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Novedades en la categoría Cine


Charles Aznavour ha muerto a los 94 años. Todos los noticiarios repiten lo que siempre hemos sabido: que fue un prolífico compositor de 1.200 canciones, muchas de ellas con la grandeza de las tonadas inolvidables, que fue un cantante con una voz singular e inconfundible, que lo sitúa en el Parnaso popular de Gardel, Sinatra y Aretha Franklin, que hasta hace una semana subía a un escenario de Tokio para seguir cosechando aplausos. Un gran artista, sin duda, porque durante siete décadas todos lo recordamos como actor de mucha intensidad en películas como Disparen al pianista, El tambor de hojalata, Papá Goriot y cincuenta más; fue la banda sonora de millones de personas, que ya saben, gracias a él, lo que se siente en Venecia sin ti, en qué consiste La Bohème y lo que realmente significa el nombre de Isabel. Todo eso forma parte de nuestras historias, aunque generalmente no lo tuviéramos presente, porque lo que nos hace vivir es tan evanescente como el aire. De todo eso se habla hoy, día de su muerte, y se quedan cortos ante uno de los grandes artistas de nuestro tiempo.

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(FOTOGRAMA DE LA PELÍCULA DISPAREN AL PIANISTA (1960) DE FRANÇOISE TRUFFAUT).

De lo que se habla menos es de su dimensión humana. Cantaba Atahualpa Yupanki que lo primero es ser hombre y lo segundo poeta. Con la inabarcable dimensión poética de su arte, Aznavour siempre tuvo claro que era poeta, músico, actor y cantante en segundo lugar. Primero fue hombre, un hombre pequeñito físicamente, un metro sesenta de humanidad con sangre armenia, que nació en París al final de la escapada de sus padres, cuando tuvieron que huir de su pequeño país a causa de la intolerancia. Eso lo marcó y lo hizo grande. Cuando era un adolescente, junto a sus padres y su hermana, dieron refugio y libraron de una muerte segura a centenares de judíos que eran buscados por la Gestapo en la Francia ocupada para llevarlos a los campos de exterminio. Se jugó la vida sin complejos, y cuando acabó la guerra siguió siempre alistado en el lado de los débiles, los perseguidos, los pobres. Cuesta creer que en un cuerpo tan delgado y diminuto hubiera sitio para tanto arte, para una voz tan hermosa, para un corazón tan grande. Nunca hizo alarde de nada, su condición de hombre, la primera, la vivió discretamente. Por eso hoy Francia está triste, Armenia llora, la Humanidad está de luto por un artista gigantesco, pero antes que nada, por un hombre justo.

Descansa en paz


Shahnourh Varinag Aznavourián Baghdassarian:


CHARLES AZNAVOUR.


En el cine se producen curiosidades muy paradójicas. Cuando se eligen exteriores de rodaje, se procura que, si no se rueda en el lugar exacto del que se trate, se acuda a espacios similares o muy parecidos, como usar las dunas majoreras para hacerlas parecer el desierto del Sinaí en la versión de Los diez Mandamientos de Ridley Scott, o que el Sureste grancanario sirva como réplica a las islas Filipinas por su parecido paisajístico. Por el contrario, el rodaje de Moby Dick en Gran Canaria es algo casi contra natura, porque la nítida luminosidad de la isla es justamente lo opuesto a la atmósfera plomiza y sombría del espacio en el que se enclava la acción de la película. Pero el azar y la necesidad a veces funcionan, y en este caso funcionaron a satisfacción de los cineastas.
En el arte a menudo se desafía la lógica, y en torno a la Ballena Blanca hay otras curiosidades que realmente son una anomalía. Que lugares muy poblados y con siglos de historia, como París, Roma o Tokio, tengan una presencia inexcusable en el arte universal es lógico; más raro es que una isla diminuta, de la misma superficie que El Hierro, aparezca en el canon literario con letras muy grandes. Es el caso de la isla de Nantucket, 50 kilómetros al sur de Cap Cod, en la costa atlántica de Massachusset, más cinematográfico por su relevancia en películas como Retrato de Jennie o El cabo del terror. En Nantucket está uno de los puertos balleneros más activos y legendarios del Atlántico Norte, sobre todo en el siglo XIX, y sus aguas son escenario real del hundimiento de trasatlántico italiano Andrea Doria (en la misma ruta que el Titánic) y espacio imaginado en relatos -aparte de la mitificada historia sobre la caza de Moby Dick que es objeto de este trabajo- de la novela En el corazón del mar, de Nathaniel Philbrick, y posterior película de Ron Howard que rastrea la obsesión de Melville por la gran Ballena Blanca, después de conocer la peripecia del superviviente de un naufragio ocasionado por un cachalote de 26 metros, que se cuenta en Nantucket pero que al otro lado del mundo se reivindica en aguas chilenas del Pacífico, y que también fue el origen de la novela inacabada de Edgar Allan Poe Las aventuras de Arthur Gordon Pym y dicen que inspiró a Julio Verne en sus historias marinas.

