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Archivos Febrero 2018

Cuando sometemos a las rutinas de la vida ordinaria a una observación morosa desde la distancia o desde la suspensión del tiempo es posible que podamos descubrir eso que los simbolistas llamaban «correspondencias», una especie de revelación de una luz en la sombra que pone el foco en una actividad del espíritu distinta a la que realmente realizamos con el cuerpo.

Lo pensé mientras hacía algo tan prosaico como sacar la basura de casa hasta el contenedor. Compruebo cómo la bolsa se ha ido cargando de residuos que la van haciendo cada vez más pesada y maloliente. Pasa el tiempo y me ataca cierta pereza para sustituir la bolsa. Por fin la saco del cubo, recibiendo las últimas emanaciones que se desprenden de algo que comienza a descomponerse. La cierro, y hay en ese acto de cerrar una sugerencia de liquidación de una deuda, la cancelación de una incómoda presencia doméstica que parecía se iba a perpetuar a base de apretones cada vez más opresivos de los residuos contra el fondo del cubo. Pero al fin ha salido y el lazo que la cierra definitivamente certifica que en esa bolsa ya no entrará más basura. Y me dispongo a sacar una nueva, olorosa, impoluta, con sus paredes plásticas replegadas y dispuestas para hincharse como un globo invertido y recibir la siguiente remesa de nuestra basura que no termina.

Luego procedo a llevarla a la calle, al colector anónimo de despojos que crece y crece y crece aunque parezca que la tierra tuviera el deber moral de tragárselos hasta los abismos. Y cuando por fin me desprendo de ella, cuando lanzo la bolsa contra las otras del contenedor y el estrépito de la tapa señala el fin de la ceremonia, se produce algo parecido a una liberación, un alivio que me redime y me quita un peso, como si hubiera levantado acta de que aquella basura ya no me pertenece, que les pertenece a otros, que serán otros los que cargarán con ella.

Ya en casa, y al abrir el cubo para arrojar algún resto, noto el bienestar de estrenar bolsa nueva, aunque la naturaleza de la basura que le espera tenga los mismos cromosomas degradantes de la que ya camina rumbo al limbo.

Y me conmueve ese parecido con la vida cuando nos pide renovar la bolsa para evitar que haya putrefacción, la misma vida que dicta que irremediablemente ha de haber bolsa y ha de haber basura.

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Absorto con la contemplación del mar desde algún punto de Las Canteras, rompe mi embeleso una extraña llamada proveniente de no sé qué interlocución inmaterial.

-¿Diga?, pregunto.

-Joven, me dice una voz, hablo en nombre de la Trinidad Hispanoamericana. Como quiera que en el limbo en que nos hallamos no nos queda más sentido que el de un remoto paladar literario, lo hacemos depositario de nuestra devoción por la vida y le pedimos que nos diga qué ve en este instante.

Les ahorro los pormenores de una conversación que ganaba en extravagancia a medida que se alargaba en mis oídos incrédulos. Solo les diré que la tal Trinidad la formaban García Márquez, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, que en algún lugar del parnaso debieron de sentir el amargo tedio que provoca la eternidad y notaron el cascabeleo de este humilde vago dedicado al oficio baldío de delirar sin fiebre.

Le dije a la voz que comenzaría con García Márquez y que intentaría hablarles a cada uno en su idioma inmortal.

¿Qué veo, querido Gabo?

Embutidos en sus trajes negros de neopreno, confiados a la dulce esclavitud de su aleta de escualo fibrosa y grácil, los hombres peces, enterrándose una y otra vez en el vórtice espumoso del oleaje y resucitando victoriosos sobre sus crestas en una levitación de sal y yodo, como el santo de un paso procesional, habrán de recordar el día en que fueron de arena y sabían qué era un secadal y comían carne al calor de las brasas de una retama agostada. Hasta que se dejaron embriagar por el olor de las algas marinas y Neptuno les regaló las agallas y las escamas que hoy los retienen en el mar perenne sin la nostalgia de la tierra caduca.

¿Qué veo, maestro Borges?

