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Archivos Mayo 2018

Anne Sexton, Sylvia Plath, Teresa Wilms, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Violeta Parra. Una hebra tenue de poesía las cose a la vida, que dejaron precipitadamente para adentrarse en la neblinosa estancia de cuya incertidumbre dieron fe sus propios versos. No admiramos el valor o el quebranto para replegarse a la sombra de la eternidad de estas mujeres que lucharon contra sus monstruos y que hicieron de la derrota un monumental homenaje al laberinto que nos habita a los seres humanos. Ni admiramos el mito, el esplendor de la tragedia que rodea el día de su partida. Dicen que Anne Sexton se fue el mismo día que se entrevistó con su editora para coronar su última y valiosa obra. Teresa Wilms, alentada por sus trastornos y poco tiempo después de presenciar el arrebato de un enamorado admirador que se descerrajó un tiro frente a ella. Alfonsina Storni, ya saben, alimentando la leyenda de su dulce abismarse en el mar. Y así tanta épica, Violeta y el disparo maldito antes de su actuación; Alejandra, y la desobediencia de su cordura; Sylvia, las fuerzas que emigraron.

Las admiramos porque el poderoso músculo de su poesía, la sensibilidad y el atrevimiento para desnudar su angustia y ofrecérnosla con la clarividencia de quien sabe mirar por debajo de la superficie han logrado convertir su partida en una locura sabia, una equivocación magistral, una caída a un pozo de luz.

Hay una huella de amante intensa, amante del amor y de la vida, que me apoca y arrincona la visión sesgada que como hombre he podido construir sobre el hondo latido de las cosas que pasan a mi alrededor. No son heroínas pero ¿cómo llamar a quienes tiran de mi melancolía y me la llevan a rociarles versos como pétalos de crisantemos sobre su recuerdo?

Es un acto de justicia que no responde a ningún aniversario, ni a ninguna coincidencia simbólica. Es una pulsión de fanático por el corazón erudito de mujeres que supieron bucear en las calderas de la existencia y que se dejaron quemar felizmente supurando de brillo a través de sus poemas.

Converso con ellas porque han dejado versos como puentes, para saltar al otro lado, donde han de estar celebrando que no hay invierno celestial que eclipse la esencia de lo que fueron sus primaveras.

Converso con Anne Sexton ¿Qué haces?/¡Déjame sola!/¿No ves que estoy soñando? En un sueño nunca tienes ochenta años. Y con Teresa: Habló su boca sin palabras como los viejos órganos de las catedrales y dijo: Duerme, duerme, el sueño es la aurora del día eterno.

Me dice Sylvia que Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,/y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa/saliendo a la orilla. Y Alejandra: Pero hace tanta soledad/que las palabras se suicidan.

Y mientras Alfonsina se adentra en el mar buscando a su dios sin lengua, a la espera del milagro, Violeta regresa a los diecisiete, después de vivir un siglo porque es como descifrar signos/sin ser sabio competente.

Todas viven hoy conmigo, en este pequeño reducto de belleza que fertilizo con las mejores palabras que hallo: las suyas.

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Solomon Green estudia en la Universidad Humboldt de Berlín. Llegó hace un año de Israel y tomó la decisión de cursar el Euromaster guiado por las recomendaciones de sus profesores, que han visto en él un genio potencial para los negocios, y por una vaga idea de reconciliación con sus orígenes, ligados a la Alemania de principios de siglo XX. Aanisa Atalah cursa el posgrado de Art in context en la Universidad de las Artes de la capital germana. Procede de Jericó, una de las gobernaciones del Estado Palestino en Cisjordania. También fueron sus familiares quienes observando la condición virtuosa de su arte pictórico la enviaron a Berlín para que completara sus estudios.