hm1.jpgComo toda gran literatura, especialmente la que contiene elementos épicos, estas historias de balleneros del siglo XIX han acabado en la pantalla. Ya el cine mudo se ocupó de libro de Melville en 1926, y el carismático actor John Barrymore encarnó al demente Capitán Ahab, papel que repetiría cuatro años después en una versión sonora que se salta la deliberada misoginia de una novela "de hombres" (Melville se removería en su tumba) con un personaje femenino tan inesperado como la sensual, turbadora y jovencísima actriz Joan Bennett que lo interpretó. Incluso podemos entender que películas como Tiburón, de Spielberg, bebe de las fuentes de Moby Dick, pues el hombre se enfrenta a la bestia marina. La versión más cercana a la novela es de la que hoy hablamos, y es la dirigida por John Huston, que se terminó de rodar en la Navidad de 1955 en aguas de Gran Canaria, protagonizada por Gregory Peck, que vuelve sobre la misma historia al final de su carrera en una producción para televisión de 1998, aunque esta vez el papel del Capitán Ahab recae en el actor Patrick Stewart (sí, sí, el de la serie Star Trek). También se ha disparatado alrededor de Moby Dick, pero tras casi un siglo de versiones audiovisuales, se tiene a la película de Huston por la más fiel al espíritu de la novela, si bien podemos decir que pasa de puntillas sobre el repetitivo y a menudo irritante discurso circular de Ismael, el narrador-testigo, y centra la filmación en la parte final de la lucha entre el hombre y la bestia, a la que unos ven como una divinidad furiosa y otros como al monstruoso y demoníaco Leviatán descrito en El Libro de Job.

Y ese ambiente invernal, lluvioso y grisáceo de la costa nordeste de Norteamérica es el que suele imperar durante los meses fríos en la isla de Nantucket, a medio camino por mar entre Boston y Nueva York. Esa es la luz que Huston quería para los exteriores de su película, y para ello alistó nada menos que a media docena de los más cotizados directores de fotografía, todos bajo la batuta de Oswald Morris, que Huston había descubierto en sus dos películas anteriores, y que lo soportó dos o tres más. Porque Huston era una persona complicada, y resultaba difícil que repitiesen con él. Quien mejor lo aguantó fue Humphrey Bogart, seguramente porque eran iguales. Rodaron juntos media docena de películas, y seguramente no hicieron más porque Bogart murió. Para conseguir ese color añejo, vibrante y a la vez tenue, rodaron dos copias, una en technicolor y otra monocromo, que luego mezclaron. Pero aun así, la mejor manera de conseguir ese ambiente era rodar en esa zona del planeta, y preferiblemente en Nantucket, pero la isla de los balleneros estaba en territorio norteamericano, del que Huston había renegado y se había nacionalizado irlandés, como protesta por la persecución abanderada por el senador McCarthy en el ámbito del cine.

