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No es una novedad que en estas primeras décadas del siglo XXI la narrativa se ha hecho presente cotidiano en la literatura que se hace en Canarias, pero ahora mismo parece que está tratando de buscar nuevos caminos, hasta ahora no muy transitados en la narrativa en general y en la canaria en particular. Por desgracia, poco se ha escrito de los estilos, las técnicas y los propósitos de la novela en Canarias desde que empezó a normalizarse hace 45 años. Se habla de generaciones que van desde aquel mítico boom de los años setenta hasta la más reciente llamada Generación 21, con otras que han ido surgiendo en todos estos años. Pero no ha habido generaciones más allá de la coincidencia temporal, que no en la edad de los componentes. Ha sido una manera de medir el tiempo, no la literatura.

Por aquí, como diría Serrat, cada quien es cada cual, y raramente puede adscribirse a varios autores a un movimiento, una idea y objetivo. Pero sí que ha habido una norma común: las novelas se han escrito primando lo narrativo, retratando la realidad o rebuscando en la historia, cuando no se han hecho ejercicios literarios sobre las relaciones humanas o incluso los avatares políticos. Cuando se ha querido romper la norma, se ha entrado en el género adecuado para cada historia, fuera el histórico, el fantástico o, como ha ocurrido con profusión en la última década, la novela etiquetada como género negro. Es decir, se han escrito novelas históricas, fantásticas, políticas, negras, eróticas o de cualquier otra etiqueta, y cuando no había que entrar en los géneros, simplemente se escribía una novela al uso, con la narración como bandera y una historia como columna vertebral.

supervivencia33.JPG¿Qué ocurre ahora mismo? Pues que parece haberse roto la norma. Aunque la palabra novela procede del italiano novella, y esta del mismo término en latín, desde los primeros atisbos del género, ya en el esplendor del Imperio Romano con El Satiricón de Petronio o El asno de oro de Apuleyo, las novelas se han caracterizado por ser una ficción en prosa, y los franceses, que son muy suyos en lo de la semántica, llaman nouvelle a la noticia. Es decir, la mayor parte de las novelas en todas las épocas y en todos los géneros han sido y son artefactos que "dan noticia", cuentan una historia. Las consideraciones de cualquier tipo que se deduzcan de esos relatos vienen por añadidura, pero la esencia de las novelas radicaba en la peripecia de sus personajes y surgían a posteriori porque la historia y el lenguaje eran lo fundamental.

Aunque antes hubo algunos amagos, este fenómeno empiezo a hacerse visible años atrás y ahora es una evidencia. Lo curioso es que se rompe una regla pero permanece la disparidad de objetivos, cada quien sigue siendo cada cual, nada que ver un autor con otro. Empezó a notarse el año pasado, cuando aparecieron dos novelas muy distintas pero tributarias de la misma idea, que no es otra que la de pasar la narración a segundo término, convertirla en un instrumento para expresar una idea previa a toda la escritura. Esas novelas son Anturios en el salón de Juan Ramón Tramunt y Entrelazamientos, de Luis Junco. La primera plantea la posibilidad de un futuro postapocalíptico en la isla de Gran canaria después de un desastre nuclear, la segunda profundiza en el mundo de los universos paralelos. Se cuenta una historia, pero la especulación es el objetivo, no la peripecia, que viene a ser una especie de ejemplificación metafórica de la idea sobre la que el autor reflexiona. Son novelas que formulan una tesis sin que se enuncie explícitamente, un juego literario que tiene antecedentes muy egregios en Wells, Orwell, Huxley, Lem, Kafka o Camus. Todo lo que conforma la novela, sea género, estilo, lenguaje, personajes e historia son piezas de un mecanismo que sostiene una idea.

Llamo la atención sobre el fenómeno porque recientemente han aparecido varias novelas que entran en ese campo. Cuatro son los ejemplos que propongo: Mares, de Silvia R. Court, que establece un juego de realidades superpuestas que sirven a una idea que va más allá de la narración; El conocimiento de Jonathan Allen, que usa el relato para preguntarse sobre la conveniencia de conocer verdades sobre nosotros mismos que tal vez no nos gusten; por su parte, Santiago Gil reflexiona en la novela 2 sobre la dualidad de cada uno de nosotros, utilizando argumentos narrativos que dibujan la idea motriz de la narración; y también Manuel M. Almeida ha utilizado en Evanescencia el formato novela para plantearnos un relato, aparentemente fantástico, que es finalmente una llamada de atención sobre este mundo que se despersonaliza por momentos.

Tal vez esta eclosión de temas y de inquietudes convertidas en novelas sea una consecuencia de los momentos confusos que vive nuestra sociedad en todos sus estratos; los humanos parecen empeñados en convertir el planeta en una falla valenciana. En España y Canarias no estamos mejor, y podemos resumir el momento como el de la mayor crisis política, económica e institucional en muchos años (que genera tribulación, miedo y desesperanza), y que hace que los escritores traten de avizorar lo más esencial del ser humano, o acaso la recuperación del paraíso perdido que no lo parecía cuando era real ("Cualquiera tiempo pasado fue mejor", verseaba Jorge Manrique). Puede incluso que se ponga en tela de juicio la mera posibilidad de la supervivencia física. Decía Facundo Cabral que la vida es una novela escrita por un loco; menos mal que hay otros a los que su locura los empuja pensar, no a pulsar botones letales en todo el círculo que recorre el Sol.

