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Hay que reconocer que la religión tiene una musculatura de ritos más vigorosa que el paganismo. Si uno no estuviera obligado a creer en el simbolismo sagrado que preside los ritos religiosos, sin duda participaría más intensamente en la esfera de expansión emocional y mística que proponen dichos rituales. Y aun así, quedándose al margen de la devoción y la profesión de fe de quienes los protagonizan, se puede vivir la experiencia de la respiración puramente humana que subyace en cada rito aunque sea religioso.

Llevo diciendo desde hace tiempo que la secularización, con otros factores que han ido contribuyendo al incremento del individualismo en la sociedad occidental, ha contribuido a la mengua de los ritos cuando no a su desaparición. Y mantengo también que los necesitamos. Porque permiten la confluencia con desconocidos que comparten acto de presencia. Porque poseen un cauce de exaltación que conviene al espíritu domesticado por el sedentarismo ideológico. Porque encierran una dosis de júbilo inmotivado que aporta una ebriedad abstemia bastante saludable. Porque sirven de recordatorio de la condición vulnerable de nuestra vida. Porque desatascan de rutina tediosa las arterias que mantienen nuestro decurso cotidiano. Porque nos sumergen en un paisaje humano diferente y singular. Porque le ofrecen la posibilidad de la expiación o la gratitud a quien las necesite. Porque entretienen. Porque funcionan como señales de verificación de que estamos vivos. Porque enhebran hilos a los que se agarran las generaciones para garantizar su continuidad en la misma memoria familiar. Porque son bellos. Porque facilitan el necesario instante de enajenación (en la brevedad que se desee) en el que uno se desentiende de la tiranía de la funcionalidad. Porque enaltecen el valor de lo repetitivo.

Asistí por primera vez a la Bajada de la rama en Santa María de Guía. Desde hace 207 años una multitud de peregrinos baja desde Montaña Alta, concentrándose con otra en la montaña de Vergara para llegar caminando hasta la iglesia principal del pueblo. La peregrinación conmemora el tributo que rindieron a la Virgen los vecinos y vecinas de los altos de Guía que vieron cómo una terrible plaga de langostas acababa con sus cultivos y que a base de esfuerzo y diligencia lograron disipar las nubes de insectos devastadores. Puedo figurarme la conmoción producida, la tragedia arañándoles la piel. Y luego el imaginado fruto de sus plegarias: la mano divina que espantó a los insectos.

Tuvo que ser una experiencia impactante pasar de la devastación a la calma, un choque de dos estados: el ocasionado por el drama de la destrucción y el surgido tras la milagrosa llegada de la salvación. ¿Cómo no entender que esos cuerpos sacudidos por el desastre levanten la voz hacia donde les guían sus creencias para manifestar gratitud infinita? Todo menos permanecer impasible. Y es ese el terreno propicio para la promesa, para la expiación, para el tributo. Los vecinos y vecinas de los altos de Guía implantaron el rito de la Bajada de la rama porque les resultaba inconcebible que esa fortuna sobrevenida se muriera con ellos. Y se lo ofrecieron sin proponérselo a las generaciones posteriores.

De entre los que asisten cada año habrá quienes sigan mirando la imagen de la Virgen con la credulidad atemporal de su intervención salvadora y habrá quienes simplemente se sumen a la memoria que recuerda la tenacidad de unos hombres y mujeres que se sobrepusieron al hachazo de la naturaleza. En cualquier caso, todos participamos de una peregrinación en la que mancomunamos las principales virtudes del rito.

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Acabo de terminar el libro de Andrea Köhler, El tiempo regalado, y que lleva como subtítulo Un ensayo sobre la espera. Me atraía el tema y me había provisto de buenas referencias. Magnífico, es lo que puedo decir.

