los blogs de Canarias7

Novedades en la categoría Letras


Suele decirse que el periodismo nació en la Inglaterra del siglo XVIII, décadas antes de la Revolución Francesa, pero en realidad ya se ponían comunicaciones para la gente desde la época de Julio César, y durante la Edad Media había hojas volanderas que comunicaban. Fue en la Venecia más gloriosa cuando se imprimían noticias y opiniones que se vendía al precio de una gazetta, que era la moneda veneciana de la época, y de ahí surgió el primer nombre de las publicaciones, que se instauraron como tales y con fuerza durante el siglo XIX. Los grandes magnates norteamericanos de la prensa influían en la sociedad y en la política, como los míticos Joseph Pulitzer o William Randolph Heart, pero es que los grandes empresarios de la época de consolidación y crecimiento en Estados Unidos se dedicaban en origen a una sola actividad: Carnegie los trenes, Rockefeller el petróleo, los Hermanos Lehman a la banca, los mencionados Heart y Pulitzer a las empresas periodísticas y así en diversos sectores, si bien es cierto que pronto comenzaron a mezclarse intereses y el dinero sin nombre se infiltró en las redes del capitalismo que hoy conocemos.

Scan Mayte.jpgEn esa primera situación, las empresas periodísticas vivían de sus suscriptores, y podían ser relativamente libres, pero cuando el dinero pesó más desde la publicidad, la libertad de prensa empezó a diluirse, y la verdad impresa se tornó duda razonable. El fenómeno ha empeorado con el tiempo, por implicaciones políticas, y eso si hablamos solo de la prensa en países supuestamente democráticos, porque si entramos en otros espacio hablamos de censura clara y manifiesta. Hoy no serían posibles situaciones como la narrada en la famosa película de 1952 El cuarto poder, porque la dueña del periódico encarnada por Ethel Barrymore tendría negocios en otros sectores y el defensor irredento del periodismo independiente que interpretaba Humphrey Bogart estaría despedido y sin posibilidad real de encontrar trabajo en otro medio. Quiero decir que, desde siempre, se ha cumplido la conocida definición de que periodismo es publicar algo que alguien no quiere que se publique.

Muchas voces han sido acalladas, y en estos tiempos son demasiado frecuentes los asesinatos de periodistas en lugares como México, o más cerca, en Rusia, y ahí al lado, en Malta, dentro de la UE, por no hablar de los muertos en misiones informativas en lugares en conflicto, de triste memoria para todos. Y es que, cuando se mezcla la política, el crimen organizado y el dinero, el periodismo estorba.

De eso habla La espiral del silencio, la novela de Mayte Martín que hoy presentamos. Y después de lo dicho, podríamos pensar que ya no existe el periodismo porque ha sido devorado por el dinero. Pero es que precisamente, en estas condiciones tan adversas, en las que muchas personas se juegan la vida y a veces la pierden, sigue habiendo intención y vocación de contar eso que alguien no quiere que se cuente. Hablamos de gente que tiene un armazón ético indestructible, y desde luego una valentía que no tendría que ser imprescindible para empuñar una pluma o un micrófono, o para dar imágenes que alguien no quiere que sean vistas.

La manera que Mayte tiene de contarnos esto es a través de una novela negra; que en realidad no es negra por el género sino porque nuestra sociedad se está convirtiendo en un sistema que funciona como las tramas más socorridas del género. Por desgracia, a las novelas negras hoy habría que llamarlas realistas. Así de tremendo es el problema que a todos nos atañe. La libertad de expresión y por lo tanto la libertad de prensa acaba cuando choca con intereses políticos, económicos o de la propia empresa en la que se trabaja, por no hablar de otras organizaciones indeseables que por desgracia meten sus garras en todas las actividades humanas e inhumanas que dan dinero.

La lectura de esta novela produce desasosiego porque logra transmitir esa inseguridad en la que finalmente no puedes fiarte de nadie cuando hay algo importante en juego. Mayte pasa por ello a formar parte de esas personas valientes que, sea en forma realista y documentada, sea en forma metafórica, expone y denuncia, no solo el desprecio a la vida de los profesionales honestos del periodismo, sino porque se está cometiendo un crimen que nos afecta a todos. Lo que matan de un solo tiro es la verdad y la libertad. Poner sobre la mesa algo tan terrible es por lo tanto un acto de valentía. Si, además, está bien escrito, solo me queda felicitar a su autora.


Aunque la novela corta ya tuvo su gran recorrido en centurias anteriores, con ejemplos españoles tan brillantes como El lazarillo de Tormes o las doce Novelas Ejemplares de Cervantes, por lo general cuando se habla de novelas cortas siempre se tiende a minusvalorar la obra, aunque es bien cierto que muchas de las cimas narrativas de los siglos XIX y XX suelen ser muy largas, pero junto a ellas siempre hubo novelas menos extensas y de gran calado literario, como las narraciones de Stevenson o maravillas como La muerte en Venecia (1912), de Thomas Mann, o La metamorfosis (1915) de Kafka.

20170526_114526.jpgEn el segundo tercio del siglo XX hay una eclosión de la novela corta, cuyo comienzo podríamos situar en 1942, cuando Camus publicó El extranjero y Cela La familia de Pascual Duarte, y el final en 1961, en el cierre de la trilogía de las primeras novelas cortas de García Márquez con El Coronel no tiene quien le escriba. Y en medio, una colección de joyas literarias, todas espléndidas, en diversos géneros, que van desde El principito, La invención de Morel y La perla, hasta El viejo y el mar, Réquiem por un campesino español, Pedro Páramo, Casas muertas o Desayuno en Tiffany's, firmadas por gigantes en varias lenguas. Y en el centro cronológico de este listado, en 1948, aparece El túnel, la primera novela del argentino Ernesto Sábato.

