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No sé si les ha pasado, pero hay veces en que me dan ataques de nostalgia de futuro, cuando mi nombre sea solo un recuerdo que se irá consumiendo de sepia y olvido, y mis tataranietos hallen entretenimiento en observar la foto de su tatarabuelo vestido a la moda obsoleta de la época en que los móviles se llevaban en la mano. Es una nostalgia que se nutre de lo que significan hoy mis tatarabuelos, absolutamente desconocidos para mí y sin más señales de su existencia que la pervivencia de una vida encerrada en un apellido conservado en el registro civil.
Preocupado por sobrevivir sin historial en la memoria de mis tataranietos, de pervivir solo en la formalidad digital de un apellido, y teniéndome a mí mismo como ejemplo de falta de iniciativa para reconstruir las huellas que dejaron mis antecesores genéticos, me he propuesto facilitarles una documentación cargada de datos que les faciliten sus pesquisas genealógicas, en el caso de que, a diferencia de lo que he hecho yo, se dispongan a descubrir cómo se las gastaba su tatarabuelo. Abuelo-02.jpg
Así que voy a proporcionarles la información básica para que no tengan que ir espigando aquí y allá los rasgos que componían la identidad de su pariente lejano, cuya foto no basta para revelar la verdad de su existencia (o sí, vaya usted a saber en esos tiempos avanzados qué operaciones se podrán realizar con los anticuados selfies).
¿Por dónde empezar? Por aquí mismo: el que suscribe se declara aficionado a partes iguales de la UD Las Palmas y el CD Tenerife (que averigüen mis tataranietos si se trataba de una rara avis), vota a la izquierda (vaya, pensándolo bien es tal la investigación que tendrán que hacer de lo que era la noción de progresía que no sé yo si...), se adhiere a las causas justas de los desfavorecidos (zas, y con un AUDI A4 que no caminaba mucho pero fardaba), tiene un sentimiento religioso inconcreto (¡viva la precisión!), le gustan los musicales empalagosos y la lentitud exasperante del cine oriental (el haz y el envés), entiende toda la pluralidad de formas de identidad sexual (mira el tatarabuelo, qué cool, y todos creyendo que su heterosexualidad era oficial), es apasionado de la literatura (pero ¿cuál?, había tanto escrito en su época, hay tanto gusto, tanto canon, tanta moda), es devoto del arte (¿cómo te podían gustar a un tiempo Caravaggio, Hopper y Rothko?) es feligrés de Billie Holiday (¿quién?), cree en la igualdad pero ve la cosa complicada (eso y nada era lo mismo, abuelo), le duele la manipulación y el pensamiento simplista (eras intolerante, abuelo, no entendías que la gente tenía otras urgencias que la de andar pensando), etc.
Y cuando llevo un rato con mi lista de señas de identidad me doy cuenta de que con esta información poco ejercicio de revelación histórica voy a proporcionarles, porque lo ambiguo se come la singularidad con que pretendo presentarme ante mis tataranietos y lo que va resultando es un retrato robot anodino de un habitante común de finales del XX y principios del XXI.
Así que resuelvo confesarles mi intimidad objetiva e indiscutible, y les dejo dicho lo siguiente:
Soy de ADESLAS, de MOVISTAR, de APPLE, de GMAIL, de MUTUA TINERFEÑA y de ENDESA. Ahora sí, me quedo más tranquilo.

