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En el cine se producen curiosidades muy paradójicas. Cuando se eligen exteriores de rodaje, se procura que, si no se rueda en el lugar exacto del que se trate, se acuda a espacios similares o muy parecidos, como usar las dunas majoreras para hacerlas parecer el desierto del Sinaí en la versión de Los diez Mandamientos de Ridley Scott, o que el Sureste grancanario sirva como réplica a las islas Filipinas por su parecido paisajístico. Por el contrario, el rodaje de Moby Dick en Gran Canaria es algo casi contra natura, porque la nítida luminosidad de la isla es justamente lo opuesto a la atmósfera plomiza y sombría del espacio en el que se enclava la acción de la película. Pero el azar y la necesidad a veces funcionan, y en este caso funcionaron a satisfacción de los cineastas.
En el arte a menudo se desafía la lógica, y en torno a la Ballena Blanca hay otras curiosidades que realmente son una anomalía. Que lugares muy poblados y con siglos de historia, como París, Roma o Tokio, tengan una presencia inexcusable en el arte universal es lógico; más raro es que una isla diminuta, de la misma superficie que El Hierro, aparezca en el canon literario con letras muy grandes. Es el caso de la isla de Nantucket, 50 kilómetros al sur de Cap Cod, en la costa atlántica de Massachusset, más cinematográfico por su relevancia en películas como Retrato de Jennie o El cabo del terror. En Nantucket está uno de los puertos balleneros más activos y legendarios del Atlántico Norte, sobre todo en el siglo XIX, y sus aguas son escenario real del hundimiento de trasatlántico italiano Andrea Doria (en la misma ruta que el Titánic) y espacio imaginado en relatos -aparte de la mitificada historia sobre la caza de Moby Dick que es objeto de este trabajo- de la novela En el corazón del mar, de Nathaniel Philbrick, y posterior película de Ron Howard que rastrea la obsesión de Melville por la gran Ballena Blanca, después de conocer la peripecia del superviviente de un naufragio ocasionado por un cachalote de 26 metros, que se cuenta en Nantucket pero que al otro lado del mundo se reivindica en aguas chilenas del Pacífico, y que también fue el origen de la novela inacabada de Edgar Allan Poe Las aventuras de Arthur Gordon Pym y dicen que inspiró a Julio Verne en sus historias marinas.

hm1.jpgComo toda gran literatura, especialmente la que contiene elementos épicos, estas historias de balleneros del siglo XIX han acabado en la pantalla. Ya el cine mudo se ocupó de libro de Melville en 1926, y el carismático actor John Barrymore encarnó al demente Capitán Ahab, papel que repetiría cuatro años después en una versión sonora que se salta la deliberada misoginia de una novela "de hombres" (Melville se removería en su tumba) con un personaje femenino tan inesperado como la sensual, turbadora y jovencísima actriz Joan Bennett que lo interpretó. Incluso podemos entender que películas como Tiburón, de Spielberg, bebe de las fuentes de Moby Dick, pues el hombre se enfrenta a la bestia marina. La versión más cercana a la novela es de la que hoy hablamos, y es la dirigida por John Huston, que se terminó de rodar en la Navidad de 1955 en aguas de Gran Canaria, protagonizada por Gregory Peck, que vuelve sobre la misma historia al final de su carrera en una producción para televisión de 1998, aunque esta vez el papel del Capitán Ahab recae en el actor Patrick Stewart (sí, sí, el de la serie Star Trek). También se ha disparatado alrededor de Moby Dick, pero tras casi un siglo de versiones audiovisuales, se tiene a la película de Huston por la más fiel al espíritu de la novela, si bien podemos decir que pasa de puntillas sobre el repetitivo y a menudo irritante discurso circular de Ismael, el narrador-testigo, y centra la filmación en la parte final de la lucha entre el hombre y la bestia, a la que unos ven como una divinidad furiosa y otros como al monstruoso y demoníaco Leviatán descrito en El Libro de Job.

Y ese ambiente invernal, lluvioso y grisáceo de la costa nordeste de Norteamérica es el que suele imperar durante los meses fríos en la isla de Nantucket, a medio camino por mar entre Boston y Nueva York. Esa es la luz que Huston quería para los exteriores de su película, y para ello alistó nada menos que a media docena de los más cotizados directores de fotografía, todos bajo la batuta de Oswald Morris, que Huston había descubierto en sus dos películas anteriores, y que lo soportó dos o tres más. Porque Huston era una persona complicada, y resultaba difícil que repitiesen con él. Quien mejor lo aguantó fue Humphrey Bogart, seguramente porque eran iguales. Rodaron juntos media docena de películas, y seguramente no hicieron más porque Bogart murió. Para conseguir ese color añejo, vibrante y a la vez tenue, rodaron dos copias, una en technicolor y otra monocromo, que luego mezclaron. Pero aun así, la mejor manera de conseguir ese ambiente era rodar en esa zona del planeta, y preferiblemente en Nantucket, pero la isla de los balleneros estaba en territorio norteamericano, del que Huston había renegado y se había nacionalizado irlandés, como protesta por la persecución abanderada por el senador McCarthy en el ámbito del cine.