De elaborar un ensayo sobre la espera podría resultar un conjunto de apreciaciones que no pasarían de constatar la reproducción de patrones de conducta con el que nos sentiríamos de inmediato identificados. Todos esperamos, la espera es tediosa, angustiosa a veces, la espera es territorio para perder tiempo, es inevitable, paralizante. Esperar es la brida de la precipitación, puede ser fría, como la del observador paciente, o ardorosa como la del amante impaciente. Pero su autora, Andrea Köhler, logra trascender el retablo de manifestaciones de los seres humanos en actitud de espera y situar esta disposición en el centro de la historia del pensamiento.

Desde Freud, que ya consideraba la espera como «domesticación del instinto» hasta Beckett, que hizo de su «Esperando a Godot» un monumento al sentido de la existencia. Pensar sobre la espera y emparentarla con la pausa es rehacer la mirada sobre el tiempo, como hiciera Proust. Nos debemos al tiempo y le rendimos pleitesía en tanto no nos devore, y lo que la naturaleza falible nos pone en nuestras manos para no caer en sus garras es la morosidad y la quietud, aunque afuera, en el entorno que nos incumbe, sigan pasando cosas que nos creen la sensación de que nos estamos perdiendo mucho.

La autora extrae de la filosofía, la mitología y la literatura muestras de hondas incursiones en el sentido que el ser humano asocia a la espera. Heidegger, por ejemplo, revela su desesperación por la imposibilidad de acelerar el tiempo y convierte su experiencia angustiosa en columna vertebral de su pensamiento existencialista.

Pero Andrea Köhler repara también en el mundo del siglo XXI y se esmera por destripar lo que hay debajo de la necesidad de la prisa o del dolor incontrolado que genera la impaciencia: el monstruo en que se ha convertido el reloj, cuyas agujas no son sino las patas torpes de una tortuga que no entenderá jamás el placer de la inmediatez.

He leído con fruición el libro, y mientras lo hacía iba experimentando el entrenamiento gozoso de la demora. No tuve prisa, releí varias veces un mismo capítulo, hice pausas para anotar alguna frase, repetí interiormente un pensamiento, me reí de mi propia agitación puesta en evidencia en la lectura de algún fragmento (no quiero acabar sin citar a Dorothy Parker, citada a su vez por la autora: «Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú»).

Y no miré el reloj.

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Existen lenguajes universales. La música. Euterpe, la musa de agradable genio, se encargó de crear una gramática que atravesara fronteras. Cualquier individuo puede identificar una melodía y hacerla hablar en sus oídos, por ejemplo, para el deleite, para la ilustración o para evocar recuerdos. El arte. La creación artística moviliza el sentido del gusto y lo sitúa siempre en algún grado de su emoción estética. La danza, el deporte, el teatro de sombras, todos encierran un sistema de signos que no necesitan traducción para provocar un efecto inmediato en quienes los perciben.

Montado sobre la bicicleta estática de un gimnasio, dando a los pedales con más fuerza mental que física, contemplo el paisaje humano que se despliega ante mi vista y deduzco que hay un código común, una sintaxis de gestos, conductas, poses e intenciones que tampoco requieren una exégesis elevada para revelar su significado. Y todo en ausencia total de la palabra. Entonces ¿cuál es el texto que se genera en esos infiernillos del colesterol y la grasa?

En un gimnasio hablan los músculos, la orografía de fibras en el cuerpo de los eternos aspirantes a culturistas y sus bíceps embutidos como en una tripa transparente y a punto de reventar en cada levantada inverosímil de pesas y mancuernas. Hablan los gemidos agónicos de los tipos que llevan hasta el límite su fuerza ciclópea. Habla el rostro desbaratado por el agotamiento feliz tras alcanzar el número triunfal de abdominales. Hablan los chasquidos de los aparatos de tortura llamando con seductor flirteo a las articulaciones devotas del castigo. Habla el sudor, único fluido autorizado y acreditativo de la entrega patriótica al festín del gimnasio. Hablan las mallas y las camisetas de asillas ceñidas y con aspiración subcutánea. Hablan las zancadas y los pedaleos absurdos de quienes empujan sus huesos durante kilómetros de nada. Hablan las contorsiones, las flexiones, los desafíos convertidos en garabatos corporales. Hablan los resoplidos, los torbellinos de dióxido de carbono dándose codazos con el oxígeno en la nube densa del gimnasio.

