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Una sociedad funciona de forma anómala si la sospecha le toma la delantera a la confianza. Y en la actualidad esa parece ser la norma, la extensión de la sospecha como actitud preferente ante los demás.
No cabe duda de que la confianza es la argamasa de las relaciones con los allegados. No solo nos acerca sino que posibilita el fortalecimiento de nuestro tejido social. Confiar permite conquistar espacios para ejercer la libertad en mejores condiciones. Cuando uno confía, el pensamiento va más ligero y se emplea en lo fundamental, sin abrir los sensores del recelo para detenerse a hurgar en la trastienda de las ideas.martin-luther-king.jpg
Esto, que sería modélico para las relaciones cercanas, es lo que uno desearía para la sociedad en su conjunto. Al confiar en otros se compartiría la responsabilidad, sin delegarla, solo depositando una parte de esa responsabilidad por un tiempo, pero sin descuidar la obligación de implicarse en la construcción del tejido social general.
Pero ¿cómo contribuir a mejorar la confianza? No hay recetas, aunque sí aproximaciones que tienden a ello. Una de las posibilidades que históricamente ha contribuido a generar confianza es la presencia de referentes éticos, personalidades que con su conducta y con su pensamiento han conseguido una adhesión edificante a una causa justa o al bienestar general. Uno nombra a Martin Luther King o a Gandhi y de inmediato cristaliza una imagen de venerable portador de virtudes cívicas, de hondo pensador sobre las cualidades humanas que conducen a la honestidad o de líder facultado para iluminar una forma de solucionar la falta de ética. Por su circunstancia histórica y por su dotación para el compromiso con el ser humano de su tiempo, estos individuos se erigen en referentes útiles para proporcionar musculatura a la confianza.
Sabemos que mirar en la dirección de mujeres y hombres que en mayor o menor escala pueden desprender esa cualidad de referentes éticos tiene un efecto social sanador. Puede que solo mantengamos hacia ellos o ellas una actitud de admiración, que solo nos detengamos a recrearnos en su peripecia heroica y no se produzca el valioso acto de imitación esperable, pero al menos son un recordatorio de que la honradez no es un sueño imposible. 220px-José_Mujica2.jpg
En estos tiempos creo que necesitamos referentes éticos. Estamos demasiado acosados por etiquetas o clichés de individuos que, voluntaria o involuntariamente, ocupan el primer plano de los acontecimientos. Cae sobre ellos una marca que nos induce a verlos bajo el prisma de la sospecha. El propio paisaje político creado por el tipo de democracia de la que nos hemos provisto, cargado de publicidad y ficción mediática, nos predispone a entretenernos con fruslerías pasajeras tomadas de su vida pública y nos embarra en un lodo de críticas inútiles e indignaciones de salón de las que nadie parece salir bien parado. Buscamos entonces en algún sitio más descontaminado (José Mújica, Eduardo Galeano, José Luis Sampedro) un pensamiento y una conducta que provean de higiene ética este carnaval de acusaciones y que abunden en la regeneración de la confianza.
Y en eso estoy.

