los blogs de Canarias7

Novedades en la categoría comunicación


En el cine se producen curiosidades muy paradójicas. Cuando se eligen exteriores de rodaje, se procura que, si no se rueda en el lugar exacto del que se trate, se acuda a espacios similares o muy parecidos, como usar las dunas majoreras para hacerlas parecer el desierto del Sinaí en la versión de Los diez Mandamientos de Ridley Scott, o que el Sureste grancanario sirva como réplica a las islas Filipinas por su parecido paisajístico. Por el contrario, el rodaje de Moby Dick en Gran Canaria es algo casi contra natura, porque la nítida luminosidad de la isla es justamente lo opuesto a la atmósfera plomiza y sombría del espacio en el que se enclava la acción de la película. Pero el azar y la necesidad a veces funcionan, y en este caso funcionaron a satisfacción de los cineastas.
En el arte a menudo se desafía la lógica, y en torno a la Ballena Blanca hay otras curiosidades que realmente son una anomalía. Que lugares muy poblados y con siglos de historia, como París, Roma o Tokio, tengan una presencia inexcusable en el arte universal es lógico; más raro es que una isla diminuta, de la misma superficie que El Hierro, aparezca en el canon literario con letras muy grandes. Es el caso de la isla de Nantucket, 50 kilómetros al sur de Cap Cod, en la costa atlántica de Massachusset, más cinematográfico por su relevancia en películas como Retrato de Jennie o El cabo del terror. En Nantucket está uno de los puertos balleneros más activos y legendarios del Atlántico Norte, sobre todo en el siglo XIX, y sus aguas son escenario real del hundimiento de trasatlántico italiano Andrea Doria (en la misma ruta que el Titánic) y espacio imaginado en relatos -aparte de la mitificada historia sobre la caza de Moby Dick que es objeto de este trabajo- de la novela En el corazón del mar, de Nathaniel Philbrick, y posterior película de Ron Howard que rastrea la obsesión de Melville por la gran Ballena Blanca, después de conocer la peripecia del superviviente de un naufragio ocasionado por un cachalote de 26 metros, que se cuenta en Nantucket pero que al otro lado del mundo se reivindica en aguas chilenas del Pacífico, y que también fue el origen de la novela inacabada de Edgar Allan Poe Las aventuras de Arthur Gordon Pym y dicen que inspiró a Julio Verne en sus historias marinas.

hm1.jpgComo toda gran literatura, especialmente la que contiene elementos épicos, estas historias de balleneros del siglo XIX han acabado en la pantalla. Ya el cine mudo se ocupó de libro de Melville en 1926, y el carismático actor John Barrymore encarnó al demente Capitán Ahab, papel que repetiría cuatro años después en una versión sonora que se salta la deliberada misoginia de una novela "de hombres" (Melville se removería en su tumba) con un personaje femenino tan inesperado como la sensual, turbadora y jovencísima actriz Joan Bennett que lo interpretó. Incluso podemos entender que películas como Tiburón, de Spielberg, bebe de las fuentes de Moby Dick, pues el hombre se enfrenta a la bestia marina. La versión más cercana a la novela es de la que hoy hablamos, y es la dirigida por John Huston, que se terminó de rodar en la Navidad de 1955 en aguas de Gran Canaria, protagonizada por Gregory Peck, que vuelve sobre la misma historia al final de su carrera en una producción para televisión de 1998, aunque esta vez el papel del Capitán Ahab recae en el actor Patrick Stewart (sí, sí, el de la serie Star Trek). También se ha disparatado alrededor de Moby Dick, pero tras casi un siglo de versiones audiovisuales, se tiene a la película de Huston por la más fiel al espíritu de la novela, si bien podemos decir que pasa de puntillas sobre el repetitivo y a menudo irritante discurso circular de Ismael, el narrador-testigo, y centra la filmación en la parte final de la lucha entre el hombre y la bestia, a la que unos ven como una divinidad furiosa y otros como al monstruoso y demoníaco Leviatán descrito en El Libro de Job.

Y ese ambiente invernal, lluvioso y grisáceo de la costa nordeste de Norteamérica es el que suele imperar durante los meses fríos en la isla de Nantucket, a medio camino por mar entre Boston y Nueva York. Esa es la luz que Huston quería para los exteriores de su película, y para ello alistó nada menos que a media docena de los más cotizados directores de fotografía, todos bajo la batuta de Oswald Morris, que Huston había descubierto en sus dos películas anteriores, y que lo soportó dos o tres más. Porque Huston era una persona complicada, y resultaba difícil que repitiesen con él. Quien mejor lo aguantó fue Humphrey Bogart, seguramente porque eran iguales. Rodaron juntos media docena de películas, y seguramente no hicieron más porque Bogart murió. Para conseguir ese color añejo, vibrante y a la vez tenue, rodaron dos copias, una en technicolor y otra monocromo, que luego mezclaron. Pero aun así, la mejor manera de conseguir ese ambiente era rodar en esa zona del planeta, y preferiblemente en Nantucket, pero la isla de los balleneros estaba en territorio norteamericano, del que Huston había renegado y se había nacionalizado irlandés, como protesta por la persecución abanderada por el senador McCarthy en el ámbito del cine.

