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Hansel y Gretel en California

La primera imagen que me sobrevino cuando leí la noticia de los 13 hijos secuestrados por sus padres en California fue la de Hansel y Gretel, encerrados por la bruja en aquella quimérica casa de chocolate. Quizás pudo sugerírmela el escenario de los niños, que padecían el tormento del engorde para ser devorados por la malvada anciana.

Pero ese aire de fabulación con final feliz que respira el cuento recopilado por los hermanos Grimm y que tanto ha contribuido a alimentar la catarsis infantil, ávida por naturaleza del triunfo del bien, se diluye como un azucarillo cuando uno entra a diseccionar el espectáculo dantesco que hallaron los agentes de la policía en cuanto les fue posible acceder a la casa de los Turpin, apellido del matrimonio verdugo. Cualquier cosa que se diga sobre la noticia puede caer inmediatamente en un lugar común: ¡qué monstruosidad!, ¡qué va a ser de esos niños!, ¿cómo se pudo mantener oculto tanto tiempo a ojos de la vecindad? Y seguiríamos agregando expresiones de nuestra perplejidad, sensibles como somos a las manifestaciones del mal. Yo también participaría de esa repuesta primaria y la alinearía junto a otras abyectas conductas que han dejado al descubierto el lado demoníaco del ser humano.

Sin embargo, para no quedarme a las puertas de la banalización de la noticia y su disolución entre las otras correrías que acaecen a diario, me tienta cartografiar el mapa de la maldad que se ha ido configurando y reconfigurando en las cabezas de esos padres perversos. Y la primera ocurrencia que tengo es que en ese mapa pudo existir en algún momento la llanura de una voluntad benevolente. Ese matrimonio debió de pensar que esa era la mejor contribución a la cohesión familiar, por ejemplo. El control, la uniformidad, la obediencia. Hay etnias, sectas y grupos religiosos que practican modalidades parecidas.

Pero conforme me van llegando los detalles del espanto, hay una fractura en la percepción de esa imaginada benevolencia que desata en ese mapa volcanes de horror, cascadas de crueldad, un río caudaloso de depravación. Comprar comida y juguetes y ponerlos frente a sus hijos, encadenados a las mesas e imposibilitados para acceder a ellos, mientras los dos adultos se despachan los víveres a gusto, es obra de una fuerza tectónica que sacude toda cartografía del bien.

Sabemos que Hansel y Gretel salieron victoriosos y su historia sigue purificando el alma angustiada de los niños frente a la bruja malvada. El mayor deseo ante este horror es que esos hijos secuestrados recuperen el pulso apagado de su vida y tengan en la ausencia de miedo por estar en el mundo la mejor de las dichas que se merecen.

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