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IKEA, Woody Allen e Isabel Pantoja

Con los ingredientes de este título, cualquiera de los programas de humor que tratan la realidad como un juguete para el sarcasmo podría extraer un suculento jugo ingenioso. Y entrenados como estamos en esa plaga de imágenes y vídeos manipulados que todo lo subvierten para satisfacción de nuestra avidez de guasa, no es descabellado imaginarnos una escena en la que aparece el octogenario director americano intentando armar una estantería de la fábrica sueca mientras la tonadillera le canta para animarlo su Marinero de luces, y el hombre, histérico por lo alambicado de la tarea, la corta a voz en grito con alguna frase inmortal propia de uno de sus guiones cinematográficos, del tipo: Calla de una vez, con esa canción me entran ínfulas de general MacArthur invadiendo Japón sobre una colchoneta de playa.
Desgraciadamente, no traigo a colación los tres elementos del título para una gracieta. Con la muerte reciente del fundador de IKEA, Ingvar Kamprad, vuelve a salir a la palestra su oscuro pasado, su afección al partido nazi en los años terribles para Europa. Ese borrón, por el que pidió perdón en su momento (cuando fue revelado mediáticamente), ha ido acompañándolo en todos los jalones de su biografía mientras el mundo se inundaba de estanterías Billy y otros muebles de nombres impronunciables.
Por su parte, la irrupción de Isabel Pantoja en el mundo del espectáculo, jaleada por sus incondicionales como una heroína que regresa para devolverles el arte que nunca debió callar, no nos hace olvidar al resto que la tonadillera regresa de la cárcel, condenada por evitar los impuestos, sí, ese dinero sin dueño que contribuye a que la desigualdad se palíe un poco y los servicios públicos sean dignos.
Y por fin, Woody Allen, acusado por su hija Dylan Farrow de abusos sexuales cuando era menor de edad, algo que, aunque no fuera probado en su momento, ha dejado una severa sombra de duda sobre el director.
En todas estas celebridades hay inevitablemente una mancha, que en cierto modo nos salpica porque su obra orbita a nuestro alrededor y ha formado parte de nuestro patrimonio. Y de nuevo planea la inacabable discusión acerca de la inseparable vinculación entre autor y obra. ¿Qué deuda moral hemos contraído cuando hemos admirado las películas de Allen o cuando hemos agrandado la fortuna de Kamprad alimentando nuestro interiorismo doméstico con sus perendengues? ¿Qué decir de quienes refuerzan su veneración por Isabel Pantoja después de su condena?
Pisamos terreno escabroso. Hechos como los descritos ponen en jaque la calidad de nuestra consecuencia moral y revelan nuevamente las dificultades para la integridad. Pero aunque la mancha sea penetrante, aunque agitada en nuestra memoria destile un hedor reconocible, tengo la impresión de que, en la mayoría de los casos, hay una tenue línea fronteriza que separa al autor de su obra, como si la autoría le fuera robada al ejecutor por un anónimo propietario colectivo. ¿Cómo explicarme, si no, mi admiración por la sublime aportación artística de Caravaggio, sabiendo que en la parte final de su vida se convirtió en un vulgar navajero?

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