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Novedades en la categoría Letras


Aunque el tópico representa a los creadores enfrentados a la crítica, está social, intelectual y académicamente reconocido que la crítica literaria es una rama de la literatura que trata de su mejor comprensión y de su valoración, siempre subjetiva porque en la apreciación del arte la visión personal juega un papel fundamental. Otra cosa es que posiblemente la peor crítica a una obra de arte sea el silencio, y es evidente que se habla de los nombres bien promocionados, que pueden o no coincidir con los más grandes. Pero eso es así desde que existe la crítica literaria, cuyo origen sitúan los especialistas en Dionisio de Halicarnaso, un historiador de origen griego que vivió en Roma en tiempos del emperador Augusto. Entonces, aparte de lo escrito, tenía gran importancia lo hablado, y así la retórica también era objeto de comentarios. ¿De quién trataba en sus escritos? Pues de oradores anteriores, ya tenidos en su tiempo como clásicos, como Lisias, Isócrates y Demóstenes, y de escritores como Tucídides, también de siglos anteriores a Dionisio. Se echan en falta sus críticas sobre sus contemporáneos, y eso que coincidió en el tiempo con el tridente mágico de la poesía latina: Horacio, Ovidio y Virgilio.

Dionisio halicar.JPGEse debe ser un defecto que durante dos mil años han heredado los críticos. La prestigiosa profesora y crítica Mónica Maud, que dirige un suplemento en un periódico de Santiago del Estero (Argentina) dice claramente que allí no existe la crítica literaria, a pesar de que hay valores locales del presente que merecen ser estudiados, y ocurre como en la Roma de Augusto, que siguen hablando de lo anterior. Y eso ocurre en todos los ámbitos literarios pequeños, donde sus escritores no son tenidos en cuenta, y se agrava hoy porque siempre se está pendiente de lo que marquen las grandes editoras y los grandes medios, que por supuesto no están en Santiago del Estero ni en las Islas Canarias. Sabemos hasta el año y hasta el mes del futuro en el que Paul Auster, Murakami o Pérez-Reverte publicarán su próximo libro, pero nada sabemos de lo que nace a nuestro alrededor.

¿Qué es lo que ocurre entonces? Pues que los propios escritores se erigen en reseñadores de libros ajenos, porque no queda otra; sus textos críticos aparecen en la prensa local, en revistas o en blogs. Lo siguiente es que surgen voces que hablan de amiguismo, pero lo cierto es que si los propios escritores no reman nada se mueve. Claro que, siempre está el "supremo poeta" que se erige (tiene sus palmeros, no crean) en el más grande, el más incomprendido, el único, y de paso niega incluso la existencia de literatura nueva porque él "no la ve". O un reconocido crítico, que poco suele tratar sobre lo escrito en Canarias en los últimos 40 años, que afirma que la crítica en estas islas se reduce a "torpes reseñas" (las que aparecen en prensa local, blogs o revistas) que no sirven para nada. Y, claro, si no se hacen esas reseñas se producirá el silencio. Tal vez es eso lo que quieren, ser los últimos de Filipinas y "después de mí, el diluvio".

IMG_6392.jpgTambién tendremos que esperar a que la crítica académica mire a su alrededor, pues las universidades canarias van, tramos más o menos, por el punto kilométrico de Manuel Padorno, Arturo Maccanti y la Generación del 50 o por ahí. Para la supuesta gran crítica, hace medio siglo que no se crea literatura en Canarias, y cuando se dice tímidamente por escrito que algo se ha movido cae sobre quien así se ha atrevido el calificativo de torpe. Por si fuera poco, siempre surge algún espontáneo que niega por sistema cualquier cosa que se escriba aquí, e incluso hay otros que mienten adjudicando a voleo prebendas y favores que nunca existieron. Eso tampoco ayuda, pues ya solo falta que abran una lista de firmas para pedir que la literatura escrita en Canarias entre en el código penal. Y también hay que tener cuidado si alguien se atreve a hablar de un libro, porque puede que no guste lo que dice, y se está llegando al paroxismo de hacer crítica de la reseña. Así, siguen ganando los que quieren silenciar a una sociedad, y surgen rumores sin compromiso, pues se ha llegado a decir que hay gente que publica críticas de sus propios libros. Si eso ha ocurrido, me gustaría saberlo, porque nunca he tenido constancia de que nadie haya reseñado su propio libro, si siquiera con seudónimo.