BUSCANDO UN GIGANTE Y UN PLATÓ

hm2.jpgHuston intentó hacer un guion con la parte más dinámica de la novela, pero se atascaba una y otra vez hasta que se puso a trabajar con el escritor Ray Bradbury, con el que, cómo no, acabó peleado porque el autor de Crónicas marcianas no estuvo de acuerdo en que el propio Huston fuese acreditado como coguionista de un trabajo que consideraba solo suyo. Y una vez que tuvieron el guión, quedaban dos asuntos que resolver: el actor que daría vida al Capitán Ahab y el lugar de rodaje que replicara el puerto ballenero de Nantucket. Alrededor de esta película hay rumores que se dan por certezas documentadas y versiones distintas dadas por varias personas, entre ellas el propio Huston, que nunca sabías cuando decía la verdad, echaba balones fuera o soltaba lo primero que se le venía a la boca. Para decidirse por el actor protagonista, había una condición imprescindible: que fuese un hombre muy alto, de anchas espaldas y de gran presencia caracterial. Descartado su fiel Bogart por la estatura, se buscaron otras opciones entre actores altos; Newman y Brando, no muy altos pero carismáticos, eran demasiado jóvenes y guapos, y Rock Hudson, aunque gigantón, era demasiado blando; Cary Grant, demasiado elegante; Alec Guinnes, demasiado flemático; Clark Gable, demasiado risueño, Burt Lancaster no tenía hueco, Charlton Heston se había ido a recoger las tablas de La Ley al Sinaí, Gary Cooper no podía ser porque se negaba a morir en la pantalla, y cuentan que dicen que dijeron que Robert Mitchum dijo que no, aunque no dicen por qué. Y ya no quedaban hombrones de talla XXL disponibles. Bueno sí, quedaba uno, Gregory Peck, que habría que envejecerlo, afearlo y cabrearlo para quitarle esa pinta de niño bueno del catecismo. Ya había dicho Hitchcock a todo el que quiso escucharlo que la apariencia demasiado blanda de Peck le había chafado su película El Proceso Paradine unos años antes, pero Huston, que se las tenía también con Hitchcock, tal vez quiso demostrarle que él podría hacer de aquel querubín de un metro noventa una fiera intratable. Y enganchó el único gigante que estaba libre.

Descartado por otras razones el lugar estadounidense idóneo para rodar, había que buscar una zona con una latitud parecida para que la incidencia de la luz fuese la misma. Canarias no entraba en el plan, hay una luz distinta por su cercanía al Trópico de Cáncer. ¿Qué mejor lugar que Irlanda para reproducir Nantucket? Y se fueron al puerto de Youghal en la costa sur irlandesa. Allí se aclimataron tan bien que aún hoy, en 2018, sigue estando tal cual el Pub donde trasegaba whisky el plantel de la película, mezclado con los lugareños que hacían de extras o trabajaban en la construcción de ballenas de caucho que una y otra vez se tragaba el Mar del Norte, que aquel otoño de 1955 no estaba por colaborar con Huston. Aquello era la quiebra de la productora, por el material que se perdía y por la tardanza, de manera que tuvieron que buscar soluciones más al sur. La primera la consiguieron en Madeira, donde filmaron la caza real de los cachalotes, que era una actividad terrible pero entonces admitida en aguas portuguesas. El problema es que el puerto de Funchal carecía de infraestructuras técnicas para crear una ballena ortopédica y mantenerla a flote, así que se trasladaron aun más al sur, al puerto de La Luz y de Las Palmas, que ya entonces podía competir con cualquier puerto del mundo en servicios y prestaciones.


GRAN CANARIA: EL SUR ES EL NORTE

De ese modo llega a Gran Canaria y a la desesperada todo el equipo de rodaje en vísperas de la Navidad de 1955. Y si muchos son los datos documentados, ingentes son las peripecias que se cuentan, unas ciertas y otras vaya usted a saber, porque aquel año había sido también el del rodaje de Tirma, y quien más quien menos, había escuchado docenas de historietas alrededor que aquella otra película, especialmente sobre la protagonista, la ubérrima Silvana Pampanini. Es evidente que si la cuarta parte de lo que se cuenta hubiera ocurrido de verdad, tendrían que haber estado rodando durante años, pues en dos meses no caben tantas peripecias, a cual más rocambolesca. Con Moby Dick ocurrió lo mismo. Hay quien habla de la presencia de Orson Welles, con anécdotas, borracheras y pendencias detalladas incluidas, y sí que podemos afirmar con toda seguridad de que, aunque Welles participa como actor en la película, nunca estuvo en el rodaje en Gran Canaria, y por lo tanto no formó parte de la troupe del dólar. Por contar que no quede, hasta se ha hecho literatura sobre el rodaje, y habría sido un desperdicio dejar al carismático Orson fuera de un relato tan mitificado. Como decía el torero Juan Belmonte "hay gente pa'tó", y una diferencia que tiene la novela frente al periodismo y a la historia es que estas han de ajustarse a la verdad, mientras que la novela necesita verosimilitud, y a veces la verdad es inverosímil.

hmm.jpgLa distancia dulcifica la memoria, pero hay que decir que, en algunos aspectos, el equipo de Moby Dick entró en Las Palmas de manera poco discreta, por decirlo suavemente; se hacía la vista gorda porque dejaban un reguero de dólares en tiempos de miseria, y porque eran americanos, por mucho que renegase de ello su director; no era cosa de molestar a los yanquis, que algo se había pillado de las sobras del Plan Marshall. Como llovía sobre mojado, después de los episodios alrededor del rodaje de Tirma, hasta el obispo intervino en contra de John Huston, porque le parecía escandalosa e insultante la actitud de colonos del Far-West que exhibían los cineastas. El prelado había intentado impedir que se le concediera el permiso para rodar una película en la que, según las referencias publicitarias, el hombre desafiaba al mismo Dios y este actuaba en legítima defensa. Todo en vano porque las relaciones de aquel obispo con el poder civil eran precarias... Pero esa es otra historia.