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Estoy preocupado. No, en realidad estoy obsesionado. Las escuchas de Villarejo me tienen los sensores armados hasta los dientes. Me sobresaltan las llamadas telefónicas y desde hace unas semanas no hago más que recordar todas las conversaciones que he mantenido con mis afines y amigos, para descartar que no he revelado ningún secreto que pueda comprometer mi dignidad o que ponga en peligro grave mi condición de ser libre y sensato. Restauro una a una las frases que he podido volcar en este dispositivo, que ahora miro con el desdén con el que se desprecia a un chivato, y comienzo a temblar con la suposición de que lo que ha salido de mi boca en sentido literal haya podido llegar hasta Villarejo's center en forma de mensajes encriptados.
Porque, debo admitirlo, a los oídos magnetofónicos de Villarejo les consta que escribo literatura (o eso es lo que yo me creo) y que no sería nada extraño, por tanto, que empleara el arsenal alegórico para transmitir inquietantes enigmas con fines perversos.
Me viene a la cabeza que hace poco estuve conversando con mi amigo XL (entienden la máscara, ¿no?, es que mi preocupación es seria). Hablé con él de gastronomía, o al menos esa fue mi intención, pero ahora repaso lo que le dije y dudo de que Villarejo lo haya descartado como información de alto contenido conspiranoico. Espigando las frases de aquella conversación recuerdo que le dije, entre otras, que asustara al pulpo, que trinchara el pollo, que le hiciera una incisión superficial a la carne y que yo cortaba el bacalao. ¿Habrá clarividencia mayor para un hombre astuto como Villarejo para deducir que se halla ante los prolegómenos de un acto criminal de tintes sanguinarios?
Otro día se me ocurrió decirle al propio XL, en nuestra devoción sagrada por la cocina, que la salsa estaba para mojar pan. Aparentemente inocente. Pero luego restalló el latigazo de la memoria y recordé que lo había dicho después de haber hecho, muy al principio de la conversación, un comentario inapropiado sobre una amiga común. ¿Y si Villarejo tartamudea en sus escuchas porque va a por un bocadillo y vuelve, y oye frases sueltas que le vienen de perlas para manipular su grabación comprometedora? ¿No tengo que estar acongojado pensando que mi voz rijosa y machista correrá al galope por las redes sociales y tendré a la puerta de mi casa una centuria de feministas que un día creyeron en mi honrosa apuesta por la igualdad de géneros para vengarse de mi traición? ¿No debo temer por la estabilidad de mi pareja?
Y en fin, como también soy ciudadano responsable, comparto con algunos amigos mi visión de la cosa política, y de eso Villarejo tendrá testimonios innumerables en sus diabólicos archivos. Pero juro por lo más divino y por lo más humano que aquel día yo hablaba de religión y literatura, que estaba absolutamente ajeno a la fauna política. Y sin embargo, repaso mi conversación con HP (ni es impresora, ni es tan despreciable, es solo una clave para que él recuerde conmigo) y en ella encuentro expresiones que habrán sacado hasta la última baba maliciosa del espía. Porque le decía a HP que La perfecta casada, dejaba entrever la incontenible tentación de la Iglesia de decirle a las mujeres cuál era su papel en la familia. Pero ¿de qué me vale ahora justificar que no me refería al presidente del PP, ni que esas mujeres fueran una insinuación de Soraya y María Dolores?
Y hablamos ese día también de Machado, y HP y yo hicimos un alarde de memoria y declamamos sus versos. Salieron a colación los álamos de la ribera sorianos y yo le dije que era ribera con b, porque rivera con v es tan solo un riachuelo sin mucho empuje. Y HP se ofendió, porque sobraba el comentario, porque todo el mundo lo sabía. Pero, señor Villarejo, hablaba del río, por mi santa madre que en gloria esté. Sin embargo, sé a ciencia cierta que por mi comentario nunca seré un ciudadano ejemplar.
Y por fin, no sé por qué salió, no sé a qué vino. Solo sé que quedó inmortalizada en el frontispicio de nuestros oídos, y en los de Villarejo, claro. Terminé la conversación con HP con la sentencia bíblica: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Que Dios me coja confesado.

