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Archivos Marzo 2018

Envidio la pasión, la afición desbocada por un actividad deportiva, artística, musical. No tanto por el objeto en sí (un equipo, un cantante, una escritora) como por la pulsión que se desata y nos sube la temperatura emocional, y nos absorbe todas las energías en un instante como si no existiera ni otra vida doméstica que satisfacer ni otro mundo ordinario al que asistir. ¿Hay algo histórico más extático para un fanático del fútbol español que el gol de Iniesta en el mundial de Sudáfrica? Es la metáfora del fervor. Todo nuestro cuerpo y nuestra mente secuestrada por un acto, por una resolución sublime. El deseo consumado de una explosión que se ha venido alimentando mucho antes con un mariposeo en el estómago que nos turba.

Pienso ahora en lo público, lo que es de todos, la sanidad, la educación, un parque público, una guagua pública, un funcionario o una funcionaria, las calles. Y pienso en cuánto ganaríamos si pudiéramos albergar una pasión semejante por lo público. Si nos convirtiéramos en hinchas de lo que nos pertenece a todos, si nos transformáramos en afanados y activos aficionados que jalean a los integrantes de la cosa pública y alentáramos el aplauso o la vibración colectiva similar a la de un estadio enfebrecido porque un médico de la Seguridad Social ha logrado recuperar a un enfermo con los medios que proporcionan nuestros impuestos, o un jardinero ha logrado la geometría perfecta de los setos de un parque, o los operarios de la limpieza han borrado de la arena de la playa los vestigios del descuido, o una funcionaria ha concluido con pulcritud incontestable el trámite requerido por una ciudadana.

Que no nos quiten el sueño de escuchar a un locutor deportivo transformado en narrador de lo público y transmitiendo con el ardor propio de su cometido una crónica radiofónica del siguiente estilo (pónganse en modo radioyente): «Ojo que una madre presenta al maestro de la escuela pública el problema del desinterés de su hijo. La desmotivación bajo palos. Bien resguardada por una defensa contundente: a un lado la playstation, al otro el móvil, y al centro el hervidero de hormonas arrebatadas. El público se impacienta. Una derrota sería letal para todos. Ataca por la banda el maestro con un tímido sermón. Pero el muchacho está bien pertrechado en su campo. Todo su equipo le responde. Atención, el maestro se lleva a su terreno al muchacho. Se encuentran frente a frente. El maestro lo deja jugar. El muchacho levanta la vista seducido por el gambeteo verbal del maestro y descuida su retaguardia, y el maestro aprovecha para zafarse de la defensa y ¡gooooooool! Lanza un trallazo de afecto e inteligencia que se cuela por la misma escuadra. El partido no se ha acabado pero este gol es sin duda un paso de gigante para la victoria final.»

No es como el de Iniesta, pero un gol como este, marcado desde una instancia pública, por un trabajador público, es merecedor de una afición entregada y pasional. Porque, al fin y al cabo, el gol de Iniesta ya solo abrillanta el pasado, pero el gol del maestro público contribuye a cimentar el futuro.

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En el fondo lo que sucede es que me estoy volviendo maniático. Ya lo avisaban los augures: vejez y manía, por la misma vía. O sea que no se tomen en serio esto que digo. Es un ramalazo de impertinencia.

Pero que yo pregunte con toda la discreción del mundo por unos calcetines térmicos y una dependienta (hablo por ellas porque habitualmente son las que se dirigen a mí de esa manera) me conteste en modo urbi et orbi: «No, mi amor, térmico no nos queda nada, lo siento, cari» desata una sacudida inevitable en mis receptáculos dedicados a la lisonja. Podría deberse a la condición zalamera de esa empleada que ha visto en el uso de esas ternezas su principal señuelo para triunfar en su cometido. Pero he aquí que voy a una librería y otra muchacha me ayuda a localizar un libro: «En la segunda mesa, vida, lo tienes juntito a ti, cari». Sin poder evitarlo me pongo en guardia. Y espero a la próxima andanada de carantoñas. Y llega: «Un café, por favor», «enseguida, tesoro, ¿corto o largo?» Entonces concluyo con una fatídica evidencia: es una epidemia.

Ya habrán supuesto cuál es la perreta mental que me entra ante tal exhibición de zalamerías. Pues se equivocan. El grueso de mi rabieta reside en carecer de reflejos para contestar adecuadamente y sentirme liberado de la manía. Porque lo suyo sería proseguir el diálogo con la dependienta en estos términos: «Ah, qué pena, cuchi cuchi, ¿y algún calcetín parecido para guarecer estos piececitos delicados, corazón». O agradecer a la librera su ayuda: «Gracias, pichurri, lo tenía delante, qué torpe soy, vida mía». O completar mi pedido en la cafetería: «Lo quiero largo, cuqui, y con sacarina, linda».

Y ya puestos, iría conquistando terreno hasta dirigirme a mis dependientes o dependientas de forma elevada para sacar de la banalización las carantoñas gastadas. Le diría, por ejemplo: «Oh sol que hace las frutas, que cuaja los trigos, que tuerce las algas, ¿te queda algo en calcetines térmicos?».

Pero como soy un maniático me callo, me abochorno y me voy con toda la ñoñería verbal a mis espaldas, pesándome como una joroba, y esperando que nadie se dé cuenta de que el sapo al que las dependientas han dedicado sus ternezas jamás será príncipe.

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Ya se ha dicho todo y sin embargo queda por decir. Mucho. Y por hacer. Muchísimo. No me siento original para volver sobre lo ya dicho, ni me siento ejemplar para exhibir lo ya hecho. Pero hay que seguir diciendo, hablando, declarando, exigiendo. Porque ELLAS están en el mundo, como nosotros, en el mismo reino que nosotros, en la misma línea horizontal, como los pájaros sobre el cable del tendido, en la misma rectitud, mirando solo a los lados, libres de la mirada cenital de la soberbia, contemplando el mundo a la misma distancia que nosotros, con aptitud para volar en el mismo aire.
Porque ELLAS son cómplices, compañeras, corresponsables, copartícipes, coautoras del universo amoroso y de los otros universos, del arte, del pensamiento; beneficiarias ex aequo de los mismos frutos, agraciadas con la maternidad, generosas con nuestro efímero chispazo; puzzle acabado con nuestro destino.
ELLAS son la mitad de lo que pensaba Petrarca, la mitad de lo que elogiaba Neruda. La otra mitad, las otras mitades las constituyen su nombre concreto, su piel concreta, su entidad concreta levantada con el mismo andamiaje que sostiene la nuestra, su palabra concreta, su valor incontestable.
Y hay que hacer, también, para que el miedo huya de ELLAS, vencido, reducido a sepia, encerrado en el sótano de las pesadillas de la Humanidad. Y hacer para que tomen de nosotros lo más granado de nuestra virtud y lo digieran, y lo disfruten, y lo restituyan al lugar sagrado de los seres acreedores de dignidad.
Y hay que hacer para que su estancia no sea un premio sino un derecho. No somos, nosotros, su recompensa. Somos sus compañeros, corresponsables, copartícipes. Pero hoy les toca a ELLAS decir lo que quieren, aunque ya lo sepamos.

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