Aunque los temas y los enfoques de estas novelas son diferentes, todas tienen algo en común: de una forma o de otra merodean el existencialismo, cuando no se sumergen directamente en él. Esta corriente filosófica se afianza en el siglo XIX, de la mano de Kierkegaard y Nietzsche, y de autores literarios tan rotundos como Dostoievski. De algún modo, en el siglo XX siguen su estela pensadores tan dispares como Heidegger, Unamuno y Ortega, pero quien le puso nombre fue Jean-Paul Sartre en los años cuarenta, década en la que también surgen novelas existencialista de Camus, Simone de Beauvoir y del propio Sartre (estos últimos no entraron en el reino de las novelas cortas, necesitaban más espacio).

Por ello, la primera definición que entonces y ahora se hace de El túnel es que se trata de una narración existencialista, aunque también hay quien dice que existencialista es toda la literatura, porque habla de angustias, dolor, alegría y todas las pasiones humanas habidas y por haber. Otros encendidos apologistas suelen hablar de novela psicológica, de cómo se entra en la mente de un asesino y por lo tanto trazan un perfil de Juan Pablo Castel, el protagonista. Al final, todos caen en brazos de Dostoievski, precursor del existencialismo (también dicen que del psicoanálisis) en sus atormentadas narraciones. ¿No sigue este personaje sabatiano el mismo trayecto que el Pascual Duarte de Cela, el Meursault de El extranjero o el mismísimo Rodión Raskólnikov de Crimen y castigo?

Cuando se afronta cualquiera de las novelas cortas mencionadas, la reacción suele ser similar a la que se produce ante otra novela al uso, pero no sucede así ante El túnel. Las críticas, reseñas o comentarios suelen escapar a lo estrictamente literario y toman preferentemente uno de estos dos caminos: el filosófico o el psicológico. Cuando se toma la segunda vía, hay de todo, desde quien se mete en jardines freudianos y reproduce una relación edípica entre Castel y María, su víctima, hasta quien lo zanja con la conclusión, a mi modo de ver apresurada, de que el protagonista es simplemente un esquizofrénico que no ha tomado la medicación. Porque algunas de estas novelas, como la que comentamos, y las mencionadas de Camus y Cela, escarban en la mente de un asesino, y en algunos momentos podemos entender -no compartir- los motivos de su crimen, y de ahí nace la crítica de que, en cierto modo, lo justifica.

IMG_5580.jpgPero eso no es verdad, Sábato, como los otros autores, se interna en el pálpito de la vida y el laberinto de la mente humana. En ese sentido, la novela de Sábato admite un estudio psicológico tanto como un discurso filosófico con los soportes existencialistas. Siendo como es un libro rabiosamente literario, siembra siempre la duda de si es una novela que permite lecturas desde otras disciplinas del pensamiento fuera de la literatura, o bien es una especie de ensayo que utiliza el formato novela para generar debate. No estoy seguro de si Santiago Gil podría determinar si esta es una novela escrita con un mapa o con una brújula. Por consiguiente, surge más que nunca en literatura la duda de si fue primero la tesis que dio lugar al edificio narrativo o si en el camino creativo se reflejó la vida y al final se conformó una tesis. Pero, claro, ¿cuál?

Reza el refranero que algo tendrá el agua cuando la bendicen. Este refrán puede usarse en sentido negativo para dar credibilidad a un bulo o en forma positiva para certificar que una persona o una obra tienen un elemento especial -desconocido o inexplicable- que los pone en la cima. Este puede ser el caso de esta novela, porque pocas veces un texto tan breve ha dado lugar a tantas teorías, debates, opiniones y adjudicaciones de determinados argumentos en todas direcciones y en distintas materias. Se puede contraponer cualquier otro ejemplo, que siendo breve, también haya hecho correr ríos de tinta, pero suele ocurrir que, tomando como ejemplo otras novelas cortas como El extranjero o Pedro Páramo, siempre las teorías y las opiniones sobre ellas van todas en la misma dirección y casi nunca se salen de la literatura. Y otro detalle, cuando se habla de lo estrictamente literario, jamás se pone en tela de juicio el argumento, la estructura, los planos narrativos o cualquier otro elemento formal; se da por hecho que es una obra maestra sin que casi nunca se entre en explicar por qué, ya que al menor despiste se suele entrar en otras dimensiones que salen de los carriles lingüísticos o literarios.

Estamos, por lo tanto, en el aniversario de una de las obras más estudiadas, debatidas y utilizadas de nuestra lengua, aunque posiblemente no supere en lectores a otras menos generadoras de debate. Alguien ha dicho que este es a la vez un libro mágico y maldito, porque si convenimos con los clásicos que la certeza es un estado de ignorancia, nunca tenemos la seguridad de si entramos en la oscuridad del túnel que le da título al libro o logramos ver una brizna de luz al otro lado. Al publicar El túnel, su autor consiguió dispersar cualquier certeza y despertar inquietud, desasosiego y malestar, que fue exactamente lo que pretendió. Sábato en estado puro. Setenta años después, el debate sigue tan vivo como en 1948. ¿Cabe mayor éxito?
***
(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 el sábado 10 de noviembre de 2018.


