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Novedades en la categoría Música


María Dolores Pradera se marchó en mitad de una semana vertiginosa, y se ha dicho todo de ella, siempre bueno, pero tal vez no se ha incidido en el hecho de que su voz y su elegancia sirvieron de puente entre dos continentes que hablan la misma lengua, pero que antes de ella se conocían menos. Porque María Dolores Pradera es mucho más que un ramillete de canciones, por muy bellas que estas sean. En los años sesenta del siglo pasado, la relación de España con Hispanoamérica se sostenía en disparates supremacistas como "El Día de la Raza" o "La Madre Patria", y su colaboración con aquellos países -la mayor parte de ellos dictaduras o con democracias formales pero muy vigiladas por los grandes poderes económicos transnacionales- se basaba en un organismo que llamaban Instituto de Cultura Hispánica, pura retórica imperial sin más imperio que la verborrea alternante de la memoria de un tiempo ido y la inútil reivindicación de Gibraltar. La música de aquel continente que cantaba en español se reducía a las rancheras que venía de la época dorada de los charros mexicanos y algún joropo venezolano que se colaba por el flujo de la emigración. Así que la cosa quedaba entre Allá en el rancho grande y los boleros de Los Panchos y Antonio Machín.

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Además de esas hermosas canciones inolvidables, había otras muchas que desconocíamos; Argentina no solo era el tango y Chile era mucho más que los cantantes de importación que sonaban en España, como Monna Bell o el incalificable Luis Aguilé. Por el Sur trovaban voces y mensajes nacidos de figuras como Atahualpa Yupanqui, Ariel Ramírez y Violeta Parra, que algunos aventajados lograban escuchar entre zumbidos nocturnos en las emisiones de onda corta para Latinoamérica de la BBC, Radio Francia Internacional y Radio Moscú. En el fulgurante México de entonces brillaban los tríos románticos (Calaveras, Ases, Diamantes, Caballeros...) y mujeres del peso de Irma Vila, Lola Beltrán y Libertad Lamarque, argentina trasplantada a Sierra Madre. Por todas partes había vallenatos, carnavalitos, zambas, chacareras y valses peruanos que eran La flor de la canela. Pero aquí apenas se escuchaban durante aquellos años, en medio de una eclosión musical en España. La copla, dueña y señora de las radios, empezó a mezclarse con la música nueva que provenía del rock anglosajón y las baladas italianas y francesas. Y entre Los Brincos, los Pekenikes y los Mustang, empezaba a escucharse una voz de seda que cantaba unas canciones que se colaban como la humedad; eran aquellas canciones que desconocíamos y que de pronto nos mostraban otras sensibilidades.


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(Agaete al atardecer. Foto de José Antonio Godoy)

Empezamos a escuchar y a amar la voz sublime de María Dolores Pradera. Decía Atahualpa Yupanqui que oírla era como subirse a automóvil con cambio automático. No había estridencias, frenazos ni chirridos; sonaba como una caricia continua que nos llevaba suavemente por las carreteras de la vida. Y en aquella voz se nos iba colando por primera vez el talento de la peruana Chabuca Granda, del cubano Miguel Matamoros, del uruguayo Alfredo Zitarrosa, del argentino Atahualpa Yupanqui y docenas de músicas que nos hacían sentir la Fina estampa de la Lunita tucumana. Después, ya la vimos en televisión, siempre flotando sobre una almohada de suavidad, moviendo las manos como una garza llanera, transmitiendo belleza en cada nota, en cada movimiento. Más tarde escuchamos esas mismas canciones en las voces que las crearon, y también eran hermosas, pero sabíamos que cuando ella las cantaba era cuando se juntaban las dos orillas del Atlántico. Su voz era la música de nuestra lengua, amorosa, protectora, serena. Y se ha ido aleteando como solo ella sabía volar, a reunirse con los cantantes que ya sabemos que Son de la loma, a pasar la tarde con Chabela, Violeta, Libertad y Chabuca. Allí, el gran José Alfredo Jiménez le cantará lo que todos deseamos: Ojalá que te vaya bonito.



lino jj.jpgEn 1996, hace 22 año publiqué esta entrevista a Pedro González Lino
en el dominical que entonces se hacía en Canarias7, ilustrada por
las siempre magníficas fotos de Tato Gonçalves.