Por fin, todo el equipo de rodaje de Moby Dick se marchó -Huston también-, y la película fue proyectada en la isla varios años después, mutilada por los cortes de la censura y tergiversados los diálogos por el doblaje. Pocos quedaron convencidos de que en realidad los exteriores de la película fueran en verdad rodados en la bahía de Las Isletas y en la playa del Confital, y la leyenda de Huston desapareció enseguida de la memoria de la ciudad. Se ha recuperado en los últimos años gracias a la Filmoteca Canaria, al festival de Cine de Las Palmas, a muchos trabajos periodísticos y a alguna novela que se sitúa en esa época. En realidad, solo salía el mar de la isla, y es muy difícil diferenciar una escena rodada en el Atlántico insular de otra filmada en el Mar del Norte. En la pantalla es solo agua.

La luz es otra cosa, pero hasta en eso hubo suerte, porque, durante las semanas que duró el rodaje, en Gran Canaria hizo un tiempo invernal, muy oscuro y tormentoso, irlandés, y hubo una sucesión de borrascas severas que se notaron también en el mar, hasta el punto de que casi por milagro no se volvió a perder la ballena de caucho que fabricaron en el Puerto, y se pudo rodar el final de una de las películas más importantes de la filmografía de John Huston como director y de Gregory Peck como actor. Así que, un conglomerado de circunstancias impensables a priori hizo que la resplandeciente Gran Canaria interpretase el papel de la brumosa y legendaria isla ballenera de Nantucket, y que se escribiese en el mar de Las Isletas un bello capítulo de la cinematografía mundial, que una a la isla y para siempre a la luz de las estrellas John Huston y Gregory Peck en la Gran Historia del Cine. Y, por supuesto, a la memoria de la diabólico-divina Gran Ballena Blanca: Moby Dick.

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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 22 de septiembre).


En diciembre, sin que sus argumentos tengan relación con la Navidad, se ha convertido en una costumbre que, si no es una cadena de televisión es en otra, nos coloquen Lo que el viento se llevó, Pretty Woman o ¡Qué bello es vivir! Es como un tic, y ya suena a chiste que, en Semana Santa, siempre aparezcan las inevitables películas de romanos, que pueden serlo o no, porque, para el público de este género, romanos son todos los pueblos, imperios y personajes de la cuenca mediterránea en la antigüedad, tengan o no que ver con la pasión de Cristo.

Foto modeloty.jpgSi quieren hacer cine temático, puede entenderse que emitan La historia más grande jamás contada, Rey de reyes o el Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli (por cierto, las tres con Jesucristo rubio y anglosajón), o bien Barrabás, por ser un personaje que aparece en los Evangelios como alternativa a la liberación de Cristo, Ben-Hur (casi obligatoria), que está basada en una novela cuyo título es Una historia del tiempo de Cristo, y se escenifica la subida al Gólgota, la crucifixión y la muerte del Nazareno, o incluso La túnica sagrada, que, además del tener relación con el tema, participa en ella nada menos que Víctor Mature, el más inexpresivo rostro del cine (él decía que no se consideraba actor), pero daba el tipo de forzudo, gladiador o ayudante del Richard Burton de turno.

Lo que ya es un disparate repetido durante décadas y ahí vuelve otra vez, es que cualquier película que tenga que ver con el mundo antiguo sea colocada con inexplicable oportunidad cada Semana Santa. Porque ¿qué relación tienen con Jesucristo o el Cristianismo títulos como Cleopatra, El coloso de Rodas, Ulises, La caída del Imperio Romano, Los últimos días de Pompeya, Julio César (la buena, la de Manckiewiz), Espartaco, Rómulo y Remo, ¿Quo vadis?... Y aunque sean de tema bíblico, nada tienen que ver con Cristo y su nueva doctrina contraria al "ojo por ojo" del Antiguo Testamento cintas como Sansón y Dalila, La Biblia, Sodoma y Gomorra o Los Diez Mandamientos (otra fija en esta época). Entre las nombradas hay de todo, desde películas malísimas a medianías e incluso obras maestras. Esta costumbre de relacionar Semana Santa con películas de romanos sigue ahí; pero, con toda la pesadez que significa que nos repitan las mismas historias sin un criterio mínimamente defendible, lo que más nos retrotrae en el tiempo no es que vuelvan a programar Gladiator, sino que el Viernes Santo cierren los bares por decreto. Y eso sí que me preocupa, porque siempre se puede cambiar de canal, pero lo otro empieza a significar otras cosas que dan miedo.