BUSCANDO UN GIGANTE Y UN PLATÓ

hm2.jpgHuston intentó hacer un guion con la parte más dinámica de la novela, pero se atascaba una y otra vez hasta que se puso a trabajar con el escritor Ray Bradbury, con el que, cómo no, acabó peleado porque el autor de Crónicas marcianas no estuvo de acuerdo en que el propio Huston fuese acreditado como coguionista de un trabajo que consideraba solo suyo. Y una vez que tuvieron el guión, quedaban dos asuntos que resolver: el actor que daría vida al Capitán Ahab y el lugar de rodaje que replicara el puerto ballenero de Nantucket. Alrededor de esta película hay rumores que se dan por certezas documentadas y versiones distintas dadas por varias personas, entre ellas el propio Huston, que nunca sabías cuando decía la verdad, echaba balones fuera o soltaba lo primero que se le venía a la boca. Para decidirse por el actor protagonista, había una condición imprescindible: que fuese un hombre muy alto, de anchas espaldas y de gran presencia caracterial. Descartado su fiel Bogart por la estatura, se buscaron otras opciones entre actores altos; Newman y Brando, no muy altos pero carismáticos, eran demasiado jóvenes y guapos, y Rock Hudson, aunque gigantón, era demasiado blando; Cary Grant, demasiado elegante; Alec Guinnes, demasiado flemático; Clark Gable, demasiado risueño, Burt Lancaster no tenía hueco, Charlton Heston se había ido a recoger las tablas de La Ley al Sinaí, Gary Cooper no podía ser porque se negaba a morir en la pantalla, y cuentan que dicen que dijeron que Robert Mitchum dijo que no, aunque no dicen por qué. Y ya no quedaban hombrones de talla XXL disponibles. Bueno sí, quedaba uno, Gregory Peck, que habría que envejecerlo, afearlo y cabrearlo para quitarle esa pinta de niño bueno del catecismo. Ya había dicho Hitchcock a todo el que quiso escucharlo que la apariencia demasiado blanda de Peck le había chafado su película El Proceso Paradine unos años antes, pero Huston, que se las tenía también con Hitchcock, tal vez quiso demostrarle que él podría hacer de aquel querubín de un metro noventa una fiera intratable. Y enganchó el único gigante que estaba libre.

Descartado por otras razones el lugar estadounidense idóneo para rodar, había que buscar una zona con una latitud parecida para que la incidencia de la luz fuese la misma. Canarias no entraba en el plan, hay una luz distinta por su cercanía al Trópico de Cáncer. ¿Qué mejor lugar que Irlanda para reproducir Nantucket? Y se fueron al puerto de Youghal en la costa sur irlandesa. Allí se aclimataron tan bien que aún hoy, en 2018, sigue estando tal cual el Pub donde trasegaba whisky el plantel de la película, mezclado con los lugareños que hacían de extras o trabajaban en la construcción de ballenas de caucho que una y otra vez se tragaba el Mar del Norte, que aquel otoño de 1955 no estaba por colaborar con Huston. Aquello era la quiebra de la productora, por el material que se perdía y por la tardanza, de manera que tuvieron que buscar soluciones más al sur. La primera la consiguieron en Madeira, donde filmaron la caza real de los cachalotes, que era una actividad terrible pero entonces admitida en aguas portuguesas. El problema es que el puerto de Funchal carecía de infraestructuras técnicas para crear una ballena ortopédica y mantenerla a flote, así que se trasladaron aun más al sur, al puerto de La Luz y de Las Palmas, que ya entonces podía competir con cualquier puerto del mundo en servicios y prestaciones.