BUSCANDO UN GIGANTE Y UN PLATÓ

hm2.jpgHuston intentó hacer un guion con la parte más dinámica de la novela, pero se atascaba una y otra vez hasta que se puso a trabajar con el escritor Ray Bradbury, con el que, cómo no, acabó peleado porque el autor de Crónicas marcianas no estuvo de acuerdo en que el propio Huston fuese acreditado como coguionista de un trabajo que consideraba solo suyo. Y una vez que tuvieron el guión, quedaban dos asuntos que resolver: el actor que daría vida al Capitán Ahab y el lugar de rodaje que replicara el puerto ballenero de Nantucket. Alrededor de esta película hay rumores que se dan por certezas documentadas y versiones distintas dadas por varias personas, entre ellas el propio Huston, que nunca sabías cuando decía la verdad, echaba balones fuera o soltaba lo primero que se le venía a la boca. Para decidirse por el actor protagonista, había una condición imprescindible: que fuese un hombre muy alto, de anchas espaldas y de gran presencia caracterial. Descartado su fiel Bogart por la estatura, se buscaron otras opciones entre actores altos; Newman y Brando, no muy altos pero carismáticos, eran demasiado jóvenes y guapos, y Rock Hudson, aunque gigantón, era demasiado blando; Cary Grant, demasiado elegante; Alec Guinnes, demasiado flemático; Clark Gable, demasiado risueño, Burt Lancaster no tenía hueco, Charlton Heston se había ido a recoger las tablas de La Ley al Sinaí, Gary Cooper no podía ser porque se negaba a morir en la pantalla, y cuentan que dicen que dijeron que Robert Mitchum dijo que no, aunque no dicen por qué. Y ya no quedaban hombrones de talla XXL disponibles. Bueno sí, quedaba uno, Gregory Peck, que habría que envejecerlo, afearlo y cabrearlo para quitarle esa pinta de niño bueno del catecismo. Ya había dicho Hitchcock a todo el que quiso escucharlo que la apariencia demasiado blanda de Peck le había chafado su película El Proceso Paradine unos años antes, pero Huston, que se las tenía también con Hitchcock, tal vez quiso demostrarle que él podría hacer de aquel querubín de un metro noventa una fiera intratable. Y enganchó el único gigante que estaba libre.

Descartado por otras razones el lugar estadounidense idóneo para rodar, había que buscar una zona con una latitud parecida para que la incidencia de la luz fuese la misma. Canarias no entraba en el plan, hay una luz distinta por su cercanía al Trópico de Cáncer. ¿Qué mejor lugar que Irlanda para reproducir Nantucket? Y se fueron al puerto de Youghal en la costa sur irlandesa. Allí se aclimataron tan bien que aún hoy, en 2018, sigue estando tal cual el Pub donde trasegaba whisky el plantel de la película, mezclado con los lugareños que hacían de extras o trabajaban en la construcción de ballenas de caucho que una y otra vez se tragaba el Mar del Norte, que aquel otoño de 1955 no estaba por colaborar con Huston. Aquello era la quiebra de la productora, por el material que se perdía y por la tardanza, de manera que tuvieron que buscar soluciones más al sur. La primera la consiguieron en Madeira, donde filmaron la caza real de los cachalotes, que era una actividad terrible pero entonces admitida en aguas portuguesas. El problema es que el puerto de Funchal carecía de infraestructuras técnicas para crear una ballena ortopédica y mantenerla a flote, así que se trasladaron aun más al sur, al puerto de La Luz y de Las Palmas, que ya entonces podía competir con cualquier puerto del mundo en servicios y prestaciones.


GRAN CANARIA: EL SUR ES EL NORTE

De ese modo llega a Gran Canaria y a la desesperada todo el equipo de rodaje en vísperas de la Navidad de 1955. Y si muchos son los datos documentados, ingentes son las peripecias que se cuentan, unas ciertas y otras vaya usted a saber, porque aquel año había sido también el del rodaje de Tirma, y quien más quien menos, había escuchado docenas de historietas alrededor que aquella otra película, especialmente sobre la protagonista, la ubérrima Silvana Pampanini. Es evidente que si la cuarta parte de lo que se cuenta hubiera ocurrido de verdad, tendrían que haber estado rodando durante años, pues en dos meses no caben tantas peripecias, a cual más rocambolesca. Con Moby Dick ocurrió lo mismo. Hay quien habla de la presencia de Orson Welles, con anécdotas, borracheras y pendencias detalladas incluidas, y sí que podemos afirmar con toda seguridad de que, aunque Welles participa como actor en la película, nunca estuvo en el rodaje en Gran Canaria, y por lo tanto no formó parte de la troupe del dólar. Por contar que no quede, hasta se ha hecho literatura sobre el rodaje, y habría sido un desperdicio dejar al carismático Orson fuera de un relato tan mitificado. Como decía el torero Juan Belmonte "hay gente pa'tó", y una diferencia que tiene la novela frente al periodismo y a la historia es que estas han de ajustarse a la verdad, mientras que la novela necesita verosimilitud, y a veces la verdad es inverosímil.

hmm.jpgLa distancia dulcifica la memoria, pero hay que decir que, en algunos aspectos, el equipo de Moby Dick entró en Las Palmas de manera poco discreta, por decirlo suavemente; se hacía la vista gorda porque dejaban un reguero de dólares en tiempos de miseria, y porque eran americanos, por mucho que renegase de ello su director; no era cosa de molestar a los yanquis, que algo se había pillado de las sobras del Plan Marshall. Como llovía sobre mojado, después de los episodios alrededor del rodaje de Tirma, hasta el obispo intervino en contra de John Huston, porque le parecía escandalosa e insultante la actitud de colonos del Far-West que exhibían los cineastas. El prelado había intentado impedir que se le concediera el permiso para rodar una película en la que, según las referencias publicitarias, el hombre desafiaba al mismo Dios y este actuaba en legítima defensa. Todo en vano porque las relaciones de aquel obispo con el poder civil eran precarias... Pero esa es otra historia.