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Conocí a una pareja de amigos que me contaron que su hijo pequeño era un torbellino, que ellos no tenían forma de atemperarlo cuando estaba en ebullición y que les producía un agotamiento desesperante. Pero quiso la fortuna que cierto día se produjera el milagro. De repente los ruidos de su paso huracanado por las habitaciones y los pasillos cesaron y a ellos les sobresaltó el silencio drástico. Por esa corazonada parental que lo lleva todo al abismo, creyeron que algo malo le había ocurrido al niño y lo llamaron sin recibir respuesta. Buscaron con desasosiego por todos los rincones hasta que lo encontraron en el lugar más inesperado: el niño se hallaba frente a la lavadora de ojo de buey absolutamente inmóvil y abducido por el movimiento giratorio del aparato. Sus ojillos agitados eran mecidos por la batida de las prendas que se revolvían en feliz ceremonia higiénica. Incluso nos llegaron a contar sus padres que en algunos momentos la cabecita del niño hacía por imitar el giro alucinógeno del tambor.lavadora.jpg
Ni que decir tiene que se extendió como costumbre en aquella casa la de llevar al niño ante la lavadora cuando arreciaba el huracán de sus travesuras.
He pensado estos días en ese niño. Me sedujo su entrega inexplicable a un movimiento giratorio que sacude de un lado a otro prendas de todo tipo y de todo color. Me figuraba que su hipnosis provenía del revoltijo, de la mezcla abigarrada de piezas sometidas a una sacudida a cuya finalidad el niño era completamente ajeno. Poco le importaba a él que la ropa saliera limpia. Al niño le fascinaba la agitación que veía tras los cristales del ojo de buey, que en realidad era su propia agitación transferida a la máquina. O sea que la máquina oficiaba por él lo que su instinto incubaba cada día por los pasillos de su casa. La máquina le había secuestrado su capacidad de alborotarse, de seguir su patrón de conducta libre aunque desmadrada.
Y me he acordado del niño porque en esos delirios que generan en mi cabeza los acontecimientos recientes me ha dado por cambiar la lavadora por una urna electoral (el parecido es asombroso) y me ha sobrecogido el pensar que el centrifugado de piezas como ideas o consignas obnubila el libre albedrío, y la capacidad de decidir queda a merced del movimiento giratorio. Urna.jpg
Hay mucha ropa que lavar, y alguna habrá que lavarla a mano porque algunas manchas se resisten. Preocupa, pues, que la higiene prevalezca por encima de todo y que la ropa huela bien, aunque sea ropa vieja y usada, con tal de que cumpla su función de indumentaria. Y luego, si hay quien quiera dejarse hipnotizar por el giro alocado de las prendas, como el hijo de mis amigos, pues que lo haga. Quién sabe si no es un relajante por descubrir.

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Durante un curso escolar, en el centro en el que trabajaba se produjo una controversia que, pasado el tiempo, me ha hecho pensar en la importancia del status desde el que se emiten las opiniones. Discutíamos sobre la posibilidad de eliminar un programa para alumnado de riesgo por las consecuencias que tenía su conducta displicente en el funcionamiento del centro. El foro en que tenía lugar tal discusión se dividió apenas se formuló el debate: los profesores que impartían docencia en tal programa defendían su continuidad y los que daban clase en los cursos ordinarios ponían en duda su pertinencia. Independientemente de las razones esgrimidas, había de fondo una aspiración a conservar la plaza por parte de los primeros que ensombrecía toda posibilidad de valorar las condiciones objetivas que se buscaban con la discusión. Dicho de otra forma, si desaparecía el programa disminuían las plazas de los docentes al cargo de dicho programa, y al mismo tiempo los otros profesores (cuyas plazas no estaban en peligro) aliviaban la tensión que producía la presencia del alumnado de riesgo.
Yo estaba en el lado de estos últimos, por tanto opinaba desde mi pupitre con mi plaza a salvo.
Hace poco hemos asistido a la polémica desatada por la venta de armas a Arabia Saudí. Los trabajadores de la fábrica de armamento Navantia reaccionan contra quienes pretenden rescindir el contrato con el país saudí porque peligran sus puestos de trabajo, el sustento de sus familias, y se ensombrece el futuro laboral que ya es de por sí desesperante en Andalucía. Todo ello mientras las voces de las ONG y de toda la corriente pacifista que habita en nuestro país clama por la brutalidad de las actuaciones bélicas de los árabes. Un trabajador de Navantia afirma: «Cuando lo que está en juego es que tu familia no coma, ya no hay dilema moral. Lo primero es tener un trabajo.»
Yo asisto a la discusión desde la silla donde me siento para iniciar el almuerzo, frente al televisor. Y opino.4732537.jpeg
Los críticos de cine o de literatura, pongamos que son avezados intelectuales que tienen muchas horas de metraje visto o de textos leídos y afilan su pluma para emitir un juicio sobre una película o un libro. Lo hacen desde su soledad ilustrada, con la leve servidumbre de su compromiso con una revista y el nulo riesgo de inestabilidad en su oficio. Y su efecto puede dar al traste con un trabajo (el de los artistas) que ha implicado un esfuerzo extraordinario de creación, corrección, perseverancia, además de la superación de decenas de obstáculos para producir una obra con solvencia.quieres ser critico.gif
Todos, el profesorado que ve inconvenientes en el alumnado de riesgo, los pacifistas, los críticos de cine y de literatura, tienen absoluto derecho a emitir libremente sus opiniones. Pero el hecho de que lo que se pone en juego con esas opiniones sea tan desequilibrado respecto a sus oponentes me hace dudar. No tanto sobre la legitimidad de lo que se opina, por supuesto, sino sobre la contribución a proporcionar a la discusión una visión compleja de las cosas que preste oídos a la legitimidad de los otros. Se puede ser radical y taxativo, pero a mí se me queda un regusto amargo cuando caigo en la cuenta de que con ciertas formulaciones yo arriesgo menos que los afectados por un sistema social o económico intrínsecamente perverso. No es cuestión de justicia, tiene más que ver con la sensibilidad.