Una de mis abuelas fue una extraordinaria contadora de historias; esa facultad le venía con su gran talento natural para la narrativa, pero sin duda se le educó con la afición al romancero popular y a la lectura de lo que ella llamaba "novelas antiguas", que era su definición de las novelas del siglo XIX, o del XX que se situaran en el siglo anterior. Cuando era niño, supe de la insobornable ansia de libertad de una tal Jane Eyre, de las dudas clasistas de la señorita Elizabeth Bennet, y de la fortaleza orgullosa de un huracán llamado Scarlet O'Hara. Cuando empecé a leer aquellos libros, me di cuenta de que Jane Eyre, Orgullo y prejuicio y Lo que el viento se llevó eran novelas escritas por mujeres. Y volví a encontrar maravillas imaginadas por Virginia Wolf, Mary Shelley, Emilia Pardo Bazán y una 1111.jpglista gloriosa de mujeres que llenaron de relatos y de poesía muchas horas de mi primera juventud. Nunca encontré diferencia entre ellas y los varones consagrados en los manuales, y para mí Jane Austen, Rosalía de Castro, Charlote Brönte o Gabriela Mistral ocupaban en mi mente el mismo espacio que los grandes nombres masculinos, tenido por gigantes. Pronto me di cuenta de que algo no iba bien, porque siempre que se hablaba del canon literario moderno de Occidente se repetían Dante, Cervantes, Shakespeare y Goethe, y una pléyade de coroneles, desde Dickens a Baudelaire, todos hombres. Y no había espacio en la memoria, el reconocimiento y la influencia para Teresa de Ávila, Emily Dickinson, Sor Juana Inés de La Cruz y muchas otras, generalmente silenciadas por eso que llaman Academia, que no sé por qué es un sustantivo femenino.

Desde que, muy joven, leí la novela Entre visillos, me enganché a la literatura, tanto de creación como ensayo, de Carmen Martín Gaite, una de las grandes escritoras españolas del siglo XX. Y el canon vuelve a repetir lo mismo, los grandes nombre de la narrativa española de posguerra son Cela, Delibes y, si acaso, Torrente Ballester y Martín-Santos. Carmen Martín Gaite no aparecía ni como segundona, y les aseguro que nada tiene que envidiar a los otros nombres, incontestables, sin duda. Ese silenciamiento de la mujer llega hasta nuestro días, pues es muy conocida la anécdota de que la autora de Harry Potter puso solo sus iniciales J.K. delante de su apellido (Rowlling) cuando presentó el primer libro a una editorial, porque sabía por propia experiencia que ni siquiera lo leerían si sabían que era una mujer. Y así están las cosas, en Canarias también, porque nuestro cuadro de honor literario del siglo XX está ocupado por varones que sin duda lo merecen, pero no surgen a la primera nombres como Josefina de la Torre, Mercedes Pinto, Pino Ojeda o Pilar Lojendio, merecedoras sin duda de ese lugar en nuestra cultura, porque pocos varones, incluso de los del cuadro dorado, fueron más valientes, audaces y coherentes, y sus obras siguen ahí para quien quiera comprobar su peso y su oportunidad. 2222.jpgY aprender, porque al silenciarlas se le hurta a mucha gente lo que ellas aportaron. Creo que este es el renglón adecuado para reclamar el rescate de una autora no suficientemente valorada como es la desaparecida Natalia Sosa Ayala.

Desde 2016, en España se celebra El Día de las Escritoras el lunes siguiente al 15 de octubre, festividad de Santa Teresa, escritora donde las haya. Por ello, el Parlamento de Canarias ha decidido homenajear este año a Elsa López, lo cual me parece un acierto porque todos los reconocimientos que se le hagan a Elsa son merecidos y casi siempre tardíos. Pero nunca es tarde si llegamos a fin de mes. Porque Elsa López, aparte de una poeta de las grandes de nuestra lengua, conecta con las anteriores en su firmeza, su coherencia vital y su valentía en pleno territorio del patriarcado literario y social. Por lo tanto, aplaudamos a Elsa López porque nos estamos reconociendo como sociedad, y leamos su abundante bibliografía en varios géneros, aunque yo recomendaría a los neófitos empezar por su poesía. Y de paso, es buen momento para mirar a nuestro alrededor y apreciar la labor literaria de las mujeres, que merecen ser visualizadas. Claro que hay escritoras buenas y menos buenas, igual que en el reino intocable de los varones, pero la transcendencia literaria debe medirse por la propia obra, no por el sexo de quien la escribe. Y como hoy es Santa Teresa, y celebra su onomástica y su cumpleaños la escritora Teresa Iturriaga Osa, no puedo terminar estas líneas sin unirme a la felicitación jubilosa por su literatura, como la de tantas mujeres escritoras, que admiro porque suele ir unida su calidad humana con el valor de su obra. Felicidades.


En el cine se producen curiosidades muy paradójicas. Cuando se eligen exteriores de rodaje, se procura que, si no se rueda en el lugar exacto del que se trate, se acuda a espacios similares o muy parecidos, como usar las dunas majoreras para hacerlas parecer el desierto del Sinaí en la versión de Los diez Mandamientos de Ridley Scott, o que el Sureste grancanario sirva como réplica a las islas Filipinas por su parecido paisajístico. Por el contrario, el rodaje de Moby Dick en Gran Canaria es algo casi contra natura, porque la nítida luminosidad de la isla es justamente lo opuesto a la atmósfera plomiza y sombría del espacio en el que se enclava la acción de la película. Pero el azar y la necesidad a veces funcionan, y en este caso funcionaron a satisfacción de los cineastas.
En el arte a menudo se desafía la lógica, y en torno a la Ballena Blanca hay otras curiosidades que realmente son una anomalía. Que lugares muy poblados y con siglos de historia, como París, Roma o Tokio, tengan una presencia inexcusable en el arte universal es lógico; más raro es que una isla diminuta, de la misma superficie que El Hierro, aparezca en el canon literario con letras muy grandes. Es el caso de la isla de Nantucket, 50 kilómetros al sur de Cap Cod, en la costa atlántica de Massachusset, más cinematográfico por su relevancia en películas como Retrato de Jennie o El cabo del terror. En Nantucket está uno de los puertos balleneros más activos y legendarios del Atlántico Norte, sobre todo en el siglo XIX, y sus aguas son escenario real del hundimiento de trasatlántico italiano Andrea Doria (en la misma ruta que el Titánic) y espacio imaginado en relatos -aparte de la mitificada historia sobre la caza de Moby Dick que es objeto de este trabajo- de la novela En el corazón del mar, de Nathaniel Philbrick, y posterior película de Ron Howard que rastrea la obsesión de Melville por la gran Ballena Blanca, después de conocer la peripecia del superviviente de un naufragio ocasionado por un cachalote de 26 metros, que se cuenta en Nantucket pero que al otro lado del mundo se reivindica en aguas chilenas del Pacífico, y que también fue el origen de la novela inacabada de Edgar Allan Poe Las aventuras de Arthur Gordon Pym y dicen que inspiró a Julio Verne en sus historias marinas.