Así que, seguimos a la espera de esa crítica seria y rigurosa que sustituya a las "torpes reseñas" que aparecen en periódicos, suplementos, revistas y blogs (esa es otra, algunos parecen no haberse enterado de que buena parte de estas actividades, tanto creativas como críticas, están en el mundo digital que para ellos no existe). Pudiera ser que un día de estos a alguien se le ocurra mirar a su alrededor y tal vez descubra que, entre lo que se ha escrito en los últimos 40 años, haya tal vez obras con tanta calidad como las que consideramos clásicas. O más. Pero claro, siguiendo al santo patrono Dionisio de Halicarnaso, mirar hacia atrás es menos comprometido.

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(Pido disculpas por la necesaria extensión de este trabajo).


No voy a descubrir a estas alturas al novelista José Luis Correa. En los complicados tiempos editoriales que corren, son muy pocos los nombres que mantienen libros de hace muchos años vivos en el mercado, sobre todo si se trata de un novelista que da a la imprenta nuevas obras cada uno o dos años. Correa es uno de ellos, y la respuesta tiene dos vertientes: por una parte está una buena política editorial; por otra, que esas novelas anteriores siguen teniendo lectores, y forman parte del imaginario personal de muchas personas. También tiene mucho que ver la creación del despistado detective Ricardo Blanco, que en principio tiene apariencia de astroso y descuidado, pero que arrastra una humanidad que acaba por seducir al lector.

correa 7779.JPGHace unos meses ha visto la luz el noveno título con el peculiar Blanco como protagonista, El detective nostálgico,aunque creo que uno de los secretos de la serie radica precisamente en que el protagonista se esconde hasta diluirse; y lo hace adrede, con lo que su presencia es más un cauce que una historia, aunque poco a poco nos hemos ido familiarizando con su vida, su destartalada sala de estar, sus indecisos amoríos y, desde luego, su inteligencia y su capacidad para desentrañar los comportamientos humanos. Hay lectores que siguen a Blanco desde la primera novela, otros llegaron a la mitad y aun otros en la octava o ahora mismo. El caso es que la mayoría de estos lectores que cogieron el tren en marcha vuelve al principio y acaban leyendo toda la serie. Hay que decir, no obstante, que esta novena entrega es en la que Ricardo Blanco adquiere y asume como en ninguna otra el papel de protagonista, porque empieza cuando le pegan un tiro que lo envía gravemente herido al hospital. A partir de ahí, y en una convalecencia que lo devuelve a las lectura adolescentes de Hegel y Nietzche, su propia vida y su deseo de saber quién y por qué le dispararon desencadenan una historia que, en mi opinión es la más personal de las nueve novelas, pues ese protagonismo indeseado hasta por el propio Blanco se manifiesta desde el título.

JL Correa es un escritor de muchos registros, como ha demostrado sobradamente, pero es evidente que las novelas de género son las que ahora mismo circulan mejor. El autor ha tenido la inteligencia de valerse del género negro para abordar temas que podrían tratarse desde otras perspectivas, pero la que él adopta es perfectamente válida y ha conseguido manejarla con una gran eficacia, hasta el punto de que pocas cosas se la van quedando atrás en su ya larga trayectoria. Al mismo tiempo, y al permitir que su detective-guía cumpla años y tenga alegrías, decepciones y pérdidas en la contemporaneidad del momento en que se escribe, va trazando una historia colectiva de un tiempo, unas personas y una sociedad, con el paisaje urbano de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria con tanta participación como el propio Blanco. Esta inmediatez en el tiempo no es fácil porque contiene el riesgo de carecer de perspectiva; Correa lo ha ido asumiendo y lo ha sorteando con solvencia. Intuyo que tendremos detective para mucho tiempo, porque no creo que un novelista se dé un tiro en el pie liquidando uno de los recursos que le permiten navegar por todos los mares. Ese mundo que él crea y recrea tal vez acabe siendo una foto fija de lo que nuestra ciudad ha sido y es en estos comienzos del siglo XXI.