Como es bien notorio, detesto a esa gente que está todo el día con frases de cine; por eso espero que este sea el comienzo de una gran amistad. A Dios pongo por testigo que nunca más volveré a pasar hambre, porque el cartero siempre llama dos veces, pero a mí no podrán juzgarme dos veces por el mismo delito. A veces veo muertos, porque ya están aquiiiií... Donde yo estoy subido a la cima del Mundo mientras suena una campanilla porque dicen que Clarence ya tiene alas. Me uno a los que gritan !Rosebud! y como alcalde que soy le debo una explicación, aunque yo en tu lugar no lo haría, forastero, soy la ley al oeste del Pecos, y nadie puede echar el aliento sobre la Señorita Lili. Ser o no ser, Príncipe de Salinas, hacer que algo cambie para que todo siga igual, aunque vengan siete magníficos samuráis.

cinnne 1.JPGPor favor, Hal, abre la puerta. ¿Que si tengo fuego? No sabes cuánto, Flaca, estoy como agua para chocolate. Vienes a pedirme un favor el día de la boda de mi hija y te haré una oferta que no podrás rechazar. Creo, Huston, que tenemos un problema, soy un hombre, nadie es perfecto, y ahora sé que siempre nos quedará París. Ahí está el detalle. Es que me encanta el olor del napalm por la mañana, y mañana será otro día. Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros. Finalmente, soy considerado, y deseo que la fuerza te acompañe, aunque no aguanto a los agentes secretos. Por cierto, me llamo Milio, E. Milio.


julietttta.JPGLa Academia de Cine ha decidido enviar a luchar por el Oscar a la película Julieta de Pedro Almodóvar. Probablemente sea una buena decisión pues es bien conocida la simpatía que el director manchego atrae en el extranjero, especialmente en Francia y, cómo no, en Estados Unidos. También hay que reconocer que, gracias a esa capacidad de conquistar mercados exteriores, Almodóvar ha sido la vía por la que Antonio Banderas y Penélope Cruz consiguieron ser visibles en Estados Unidos.

Seguramente el cine de Almodóvar tiene muchas virtudes. En mi opinión, tiene un gran talento como director e incluyo en este apartado la dirección minuciosa que hace de sus actores y actrices. Sus películas respiran gracias a ese talento, a pesar de sus guiones y argumentos rebuscados a más no poder. Se dice que tiene un olfato artístico especial para retratar el mundo de la mujer; ahí discrepo, porque inventa una mujeres imposibles, rarísimas y muchas veces insoportables; y las castiga desde el principio al final de la película. Luego ves a la gente maravillada con la sensibilidad de Almodóvar, hasta el punto de que casi me tiran piedras cuando dije que el violento argumento de Átame me parecía una barbaridad que no deja de ser el típico síndrome de Estocolmo que acercan a la víctima y a su secuestrador, un tarado de libro, por muy bien que estuvieran Victoria Abril y Antonio Banderas. Pero les parecía una historia maravillosa, la misma que cuentan los maltratadores cuando controlan la vida de una mujer. Pues vale. También dicen que Almodóvar retrata a mujeres libres, fuertes y sanas. Vuelvo a aceptar pulpo como animal doméstico, aunque mi diccionario se rebela porque no le cuadran los significados de esos conceptos.

En resumidas cuentas, como tengo espíritu de tribu, ojalá Almodóvar gane el Oscar, pero creo que ha quedado claro que no me entusiasma su cine. Y me parece bien que le guste a otras personas, a muchas; lo que no entiendo son los razonamientos que suelen dar para que les guste. Las mujeres almodovarianas no son reivindicación de nada, y si les digo la verdad, llegaron a gustarme algunas de sus películas cuando se ceñía a la comedia. Ya en sus dramas me pierdo, y es que hasta Woody Allen a veces no es Woody Allen.