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Cuando Edward Hopper pintó el cuadro Los noctámbulos, no tenía intención de reflejar en él la soledad del ser humano. Lo declaró él mismo a una galerista que logró sonsacarle la respuesta en una de las escasas entrevistas que concedió el pintor. Sin embargo, Los noctámbulos se ha convertido en el paradigma artístico de la soledad del individuo en el contexto de la gran ciudad que se consolida a partir de la Segunda Guerra Mundial. Como espectador de ese cuadro, sigo y seguiré viendo una representación de la soledad porque no sé interpretar de otro modo la presencia de esas figuras humanas en una cafetería que a través de una enorme cristalera enseñan las costuras de su incomunicación y su aislamiento.
He pensado en Hopper cuando he visto u oído los testimonios de dos individuos que han ocupado la primera plana de las noticias en los últimos días. Uno es el de un ciudadano vasco que una mañana toma la decisión de colaborar con la policía para acabar con ETA infiltrándose en las tripas de la organización terrorista. Su decisión, solo motivada por las ganas de causar el bien y salvar vidas humanas, le reportó un sinfín de problemas que fue sorteando con la pericia que le daba la intuición, pues no tenía experiencia militar. Llegó a lo más alto e incluso ETA lo ordenó matar. Gracias a su colaboración se desarticularon comandos y se salvaron vidas humanas. Cuenta en su declaración a la cadena SER que se halló inmerso en una soledad de vértigo cuando tuvo que pasar a Francia porque ya estaba fichado por la policía. Allí tuvo que soportar la presión de su condición de topo, siempre a punto de ser descubierto, y la de la persecución de la justicia española que ya había emitido la orden de busca y captura por pertenencia a banda armada. Mientras habla con voz distorsionada para ocultarse, explora en su patrimonio verbal las palabras adecuadas para reflejar el abismo que le supone esa exposición a la nada, al peligro, a la incertidumbre, sin posibilidad de comunicarse o de ser ayudado. Está solo, aislado, cercado por un pensamiento que no le augura nada bueno. Y yo lo oigo con estupefacción de ciudadano común frente a un héroe.
El otro individuo relevante mediáticamente es Rodrigo Rato. Lo veo llegar a los aledaños de la prisión de Soto del Real, con la cabeza gacha, esa cabeza que fue un día soberbia y sobresaliente, empujando su equipaje y teniendo tiempo tan solo para levantar la cara ante los periodistas y manifestar su arrepentimiento. Luego su figura se pierde en los portales de la cárcel, y lo que sucede a partir de ese momento lo pone mi sensibilidad y mi facultad para imaginar. Lo veo salvando en silencio los trámites del ingreso hasta llegar al habitáculo frío de la celda y mirar y remirar los rasgos desconocidos del atrezo que va a componer el hábitat de su soledad durante un largo tiempo. Y cuando ya está liquidado el tiempo del examen, me lo figuro tratando de embridar su pensamiento que se le rebosa de su cráneo chorreándole contrición, resentimiento o pesadumbre, mucha pesadumbre.
Me acuerdo de Hopper porque me gustaría saber cómo hubiera metabolizado él la experiencia de estos dos individuos y cuál hubiera sido el cuadro resultante. A lo mejor no le hubiera interesado, o a lo mejor sí, porque él era un hombre solitario y debía de absorber con ese filtro lo que sucedía a su alrededor. En otra ocasión declaró: «Yo me pronuncio con mis cuadros. Creo que nunca he intentado pintar el ambiente del país. Intento pintarme a mí mismo».

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He intentado durante estos días componer un articuento, como lo llama Millás. En él aparecía un personaje a quien puse de nombre Primitivo Menestral, al que atribuí como rasgos más relevantes su soledad, su enajenante afición lectora y su maña innata para la manufactura doméstica. El tal Primitivo se había visto atrapado por un estado de delirio después de conocer los prodigios de la impresión en 3D que un ingeniero, una bióloga y un médico habían expuesto en un programa de Iñaki Gabilondo. De las palabras de estos expertos habían salido prótesis que corregían corazones desperfectos, artilugios que reconstruían una osamenta maltrecha, órganos creados como por ensalmo a partir de unas cuantas células, piel humana elaborada como quien teje un paño con hilos, además de zapatos, tartas, cazuelas y todo perendengue que se le cruzara a un individuo por su mente fabril.

Imaginé a Primitivo fascinado por tales revoluciones de la tecnología y sometido a una conmoción suprema cuando al poco tiempo contempló en la televisión la construcción de una vivienda mediante una impresora gigantesca. Me lo figuré rebuscando en el mismo magín donde Mary Shelley había hurgado para concebir su criatura, y al fin lo encaminé a mezclar sueños, delirios y probaturas.

Después de comprar su artilugio, buscó en la red el diseño de las piezas del organismo y solicitó por la misma vía a distintos proveedores el suministro de polímeros y células que sirvieran de base para su bricolaje biológico.

Comenzó imprimiendo la osamenta; se cuidó de hacerla a prueba de fracturas, reforzándola con una dosis de calcio suplementario. Siguió con la musculatura, fibrosa pero sin excesos; no le atraía un fenómeno cachas. Elaboró una piel con una porción de melanina que le diera un bronceado que desdibujara su origen. A continuación, y con la cautela que le recomendaba el sentido común para evitar enfermedades degenerativas, imprimió todas y cada una de las entrañas del cuerpo, excepto el cerebro. El sonido de la impresora era como el frufrú sistemático de dos telas que a veces devenía en suave rasgadura. Embriagado por tan singular sonido, Primitivo Menestral tuvo la sensación de que ejercer de demiurgo tampoco era tan demencial.

