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Archivos Junio 2018

Un mundial de fútbol es una chistera de donde pueden salir cientos de historias que sacan a la luz comportamientos ejemplares de la diversidad que caracteriza a la condición humana en este planeta. Durante unos días parece aflorar la experiencia del Aleph de Borges, ese punto que contiene todos los puntos del universo, y nos convertimos en observadores cenitales de lo que ocurre en los rincones más extraviados.

Una de esas historias es la que protagonizan en una ciudad de Brasil, sancta sanctorum del deporte rey y, por ende, propenso a las excentricidades más llamativas, los integrantes de una familia forofa y patriótica hasta las cachas. Juega la selección carioca contra Costa Rica. Los brasileiros transmiten impotencia, arrastrada desde el empate contra Suiza. Se está terminando el encuentro y son incapaces de marcar un gol a los centroamericanos. De pronto en la familia de marras, la abuela Clarice, que va de un lado a otro del salón barriendo la impaciencia de los suyos a punto de destriparse por culpa de la ausencia de gol, coloca bajo el televisor donde los ojos se concentran histéricos una vela encendida. Lo hace con veneración de culto. Y antes de que pase un minuto, sin tiempo apenas para el primer chisporroteo del cirio, Coutinho marca un gol de bandera. El salón explota, ocurre un polvorín de alaridos y desmanes, y la abuela Clarice es cogida como una Virgen recién aparecida y llevada en volandas por todo el cuarto. Ella también grita y se convulsiona haciendo aspavientos con brazos y piernas.

De todo esto hay constancia por un vídeo que recoge la secuencia íntegra del episodio, incluida la desesperación previa a la elevación de la abuela a los altares.

El barrio todo se entera, la ciudad toda se entera, Rusia toda se entera. Ni el gato que despacha vaticinios a cambio de albóndigas de lata, ni el pulpo de Sudáfrica, aquí la auténtica augur es la abuela Clarice. Así queda consagrada. Ella es la que debe ser objeto de alabanza y a ella se entregan las selecciones desde Rusia. Pero cuán equivocados están todos, qué ingenuidad de creyentes por no saber interpretar la epifanía en casa de Clarice.

Cuentan los mentideros que la selección alemana, tan orgullosa y altiva por ser cuna del pensamiento más sólido de Occidente, preocupada por la trayectoria que llevaban en la fase de clasificación, pidió que el embajador teutón en Brasil se personara en casa de Clarice para que esta colocara una o dos o diez velas si hicieran falta ante el televisor durante el partido contra Corea del Sur. ¡Cuánta desgracia! ¡Cuánta filosofía almacenada en los anales de Alemania para luego errar en la más elemental invocación! ¡Qué humillación sobre la humillación de ser eliminados por unos modestos coreanos que solo peleaban por su dignidad!

La auténtica veneranda no era Clarice. Se equivocaron los sabios alemanes. Clarice es de carne mortal y solo actuó por un impulso individual porque ella era más hincha que los suyos. Su reacción solo fue el recurso a la Providencia cuando ya flaqueaban las piernas terrenales de los cariocas. El verdadero taumaturgo al que se le debieron elevar todas las oraciones fue el portador o portadora del móvil que grabó el episodio completo. Con qué poder adivinatorio esta divinidad oculta a los ojos del ser humano había presentido todo y había enchufado su dispositivo para inmortalizar el acontecimiento. Ese dios impasible con el móvil en ristre que iba recogiendo la algarabía sin implicarse en ella, sin hacerse mortal como los fanáticos terrenales. Esa es la naturaleza del Absoluto: ser invisible a los ojos humanos, darnos muestra de su omnipresencia, presentir el destino y postularse para cambiarlo.

Algún día sabrán los alemanes que no hubiera existido el Mesías sin los evangelistas que dieron testimonio de su presencia. Mientras tanto, nosotros, devotos de Santiago y cierra España, entonamos nuestra oración verdadera:

Oh, dios de la sombra, oh creador del youtube.com/watch?v=-f5dWxy6 , conduce con mano diligente mi mano y mi móvil para estar allí cuando triunfe mi país.

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Desde hace casi veinte años vengo persiguiendo a un vecino de Tacoronte. No se asusten. Solo pretendo convertirlo en personaje de una historia. Y este vecino del que les hablo tuvo, desde que lo vi por primera vez, todos los boletos para participar en un relato de sugerente calado literario. Lo veo sentado en el mismo escalón, junto a un stop donde debo detenerme antes de tomar la carretera general. La misma pose desgarbada, un cigarro encendido entre sus dedos (nunca se lo he visto en la boca) y la misma rebeca que llegó a ser de color vino y de la que no se desprende así arrecie la canícula. Calvo pero sin perder testimonio de lo que fue un cabello espeso ahora reducido al anillo capilar de un fraile. Su mirada siempre me ha parecido triste y nunca ha rehuido la mía. Levanta la mano cuando me detengo pero no descompone el dibujo de su rostro. Delgado, muy delgado, moreno, muy moreno.