Y hablan los espejos. La transmisión en directo y sin maquillaje de la verdad verdadera. Hay espejos que recogen el botín de tantas horas de sacrificio y lo devuelven repartido en las regiones del cuerpo donde despunta una hinchazón divina. Pero también hay espejos que un día tras otro aguantan la exhibición de quien se miente tensionando sus músculos para obtener un éxito efímero y luego regresarlos a la flacidez que les corresponde. Hay una memoria infinita de los espejos que retienen muchos momentos de vanidad y querencia propia, de gente que repasa una y otra vez el mapa completo de su figura e impreca contra el mundo porque nadie repara en la ausencia de grasas o en el relieve de su tableta abdominal. Y, por supuesto, hay espejos que no pueden evitarles a los pobres como yo la presencia de la sagrada curva, el almacén de los empachos y el sedentarismo que lucha por una utópica merma y se encuentra siempre con la abundancia de existencias.

En el silencio de palabras del gimnasio hay un idioma que nos uniforma a todos y anula toda extrañeza, permitiendo la convivencia intercultural de quienes persiguen esculpir en su cuerpo las sinuosidades de una escultura griega con quienes pretendemos escupir del nuestro todo el sobrante lípido que parece haber llegado para quedarse.

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No sé cuándo comencé a pensar que la respuesta a la pregunta ¿A qué aspiras? necesitaba un contenido que diera cuenta, de una manera más ajustada, de lo que es mi aspiración en la vida. Será que los años han ido decantando toda la artillería que se desplegaba cuando quien respondía era la juventud militante y apasionada. Ahora, esta misma juventud, modelada en carne y espíritu (¡con cuánto palabrerío exorciza uno la vejez!), parece requerir una morosidad mayor que nos permita mantener más tiempo en la boca el caramelo del porvenir y paladearlo hasta la última esquirla dulzona.

Lo cierto es que desde hace un tiempo veo en la sabiduría el compendio de las ideas que me resultan provechosas para obrar con la templanza que necesito. No soy original, lo sé. Los saberes de las comunidades primitivas macerados en la edad provecta de sus mayores han sido desde hace siglos el asidero de sus integrantes jóvenes para sobrevivir. Y esos mayores no han hecho más que (y no es poco) envejecer y reposar la mirada sobre las cosas mundanas para restarles el ímpetu de lo categórico.

Pero ¿cuál es la sabiduría de la que me gustaría proveerme? Por lo pronto descarto toda la verborrea que tienda a aprisionar lo laberíntico y complejo de la condición humana en frases evanescentes que buscan elevarse de lo corriente con una estética celestial. Lo que sucede con los seres humanos es el cruce de muchas causas, razones y eventualidades, y poco contribuimos al bien común si lo reducimos todo a una generalización vacua que deja fuera el entramado que explica los comportamientos.

Busco la sabiduría basada en la duda como principal actitud para conocer y pensar. Nada es seguro, ni siquiera el término medio aristotélico. Por lo tanto, necesito pausa para no caer enredado en las apariencias. Pero no un tiempo eterno que me debilite infectándome de escepticismo, sino un tiempo que me incline a mejorar el conocimiento de las causas antes de emitir un juicio.

Busco la sabiduría que me permita distinguir lo verdaderamente importante para invertir con mesura las energías. Todo lo que pudo ser objeto de fervor, de empecinamiento fogoso o todo lo que constituyó motivo de indignación iracunda pasa ahora por el tamiz de la jerarquía, y mi mente y mis sentimientos son convocados a empresas de mayor rentabilidad emocional.

Busco la sabiduría que siga aguijoneando mi curiosidad para descubrir secretos y mantener intacta la facultad de fascinación por lo novedoso, lo bello y lo heroico.