Con motivo del fallecimiento de esta figura central del renacimiento y consolidación de la música popular canaria, la cuelgo en este blog, como homenaje a un cantor que hoy se ha ido.

Descanse en paz.


ENLACE: LINO1996.pdf

cohenn.JPGHoy es un día gris, medio lluvioso, plano. Es de esos días de otoño que me recuerdan a otros tiempos en los que en el plato Lenco de mi equipo de música sonaba la hiponótica melodía de Suzanne, en la voz y la cadencia indescriptibles de Leonard Cohen, que no era un cantante, ni un poeta, ni un intelectual, era un elemento mágico que desde el principio formó parte de nuestras vidas. Durante décadas ha estado ahí, y seguirá estando, como un Al Pacino sereno pero implacable, trasunto de Lorca en Take this waltz, Cohen, el nuestro, ese que no pasa de moda ni conoce la frontera entra la vida y la muerte. Su cuerpo, por desgracia, sí que la ha cruzado, y lo ha hecho en un día de otoño gris, como la memoria de muchas de sus canciones, que hoy no suenan a Hallelujah. Leonard Cohen esperaba a la muerte sin dramatismo, y hoy se ha mimetizado con las sombras de noviembre, con la memoria de medio siglo, con el arte y la presencia sin final. Buen viaje.


Foto fijadylan.JPGPongo por delante que me encanta Boy Dylan. Hoy le han dado el Premio Nobel de Literatura. Otras veces, a la media hora, había en todos los grandes medios digitales opiniones de críticos, estudiosos, periodistas y escritores. Han pasado más de tres horas y todos se limitan a dar la noticia, poner unas fotos y hacer una encuesta, que en todos los casos no está de acuerdo con el fallo entre el 65 y el 80 por ciento. Nadie se moja, yo solo cavilo y supongo. Y pregunto que si a Dylan, que toca la armónica, le han dado un Nobel de Literatura, ¿cuál será el tamaño del premio que le den a Elton John, que toca el piano? Ah, sí, las letras. ¿Y Georges Brassens, Chabuca Granda, Lluis Llach, Violeta Parra, Jacques Brel, Atahualpa Yupanqui, Georges Moustaki, Consuelo Velázquez, Bruce Springsteen, Joan Manuel Serrat, José Alfredo Jiménez...? ¿Cómo es que ninguno estuvo nunca ni de lejos en las listas de Estocolmo? Está claro, es la armónica.


Me han gustado y me gustan muchas cosas, pero nunca he sido mitómano. No entro en el prototipo de seguidor unívoco de algo o de alguien, no porque eso sea malo sino porque es mi manera de ser. Disfruto en las diversas vertientes de la vida de muchas cosas, pero no me obsesiono con nada, tal vez porque siempre guardo un punto de escepticismo. Ni siquiera soy fanático de la película Casablanca, aunque a veces suelo jugar a serlo. Cuando era un adolescente se estableció una rivalidad entre los seguidores de los Beatles y de los Rolling y, como era obligado posicionarse, yo me alisté entre los segundos, porque sonaban más duros, y ponía cara de asco cuando sonaba Yesterday aunque por dentro me estuviera deleitando.ceciliasss.JPG Fue una corta temporada, porque incluso antes de que los de Liverpool se separasen ya no ocultaba que ambas tendencias no eran excluyentes. Pero tengo que reconocer que ha habido dos excepciones: una es el escritor Gabriel García Márquez, cuya obra magnífica veo ahora con mesura y placer literario, pero que en mi juventud era casi como una religión. La otra excepción fue la cantante Cecilia, la única artista musical de la que fui un fanático irredento, y que aun ahora me sigue tocando la fibra, seguramente porque forma parte de mi memoria juvenil. Viajé en un correíllo para ir a verla actuar en Tenerife (no vino a Las Palmas), y cuando al dirigirse al escenario, abrazada al violín con que la fotografió César Lucas, pasó casi rozándome por un pasillo humano, creí que iba a darme un infarto. Pocos años después, el 2 de agosto de 1976, fui al aeropuerto de Gando a recibir a un gran amigo madrileño que llegaba cerca de mediodía. Recuerdo que había una terrible ola de calor que todavía está en los registros meteorológicos de Gran Canaria, y como mi coche no tenía radio y no existían los medios de información inmediata de hoy, no tenía más noticia que el sofocante calor. Al aparecer mi amigo por la puerta de pasajeros, por todo saludo me dijo con una expresión de tristeza indescriptible: "Cecilia ha muerto". Él también era muy seguidor de la cantautora y conoció la noticia en Barajas antes de embarcar. De madrugada, al regreso de un concierto, había fallecido en un accidente de tráfico. Las rodillas se me aflojaron, no sé si fue por el calor o por el impacto de la noticia, y esa es la memoria que tengo de aquel 2 de agosto de hace 40 años. Cecilia fue una cantautora que marcó una época, y sus letras siempre en el filo de la crítica y la poesía, siguen en vigor en esta "España nuestra" que sigue anclada en su secular intransigencia.