Enseguida me di cuenta de que esta prevención contra las enfermedades que atribuí a Primitivo había nacido de mi temor a los terribles secretos que guarda mi organismo y lo único que confirmé en ese instante fue el poder exorcizante de la literatura.

Cuando en su ensoñación más excitante vio todos los órganos sobre la mesa de su taller, el hombre se estremeció anticipándose al éxtasis que le produciría el montaje definitivo de todas las piezas de su puzle maravilloso.

La primera decisión trascendente que hubo de tomar se le presentó al determinar el sexo de su criatura. No se complicó. Si durante siglos la humanidad se había dejado llevar por la metáfora del paraíso, algo bueno tendría que haber en ella. Además, de inclinarse por una mujer le hubieran sobrevenido fantasías sexuales y su experimento era cosa seria que se merecía algo más que el rango de una muñeca hinchable.

Llegado el momento de solicitar neuronas a los proveedores especializados en la impresión del cerebro, mi articuento se detiene. Y Primitivo Menestral desaparece diluido en una maraña de decisiones. ¿Qué tipo quiere (o quiero) que se levante de la mesa y emprenda una vida original junto a él? ¿Y qué vida? ¿Es compañía lo que busca? ¿Es diligencia y eficacia? ¿Es entretenimiento? ¿Es apéndice de su genio? ¿Es una posibilidad de resolverle su economía? ¿Amable, tierno, chispeante, ingenuo, hábil, sobrio? ¿Inteligente? ¿Qué inteligencia? ¿Y si sale amo en lugar de esclavo? ¿Y si hiena en lugar de oso panda? ¿Y si sale taciturno y me pide que lo escuche día y noche porque guarda en los genes de su memoria toneladas de miserias de la Humanidad que debe sacar afuera para no volverse loco? ¡Horror! Y en ese momento clausuro mi disparate y me vuelvo cuerdo y racional, y dejo a Primitivo en el taller de sus bricofantasías, en un limbo alejado de mí para que no me contamine con sus delirios.

Cuando pongo el punto final al articuento, aparece en un periódico digital la noticia sobre los avances del Human Virtual Project. Está muy próxima la posibilidad de crear un humano virtual a través de potentísimos cálculos informáticos. Entonces, desde algún lugar del limbo, comienzo a escuchar el frufrú que emite una impresora 3D, la suave rasgadura que me trastorna, y aguzo mi oído para ver si escucho a Primitivo hablando con alguien.

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Hay que reconocer que la religión tiene una musculatura de ritos más vigorosa que el paganismo. Si uno no estuviera obligado a creer en el simbolismo sagrado que preside los ritos religiosos, sin duda participaría más intensamente en la esfera de expansión emocional y mística que proponen dichos rituales. Y aun así, quedándose al margen de la devoción y la profesión de fe de quienes los protagonizan, se puede vivir la experiencia de la respiración puramente humana que subyace en cada rito aunque sea religioso.

Llevo diciendo desde hace tiempo que la secularización, con otros factores que han ido contribuyendo al incremento del individualismo en la sociedad occidental, ha contribuido a la mengua de los ritos cuando no a su desaparición. Y mantengo también que los necesitamos. Porque permiten la confluencia con desconocidos que comparten acto de presencia. Porque poseen un cauce de exaltación que conviene al espíritu domesticado por el sedentarismo ideológico. Porque encierran una dosis de júbilo inmotivado que aporta una ebriedad abstemia bastante saludable. Porque sirven de recordatorio de la condición vulnerable de nuestra vida. Porque desatascan de rutina tediosa las arterias que mantienen nuestro decurso cotidiano. Porque nos sumergen en un paisaje humano diferente y singular. Porque le ofrecen la posibilidad de la expiación o la gratitud a quien las necesite. Porque entretienen. Porque funcionan como señales de verificación de que estamos vivos. Porque enhebran hilos a los que se agarran las generaciones para garantizar su continuidad en la misma memoria familiar. Porque son bellos. Porque facilitan el necesario instante de enajenación (en la brevedad que se desee) en el que uno se desentiende de la tiranía de la funcionalidad. Porque enaltecen el valor de lo repetitivo.