hm1.jpgComo toda gran literatura, especialmente la que contiene elementos épicos, estas historias de balleneros del siglo XIX han acabado en la pantalla. Ya el cine mudo se ocupó de libro de Melville en 1926, y el carismático actor John Barrymore encarnó al demente Capitán Ahab, papel que repetiría cuatro años después en una versión sonora que se salta la deliberada misoginia de una novela "de hombres" (Melville se removería en su tumba) con un personaje femenino tan inesperado como la sensual, turbadora y jovencísima actriz Joan Bennett que lo interpretó. Incluso podemos entender que películas como Tiburón, de Spielberg, bebe de las fuentes de Moby Dick, pues el hombre se enfrenta a la bestia marina. La versión más cercana a la novela es de la que hoy hablamos, y es la dirigida por John Huston, que se terminó de rodar en la Navidad de 1955 en aguas de Gran Canaria, protagonizada por Gregory Peck, que vuelve sobre la misma historia al final de su carrera en una producción para televisión de 1998, aunque esta vez el papel del Capitán Ahab recae en el actor Patrick Stewart (sí, sí, el de la serie Star Trek). También se ha disparatado alrededor de Moby Dick, pero tras casi un siglo de versiones audiovisuales, se tiene a la película de Huston por la más fiel al espíritu de la novela, si bien podemos decir que pasa de puntillas sobre el repetitivo y a menudo irritante discurso circular de Ismael, el narrador-testigo, y centra la filmación en la parte final de la lucha entre el hombre y la bestia, a la que unos ven como una divinidad furiosa y otros como al monstruoso y demoníaco Leviatán descrito en El Libro de Job.

Y ese ambiente invernal, lluvioso y grisáceo de la costa nordeste de Norteamérica es el que suele imperar durante los meses fríos en la isla de Nantucket, a medio camino por mar entre Boston y Nueva York. Esa es la luz que Huston quería para los exteriores de su película, y para ello alistó nada menos que a media docena de los más cotizados directores de fotografía, todos bajo la batuta de Oswald Morris, que Huston había descubierto en sus dos películas anteriores, y que lo soportó dos o tres más. Porque Huston era una persona complicada, y resultaba difícil que repitiesen con él. Quien mejor lo aguantó fue Humphrey Bogart, seguramente porque eran iguales. Rodaron juntos media docena de películas, y seguramente no hicieron más porque Bogart murió. Para conseguir ese color añejo, vibrante y a la vez tenue, rodaron dos copias, una en technicolor y otra monocromo, que luego mezclaron. Pero aun así, la mejor manera de conseguir ese ambiente era rodar en esa zona del planeta, y preferiblemente en Nantucket, pero la isla de los balleneros estaba en territorio norteamericano, del que Huston había renegado y se había nacionalizado irlandés, como protesta por la persecución abanderada por el senador McCarthy en el ámbito del cine.

BUSCANDO UN GIGANTE Y UN PLATÓ

hm2.jpgHuston intentó hacer un guion con la parte más dinámica de la novela, pero se atascaba una y otra vez hasta que se puso a trabajar con el escritor Ray Bradbury, con el que, cómo no, acabó peleado porque el autor de Crónicas marcianas no estuvo de acuerdo en que el propio Huston fuese acreditado como coguionista de un trabajo que consideraba solo suyo. Y una vez que tuvieron el guión, quedaban dos asuntos que resolver: el actor que daría vida al Capitán Ahab y el lugar de rodaje que replicara el puerto ballenero de Nantucket. Alrededor de esta película hay rumores que se dan por certezas documentadas y versiones distintas dadas por varias personas, entre ellas el propio Huston, que nunca sabías cuando decía la verdad, echaba balones fuera o soltaba lo primero que se le venía a la boca. Para decidirse por el actor protagonista, había una condición imprescindible: que fuese un hombre muy alto, de anchas espaldas y de gran presencia caracterial. Descartado su fiel Bogart por la estatura, se buscaron otras opciones entre actores altos; Newman y Brando, no muy altos pero carismáticos, eran demasiado jóvenes y guapos, y Rock Hudson, aunque gigantón, era demasiado blando; Cary Grant, demasiado elegante; Alec Guinnes, demasiado flemático; Clark Gable, demasiado risueño, Burt Lancaster no tenía hueco, Charlton Heston se había ido a recoger las tablas de La Ley al Sinaí, Gary Cooper no podía ser porque se negaba a morir en la pantalla, y cuentan que dicen que dijeron que Robert Mitchum dijo que no, aunque no dicen por qué. Y ya no quedaban hombrones de talla XXL disponibles. Bueno sí, quedaba uno, Gregory Peck, que habría que envejecerlo, afearlo y cabrearlo para quitarle esa pinta de niño bueno del catecismo. Ya había dicho Hitchcock a todo el que quiso escucharlo que la apariencia demasiado blanda de Peck le había chafado su película El Proceso Paradine unos años antes, pero Huston, que se las tenía también con Hitchcock, tal vez quiso demostrarle que él podría hacer de aquel querubín de un metro noventa una fiera intratable. Y enganchó el único gigante que estaba libre.