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Una sociedad funciona de forma anómala si la sospecha le toma la delantera a la confianza. Y en la actualidad esa parece ser la norma, la extensión de la sospecha como actitud preferente ante los demás.
No cabe duda de que la confianza es la argamasa de las relaciones con los allegados. No solo nos acerca sino que posibilita el fortalecimiento de nuestro tejido social. Confiar permite conquistar espacios para ejercer la libertad en mejores condiciones. Cuando uno confía, el pensamiento va más ligero y se emplea en lo fundamental, sin abrir los sensores del recelo para detenerse a hurgar en la trastienda de las ideas.martin-luther-king.jpg
Esto, que sería modélico para las relaciones cercanas, es lo que uno desearía para la sociedad en su conjunto. Al confiar en otros se compartiría la responsabilidad, sin delegarla, solo depositando una parte de esa responsabilidad por un tiempo, pero sin descuidar la obligación de implicarse en la construcción del tejido social general.
Pero ¿cómo contribuir a mejorar la confianza? No hay recetas, aunque sí aproximaciones que tienden a ello. Una de las posibilidades que históricamente ha contribuido a generar confianza es la presencia de referentes éticos, personalidades que con su conducta y con su pensamiento han conseguido una adhesión edificante a una causa justa o al bienestar general. Uno nombra a Martin Luther King o a Gandhi y de inmediato cristaliza una imagen de venerable portador de virtudes cívicas, de hondo pensador sobre las cualidades humanas que conducen a la honestidad o de líder facultado para iluminar una forma de solucionar la falta de ética. Por su circunstancia histórica y por su dotación para el compromiso con el ser humano de su tiempo, estos individuos se erigen en referentes útiles para proporcionar musculatura a la confianza.
Sabemos que mirar en la dirección de mujeres y hombres que en mayor o menor escala pueden desprender esa cualidad de referentes éticos tiene un efecto social sanador. Puede que solo mantengamos hacia ellos o ellas una actitud de admiración, que solo nos detengamos a recrearnos en su peripecia heroica y no se produzca el valioso acto de imitación esperable, pero al menos son un recordatorio de que la honradez no es un sueño imposible. 220px-José_Mujica2.jpg
En estos tiempos creo que necesitamos referentes éticos. Estamos demasiado acosados por etiquetas o clichés de individuos que, voluntaria o involuntariamente, ocupan el primer plano de los acontecimientos. Cae sobre ellos una marca que nos induce a verlos bajo el prisma de la sospecha. El propio paisaje político creado por el tipo de democracia de la que nos hemos provisto, cargado de publicidad y ficción mediática, nos predispone a entretenernos con fruslerías pasajeras tomadas de su vida pública y nos embarra en un lodo de críticas inútiles e indignaciones de salón de las que nadie parece salir bien parado. Buscamos entonces en algún sitio más descontaminado (José Mújica, Eduardo Galeano, José Luis Sampedro) un pensamiento y una conducta que provean de higiene ética este carnaval de acusaciones y que abunden en la regeneración de la confianza.
Y en eso estoy.