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(Este trabajo fue publicado en la edición impresa del suplemento cultural Pleamar del periódico Canarias7 de Las Palmas de Gran Canaria del 17 de diciembre de 2017).


Que una visión aparentemente real pero imposible ante la lógica cotidiana (los burros no vuelan) se presente con normalidad no sería raro, si entramos en territorios imaginativos irracionales, que son lo suyo en novelas de género fantástico. Que estas cosas ocurran como metáfora de una realidad evanescente es menos usual en novelas no encasilladas por los críticos en un género concreto, y que suelen calificar de "literarias", como si no lo fuera cualquier novela que se precie en cualquier género.

Evanescencia1.jpgManuel M. Almeida no es nuevo en esta plaza. Aparte de su exitosa trayectoria como bloguero, es autor de novelas, poesía y una colección de relatos cortos en los que suele jugar con lo sorprendente, absurdo y a menudo irracional. Ahora publica la novela Evanescencia que podríamos entenderla como el océano en el que desembocan esos argumentos imposibles de mucha de su narrativa breve. Sin complejos literarios de ningún tipo, se interna en un argumento que contraviene las leyes de la física y la biología, tenidas por universales desde siempre, aunque ahora empiezan a plantearse otras posibilidades desde distintas vertientes de la ciencia más avanzada. Tampoco es tan nuevo, hace cien años Einstein puso contra la pared una magnitud tan aparentemente inmutable como el tiempo, y también Gregor Samsa amaneció convertido en una cucaracha desde la metafórica imaginación de Franz Kafka.

Evanescencia se mueve entre la realidad más material y esa otra realidad metafórica que acaba por imponerse en un relato que no deja hueco a la respiración. Almeida transita sin miedo por un territorio nuevo, pues se trata de una realidad paralela creada por el novelista, y consigue meter al lector en ese universo simbólico que a la postre viene a resultar rabiosamente realista como las bocas de fresa de Rubén Darío. De alguna forma, la fábrica de distintas maneras de interpretar el mundo, que tiene como operarios de lujo a Bardbury, Lem, Orwell o el mencionado Kafka, es el faro que guía esta narración de Manuel M. Almeida.

La ciencia tiene que estar dominada para saltarse sus reglas en una novela, y al fondo siempre está la filosofía, puesto que cada intento científico lleva aparejado el planteamiento de para qué y hasta dónde. Hay, además, un componente que nos plantea un sistema de creencias más allá de la religión, que hace que uno de los personajes pregunte y se responda a la vez: "¿ves cómo al final tu fantástico diseñador de universos resultará ser Dios?" Estamos, por lo tanto, ante una novela valiente y a la vez rebosante de insolencia, pues se viste con la valentía de los que siempre tienen una pregunta más allá de cualquier respuesta. Si, encima, el relato se construye con una prosa deliberadamente diseñada para crear inquietud, estamos ante una novela que viene resultar una gozosa e interesante curiosidad literaria.


Vuelvo a definir a Santiago Gil por enésima vez como el escritor que tiene un periscopio siempre fuera del agua para ver qué ocurre alrededor de los 360 grados de la vida. Pero no se limita con ver e informar de lo que ve, sino que indaga y deduce qué significa cada una de las cosas que atraviesan el juego de espejos de su mecanismo observatorio. Tiene la facultad de escarbar en los sentimientos más ocultos de sus personajes, que indefectiblemente son perdedores, o al menos se ocupa de los momentos en que el alma humana es poseída por la certeza del abandono y la desolación.

2 santiago gil.JPGEsos momentos oscuros son comunes a todos los seres humanos, aun a los que parecen brillar sobre la peana de oropel de los triunfadores. Desde ese punto de vista, el novelista rebusca en el territorio más íntimo, ese que nadie comparte ni con la persona más cercana. Cualquiera que conozca a Santiago en su vida personal puede encontrar una gran divergencia entre su manera de ser y en los mundos que crea en sus novelas. Es un hombre jovial, alegre y extrovertido, un arquetipo que raramente vemos en sus páginas. Cuando se calza el uniforme de novelista, trata de encontrar ese otro yo que existe en todos nosotros. Sus libros no suelen ser una verbena, y cuando el humor aparece lo hace de una manera tan dura que pasa a formar parte del retrato de esos personajes, que a veces ríen hasta sin motivo.

Escribir en ese filo de la navaja, usando técnicas que a menudo contravienen la lógica cotidiana, es un ejercicio literario de una enorme dificultad. Para trasladar ese camino por la naturaleza humana sin perder el pulso hay que tener un don. Casi diría que a Santiago lo que menos le interesa de la novela es la historia, persigue sobre todo las consecuencias de la vida, la historia sirve como detonante, pero el corazón de sus novelas está en la puesta en funcionamiento de un proceso reflexivo en el que quien lee se coloca en primera fila para tratar de ver lo que el novelista quiere que vea. La prosa exacta es su secreto fundamental, cada palabra está en el sitio que conviene, como las piedras de un arco ojival; la narración es la campana que toca a rebato hacia la reflexión; pero cuando encontramos a Santiago Gil en estado puro es cuando recrea esos mundos ambiguos, contradictorios y a menudo doloroso, es decir, cuando llega a toda su capacidad como novelista.