Por fin, todo el equipo de rodaje de Moby Dick se marchó -Huston también-, y la película fue proyectada en la isla varios años después, mutilada por los cortes de la censura y tergiversados los diálogos por el doblaje. Pocos quedaron convencidos de que en realidad los exteriores de la película fueran en verdad rodados en la bahía de Las Isletas y en la playa del Confital, y la leyenda de Huston desapareció enseguida de la memoria de la ciudad. Se ha recuperado en los últimos años gracias a la Filmoteca Canaria, al festival de Cine de Las Palmas, a muchos trabajos periodísticos y a alguna novela que se sitúa en esa época. En realidad, solo salía el mar de la isla, y es muy difícil diferenciar una escena rodada en el Atlántico insular de otra filmada en el Mar del Norte. En la pantalla es solo agua.

La luz es otra cosa, pero hasta en eso hubo suerte, porque, durante las semanas que duró el rodaje, en Gran Canaria hizo un tiempo invernal, muy oscuro y tormentoso, irlandés, y hubo una sucesión de borrascas severas que se notaron también en el mar, hasta el punto de que casi por milagro no se volvió a perder la ballena de caucho que fabricaron en el Puerto, y se pudo rodar el final de una de las películas más importantes de la filmografía de John Huston como director y de Gregory Peck como actor. Así que, un conglomerado de circunstancias impensables a priori hizo que la resplandeciente Gran Canaria interpretase el papel de la brumosa y legendaria isla ballenera de Nantucket, y que se escribiese en el mar de Las Isletas un bello capítulo de la cinematografía mundial, que una a la isla y para siempre a la luz de las estrellas John Huston y Gregory Peck en la Gran Historia del Cine. Y, por supuesto, a la memoria de la diabólico-divina Gran Ballena Blanca: Moby Dick.

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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 22 de septiembre).


Probablemente no haya lugar más idóneo para celebrar la literatura en nuestra lengua que Canarias. A cualquiera de las islas le sobra historia de ida y vuelta en ambas direcciones, pues no olvidemos que Canarias ha sido vehículo de más de cinco siglos de intercambios, y a la vez custodia de buena parte del romancero contemporáneo a la conquista y colonización de América e incluso anterior. En algún momento, han bebido nuestra agua, descansado en nuestro suelo y respirado nuestro aire, desde Ercilla y Bartolomé de las Casas hasta Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda y docenas de nombre que han ayudado a forjar una lengua durante medio milenio. Y La Palma tiene, además, esa memoria de la Ilustración, impregnada en su manera de ser más allá de los detalles culturales y eventos puntuales que se han adherido a su idiosincrasia. Celebrar un congreso hispanoamericano de escritores en La Palma es la constatación del lugar que estas islas han ocupado y ocupan en la comunicación entre continentes, no solo de la lengua y la literatura, porque eso mismo sucede con otras actividades humanas, sean musicales, plásticas o gastronómicas. Hasta la manera de jugar al fútbol en Canarias es el resultado de este tránsito de siglos que ha definido el carácter con que se aborda cualquier manifestación humana.

Sin títulolapalma.jpgProbablemente este sería para mí el congreso ideal de literatura en español. Tanto la organización liderada por el escritor y editor palmero Nicolás Melini como la dirección de la Cátedra Vargas llosa, encabezada por J.J. Armas Marcelo, que es motor inexcusable de esta iniciativa, han tenido a bien invitarme, y coincidencias en el tiempo que nada tienen que ver con el mundo literario impiden que pueda acudir, aunque estaré atento a cada minuto de lo que ocurra, que va a ser mucho y bueno y de lo que tendremos abundante información, como se está viendo en la diligencia con que se trabaja ya en la preparación. Seguramente surgirán opositores enardecidos y justicieros, como ocurre siempre cuando se trata de literatura, y que suelen coincidir con quienes callan o aplauden cuando se realizan otros eventos culturales, científicos o deportivos. Pero ese odio prefabricado hacia lo literario ya está descontado de antemano, porque un encuentro de escritores siempre es un abrazo con la imaginación, material que es el viento que empuja al ser humano y a las sociedades.

Y siempre aparecen las mismas preguntas, que nunca brotan cuando hay encuentros de otra índole, y que también podrían resolverse a través de las nuevas tecnologías de la comunicación. Pero faltaría ese contacto personal que suele ser más importante que las conferencias, comunicaciones, ponencias y mesas redondas, por muy interesantes que estas sean. Es ese contacto el que hace importante un congreso, y me atrevería a decir que, aunque no aparezcan en la memoria final, buena parte de la cosecha tiene mucho que ver con la charla alrededor de una comida, un café o una copa. La literatura forma parte de esa mochila de arte y ciencia que es una carrera de relevos, y que va componiendo la memoria personal y la historia colectiva, en la que la lengua y la literatura son engranajes que sirven de llave y caja fuerte a otros lenguajes; como suelo decir, esa cultura acumulativa es la que, cada día, diferencia más a un ser humano de un tigre.