zzzzcielo lili.JPGEl alto el fuego precario que se ha acordado en Siria me trae a la memoria uno de los episodios más curiosos alrededor de la inutilidad de la guerra y la fuerza de la música. Hay un libro de la ensayista catalana Rosa Sala Rose que analiza los orígenes de la canción Lili Marleen, un fenómeno muy curioso, que se convirtió en mito para las tropas alemanas y luego incluso para las aliadas, que escuchaban en las trincheras heladas una canción que hablaba de la despedida de una pareja en la puerta de un cuartel cuando él se iba a la guerra. Servía para los alemanes, pero cuando los soldados aliados la escuchaban desde sus posiciones sentían la misma emoción que los alemanes. Radio Belgrado la emitía todos los días a las nueve de la noche, dos veces seguidas, y cuentan que a esa hora solían enmudecer las armas en los frentes de Europa y el norte de África para escuchar la canción. Seis minutos en los que la música hacía parar la guerra. En el campo de batalla no hay más ideología que la de la supervivencia y la nostalgia de una vida que no saben si volverán a recuperar o que no han tenido la oportunidad de vivir (también puede sentirse nostalgia de lo no vivido). Siempre relacionamos Lili Marleen con Marlenne Dietricht, que hizo versiones en inglés y en alemán, pero en el origen es una canción que incluso no era del gusto de Hitler. Con el tiempo, se ha convertido en uno de los grandes mitos de la Alemania nazi y de la II Guerra Mundial. Fue grabada por la entonces famosa cantante alemana Lale Andersen, que siguió siendo famosa en Alemania después de la guerra e incluso llegó a representar a su país en el Festival de Eurovisión de 1961. Forma parte del mito, y eso es tan interesante como peligroso, porque los mitos a veces derivan en monstruos.


Escuchando un programa en el que hablaban de las llamadas canciones del verano, he visto que, desde que se concede ese título, apenas ha habido unas pocas que sean algo más que "chunda-chunda" supuestamente pensado para bailar en las cálidas noches estivales. Se salvan muy pocas de ser un sinsentido pachanguero, y sorprende que La camisa negra de Juanes o La bilirrubina de Juan Luis Guerra estén en ese palmarés -que no se sabe muy bien quién determina- (bueno, sí, son merengue y vallenato, tienen ritmo). Haciendo memoria a vuelapluma, nos encontramos con engendros que paradójicamente pueden formar parte de la memoria sentimental de mucha gente, por aquello de los reflejos condicionados del perro de Paulov. Es espeluznante que de alguna manera sean trozos de nuestras vivencias El venao, La mayonesa, El tiburón, El tractor amarillo, Un rayo de sol, Waka waka y un largo etcétera de parecida configuración en el que también figuran La lambada y las aportaciones infinitas del imposible Giorgie Dann: El chiringuito, La barbacoa, El casatschok, El bimbó y todavía seguimos preguntándonos "qué será lo que quiere el negro", que es el podio estival junto a las inefables Aserejé y Macarena. Y siempre nos reverbera la pregunta de por qué para hacer bien el amor hay que venir al sur (Rafaella Carrá dixit); ¿y a dónde vamos los que siempre estamos en el sur?