2 es una novela corta que se expande cuando llega a manos del lector, porque en ella hay otras novelas, otras reflexiones, otras salidas posibles que no estás expresadas pero que surgen. Cada lector encontrará la suya. Es Santiago un autor que confiesa su admiración por Stendhal, pero su obra es más centroeuropea. No sé si estos autores serán habituales en su biblioteca, pero al leerlo resuenan al fondo el pesimismo creativo de autores del corte de Thomas Bernhard, el más reflexivo Kundera e incluso de la poesía duramente humanista de la última fase creativa de la poeta Wisława Szymborska. Desde ese punto de vista, parece entroncar poco con esa otra vertiente canaria que viene de América, aunque no todo en el oeste del idioma es narración sin tregua; también hay corrientes reflexivas más allá de la fanfarria narrativa habitual que todos celebramos, que vienen de Onetti y más atrás y que en la actualidad tienen en su cima a autores como el peruano Alonso Cueto.

La nueva novela de Santiago Gil, que tiene un título tan corto como rotundo, usa el número 2, en cifras, como elemento contradictorio, que toma las relaciones gemelares como recurso para reflexionar sobre la dualidad que todos arrastramos. Y es que en las novelas de Santiago Gil, nada existe por azar.


El novelista Santiago Gil suele insistir en la diferencia entre narradores de mapa y narradores de brújula. Los primeros son los que lo planifican todo, hasta el último detalle, antes de emprender la redacción de una novela; los de brújula son los que se echan a la mar y se dejan llevar por la propia fuerza de la narración. Como en todo, no existen autores puros en ninguno de los dos tipos, pues siempre hay algo de planificación en los de brújula y de improvisación en lo de mapa. Jonathan Allen pertenece sin duda a los de mapa, aunque a menudo no lo parece porque la fuerza de la narración lo conduce con frecuencia a territorios que él no contaba pisar.

Dentro de los narradores que planifican, los hay que han de hacerlo por necesidad técnica porque si no sería imposible emprender una novela, y esto suele ocurrir claramente en quienes escriben novelas de géneros concretos, especialmente históricas o de la amplia gama de lo que hoy llamamos novela negra. Jonathan Allen necesita el mapa porque la mayor parte de sus narraciones, especialmente El conocimiento, su novela más reciente, responden a la definición clásica de mito, que es un relato metafórico que sirve como ejemplo y es aplicable en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Y tiene que ver con el mito del origen, que no es ajeno al muy truculento relato de Edipo, aunque en este caso se refiere a la procedencia personal en el sentido más amplio.

El conocimiento 1.jpgCon la apariencia de una novela sobre las dudas, miedos y curiosidades de un adolescente, El conocimiento funciona con el mismo mecanismo que las peripecias trágicas de la Grecia Clásica y los cuentos infantiles, creadores de mitos donde los haya. Se establece un pulso dialéctico entre el adolescente protagonista y el adulto que hace de oráculo, y que el chico supone tiene las respuestas a tres preguntas cuyo conocimiento definirá su propio origen. Hacer preguntas es un arma de doble filo, porque se corre el peligro de que alguien conteste con una verdad que tal vez no guste.

La diferencia con el modelo es que no existe la seguridad de que las respuestas sean predicciones que se cumplirán inexorablemente, como el futuro de Edipo anunciado por la Esfinge. En El conocimiento se mira más al pasado aunque hay un deseo inconsciente de atisbar el futuro como proyección de la inercia de las raíces. Y es casi una norma que, cuando se hurga en los cimientos, encontramos las razones por las que es necesario restaurar lo que estaba oculto bajo tierra y es dañino. Ese descubrimiento de lo que no nos gusta es un ejercicio muy doloroso pero, si se consiguen reparar las vigas que nos sotienen, el resultado es una libertad ontológica que nos hace más fuertes, aunque nunca estamos exentos del peligro de que llegar a ese conocimiento pueda ocasionar el derrumbe definitivo.

Por ello, indagar en el oráculo de nuestra base vital es un acto de valentía. Hay personas que por ese peligro no quieren, otras sencillamente no pueden y otras ni siquiera se lo plantean porque el inconsciente les dice que tal vez sea mejor vivir con sordina que perecer apabullado por el estrépito. Una novela como El conocimiento es un ejercicio de reflexión que atañe al autor y se traspasa al lector, y en ese sentido nos sirve como instrumento para plantearnos qué niveles de certeza queremos en nuestra vida. Una vez más, Jonathan Allen nos ofrece un ejerció muy literario que va más allá de la propia literatura que lo envuelve.