Precisamente hoy, en el que el 15-M es un mojón en el camino de la democracia, hemos sabido de la muerte de dos personalidades muy distintas, pero que pusieron su gota de agua en el océano de La Libertad, con mayúsculas. El primero, el gran pintor Pedro González, la defendió con su creatividad insumisa y un enorme talento artístico. Es una figura imprescindible en las artes plásticas del siglo XX en Canarias, que impartió magisterio plástico y humano, y cuando tuvo que bajar a la política real, lo hizo para regentar la ciudad de La Laguna, a la que ya tiene unido su nombre para siempre. Se ha ido silenciosamente, pero la noticia de su muerte ha sonado como un campanazo en toda Canarias, especialmente entre las personas que aman la libertad y admiran el talento y arte. Los medios destacan más su paso por la alcaldía lagunera que su inmensa presencia en el arte, aunque en las dos cosas no fue uno más, pues no hablamos de "un alcalde", sino de "El Alcalde" de una ciudad esencial en la Historia de Canarias.

pedrrrrolglezz.JPGEsta mañana también se ha sabido que el 1 de mayo falleció en su casa de Estepona la actriz francesa Madeleine LeBeau, que seguramente es conocida solo por gente muy cinéfila. Se da la circunstancia de que era la última persona del equipo artístico de Casablanca que aún vivía. Sobra decir el peso que tiene esta película en la historia del cine y en la memoria colectiva, es un fogonazo recurrente de la lucha por la libertad. Madeleine LeBeau es la chica que, con 19 años en 1942, guitarra en mano, encabeza el canto de La Marsellesa en una de las escenas más deslumbrantes de Casablanca. La película, sin quererlo, era su propia historia, porque ese tortuoso camino de la supervivencia vía Lisboa fue transitado por una Madeleine LeBeau casi adolescente huyendo de la Francia ocupada por los nazis. Su aparición en al papel de Ivonne es fugaz, pero le sirvió en una discreta pero solvente carrera cinematográfica, y además de la novia despechada de Bogart, sería más tarde una de las muchas mujeres que amó el personaje de Mastroianni en la película Ocho y medio de Fellini. Por lo tanto, desde hoy y para siempre serán dos iconos de la lucha por LA LIBERTAD.


Veinte años después, les cuento una experiencia... una experiencia:

morocco.JPG"En el panel de Barajas, junto al vuelo a Gran Canaria, pone Delayed y Demorado. Le digo a Tato Gonçalves que se demora el vuelo a Delayed, una ciudad de Morocco o así. Dos horas después, ya en el avión, Gonçalves vela, yo sueño con Delayed. Viene la azafata: ¿qué toma? Nada. Cierro los ojos... ¿Cena? No. Sueño otra vez, estoy en un cabaret de Delayed, viene hacia mí Marlenne Dietricht, más cerca, más... ¿toma café? Que no, que no tomo café, ni ceno, ni nada, ¿vale? Tranquilízate, me dice Tato. Nos manipulan, Gonçalves, anuncian la demora del vuelo a Delayed, y pasan de nosotros, ni nos avisan del retraso del vuelo a Gran Canaria. Lo anunciarían en hassaní, se burla Tato. Que no, Gonçalves, ellas lo habrían oído. ¿Ellas? se mosquea Tato; Déniz, ¿te tomaste la medicación para dejar de oír las voces? No, Gonçalves, porque las voces me conducirán hasta Delayed, donde me espera Marlenne. Ya, a Delayed, dice Tato, ¿y si en su lugar encuentras a Gary Cooper? Gonçalves, Gonçalves, Gonçalves..."
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(Las imágenes son de la película Morocco, del año 1930)


La muerte de la actriz italiana Silvana Pampanini el pasado Día de Reyes a los 90 años de edad ha vuelto a regurgitar la memoria de la película Tirma, rodada en Gran Canaria en el año 1954. La película, por decirlo suavemente, no forma parte de la gran historia del cine, a pesar de que hay nombres luminosos como los del italiano Mastroianni o el español Rodero, ambos principiantes, o el ya entonces consagrado actor mexicano Gustavo Rojo, hijo de la escritora canaria exiliada Mercedes Pinto. Forma parte de la memoria insular más por los avatares del rodaje y de las historias que se contaban, fueran ciertas o no, que por el nivel de la cinta, basada en una obra teatral de Juan del Río Ayala y que narra un episodio alrededor de la conquista de Gran Canaria. Silvana Pampanini encarnó a la princesa Guayarmina.