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Estoy preocupado. No, en realidad estoy obsesionado. Las escuchas de Villarejo me tienen los sensores armados hasta los dientes. Me sobresaltan las llamadas telefónicas y desde hace unas semanas no hago más que recordar todas las conversaciones que he mantenido con mis afines y amigos, para descartar que no he revelado ningún secreto que pueda comprometer mi dignidad o que ponga en peligro grave mi condición de ser libre y sensato. Restauro una a una las frases que he podido volcar en este dispositivo, que ahora miro con el desdén con el que se desprecia a un chivato, y comienzo a temblar con la suposición de que lo que ha salido de mi boca en sentido literal haya podido llegar hasta Villarejo's center en forma de mensajes encriptados.
Porque, debo admitirlo, a los oídos magnetofónicos de Villarejo les consta que escribo literatura (o eso es lo que yo me creo) y que no sería nada extraño, por tanto, que empleara el arsenal alegórico para transmitir inquietantes enigmas con fines perversos.
Me viene a la cabeza que hace poco estuve conversando con mi amigo XL (entienden la máscara, ¿no?, es que mi preocupación es seria). Hablé con él de gastronomía, o al menos esa fue mi intención, pero ahora repaso lo que le dije y dudo de que Villarejo lo haya descartado como información de alto contenido conspiranoico. Espigando las frases de aquella conversación recuerdo que le dije, entre otras, que asustara al pulpo, que trinchara el pollo, que le hiciera una incisión superficial a la carne y que yo cortaba el bacalao. ¿Habrá clarividencia mayor para un hombre astuto como Villarejo para deducir que se halla ante los prolegómenos de un acto criminal de tintes sanguinarios?
Otro día se me ocurrió decirle al propio XL, en nuestra devoción sagrada por la cocina, que la salsa estaba para mojar pan. Aparentemente inocente. Pero luego restalló el latigazo de la memoria y recordé que lo había dicho después de haber hecho, muy al principio de la conversación, un comentario inapropiado sobre una amiga común. ¿Y si Villarejo tartamudea en sus escuchas porque va a por un bocadillo y vuelve, y oye frases sueltas que le vienen de perlas para manipular su grabación comprometedora? ¿No tengo que estar acongojado pensando que mi voz rijosa y machista correrá al galope por las redes sociales y tendré a la puerta de mi casa una centuria de feministas que un día creyeron en mi honrosa apuesta por la igualdad de géneros para vengarse de mi traición? ¿No debo temer por la estabilidad de mi pareja?
Y en fin, como también soy ciudadano responsable, comparto con algunos amigos mi visión de la cosa política, y de eso Villarejo tendrá testimonios innumerables en sus diabólicos archivos. Pero juro por lo más divino y por lo más humano que aquel día yo hablaba de religión y literatura, que estaba absolutamente ajeno a la fauna política. Y sin embargo, repaso mi conversación con HP (ni es impresora, ni es tan despreciable, es solo una clave para que él recuerde conmigo) y en ella encuentro expresiones que habrán sacado hasta la última baba maliciosa del espía. Porque le decía a HP que La perfecta casada, dejaba entrever la incontenible tentación de la Iglesia de decirle a las mujeres cuál era su papel en la familia. Pero ¿de qué me vale ahora justificar que no me refería al presidente del PP, ni que esas mujeres fueran una insinuación de Soraya y María Dolores?
Y hablamos ese día también de Machado, y HP y yo hicimos un alarde de memoria y declamamos sus versos. Salieron a colación los álamos de la ribera sorianos y yo le dije que era ribera con b, porque rivera con v es tan solo un riachuelo sin mucho empuje. Y HP se ofendió, porque sobraba el comentario, porque todo el mundo lo sabía. Pero, señor Villarejo, hablaba del río, por mi santa madre que en gloria esté. Sin embargo, sé a ciencia cierta que por mi comentario nunca seré un ciudadano ejemplar.
Y por fin, no sé por qué salió, no sé a qué vino. Solo sé que quedó inmortalizada en el frontispicio de nuestros oídos, y en los de Villarejo, claro. Terminé la conversación con HP con la sentencia bíblica: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Que Dios me coja confesado.