Desde que nos conocimos, una tarde de otoño de 1982, no recuerdo haber hablado nunca en serio con Dolores Campos-Herrero. Desde que nos conocimos, en la vieja redacción del Canarias7, mantuvimos una comunicación humana y literaria fluida, transparente y cómplice. Ambas afirmaciones parecen contradictoria, pero no lo son; por alguna razón que ambos desconocíamos, usábamos entre nosotros un idioma que solo tenía dos hablantes, que sonaba como el castellano normativo pero en cuya ejecución nada era lo que parecía. Sin embargo, el otro siempre entendía. Nuestra lengua común fue la ironía, usada unas veces con elegancia florentina y otras como la más pura esencia del sarcasmo.

Fotos pruebalola77.JPGCon esas cabriolas lingüísticas mantuvimos una relación permanente que duró toda la vida común que nos fue permitida, 25 años en los que no tengo memoria de una traición, un malentendido o siquiera un leve contratiempo. La sonrisa presidía nuestras conversaciones en esa lengua imposible (para los demás), que usaba las palabras siempre con otra semántica. La carcajada nunca se presentaba, no es buena compañera de la ironía, que siempre se mantiene en posiciones moderadas aunque por dentro sea una bomba que incluso estalla. No nos veíamos con demasiada frecuencia, a veces pasaban meses sin vernos ni hablarnos, pero daba igual, cuando nos encontrábamos nos informábamos en nuestro idioma exclusivo. A veces no nos dábamos cuenta de que había otras personas con nosotros y armábamos nuestros castillos de palabras propias, y nos ocurrió en ocasiones que los presentes llegaron a pensar que discutíamos, o que nos hablábamos con enfado. Y nunca era así.

Vivimos muchas aventuras literarias juntos, cada cual en su registro, solo teníamos en común nuestro idioma hablado. Ella veía nacer mis novelas y las saludaba, mientras yo asistía a su primer poemario y sobre todo a sus sucesivas publicaciones de narrativa de breve formato, hasta llegar a condensarla en microrrelatos fascinantes. Aparte de sus poemas, que no pueden quedarse al margen por su fuerza expresiva, su obra narrativa hoy publicada es sin duda uno de los corpus cuentísticos contemporáneos más interesantes que conozco, no solo en el ámbito de Canarias, y que sin duda irán pregonando el nombre de Lola por toda la lengua y más allá, sobre todo cuando se hacen ediciones tan esmeradas como esta que publica ahora Ediciones La Palmas de Historias de Arcadia y otros cuentos.

No sé si dejó inédito algún texto de larga extensión, pero desde luego, lo mismo que a ese Borges que ella admiraba, no se le echa en falta una novela para entrar en sus mundos, que finalmente era uno solo, una ficción que metaforizaba al ser humano de cualquier tiempo, como un mito actual que explica a los griegos, a los chinos o a los britanos, lo mismo que hoy aquellos mitos antiguos nos explican a nosotros. El mundo literario de Lola es singular, y supongo que su total de cuentos iremos viéndolo formando incontables libros distintos según la selección que haga cada antólogo. Eso es una suerte, como ocurre con los cuentos de Cortázar, que se prodigan en tantos títulos como relatos escribió. Y cuando se conoce la cuentística de Lola, se conforma un mundo único y especial que irá extendiéndose como una luminosa mancha de literatura.

Hoy, en el suplemento cultural Pleamar del periódico Canarias7, se ha publicado un especial dedicado al desaparecido poeta Carlos Ramos, con un artículo del poeta Javier Cabrera y otro del titular de este blog, una muestra de poemas de Carlos Ramos y una ilustración realizada para ello del artista Asmir Pozderovic "Asko".

Carlos Ramos, el poeta rescatado

Por Emilio González Déniz

Libro de Carlos Ramos.jpgSalvo sus amigos más cercanos y un reducido círculo alrededor de estos sabe de Carlos Ramos, un poeta que nació en Telde (Gran Canaria) en 1957 y desapareció por voluntad propia en 1979. Pasó por la vida como un relámpago, pero dejó la huella profunda de su talento. Su actividad literaria abarca los últimos cinco años de su vida (1974-1979). Su partida dejó a sus amigos perplejos y confundidos; conocían el enorme talento natural del poeta y desde entonces trataron de recuperar esa obra manuscrita dispersa e inédita, en manos de unos y de otros. Poco publicó en vida, aparte de algunas cosas en revistas y suplementos (varios poemas en la revista Ajoblanco, entonces de gran incidencia literaria en toda España), y algún texto dramático representado por grupos teatrales que entonces trataban de encender una llama después de la larga noche de la dictadura. Desde entonces, hubo varios intentos para dar a conocer su obra, pero nunca llegaron a cristalizar.

Por fin, sus amigos lo han conseguido, antes de que papeles volanderos aquí y allá fueran diluidos por el tiempo, el extravío o el olvido. La mayor parte del trabajo ha recaído en los artistas plásticos, escritores y amigos Alfonso Crujera, José Medina Hernández, Agustín Hernández, Ángel Sánchez y Javier Cabrera, pero han sido muchas las personas que han puesto su empeño, desde el intercambio de fotocopias al paso al teclado de lo que estaba manuscrito. Patronos y colaboradores han hecho posible que se reúna la obra del poeta en la colección Biblioteca Carlos Ramos, que sale bajo el sello de Ediciones OK en cinco tomos desde ahora a 2019.