Digo con firmeza que en la biblioteca de Ibn Almansur no había un solo libro que hablara de «La Barra», un arrecife calcáreo que abriga la playa. Me precio de haber indagado incluso hasta en las notas y los preliminares de los tres tomos en sánscrito que Michael Straigton regaló al célebre descendiente de los almorávides. Y allí no había más que una descripción pormenorizada de los sutras de algún monje hindú, algunos por cierto de elevado cariz erótico. Pero alguien, muy posteriormente, debió de dejar en algún anaquel el manuscrito en el que hacía constar que detrás de ese balcón al abismo al que denominan «La Barra» había visto su infancia de sol mortificante y castillos de arena, y había visto a sus padres redivivos, y había visto su primera novia con diez años avasallante como la reina Victoria, y sus miedos a la oscuridad abisal y al ridículo, y el primer fracaso indigesto con la verdad, y la Biblia anegando de literatura su memoria, y la primera pedrada en una ceja, y el unánime amor partido en amores fragmentarios, y su habitación vacía esperando un sueño menos febril.

¿Qué veo, admirado Julio?

El lector pide una cerveza y se instala bajo una sombrilla en la avenida junto a la baranda. Se deleita unos minutos con la vastedad del océano y se sumerge en la lectura de la novela por la página en la que el protagonista está demasiado absorbido por sus quehaceres laborales (la redacción de un informe para una subvención oficial cuyo plazo de entrega acaba hoy mismo) y no presta atención al anuncio de una subida extraordinaria de la marea que podría afectar a los bajos de los edificios, en uno de los cuales trabaja a marcha forzada peleándose con su computadora. A media mañana el pronóstico se cumple y el oficinista continúa con el frenesí de su tecleo a pesar de que el agua ya le llega por las rodillas. Cuando las olas ya rompen contra las puertas de la oficina y el nivel del agua ya le llega al cuello, el oficinista se dispone a guardar el archivo que contiene el informe, pero un golpe de mar le arrebata el libro al lector que se agarra a la baranda para evitar ser arrastrado, mientras observa perplejo cómo la novela desaparece engullida por el mar embravecido.

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E: ¿Qué les parece a ustedes la introducción por la diputada Irene Montero del término portavoza?

R1: Lamentable, un disparate propio de alguien ignorante.

R2: Discutible, el sistema lingüístico pone algunas restricciones a la formación del término.

E: ¿Podrían aclarar su punto de partida?

R1: Ahora resulta que el femenino consiste en que todas las palabras acaben en a. Bienvenida, Irena Montera.

R2: Se trata de una palabra compuesta en la que el segundo término de la composición es ya femenino, voz.

E: Quiere decir que tiene pocas probabilidades de afianzarse.

R1: Claro, si dices portavoza y dices miembra entonces no eres un cargo público sino una carga pública. Mire, lo que debe hacer esa señora y quienes le siguen el jueguito de retorcer el lenguaje es volver a Primaria y aprender a hablar y escribir correctamente. Es desesperante su incultura.

R2: No me atrevería a decir que no tendrá éxito. Árbitra y fiscala son términos que chirriaron cuando comenzaron a extenderse y ambos han seguido caminos diferentes: árbitra está instalada con normalidad y fiscala no se ha asentado en el uso. ¿Por qué? La norma (el uso) las ha digerido de diferente forma. La palabra miembra está bien formada, según el sistema (femenino en -a), pero la norma no la ha aceptado, probablemente porque posee una connotación peyorativa.

E: Pero ¿es correcta la palabra o no es correcta?

R1: Sí, correctísima, y también decir periodisto y conserja. Y así somos más feministas que nadie. Esta es la manera más ridícula de banalizar la lucha por la igualdad.

R2: Llegados a este punto la pregunta sería: ¿está bien formada la palabra según el sistema lingüístico del español? Y la respuesta sería: a día de hoy el sistema no permite la formación del femenino de la palabra en -a, porque voz ya posee ese género. Pero no es lo mismo que sucede con miembra. En cualquier caso, y hasta tanto la norma decida (o sea, el uso imponga o descarte), tenemos un término que podríamos emplear como sustituto: vocera.

Nota aclaratoria: En R1 están representados escritores y escritoras de renombre, alguna exdirectora de la Biblioteca Nacional, reputados periodistas, algún ministro y feligreses de variado pelaje de las redes. En R2 hay expertos sin contaminar.

El linchamiento está devorando el debate público. La artillería argumental de la ciudadanía se está irrigando de bilis a través de las redes sociales y de los artículos de periodistas que usan más la visceralidad que la dialéctica. Se está convirtiendo en deporte verbal el poner cepos mediáticos para cazar a quienes incurren en deslices discutibles o en incorrecciones políticas. Y mientras, esa facultad que tienen los seres humanos de crecer y evolucionar mediante el uso de argumentos sólidos desfallece sustituida por la ofensa, la descalificación y el celebrado concurso del comentario más abyecto.

Nosotros a lo nuestro, a seguir pensando. Es más saludable y no malgasta bilis.

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