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Cuando Edward Hopper pintó el cuadro Los noctámbulos, no tenía intención de reflejar en él la soledad del ser humano. Lo declaró él mismo a una galerista que logró sonsacarle la respuesta en una de las escasas entrevistas que concedió el pintor. Sin embargo, Los noctámbulos se ha convertido en el paradigma artístico de la soledad del individuo en el contexto de la gran ciudad que se consolida a partir de la Segunda Guerra Mundial. Como espectador de ese cuadro, sigo y seguiré viendo una representación de la soledad porque no sé interpretar de otro modo la presencia de esas figuras humanas en una cafetería que a través de una enorme cristalera enseñan las costuras de su incomunicación y su aislamiento.
He pensado en Hopper cuando he visto u oído los testimonios de dos individuos que han ocupado la primera plana de las noticias en los últimos días. Uno es el de un ciudadano vasco que una mañana toma la decisión de colaborar con la policía para acabar con ETA infiltrándose en las tripas de la organización terrorista. Su decisión, solo motivada por las ganas de causar el bien y salvar vidas humanas, le reportó un sinfín de problemas que fue sorteando con la pericia que le daba la intuición, pues no tenía experiencia militar. Llegó a lo más alto e incluso ETA lo ordenó matar. Gracias a su colaboración se desarticularon comandos y se salvaron vidas humanas. Cuenta en su declaración a la cadena SER que se halló inmerso en una soledad de vértigo cuando tuvo que pasar a Francia porque ya estaba fichado por la policía. Allí tuvo que soportar la presión de su condición de topo, siempre a punto de ser descubierto, y la de la persecución de la justicia española que ya había emitido la orden de busca y captura por pertenencia a banda armada. Mientras habla con voz distorsionada para ocultarse, explora en su patrimonio verbal las palabras adecuadas para reflejar el abismo que le supone esa exposición a la nada, al peligro, a la incertidumbre, sin posibilidad de comunicarse o de ser ayudado. Está solo, aislado, cercado por un pensamiento que no le augura nada bueno. Y yo lo oigo con estupefacción de ciudadano común frente a un héroe.
El otro individuo relevante mediáticamente es Rodrigo Rato. Lo veo llegar a los aledaños de la prisión de Soto del Real, con la cabeza gacha, esa cabeza que fue un día soberbia y sobresaliente, empujando su equipaje y teniendo tiempo tan solo para levantar la cara ante los periodistas y manifestar su arrepentimiento. Luego su figura se pierde en los portales de la cárcel, y lo que sucede a partir de ese momento lo pone mi sensibilidad y mi facultad para imaginar. Lo veo salvando en silencio los trámites del ingreso hasta llegar al habitáculo frío de la celda y mirar y remirar los rasgos desconocidos del atrezo que va a componer el hábitat de su soledad durante un largo tiempo. Y cuando ya está liquidado el tiempo del examen, me lo figuro tratando de embridar su pensamiento que se le rebosa de su cráneo chorreándole contrición, resentimiento o pesadumbre, mucha pesadumbre.
Me acuerdo de Hopper porque me gustaría saber cómo hubiera metabolizado él la experiencia de estos dos individuos y cuál hubiera sido el cuadro resultante. A lo mejor no le hubiera interesado, o a lo mejor sí, porque él era un hombre solitario y debía de absorber con ese filtro lo que sucedía a su alrededor. En otra ocasión declaró: «Yo me pronuncio con mis cuadros. Creo que nunca he intentado pintar el ambiente del país. Intento pintarme a mí mismo».

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He intentado durante estos días componer un articuento, como lo llama Millás. En él aparecía un personaje a quien puse de nombre Primitivo Menestral, al que atribuí como rasgos más relevantes su soledad, su enajenante afición lectora y su maña innata para la manufactura doméstica. El tal Primitivo se había visto atrapado por un estado de delirio después de conocer los prodigios de la impresión en 3D que un ingeniero, una bióloga y un médico habían expuesto en un programa de Iñaki Gabilondo. De las palabras de estos expertos habían salido prótesis que corregían corazones desperfectos, artilugios que reconstruían una osamenta maltrecha, órganos creados como por ensalmo a partir de unas cuantas células, piel humana elaborada como quien teje un paño con hilos, además de zapatos, tartas, cazuelas y todo perendengue que se le cruzara a un individuo por su mente fabril.

Imaginé a Primitivo fascinado por tales revoluciones de la tecnología y sometido a una conmoción suprema cuando al poco tiempo contempló en la televisión la construcción de una vivienda mediante una impresora gigantesca. Me lo figuré rebuscando en el mismo magín donde Mary Shelley había hurgado para concebir su criatura, y al fin lo encaminé a mezclar sueños, delirios y probaturas.