Es muy evidente que la recuperación de la memoria del poeta es la hermosísima historia de una amistad indeleble de un grupo de artistas en distintas materias, pero sobre todo es un ejemplo de la necesidad de dar a conocer un legado literario importante. Como dice Ángel Sánchez en el prólogo, nunca sabremos cuál habría sido la trayectoria literaria de un autor que murió a los 22 años y dejó una obra importante y muy personal. Quién sabe si se habría proyectado muy arriba con una obra in crescendo, se habría convertido en uno más de los que formaron la Generación del Silencio, o incluso si ese silencio habría apagado su luz definitivamente como ha ocurrido con otras voces que no aguantaron la dura travesía del desierto. También es verdad que ninguna de esas brasas convertidas en cenizas fue tan tempranera y tan luminosa como la del malogrado poeta teldense.

Lo que sí sabemos es que Carlos Ramos tiene hoy un lugar en nuestra historia literaria, y es una novedad leer ahora por primera vez poemas que llevan cuarenta años a la espera de ser alumbrados. Y la impresión de esa lectura es la de que estamos ante un poeta que permanece, que no es una curiosidad arqueológica, sino un poeta vivo, actual, eterno.

Consta este primer tomo de la Biblioteca Carlos Ramos de un poemario, O la luz tiene huellas en su frente, de dos opúsculos con vida propia, Dejad que los muertos entierren a sus muertos y Poems for descargas, y de dos pequeñas colecciones de poemas. La injusticia, el dolor y lo eterno sobrevuelan todas las páginas de este libro, con la voz firme del poeta que indaga en lo ignoto, lo oculto, y que habiendo acumulado un miedo pavoroso a lo desconocido, acaba perdiendo toda prevención para desafiar ese miedo hasta anularlo. Sus versos son infatigables surtidores de imágenes polisémicas que nos muestran varias dimensiones del mundo.
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Carlos Ramos. Su poesía a día de hoy

Por Javier Cabrera


La selección de poemas que aparece en esta página es una pequeña muestra de la obra poética que Carlos Ramos produjo entre los años 1974 y 1979, periodo de máxima actividad creativa hasta el año de su fallecimiento, con apenas 22 años. Estos poemas en concreto datan del año 1976. Hablamos entonces de un poeta que, nacido en 1957, cuenta en ese momento con sólo 19 años. Sorprende, así, la concentración de imágenes en sus versos, la unidad de criterio en su concepción lírica y la madurez en un sostenimiento continuado del pensamiento. La suya fue una poesía de orden vital, con características tales que la hicieron pivotar entre el experimentalismo de la época -cierta asunción de Paul Celan-, la actitud desaforada de Alejandra Pizarnik -poeta de cabecera en más que contadas ocasiones- y cierta constancia de los últimos ramalazos de la condición surreal, rayando a veces, por qué no explicitarlo, en una deriva que le empataría -como vislumbra el poeta y ensayista Ángel Sánchez- con la radicalidad lúdica de cierto Artur Rimbaud. Pasemos, entonces, a leer esa muestra.

Es, Carlos Ramos, indiscutiblemente, un poeta de su tiempo, tanto que, tras casi cuarenta años de permanecer su obra ajena a una lectura consciente, al retomarla, caemos en la cuenta de dicha premisa apenas avanzamos en la lectura de sus versos. Viene esto a decir, y confirmar, que su obra goza de la actualidad más inmediata de una escritura puesta al día. Nos produce satisfactoria alegría que su poesía parece haber sido escrita apenas días antes de ser leída a día de hoy. Lo que viene a concluir que su obra, tras esos casi cuarenta años desde su muerte, está tan al día que pregona entre sus líneas la actualidad más cenital.

Los poemas aquí reproducidos pertenecen al Primer Tomo de una selección de su obra que abarcará 5 libros y que se editarán bajo el titular genérico de Biblioteca Carlos Ramos.

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CR-Ilustracion de Asmir Pozderovic (ASKO).JPG

Poemas

-1-
V
La palmera bañada de viento
recogió su figura hasta quedar en
un otoño blanco:
quemar la forma en vida fugaz
que se cuelga
columpiándose en las barbas negras
de los antepasados no gloriosos.


-17-

Estoy a punto de estallar en el lenguaje del silencio
a desgajarme entre el espacio separado de los dos
yo
yo
Presiento que cuando te encuentre encontraré la muerte
Presiento que cuando te encuentre encontraré la vida
Encontraré el secreto de tu búsqueda entre el respiro de la arena
y entre los huracanes
del silencio cuando estalle entre las vidas
y rompa la costumbre de los tiempos al ruido de mil ojos
Reprendo mis acciones y acabo hecho pedazos por
el fuego, que me entierra en el viento para no pararme en el camino
encerado que conduce hasta el silencio
abierto por las gotas del rocío
Me dejo llevar hacia la noche
En el rito de amor desconectado por la luz
en el baile de la hoguera resaltada

(Del libro O la luz tiene las huellas en su frente, 1976)

En el panteón familiar
Resopla el viento
Como si quisiese
Recordarnos
Las tardes que pasamos
con las manos unidas
y los ojos sangrando metal
Ahora se nos quedó la palidez
entre los labios
y dejamos los úteros vacíos


Con el elixir del resorte
que zozobra por el polen
mancha a los hombres
Que en las esquinas
Rompen a llorar guijarros
Como tiernos
Alelíes de cristal
y se desembocan
como caballos
de plástico
Entre la humareda de los autos.


