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Archivos Enero 2018

Con los ingredientes de este título, cualquiera de los programas de humor que tratan la realidad como un juguete para el sarcasmo podría extraer un suculento jugo ingenioso. Y entrenados como estamos en esa plaga de imágenes y vídeos manipulados que todo lo subvierten para satisfacción de nuestra avidez de guasa, no es descabellado imaginarnos una escena en la que aparece el octogenario director americano intentando armar una estantería de la fábrica sueca mientras la tonadillera le canta para animarlo su Marinero de luces, y el hombre, histérico por lo alambicado de la tarea, la corta a voz en grito con alguna frase inmortal propia de uno de sus guiones cinematográficos, del tipo: Calla de una vez, con esa canción me entran ínfulas de general MacArthur invadiendo Japón sobre una colchoneta de playa.
Desgraciadamente, no traigo a colación los tres elementos del título para una gracieta. Con la muerte reciente del fundador de IKEA, Ingvar Kamprad, vuelve a salir a la palestra su oscuro pasado, su afección al partido nazi en los años terribles para Europa. Ese borrón, por el que pidió perdón en su momento (cuando fue revelado mediáticamente), ha ido acompañándolo en todos los jalones de su biografía mientras el mundo se inundaba de estanterías Billy y otros muebles de nombres impronunciables.
Por su parte, la irrupción de Isabel Pantoja en el mundo del espectáculo, jaleada por sus incondicionales como una heroína que regresa para devolverles el arte que nunca debió callar, no nos hace olvidar al resto que la tonadillera regresa de la cárcel, condenada por evitar los impuestos, sí, ese dinero sin dueño que contribuye a que la desigualdad se palíe un poco y los servicios públicos sean dignos.
Y por fin, Woody Allen, acusado por su hija Dylan Farrow de abusos sexuales cuando era menor de edad, algo que, aunque no fuera probado en su momento, ha dejado una severa sombra de duda sobre el director.
En todas estas celebridades hay inevitablemente una mancha, que en cierto modo nos salpica porque su obra orbita a nuestro alrededor y ha formado parte de nuestro patrimonio. Y de nuevo planea la inacabable discusión acerca de la inseparable vinculación entre autor y obra. ¿Qué deuda moral hemos contraído cuando hemos admirado las películas de Allen o cuando hemos agrandado la fortuna de Kamprad alimentando nuestro interiorismo doméstico con sus perendengues? ¿Qué decir de quienes refuerzan su veneración por Isabel Pantoja después de su condena?
Pisamos terreno escabroso. Hechos como los descritos ponen en jaque la calidad de nuestra consecuencia moral y revelan nuevamente las dificultades para la integridad. Pero aunque la mancha sea penetrante, aunque agitada en nuestra memoria destile un hedor reconocible, tengo la impresión de que, en la mayoría de los casos, hay una tenue línea fronteriza que separa al autor de su obra, como si la autoría le fuera robada al ejecutor por un anónimo propietario colectivo. ¿Cómo explicarme, si no, mi admiración por la sublime aportación artística de Caravaggio, sabiendo que en la parte final de su vida se convirtió en un vulgar navajero?

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La primera imagen que me sobrevino cuando leí la noticia de los 13 hijos secuestrados por sus padres en California fue la de Hansel y Gretel, encerrados por la bruja en aquella quimérica casa de chocolate. Quizás pudo sugerírmela el escenario de los niños, que padecían el tormento del engorde para ser devorados por la malvada anciana.

Pero ese aire de fabulación con final feliz que respira el cuento recopilado por los hermanos Grimm y que tanto ha contribuido a alimentar la catarsis infantil, ávida por naturaleza del triunfo del bien, se diluye como un azucarillo cuando uno entra a diseccionar el espectáculo dantesco que hallaron los agentes de la policía en cuanto les fue posible acceder a la casa de los Turpin, apellido del matrimonio verdugo. Cualquier cosa que se diga sobre la noticia puede caer inmediatamente en un lugar común: ¡qué monstruosidad!, ¡qué va a ser de esos niños!, ¿cómo se pudo mantener oculto tanto tiempo a ojos de la vecindad? Y seguiríamos agregando expresiones de nuestra perplejidad, sensibles como somos a las manifestaciones del mal. Yo también participaría de esa repuesta primaria y la alinearía junto a otras abyectas conductas que han dejado al descubierto el lado demoníaco del ser humano.

Sin embargo, para no quedarme a las puertas de la banalización de la noticia y su disolución entre las otras correrías que acaecen a diario, me tienta cartografiar el mapa de la maldad que se ha ido configurando y reconfigurando en las cabezas de esos padres perversos. Y la primera ocurrencia que tengo es que en ese mapa pudo existir en algún momento la llanura de una voluntad benevolente. Ese matrimonio debió de pensar que esa era la mejor contribución a la cohesión familiar, por ejemplo. El control, la uniformidad, la obediencia. Hay etnias, sectas y grupos religiosos que practican modalidades parecidas.