Descartado por otras razones el lugar estadounidense idóneo para rodar, había que buscar una zona con una latitud parecida para que la incidencia de la luz fuese la misma. Canarias no entraba en el plan, hay una luz distinta por su cercanía al Trópico de Cáncer. ¿Qué mejor lugar que Irlanda para reproducir Nantucket? Y se fueron al puerto de Youghal en la costa sur irlandesa. Allí se aclimataron tan bien que aún hoy, en 2018, sigue estando tal cual el Pub donde trasegaba whisky el plantel de la película, mezclado con los lugareños que hacían de extras o trabajaban en la construcción de ballenas de caucho que una y otra vez se tragaba el Mar del Norte, que aquel otoño de 1955 no estaba por colaborar con Huston. Aquello era la quiebra de la productora, por el material que se perdía y por la tardanza, de manera que tuvieron que buscar soluciones más al sur. La primera la consiguieron en Madeira, donde filmaron la caza real de los cachalotes, que era una actividad terrible pero entonces admitida en aguas portuguesas. El problema es que el puerto de Funchal carecía de infraestructuras técnicas para crear una ballena ortopédica y mantenerla a flote, así que se trasladaron aun más al sur, al puerto de La Luz y de Las Palmas, que ya entonces podía competir con cualquier puerto del mundo en servicios y prestaciones.


GRAN CANARIA: EL SUR ES EL NORTE

De ese modo llega a Gran Canaria y a la desesperada todo el equipo de rodaje en vísperas de la Navidad de 1955. Y si muchos son los datos documentados, ingentes son las peripecias que se cuentan, unas ciertas y otras vaya usted a saber, porque aquel año había sido también el del rodaje de Tirma, y quien más quien menos, había escuchado docenas de historietas alrededor que aquella otra película, especialmente sobre la protagonista, la ubérrima Silvana Pampanini. Es evidente que si la cuarta parte de lo que se cuenta hubiera ocurrido de verdad, tendrían que haber estado rodando durante años, pues en dos meses no caben tantas peripecias, a cual más rocambolesca. Con Moby Dick ocurrió lo mismo. Hay quien habla de la presencia de Orson Welles, con anécdotas, borracheras y pendencias detalladas incluidas, y sí que podemos afirmar con toda seguridad de que, aunque Welles participa como actor en la película, nunca estuvo en el rodaje en Gran Canaria, y por lo tanto no formó parte de la troupe del dólar. Por contar que no quede, hasta se ha hecho literatura sobre el rodaje, y habría sido un desperdicio dejar al carismático Orson fuera de un relato tan mitificado. Como decía el torero Juan Belmonte "hay gente pa'tó", y una diferencia que tiene la novela frente al periodismo y a la historia es que estas han de ajustarse a la verdad, mientras que la novela necesita verosimilitud, y a veces la verdad es inverosímil.

hmm.jpgLa distancia dulcifica la memoria, pero hay que decir que, en algunos aspectos, el equipo de Moby Dick entró en Las Palmas de manera poco discreta, por decirlo suavemente; se hacía la vista gorda porque dejaban un reguero de dólares en tiempos de miseria, y porque eran americanos, por mucho que renegase de ello su director; no era cosa de molestar a los yanquis, que algo se había pillado de las sobras del Plan Marshall. Como llovía sobre mojado, después de los episodios alrededor del rodaje de Tirma, hasta el obispo intervino en contra de John Huston, porque le parecía escandalosa e insultante la actitud de colonos del Far-West que exhibían los cineastas. El prelado había intentado impedir que se le concediera el permiso para rodar una película en la que, según las referencias publicitarias, el hombre desafiaba al mismo Dios y este actuaba en legítima defensa. Todo en vano porque las relaciones de aquel obispo con el poder civil eran precarias... Pero esa es otra historia.

Por fin, todo el equipo de rodaje de Moby Dick se marchó -Huston también-, y la película fue proyectada en la isla varios años después, mutilada por los cortes de la censura y tergiversados los diálogos por el doblaje. Pocos quedaron convencidos de que en realidad los exteriores de la película fueran en verdad rodados en la bahía de Las Isletas y en la playa del Confital, y la leyenda de Huston desapareció enseguida de la memoria de la ciudad. Se ha recuperado en los últimos años gracias a la Filmoteca Canaria, al festival de Cine de Las Palmas, a muchos trabajos periodísticos y a alguna novela que se sitúa en esa época. En realidad, solo salía el mar de la isla, y es muy difícil diferenciar una escena rodada en el Atlántico insular de otra filmada en el Mar del Norte. En la pantalla es solo agua.

La luz es otra cosa, pero hasta en eso hubo suerte, porque, durante las semanas que duró el rodaje, en Gran Canaria hizo un tiempo invernal, muy oscuro y tormentoso, irlandés, y hubo una sucesión de borrascas severas que se notaron también en el mar, hasta el punto de que casi por milagro no se volvió a perder la ballena de caucho que fabricaron en el Puerto, y se pudo rodar el final de una de las películas más importantes de la filmografía de John Huston como director y de Gregory Peck como actor. Así que, un conglomerado de circunstancias impensables a priori hizo que la resplandeciente Gran Canaria interpretase el papel de la brumosa y legendaria isla ballenera de Nantucket, y que se escribiese en el mar de Las Isletas un bello capítulo de la cinematografía mundial, que una a la isla y para siempre a la luz de las estrellas John Huston y Gregory Peck en la Gran Historia del Cine. Y, por supuesto, a la memoria de la diabólico-divina Gran Ballena Blanca: Moby Dick.