Por otra parte -y por la misma-, ya que hablo de JL Correa, tengo que mencionar la reciente edición de otra novela, ajena a la serie de Ricardo Blanco. Se trata de La décima caja, un texto publicado hace años y que ahora recupera. Parte del hecho real del naufragio en la Baja de Gando del barco español Alfonso XII que hacía la ruta a la Cuba todavía colonial, cuyo pecio sigue allí, que trasladaba diez cajas con oro y documentos, de las cuales se recuperaron nueve. Y claro, esa décima caja que no aparece le da pábulo a la imaginación del novelista para armar una trama muy jugosa. Ambas novedades editoriales, La décima caja y El Detective nostálgico, vuelven a levantar acta de la solidez de un novelista, José Luis Correa.


imgy052tt.jpgQuerido Agustín:

Cien años es un suspiro en la historia de la Humanidad. Y es en esa brizna de tiempo, en esa pequeñez, donde reside la grandeza humana. Eso se siente de golpe al recorrer tus versos, donde queda patente que cada persona es solo un eslabón de la vida. Por eso hay que cuidarla y fortalecerla con perpetua lucha por mantenerla incólume, porque esa cadena no es de ningún metal, se construye y conserva con generosidad, justicia y solidaridad, que juntas conforma la inagotable aleación del amor.

Hoy hace cien años de aquel luminoso sábado 17 de junio de 1917, en que tu voz de paz llegó a un espacio que entonces estaba sumido en una guerra que asolaba Europa. Por desgracia, luego hubo otras guerras, más abusos y crueles genocidios, que no vinieron por sí mismos, sino que fueron maquinados por humanos para devorar esa vida. Pero había que aguantar esa cadena, y no tuviste más armas que tu voz, tu compromiso, tu palabra, nuestra palabra, porque ya es de todos: "Aquí no cabe/ esconder la cabeza bajo el ala, / decir no lo sabía, estoy al margen, / vivo en mi torre solo y no sé nada".

a Millares 2.JPGHoy celebro tu amistad con los pueblos, con la gente, con el futuro. Sin perder un ápice el rigor literario y la luz poética, has entrado en la memoria colectiva como Martí, Neruda o Miguel Hernández. Siempre late la esperanza de que en medio de tanto dolor surja la luz: "Es cosa de segundos. / De este agujero va a salir un pájaro". Porque tu instinto poético es enorme, un poeta sencillo y a la vez profundo, popular y sin embargo capaz de alcanzar esencias sólo reservadas a los más elevados "como escala el cristal la enredadera". Libertad, justicia, humanidad, poesía. Esos son los cien años tuyos que celebramos.

Te colgaron el cartel de poeta social, para acotarte a un momento de la historia. Pero tu poesía escapa a esas reducciones, porque es poesía sin límites en todas direcciones. Y sí, tu voz es social, porque nunca pierde de vista esa cadena de vida que es la Humanidad, como la palabra de Virgilio, de Quevedo, de Rosalía. El ser humano siempre es el mismo, luchando en ese equilibro entre la justica y la opresión, entre la alegría y la crueldad. La llamada poesía social pasará de moda cuando no exista la palabra; es decir, nunca, porque la poesía es la respiración de los afectos. Porque la guerra nunca acaba y es necesaria la poesía para evitar que nos devore. Tu palabra es como la música, tus versos van directos al corazón, a la mente y a los oídos al mismo tiempo. Recuerdo los poemas de tu viva voz y me quedo sin aire, porque tus versos funcionan como el motor de arranque de un pueblo:

"Creando estoy un mundo donde el hombre
goce la libertad que no se cierra,
vea la luz solar sin que se asombre
y halle el amor, sin pronunciar su nombre,
en un lugar cualquiera de La Tierra".

¡FELIZ CENTENARIO, AGUSTÍN, AMIGO!

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(Esta carta fue publicada en la edición de papel del periódico Canarias7 del día de hoy, 30 de junio de 2017).

Para entender la fuerza con la que irrumpió la novela Cien años de soledad en la literatura, la cultura y la sociedad, situémonos en la primavera del año 1967, cuando un inquieto periodista colombiano, Gabriel García Márquez (Gabo, rebautizado en la redacción del diario El Espectador de Bogotá), con cuarenta años recién cumplidos, autor anterior de algunos relatos y unas pocas novelas cortas de cierto éxito, logró que Editorial Sudamericana de Buenos Aires publicase un texto que ya había sido devuelto por otras editoriales. Se cuenta que el escritor argentino Miguel Mujica Láinez, entonces la estrella de la editorial por el éxito de Bomarzo y otras novelas, creyó en el libro y presionó para que viese la luz. Lo que ni los más optimistas esperaban es que los 8.000 ejemplares de la primera edición de una novela de autor desconocido en Argentina se agotaran en una semana.