Aanisa y Solomon se conocieron en la StaatsBibliothek. Ella estaba sentada en una silla ancha, frente a una mesa con amplio espacio para su portátil y sus documentos de consulta. Él había llegado más tarde. La biblioteca estaba atestada y no hacía sino dar vueltas y más vueltas a la espera de encontrar un asiento o haciendo tiempo para que alguien se levantara. Pasaba una y otra vez cerca de Aanisa y ella se percató de la recurrencia y de su desesperación y de su agotamiento. Entonces le hizo una seña y le dijo que se sentara junto a ella hasta que encontrara un sitio desocupado. No estaban cómodos, especialmente él, que miraba con cierto reparo el hiyab negro que cubría la cabeza de la muchacha. Pero acabó aceptando la nueva situación y pasado el tiempo renunció a levantarse, seducido por la compañía y el interés de lo que estudiaba ella.

Quedaron en más ocasiones y fraguó una saludable y grata amistad que le permitió a él invitarla a una visita al campo de concentración de Sachsenhausen, a las afueras de Berlín. Recorrieron el campo sobrecogidos por las atrocidades que iban conociendo. Hacía frío, un frío tan cortante como el silencio que solo quebraba la voz del guía. Regresaron cabizbajos a la capital y se despidieron en la estación de Hauptbahnhof. Fue ella la que lo abrazó y lo retuvo durante un rato junto a sí. Antes de despedirse, Aanisa se desprendió del hiyab para arreglarse el cabello. Él la observaba con una admiración diferente y le pidió que se mantuviera sin el pañuelo durante unos instantes. Luego fue él mismo el que terminó ajustándoselo.

En el reencuentro diario en la StaatsBibliothek repetían su ubicación. Se sentaban en la misma silla ancha y compartían mesa. Al salir de allí terminaban la tarde en una tetería. Y en una ocasión hablaron de Gaza. No fue una conversación fluida, tuvo momentos en que afloró una aspereza que ambos desconocían, pero ambos sabían que era un desfiladero moral que debían atravesar en algún momento.

Terminaron sus estudios y regresó cada uno a su tierra. Solomon se afilió al Meretz, el partido de la izquierda pacifista israelí. Cada vez que su partido denuncia las tropelías de Netanyahu en la franja de Gaza Solomon recuerda a Aanisa y como responsable de prensa redacta sus comunicados como si fuera en ellos un mensaje de reconciliación.

Un día Solomon recibe un cuadro. En él hay una silla ancha, vacía, frente a una mesa donde láminas y libros que contienen pinturas de todos los tiempos se mezclan con listas de contabilidades y fórmulas mercantiles. Un hiyab de cuadros blancos y negros cubre el espaldar de la silla.

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Esta vez fue Millás quien me llamó y contaminó la mirada absorta sobre la playa. Me recuerdo preso de un sopor que fue envolviendo los sentidos hasta dejarlos a expensas del delirio. Cuando sonó en mi cabeza el teléfono, no me sobresalté, ni hice por atender ningún dispositivo. Solo dije ¿sí? Y me habló Millás. Me preguntó si ya estaba sobre ella. ¿Sobre quién?, le dije. Sobre la ola. Ah, le contesté. Puede que sí, añadí. Entonces cierra los ojos, me dijo, y solo usa el pensamiento para evocar a Octavio Paz. El resto, para ella, para la ola. Yo te estaré viendo y contaré lo que te ocurre, terminó.

Y fue así como me acosté sobre una ola, con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre mi pecho. Noté que reposaba sobre una humedad llevadera, que no penetraba en la piel. Había aprovechado una ola liviana que moría y resucitaba con la suavidad de la bajamar. Sentía las ondulaciones del arrullo y en cada viaje desde altamar a la orilla aquel ambiente de sal y densa maresía agregaba nuevos ingredientes a mi nueva identidad.

La incansable melodía del rugido constante, el respeto por la placidez que me brindaba aquella ola, el figurado brillo de las estrellas durante la noche, la sensación de conquista de la inmensidad, todo parecía convocado para llenar de gozo la definitiva estancia en el mundo.