Por lo tanto, saludo agradecido al Congreso Hipanoamericano de Escritores, al que ofrecemos espacio en nuestro archipiélago, y ojalá haya un futuro en el que cada una de nuestras islas pueda cerrar el abrazo de la lengua común a posibles nuevas ediciones, porque, como ya dije al principio, Canarias es el territorio natural de encuentro entre quienes se comunican en dos continentes a través de una misma lengua. Solo me queda dar las gracias a impulsores, instituciones que colaboran y a los escritores y escritoras que participan. Bienvenidos los que llegan y bien hallados los de aquí. Tratándose de la isla de La Palma, sé que nadie va estar en desacuerdo si personifico ese saludo en una mujer que nos representa a todos y que es un espejo en el que mirarnos: nuestra querida poeta Elsa López.
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento cultural Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del 15 de septiembre).


Hay memorias que cuentan las vivencias personales e incluso íntimas y otras en las que el autor funciona como testigo de hechos de interés para el lector, sobre todo si quien las escribe es un personaje con mucha presencia social o histórica; un ejemplo de esto último podrían ser Churchill o Darwin, porque tiene mucho atractivo conocer elementos de la trastienda de momentos importantes de nuestra historia común; eso, claro, desde la perspectiva de una persona, que puede estirar o encoger los hechos según le convenga. Las hay mixtas y luego están las de los escritores, cuyo mayor interés radica en conocer de primera mano detalles de un periodo literario propio y de todo lo que se ha movido alrededor, y más si se ha sido testigo, confidente y protagonista de buena parte de la historia literaria de ambas orillas de nuestra lengua en el último medio siglo. De esta manera es cómo hay que acercarse a Ni para el amor ni para el olvido, primer tomo de memorias de J.J. Armas Marcelo.

Scan68.jpgAunque a veces no se diga expresamente, existe la creencia inconsciente de que lo que no se cuenta es como si no hubiera sucedido. Desde que el ser humano alcanzó el lenguaje y la capacidad de comunicación, sabemos de nuestro pasado por las imágenes gráficas, por la memoria transmitida a través de la oralidad y por la escritura cuando el ser humano empezó a escribir, siempre desde una visión subjetiva, de manera que dos personas perpetuarán el mismo hecho de distinta forma, porque la imaginación va generando realidades paralelas que, al cabo, crean tanta o más conciencia colectiva que los escritos que se aferran a una realidad que también tiene diversas aristas. Podríamos decir que ahora mismo son más reales Don Quijote, Aquiles y Fortunata que Cervantes, Homero y Galdós.

Se trata, por lo tanto, de contar lo que llega a la imaginación, porque eso que se cuenta es lo que va a quedar para el futuro. Cuando alguien escribe sobre su propia biografía, tiene que darse cuenta de que la memoria va acomodando los recuerdos, hasta el punto de que el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez escribió: "la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla". Si esto sucede con lo que entendemos como real, es imposible estimar hasta dónde puede llevarnos nuestra imaginación. El listado de memorialistas ilustres que han dado la visión personal de su época y su sociedad es tan largo como interesante, desde la fiesta que era París para Hemingway, a las mudanzas de Nabokov cada vez que cumplía otros veinte años; Kipling, Virginia Wolf, Casanova, Anaïs Nin, Sábato, Simone de Beauvoir o Stefan Zweig, han plantado, como Alberti, sus arboledas perdidas y, como Neruda, han confesado su pasión por la vida.

Esa es la pasión que ha derrochado y derrocha Juancho desde que nació y se fue a Madrid detrás de un balón merengue y de la llave de la lengua, que entonces tenía dos puertas, una en la capital y otra en la Barcelona europea que era la envidia de aquella España que olía a cerrado y sacristía. A Barcelona se iría más tarde, después de inventar literatura en Canarias desde la editorial Inventarios Provisionales, sobre la que cayó -también sobre él- la furia que convertía a militares iletrados en magistrados del orden maldito de los infames. Como Tomás Moro, mira hacia atrás sin ira, pero sin ceder una palabra al silencio, tal vez porque entienda que hay que contar las peripecias y retratar las cosas para que se sepa que sucedieron y que han existido; las buenas y también también las malas. Este tomo llega hasta la frontera felipista de los ochenta, y al menos en su primera mitad, me trae la memoria propia de aquellos años en los que caminábamos juntos por la calle León y Castillo, esquina Plaza de la Feria, en Las Palmas de Gran Canaria, con puerto de salida en las agobiantes traducciones de Tácito y de llegada sabe Dios, aunque siempre había parada en algún entrevero literario. Esos primeros años setenta imaginábamos la futura España leyendo a hurtadillas Ruedo Ibérico, y Juancho ya se sentía sobrevolando el Atlántico y los Andes tantas veces que ya se ha perdido la cuenta.