GRAN CANARIA: EL SUR ES EL NORTE

De ese modo llega a Gran Canaria y a la desesperada todo el equipo de rodaje en vísperas de la Navidad de 1955. Y si muchos son los datos documentados, ingentes son las peripecias que se cuentan, unas ciertas y otras vaya usted a saber, porque aquel año había sido también el del rodaje de Tirma, y quien más quien menos, había escuchado docenas de historietas alrededor que aquella otra película, especialmente sobre la protagonista, la ubérrima Silvana Pampanini. Es evidente que si la cuarta parte de lo que se cuenta hubiera ocurrido de verdad, tendrían que haber estado rodando durante años, pues en dos meses no caben tantas peripecias, a cual más rocambolesca. Con Moby Dick ocurrió lo mismo. Hay quien habla de la presencia de Orson Welles, con anécdotas, borracheras y pendencias detalladas incluidas, y sí que podemos afirmar con toda seguridad de que, aunque Welles participa como actor en la película, nunca estuvo en el rodaje en Gran Canaria, y por lo tanto no formó parte de la troupe del dólar. Por contar que no quede, hasta se ha hecho literatura sobre el rodaje, y habría sido un desperdicio dejar al carismático Orson fuera de un relato tan mitificado. Como decía el torero Juan Belmonte "hay gente pa'tó", y una diferencia que tiene la novela frente al periodismo y a la historia es que estas han de ajustarse a la verdad, mientras que la novela necesita verosimilitud, y a veces la verdad es inverosímil.

hmm.jpgLa distancia dulcifica la memoria, pero hay que decir que, en algunos aspectos, el equipo de Moby Dick entró en Las Palmas de manera poco discreta, por decirlo suavemente; se hacía la vista gorda porque dejaban un reguero de dólares en tiempos de miseria, y porque eran americanos, por mucho que renegase de ello su director; no era cosa de molestar a los yanquis, que algo se había pillado de las sobras del Plan Marshall. Como llovía sobre mojado, después de los episodios alrededor del rodaje de Tirma, hasta el obispo intervino en contra de John Huston, porque le parecía escandalosa e insultante la actitud de colonos del Far-West que exhibían los cineastas. El prelado había intentado impedir que se le concediera el permiso para rodar una película en la que, según las referencias publicitarias, el hombre desafiaba al mismo Dios y este actuaba en legítima defensa. Todo en vano porque las relaciones de aquel obispo con el poder civil eran precarias... Pero esa es otra historia.

Por fin, todo el equipo de rodaje de Moby Dick se marchó -Huston también-, y la película fue proyectada en la isla varios años después, mutilada por los cortes de la censura y tergiversados los diálogos por el doblaje. Pocos quedaron convencidos de que en realidad los exteriores de la película fueran en verdad rodados en la bahía de Las Isletas y en la playa del Confital, y la leyenda de Huston desapareció enseguida de la memoria de la ciudad. Se ha recuperado en los últimos años gracias a la Filmoteca Canaria, al festival de Cine de Las Palmas, a muchos trabajos periodísticos y a alguna novela que se sitúa en esa época. En realidad, solo salía el mar de la isla, y es muy difícil diferenciar una escena rodada en el Atlántico insular de otra filmada en el Mar del Norte. En la pantalla es solo agua.

La luz es otra cosa, pero hasta en eso hubo suerte, porque, durante las semanas que duró el rodaje, en Gran Canaria hizo un tiempo invernal, muy oscuro y tormentoso, irlandés, y hubo una sucesión de borrascas severas que se notaron también en el mar, hasta el punto de que casi por milagro no se volvió a perder la ballena de caucho que fabricaron en el Puerto, y se pudo rodar el final de una de las películas más importantes de la filmografía de John Huston como director y de Gregory Peck como actor. Así que, un conglomerado de circunstancias impensables a priori hizo que la resplandeciente Gran Canaria interpretase el papel de la brumosa y legendaria isla ballenera de Nantucket, y que se escribiese en el mar de Las Isletas un bello capítulo de la cinematografía mundial, que una a la isla y para siempre a la luz de las estrellas John Huston y Gregory Peck en la Gran Historia del Cine. Y, por supuesto, a la memoria de la diabólico-divina Gran Ballena Blanca: Moby Dick.

***
(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 22 de septiembre).


Hay memorias que cuentan las vivencias personales e incluso íntimas y otras en las que el autor funciona como testigo de hechos de interés para el lector, sobre todo si quien las escribe es un personaje con mucha presencia social o histórica; un ejemplo de esto último podrían ser Churchill o Darwin, porque tiene mucho atractivo conocer elementos de la trastienda de momentos importantes de nuestra historia común; eso, claro, desde la perspectiva de una persona, que puede estirar o encoger los hechos según le convenga. Las hay mixtas y luego están las de los escritores, cuyo mayor interés radica en conocer de primera mano detalles de un periodo literario propio y de todo lo que se ha movido alrededor, y más si se ha sido testigo, confidente y protagonista de buena parte de la historia literaria de ambas orillas de nuestra lengua en el último medio siglo. De esta manera es cómo hay que acercarse a Ni para el amor ni para el olvido, primer tomo de memorias de J.J. Armas Marcelo.