Con los rostros pintados por las aceras
Te fuiste y me quedaron las lágrimas
En el pensamiento
Rizos de metal
Rizos de acero que
me ruborizaron la noche
erecta por la luna

(Del libro Poems for descargas, 1976)


Prólogo del poemario La arena bajo la espuma, de Graci Bordón Artiles.

La arena bajo la espuma, más que un título es una línea de pensamiento, una visión del mundo, las cosas y la vida. Cuando terminas el libro sabes que ha de llamarse así y solo así. Ese último verso del último poema es como la suma total de una factura. Cierto es que el título debe contener al menos una idea conjunta de un texto, sobre todo si es poesía, pero no siempre define de un trazo el discurso de un poemario. En este caso sí, porque en cada una de sus aristas esa espuma de inquietudes, miedos y dudas, encuentra la solidez de la arena, que no es firme pero es esperanza porque "acabando la noche vuelva el alba".

Graci Bordón Artiles es el ideal de Borges, quien decía estar más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Esa larguísima travesía por las palabras que "son las voces que habitan en los libros" ha dejado un poso de conocimiento literario que hace que la poeta se exprese en cualquier tesitura, siempre encajada en el rigor de lo literario pero con la libertad de quien sabe que no existe más estilo que la propia fluencia de la palabra. Y responde al concepto de la Grecia clásica al entender la poesía como sinónimo de literatura, porque deja entrar en el verso lo épico y lo dramático, siempre bajo la sombra de la lírica que ve una luz al fondo donde "otra vez retoñarán las rosas".

Con tanta autoridad como sarcasmo, Octavio Paz vino a decir que el último movimiento cultural que ha existido es el Romanticismo, y que todo lo que ha venido después son variaciones a favor y en contra. No pretendo rebatir a Paz, entre otras cosas porque él era muy capaz de rebatirse a sí mismo, pero sus palabras sirven como un guante para explicar los mimbres con los que, técnicamente, se construyen estos poemas. Surgen el soneto clásico, el alejandrino que resuena como el mar contra un rompeolas, el verso libre, y siempre la libertad y el rigor de la lectora/poeta que destila sus poemas tal como vienen del manantial.

imbbbg058.jpgVivimos un tiempo en el que hay corrientes poéticas de distinto signo. Desde las nacidas en las redes sociales que generan ventas fabulosas entre un público adolescente y que no suele distinguir un soneto de una silva y no nota la inexistencia de imágenes, hasta las hiperintelectualizadas que tratan de afiliarse a la transmodernidad y que suelen encabezar los libros con citas de Jameson, del controvertido Zizek o de Bauman, para adscribirse a la modernidad líquida, donde el lector medio trata de orientarse para saber si se mueve en la filosofía, en la sociología, y a menudo se olvidan lo más esencial, la poesía.

Pero también hay poetas rigurosos que dejan correr el agua de las ideas por el cauce más evidente, la naturalidad, que no el naturalismo. Esa naturalidad con que entra en distintos registros es por derecho un estilo, el estilo de Graci, la palabra con la que nos dice: "Llevo a cuestas mil rémoras desde antes de la vida", porque la vida que nos cuenta no empieza cuando nació, sino cuando el ser humano comenzó a pensar y a interpretar lo que sentía. Sabe de la levedad de la vida y de la intranscendencia de lo humano en la inmensidad del tiempo y el espacio y por ello sabe que, en el mejor de los casos, todos seremos "la medianoche de cualquier noche".

Con los aparejos de la filología y esos libros leídos de los que Borges se sentía tan orgulloso, los versos de Graci Bordón Artiles nos llevan de la mano por la vida -las vidas-, y nos trasladan su vínculo con los afectos que casi siempre fueron y trata de rescatar escarbando en la memoria de la desmemoria, porque esa vida a veces tan complaciente, también puede ser "un francotirador que apunta a la belleza / y la liquida /de un tiro entre las cejas". Son las ausencias que vuelven a hacerse presente, ora como remanso apacible, ora como cascada impetuosa. Lo femenino es como un ideal que no debiera necesitar militancias, pero nuestra civilización ha ido construyendo una serie de mitos falsos que casi siempre van en detrimento de la igualdad de todos los seres humanos. Sin rabia, pero con firmeza, se nos muestra "la mujer, la niña, la muchacha, / continuamente otras y una misma". Esos tiempos reivindican la condición humana por encima de todas las ideas y manipulaciones que ha diseñado nuestra milenaria cultura.