Pero conforme me van llegando los detalles del espanto, hay una fractura en la percepción de esa imaginada benevolencia que desata en ese mapa volcanes de horror, cascadas de crueldad, un río caudaloso de depravación. Comprar comida y juguetes y ponerlos frente a sus hijos, encadenados a las mesas e imposibilitados para acceder a ellos, mientras los dos adultos se despachan los víveres a gusto, es obra de una fuerza tectónica que sacude toda cartografía del bien.

Sabemos que Hansel y Gretel salieron victoriosos y su historia sigue purificando el alma angustiada de los niños frente a la bruja malvada. El mayor deseo ante este horror es que esos hijos secuestrados recuperen el pulso apagado de su vida y tengan en la ausencia de miedo por estar en el mundo la mejor de las dichas que se merecen.

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Recordar la epilepsia de Dostoyevski es suspender durante unos instantes la fatiga o el aburrimiento que supone empujar el cuerpo en esta vida remojada en rutina y previsibilidad. Me ha vuelto a la memoria leyendo un libro muy entretenido de Esteban García-Albea. Su majestad el cerebro es su título. En él su autor magnifica la cualidad prodigiosa del escritor ruso para describir los estados por los que pasó durante su vida de epiléptico canónico, casi desde los 18 años hasta el final de sus días.
Si todavía existía algún incrédulo que renegaba de la literatura como forma de exploración del cuerpo (ya la de la psique estaba fuera de toda duda), Dostoyevski se encarga de poner la prosa al servicio de la ciencia, describiendo con una pluma extraordinaria ⎯que más parece un bisturí penetrando hasta los capilares agitados de las interioridades del ser humano⎯ e iluminando los rincones sombríos de ese acceso verbalmente insondable que se denomina bienestar o placer.
Al parecer sufría epilepsia, con su séquito de convulsiones y desmayos, pero en el relato repetido en varias novelas por boca de sus personajes describía un instante previo en que su cuerpo experimentaba un gozo intenso, un éxtasis, una enajenación balsámica. Se pregunta Myshkin, protagonista de El idiota: «¿Qué importa que esa tensión sea anormal si el resultado --ese instante de sensación tal como es evocado y analizado cuando se vuelve a la normalidad-- muestra ser en alto grado armonía y belleza, provoca un sentimiento inaudito e insospechado hasta entonces de plenitud, mesura, reconciliación, y una fusión enajenada y reverente de todo ello en una elevada síntesis de la vida?» Y ese mismo personaje expresa su deseo de dar diez años de su vida o aun la vida entera por la bendición de esos segundos en que su cuerpo entra en el trance que describe.
El escritor Stephan Zweig, otro cirujano de la palabra que se entregó al análisis del misterioso estado del autor ruso, da un paso más para aproximarse a sus resplandores extáticos previos a la convulsión o la pérdida de conocimiento y dice de él: «De estos momentos maravillosos de presentimiento balbuciente en que se concentra el éxtasis del yo, [...] y en ese segundo que precede a la muerte cifrada de cada ataque, gusta la esencia más fuerte y embriagadora del ser: la emoción patológicamente exaltada de sentirse a él en sí mismo».
La epilepsia de Dostoyevski (se conoce así en el ámbito de la Neurología) es una frivolidad de la salud, una excepción involuntaria de los placeres prohibidos al ser humano. Pero vale la pena hacer el ejercicio de acercarse al vertiginoso misterio de la alucinación, aun a través únicamente de la literatura, porque uno tiene la impresión de que la mansedumbre, por sí sola, no fecunda el gozo, más bien lo domestica.

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Me dispongo a tributar un merecido homenaje a Phillis Wheatley, primera mujer afroamericana en publicar un libro a finales del siglo XVIII, cuando ese cartero instantáneo que es Google me entrega de urgencia las noticias que se vierten ahora mismo sobre Oprah Winfrey, la actriz y presentadora, también afroamericana y también primera mujer, en este caso, en recibir el premio Cecil B. DeMille. Oprah acaba de ser elevada a los altares por un demoledor discurso contra los abusos sexuales en la entrega de los Globos de Oro, y en pocas horas ya la han situado al frente de los aspirantes a la Casa Blanca. Pero apenas refulge el primer destello de su valía, cuando la sombra le cae encima como una maldición jaleada desde las bambalinas diabólicas de sus enemigos, y las redes se llenan de antiguas fotografías de la mujer cautivada por el encanto maloliente de Harry de Hollywood, el depredador, sembrando de dudas la autenticidad de su discurso. Y como si tuviera que pagar por haber exhibido su poderío retórico en contra de la violencia masculina, (o como si esa maldición dejara de ser metafórica para convertirse en plaga real), la luminosa primera afroamericana que podría llegar a presidenta de EEUU sufre una avalancha de lodo en su casa de California, que apaga el resto de esplendor aún vibrante en su memoria tras su emotiva intervención.