Scan68.jpgAunque a veces no se diga expresamente, existe la creencia inconsciente de que lo que no se cuenta es como si no hubiera sucedido. Desde que el ser humano alcanzó el lenguaje y la capacidad de comunicación, sabemos de nuestro pasado por las imágenes gráficas, por la memoria transmitida a través de la oralidad y por la escritura cuando el ser humano empezó a escribir, siempre desde una visión subjetiva, de manera que dos personas perpetuarán el mismo hecho de distinta forma, porque la imaginación va generando realidades paralelas que, al cabo, crean tanta o más conciencia colectiva que los escritos que se aferran a una realidad que también tiene diversas aristas. Podríamos decir que ahora mismo son más reales Don Quijote, Aquiles y Fortunata que Cervantes, Homero y Galdós.

Se trata, por lo tanto, de contar lo que llega a la imaginación, porque eso que se cuenta es lo que va a quedar para el futuro. Cuando alguien escribe sobre su propia biografía, tiene que darse cuenta de que la memoria va acomodando los recuerdos, hasta el punto de que el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez escribió: "la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla". Si esto sucede con lo que entendemos como real, es imposible estimar hasta dónde puede llevarnos nuestra imaginación. El listado de memorialistas ilustres que han dado la visión personal de su época y su sociedad es tan largo como interesante, desde la fiesta que era París para Hemingway, a las mudanzas de Nabokov cada vez que cumplía otros veinte años; Kipling, Virginia Wolf, Casanova, Anaïs Nin, Sábato, Simone de Beauvoir o Stefan Zweig, han plantado, como Alberti, sus arboledas perdidas y, como Neruda, han confesado su pasión por la vida.

Esa es la pasión que ha derrochado y derrocha Juancho desde que nació y se fue a Madrid detrás de un balón merengue y de la llave de la lengua, que entonces tenía dos puertas, una en la capital y otra en la Barcelona europea que era la envidia de aquella España que olía a cerrado y sacristía. A Barcelona se iría más tarde, después de inventar literatura en Canarias desde la editorial Inventarios Provisionales, sobre la que cayó -también sobre él- la furia que convertía a militares iletrados en magistrados del orden maldito de los infames. Como Tomás Moro, mira hacia atrás sin ira, pero sin ceder una palabra al silencio, tal vez porque entienda que hay que contar las peripecias y retratar las cosas para que se sepa que sucedieron y que han existido; las buenas y también también las malas. Este tomo llega hasta la frontera felipista de los ochenta, y al menos en su primera mitad, me trae la memoria propia de aquellos años en los que caminábamos juntos por la calle León y Castillo, esquina Plaza de la Feria, en Las Palmas de Gran Canaria, con puerto de salida en las agobiantes traducciones de Tácito y de llegada sabe Dios, aunque siempre había parada en algún entrevero literario. Esos primeros años setenta imaginábamos la futura España leyendo a hurtadillas Ruedo Ibérico, y Juancho ya se sentía sobrevolando el Atlántico y los Andes tantas veces que ya se ha perdido la cuenta.

Y luego está la prosa, esa otra manera de contar que usa Juancho en este libro, como si estuviera hablando cara a cara. Así que, por suerte para unos y desgracia para otros, se ha contado y por lo tanto ha sucedido. Ya no hay excusa; la ira nunca fue buena compañera de viaje, pero sí que es necesario usar el retrovisor de vez en cuando. Al leer este tomo, queda retratada una década y media en Canarias y en España. Esperamos la siguiente entrega porque es cuando llega la plenitud de ese Juancho que conoce porque ha hablado con ellos a casi todos los vivos y a buena parte de los muertos, ese Juancho que ya sabía que estaba condenado a pasar media vida en un avión. Y es que había estado en América antes de poner sus pies sobre ella.


No se entiende cómo todavía hay quienes consideran lógico que en un estado

democrático exista un espacio como el Valle de los Caídos. Para quienes

tratan de reescribir la historia, hay que recordar que semejante adefesio fue

construido por prisioneros republicanos, mano de obra que se compensaba

con canjeo de tiempo trabajado por tiempo de condena en las cárceles

franquistas. Por eso dicen que eran voluntarios. No fue así siempre, pero

en los casos en que hubo opción, es comprensible que muchos prisioneros se

acogieran a esa manera de acabar cuanto antes con una prisión degradante

que les había caído por haber perdido una guerra. Los vencedores no se

limitaron a su victoria militar, buscaron la eliminación de los vencidos,

porque cuando acabaron sus años de cautiverio, se les trató como apestados,

a ellos y a sus familias. Todo eso es lo que representa el Valle de los Caídos,

por si a alguien le queda un resquicio para justificar esta aberración histórica

y moral.