Busco, en fin, la sabiduría que me proporcione el deleite mayor con el ser humano, con la persona de carne y hueso que constituye el mejor depósito de gratitudes. Esa sabiduría que me advierte del tiempo que pierdo cuando renuncio a gozar de una conversación, un abrazo o un festín colectivo de afecto mientras escribo un artículo sobre la sabiduría.

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Uno decide capear la atonía de la tarde de un domingo mariposeando aquí y allá, entre las páginas de un libro y una decena de señuelos soltados en internet para que el músculo flácido de la curiosidad se traslade al dedo clic y nos lleve a la deriva por olas inacabables de enlaces y más enlaces, para terminar agotado de inutilidad pero victorioso frente al ataque silencioso de la abulia. Sin embargo, he aquí que me encuentro, en uno de esos vaivenes de anzuelos digitales, con la historia de Philippe Lançon, el escritor que sobrevivió al ataque a Charlie Hebdo, y entonces la curiosidad cede paso al sobrecogimiento y lo que era navegación frívola se convierte bisturí interesado en la experiencia de la situación límite y en la anatomía de la fortaleza anímica.
Hacía unos meses que había leído algo sobre la publicación de La levedad, una novela gráfica de la dibujante Catherine Meurisse, otra superviviente del mismo atentado, aunque afectada por circunstancias diferentes: Lançon fue tiroteado por los terroristas, y Meurisse llegó tarde a la redacción y esa demora le salvó la vida.
Ambos han utilizado la publicación de su producción literaria y gráfica para exorcizar un estado extremo de dolor, algo que parecía imposible tras la tragedia. Y tanto uno como otro han hecho un servicio impagable a la humanidad radiografiando lo que pasa por la cabeza de quienes han sido sometidos a una sacudida física o emocional tan terrible.
A mí, por ejemplo, me admira la crónica de Catherine Meurisse de su intenso viaje para recuperar su identidad, perdida entre los cadáveres de sus compañeros. Tuvo que reconstruirse, curarse del shock del terror de Charlie Hebdo, y eligió otro shock para hacerlo, el shock de la belleza. Acudió a Roma a sumergirse en la crema del arte universal y embadurnarse de la emoción estética suficiente que le desdibujara los bordes afilados de la muerte. Y no le resultó nada fácil. Según cuenta, todo le hablaba de violencia: las estatuas mutiladas, la luz tenebrosa de Caravaggio... Pero debió de ser esa corriente dormida que inyecta energías al deseo de vivir lo que se le fue despertando mientras recuperaba sus ganas de dibujar y su ilusión por el proyecto de contar en una novela gráfica la lenta reaparición de la luz y el color en su vida. Así nació La levedad.
Lançon ha debido reconstruirse incluso físicamente. Los terroristas le desfiguraron el rostro. Y con la herida existencial supurándole constantemente, se ha enfrentado a la renovación de su identidad, a prometerse a sí mismo acercarse al nuevo yo que es hoy y que todavía −dice− no conoce bien. Para ello también ha escrito un libro, Le lambeau, en cuyas páginas, según cuenta el periodista del que he tomado la información, Borja Hermoso, se desgrana un duro pero vibrante relato de azares, desgracias, consecuencias, reflexiones y aprendizajes.
Pero lo que la mente de Lançon va destilando acerca del hecho trágico es tan digno y, me atrevería a decir, tan doctrinario que no me resisto a reflejar algunos de sus pensamientos. Declara: «Pienso que quienes nos atacaron eran pobre gente y en sus cabezas vacías entraron monstruos activados por terceros que sí eran conscientes del mal. No siento odio por los hermanos Kouachi, aunque no acierte a explicarme su acción. Cambiaron mi existencia, todo ha sido muy duro, pero no he pensado en el suicidio y no me considero un héroe, soy hijo y forja de las circunstancias.»
Cae el domingo, y de la ebriedad del fisgoneo tonto en la realidad virtual he pasado a un estado de satisfacción moral: el que me proporciona haber acompañado a estos dos titanes a recobrar su identidad escuchando sus historias con sumo interés. Ahora me queda leer sus libros, es lo menos que puedo hacer.