***
(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 22 de septiembre).


Probablemente no haya lugar más idóneo para celebrar la literatura en nuestra lengua que Canarias. A cualquiera de las islas le sobra historia de ida y vuelta en ambas direcciones, pues no olvidemos que Canarias ha sido vehículo de más de cinco siglos de intercambios, y a la vez custodia de buena parte del romancero contemporáneo a la conquista y colonización de América e incluso anterior. En algún momento, han bebido nuestra agua, descansado en nuestro suelo y respirado nuestro aire, desde Ercilla y Bartolomé de las Casas hasta Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda y docenas de nombre que han ayudado a forjar una lengua durante medio milenio. Y La Palma tiene, además, esa memoria de la Ilustración, impregnada en su manera de ser más allá de los detalles culturales y eventos puntuales que se han adherido a su idiosincrasia. Celebrar un congreso hispanoamericano de escritores en La Palma es la constatación del lugar que estas islas han ocupado y ocupan en la comunicación entre continentes, no solo de la lengua y la literatura, porque eso mismo sucede con otras actividades humanas, sean musicales, plásticas o gastronómicas. Hasta la manera de jugar al fútbol en Canarias es el resultado de este tránsito de siglos que ha definido el carácter con que se aborda cualquier manifestación humana.

Sin títulolapalma.jpgProbablemente este sería para mí el congreso ideal de literatura en español. Tanto la organización liderada por el escritor y editor palmero Nicolás Melini como la dirección de la Cátedra Vargas llosa, encabezada por J.J. Armas Marcelo, que es motor inexcusable de esta iniciativa, han tenido a bien invitarme, y coincidencias en el tiempo que nada tienen que ver con el mundo literario impiden que pueda acudir, aunque estaré atento a cada minuto de lo que ocurra, que va a ser mucho y bueno y de lo que tendremos abundante información, como se está viendo en la diligencia con que se trabaja ya en la preparación. Seguramente surgirán opositores enardecidos y justicieros, como ocurre siempre cuando se trata de literatura, y que suelen coincidir con quienes callan o aplauden cuando se realizan otros eventos culturales, científicos o deportivos. Pero ese odio prefabricado hacia lo literario ya está descontado de antemano, porque un encuentro de escritores siempre es un abrazo con la imaginación, material que es el viento que empuja al ser humano y a las sociedades.

Y siempre aparecen las mismas preguntas, que nunca brotan cuando hay encuentros de otra índole, y que también podrían resolverse a través de las nuevas tecnologías de la comunicación. Pero faltaría ese contacto personal que suele ser más importante que las conferencias, comunicaciones, ponencias y mesas redondas, por muy interesantes que estas sean. Es ese contacto el que hace importante un congreso, y me atrevería a decir que, aunque no aparezcan en la memoria final, buena parte de la cosecha tiene mucho que ver con la charla alrededor de una comida, un café o una copa. La literatura forma parte de esa mochila de arte y ciencia que es una carrera de relevos, y que va componiendo la memoria personal y la historia colectiva, en la que la lengua y la literatura son engranajes que sirven de llave y caja fuerte a otros lenguajes; como suelo decir, esa cultura acumulativa es la que, cada día, diferencia más a un ser humano de un tigre.

Por lo tanto, saludo agradecido al Congreso Hipanoamericano de Escritores, al que ofrecemos espacio en nuestro archipiélago, y ojalá haya un futuro en el que cada una de nuestras islas pueda cerrar el abrazo de la lengua común a posibles nuevas ediciones, porque, como ya dije al principio, Canarias es el territorio natural de encuentro entre quienes se comunican en dos continentes a través de una misma lengua. Solo me queda dar las gracias a impulsores, instituciones que colaboran y a los escritores y escritoras que participan. Bienvenidos los que llegan y bien hallados los de aquí. Tratándose de la isla de La Palma, sé que nadie va estar en desacuerdo si personifico ese saludo en una mujer que nos representa a todos y que es un espejo en el que mirarnos: nuestra querida poeta Elsa López.
***
(Este trabajo fue publicado en el suplemento cultural Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del 15 de septiembre).


Hay memorias que cuentan las vivencias personales e incluso íntimas y otras en las que el autor funciona como testigo de hechos de interés para el lector, sobre todo si quien las escribe es un personaje con mucha presencia social o histórica; un ejemplo de esto último podrían ser Churchill o Darwin, porque tiene mucho atractivo conocer elementos de la trastienda de momentos importantes de nuestra historia común; eso, claro, desde la perspectiva de una persona, que puede estirar o encoger los hechos según le convenga. Las hay mixtas y luego están las de los escritores, cuyo mayor interés radica en conocer de primera mano detalles de un periodo literario propio y de todo lo que se ha movido alrededor, y más si se ha sido testigo, confidente y protagonista de buena parte de la historia literaria de ambas orillas de nuestra lengua en el último medio siglo. De esta manera es cómo hay que acercarse a Ni para el amor ni para el olvido, primer tomo de memorias de J.J. Armas Marcelo.

Scan68.jpgAunque a veces no se diga expresamente, existe la creencia inconsciente de que lo que no se cuenta es como si no hubiera sucedido. Desde que el ser humano alcanzó el lenguaje y la capacidad de comunicación, sabemos de nuestro pasado por las imágenes gráficas, por la memoria transmitida a través de la oralidad y por la escritura cuando el ser humano empezó a escribir, siempre desde una visión subjetiva, de manera que dos personas perpetuarán el mismo hecho de distinta forma, porque la imaginación va generando realidades paralelas que, al cabo, crean tanta o más conciencia colectiva que los escritos que se aferran a una realidad que también tiene diversas aristas. Podríamos decir que ahora mismo son más reales Don Quijote, Aquiles y Fortunata que Cervantes, Homero y Galdós.