En mi novela Hotel Madrid, aparece una historia secundaria, basada

en un hecho real; y cuando a esa persona le dieron la supuesta libertad

formó parte de los que emigraron ilegalmente a Venezuela porque

aquí les hicieron la vida insoportable.

6t8u9rrrrrr.jpg"Jacinto sobrevivía preso en Cartagena con la incertidumbre de una pena de muerte que nunca se materializaba, y en más de una ocasión llegó a desearlo, porque siempre se dormía pensando que a la mañana siguiente vendría a buscarlo un pelotón. Un día de 1942 le dijeron que se le conmutaba la pena de muerte por cadena perpetua, y meses más tarde que podría redimir condena si participaba en la construcción de un monumento funerario de enormes dimensiones, que con el tiempo se llamaría Valle de los Caídos. Como ya todo le daba igual, Jacinto se alistó entre los que eran llevados a la zona de Cuelgamuros, en las cercanías de El Escorial, a hurgar en una roca de Guadarrama.

El Valle de los Caídos fue una empresa faraónica. Miles de prisioneros republicanos participaron en el proyecto diseñado por el arquitecto Muguruza. En la piedra de Nava se escarbó una cueva inmensa, que luego sería basílica, tal vez la más larga de la cristiandad. El escultor Juan de Ávalos esculpió gigantescas estatuas de los apóstoles y en la cima de la montaña se levantó una cruz de piedra de dimensiones tan exageradas como no se había visto antes.

En la cripta de la basílica fueron depositados los restos de miles de combatientes; con ello se quería dar a entender que el Valle de los Caídos era un monumento a la reconciliación, aunque solo era piedra reseca del Guadarrama. En las obras de Cuelgamuros, Jacinto trabajó de sol a sol. A veces, los guardias les dejaban momentos de asueto, y hasta los llevaban en grupos a ver corridas de toros en San Lorenzo de El Escorial. Era la época más gloriosa del legendario torero Manolete, que entusiamaba al público y levantaba encendidas discusiones entre los presos. A Jacinto no le gustaban los toros, pero iba porque era una manera de distraerse, siempre con la esperanza de que algún día lo dejaran en libertad.

Poco a poco, aquella obra inmensa iba tomando forma. El coste económico se reducía bastante porque la mano de obra era gratis, pero así y todo debió costar muchísimo dinero en una España que se moría de hambre después de una guerra civil, amenazada por una guerra mundial y más tarde aislada por el bloqueo internacional. Nada de eso hizo desistir al entonces llamado Caudillo de su propósito funerario. Pronto comenzaron a llegar restos humanos de cementerios militares dispersos por toda España, y hasta algunos años después no llevarían en procesión el féretro de José Antonio Primo de Rivera, enterrado en Alicante desde su fusilamiento en 1936. Lo enterraron en el lugar de honor que para él habían excavado en el altar mayor de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Nadie lo sabía entonces, pero el general Franco se reservó el otro lado del altar para reposar eternamente cuando le llegase su hora".

(Hotel Madrid. Sevilla. Ediciones Algaida 2000.)

+++


Sin títulouuuuuu.jpgRastreando la obra periodística de la escritora Mónica Lavín, encuentro un artículo en El Universal de Ciudad de México en el que habla de uno de los charros mexicanos pioneros, de nombre artístico Guty Cárdenas, contemporáneo de Pedro Vargas y una decena de años mayor que Jorge Negrete y Pedro Infante. Nació en 1905 y murió en 1932, por lo que solo cumplió 26 años en este planeta. Una vida tan breve no le impidió alcanzar el éxito, grabar discos y hacer una gira entre aplausos por Estados Unidos y Cuba. Su talento natural seguramente le habría hecho cruzar las fronteras de los corridos, los huapangos y las rancheras, pues andaba investigando sobre los ritmos y las músicas negras después de su visita a La Habana y su corta pero fructífera amistad con el poeta Nicolás Guillén.

