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Archivos Julio 2018

Uno decide capear la atonía de la tarde de un domingo mariposeando aquí y allá, entre las páginas de un libro y una decena de señuelos soltados en internet para que el músculo flácido de la curiosidad se traslade al dedo clic y nos lleve a la deriva por olas inacabables de enlaces y más enlaces, para terminar agotado de inutilidad pero victorioso frente al ataque silencioso de la abulia. Sin embargo, he aquí que me encuentro, en uno de esos vaivenes de anzuelos digitales, con la historia de Philippe Lançon, el escritor que sobrevivió al ataque a Charlie Hebdo, y entonces la curiosidad cede paso al sobrecogimiento y lo que era navegación frívola se convierte bisturí interesado en la experiencia de la situación límite y en la anatomía de la fortaleza anímica.
Hacía unos meses que había leído algo sobre la publicación de La levedad, una novela gráfica de la dibujante Catherine Meurisse, otra superviviente del mismo atentado, aunque afectada por circunstancias diferentes: Lançon fue tiroteado por los terroristas, y Meurisse llegó tarde a la redacción y esa demora le salvó la vida.
Ambos han utilizado la publicación de su producción literaria y gráfica para exorcizar un estado extremo de dolor, algo que parecía imposible tras la tragedia. Y tanto uno como otro han hecho un servicio impagable a la humanidad radiografiando lo que pasa por la cabeza de quienes han sido sometidos a una sacudida física o emocional tan terrible.
A mí, por ejemplo, me admira la crónica de Catherine Meurisse de su intenso viaje para recuperar su identidad, perdida entre los cadáveres de sus compañeros. Tuvo que reconstruirse, curarse del shock del terror de Charlie Hebdo, y eligió otro shock para hacerlo, el shock de la belleza. Acudió a Roma a sumergirse en la crema del arte universal y embadurnarse de la emoción estética suficiente que le desdibujara los bordes afilados de la muerte. Y no le resultó nada fácil. Según cuenta, todo le hablaba de violencia: las estatuas mutiladas, la luz tenebrosa de Caravaggio... Pero debió de ser esa corriente dormida que inyecta energías al deseo de vivir lo que se le fue despertando mientras recuperaba sus ganas de dibujar y su ilusión por el proyecto de contar en una novela gráfica la lenta reaparición de la luz y el color en su vida. Así nació La levedad.
Lançon ha debido reconstruirse incluso físicamente. Los terroristas le desfiguraron el rostro. Y con la herida existencial supurándole constantemente, se ha enfrentado a la renovación de su identidad, a prometerse a sí mismo acercarse al nuevo yo que es hoy y que todavía −dice− no conoce bien. Para ello también ha escrito un libro, Le lambeau, en cuyas páginas, según cuenta el periodista del que he tomado la información, Borja Hermoso, se desgrana un duro pero vibrante relato de azares, desgracias, consecuencias, reflexiones y aprendizajes.
Pero lo que la mente de Lançon va destilando acerca del hecho trágico es tan digno y, me atrevería a decir, tan doctrinario que no me resisto a reflejar algunos de sus pensamientos. Declara: «Pienso que quienes nos atacaron eran pobre gente y en sus cabezas vacías entraron monstruos activados por terceros que sí eran conscientes del mal. No siento odio por los hermanos Kouachi, aunque no acierte a explicarme su acción. Cambiaron mi existencia, todo ha sido muy duro, pero no he pensado en el suicidio y no me considero un héroe, soy hijo y forja de las circunstancias.»
Cae el domingo, y de la ebriedad del fisgoneo tonto en la realidad virtual he pasado a un estado de satisfacción moral: el que me proporciona haber acompañado a estos dos titanes a recobrar su identidad escuchando sus historias con sumo interés. Ahora me queda leer sus libros, es lo menos que puedo hacer.

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Un hombre, llamémoslo H1, (también podría ser una mujer) con dos hijos de veinte y largos años, es propietario de dos pisos en alquiler a los que ha puesto un precio acorde a la subida especulativa del momento. Sus hijos tienen pareja, han terminado estudios y, al igual que muchos de su generación, se hallan sin trabajo o con una ocupación irregular y mal pagada. Prolongan su formación como remedio a su falta de perspectiva laboral. Otro hombre, H2, con dos hijos, tiene una empresa mediana con una docena de trabajadores, quienes se quejan de las condiciones precarias de su empleo. Uno de sus vástagos está empleado en su empresa, el otro sigue estudiando. Los hijos de H1 buscan desesperadamente trabajo estable, los de H2 buscan desesperadamente piso de alquiler.