Unos meses después, en el verano decembrino de Buenos Aires, Gabo, novato en el papel de estrella, fue invitado con su esposa Mercedes Barcha a un palco para ver una representación de ópera en el Teatro Colón. Cuando su figura se hizo visible para el público, el teatro se puso en pie y estalló una ovación atronadora, inacabable y sorpresiva, porque estas manifestaciones espontáneas y entusiastas raramente se dan alrededor de un escritor recién llegado, y en todo caso ocurren ante una figura muy consagrada por una larga trayectoria y que ya está en la historia. Según confesión del propio Gabo, ese día sintió emoción agradecimiento y sobre todo miedo, porque se dio cuenta de que había sido el artífice de algo que sobrepasaba todas sus expectativas y que no sabía cómo explicar.

cien años 1.JPGHay algunas obras literarias que son mojones en el camino, de las que se dice que dividen las aguas y se convierten en fuentes de las que bebe toda la cultura, pues trascienden el hecho literario. Desde La Divina Comedia a Las flores del mal, conforman esa imaginaria lista títulos como El Quijote, Hamlet, Moby Dick, La metamorfosis y toda la poesía de Emily Dickinson; hay más, por supuesto, pero no demasiados, porque el status de libro sagrado sobrevuela estilos, movimientos y hasta la propia literatura; aparte del talento de sus autores y los elementos técnicos perfectamente explicables, hay muchos otros factores azarosos que determinan esa consagración suprema, y coloca a esas obras en el inalcanzable anaquel en el que están El Cantar de los cantares o Las mil y una noches, que son a la vez literatura, mito y a veces religión. La novela Cien años de soledad es uno de esos libros.

La sacralización de estas obras se va produciendo a través del tiempo. Suelen pasar décadas e incluso siglos hasta que se establece que una obra literaria es un faro insoslayable. Con Cien años de soledad no hubo que esperar, en semanas ya se intuía que la novela era un acontecimiento que no iba a detenerse en fronteras de espacio ni de tiempo. Era un sentimiento general, pues aunque la obra había sido saludada con entusiasmo por algunos críticos y escritores, esas opiniones especializadas apenas habían llegado a los lectores. Era la propia novela, que vendía una edición por semana y se extendía a todo el territorio de la lengua, la que había trasladado a la gente la certeza de que no era otra buena novela más. Si acaso puede comparársele en la inmediatez de la consagración mítica El guardián entre el centeno, aunque solo aplicable en esta dimensión a Estados Unidos, pues en el resto del mundo solo es una buena novela más.

Cierto es que, de vez en cuando, surge alguna voz que disiente, que trata de minusvalorar una obra maestra; suelen ser los predicadores de no qué modernidad (por cierto inventada por Sófocles hace 2.500 años), que en aras de esas iglesias de las que tratan de erigirse en sumos sacerdotes son capaces de negar el talento de Velázquez, Mozart y María Callas sencillamente porque suenan demasiado. Es lo rebuscado e ignoto lo que aplauden, seguramente porque se les parece. Negar una novela como Cien años de soledad resulta inútil. Es la fascinación por las respuestas imposibles.

cien años 2.JPG (Principio y final de la primera edición en España de Cien años de soledad. Aunque finalmente se sabe que GGM nació en 1927, en la nota biográfica que hay al final de la novela aparece 1928 como año de nacimiento, que se repitió en la solapillas de sus libros durante décadas, y es curioso que un error tan evidente no fuese corregido antes).

Y siempre me hago las mismas preguntas porque sigo desconociendo las respuestas: ¿Qué demonios tiene entonces Cien años de soledad que la hace especial y la convierte casi en un libro sagrado a los pocos meses de su publicación? A pesar de que la novela carece de deslumbrantes características diferenciadoras que son propias de las obras que dividen las aguas, marca un hito, es un faro en el océano de la cultura que hace que nada sea igual después de su publicación. Se trata de una novela escrita sin miedo, en la que hay lluvias de flores, asunciones al cielo en cuerpo y alma, niños que nacen con cola de cerdo, hombres comedores de hormigas, un anciano con la fuerza de veinte jóvenes que sin embargo no puede romper una cadena que le tiene atado a un tronco, una protagonista que vive un tiempo indeterminado pero que debe sobrepasar el siglo con creces, un diluvio que dura casi cinco años... No hay miedo porque el pasado se repite en el presente y el futuro es previsible porque ya ocurrió. El tiempo no existe, está congelado, o es circular, o es lineal, o...También es verdad que la exageración se vuelve normalidad en la narración, todo es muy lejos, muy grande, muy lluvioso, muy violento, muy tremendo. Creo que Cien años de soledad tiene algo de esotérica, pues es inaprehensible, inalcanzable, y a la vez cercana y casi familiar. Algo así como los relatos bíblicos en los que Sansón arranca las puertas de la ciudad o el profeta Elías se marcha al cielo en un carro de fuego.