Guty Cárdenas convertía en canción cualquier acontecimiento, y una de las más celebrados fue la que hizo en 1931 para contar el cambio de régimen que dio lugar a la II República española. De regreso a México, se encontró en una cantina con dos hermanos españoles que por lo visto eran monárquicos y consideraban una ofensa el corrido que tanto éxito había cosechado. No se sabe muy bien si fue un duelo crepuscular, porque, en 1932, en México se portaban pistolones a la vista, o si fue directamente un asesinato, pero lo cierto es que Guty Cárdenas cayó muerto en aquella balacera. Y esto vuelve a poner sobre la mesa la eterna intransigencia de una parte de nuestra sociedad con los que piensan diferente. Si sienten curiosidad, la canción está en este enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=LfEM_DEfdhw


María Dolores Pradera se marchó en mitad de una semana vertiginosa, y se ha dicho todo de ella, siempre bueno, pero tal vez no se ha incidido en el hecho de que su voz y su elegancia sirvieron de puente entre dos continentes que hablan la misma lengua, pero que antes de ella se conocían menos. Porque María Dolores Pradera es mucho más que un ramillete de canciones, por muy bellas que estas sean. En los años sesenta del siglo pasado, la relación de España con Hispanoamérica se sostenía en disparates supremacistas como "El Día de la Raza" o "La Madre Patria", y su colaboración con aquellos países -la mayor parte de ellos dictaduras o con democracias formales pero muy vigiladas por los grandes poderes económicos transnacionales- se basaba en un organismo que llamaban Instituto de Cultura Hispánica, pura retórica imperial sin más imperio que la verborrea alternante de la memoria de un tiempo ido y la inútil reivindicación de Gibraltar. La música de aquel continente que cantaba en español se reducía a las rancheras que venía de la época dorada de los charros mexicanos y algún joropo venezolano que se colaba por el flujo de la emigración. Así que la cosa quedaba entre Allá en el rancho grande y los boleros de Los Panchos y Antonio Machín.

mdp.jpg

Además de esas hermosas canciones inolvidables, había otras muchas que desconocíamos; Argentina no solo era el tango y Chile era mucho más que los cantantes de importación que sonaban en España, como Monna Bell o el incalificable Luis Aguilé. Por el Sur trovaban voces y mensajes nacidos de figuras como Atahualpa Yupanqui, Ariel Ramírez y Violeta Parra, que algunos aventajados lograban escuchar entre zumbidos nocturnos en las emisiones de onda corta para Latinoamérica de la BBC, Radio Francia Internacional y Radio Moscú. En el fulgurante México de entonces brillaban los tríos románticos (Calaveras, Ases, Diamantes, Caballeros...) y mujeres del peso de Irma Vila, Lola Beltrán y Libertad Lamarque, argentina trasplantada a Sierra Madre. Por todas partes había vallenatos, carnavalitos, zambas, chacareras y valses peruanos que eran La flor de la canela. Pero aquí apenas se escuchaban durante aquellos años, en medio de una eclosión musical en España. La copla, dueña y señora de las radios, empezó a mezclarse con la música nueva que provenía del rock anglosajón y las baladas italianas y francesas. Y entre Los Brincos, los Pekenikes y los Mustang, empezaba a escucharse una voz de seda que cantaba unas canciones que se colaban como la humedad; eran aquellas canciones que desconocíamos y que de pronto nos mostraban otras sensibilidades.


José Antonio.jpg

(Agaete al atardecer. Foto de José Antonio Godoy)

Empezamos a escuchar y a amar la voz sublime de María Dolores Pradera. Decía Atahualpa Yupanqui que oírla era como subirse a automóvil con cambio automático. No había estridencias, frenazos ni chirridos; sonaba como una caricia continua que nos llevaba suavemente por las carreteras de la vida. Y en aquella voz se nos iba colando por primera vez el talento de la peruana Chabuca Granda, del cubano Miguel Matamoros, del uruguayo Alfredo Zitarrosa, del argentino Atahualpa Yupanqui y docenas de músicas que nos hacían sentir la Fina estampa de la Lunita tucumana. Después, ya la vimos en televisión, siempre flotando sobre una almohada de suavidad, moviendo las manos como una garza llanera, transmitiendo belleza en cada nota, en cada movimiento. Más tarde escuchamos esas mismas canciones en las voces que las crearon, y también eran hermosas, pero sabíamos que cuando ella las cantaba era cuando se juntaban las dos orillas del Atlántico. Su voz era la música de nuestra lengua, amorosa, protectora, serena. Y se ha ido aleteando como solo ella sabía volar, a reunirse con los cantantes que ya sabemos que Son de la loma, a pasar la tarde con Chabela, Violeta, Libertad y Chabuca. Allí, el gran José Alfredo Jiménez le cantará lo que todos deseamos: Ojalá que te vaya bonito.

pili-mojo.jpgLa editorial vasca Literarte, abre su colección Letra y punto con un volumen de relatos en los que la gastronomía es parte fundamental de las narraciones. Cinco plumas de Euzkadi y otras tantas de Canarias componen un mosaico en el que la comida sirve de hilo conductor de las historias y definen de alguna forma la idiosincrasia de vascos y canarios. Toma el título de dos salsas muy populares en ambos territorios, Pil-pil y mojo, y será presentado el próximo jueves 31 de mayo, en el edificio La Bolsa (Sala Ganbara) de Bilbao. Más adelante también será presentado en Canarias.