H1 se queja de la falta de oportunidades de empleo para sus hijos. H2 pone el grito en el cielo ante la irrupción del alquiler vacacional, que ha pervertido el mercado del arrendamiento y ha frenado toda posibilidad de independencia para sus hijos. Y ellos, H1 y H2, tienen todo el derecho del mundo a denunciar esta injusticia porque son la encarnación del progreso, los portadores de la palanca que mueve el mundo: el beneficio.

Llegan las elecciones y salen del baúl de las consignas las soflamas más ardientes. P1, político de una opción determinada, proclama el fin del empleo precario y la extensión de la ocupación justamente retribuida para todos los jóvenes. P2, candidato de otra opción, martillea sobre la injusticia de los alquileres abusivos y anuncia carretones de ordenanzas para hacer accesible a todos, especialmente a las parejas de jóvenes, el alquiler de una vivienda.

H1 vota a P1; H2, a P2. Los hijos de ambos no votan. Sus padres les reprochan la desidia, porque votar es una responsabilidad si realmente se quiere que las cosas cambien.

Un día alguno de los hijos de H1 conoce a alguno de los hijos de H2 y terminan contándose su estado, las expectativas, el silencioso y continuado latigazo de la inestabilidad. Cuando ya tienen más confianza y se han vaciado sus miserias respectivas se percatan de que hay algo de sus padres que empaña el horizonte y no se disipa con el voto a los políticos, hay algo insano en el beneficio que los está arrastrando a ellos, a los hijos, a vivir en la burbuja de un orden confortable.

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Al final, desgraciadamente, las noticias terminan engrosando la larga lista de productos destinados a usar y tirar. Digo desgraciadamente porque casi todas giran en torno a la condición humana. Los delitos, las curiosidades, el chismorreo, las depravaciones, los éxitos, todo pasa por esa enorme trituradora del consumo que las convierte en breves destellos que se apagan inmediatamente en la memoria o, en el mejor (o peor) de los casos, flotan en ella para renacer en forma de prejuicio o de visión simplona de lo que siempre es complejo.

Como lectores comprometidos nos compete rescatar aquellas otras noticias que no tienen ese marchamo de información-cleenex y que se producen con vocación de permanencia en los anales del progreso, de la denuncia, de la rebelión o de la crítica edificante. Muchas de las noticias de este tipo caen en la misma trituradora y trasladan a sus protagonistas a un límbico anonimato que, entre otras cosas, termina tragándose su poderosa contribución al bienestar del ser humano.

Alargo este preámbulo como alfombra roja para un hecho del que se hizo eco la prensa canaria hace unos días y que justifica todo elogio bien ponderado. El titular era concretamente «El Perpetuo Socorro, pionero en una intervención de pseudoartrosis». Destacaba la noticia el carácter novedoso de la técnica quirúrgica empleada, que sitúa al centro sanitario a la vanguardia del tratamiento biológico de las roturas óseas. Todo lo que hemos oído respecto a los avances en el uso, milagroso para los profanos, de las células madre para la regeneración de tejidos y órganos se hace presente en un hospital de nuestras islas. Al frente del equipo impulsor de esta técnica se halla el doctor Nogales.

Conozco desde hace mucho tiempo a Juan José Nogales y doy fe de que esto que aparece como una burbuja en el titular de un periódico es el fruto de un trabajo de muchos años, de una curiosidad científica comprometida y una búsqueda incansable de nuevas formas de intervenir en el campo de la Traumatología. Lo he conocido recorriendo mundos y persiguiendo la hebra por donde tirar para su estudio y sus innovadoras experimentaciones. Cada vez que me lo encuentro me actualiza el estado de los tratamientos y pone en mi conocimiento alguna buena nueva sobre la esperable recuperación de mis maltrechas rodillas.

En más de una ocasión hemos comentado que es detrás de las rótulas, donde la edad y la artrosis comparten festín acabando con los últimos restos de nuestros cartílagos (los suyos y los míos), el lugar preferente en que su genialidad médica tiene el mejor de los territorios para valorar el prodigio de sus pesquisas.

Como médico, el doctor Nogales se ha ganado un prestigio a base de activar sus receptáculos como investigador, pendiente de todo lo que se hace en el mundo en su terreno, poniendo su capacidad de observación y su sobresaliente intuición al servicio de una ciencia con la que todos los artrósicos del mundo nunca dejaremos de estar en deuda.

Esta sí que es una noticia de enjundia, una noticia que merece tronío mediático, como muchas que anuncian que hay una conspiración benevolente para mejorar el bienestar de los seres humanos.

El doctor Nogales habrá tenido su merecido reconocimiento en los círculos médicos pero yo necesitaba auparlo con el altavoz de un afecto diferente. Es que es mi amigo.

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