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Pasen y vean

Coincidieron hace poco en la televisión dos espacios en que el silbo gomero aparecía como espectáculo. En uno, la retransmisión del Concierto de Navidad de Puertos de Tenerife, se introducía como una cuña sonora en la pieza musical «Leyenda de Gara y Jonay». En otro, el programa «Little Big Show», el silbo se exhibía como el prodigio de dos niños gomeros que se intercambiaban frases a distancia para fascinación de los presentes en el plató. Un intercambio que el presentador ensalzaba con gran alarde verbal al modo de los maestros de ceremonias de un circo.

Esta costumbre ancestral que para sus quehaceres domésticos practicaran los habitantes de La Gomera, ajenos al destino artístico o circense de su lenguaje, se muestra ahora en los escenarios como una atracción rayana en la magia que deleita por su exotismo. Es signo de los tiempos. Lo que ayer fue costumbre hoy se hace reliquia y se exhibe como un arcaísmo que produce fantástico y entretenido extrañamiento.

Me pregunto cuál de nuestras costumbres actuales alcanzará antes el mismo destino que el silbo gomero. Dado que este constituía un medio de comunicación que fue quedando obsoleto, centro mi interés en los hábitos contemporáneos de comunicación interpersonal, cuya evolución observo con indisimulado escepticismo. Y en un golpe de alucinación visionaria acierto a imaginarme en un plató de televisión cargado de público a un presentador que introduce con toda la fanfarria y sensacionalismo el siguiente espectáculo:

«¡Señoras y señores! A continuación un grupo de personas de distinta edad y condición se colocarán en el centro del escenario y comenzarán a conversar, sin que medien envíos previos de wasaps o similares, mirándose a la cara todo el tiempo, prestando atención a sus interlocutores, sin dispositivos en sus manos, ¡a palo seco!, riéndose con carcajadas salidas de su propia garganta, asintiendo o negando con su propia cabeza, frunciendo su propio ceño, gastando saliva con sus intervenciones. ¡Increíble!, ¿no? ¡Pero todavía más! En medio de la conversación tendrán ustedes la oportunidad de escuchar a alguien contar un chiste ¡en directo!, o de entablar una discusión sin acaloramiento sobre algún asunto de interés. ¿Les basta con esto? Pues... ¡nooo! Estos individuos serán capaces, sí, señoras y señores, de emitir algún pensamiento con sus propias palabras y de convencer a quienes tienen enfrente. ¡Adelante nuestros invitados!»

Y tras la música triunfal que da paso a los trogloditas conversadores que ocupan el escenario, en una gran pantalla que preside el fondo comienzan a destellar uno, cien, mil emojis que festejan el acontecimiento girando, saltando y palpitando como cachorrillos juguetones. Por si alguien esperaba el trueno de los aplausos del público le recordaré que difícil tarea será la de aplaudir con una sola mano. No es de extrañar que también el aplauso tenga los días contados.

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