La iniciativa se debe al impulso de María José Mielgo Busturia, escritora, editora y alma de Literarte Editorial, y de la poeta y narradora Teresa Iturriaga Osa, que también forman parte de la nómina de autores y autoras, que se completa con relatos de Sergio Arrieta, Santiago Gil, Guadalupe Martín Santana, Miren Agur Meabe Plaza, Elisa Rueda, Pablo Sabalza Ortiz-Roldán, Pedro Ugarte y quien esto escribe. El libro trata de tender puentes desde la diferencia.

La gastronomía no solo es un factor clave en los estudios etnográficos, también es el resultado de muchos elementos físicos de cada lugar, su espacio geográfico, sus características climatológicas, el devenir de la historia y las influencias diversas. Al sentarnos ante un plato o un postre propio de un territorio, estamos frente a cientos de años de evolución y de aportaciones que nos cuentan a su manera el relato de muchas generaciones que son como un río que desemboca en lo que hoy somos tantos vascos como canarios. Y si la comida es el resultado de muchas cosas, este es, a su vez, un retrato que define la manera de ser de los pueblos.

Por lo tanto, este es que contiene gastronomía, etnografía e historia, pero ante todo hablamos de literatura, porque cada relato está escrito desde la sensibilidad que han acreditado quienes han dedicado su esfuerzo y su talento a contarnos una historia literaria. La presentación inmediata será sin duda un éxito frente al Cantábrico, y espero que pronto esté ese libro en las librerías canarias y podamos hacer su presentación en medio del Atlántico.


Si hay algo que me molesta es que alguien te advierta de un posible futuro error y cuando este se produce lance un "te lo dije" que suena a revancha dialéctica. No voy a hacer eso, pero sí digo que, en los días de vino y rosas (hace año y medio) en los que La UD de Quique Setién paseaba su gran fúltbol por la Liga de las Estrellas, tomando café con unos queridos amigos escritores -que vislumbraban un futuro brillante y largo para la UD-, les dije que lo disfrutaran el ratito que iba a durar, porque con los mimbres que estaba construido el cesto no aguantaría mucho, se rompería por alguna parte. Y no es porque yo tenga una bola de cristal, es que se repite el cuento como en un tornillo sin fin.

uuuuu6tgb.jpgDesde aquel descenso de los años 80, después de 19 años en 1ª División, la UD es una sesión continua de blanco y negro, que llevaron al equipo al foso más abajo de la 2º. Cada vez que se avanzó aunque solo fuera un paso, fuera con Pacuco Rosales o con Sergio Kresic, siempre estaba la cantera en el fondo del armario. Y es que esa es la única manera que tienen los equipos modestos de sobrevivir, da igual la categoría en que se juegue. Si hay una buena generación, se va hacia arriba; cuando hay sequía, se llega con dignidad hasta donde se puede. Parece que no se ha aprendido algo tan evidente, y encima tenemos la suerte de que nuestra cantera es propicia a las buenas cosechas, de las mejores y con un sello de denominación de origen muy reconocible. Las catástrofes deportivas de la UD vienen indefectiblemente cuando se empieza a mirar hacia afuera, a fichar mediocridades inferiores a lo que hay aquí y a creer que el equipo puede ser un negocio y un trampolín personal. Otra cosa es que fiches a buen precio a Brindisi, Wolf, Morete y Carnevali, media selección argentina, que encima rimaban con el estilo de juego del equipo. Pero eso es inalcanzable en el mercado futbolístico actual. Que no, que esto no es el palco del Bernabéu. La UD podría ser como la Lezama del Athletic, y siempre tuvo vocación para eso.

Desde hace 25 años, mucho antes de la era MAR, excepto la afición, todo lo que ha tenido que ver con la UD Las Palmas -estadio, directivas, técnicos, políticos entrometidos e incluso algunos jugadores- suena a burla, intereses bastardos, negocio de unos pocos y dinero público dilapidado; seguramente es todo legal, pero la corrupción ética es manifiesta. Como dijo el profeta, ahora es el llanto y el rechinar de dientes; en el mencionado café, mis amigos rieron -y lo agradezco- esta comparación que les hice en tono de chanza: "los latoneros no hacen aviones, solo saben ponerle culos a los calderos". Así que toca tomar por el caldero mientras esperamos a que aparezcan los sabios, que aquí hay muy buenos ingenieros que saben cómo hacer volar un equipo de cantera.