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Un hombre, llamémoslo H1, (también podría ser una mujer) con dos hijos de veinte y largos años, es propietario de dos pisos en alquiler a los que ha puesto un precio acorde a la subida especulativa del momento. Sus hijos tienen pareja, han terminado estudios y, al igual que muchos de su generación, se hallan sin trabajo o con una ocupación irregular y mal pagada. Prolongan su formación como remedio a su falta de perspectiva laboral. Otro hombre, H2, con dos hijos, tiene una empresa mediana con una docena de trabajadores, quienes se quejan de las condiciones precarias de su empleo. Uno de sus vástagos está empleado en su empresa, el otro sigue estudiando. Los hijos de H1 buscan desesperadamente trabajo estable, los de H2 buscan desesperadamente piso de alquiler.

H1 se queja de la falta de oportunidades de empleo para sus hijos. H2 pone el grito en el cielo ante la irrupción del alquiler vacacional, que ha pervertido el mercado del arrendamiento y ha frenado toda posibilidad de independencia para sus hijos. Y ellos, H1 y H2, tienen todo el derecho del mundo a denunciar esta injusticia porque son la encarnación del progreso, los portadores de la palanca que mueve el mundo: el beneficio.

Llegan las elecciones y salen del baúl de las consignas las soflamas más ardientes. P1, político de una opción determinada, proclama el fin del empleo precario y la extensión de la ocupación justamente retribuida para todos los jóvenes. P2, candidato de otra opción, martillea sobre la injusticia de los alquileres abusivos y anuncia carretones de ordenanzas para hacer accesible a todos, especialmente a las parejas de jóvenes, el alquiler de una vivienda.

H1 vota a P1; H2, a P2. Los hijos de ambos no votan. Sus padres les reprochan la desidia, porque votar es una responsabilidad si realmente se quiere que las cosas cambien.

Un día alguno de los hijos de H1 conoce a alguno de los hijos de H2 y terminan contándose su estado, las expectativas, el silencioso y continuado latigazo de la inestabilidad. Cuando ya tienen más confianza y se han vaciado sus miserias respectivas se percatan de que hay algo de sus padres que empaña el horizonte y no se disipa con el voto a los políticos, hay algo insano en el beneficio que los está arrastrando a ellos, a los hijos, a vivir en la burbuja de un orden confortable.

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Al final, desgraciadamente, las noticias terminan engrosando la larga lista de productos destinados a usar y tirar. Digo desgraciadamente porque casi todas giran en torno a la condición humana. Los delitos, las curiosidades, el chismorreo, las depravaciones, los éxitos, todo pasa por esa enorme trituradora del consumo que las convierte en breves destellos que se apagan inmediatamente en la memoria o, en el mejor (o peor) de los casos, flotan en ella para renacer en forma de prejuicio o de visión simplona de lo que siempre es complejo.

Como lectores comprometidos nos compete rescatar aquellas otras noticias que no tienen ese marchamo de información-cleenex y que se producen con vocación de permanencia en los anales del progreso, de la denuncia, de la rebelión o de la crítica edificante. Muchas de las noticias de este tipo caen en la misma trituradora y trasladan a sus protagonistas a un límbico anonimato que, entre otras cosas, termina tragándose su poderosa contribución al bienestar del ser humano.

Alargo este preámbulo como alfombra roja para un hecho del que se hizo eco la prensa canaria hace unos días y que justifica todo elogio bien ponderado. El titular era concretamente «El Perpetuo Socorro, pionero en una intervención de pseudoartrosis». Destacaba la noticia el carácter novedoso de la técnica quirúrgica empleada, que sitúa al centro sanitario a la vanguardia del tratamiento biológico de las roturas óseas. Todo lo que hemos oído respecto a los avances en el uso, milagroso para los profanos, de las células madre para la regeneración de tejidos y órganos se hace presente en un hospital de nuestras islas. Al frente del equipo impulsor de esta técnica se halla el doctor Nogales.