Y luego está la prosa, esa otra manera de contar que usa Juancho en este libro, como si estuviera hablando cara a cara. Así que, por suerte para unos y desgracia para otros, se ha contado y por lo tanto ha sucedido. Ya no hay excusa; la ira nunca fue buena compañera de viaje, pero sí que es necesario usar el retrovisor de vez en cuando. Al leer este tomo, queda retratada una década y media en Canarias y en España. Esperamos la siguiente entrega porque es cuando llega la plenitud de ese Juancho que conoce porque ha hablado con ellos a casi todos los vivos y a buena parte de los muertos, ese Juancho que ya sabía que estaba condenado a pasar media vida en un avión. Y es que había estado en América antes de poner sus pies sobre ella.


Scan56.jpgSiempre he dicho que Juan Ramón Tramunt es un poeta, cuya adquiere altura apenas despega en el primer verso. Recientemente nos ha dado un poemario distinto, curioso y tan actual como clásico, Condena y júbilo de Caín, que es un recorrido por las grandes preguntas, en una secuencia de poemas que al cabo es uno solo. Inicio esta nota con ese anuncio porque se ha dado la circunstancia de que este poemario ha coincidido en el tiempo con un libro de narrativa, Nunca más la noche, por esas confluencias editoriales en las que el autor ya no es dueño del tiempo en el que sus obran ven la luz.

Podríamos decir que Nunca más la noche es un libro de relatos, o que contiene una novela corta (no tan corta), Betsabé, y cinco relatos, o que en él hay cinco historias cerradas y una en la que es el lector el que tiene no solo que terminarla, sino escribirla. Con lo dicho, hay que colegir que estamos ante un volumen singular, diferente, pero eso tampoco es una novedad en la narrativa de JR Tramunt, que en cada entrega nos sorprende con un planteamiento atrevido, sin delimitar nunca los géneros, pero valiéndose de ellos para desarrollar su idea, pues ya lo ha hecho desde la vertiente erótica, el género negro, el futurismo apocalíptico o los laberintos de la mente humana. En cada una de sus obras se mueve con las reglas del género que practica, pero finalmente rompe con todo y genera historias con un sello personal muy claro. Será eso que llaman estilo.

En este libro, la mayor parte de los relatos tienen como protagonista conceptual a alguien que apenas aparece, es una sombra, un recuerdo o el tema de conversación de otros, que en principio se presentan como comandantes de la historia. Apenas hablan, muy poco se les ve y, en algunos casos, ni siquiera eso, simplemente no están físicamente, aunque merodean por todos los rincones de la historia que se cuenta. Desconozco si el escritor se hace un planteamiento vital y crea un relato para ejemplificarlo, o bien el relato se va imponiendo por su cuenta, sin que haya premeditación. El asunto central que finalmente nos deja es la pregunta de hasta qué punto los demás son los diseñadores de nuestras vidas.

Scan55.jpgNo por su tamaño en el libro, que también, el relato titulado Betsabé merece un comentario especial. Se trata de un texto que bien pudiera haberse publicado como novela, pues no es menor que muchos de los títulos que en ese género resuenan en nuestra memoria (El extranjero, La perla, El túnel...) Y es una novela por su estructura, por la confluencia de personajes alrededor de un leitmotiv casi abstracto y porque mezcla la sordidez con la genialidad, lo blanco con lo negro, el bien y el mal. El nombre proviene de la amante bíblica del Rey David, madre de Salomón, y uno de los mitos más controvertidos de las Escrituras, prolijamente representado en las artes plásticas.

Por lo dicho, estamos ante un libro que nos sugiere muchos caminos, que plantea cuestiones complicadas y al cabo pide al lector la colaboración para resolverlas. Otra curiosidad de este libro es que el título del conjunto no toma el nombre de uno de los relatos, como suele ser la práctica habitual. Pero esto tampoco es nuevo en la obra de JR Tramunt, que en entregas anteriores de relatos siembre ha buscado un título diferente a los de las historias que aparecen, y que seguramente tratan de resumir la idea general del libro. Si lo consigue o no es cada lector es que debe juzgar.

En definitiva, una vez más, la narrativa de JR Tramunt satisface esa curiosidad de quienes lo hemos leído y esperamos a ver qué propuesta nos hace, que a menudo suena muy atrevida pero que luego responde a una idea que el autor nos pone sobre la mesa y que suele concernirnos a todos. JR Tramunt no defrauda.

pili-mojo.jpgLa editorial vasca Literarte, abre su colección Letra y punto con un volumen de relatos en los que la gastronomía es parte fundamental de las narraciones. Cinco plumas de Euzkadi y otras tantas de Canarias componen un mosaico en el que la comida sirve de hilo conductor de las historias y definen de alguna forma la idiosincrasia de vascos y canarios. Toma el título de dos salsas muy populares en ambos territorios, Pil-pil y mojo, y será presentado el próximo jueves 31 de mayo, en el edificio La Bolsa (Sala Ganbara) de Bilbao. Más adelante también será presentado en Canarias.

La iniciativa se debe al impulso de María José Mielgo Busturia, escritora, editora y alma de Literarte Editorial, y de la poeta y narradora Teresa Iturriaga Osa, que también forman parte de la nómina de autores y autoras, que se completa con relatos de Sergio Arrieta, Santiago Gil, Guadalupe Martín Santana, Miren Agur Meabe Plaza, Elisa Rueda, Pablo Sabalza Ortiz-Roldán, Pedro Ugarte y quien esto escribe. El libro trata de tender puentes desde la diferencia.