Estamos por lo tanto ante un poemario que es una fuente que surte en un patio, alrededor del cual nos cercan el dolor, el amor, la ausencia y la esperanza. La soledad aparece solo dos veces, para ser conjurada o cuando ya no está. En realidad, no se alude a ella porque todo el libro es la definición de que cada ser humano nace y muere solo, pero entre tanto está la vida. Y ese romanticismo que añora lo imposible levanta edificios con cimientos de utopía, columnas de ilusión y ladrillos de fantasía, armando el verdadero mundo real que habitamos: "Sí, seguiré soñando con ficciones y sombras, / hallaré en los rincones un beso que no existe". Y sí existe, porque al final la imaginación es la única propiedad intransferible que poseemos.

Con la anuencia de Paz y Borges, leer La arena bajo la espuma es mirarnos en un espejo.

***

Emilio González Déniz. Canarias 2017.


Sigo tratando de amortiguar la locura mediática generada por la política, aunque no sé si tal vez sea al revés, porque los medios y las redes se utilizan a veces como no debieran. El caso es que para volver a lo esencial también me sirve la narrativa que ahonda en los comportamientos humanos. No soy inmune a Paul Auster y otros autores bien promocionados, pero aquí prefiero ceñirme a lo cercano. Y en esa cercanía, dos novelas de corte muy diferente pero igualmente inquietantes me llevan a la convicción de que somos seres imprevisibles y por lo tanto peligrosos. Ambas novelas son El canto de la raposa de Rafael Alonso Solís e Interregno de Roberto A. Cabrera. En medio, se me ha vuelto a colar el último poemario de Pedro Flores, Los versos del contramaestre del arca, que también ahonda metafóricamente en las miserias zoológicas que seguimos arrastrando los humanos desde la mítica refundación de la Humanidad en el Arca de Noé.

IMG_6854.jpgPero, en estos días, lo que más apetece leer es algo que nos lleve a mundos distintos, a ser posible desconocidos y mejor si a veces son divertidos. Esto es lo que hace con mano segura Ramón Betancor en su trilogía El reino de los Suelos, un juego literario que empezó en un blog y fue creciendo hasta convertirse en todo un mundo a través de tres novelas, la última de las cuales es Camino del Suelo. Me ha sorprendido la originalidad del tratamiento que hace de las diversas historias que se entrecruzan, un juego sobre la identidad que envuelve con un tratamiento de misterio muy especial. No es fácil mantener el pulso en un recorrido tan largo, pero Betancor lo consigue, dando siempre una vuelta más de tuerca. Esto que digo son sensaciones de lector; podría entenderse como notas de lectura, y entiendo que esta novela pertenece a un universo literario ensamblado con las nuevas formas físicas que toma el mundo. También creo -es otra impresión- que haber terminado la trilogía libera las manos del autor para nuevas empresas literarias; claro, eso si le dejan tiempo las seis cuerdas de una guitarra rockera en el grupo Extática. Y para variar de géneros, he vuelto a un ensayo de los años 80 que ya es un clásico; me refiero a La invención de la tradición de Eric Hobsbawm y Terence Ranger, que puede dar un poco de idea de cómo se construyen de la nada fenómenos sociales como el que ahora nos inquieta.

***

(Tengo en canal la novela El conocimiento, de Jonathan Allen, que, como en él es habitual, será una propuesta interesante de la que hablaré cuando la haya leído).


Aunque los días propenden al tema Malos tiempos para la lírica, del grupo Golpes Bajos, y rememorando los versos de Bertol Brecht, creo que la literatura es un refugio en el podemos seguir encontrando humanidad, un lugar en el que se puede rebuscar elementos que nos acerquen al otro. Por ello, estos días he intentado abstraerme de esa vorágine en la que tratan de hacer del dolor un espectáculo, yIMG_6844.jpg me he encontrado con mis libros, que ya son míos aunque fueran otras las manos que los escribieron y otras sensibilidades las que les dieron forma. No quiero hacer reseñas técnicas ni valoraciones subjetivas; solo quiero agradecer a esos libros la compañía que me brindan, el soporte moral que me ofrecen.

Y plasmo mi agradecimiento al poemario Mi corazón es un cubo de Rubik desordenado, que es solo un título porque en el interior ese desorden busca acomodo como las manzanas en un cesto. Su autora, Tina Suárez Rojas, nos habla desde los seis colores de ese cubo. Leer a Tina es siempre una aventura, no hay camino que desdeñe y eso siempre es un acicate para visitar su poesía. También me he acercado a La caligrafía de los isópodos, un libro en el que Evelyn de Lezcano marca territorio poético. Tengo que agradecer igualmente el diálogo con los poemarios escogidos por Eugenio Padorno para la colección Faro de La Puntilla: Alétheia del sur de Iván Cabrera Cartaya, Puerta de embarque de Aquiles García Brito, Ardentía de Antonio Arroyo Silva, En La Isleta de Manuel Díaz Martínez o Remanente al alza de Ángel Sánchez. La poesía siempre es una manera de encontrarse, y por ello hay que agradecer cada verso que nos llega. Y si, para variar, queremos cambiar a la prosa, siempre es buen momento para compartir las reflexiones que hace Rubén Benítez Florido en el libro De la levedad a la insignificancia, título que homenajea claramente a Milan Kundera, o releer al propio Kundera, o incluso volver a la biografía de María Estuardo, de Stefan Zweig, libros que son apuestas seguras para aprender de nosotros mismos.