ssssolDSCN4186.JPGPero no son solo las canciones del verano las que suelen tener letras incompresibles o cercanas al absurdo. También ocurre con canciones consideradas importantes por distintas razones. No sabemos muy bien a qué venía aquel Qué será será que tan famoso hizo Doris Day en la película El hombre que sabía demasiado y luego remachó en los 70 José Feliciano, o de qué carajo es metáfora "Nel blu dipinto di blu" (azul pintado de azul) que cantó el gran Modugno en su inmortal Volare. Seguimos sin saber a dónde y por qué se fue Laura, solo sabemos que "Laura no está", qué tiene de especial la papa con tomate que pregonaba la pecosa Rita Pavone, quién demonios quería cambiar de nacionalidad para que Renato Carazone le preguntase Tu vuo' fa' l'americano (también la cantó la mismísima Sophia Loren en una película), y si en la balada Amaneceres de terciopelo Demis Roussos al cantar el "Triqui-triqui" del estribillo quería decir lo que están pensando o rezar una sentida oración. Pero de todas las letras de canciones absurdas, el récord imbatible de la estupidez lo sigue ostentando José Luis Perales cuando pregunta del hombre con el que se ha ido su amor "a qué dedica el tiempo libre". Para eso sí tengo respuesta: lo ha dedicado a seducir a la chica, mientras tú afinabas la guitarra, pasmao.


Los entendidos en música popular española dicen que la grandeza de las mejores composiciones del género no está en la superficie, se esconde en los acordes de los acompañamientos, que hasta en las juergas entre amigos aparecen siempre porque son el eje de la pieza y en algunas son como una melodía paralela que circula por debajo (a veces a contrapunto), y que es la que le confiere esa emoción que transmite. Una alegre tonadilla como Las cosas del querer, un trágica zambra de desamor como La Bien Pagá o un artístico pasodoble (casi una obra sinfónica) como La gracia de Dios se quedarían en la cáscara sin esas armonías que son como columnas de granito. Muchos creen que lo que agarra es la historia que cuentan cuando tienen letra, pero el nervio está en esa música oculta que se clava como un arpón.

xxxxxxxxxxxxxFoto0514.JPGEl pasodoble más solemne y emocional que existe es sin duda Suspiros de España, obra del maestro Álvarez Alonso, que lo compuso en 1902 en la ciudad de Cartagena. El pasodoble nació sin letra, aunque luego le hicieron varias diferentes; las más conocidas son la que escribieron para que Estrellita Castro la cantara en una película y otra que mandó escribir Concha Piquer. Hay más, pero suelen interesar poco porque es la música la que se ha convertido en el símbolo de la nostalgia de una España en convivencia, porque se convirtió casi en el himno de los exiliados españoles después de la guerra civil. Y es que Suspiros de España es musicalmente la metáfora de un país en el que se habla mucho (la melodía) pero en realidad se dicen otras cosas (el acompañamiento y el contrapunto). Para colmo, el rimbombante título surgió casi de coña, porque el compositor ya tenía escrita la partitura pero no sabía qué título ponerle; andaba con un amigo por una calle cartagenera y en el escaparate de la dulcería "España" vieron un cartel anunciando "Suspiros". Ya estaba el título: Suspiros de España. Y es una metáfora también porque España es una coña que unos se toman como drama, o bien es un drama que otros se toman a coña. Y lo que estamos viendo en estos días de pactos y negociaciones no es otra cosa que Suspiros de España. ¿Letra? Aquí los himnos no tiene letra.