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(Este trabajo fue publicado en el suplemento cultural Pleamar del periódico Canarias7 el domingo 11 de junio).


Con la muerte de Juan Goytisolo, desaparece uno de los más grandes intelectuales de España y de Europa. Novelista, ensayista y escritor en todas direcciones, tuvo que irse de España porque el ambiente que imperaba en España en plena dictadura lo empujó hacia Francia, e hizo de París su segunda casa, que luego ha sido Marrakech, ciudad marroquí en la que ha muerto y descansará para siempre por propia voluntad. Estamos hablando de uno de los pilares de nuestra narrativa y un pensador que incluso fue más respetado fuera de España que en su patria, que siempre fue para él una gran decepción.

Goytisssssolo.JPGJuan Goytisolo es probablemente el escritor español más influyente en la segunda mitad del siglo XX, piedra angular de todos los puentes que hubo que tender en tiempos difíciles; tal vez por eso haya tenido que morir lejos del hogar machadiano, España nunca lo entendió. Puso a funcionar la novela social cuando publicó en 1954 Juego de manos. Luego se desmarcó y creó su propio espacio lírico que nos dejó joyas como Campo de Níjar. Más tarde entró en una fase experimental, que se hizo legendaria en la novela Señas de identidad; a esta corriente no fueron ajenos en España Luis Martin-Santos, Juan García Hortelano, su hermano Luis y hasta autores de generaciones anteriores como Torrente Ballester y el propio Cela. Los desagradecidos oriundos siguen dando la bandera de este movimiento a Juan Benet, pero ese es su problema y sus intereses. El Goytisolo con el que soy más afín es el que se recupera en su libro de memorias, Coto vedado, y ya sigue con magníficos textos tan comprometidos con la buena literatura como con la realidad de un mundo en conflicto. Esa postura de intelectual crítico le retrasó honores literarios en su país, hasta el punto de que el Cervantes que le llegó a destiempo me sorprendió, porque ya daba por imposible que desde España se le diera un reconocimiento oficial. Barriendo para casa, de todas sus lapidarias sentencias me quedo con esta: "Prefiero la narrativa porque la novela es un género omnívoro, puede incluir la poesía, pero la poesía no puede incluir la novela". Descansa, maestro, en la paz por la que tanto luchaste y al final encontraste a la sombra del Atlas.


Pocas veces nos encontramos con un narrador tan definido en su manera de escribir como Santiago Gil. Cierto es que eso que llaman estilo hace reconocible la escritura de cada uno cuando alcanza su propia voz, pero en el caso de Santiago las constantes se repiten de forma casi matemática y se ponen a funcionar sus tres signos de identidad fundamentales que ya he resaltado más de una vez: es un escritor en espiral, es un observador que en el mar de la vida ocupa un submarino siempre con el periscopio en servicio, es un navegante que conoce su destino pero ignora la ruta y se orienta por los vientos y las corrientes del ritmo de su prosa. No puede evitarlo; la historia va contándose sola porque se ha ido almacenando en el disco duro de lo cotidiano que Santiago Gil convierte en materia novelable.

fsgil.JPGDespués del resultado colosal de su anterior novela, La costa de los ausentes, que es un punto de inflexión en su obra, un intento logrado de cerrar uno de los muchos y fructíferos círculos que tiene el autor, vuelve ahora con Gracias por el tiempo, una novela corta que aparentemente solo pretende mostrar el desgarro social y humano que genera la desigualdad y que se ha multiplicado después de este nuevo "crack" programado de 2008 y que se alarga a conciencia y con regodeo. Y es verdad que el trasfondo y en cierto modo uno de los desencadenantes es esa crisis económica terrible, pero hay más vientos en las velas, más luces en el periscopio. En ese juego circular que Santiago domina como nadie, aparecen historias que darían para una saga, desde la de los padres del protagonista que irrumpe en la novela refugiado en un furgón porque no hay otro techo posible y acompañado de un padre ya muy mayor, o acaso no tanto, pero sí avejentado por el sufrimiento.