Cuando ya creí desaparecido el límite con la vida real, una ondulación más brusca de lo habitual pinchó en la burbuja mullida de aquella quimérica felicidad. Y comencé a aburrirme. No lo puedo expresar de otra forma. Era un aburrimiento supino toda aquella bocanada de belleza. No podía digerirla. O no sabía. Y noté el leonino bostezo de mis neuronas.

Con los ojos entreabiertos recordé que Millás me había hablado de Octavio Paz. Giré levemente la cabeza y comprobé que todavía estaba sobre ella, sobre la ola. Cerré de nuevo los ojos y estiré los brazos posando las palmas sobre su superficie espumosa. La señal era clara. La única forma de combatir el aburrimiento era enamorarla. Pero no allí, en la majestad del mar. No, necesitaba enamorarla en la intimidad de una casa.

Entonces me incorporé, contemplé su torso sensual y turgente, la metí dentro de una mochila y me la llevé como un vulgar secuestrador hasta mi apartamento. Y si ustedes, amables lectores, quieren saber qué fue de ella, no dejen de leer el cuento de Paz. Mientras tanto, yo voy a ver si me despierto y llamo a Millás para que me cuente lo que acaba de ver.

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Entre los hábitos que han implantado las redes sociales destaca el de alentar al apoyo a causas justas. Llueven las solicitudes de firmas o las promociones de actos simbólicos con que se patenticen la disconformidad, la indignación o la oposición contundente. Pero creo que no me equivoco si afirmo que el propio mecanismo de divulgación, el viaje frenético de la yema de los dedos por encima de enlaces y botones virtuales, ha podido ir conformando cierta actitud acomodaticia que tiene más de cataplasma para la conciencia que de pólvora eficaz.
Pero he aquí que se expande en Marruecos un fenómeno que me obliga a matizar lo que concibo al respecto. A mediados de abril una campaña tejida desde el anonimato en las redes propone boicotear tres marcas adscritas a empresas que han subido abusivamente los precios de sus productos. Y lo que fue en un principio el arranque de una furia internáutica se va extendiendo como una mancha sobre el océano y llega a los mismos salones de la Bolsa. Se trata de productos lácteos de la marca Danone, de agua mineral Sidi Ali (muy popular en Marruecos y en manos de un poderoso grupo económico) y de gasolina suministrada por las estaciones de Afriquia, empresa igual de poderosa que la anterior.
La actitud de los marroquíes, hombres y mujeres, frente a estos productos ha llegado al punto de provocar descalabro y rabia en las contabilidades de los empresarios, quienes no han tardado en tirar de demagogia para aducir que se perjudica a las familias que dependen de los salarios de sus empresas.
Lo más probable es que logren reconducir la situación para su beneficio. Pero ya nadie priva a los marroquíes del placer de provocar la caducidad masiva de los yogures Danone, o el rechazo en los bares de las botellitas de agua más populares, o la soledad de las estaciones de Afriquia. Y lo que es más importante: han dejado una señal en las redes, una marca de jurisprudencia para que los futuros y necesarios boicots que se promuevan en nuestra sociedad occidental (y en todas, claro) se provean de musculatura histórica y tengan el efecto que persiguen.
Uno ahonda en la noticia y descubre que detrás de esos grupos económicos boicoteados hay una componenda política que maneja los hilos de las instituciones del país alauita. Entonces el efecto contestatario aumenta y la ejemplaridad se multiplica. Ahora falta que nos proporcionen éxito los nuestros. Eso sí, sin la práctica mezquina del linchamiento. Porque con el linchamiento estaríamos incendiando el valioso instrumento que nos encamina a cambiar las cosas y solo nos serviría para mirar abducidos el fuego de la indignación. Los marroquíes, hombres y mujeres, han hecho las cosas con más inteligencia.

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