Asistí por primera vez a la Bajada de la rama en Santa María de Guía. Desde hace 207 años una multitud de peregrinos baja desde Montaña Alta, concentrándose con otra en la montaña de Vergara para llegar caminando hasta la iglesia principal del pueblo. La peregrinación conmemora el tributo que rindieron a la Virgen los vecinos y vecinas de los altos de Guía que vieron cómo una terrible plaga de langostas acababa con sus cultivos y que a base de esfuerzo y diligencia lograron disipar las nubes de insectos devastadores. Puedo figurarme la conmoción producida, la tragedia arañándoles la piel. Y luego el imaginado fruto de sus plegarias: la mano divina que espantó a los insectos.

Tuvo que ser una experiencia impactante pasar de la devastación a la calma, un choque de dos estados: el ocasionado por el drama de la destrucción y el surgido tras la milagrosa llegada de la salvación. ¿Cómo no entender que esos cuerpos sacudidos por el desastre levanten la voz hacia donde les guían sus creencias para manifestar gratitud infinita? Todo menos permanecer impasible. Y es ese el terreno propicio para la promesa, para la expiación, para el tributo. Los vecinos y vecinas de los altos de Guía implantaron el rito de la Bajada de la rama porque les resultaba inconcebible que esa fortuna sobrevenida se muriera con ellos. Y se lo ofrecieron sin proponérselo a las generaciones posteriores.

De entre los que asisten cada año habrá quienes sigan mirando la imagen de la Virgen con la credulidad atemporal de su intervención salvadora y habrá quienes simplemente se sumen a la memoria que recuerda la tenacidad de unos hombres y mujeres que se sobrepusieron al hachazo de la naturaleza. En cualquier caso, todos participamos de una peregrinación en la que mancomunamos las principales virtudes del rito.

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Acabo de terminar el libro de Andrea Köhler, El tiempo regalado, y que lleva como subtítulo Un ensayo sobre la espera. Me atraía el tema y me había provisto de buenas referencias. Magnífico, es lo que puedo decir.

De elaborar un ensayo sobre la espera podría resultar un conjunto de apreciaciones que no pasarían de constatar la reproducción de patrones de conducta con el que nos sentiríamos de inmediato identificados. Todos esperamos, la espera es tediosa, angustiosa a veces, la espera es territorio para perder tiempo, es inevitable, paralizante. Esperar es la brida de la precipitación, puede ser fría, como la del observador paciente, o ardorosa como la del amante impaciente. Pero su autora, Andrea Köhler, logra trascender el retablo de manifestaciones de los seres humanos en actitud de espera y situar esta disposición en el centro de la historia del pensamiento.

Desde Freud, que ya consideraba la espera como «domesticación del instinto» hasta Beckett, que hizo de su «Esperando a Godot» un monumento al sentido de la existencia. Pensar sobre la espera y emparentarla con la pausa es rehacer la mirada sobre el tiempo, como hiciera Proust. Nos debemos al tiempo y le rendimos pleitesía en tanto no nos devore, y lo que la naturaleza falible nos pone en nuestras manos para no caer en sus garras es la morosidad y la quietud, aunque afuera, en el entorno que nos incumbe, sigan pasando cosas que nos creen la sensación de que nos estamos perdiendo mucho.

La autora extrae de la filosofía, la mitología y la literatura muestras de hondas incursiones en el sentido que el ser humano asocia a la espera. Heidegger, por ejemplo, revela su desesperación por la imposibilidad de acelerar el tiempo y convierte su experiencia angustiosa en columna vertebral de su pensamiento existencialista.

Pero Andrea Köhler repara también en el mundo del siglo XXI y se esmera por destripar lo que hay debajo de la necesidad de la prisa o del dolor incontrolado que genera la impaciencia: el monstruo en que se ha convertido el reloj, cuyas agujas no son sino las patas torpes de una tortuga que no entenderá jamás el placer de la inmediatez.