0-PICT017c0.JPGAquel rodaje y sus leyendas circundantes convirtió en mito la película, por lo que significó en la sociedad canaria de los años cincuenta, en la que se remontaba una posguerra terrible y seguía bajo una dictadura férrea y unas costumbres religiosas muy cerradas. Y para entenderlo, también tenemos que sumar la propensión de aquella década a mitificarlo todo, hasta tal punto que llegan hasta hoy los ecos de hechos y personajes que, aunque algunos tuvieron leve o gran relevancia, en otros se exageraba o se reinventaba añadiendo imaginación en unos casos y fanfarronería en otros. Pero son historias que siguen contándose con una aureola que nos cautiva, aunque no fueran más importantes que otros que sucedieron antes o después de esos diez años tremendos y a la vez mágicos.

Desde que se generalizó la narrativa en Canarias hace 40 años, no dejan de aparecer relatos en los que se remiten a los años 50 como elemento principal o como telón de fondo. Surgen una y otra vez, y si para toda persona la niñez es su patria, para quienes escriben y pasaron su infancia en aquella década esa memoria difusa se convierte en motor de muchos de sus textos. Es una curiosidad que seguramente tiene que ver con la necesitad escapista de aquella sociedad maniatada, y que engrandecía, deformaba o directamente inventaba historias con elementos imaginados. Tal vez por eso están tan fijados, porque tienen un componente de ficción a pesar de que fueron reales al menos en parte.

1-PICT017c0.JPGEnumerar y desarrollar cada uno de aquellos mitos equivaldría a crear una biblioteca no pequeña de narraciones que partieron de lo real pero que se han hecho casi inasibles y por lo tanto sugerentes. Pensemos en las historias legendarias sobre la emigración a Venezuela, la figura agigantada de Juan García El Corredera, el asesinato de Chanrai, las correrías de la Iglesia Cubana (una disparata logia parrandera tan curiosa como simpática), los sermones del Obispo Pildáin corregidos y aumentados, el rodaje de Moby Dick, las visitas de Evita o el Mariscal Montgomery o el episodio de la controvertida perra Chona, un invento de Juan Rodríguez Doreste, entonces periodista, con ilustraciones del pintor Juan Ismael, que fue una serpiente de verano para llenar periódicos y que actualmente hasta se documenta con descendientes de los dueños de una perra que nunca existió y de la que se contaba que desenterraba huesos de posibles asesinados en el baño de sangre durante y después de la guerra civil. A estos mitos locales habría que añadir la visión insular de asuntos que venían de fuera, del calibre de la apocalíptica carta de Fátima que se abriría en 1960 (se decía que anunciaba el fin del mundo), la aparición de los famosos manuscritos del Mar Muerto, el lanzamiento por parte de los rusos de la perra Laika al espacio sideral en la nave Sputnik (la llamaban Láctea en las tertulias) o la curiosa convergencia de la coronación de la reina Isabel II (Inglaterra siempre fue un mito en Canarias) coincidiendo en el tiempo por tres día con la conquista del Everest por Tenzing Norgay, un sherpa nepalí, y Edmund Hillary, inglés, cómo no.

2-PICT0c033.JPGPor lo tanto, Silvana Pampanini forma parte de aquella mitología que le adjudicaba docenas de aventuras amorosas (hubo dos caballeros del noroeste de la isla, con nombres y apellidos, que en su locura la siguieron hasta Madrid). Se ha dicho por aquí que fue una actriz de éxito efímero, pero no es cierto. Forma parte de aquella pléyade de actrices que fueron misses o damas de honor en Italia (ella fue Miss Italia en 1946), y que en Italia llamaron las "Maggioratas" (donna molto prosperosa e provocante): Sophia Loren, Silvana Mangano, Gina Lollobrigida, Lucía Bosé, Alida Vali... y, por supuesto, Silvana Pampanini. Fue conocida fuera de Italia y trabajó junto a nombres como Buster Keaton, de Sica, Mastroianni, Totó, Jean Gabin o Vittorio Gassman, y con los directores más importantes, de la talla de Zampa, Risi o Comencini. Así que, en Italia fue una estrella hasta los años setenta, y continuó trabajando en el teatro, el cine y en sus últimos años en la televisión. Seamos pues, justos y digamos que fue una actriz de éxito, que no conoció la notoriedad internacional de sus compañeras de generación porque no tuvo como aquellas la suerte de conseguir un papel idóneo en las muchas películas norteamericanas que en aquellos años se rodaban en Italia.