Conozco desde hace mucho tiempo a Juan José Nogales y doy fe de que esto que aparece como una burbuja en el titular de un periódico es el fruto de un trabajo de muchos años, de una curiosidad científica comprometida y una búsqueda incansable de nuevas formas de intervenir en el campo de la Traumatología. Lo he conocido recorriendo mundos y persiguiendo la hebra por donde tirar para su estudio y sus innovadoras experimentaciones. Cada vez que me lo encuentro me actualiza el estado de los tratamientos y pone en mi conocimiento alguna buena nueva sobre la esperable recuperación de mis maltrechas rodillas.

En más de una ocasión hemos comentado que es detrás de las rótulas, donde la edad y la artrosis comparten festín acabando con los últimos restos de nuestros cartílagos (los suyos y los míos), el lugar preferente en que su genialidad médica tiene el mejor de los territorios para valorar el prodigio de sus pesquisas.

Como médico, el doctor Nogales se ha ganado un prestigio a base de activar sus receptáculos como investigador, pendiente de todo lo que se hace en el mundo en su terreno, poniendo su capacidad de observación y su sobresaliente intuición al servicio de una ciencia con la que todos los artrósicos del mundo nunca dejaremos de estar en deuda.

Esta sí que es una noticia de enjundia, una noticia que merece tronío mediático, como muchas que anuncian que hay una conspiración benevolente para mejorar el bienestar de los seres humanos.

El doctor Nogales habrá tenido su merecido reconocimiento en los círculos médicos pero yo necesitaba auparlo con el altavoz de un afecto diferente. Es que es mi amigo.

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Un mundial de fútbol es una chistera de donde pueden salir cientos de historias que sacan a la luz comportamientos ejemplares de la diversidad que caracteriza a la condición humana en este planeta. Durante unos días parece aflorar la experiencia del Aleph de Borges, ese punto que contiene todos los puntos del universo, y nos convertimos en observadores cenitales de lo que ocurre en los rincones más extraviados.

Una de esas historias es la que protagonizan en una ciudad de Brasil, sancta sanctorum del deporte rey y, por ende, propenso a las excentricidades más llamativas, los integrantes de una familia forofa y patriótica hasta las cachas. Juega la selección carioca contra Costa Rica. Los brasileiros transmiten impotencia, arrastrada desde el empate contra Suiza. Se está terminando el encuentro y son incapaces de marcar un gol a los centroamericanos. De pronto en la familia de marras, la abuela Clarice, que va de un lado a otro del salón barriendo la impaciencia de los suyos a punto de destriparse por culpa de la ausencia de gol, coloca bajo el televisor donde los ojos se concentran histéricos una vela encendida. Lo hace con veneración de culto. Y antes de que pase un minuto, sin tiempo apenas para el primer chisporroteo del cirio, Coutinho marca un gol de bandera. El salón explota, ocurre un polvorín de alaridos y desmanes, y la abuela Clarice es cogida como una Virgen recién aparecida y llevada en volandas por todo el cuarto. Ella también grita y se convulsiona haciendo aspavientos con brazos y piernas.

De todo esto hay constancia por un vídeo que recoge la secuencia íntegra del episodio, incluida la desesperación previa a la elevación de la abuela a los altares.

El barrio todo se entera, la ciudad toda se entera, Rusia toda se entera. Ni el gato que despacha vaticinios a cambio de albóndigas de lata, ni el pulpo de Sudáfrica, aquí la auténtica augur es la abuela Clarice. Así queda consagrada. Ella es la que debe ser objeto de alabanza y a ella se entregan las selecciones desde Rusia. Pero cuán equivocados están todos, qué ingenuidad de creyentes por no saber interpretar la epifanía en casa de Clarice.