Se trata, por lo tanto, de contar lo que llega a la imaginación, porque eso que se cuenta es lo que va a quedar para el futuro. Cuando alguien escribe sobre su propia biografía, tiene que darse cuenta de que la memoria va acomodando los recuerdos, hasta el punto de que el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez escribió: "la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla". Si esto sucede con lo que entendemos como real, es imposible estimar hasta dónde puede llevarnos nuestra imaginación. El listado de memorialistas ilustres que han dado la visión personal de su época y su sociedad es tan largo como interesante, desde la fiesta que era París para Hemingway, a las mudanzas de Nabokov cada vez que cumplía otros veinte años; Kipling, Virginia Wolf, Casanova, Anaïs Nin, Sábato, Simone de Beauvoir o Stefan Zweig, han plantado, como Alberti, sus arboledas perdidas y, como Neruda, han confesado su pasión por la vida.

Esa es la pasión que ha derrochado y derrocha Juancho desde que nació y se fue a Madrid detrás de un balón merengue y de la llave de la lengua, que entonces tenía dos puertas, una en la capital y otra en la Barcelona europea que era la envidia de aquella España que olía a cerrado y sacristía. A Barcelona se iría más tarde, después de inventar literatura en Canarias desde la editorial Inventarios Provisionales, sobre la que cayó -también sobre él- la furia que convertía a militares iletrados en magistrados del orden maldito de los infames. Como Tomás Moro, mira hacia atrás sin ira, pero sin ceder una palabra al silencio, tal vez porque entienda que hay que contar las peripecias y retratar las cosas para que se sepa que sucedieron y que han existido; las buenas y también también las malas. Este tomo llega hasta la frontera felipista de los ochenta, y al menos en su primera mitad, me trae la memoria propia de aquellos años en los que caminábamos juntos por la calle León y Castillo, esquina Plaza de la Feria, en Las Palmas de Gran Canaria, con puerto de salida en las agobiantes traducciones de Tácito y de llegada sabe Dios, aunque siempre había parada en algún entrevero literario. Esos primeros años setenta imaginábamos la futura España leyendo a hurtadillas Ruedo Ibérico, y Juancho ya se sentía sobrevolando el Atlántico y los Andes tantas veces que ya se ha perdido la cuenta.

Y luego está la prosa, esa otra manera de contar que usa Juancho en este libro, como si estuviera hablando cara a cara. Así que, por suerte para unos y desgracia para otros, se ha contado y por lo tanto ha sucedido. Ya no hay excusa; la ira nunca fue buena compañera de viaje, pero sí que es necesario usar el retrovisor de vez en cuando. Al leer este tomo, queda retratada una década y media en Canarias y en España. Esperamos la siguiente entrega porque es cuando llega la plenitud de ese Juancho que conoce porque ha hablado con ellos a casi todos los vivos y a buena parte de los muertos, ese Juancho que ya sabía que estaba condenado a pasar media vida en un avión. Y es que había estado en América antes de poner sus pies sobre ella.


Scan56.jpgSiempre he dicho que Juan Ramón Tramunt es un poeta, cuya adquiere altura apenas despega en el primer verso. Recientemente nos ha dado un poemario distinto, curioso y tan actual como clásico, Condena y júbilo de Caín, que es un recorrido por las grandes preguntas, en una secuencia de poemas que al cabo es uno solo. Inicio esta nota con ese anuncio porque se ha dado la circunstancia de que este poemario ha coincidido en el tiempo con un libro de narrativa, Nunca más la noche, por esas confluencias editoriales en las que el autor ya no es dueño del tiempo en el que sus obran ven la luz.

Podríamos decir que Nunca más la noche es un libro de relatos, o que contiene una novela corta (no tan corta), Betsabé, y cinco relatos, o que en él hay cinco historias cerradas y una en la que es el lector el que tiene no solo que terminarla, sino escribirla. Con lo dicho, hay que colegir que estamos ante un volumen singular, diferente, pero eso tampoco es una novedad en la narrativa de JR Tramunt, que en cada entrega nos sorprende con un planteamiento atrevido, sin delimitar nunca los géneros, pero valiéndose de ellos para desarrollar su idea, pues ya lo ha hecho desde la vertiente erótica, el género negro, el futurismo apocalíptico o los laberintos de la mente humana. En cada una de sus obras se mueve con las reglas del género que practica, pero finalmente rompe con todo y genera historias con un sello personal muy claro. Será eso que llaman estilo.

En este libro, la mayor parte de los relatos tienen como protagonista conceptual a alguien que apenas aparece, es una sombra, un recuerdo o el tema de conversación de otros, que en principio se presentan como comandantes de la historia. Apenas hablan, muy poco se les ve y, en algunos casos, ni siquiera eso, simplemente no están físicamente, aunque merodean por todos los rincones de la historia que se cuenta. Desconozco si el escritor se hace un planteamiento vital y crea un relato para ejemplificarlo, o bien el relato se va imponiendo por su cuenta, sin que haya premeditación. El asunto central que finalmente nos deja es la pregunta de hasta qué punto los demás son los diseñadores de nuestras vidas.

Scan55.jpgNo por su tamaño en el libro, que también, el relato titulado Betsabé merece un comentario especial. Se trata de un texto que bien pudiera haberse publicado como novela, pues no es menor que muchos de los títulos que en ese género resuenan en nuestra memoria (El extranjero, La perla, El túnel...) Y es una novela por su estructura, por la confluencia de personajes alrededor de un leitmotiv casi abstracto y porque mezcla la sordidez con la genialidad, lo blanco con lo negro, el bien y el mal. El nombre proviene de la amante bíblica del Rey David, madre de Salomón, y uno de los mitos más controvertidos de las Escrituras, prolijamente representado en las artes plásticas.