COSAS MÍAS



-Don Servando, veo que es usted muy crítico con las personas que tiran mucho de lugares comunes, refranero y frases hechas.

-Es que, doña Otilia, estoy harto de que a esa gente de respuesta rápida con palabras de otros se les considere lumbreras de la locuacidad y la inteligencia.

bla.jpg-Pero no me negará que son muestras de ingenio.

-Señora, como dijo el sabio, el ingenio es la calderilla del talento.

-Pero al menos, según lo que digan, los vamos conociendo.

-Eso es cierto, ya sabe, por la boca muere el pez, y los árabes dicen que la elocuencia es plata y el silencio es oro. Somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras.

-Claro, don Servando, el que mucho habla mucho yerra.

-En efecto, doña Otilia, palabras vanas sonido de campanas.

-Al final, las palabras se las lleva el viento.

-Y, señora mía, bien sabido es que del dicho al hecho hay un trecho.

-No diría yo que no, es un goce hablar con usted.

-Muy honrado. Es que no soporto a quien se apropia del refranero y no trata de crear lengua. Y tengo claro que, como dijo otro sabio, es mejor callar y que te crean tonto que hablar y que quede demostrado.

-¡Qué inteligente es usted, amigo mío!

-Es que yo tengo pensamientos propios, y el pensamiento está libre de impuestos.

-Martín Lutero ¿no?

-A palabras necias, oídos sordos.

La verdad puede eclipsarse
pero no extinguirse.

Tito Livio


La verdad puede eclipsarse pero no extinguirse
Así que no me mienta,
tarde o temprano se sabrá que no es usted IMG_8006JJJ.jpg
un Brunetti auténtico.

Se apellida usted Brunetti, sí.
¿Es acaso de los Brunetti importadores?
¿de los Brunetti farmacéuticos?
¿canónigos?
¿banqueros?
¿nooo?
¡Entonces usted no es un Brunetti!

Al menos no es un Brunetti con legitimidad.

Hay Brunettis arrieros,
descargadores del puerto,
panaderos,
gente baja.

¡Ah! Que es usted magistrado de la Audiencia.

Sí, pero su padre fue asalariado,
un hombre sin rango.

No es usted uno de los nuestros,
carece de sangre noble,
y por lo tanto debo denegar
su solicitud para ser miembro
del Club de los Próceres.

¿Tiene hijos?
¿Dos? Dígales
que pueden pasar a hacerse socios.
¿Qué el varón solo es enfermero
en un ambulatorio
de la Seguridad Social
y la niña monitora en un gimnasio?

No importa que sean asalariados.

Aunque fuesen taxista,
auxiliar administrativo
o camarera,
son de buena familia.

Usted no es de los nuestros,
ellos sí,
tienen rango: por sus venas
corre sangre de un prócer.

Tenga en cuenta que son
hijos de un magistrado de la Audiencia.

Usted no.


3r56.jpgQue se celebre cada 21 de marzo el Día Mundial de la Poesía seguramente indica que se le presta poca atención. En general, se entiende la poesía como algo endeble y propio de personas pusilánimes y extraviadas de la realidad. Es falso, la poesía es expresión de fortaleza que nace de las almas fuertes y apela a la humanidad, a la inteligencia y a la sensibilidad. ¡Ah, qué triste equiparar sensibilidad con languidez, debilidad y cursilería! Si algo no es remilgado en el mundo es la poesía, que nunca consiste en apilar versos que suenen o que incluso estén tamizados por cien diccionarios; la poesía es otra cosa y aparece en los versos, pero también en la prosa, en cualquier acto creativo en incluso en la vida cotidiana. Porque se trata de una forma de mirar, es el microscopio del pensamiento, el bisturí que transforma a los seres humanos. Poesía es entablar relación de igualdad con personas afectadas por el Síndrome de Down, que también celebra hoy su Día Mundial. ¿Hay algo más poético que la comunicación entre seres humanos? Desde la poesía se crea belleza, pero no solo la belleza puede ser poética. Así que hoy felicito a la gente que hace poesía amasando pan, cuidando a un anciano, contando una historia, barriendo una calle, enseñando a quien no sabe, transmitiendo los tres focos de luz de la poesía: humanidad, inteligencia y sensibilidad. Y, cómo no, felicito a quienes, escribiendo versos, a veces también hacen poesía.

Archivos mensuales

Blogs de Canarias7