He leído con fruición el libro, y mientras lo hacía iba experimentando el entrenamiento gozoso de la demora. No tuve prisa, releí varias veces un mismo capítulo, hice pausas para anotar alguna frase, repetí interiormente un pensamiento, me reí de mi propia agitación puesta en evidencia en la lectura de algún fragmento (no quiero acabar sin citar a Dorothy Parker, citada a su vez por la autora: «Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú»).

Y no miré el reloj.

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Existen lenguajes universales. La música. Euterpe, la musa de agradable genio, se encargó de crear una gramática que atravesara fronteras. Cualquier individuo puede identificar una melodía y hacerla hablar en sus oídos, por ejemplo, para el deleite, para la ilustración o para evocar recuerdos. El arte. La creación artística moviliza el sentido del gusto y lo sitúa siempre en algún grado de su emoción estética. La danza, el deporte, el teatro de sombras, todos encierran un sistema de signos que no necesitan traducción para provocar un efecto inmediato en quienes los perciben.

Montado sobre la bicicleta estática de un gimnasio, dando a los pedales con más fuerza mental que física, contemplo el paisaje humano que se despliega ante mi vista y deduzco que hay un código común, una sintaxis de gestos, conductas, poses e intenciones que tampoco requieren una exégesis elevada para revelar su significado. Y todo en ausencia total de la palabra. Entonces ¿cuál es el texto que se genera en esos infiernillos del colesterol y la grasa?

En un gimnasio hablan los músculos, la orografía de fibras en el cuerpo de los eternos aspirantes a culturistas y sus bíceps embutidos como en una tripa transparente y a punto de reventar en cada levantada inverosímil de pesas y mancuernas. Hablan los gemidos agónicos de los tipos que llevan hasta el límite su fuerza ciclópea. Habla el rostro desbaratado por el agotamiento feliz tras alcanzar el número triunfal de abdominales. Hablan los chasquidos de los aparatos de tortura llamando con seductor flirteo a las articulaciones devotas del castigo. Habla el sudor, único fluido autorizado y acreditativo de la entrega patriótica al festín del gimnasio. Hablan las mallas y las camisetas de asillas ceñidas y con aspiración subcutánea. Hablan las zancadas y los pedaleos absurdos de quienes empujan sus huesos durante kilómetros de nada. Hablan las contorsiones, las flexiones, los desafíos convertidos en garabatos corporales. Hablan los resoplidos, los torbellinos de dióxido de carbono dándose codazos con el oxígeno en la nube densa del gimnasio.

Y hablan los espejos. La transmisión en directo y sin maquillaje de la verdad verdadera. Hay espejos que recogen el botín de tantas horas de sacrificio y lo devuelven repartido en las regiones del cuerpo donde despunta una hinchazón divina. Pero también hay espejos que un día tras otro aguantan la exhibición de quien se miente tensionando sus músculos para obtener un éxito efímero y luego regresarlos a la flacidez que les corresponde. Hay una memoria infinita de los espejos que retienen muchos momentos de vanidad y querencia propia, de gente que repasa una y otra vez el mapa completo de su figura e impreca contra el mundo porque nadie repara en la ausencia de grasas o en el relieve de su tableta abdominal. Y, por supuesto, hay espejos que no pueden evitarles a los pobres como yo la presencia de la sagrada curva, el almacén de los empachos y el sedentarismo que lucha por una utópica merma y se encuentra siempre con la abundancia de existencias.

En el silencio de palabras del gimnasio hay un idioma que nos uniforma a todos y anula toda extrañeza, permitiendo la convivencia intercultural de quienes persiguen esculpir en su cuerpo las sinuosidades de una escultura griega con quienes pretendemos escupir del nuestro todo el sobrante lípido que parece haber llegado para quedarse.

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No sé cuándo comencé a pensar que la respuesta a la pregunta ¿A qué aspiras? necesitaba un contenido que diera cuenta, de una manera más ajustada, de lo que es mi aspiración en la vida. Será que los años han ido decantando toda la artillería que se desplegaba cuando quien respondía era la juventud militante y apasionada. Ahora, esta misma juventud, modelada en carne y espíritu (¡con cuánto palabrerío exorciza uno la vejez!), parece requerir una morosidad mayor que nos permita mantener más tiempo en la boca el caramelo del porvenir y paladearlo hasta la última esquirla dulzona.