Cuentan los mentideros que la selección alemana, tan orgullosa y altiva por ser cuna del pensamiento más sólido de Occidente, preocupada por la trayectoria que llevaban en la fase de clasificación, pidió que el embajador teutón en Brasil se personara en casa de Clarice para que esta colocara una o dos o diez velas si hicieran falta ante el televisor durante el partido contra Corea del Sur. ¡Cuánta desgracia! ¡Cuánta filosofía almacenada en los anales de Alemania para luego errar en la más elemental invocación! ¡Qué humillación sobre la humillación de ser eliminados por unos modestos coreanos que solo peleaban por su dignidad!

La auténtica veneranda no era Clarice. Se equivocaron los sabios alemanes. Clarice es de carne mortal y solo actuó por un impulso individual porque ella era más hincha que los suyos. Su reacción solo fue el recurso a la Providencia cuando ya flaqueaban las piernas terrenales de los cariocas. El verdadero taumaturgo al que se le debieron elevar todas las oraciones fue el portador o portadora del móvil que grabó el episodio completo. Con qué poder adivinatorio esta divinidad oculta a los ojos del ser humano había presentido todo y había enchufado su dispositivo para inmortalizar el acontecimiento. Ese dios impasible con el móvil en ristre que iba recogiendo la algarabía sin implicarse en ella, sin hacerse mortal como los fanáticos terrenales. Esa es la naturaleza del Absoluto: ser invisible a los ojos humanos, darnos muestra de su omnipresencia, presentir el destino y postularse para cambiarlo.

Algún día sabrán los alemanes que no hubiera existido el Mesías sin los evangelistas que dieron testimonio de su presencia. Mientras tanto, nosotros, devotos de Santiago y cierra España, entonamos nuestra oración verdadera:

Oh, dios de la sombra, oh creador del youtube.com/watch?v=-f5dWxy6 , conduce con mano diligente mi mano y mi móvil para estar allí cuando triunfe mi país.

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Desde hace casi veinte años vengo persiguiendo a un vecino de Tacoronte. No se asusten. Solo pretendo convertirlo en personaje de una historia. Y este vecino del que les hablo tuvo, desde que lo vi por primera vez, todos los boletos para participar en un relato de sugerente calado literario. Lo veo sentado en el mismo escalón, junto a un stop donde debo detenerme antes de tomar la carretera general. La misma pose desgarbada, un cigarro encendido entre sus dedos (nunca se lo he visto en la boca) y la misma rebeca que llegó a ser de color vino y de la que no se desprende así arrecie la canícula. Calvo pero sin perder testimonio de lo que fue un cabello espeso ahora reducido al anillo capilar de un fraile. Su mirada siempre me ha parecido triste y nunca ha rehuido la mía. Levanta la mano cuando me detengo pero no descompone el dibujo de su rostro. Delgado, muy delgado, moreno, muy moreno.

Pasan largas temporadas en que desaparece. Me entra cierta congoja, entonces, adivinando su sombra sedente en el escalón, y a veces, en un acto reflejo, levanto el cuello para saludarlo. Sucede que en su ausencia siempre especulo con que su aspecto de desahucio era la antesala de una enfermedad, o un vicio, o una vida desgraciada que lo ha hecho desaparecer. Pero resucita. Cuando ya lo he sepultado y le he llevado crisantemos de aire a su memoria, reaparece por alguna calle de mi barrio y vuelvo a verlo más tarde apostado en el escalón, en la misma condición de aparente indigencia. Llevo enterrándolo hace como diez años.

Este vecino encierra un misterio del que se desflecan miles de hebras para convertirlo en personaje de cuento. Y sin embargo no me sale ninguno y ya no creo que me salga. Y no importa, me conformo con verlo vivo y me congratulo de ser testigo de la resurrección feliz de alguien que, según mis cavilaciones, se agarra a la vida con perseverancia sobrenatural.