Después de comprar su artilugio, buscó en la red el diseño de las piezas del organismo y solicitó por la misma vía a distintos proveedores el suministro de polímeros y células que sirvieran de base para su bricolaje biológico.

Comenzó imprimiendo la osamenta; se cuidó de hacerla a prueba de fracturas, reforzándola con una dosis de calcio suplementario. Siguió con la musculatura, fibrosa pero sin excesos; no le atraía un fenómeno cachas. Elaboró una piel con una porción de melanina que le diera un bronceado que desdibujara su origen. A continuación, y con la cautela que le recomendaba el sentido común para evitar enfermedades degenerativas, imprimió todas y cada una de las entrañas del cuerpo, excepto el cerebro. El sonido de la impresora era como el frufrú sistemático de dos telas que a veces devenía en suave rasgadura. Embriagado por tan singular sonido, Primitivo Menestral tuvo la sensación de que ejercer de demiurgo tampoco era tan demencial.

Enseguida me di cuenta de que esta prevención contra las enfermedades que atribuí a Primitivo había nacido de mi temor a los terribles secretos que guarda mi organismo y lo único que confirmé en ese instante fue el poder exorcizante de la literatura.

Cuando en su ensoñación más excitante vio todos los órganos sobre la mesa de su taller, el hombre se estremeció anticipándose al éxtasis que le produciría el montaje definitivo de todas las piezas de su puzle maravilloso.

La primera decisión trascendente que hubo de tomar se le presentó al determinar el sexo de su criatura. No se complicó. Si durante siglos la humanidad se había dejado llevar por la metáfora del paraíso, algo bueno tendría que haber en ella. Además, de inclinarse por una mujer le hubieran sobrevenido fantasías sexuales y su experimento era cosa seria que se merecía algo más que el rango de una muñeca hinchable.

Llegado el momento de solicitar neuronas a los proveedores especializados en la impresión del cerebro, mi articuento se detiene. Y Primitivo Menestral desaparece diluido en una maraña de decisiones. ¿Qué tipo quiere (o quiero) que se levante de la mesa y emprenda una vida original junto a él? ¿Y qué vida? ¿Es compañía lo que busca? ¿Es diligencia y eficacia? ¿Es entretenimiento? ¿Es apéndice de su genio? ¿Es una posibilidad de resolverle su economía? ¿Amable, tierno, chispeante, ingenuo, hábil, sobrio? ¿Inteligente? ¿Qué inteligencia? ¿Y si sale amo en lugar de esclavo? ¿Y si hiena en lugar de oso panda? ¿Y si sale taciturno y me pide que lo escuche día y noche porque guarda en los genes de su memoria toneladas de miserias de la Humanidad que debe sacar afuera para no volverse loco? ¡Horror! Y en ese momento clausuro mi disparate y me vuelvo cuerdo y racional, y dejo a Primitivo en el taller de sus bricofantasías, en un limbo alejado de mí para que no me contamine con sus delirios.

Cuando pongo el punto final al articuento, aparece en un periódico digital la noticia sobre los avances del Human Virtual Project. Está muy próxima la posibilidad de crear un humano virtual a través de potentísimos cálculos informáticos. Entonces, desde algún lugar del limbo, comienzo a escuchar el frufrú que emite una impresora 3D, la suave rasgadura que me trastorna, y aguzo mi oído para ver si escucho a Primitivo hablando con alguien.

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Hay que reconocer que la religión tiene una musculatura de ritos más vigorosa que el paganismo. Si uno no estuviera obligado a creer en el simbolismo sagrado que preside los ritos religiosos, sin duda participaría más intensamente en la esfera de expansión emocional y mística que proponen dichos rituales. Y aun así, quedándose al margen de la devoción y la profesión de fe de quienes los protagonizan, se puede vivir la experiencia de la respiración puramente humana que subyace en cada rito aunque sea religioso.