Aunque el tópico representa a los creadores enfrentados a la crítica, está social, intelectual y académicamente reconocido que la crítica literaria es una rama de la literatura que trata de su mejor comprensión y de su valoración, siempre subjetiva porque en la apreciación del arte la visión personal juega un papel fundamental. Otra cosa es que posiblemente la peor crítica a una obra de arte sea el silencio, y es evidente que se habla de los nombres bien promocionados, que pueden o no coincidir con los más grandes. Pero eso es así desde que existe la crítica literaria, cuyo origen sitúan los especialistas en Dionisio de Halicarnaso, un historiador de origen griego que vivió en Roma en tiempos del emperador Augusto. Entonces, aparte de lo escrito, tenía gran importancia lo hablado, y así la retórica también era objeto de comentarios. ¿De quién trataba en sus escritos? Pues de oradores anteriores, ya tenidos en su tiempo como clásicos, como Lisias, Isócrates y Demóstenes, y de escritores como Tucídides, también de siglos anteriores a Dionisio. Se echan en falta sus críticas sobre sus contemporáneos, y eso que coincidió en el tiempo con el tridente mágico de la poesía latina: Horacio, Ovidio y Virgilio.

Dionisio halicar.JPGEse debe ser un defecto que durante dos mil años han heredado los críticos. La prestigiosa profesora y crítica Mónica Maud, que dirige un suplemento en un periódico de Santiago del Estero (Argentina) dice claramente que allí no existe la crítica literaria, a pesar de que hay valores locales del presente que merecen ser estudiados, y ocurre como en la Roma de Augusto, que siguen hablando de lo anterior. Y eso ocurre en todos los ámbitos literarios pequeños, donde sus escritores no son tenidos en cuenta, y se agrava hoy porque siempre se está pendiente de lo que marquen las grandes editoras y los grandes medios, que por supuesto no están en Santiago del Estero ni en las Islas Canarias. Sabemos hasta el año y hasta el mes del futuro en el que Paul Auster, Murakami o Pérez-Reverte publicarán su próximo libro, pero nada sabemos de lo que nace a nuestro alrededor.

¿Qué es lo que ocurre entonces? Pues que los propios escritores se erigen en reseñadores de libros ajenos, porque no queda otra; sus textos críticos aparecen en la prensa local, en revistas o en blogs. Lo siguiente es que surgen voces que hablan de amiguismo, pero lo cierto es que si los propios escritores no reman nada se mueve. Claro que, siempre está el "supremo poeta" que se erige (tiene sus palmeros, no crean) en el más grande, el más incomprendido, el único, y de paso niega incluso la existencia de literatura nueva porque él "no la ve". O un reconocido crítico, que poco suele tratar sobre lo escrito en Canarias en los últimos 40 años, que afirma que la crítica en estas islas se reduce a "torpes reseñas" (las que aparecen en prensa local, blogs o revistas) que no sirven para nada. Y, claro, si no se hacen esas reseñas se producirá el silencio. Tal vez es eso lo que quieren, ser los últimos de Filipinas y "después de mí, el diluvio".

IMG_6392.jpgTambién tendremos que esperar a que la crítica académica mire a su alrededor, pues las universidades canarias van, tramos más o menos, por el punto kilométrico de Manuel Padorno, Arturo Maccanti y la Generación del 50 o por ahí. Para la supuesta gran crítica, hace medio siglo que no se crea literatura en Canarias, y cuando se dice tímidamente por escrito que algo se ha movido cae sobre quien así se ha atrevido el calificativo de torpe. Por si fuera poco, siempre surge algún espontáneo que niega por sistema cualquier cosa que se escriba aquí, e incluso hay otros que mienten adjudicando a voleo prebendas y favores que nunca existieron. Eso tampoco ayuda, pues ya solo falta que abran una lista de firmas para pedir que la literatura escrita en Canarias entre en el código penal. Y también hay que tener cuidado si alguien se atreve a hablar de un libro, porque puede que no guste lo que dice, y se está llegando al paroxismo de hacer crítica de la reseña. Así, siguen ganando los que quieren silenciar a una sociedad, y surgen rumores sin compromiso, pues se ha llegado a decir que hay gente que publica críticas de sus propios libros. Si eso ha ocurrido, me gustaría saberlo, porque nunca he tenido constancia de que nadie haya reseñado su propio libro, si siquiera con seudónimo.

Así que, seguimos a la espera de esa crítica seria y rigurosa que sustituya a las "torpes reseñas" que aparecen en periódicos, suplementos, revistas y blogs (esa es otra, algunos parecen no haberse enterado de que buena parte de estas actividades, tanto creativas como críticas, están en el mundo digital que para ellos no existe). Pudiera ser que un día de estos a alguien se le ocurra mirar a su alrededor y tal vez descubra que, entre lo que se ha escrito en los últimos 40 años, haya tal vez obras con tanta calidad como las que consideramos clásicas. O más. Pero claro, siguiendo al santo patrono Dionisio de Halicarnaso, mirar hacia atrás es menos comprometido.

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(Pido disculpas por la necesaria extensión de este trabajo).

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