La gastronomía no solo es un factor clave en los estudios etnográficos, también es el resultado de muchos elementos físicos de cada lugar, su espacio geográfico, sus características climatológicas, el devenir de la historia y las influencias diversas. Al sentarnos ante un plato o un postre propio de un territorio, estamos frente a cientos de años de evolución y de aportaciones que nos cuentan a su manera el relato de muchas generaciones que son como un río que desemboca en lo que hoy somos tantos vascos como canarios. Y si la comida es el resultado de muchas cosas, este es, a su vez, un retrato que define la manera de ser de los pueblos.

Por lo tanto, este es que contiene gastronomía, etnografía e historia, pero ante todo hablamos de literatura, porque cada relato está escrito desde la sensibilidad que han acreditado quienes han dedicado su esfuerzo y su talento a contarnos una historia literaria. La presentación inmediata será sin duda un éxito frente al Cantábrico, y espero que pronto esté ese libro en las librerías canarias y podamos hacer su presentación en medio del Atlántico.

La verdad puede eclipsarse
pero no extinguirse.

Tito Livio


La verdad puede eclipsarse pero no extinguirse
Así que no me mienta,
tarde o temprano se sabrá que no es usted IMG_8006JJJ.jpg
un Brunetti auténtico.

Se apellida usted Brunetti, sí.
¿Es acaso de los Brunetti importadores?
¿de los Brunetti farmacéuticos?
¿canónigos?
¿banqueros?
¿nooo?
¡Entonces usted no es un Brunetti!

Al menos no es un Brunetti con legitimidad.

Hay Brunettis arrieros,
descargadores del puerto,
panaderos,
gente baja.

¡Ah! Que es usted magistrado de la Audiencia.

Sí, pero su padre fue asalariado,
un hombre sin rango.

No es usted uno de los nuestros,
carece de sangre noble,
y por lo tanto debo denegar
su solicitud para ser miembro
del Club de los Próceres.

¿Tiene hijos?
¿Dos? Dígales
que pueden pasar a hacerse socios.
¿Qué el varón solo es enfermero
en un ambulatorio
de la Seguridad Social
y la niña monitora en un gimnasio?

No importa que sean asalariados.

Aunque fuesen taxista,
auxiliar administrativo
o camarera,
son de buena familia.

Usted no es de los nuestros,
ellos sí,
tienen rango: por sus venas
corre sangre de un prócer.

Tenga en cuenta que son
hijos de un magistrado de la Audiencia.

Usted no.


3r56.jpgQue se celebre cada 21 de marzo el Día Mundial de la Poesía seguramente indica que se le presta poca atención. En general, se entiende la poesía como algo endeble y propio de personas pusilánimes y extraviadas de la realidad. Es falso, la poesía es expresión de fortaleza que nace de las almas fuertes y apela a la humanidad, a la inteligencia y a la sensibilidad. ¡Ah, qué triste equiparar sensibilidad con languidez, debilidad y cursilería! Si algo no es remilgado en el mundo es la poesía, que nunca consiste en apilar versos que suenen o que incluso estén tamizados por cien diccionarios; la poesía es otra cosa y aparece en los versos, pero también en la prosa, en cualquier acto creativo en incluso en la vida cotidiana. Porque se trata de una forma de mirar, es el microscopio del pensamiento, el bisturí que transforma a los seres humanos. Poesía es entablar relación de igualdad con personas afectadas por el Síndrome de Down, que también celebra hoy su Día Mundial. ¿Hay algo más poético que la comunicación entre seres humanos? Desde la poesía se crea belleza, pero no solo la belleza puede ser poética. Así que hoy felicito a la gente que hace poesía amasando pan, cuidando a un anciano, contando una historia, barriendo una calle, enseñando a quien no sabe, transmitiendo los tres focos de luz de la poesía: humanidad, inteligencia y sensibilidad. Y, cómo no, felicito a quienes, escribiendo versos, a veces también hacen poesía.


No es una novedad que en estas primeras décadas del siglo XXI la narrativa se ha hecho presente cotidiano en la literatura que se hace en Canarias, pero ahora mismo parece que está tratando de buscar nuevos caminos, hasta ahora no muy transitados en la narrativa en general y en la canaria en particular. Por desgracia, poco se ha escrito de los estilos, las técnicas y los propósitos de la novela en Canarias desde que empezó a normalizarse hace 45 años. Se habla de generaciones que van desde aquel mítico boom de los años setenta hasta la más reciente llamada Generación 21, con otras que han ido surgiendo en todos estos años. Pero no ha habido generaciones más allá de la coincidencia temporal, que no en la edad de los componentes. Ha sido una manera de medir el tiempo, no la literatura.