Lo cierto es que desde hace un tiempo veo en la sabiduría el compendio de las ideas que me resultan provechosas para obrar con la templanza que necesito. No soy original, lo sé. Los saberes de las comunidades primitivas macerados en la edad provecta de sus mayores han sido desde hace siglos el asidero de sus integrantes jóvenes para sobrevivir. Y esos mayores no han hecho más que (y no es poco) envejecer y reposar la mirada sobre las cosas mundanas para restarles el ímpetu de lo categórico.

Pero ¿cuál es la sabiduría de la que me gustaría proveerme? Por lo pronto descarto toda la verborrea que tienda a aprisionar lo laberíntico y complejo de la condición humana en frases evanescentes que buscan elevarse de lo corriente con una estética celestial. Lo que sucede con los seres humanos es el cruce de muchas causas, razones y eventualidades, y poco contribuimos al bien común si lo reducimos todo a una generalización vacua que deja fuera el entramado que explica los comportamientos.

Busco la sabiduría basada en la duda como principal actitud para conocer y pensar. Nada es seguro, ni siquiera el término medio aristotélico. Por lo tanto, necesito pausa para no caer enredado en las apariencias. Pero no un tiempo eterno que me debilite infectándome de escepticismo, sino un tiempo que me incline a mejorar el conocimiento de las causas antes de emitir un juicio.

Busco la sabiduría que me permita distinguir lo verdaderamente importante para invertir con mesura las energías. Todo lo que pudo ser objeto de fervor, de empecinamiento fogoso o todo lo que constituyó motivo de indignación iracunda pasa ahora por el tamiz de la jerarquía, y mi mente y mis sentimientos son convocados a empresas de mayor rentabilidad emocional.

Busco la sabiduría que siga aguijoneando mi curiosidad para descubrir secretos y mantener intacta la facultad de fascinación por lo novedoso, lo bello y lo heroico.

Busco, en fin, la sabiduría que me proporcione el deleite mayor con el ser humano, con la persona de carne y hueso que constituye el mejor depósito de gratitudes. Esa sabiduría que me advierte del tiempo que pierdo cuando renuncio a gozar de una conversación, un abrazo o un festín colectivo de afecto mientras escribo un artículo sobre la sabiduría.

