todos esperamos, la espera es tediosa, angustiosa a veces, la espera es territorio para perder tiempo, es inevitable, paralizante. Esperar es la brida de la precipitación, puede ser fría, como la del observador paciente, o ardorosa como la del amante impaciente. Pero su autora, Andrea Köhler, logra trascender el retablo de manifestaciones de los seres humanos en actitud de espera y situar esta disposición en el centro de la historia del pensamiento.

Desde Freud, que ya consideraba la espera como «domesticación del instinto» hasta Beckett, que hizo de su «Esperando a Godot» un monumento al sentido de la existencia. Pensar sobre la espera y emparentarla con la pausa es rehacer la mirada sobre el tiempo, como hiciera Proust. Nos debemos al tiempo y le rendimos pleitesía en tanto no nos devore, y lo que la naturaleza falible nos pone en nuestras manos para no caer en sus garras es la morosidad y la quietud, aunque afuera, en el entorno que nos incumbe, sigan pasando cosas que nos creen la sensación de que nos estamos perdiendo mucho.

La autora extrae de la filosofía, la mitología y la literatura muestras de hondas incursiones en el sentido que el ser humano asocia a la espera. Heidegger, por ejemplo, revela su desesperación por la imposibilidad de acelerar el tiempo y convierte su experiencia angustiosa en columna vertebral de su pensamiento existencialista.

Pero Andrea Köhler repara también en el mundo del siglo XXI y se esmera por destripar lo que hay debajo de la necesidad de la prisa o del dolor incontrolado que genera la impaciencia: el monstruo en que se ha convertido el reloj, cuyas agujas no son sino las patas torpes de una tortuga que no entenderá jamás el placer de la inmediatez.

He leído con fruición el libro, y mientras lo hacía iba experimentando el entrenamiento gozoso de la demora. No tuve prisa, releí varias veces un mismo capítulo, hice pausas para anotar alguna frase, repetí interiormente un pensamiento, me reí de mi propia agitación puesta en evidencia en la lectura de algún fragmento (no quiero acabar sin citar a Dorothy Parker, citada a su vez por la autora: «Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú»).

Y no miré el reloj.

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