Mary Sánchez está ahora mismo realizando una serie de actuaciones con las que cierra una carrera de más de seis décadas de presencia en los escenarios. Ha cantado muchos géneros, desde las rancheras por Irma Vila con las que debutó (¡Qué lindo es Michoacán!) hasta los boleros, joropos y huapangos que trajo de América, sin olvidar sus incursiones en la canción ligera e incluso la revista, en una especie de representaciones cantadas que antaño se hacían en Las Palmas y que llamaban "Estampas". Tampoco es desdeñable su aportación al folclore puro y reglado de las isas, las seguidillas, las folías o las malagueñas.

MARY 15 AÑOS.JPGPero, con ser importante todo este largo, exitoso y duro recorrido, la gran importancia ya histórica de Mary Sánchez consiste en pertenecer a un escaso grupo de creadores que pusieron la primera piedra de lo que hoy llamamos "música de raíz", y que en los años 50 del siglo XX llamaban "canciones canarias". Junto a ella, hay dos pilares de aquel movimiento: Néstor Álamo en Gran Canaria y los Huaracheros en Tenerife. Nacía un tipo de canción que hablaba del paisaje, las costumbres, el mar, lo festivo, el trabajo, la emigración y, cómo no, el amor y el dolor.

Nació Mary Sánchez el mismo año en el que se cantó por primera vez en público Sombra del Nublo la ya mítica composición de Néstor Álamo, en la voz de Paquita Sofía, dentro del espectáculo denominado "Fiesta Típica", que se realizó en el Teatro Pérez Galdós en las navidades de 1934, con Néstor Martín-Fernández de la Torre y la Escuela Luján Pérez en la escenografía y el vestuario. Y es en ese mismo escenario en el que Mary Sánchez estrenaría tres lustros después una docena larga de canciones compuestas por Néstor Álamo y que hoy forman parte de nuestro imaginario popular. También en ese espacio tan unido a nuestra ciudad, esta noche Mary Sánchez volverá a cantar aquellas canciones que iniciaron un camino que llega hasta hoy y se proyecta hacia el futuro en muchas voces y estilos, pero que no habría sido posible sin aquellos pioneros, entre los que sin duda Mary es piedra angular.

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(Con Libertad Lamarque, Alfredo Kraus, Pepe Luján y Néstor Álamo)

Mary Sánchez no es una cantante folclórica, a secas; es una de las voces que prendieron la mecha de un tipo de canción en Canarias, que ha evolucionado en muchas direcciones, pero que tiene su origen en aquellos años ya míticos. La cantante es el referente de una época que llega hasta la actualidad. Gustará más o menos, pero lo que nadie puede negarle (y tristemente muchos que olvidan u ocultan la historia se lo niegan) es que sin ella la música de raíz en Canarias sería muy distinta, o simplemente no sería.



zzzzep005345[1].jpgMe ha sorprendido encontrar en un obituario perdido la reseña de la muerte del gran guitarrista y compositor argentino Eduardo Falú. Y me ha sorprendido por dos razones, la primera por el hecho en sí mismo, aunque la ley natural casi lo anunciaba con sus 90 años, y por el escaso eco que ha tenido en los medios. Falú no era un músico más, cosa por otra parte muy respetable, fue un músico fundamental en la renovación de la música argentina clásica y tradicional, y es con Atahualpa Yupanqui la cima del conocimiento y la sensibilidad abrazado a una guitarra. Conocedor del folclore, también fue hombre de conservatorio, y estableció un puente entre la música popular y la culta, además de ser un virtuoso ejecutante. Para que se entienda la trascendencia de Eduardo Falú en su espacio, habría que compararlo a Paco de Lucía con el flamenco. Juntar arte, virtuosismo, conocimiento, investigación y divulgación no está al alcance sino de quienes tienes todas esas capacidades. Lucía una buena voz de barítono, pero su genio era la guitarra, cada pieza era un concierto. En sus manos, una tonada como La Cuartelera, surgida en los campos de batalla del siglo XIX, sonaba como una exquisitez, una maravilla de las seis cuerdas. Agosto se lleva a Eduardo Falú, con Yupanqui y Violeta Parra, uno de los vértices de una época dorada. Ahí queda.

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