Llevo diciendo desde hace tiempo que la secularización, con otros factores que han ido contribuyendo al incremento del individualismo en la sociedad occidental, ha contribuido a la mengua de los ritos cuando no a su desaparición. Y mantengo también que los necesitamos. Porque permiten la confluencia con desconocidos que comparten acto de presencia. Porque poseen un cauce de exaltación que conviene al espíritu domesticado por el sedentarismo ideológico. Porque encierran una dosis de júbilo inmotivado que aporta una ebriedad abstemia bastante saludable. Porque sirven de recordatorio de la condición vulnerable de nuestra vida. Porque desatascan de rutina tediosa las arterias que mantienen nuestro decurso cotidiano. Porque nos sumergen en un paisaje humano diferente y singular. Porque le ofrecen la posibilidad de la expiación o la gratitud a quien las necesite. Porque entretienen. Porque funcionan como señales de verificación de que estamos vivos. Porque enhebran hilos a los que se agarran las generaciones para garantizar su continuidad en la misma memoria familiar. Porque son bellos. Porque facilitan el necesario instante de enajenación (en la brevedad que se desee) en el que uno se desentiende de la tiranía de la funcionalidad. Porque enaltecen el valor de lo repetitivo.

Asistí por primera vez a la Bajada de la rama en Santa María de Guía. Desde hace 207 años una multitud de peregrinos baja desde Montaña Alta, concentrándose con otra en la montaña de Vergara para llegar caminando hasta la iglesia principal del pueblo. La peregrinación conmemora el tributo que rindieron a la Virgen los vecinos y vecinas de los altos de Guía que vieron cómo una terrible plaga de langostas acababa con sus cultivos y que a base de esfuerzo y diligencia lograron disipar las nubes de insectos devastadores. Puedo figurarme la conmoción producida, la tragedia arañándoles la piel. Y luego el imaginado fruto de sus plegarias: la mano divina que espantó a los insectos.

Tuvo que ser una experiencia impactante pasar de la devastación a la calma, un choque de dos estados: el ocasionado por el drama de la destrucción y el surgido tras la milagrosa llegada de la salvación. ¿Cómo no entender que esos cuerpos sacudidos por el desastre levanten la voz hacia donde les guían sus creencias para manifestar gratitud infinita? Todo menos permanecer impasible. Y es ese el terreno propicio para la promesa, para la expiación, para el tributo. Los vecinos y vecinas de los altos de Guía implantaron el rito de la Bajada de la rama porque les resultaba inconcebible que esa fortuna sobrevenida se muriera con ellos. Y se lo ofrecieron sin proponérselo a las generaciones posteriores.

De entre los que asisten cada año habrá quienes sigan mirando la imagen de la Virgen con la credulidad atemporal de su intervención salvadora y habrá quienes simplemente se sumen a la memoria que recuerda la tenacidad de unos hombres y mujeres que se sobrepusieron al hachazo de la naturaleza. En cualquier caso, todos participamos de una peregrinación en la que mancomunamos las principales virtudes del rito.

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Acabo de terminar el libro de Andrea Köhler, El tiempo regalado, y que lleva como subtítulo Un ensayo sobre la espera. Me atraía el tema y me había provisto de buenas referencias. Magnífico, es lo que puedo decir.

De elaborar un ensayo sobre la espera podría resultar un conjunto de apreciaciones que no pasarían de constatar la reproducción de patrones de conducta con el que nos sentiríamos de inmediato identificados. Todos esperamos, la espera es tediosa, angustiosa a veces, la espera es territorio para perder tiempo, es inevitable, paralizante. Esperar es la brida de la precipitación, puede ser fría, como la del observador paciente, o ardorosa como la del amante impaciente. Pero su autora, Andrea Köhler, logra trascender el retablo de manifestaciones de los seres humanos en actitud de espera y situar esta disposición en el centro de la historia del pensamiento.

Desde Freud, que ya consideraba la espera como «domesticación del instinto» hasta Beckett, que hizo de su «Esperando a Godot» un monumento al sentido de la existencia. Pensar sobre la espera y emparentarla con la pausa es rehacer la mirada sobre el tiempo, como hiciera Proust. Nos debemos al tiempo y le rendimos pleitesía en tanto no nos devore, y lo que la naturaleza falible nos pone en nuestras manos para no caer en sus garras es la morosidad y la quietud, aunque afuera, en el entorno que nos incumbe, sigan pasando cosas que nos creen la sensación de que nos estamos perdiendo mucho.