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Uno decide capear la atonía de la tarde de un domingo mariposeando aquí y allá, entre las páginas de un libro y una decena de señuelos soltados en internet para que el músculo flácido de la curiosidad se traslade al dedo clic y nos lleve a la deriva por olas inacabables de enlaces y más enlaces, para terminar agotado de inutilidad pero victorioso frente al ataque silencioso de la abulia. Sin embargo, he aquí que me encuentro, en uno de esos vaivenes de anzuelos digitales, con la historia de Philippe Lançon, el escritor que sobrevivió al ataque a Charlie Hebdo, y entonces la curiosidad cede paso al sobrecogimiento y lo que era navegación frívola se convierte bisturí interesado en la experiencia de la situación límite y en la anatomía de la fortaleza anímica.
Hacía unos meses que había leído algo sobre la publicación de La levedad, una novela gráfica de la dibujante Catherine Meurisse, otra superviviente del mismo atentado, aunque afectada por circunstancias diferentes: Lançon fue tiroteado por los terroristas, y Meurisse llegó tarde a la redacción y esa demora le salvó la vida.
Ambos han utilizado la publicación de su producción literaria y gráfica para exorcizar un estado extremo de dolor, algo que parecía imposible tras la tragedia. Y tanto uno como otro han hecho un servicio impagable a la humanidad radiografiando lo que pasa por la cabeza de quienes han sido sometidos a una sacudida física o emocional tan terrible.
A mí, por ejemplo, me admira la crónica de Catherine Meurisse de su intenso viaje para recuperar su identidad, perdida entre los cadáveres de sus compañeros. Tuvo que reconstruirse, curarse del shock del terror de Charlie Hebdo, y eligió otro shock para hacerlo, el shock de la belleza. Acudió a Roma a sumergirse en la crema del arte universal y embadurnarse de la emoción estética suficiente que le desdibujara los bordes afilados de la muerte. Y no le resultó nada fácil. Según cuenta, todo le hablaba de violencia: las estatuas mutiladas, la luz tenebrosa de Caravaggio... Pero debió de ser esa corriente dormida que inyecta energías al deseo de vivir lo que se le fue despertando mientras recuperaba sus ganas de dibujar y su ilusión por el proyecto de contar en una novela gráfica la lenta reaparición de la luz y el color en su vida. Así nació La levedad.
Lançon ha debido reconstruirse incluso físicamente. Los terroristas le desfiguraron el rostro. Y con la herida existencial supurándole constantemente, se ha enfrentado a la renovación de su identidad, a prometerse a sí mismo acercarse al nuevo yo que es hoy y que todavía −dice− no conoce bien. Para ello también ha escrito un libro, Le lambeau, en cuyas páginas, según cuenta el periodista del que he tomado la información, Borja Hermoso, se desgrana un duro pero vibrante relato de azares, desgracias, consecuencias, reflexiones y aprendizajes.
Pero lo que la mente de Lançon va destilando acerca del hecho trágico es tan digno y, me atrevería a decir, tan doctrinario que no me resisto a reflejar algunos de sus pensamientos. Declara: «Pienso que quienes nos atacaron eran pobre gente y en sus cabezas vacías entraron monstruos activados por terceros que sí eran conscientes del mal. No siento odio por los hermanos Kouachi, aunque no acierte a explicarme su acción. Cambiaron mi existencia, todo ha sido muy duro, pero no he pensado en el suicidio y no me considero un héroe, soy hijo y forja de las circunstancias.»
Cae el domingo, y de la ebriedad del fisgoneo tonto en la realidad virtual he pasado a un estado de satisfacción moral: el que me proporciona haber acompañado a estos dos titanes a recobrar su identidad escuchando sus historias con sumo interés. Ahora me queda leer sus libros, es lo menos que puedo hacer.

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Un hombre, llamémoslo H1, (también podría ser una mujer) con dos hijos de veinte y largos años, es propietario de dos pisos en alquiler a los que ha puesto un precio acorde a la subida especulativa del momento. Sus hijos tienen pareja, han terminado estudios y, al igual que muchos de su generación, se hallan sin trabajo o con una ocupación irregular y mal pagada. Prolongan su formación como remedio a su falta de perspectiva laboral. Otro hombre, H2, con dos hijos, tiene una empresa mediana con una docena de trabajadores, quienes se quejan de las condiciones precarias de su empleo. Uno de sus vástagos está empleado en su empresa, el otro sigue estudiando. Los hijos de H1 buscan desesperadamente trabajo estable, los de H2 buscan desesperadamente piso de alquiler.

H1 se queja de la falta de oportunidades de empleo para sus hijos. H2 pone el grito en el cielo ante la irrupción del alquiler vacacional, que ha pervertido el mercado del arrendamiento y ha frenado toda posibilidad de independencia para sus hijos. Y ellos, H1 y H2, tienen todo el derecho del mundo a denunciar esta injusticia porque son la encarnación del progreso, los portadores de la palanca que mueve el mundo: el beneficio.

Llegan las elecciones y salen del baúl de las consignas las soflamas más ardientes. P1, político de una opción determinada, proclama el fin del empleo precario y la extensión de la ocupación justamente retribuida para todos los jóvenes. P2, candidato de otra opción, martillea sobre la injusticia de los alquileres abusivos y anuncia carretones de ordenanzas para hacer accesible a todos, especialmente a las parejas de jóvenes, el alquiler de una vivienda.

H1 vota a P1; H2, a P2. Los hijos de ambos no votan. Sus padres les reprochan la desidia, porque votar es una responsabilidad si realmente se quiere que las cosas cambien.

Un día alguno de los hijos de H1 conoce a alguno de los hijos de H2 y terminan contándose su estado, las expectativas, el silencioso y continuado latigazo de la inestabilidad. Cuando ya tienen más confianza y se han vaciado sus miserias respectivas se percatan de que hay algo de sus padres que empaña el horizonte y no se disipa con el voto a los políticos, hay algo insano en el beneficio que los está arrastrando a ellos, a los hijos, a vivir en la burbuja de un orden confortable.

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