Por lo dicho, estamos ante un libro que nos sugiere muchos caminos, que plantea cuestiones complicadas y al cabo pide al lector la colaboración para resolverlas. Otra curiosidad de este libro es que el título del conjunto no toma el nombre de uno de los relatos, como suele ser la práctica habitual. Pero esto tampoco es nuevo en la obra de JR Tramunt, que en entregas anteriores de relatos siembre ha buscado un título diferente a los de las historias que aparecen, y que seguramente tratan de resumir la idea general del libro. Si lo consigue o no es cada lector es que debe juzgar.

En definitiva, una vez más, la narrativa de JR Tramunt satisface esa curiosidad de quienes lo hemos leído y esperamos a ver qué propuesta nos hace, que a menudo suena muy atrevida pero que luego responde a una idea que el autor nos pone sobre la mesa y que suele concernirnos a todos. JR Tramunt no defrauda.

pili-mojo.jpgLa editorial vasca Literarte, abre su colección Letra y punto con un volumen de relatos en los que la gastronomía es parte fundamental de las narraciones. Cinco plumas de Euzkadi y otras tantas de Canarias componen un mosaico en el que la comida sirve de hilo conductor de las historias y definen de alguna forma la idiosincrasia de vascos y canarios. Toma el título de dos salsas muy populares en ambos territorios, Pil-pil y mojo, y será presentado el próximo jueves 31 de mayo, en el edificio La Bolsa (Sala Ganbara) de Bilbao. Más adelante también será presentado en Canarias.

La iniciativa se debe al impulso de María José Mielgo Busturia, escritora, editora y alma de Literarte Editorial, y de la poeta y narradora Teresa Iturriaga Osa, que también forman parte de la nómina de autores y autoras, que se completa con relatos de Sergio Arrieta, Santiago Gil, Guadalupe Martín Santana, Miren Agur Meabe Plaza, Elisa Rueda, Pablo Sabalza Ortiz-Roldán, Pedro Ugarte y quien esto escribe. El libro trata de tender puentes desde la diferencia.

La gastronomía no solo es un factor clave en los estudios etnográficos, también es el resultado de muchos elementos físicos de cada lugar, su espacio geográfico, sus características climatológicas, el devenir de la historia y las influencias diversas. Al sentarnos ante un plato o un postre propio de un territorio, estamos frente a cientos de años de evolución y de aportaciones que nos cuentan a su manera el relato de muchas generaciones que son como un río que desemboca en lo que hoy somos tantos vascos como canarios. Y si la comida es el resultado de muchas cosas, este es, a su vez, un retrato que define la manera de ser de los pueblos.

Por lo tanto, este es que contiene gastronomía, etnografía e historia, pero ante todo hablamos de literatura, porque cada relato está escrito desde la sensibilidad que han acreditado quienes han dedicado su esfuerzo y su talento a contarnos una historia literaria. La presentación inmediata será sin duda un éxito frente al Cantábrico, y espero que pronto esté ese libro en las librerías canarias y podamos hacer su presentación en medio del Atlántico.

La verdad puede eclipsarse
pero no extinguirse.

Tito Livio


La verdad puede eclipsarse pero no extinguirse
Así que no me mienta,
tarde o temprano se sabrá que no es usted IMG_8006JJJ.jpg
un Brunetti auténtico.

Se apellida usted Brunetti, sí.
¿Es acaso de los Brunetti importadores?
¿de los Brunetti farmacéuticos?
¿canónigos?
¿banqueros?
¿nooo?
¡Entonces usted no es un Brunetti!

Al menos no es un Brunetti con legitimidad.

Hay Brunettis arrieros,
descargadores del puerto,
panaderos,
gente baja.

¡Ah! Que es usted magistrado de la Audiencia.

Sí, pero su padre fue asalariado,
un hombre sin rango.

No es usted uno de los nuestros,
carece de sangre noble,
y por lo tanto debo denegar
su solicitud para ser miembro
del Club de los Próceres.

¿Tiene hijos?
¿Dos? Dígales
que pueden pasar a hacerse socios.
¿Qué el varón solo es enfermero
en un ambulatorio
de la Seguridad Social
y la niña monitora en un gimnasio?

No importa que sean asalariados.

Aunque fuesen taxista,
auxiliar administrativo
o camarera,
son de buena familia.

Usted no es de los nuestros,
ellos sí,
tienen rango: por sus venas
corre sangre de un prócer.

Tenga en cuenta que son
hijos de un magistrado de la Audiencia.

Usted no.


3r56.jpgQue se celebre cada 21 de marzo el Día Mundial de la Poesía seguramente indica que se le presta poca atención. En general, se entiende la poesía como algo endeble y propio de personas pusilánimes y extraviadas de la realidad. Es falso, la poesía es expresión de fortaleza que nace de las almas fuertes y apela a la humanidad, a la inteligencia y a la sensibilidad. ¡Ah, qué triste equiparar sensibilidad con languidez, debilidad y cursilería! Si algo no es remilgado en el mundo es la poesía, que nunca consiste en apilar versos que suenen o que incluso estén tamizados por cien diccionarios; la poesía es otra cosa y aparece en los versos, pero también en la prosa, en cualquier acto creativo en incluso en la vida cotidiana. Porque se trata de una forma de mirar, es el microscopio del pensamiento, el bisturí que transforma a los seres humanos. Poesía es entablar relación de igualdad con personas afectadas por el Síndrome de Down, que también celebra hoy su Día Mundial. ¿Hay algo más poético que la comunicación entre seres humanos? Desde la poesía se crea belleza, pero no solo la belleza puede ser poética. Así que hoy felicito a la gente que hace poesía amasando pan, cuidando a un anciano, contando una historia, barriendo una calle, enseñando a quien no sabe, transmitiendo los tres focos de luz de la poesía: humanidad, inteligencia y sensibilidad. Y, cómo no, felicito a quienes, escribiendo versos, a veces también hacen poesía.

Archivos mensuales

Blogs de Canarias7