Es también una de las vidas posibles del protagonista, que sale de su tierra, unas veces se queda en Londres, otras recala en Madrid o vuelve a la isla, o como ahora, que suelta la cometa y salta de continente a un lugar lejos del mar en plena Sierra Madre mexicana. Al final, lo que parecía un juego a dos voces, en las que todos tienen nombre y lo van perdiendo los protagonistas como en una especie de disolución de su propia estima, es un retrato de la impotencia de una sociedad ante la voracidad de quienes la manejan, que nunca se nombran, pero que arrojan sobre los indefensos toda su crueldad sin fin. Si me preguntan si es una novela sobre la crisis diré que sí, pero que no habla de banqueros inmisericordes ni políticos paniaguados, sino de las consecuencias reales y terribles que para la gente tiene el nuevo paradigma en el que el dinero solo produce dinero, que al fin y al cabo a estas alturas es una sucesión de ceros y unos en el lenguaje binario de un ordenador que ni siquiera sabemos dónde está.

Santiago Gil pone de manifiesto que está en el culmen de su actividad creativa, un novelista con fuerza vital y con una obra que lo respalda, y que en estos momentos surte como una fuente inagotable todo lo que ha macerado viendo el mundo que lo rodea. Las grandes aventuras de sus novelas son cotidianas, sencillas y por ello sin fecha de caducidad, y a veces pienso que esa gente innominada que se mueve sin rumbo puede ser el reflejo de los personajes rulfianos que nunca sabemos si están muertos o vivos. Muertos vivientes, que es la condena que parece dictar el ultracapitalismo financiero, que sabe mucho de dinero y nada quiere saber de la gente. No hay mayor denuncia que mostrar la realidad tal como es.


En los últimos días, se ha hablado insistentemente del poeta canario Félix Francisco Casanova, fallecido prematuramente en 1976 a los 19 años. Autor de varios poemarios y de una novela, El don de Vorace, que ya es un título de culto, se insiste en la genialidad de su propuesta literaria, algo que siempre se valoró pero que quedó como proyecto inconcluso porque la muerte llegó de golpe. Se dice ahora fuera de Canarias que el joven poeta isleño es un nuevo Rimbaud, y es una alegría que se rescate su obra, pero hace que pensemos en la inconsistencia y en la mezquindad de algunas sociedades, que buscan a destiempo lo que no pudo ser, seguramente como nostalgia de lo no vivido, que es una idea recurrente en la obra de poeta muerto.

IMG_3029-1.jpgY me pregunto si en la consideración -cuando no mitificación- de una obra artística y de quienes la crearon influye el hecho de morir joven. ¿Tiene eso que ver con las leyendas de Emily Brönte, Jim Morrison, Janis Joplin o Jimmy Hendrix, que cerraron antes de los 30? ¿Pesa en ello el suicido, como en los casos de Virginia Wolf, Alejandra Pirzanik, Silvia Plath o David Foster Wallace? ¿Tiene algún significado en la valoración posterior la muerte violenta de mitos como Roque Dalton, García Lorca, John Lenon o Víctor Jara? ¿Se castiga a quienes no tuvieron el buen gusto de morirse a tiempo? Todas estas preguntas surgen un poco al azar, porque para mí no hay dudas, cada uno de los nombres mencionados forma parte de mi galería de imprescindibles. Félix Francisco Casanova es posiblemente el ejemplo más palpitante, no llegó a cumplir 20 años, y ahora su voz, cuarenta años aletargada en el silencio pertinaz del alisio, surge furiosa de entre los muertos y arma vuelo alto y lejano como denuncia de que algo seguimos haciendo mal en estas islas. Lo peor sería que no fuese por torpeza.


rLLLFO 1.JPGJuan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, conocido como Juan Rulfo nació en Sayula, estado mexicano de Jalisco, el 16 de mayo de 1917; murió en Ciudad de México el 7 de enero de 1986. Es autor del volumen de cuentos El llano en llamas (1953) y la novela corta Pedro Páramo (1955). Luego, 30 años de silencio hasta su muerte, apenas roto por otros textos esporádicos o fragmentarios. Su influencia en el cambio de paradigma de la novela hispanoamericana fue tremendo, especialmente con su novela Pedro Páramo. El texto siguiente es una recreación (tal vez osada pero respetuosa) en el espacio y los personajes de algunas partes del comienzo de dicha novela, como un homenaje en el que vuelve a demostrarse que, cuando se entra al desnudo en las grandes preguntas, siempre se habla de cualquier ser humano en cualquier tiempo. Por eso no pasa el tiempo.