La autora extrae de la filosofía, la mitología y la literatura muestras de hondas incursiones en el sentido que el ser humano asocia a la espera. Heidegger, por ejemplo, revela su desesperación por la imposibilidad de acelerar el tiempo y convierte su experiencia angustiosa en columna vertebral de su pensamiento existencialista.

Pero Andrea Köhler repara también en el mundo del siglo XXI y se esmera por destripar lo que hay debajo de la necesidad de la prisa o del dolor incontrolado que genera la impaciencia: el monstruo en que se ha convertido el reloj, cuyas agujas no son sino las patas torpes de una tortuga que no entenderá jamás el placer de la inmediatez.

He leído con fruición el libro, y mientras lo hacía iba experimentando el entrenamiento gozoso de la demora. No tuve prisa, releí varias veces un mismo capítulo, hice pausas para anotar alguna frase, repetí interiormente un pensamiento, me reí de mi propia agitación puesta en evidencia en la lectura de algún fragmento (no quiero acabar sin citar a Dorothy Parker, citada a su vez por la autora: «Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú»).

Y no miré el reloj.

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Existen lenguajes universales. La música. Euterpe, la musa de agradable genio, se encargó de crear una gramática que atravesara fronteras. Cualquier individuo puede identificar una melodía y hacerla hablar en sus oídos, por ejemplo, para el deleite, para la ilustración o para evocar recuerdos. El arte. La creación artística moviliza el sentido del gusto y lo sitúa siempre en algún grado de su emoción estética. La danza, el deporte, el teatro de sombras, todos encierran un sistema de signos que no necesitan traducción para provocar un efecto inmediato en quienes los perciben.

Montado sobre la bicicleta estática de un gimnasio, dando a los pedales con más fuerza mental que física, contemplo el paisaje humano que se despliega ante mi vista y deduzco que hay un código común, una sintaxis de gestos, conductas, poses e intenciones que tampoco requieren una exégesis elevada para revelar su significado. Y todo en ausencia total de la palabra. Entonces ¿cuál es el texto que se genera en esos infiernillos del colesterol y la grasa?

En un gimnasio hablan los músculos, la orografía de fibras en el cuerpo de los eternos aspirantes a culturistas y sus bíceps embutidos como en una tripa transparente y a punto de reventar en cada levantada inverosímil de pesas y mancuernas. Hablan los gemidos agónicos de los tipos que llevan hasta el límite su fuerza ciclópea. Habla el rostro desbaratado por el agotamiento feliz tras alcanzar el número triunfal de abdominales. Hablan los chasquidos de los aparatos de tortura llamando con seductor flirteo a las articulaciones devotas del castigo. Habla el sudor, único fluido autorizado y acreditativo de la entrega patriótica al festín del gimnasio. Hablan las mallas y las camisetas de asillas ceñidas y con aspiración subcutánea. Hablan las zancadas y los pedaleos absurdos de quienes empujan sus huesos durante kilómetros de nada. Hablan las contorsiones, las flexiones, los desafíos convertidos en garabatos corporales. Hablan los resoplidos, los torbellinos de dióxido de carbono dándose codazos con el oxígeno en la nube densa del gimnasio.

Y hablan los espejos. La transmisión en directo y sin maquillaje de la verdad verdadera. Hay espejos que recogen el botín de tantas horas de sacrificio y lo devuelven repartido en las regiones del cuerpo donde despunta una hinchazón divina. Pero también hay espejos que un día tras otro aguantan la exhibición de quien se miente tensionando sus músculos para obtener un éxito efímero y luego regresarlos a la flacidez que les corresponde. Hay una memoria infinita de los espejos que retienen muchos momentos de vanidad y querencia propia, de gente que repasa una y otra vez el mapa completo de su figura e impreca contra el mundo porque nadie repara en la ausencia de grasas o en el relieve de su tableta abdominal. Y, por supuesto, hay espejos que no pueden evitarles a los pobres como yo la presencia de la sagrada curva, el almacén de los empachos y el sedentarismo que lucha por una utópica merma y se encuentra siempre con la abundancia de existencias.

En el silencio de palabras del gimnasio hay un idioma que nos uniforma a todos y anula toda extrañeza, permitiendo la convivencia intercultural de quienes persiguen esculpir en su cuerpo las sinuosidades de una escultura griega con quienes pretendemos escupir del nuestro todo el sobrante lípido que parece haber llegado para quedarse.

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