Es un paréntesis que me deja perplejo, que me dibujo como si la verdad deviniera en muñeca de trapo a la que unos niños indolentes golpean, arrojan contra el suelo y desgarran.

Y sin estar demasiado convencido de lo oportuno de cambiar de asunto, vuelvo a Phillis Wheatley, una mujer nacida en Senegal, capturada por mercaderes de esclavos y vendida en Boston en 1760 a una familia que, en contra de lo que era la costumbre, le dio una educación similar a la de una muchacha libre. Phillis, dotada de un talento extraordinario, aprovechó la oportunidad y sacó a relucir sus cualidades como escritora. Gracias a la mediación de su ama, envió sus textos a Londres y logró la publicación de un libro de poemas, la primera obra de una mujer afroamericana, en 1773. También apoyada por la que era de hecho su familia (si bien no había abandonado la condición servil que la vinculaba a la casa de sus dueños), viajó a Inglaterra y allí debió pasar el examen de una corte de notables que no creían que una esclava negra pudiera haber escrito algo como esto:

Fue la misericordia la que me trajo desde mi tierra pagana.
Le enseñó a mi ignorante alma que hay un Dios, que hay un salvador también.
Antes no busqué ni conocía la redención.
Algunos ven a nuestra oscura raza con ojos desdeñosos.
Su color es un tinte diabólico.
Recordad cristianos, negros, tanto como Caín,
podréis refinaros y uniros al angélico tren.

En la corte de notables estaba el viejo Benjamin Franklin. Y también había otros, menos célebres, pero todos de raza blanca, todos hombres, todos albergando la duda secular de que de la mano y el talento de piel negra pudiera germinar el arte, la belleza y el valor.

Y cierro el artículo recordando a Oprah Winfrey.

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Coincidieron hace poco en la televisión dos espacios en que el silbo gomero aparecía como espectáculo. En uno, la retransmisión del Concierto de Navidad de Puertos de Tenerife, se introducía como una cuña sonora en la pieza musical «Leyenda de Gara y Jonay». En otro, el programa «Little Big Show», el silbo se exhibía como el prodigio de dos niños gomeros que se intercambiaban frases a distancia para fascinación de los presentes en el plató. Un intercambio que el presentador ensalzaba con gran alarde verbal al modo de los maestros de ceremonias de un circo.

Esta costumbre ancestral que para sus quehaceres domésticos practicaran los habitantes de La Gomera, ajenos al destino artístico o circense de su lenguaje, se muestra ahora en los escenarios como una atracción rayana en la magia que deleita por su exotismo. Es signo de los tiempos. Lo que ayer fue costumbre hoy se hace reliquia y se exhibe como un arcaísmo que produce fantástico y entretenido extrañamiento.

Me pregunto cuál de nuestras costumbres actuales alcanzará antes el mismo destino que el silbo gomero. Dado que este constituía un medio de comunicación que fue quedando obsoleto, centro mi interés en los hábitos contemporáneos de comunicación interpersonal, cuya evolución observo con indisimulado escepticismo. Y en un golpe de alucinación visionaria acierto a imaginarme en un plató de televisión cargado de público a un presentador que introduce con toda la fanfarria y sensacionalismo el siguiente espectáculo:

«¡Señoras y señores! A continuación un grupo de personas de distinta edad y condición se colocarán en el centro del escenario y comenzarán a conversar, sin que medien envíos previos de wasaps o similares, mirándose a la cara todo el tiempo, prestando atención a sus interlocutores, sin dispositivos en sus manos, ¡a palo seco!, riéndose con carcajadas salidas de su propia garganta, asintiendo o negando con su propia cabeza, frunciendo su propio ceño, gastando saliva con sus intervenciones. ¡Increíble!, ¿no? ¡Pero todavía más! En medio de la conversación tendrán ustedes la oportunidad de escuchar a alguien contar un chiste ¡en directo!, o de entablar una discusión sin acaloramiento sobre algún asunto de interés. ¿Les basta con esto? Pues... ¡nooo! Estos individuos serán capaces, sí, señoras y señores, de emitir algún pensamiento con sus propias palabras y de convencer a quienes tienen enfrente. ¡Adelante nuestros invitados!»

Y tras la música triunfal que da paso a los trogloditas conversadores que ocupan el escenario, en una gran pantalla que preside el fondo comienzan a destellar uno, cien, mil emojis que festejan el acontecimiento girando, saltando y palpitando como cachorrillos juguetones. Por si alguien esperaba el trueno de los aplausos del público le recordaré que difícil tarea será la de aplaudir con una sola mano. No es de extrañar que también el aplauso tenga los días contados.

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