DESHESPERIO

Vine a Gran Canaria porque me dijeron que acá vivía mi padre. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. «No dejes de ir a visitarlo. No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro ». Por eso vine a Gran Canaria.

-¿Cómo dice usted que se llama esa isla que se ve en el horizonte?

-Gran Canaria, señor. rLLLFO 2.JPG

-¿Y por qué se ve esto tan triste?

-Son los tiempos, señor.

-Siempre son los tiempos -le dije.

-¿Y a qué va usted a Gran Canaria, si se puede saber?

-Voy a ver a mi padre.

-¡Ah! Bonita fiesta le va a armar. Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.

En la reverberación del sol, el mar parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.

-¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?

-No lo conozco. Solo sé que se llama Deshesperio.

-¡Ah! Vaya -murmuró.

-¿Adónde va usted, señor? ¿Conoce un lugar llamado Bardinia? -le pregunté.

-Para allá mismo voy.

Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía y disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.

-Yo también soy hijo de Deshesperio -me dijo, como si no fuese importante.

Todo parecía estar como en espera de algo.

-Hace calor aquí -dije.

-Sí, y esto no es nada. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos del todo. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su manta.

-¿Conoce usted a Deshesperio? -me atreví a preguntarle de nuevo porque vi en sus ojos una gota de confianza.

-Puede ser.

-¿Quién es? -insistí.

- Un rencor vivo.

-¿Se acordará de mí?

-No existe ningún recuerdo, por intenso que sea, que no se apague.

***
GRACIAS, JUAN RULFO.



ega22.JPGCuenta Juan Rulfo en una de sus escasas entrevistas que Pedro Páramo al principio era una novela muy larga, que él fue podando "hasta dejarla en los puros huesos". No quedó en ella una sola palabra sobrante y así alcanza a duras penas el centenar de páginas. Tengo la impresión de que Eduardo González Ascanio debe funcionar de esa manera cuando escribe, porque a sus historias ya no se les puede quitar una palabra, es la máxima expresión de que menos es más. Relojes suizos.

Lo hizo en Para después de colgar, en Calenturas y, cómo no, en su ya clásico Cuentos de Bárbara Bar. Tengo que decir que ahora, en la publicación digital que hace en ATTK Editores del volumen de relatos Desajuste de cuentas, se relaja un poco y deja que la prosa se salga del estricto carril que él suele trazarle. No sé si gana o pierde, porque a mí su literatura me resulta muy atractiva en cualquier caso, por esa capacidad para reducir a un trazo lo que podría ser una historia rimbombante, o para armar un lío de mil demonios con la simple idea de que a un soldado le gusta la herboristería y el teniente imagina conspiraciones terribles. Esa soltura con la que equipara las andanzas de los soldados con las de los escolares, la equivalencia de los oficiales de un ejército con los cargos directivos de un colegio, consigue que veamos las cosas como realmente son, combates guerreros en el aula y juegos de patio de recreo en una expedición militar. Es la mezcla de la ironía y la certeza de que los seres humanos nunca dejan de comportarse como niños caprichosos.

González Ascanio es simplemente un tipo que escribe, muy bien por cierto, que arrastra la sabiduría del trabajo y el talento para transmitir. Siempre he dicho que probablemente en el futuro su obra será de las que perduren, hecha desde casi el silencio pero con una contundencia estilística y una voluntad de rigor indiscutibles. Por ello no me juego nada al recomendar la lectura de Desajuste de cuentas. En ese futuro imaginado, se verá que yo lo dije.


He dejado pasar la primera oleada alrededor de la nueva novela de Alexis Ravelo, Los milagros prohibidos, para tratar de mirar con algo más de sosiego la narrativa de este autor. A propósito de su anterior novela dije que Alexis quiere saber de dónde son los cantantes, aludiendo a la popular canción del Trío Matamoros, porque aquel relato, La otra vida de Ned Blackbird, es en realidad una indagación del camino que siguen las historias hasta convertirse en literatura. Si ya sabemos que le importa el qué, en esta nueva novela queda absolutamente certificado que también le interesa el para qué, si es que no estaba claro antes, en títulos como Los días de mercurio.