Por aquí, como diría Serrat, cada quien es cada cual, y raramente puede adscribirse a varios autores a un movimiento, una idea y objetivo. Pero sí que ha habido una norma común: las novelas se han escrito primando lo narrativo, retratando la realidad o rebuscando en la historia, cuando no se han hecho ejercicios literarios sobre las relaciones humanas o incluso los avatares políticos. Cuando se ha querido romper la norma, se ha entrado en el género adecuado para cada historia, fuera el histórico, el fantástico o, como ha ocurrido con profusión en la última década, la novela etiquetada como género negro. Es decir, se han escrito novelas históricas, fantásticas, políticas, negras, eróticas o de cualquier otra etiqueta, y cuando no había que entrar en los géneros, simplemente se escribía una novela al uso, con la narración como bandera y una historia como columna vertebral.

supervivencia33.JPG¿Qué ocurre ahora mismo? Pues que parece haberse roto la norma. Aunque la palabra novela procede del italiano novella, y esta del mismo término en latín, desde los primeros atisbos del género, ya en el esplendor del Imperio Romano con El Satiricón de Petronio o El asno de oro de Apuleyo, las novelas se han caracterizado por ser una ficción en prosa, y los franceses, que son muy suyos en lo de la semántica, llaman nouvelle a la noticia. Es decir, la mayor parte de las novelas en todas las épocas y en todos los géneros han sido y son artefactos que "dan noticia", cuentan una historia. Las consideraciones de cualquier tipo que se deduzcan de esos relatos vienen por añadidura, pero la esencia de las novelas radicaba en la peripecia de sus personajes y surgían a posteriori porque la historia y el lenguaje eran lo fundamental.

Aunque antes hubo algunos amagos, este fenómeno empiezo a hacerse visible años atrás y ahora es una evidencia. Lo curioso es que se rompe una regla pero permanece la disparidad de objetivos, cada quien sigue siendo cada cual, nada que ver un autor con otro. Empezó a notarse el año pasado, cuando aparecieron dos novelas muy distintas pero tributarias de la misma idea, que no es otra que la de pasar la narración a segundo término, convertirla en un instrumento para expresar una idea previa a toda la escritura. Esas novelas son Anturios en el salón de Juan Ramón Tramunt y Entrelazamientos, de Luis Junco. La primera plantea la posibilidad de un futuro postapocalíptico en la isla de Gran canaria después de un desastre nuclear, la segunda profundiza en el mundo de los universos paralelos. Se cuenta una historia, pero la especulación es el objetivo, no la peripecia, que viene a ser una especie de ejemplificación metafórica de la idea sobre la que el autor reflexiona. Son novelas que formulan una tesis sin que se enuncie explícitamente, un juego literario que tiene antecedentes muy egregios en Wells, Orwell, Huxley, Lem, Kafka o Camus. Todo lo que conforma la novela, sea género, estilo, lenguaje, personajes e historia son piezas de un mecanismo que sostiene una idea.

Llamo la atención sobre el fenómeno porque recientemente han aparecido varias novelas que entran en ese campo. Cuatro son los ejemplos que propongo: Mares, de Silvia R. Court, que establece un juego de realidades superpuestas que sirven a una idea que va más allá de la narración; El conocimiento de Jonathan Allen, que usa el relato para preguntarse sobre la conveniencia de conocer verdades sobre nosotros mismos que tal vez no nos gusten; por su parte, Santiago Gil reflexiona en la novela 2 sobre la dualidad de cada uno de nosotros, utilizando argumentos narrativos que dibujan la idea motriz de la narración; y también Manuel M. Almeida ha utilizado en Evanescencia el formato novela para plantearnos un relato, aparentemente fantástico, que es finalmente una llamada de atención sobre este mundo que se despersonaliza por momentos.

Tal vez esta eclosión de temas y de inquietudes convertidas en novelas sea una consecuencia de los momentos confusos que vive nuestra sociedad en todos sus estratos; los humanos parecen empeñados en convertir el planeta en una falla valenciana. En España y Canarias no estamos mejor, y podemos resumir el momento como el de la mayor crisis política, económica e institucional en muchos años (que genera tribulación, miedo y desesperanza), y que hace que los escritores traten de avizorar lo más esencial del ser humano, o acaso la recuperación del paraíso perdido que no lo parecía cuando era real ("Cualquiera tiempo pasado fue mejor", verseaba Jorge Manrique). Puede incluso que se ponga en tela de juicio la mera posibilidad de la supervivencia física. Decía Facundo Cabral que la vida es una novela escrita por un loco; menos mal que hay otros a los que su locura los empuja pensar, no a pulsar botones letales en todo el círculo que recorre el Sol.

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(Este trabajo fue publicado en la edición impresa del suplemento cultural Pleamar del periódico Canarias7 de Las Palmas de Gran Canaria del 17 de diciembre de 2017).


Que una visión aparentemente real pero imposible ante la lógica cotidiana (los burros no vuelan) se presente con normalidad no sería raro, si entramos en territorios imaginativos irracionales, que son lo suyo en novelas de género fantástico. Que estas cosas ocurran como metáfora de una realidad evanescente es menos usual en novelas no encasilladas por los críticos en un género concreto, y que suelen calificar de "literarias", como si no lo fuera cualquier novela que se precie en cualquier género.

Evanescencia1.jpgManuel M. Almeida no es nuevo en esta plaza. Aparte de su exitosa trayectoria como bloguero, es autor de novelas, poesía y una colección de relatos cortos en los que suele jugar con lo sorprendente, absurdo y a menudo irracional. Ahora publica la novela Evanescencia que podríamos entenderla como el océano en el que desembocan esos argumentos imposibles de mucha de su narrativa breve. Sin complejos literarios de ningún tipo, se interna en un argumento que contraviene las leyes de la física y la biología, tenidas por universales desde siempre, aunque ahora empiezan a plantearse otras posibilidades desde distintas vertientes de la ciencia más avanzada. Tampoco es tan nuevo, hace cien años Einstein puso contra la pared una magnitud tan aparentemente inmutable como el tiempo, y también Gregor Samsa amaneció convertido en una cucaracha desde la metafórica imaginación de Franz Kafka.