Pasan largas temporadas en que desaparece. Me entra cierta congoja, entonces, adivinando su sombra sedente en el escalón, y a veces, en un acto reflejo, levanto el cuello para saludarlo. Sucede que en su ausencia siempre especulo con que su aspecto de desahucio era la antesala de una enfermedad, o un vicio, o una vida desgraciada que lo ha hecho desaparecer. Pero resucita. Cuando ya lo he sepultado y le he llevado crisantemos de aire a su memoria, reaparece por alguna calle de mi barrio y vuelvo a verlo más tarde apostado en el escalón, en la misma condición de aparente indigencia. Llevo enterrándolo hace como diez años.

Este vecino encierra un misterio del que se desflecan miles de hebras para convertirlo en personaje de cuento. Y sin embargo no me sale ninguno y ya no creo que me salga. Y no importa, me conformo con verlo vivo y me congratulo de ser testigo de la resurrección feliz de alguien que, según mis cavilaciones, se agarra a la vida con perseverancia sobrenatural.

Pero he aquí que estos días le he dado una vuelta al calcetín y he cambiado radicalmente la perspectiva que me ha inclinado a verlo desde hace tanto tiempo como sujeto de mi imaginación. Creo que lo que ha ocurrido en realidad es que ese hombre de aspecto poco agraciado, que se sienta en el escalón junto al que transito, me ha estado observando todos estos años. Que soy yo quien le resulta un personaje de carne y hueso que se lleva a su soledad para jugar con él y otorgarle un pasado y un presente que a lo mejor tiene más interés que el rutinario decurso de los días en que debo circular con el coche y pararme junto a él en el stop de marras.

Es la cabeza territorio para la libertad, decía don Quijote. Y vaya que sí, la mente es un vasto continente que permite cualquier rumbo aunque el cuerpo esté detenido en la más pedestre cotidianidad. Amable lector, amable lectora, te invito a que te deleites con este ejercicio, porque supone una lección de humildad y de vacuna contra la prepotencia y el narcisismo. Te aseguro que ahora me encuentro mejor sabiendo que soy observado por mi vecino, y me intriga el relato que pueda componer con su material de observación. De hecho he colocado un cartel en mi frente para reforzar la pesquisa. Dice: Me buscan.

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Nos siguen conmoviendo los crímenes. Eso sí, a la manera del consumo volatilizable que tienen hoy las noticias: leer, estremecerse y pasar página. Pero por fortuna todavía se nos agita el ánimo, máxime cuando aparece una variante que retuerce el canon del crimen que bien podría reducirse al binomio arranque de ira y consumación. Es lo que me ha sucedido con la muerte de una mujer muy cerca de aquí, en La Matula, un barrio de la capital grancanaria.

Junto al evidente sobresalto por las circunstancias (todo indica que el presunto asesino la apuñaló, luego le puso un pijama limpio y por fin abrió el gas para causar un incendio que borrara las huellas e indujera a pensar en accidente), el hecho de que el individuo sufriera quemaduras en gran parte de su cuerpo y quedara en estado muy grave ha despertado mis inquietudes indagatorias, que no han de resolverse más que en la soledad de mis divagaciones.

Y la primera inquietud, que no es la más importante, desde luego, arranca cuando pienso en el destino de este individuo, alrededor del cual se ha movilizado un dispositivo de trabajadores sanitarios para salvarlo. Y ahí está la palabra que me araña, la que me perturba: la salvación. Todos los servicios médicos, cumpliendo con su vigorosa deontología, se conjuran para agarrar la vida del paciente y que no se vaya por el sumidero de la presunta desgracia.

Pero ¿cuál es la presunta desgracia? Mi pensamiento coge algunas décimas de fiebre cuando imagino a todo ese personal al unísono refrescando la piel ulcerada del individuo, tomándole las vías, dándole oxígeno, reanimando su corazón maltrecho, mientras debajo de todo el chamusco la palabra salvación naufraga frente al apocalipsis que se le avecina. ¿De qué lo salvarán? ¿De perecer consumido por el fuego del infierno? No hay otro camino, deben salvarlo, es el deber que enaltece la dignidad humana.

Y luego vendrá su recuperación, con el cuerpo lisiado y el recuerdo eterno de las ampollas fosilizadas. Y luego vendrá el careo frente a sus hijos. Y luego vendrá el juicio que obrará la magia de la reposición de la memoria. Y luego vendrá la cárcel para ensanchar el tiempo del arrepentimiento, o de la reafirmación, o de la locura.

El presunto asesino estará en buenas manos y gracias a la acción de tantos y tantas, entre los que se contarán los contribuyentes que financian la sanidad pública, se habrá salvado de la presunta desgracia.

Sigo teniendo fiebre en el pensamiento pero no me impide seguir concibiendo que a pesar de los laberintos de la maldad defender la vida sigue siendo un lema irrenunciable.

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