Ha muerto una actriz italiana que gozó del éxito y el respeto en su país, y que en Gran Canaria fue como la bajada a la tierra de una diosa lejana. Silvana Pampanini estuvo aquí, Rita Hayworth y Lana Turner no; vieron que era una mujer real, tal vez por eso es aún más mítica.
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa del periódico Canarias7 del día 7 de febrero de 2016).


Silvana Pampanini pasó por la historia de la isla de Gran Canaria de manera fugaz en 1954, cuando se rodó la película Tirma. Esa breve estancia y la memoria de aquel rodaje (la película en sí no caló en memoria alguna), ha convertido en leyenda ese rodaje y a su protagonista femenina. Hoy, Silvana Pampanini se ha ido para siempre a los 90 años, pero forma parte de nuestra memoria colectiva, e incluso se ha convertido en personaje literario (con otros nombre pero siempre reconocible) en obras como El árbol del bien y del mal de JJ Armas Marcelo y en algunos pasajes de mi novela Hotel Madrid. Como homenaje a ese trozo de memoria que se nos va y a esa leyenda que hoy empieza a crecer, les dejo un párrafo de Hotel Madrid donde aparece un personaje que es espejo de la actriz italiana:

Pampaninii.JPG"...Según Latines (Juan Rodríguez Doreste) explicaba a (John) Huston en la tertulia, para mujeres atractivas, Claudia Stromboli (Silvana Pampanini), que era a principios de los años cincuenta una actriz de segunda fila y un sex-symbol de primera en el mundo latino. La Stromboli fue elegida por la productora italiana para hacer el papel protagonista de la película El capitán y la salvaje (Tirma). Claudia era una mujer espectacular: morena, torneada como una sirena, con una mirada turbadora y un enorme desparpajo. Treinta años después, el hijo del regente del hotel Madrid contaría en un libro, entre ficción y realidad, que por Claudia Stromboli -el escritor le impone un nombre supuesto- bebía los vientos el dictador venezolano Marcos Pérez Giménez, que la perseguía en una motocicleta por los arenales de la caribeña isla de Orchila, y que ella se escapaba de la residencia presidencial corriendo desnuda hacia las dunas. El general, fuera de sí, la seguía, haciendo rugir su máquina, y lograba atraparla en la playa, cuando se acababan las dunas y el terreno llano dejaba a la actriz sin defensa. Así aumentaba el deseo del general, encendía aún más su pasión por ella y crecía el valor de los regalos..."


Cuando en una de sus últimas entrevistas preguntaron a Peter O'Toole si le gustaría llegar a cumplir cien años, él vino a decir que no se lo planteaba porque sabía de antemano que era imposible, que en su profesión solo los pelirrojos tenían posibilidades de alcanzar el siglo, y él era un rubio de manual. Cuando el periodista insistió en lo de la longevidad de los pelirrojos dijo que no era una norma sino una evidencia, y mencionó a Kirk Douglas, Maureen O'Hara imagenrojjo.JPGy a las actrices Olivia de Havilland y Joan Fontaine, por cierto hermanas enemistadas hasta la muerte. Los dos primeros han sido pelirrojos muy evidentes, pero no sabía que las otras dos lo fueran, pero si Peter O'Toole lo decía sería porque lo sabía. No hay que fiarse de todo lo que vemos en el cine; Rita Hayworth fue publicitada en Gilda como la pelirroja más llamativa, y es que le tiñeron de rojo su pelo castaño y así quedó para siempre, asunto que no entiendo muy bien puesto que la película era en blanco y negro. Por eso, que Joan Fontaine fuese siempre rubia en el cine y Olivia de Havilland castaña puede ser un efecto de peluquería, pues para pelirrojas ya estaban Maureen O'Hara y Virginia Mayo. El caso es que el año pasado falleció Joan Fontaine y ahora acaba de irse Maureen O'Hara, ambas sin haber alcanzado la centuria, aunque poco les faltó. De los cuatro de Peter O'Toole quedan el viejo Kirk y la inagotable Olivia, última superviviente del reparto de Lo que el viento se llevó, que en julio próximo cumplirá cien años, y unos meses después lo hará el protagonista de Espartaco. De Maureen O'Hara basta decir el nombre, es única, fuerte y sensual, delicada y a la vez agreste, una mujer muy especial y una actriz extraordinaria. John Wayne, con el que rodó El hombre tranquilo y otra media docena de cintas, dijo que solía preferir la compañía masculina, salvo la de ella. "Es que Maureen es un gran tipo" afirmó el Duke.

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