Evanescencia se mueve entre la realidad más material y esa otra realidad metafórica que acaba por imponerse en un relato que no deja hueco a la respiración. Almeida transita sin miedo por un territorio nuevo, pues se trata de una realidad paralela creada por el novelista, y consigue meter al lector en ese universo simbólico que a la postre viene a resultar rabiosamente realista como las bocas de fresa de Rubén Darío. De alguna forma, la fábrica de distintas maneras de interpretar el mundo, que tiene como operarios de lujo a Bardbury, Lem, Orwell o el mencionado Kafka, es el faro que guía esta narración de Manuel M. Almeida.

La ciencia tiene que estar dominada para saltarse sus reglas en una novela, y al fondo siempre está la filosofía, puesto que cada intento científico lleva aparejado el planteamiento de para qué y hasta dónde. Hay, además, un componente que nos plantea un sistema de creencias más allá de la religión, que hace que uno de los personajes pregunte y se responda a la vez: "¿ves cómo al final tu fantástico diseñador de universos resultará ser Dios?" Estamos, por lo tanto, ante una novela valiente y a la vez rebosante de insolencia, pues se viste con la valentía de los que siempre tienen una pregunta más allá de cualquier respuesta. Si, encima, el relato se construye con una prosa deliberadamente diseñada para crear inquietud, estamos ante una novela que viene resultar una gozosa e interesante curiosidad literaria.


Vuelvo a definir a Santiago Gil por enésima vez como el escritor que tiene un periscopio siempre fuera del agua para ver qué ocurre alrededor de los 360 grados de la vida. Pero no se limita con ver e informar de lo que ve, sino que indaga y deduce qué significa cada una de las cosas que atraviesan el juego de espejos de su mecanismo observatorio. Tiene la facultad de escarbar en los sentimientos más ocultos de sus personajes, que indefectiblemente son perdedores, o al menos se ocupa de los momentos en que el alma humana es poseída por la certeza del abandono y la desolación.

2 santiago gil.JPGEsos momentos oscuros son comunes a todos los seres humanos, aun a los que parecen brillar sobre la peana de oropel de los triunfadores. Desde ese punto de vista, el novelista rebusca en el territorio más íntimo, ese que nadie comparte ni con la persona más cercana. Cualquiera que conozca a Santiago en su vida personal puede encontrar una gran divergencia entre su manera de ser y en los mundos que crea en sus novelas. Es un hombre jovial, alegre y extrovertido, un arquetipo que raramente vemos en sus páginas. Cuando se calza el uniforme de novelista, trata de encontrar ese otro yo que existe en todos nosotros. Sus libros no suelen ser una verbena, y cuando el humor aparece lo hace de una manera tan dura que pasa a formar parte del retrato de esos personajes, que a veces ríen hasta sin motivo.

Escribir en ese filo de la navaja, usando técnicas que a menudo contravienen la lógica cotidiana, es un ejercicio literario de una enorme dificultad. Para trasladar ese camino por la naturaleza humana sin perder el pulso hay que tener un don. Casi diría que a Santiago lo que menos le interesa de la novela es la historia, persigue sobre todo las consecuencias de la vida, la historia sirve como detonante, pero el corazón de sus novelas está en la puesta en funcionamiento de un proceso reflexivo en el que quien lee se coloca en primera fila para tratar de ver lo que el novelista quiere que vea. La prosa exacta es su secreto fundamental, cada palabra está en el sitio que conviene, como las piedras de un arco ojival; la narración es la campana que toca a rebato hacia la reflexión; pero cuando encontramos a Santiago Gil en estado puro es cuando recrea esos mundos ambiguos, contradictorios y a menudo doloroso, es decir, cuando llega a toda su capacidad como novelista.

2 es una novela corta que se expande cuando llega a manos del lector, porque en ella hay otras novelas, otras reflexiones, otras salidas posibles que no estás expresadas pero que surgen. Cada lector encontrará la suya. Es Santiago un autor que confiesa su admiración por Stendhal, pero su obra es más centroeuropea. No sé si estos autores serán habituales en su biblioteca, pero al leerlo resuenan al fondo el pesimismo creativo de autores del corte de Thomas Bernhard, el más reflexivo Kundera e incluso de la poesía duramente humanista de la última fase creativa de la poeta Wisława Szymborska. Desde ese punto de vista, parece entroncar poco con esa otra vertiente canaria que viene de América, aunque no todo en el oeste del idioma es narración sin tregua; también hay corrientes reflexivas más allá de la fanfarria narrativa habitual que todos celebramos, que vienen de Onetti y más atrás y que en la actualidad tienen en su cima a autores como el peruano Alonso Cueto.

La nueva novela de Santiago Gil, que tiene un título tan corto como rotundo, usa el número 2, en cifras, como elemento contradictorio, que toma las relaciones gemelares como recurso para reflexionar sobre la dualidad que todos arrastramos. Y es que en las novelas de Santiago Gil, nada existe por azar.

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