Queda el cómo, y no hablamos de que le interese a Alexis Ravelo, es que se trata justamente del sonido de una voz, que no se ha ido construyendo poco a poco, porque en su primera novela ya estaba. Ahora se maneja con más sabiduría, pero eso que llaman oficio solo modula los sonidos, las pausas y los ritmos, y a quienes van muy justitos les ayuda a entonar. A las voces propias, las que provienen del don de tocar la balalaika como la madre del Doctor Zhivago, se les puede aplicar sordinas, cejillas, vibratos y hasta contrapuntos, pero apenas quites el tapón, sale cortando el aire esa potencia que estaba en el frasco; a propósito de la anterior novela, ya empleé un latinajo (capra tendit in silva), y de lo que se trata es de que ese monte hacia el que siempre tira la cabra es el auténtico Ravelo, la fuente de una narrativa que ahora concita merecidos aplausos, que no me sorprenden porque ya desde sus primeros libros de relatos breves un lector atento podía percibir esa potencia.

milagros Alexis.jpgTambién es cierto que a veces no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y reconocer talentos indiscutibles equivale para algunos a dejar a los de la impostura desarmados (otra vez en latín: nudum asinum). Nunca he creído en las carreras literarias que van in crescendo, que engordan y se conforman paulatinamente. Eso nada tiene que ver con el talento, y si repasamos la obra de las plumas importantes veremos que esa voz que las distingue estaba del todo desde el primer libro. Lo otro puede llamarse costumbre, aprendizaje y, como dije antes, oficio, pero el talento no se aprende. Con esto quiero decir que está aquí otra vez Alexis Ravelo, lo cual significa que no solo es altamente recomendable esta última novela, sino que hay que volver a todo ese corpus que ya marca un territorio inscrito en el registro de la propiedad.

Como se supone que hablamos de Los milagros prohibidos, toca ir acotando. Por lo tanto, adjetivemos: novedoso el descubrimiento para la gente de fuera de Canarias (y para muchos canarios) del episodio tremendo de la llamada Semana Roja de La Palma, justo la primera de la guerra que empezó en 1936 y que se me antoja interminable; interesante la capacidad para tratar de entender esa tendencia de mezclar asuntos personales con hechos políticos y posiciones ideológicas; abrumadora la pericia para cautivar con el manejo de un lenguaje supuestamente coloquial y localizado que finalmente es un ejercicio de estilo que en momentos roza el virtuosismo por la eficacia; impactante la dureza con que es tratada la conveniencia, y la naturalidad con que nos cuenta lo lúgubre; sorprendente la facilidad con que el autor es capaz de usar el humor aun en las situaciones más terribles: extraño que el autor, estando ideológicamente cercano a uno de los bandos, permita que los adversarios (en una guerra son enemigos) expongan sus razones, porque eso ayuda a entender -que no justificar- tanta barbarie...

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(Alexis Ravelo frecuenta compañías sospechosas. Aquí, con el autor de esta nota en una manifestación).

Y así podríamos seguir usando todos los adjetivos que encontremos en el diccionario, pero lo importante de esta novela es que información, ideologías, posicionamientos, flaquezas y heroísmos confluyen en fundar un espacio literario que escapa a los hechos reales en los que se basa. Exactamente eso es novelar, crear mundos, Cortázar nos asista. Fluye el Ravelo más genuino, el que, como en otra de sus novelas, La última tumba, hace que nos preguntemos si la venganza es una forma de justicia, o si, por el contrario, la justicia entendida como generalidad es un ajuste de cuentas de la sociedad. Y eso es lo que extraemos de Los milagros prohibidos, noticias sobre hechos, datos y ambientes, pero ninguna respuesta que nos dé la solución definitiva; es más, las buenas novelas no son las que dan respuestas ni las que se hacen preguntas, sino las que generan preguntas y respuestas a quien las lee, que serán planteadas o resueltas de una forma u otra según cada historia personal.

De modo que he leído con gusto Los milagros prohibidos; esperaba a Ravelo y ha comparecido. No voy a sorprenderme a estas alturas de quien sé hace mucho que es un gran novelista, y sigo teniendo de su obra la misma percepción que cuando no era aplaudido (ahora lo aplauden hasta en francés, acaban de traducirle a esa lengua Las flores no sangran). Y me alegra de que mucha gente y a mucha distancia pueda escucharlo tocar la balalaika. Advierto: prepárese a hacerse preguntas.

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