Pero he aquí que estos días le he dado una vuelta al calcetín y he cambiado radicalmente la perspectiva que me ha inclinado a verlo desde hace tanto tiempo como sujeto de mi imaginación. Creo que lo que ha ocurrido en realidad es que ese hombre de aspecto poco agraciado, que se sienta en el escalón junto al que transito, me ha estado observando todos estos años. Que soy yo quien le resulta un personaje de carne y hueso que se lleva a su soledad para jugar con él y otorgarle un pasado y un presente que a lo mejor tiene más interés que el rutinario decurso de los días en que debo circular con el coche y pararme junto a él en el stop de marras.

Es la cabeza territorio para la libertad, decía don Quijote. Y vaya que sí, la mente es un vasto continente que permite cualquier rumbo aunque el cuerpo esté detenido en la más pedestre cotidianidad. Amable lector, amable lectora, te invito a que te deleites con este ejercicio, porque supone una lección de humildad y de vacuna contra la prepotencia y el narcisismo. Te aseguro que ahora me encuentro mejor sabiendo que soy observado por mi vecino, y me intriga el relato que pueda componer con su material de observación. De hecho he colocado un cartel en mi frente para reforzar la pesquisa. Dice: Me buscan.

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Nos siguen conmoviendo los crímenes. Eso sí, a la manera del consumo volatilizable que tienen hoy las noticias: leer, estremecerse y pasar página. Pero por fortuna todavía se nos agita el ánimo, máxime cuando aparece una variante que retuerce el canon del crimen que bien podría reducirse al binomio arranque de ira y consumación. Es lo que me ha sucedido con la muerte de una mujer muy cerca de aquí, en La Matula, un barrio de la capital grancanaria.

Junto al evidente sobresalto por las circunstancias (todo indica que el presunto asesino la apuñaló, luego le puso un pijama limpio y por fin abrió el gas para causar un incendio que borrara las huellas e indujera a pensar en accidente), el hecho de que el individuo sufriera quemaduras en gran parte de su cuerpo y quedara en estado muy grave ha despertado mis inquietudes indagatorias, que no han de resolverse más que en la soledad de mis divagaciones.

Y la primera inquietud, que no es la más importante, desde luego, arranca cuando pienso en el destino de este individuo, alrededor del cual se ha movilizado un dispositivo de trabajadores sanitarios para salvarlo. Y ahí está la palabra que me araña, la que me perturba: la salvación. Todos los servicios médicos, cumpliendo con su vigorosa deontología, se conjuran para agarrar la vida del paciente y que no se vaya por el sumidero de la presunta desgracia.

Pero ¿cuál es la presunta desgracia? Mi pensamiento coge algunas décimas de fiebre cuando imagino a todo ese personal al unísono refrescando la piel ulcerada del individuo, tomándole las vías, dándole oxígeno, reanimando su corazón maltrecho, mientras debajo de todo el chamusco la palabra salvación naufraga frente al apocalipsis que se le avecina. ¿De qué lo salvarán? ¿De perecer consumido por el fuego del infierno? No hay otro camino, deben salvarlo, es el deber que enaltece la dignidad humana.

Y luego vendrá su recuperación, con el cuerpo lisiado y el recuerdo eterno de las ampollas fosilizadas. Y luego vendrá el careo frente a sus hijos. Y luego vendrá el juicio que obrará la magia de la reposición de la memoria. Y luego vendrá la cárcel para ensanchar el tiempo del arrepentimiento, o de la reafirmación, o de la locura.

El presunto asesino estará en buenas manos y gracias a la acción de tantos y tantas, entre los que se contarán los contribuyentes que financian la sanidad pública, se habrá salvado de la presunta desgracia.

Sigo teniendo fiebre en el pensamiento pero no me impide seguir concibiendo que a pesar de los laberintos de la maldad defender la vida sigue siendo un lema irrenunciable.

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