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Archivos Julio 2018


Scan56.jpgSiempre he dicho que Juan Ramón Tramunt es un poeta, cuya adquiere altura apenas despega en el primer verso. Recientemente nos ha dado un poemario distinto, curioso y tan actual como clásico, Condena y júbilo de Caín, que es un recorrido por las grandes preguntas, en una secuencia de poemas que al cabo es uno solo. Inicio esta nota con ese anuncio porque se ha dado la circunstancia de que este poemario ha coincidido en el tiempo con un libro de narrativa, Nunca más la noche, por esas confluencias editoriales en las que el autor ya no es dueño del tiempo en el que sus obran ven la luz.

Podríamos decir que Nunca más la noche es un libro de relatos, o que contiene una novela corta (no tan corta), Betsabé, y cinco relatos, o que en él hay cinco historias cerradas y una en la que es el lector el que tiene no solo que terminarla, sino escribirla. Con lo dicho, hay que colegir que estamos ante un volumen singular, diferente, pero eso tampoco es una novedad en la narrativa de JR Tramunt, que en cada entrega nos sorprende con un planteamiento atrevido, sin delimitar nunca los géneros, pero valiéndose de ellos para desarrollar su idea, pues ya lo ha hecho desde la vertiente erótica, el género negro, el futurismo apocalíptico o los laberintos de la mente humana. En cada una de sus obras se mueve con las reglas del género que practica, pero finalmente rompe con todo y genera historias con un sello personal muy claro. Será eso que llaman estilo.

En este libro, la mayor parte de los relatos tienen como protagonista conceptual a alguien que apenas aparece, es una sombra, un recuerdo o el tema de conversación de otros, que en principio se presentan como comandantes de la historia. Apenas hablan, muy poco se les ve y, en algunos casos, ni siquiera eso, simplemente no están físicamente, aunque merodean por todos los rincones de la historia que se cuenta. Desconozco si el escritor se hace un planteamiento vital y crea un relato para ejemplificarlo, o bien el relato se va imponiendo por su cuenta, sin que haya premeditación. El asunto central que finalmente nos deja es la pregunta de hasta qué punto los demás son los diseñadores de nuestras vidas.

Scan55.jpgNo por su tamaño en el libro, que también, el relato titulado Betsabé merece un comentario especial. Se trata de un texto que bien pudiera haberse publicado como novela, pues no es menor que muchos de los títulos que en ese género resuenan en nuestra memoria (El extranjero, La perla, El túnel...) Y es una novela por su estructura, por la confluencia de personajes alrededor de un leitmotiv casi abstracto y porque mezcla la sordidez con la genialidad, lo blanco con lo negro, el bien y el mal. El nombre proviene de la amante bíblica del Rey David, madre de Salomón, y uno de los mitos más controvertidos de las Escrituras, prolijamente representado en las artes plásticas.

Por lo dicho, estamos ante un libro que nos sugiere muchos caminos, que plantea cuestiones complicadas y al cabo pide al lector la colaboración para resolverlas. Otra curiosidad de este libro es que el título del conjunto no toma el nombre de uno de los relatos, como suele ser la práctica habitual. Pero esto tampoco es nuevo en la obra de JR Tramunt, que en entregas anteriores de relatos siembre ha buscado un título diferente a los de las historias que aparecen, y que seguramente tratan de resumir la idea general del libro. Si lo consigue o no es cada lector es que debe juzgar.

En definitiva, una vez más, la narrativa de JR Tramunt satisface esa curiosidad de quienes lo hemos leído y esperamos a ver qué propuesta nos hace, que a menudo suena muy atrevida pero que luego responde a una idea que el autor nos pone sobre la mesa y que suele concernirnos a todos. JR Tramunt no defrauda.


No se entiende cómo todavía hay quienes consideran lógico que en un estado

democrático exista un espacio como el Valle de los Caídos. Para quienes

tratan de reescribir la historia, hay que recordar que semejante adefesio fue

construido por prisioneros republicanos, mano de obra que se compensaba

con canjeo de tiempo trabajado por tiempo de condena en las cárceles

franquistas. Por eso dicen que eran voluntarios. No fue así siempre, pero

en los casos en que hubo opción, es comprensible que muchos prisioneros se

acogieran a esa manera de acabar cuanto antes con una prisión degradante

que les había caído por haber perdido una guerra. Los vencedores no se

limitaron a su victoria militar, buscaron la eliminación de los vencidos,

porque cuando acabaron sus años de cautiverio, se les trató como apestados,

a ellos y a sus familias. Todo eso es lo que representa el Valle de los Caídos,

por si a alguien le queda un resquicio para justificar esta aberración histórica

y moral.

En mi novela Hotel Madrid, aparece una historia secundaria, basada

en un hecho real; y cuando a esa persona le dieron la supuesta libertad

formó parte de los que emigraron ilegalmente a Venezuela porque

aquí les hicieron la vida insoportable.

6t8u9rrrrrr.jpg"Jacinto sobrevivía preso en Cartagena con la incertidumbre de una pena de muerte que nunca se materializaba, y en más de una ocasión llegó a desearlo, porque siempre se dormía pensando que a la mañana siguiente vendría a buscarlo un pelotón. Un día de 1942 le dijeron que se le conmutaba la pena de muerte por cadena perpetua, y meses más tarde que podría redimir condena si participaba en la construcción de un monumento funerario de enormes dimensiones, que con el tiempo se llamaría Valle de los Caídos. Como ya todo le daba igual, Jacinto se alistó entre los que eran llevados a la zona de Cuelgamuros, en las cercanías de El Escorial, a hurgar en una roca de Guadarrama.

El Valle de los Caídos fue una empresa faraónica. Miles de prisioneros republicanos participaron en el proyecto diseñado por el arquitecto Muguruza. En la piedra de Nava se escarbó una cueva inmensa, que luego sería basílica, tal vez la más larga de la cristiandad. El escultor Juan de Ávalos esculpió gigantescas estatuas de los apóstoles y en la cima de la montaña se levantó una cruz de piedra de dimensiones tan exageradas como no se había visto antes.

En la cripta de la basílica fueron depositados los restos de miles de combatientes; con ello se quería dar a entender que el Valle de los Caídos era un monumento a la reconciliación, aunque solo era piedra reseca del Guadarrama. En las obras de Cuelgamuros, Jacinto trabajó de sol a sol. A veces, los guardias les dejaban momentos de asueto, y hasta los llevaban en grupos a ver corridas de toros en San Lorenzo de El Escorial. Era la época más gloriosa del legendario torero Manolete, que entusiamaba al público y levantaba encendidas discusiones entre los presos. A Jacinto no le gustaban los toros, pero iba porque era una manera de distraerse, siempre con la esperanza de que algún día lo dejaran en libertad.

Poco a poco, aquella obra inmensa iba tomando forma. El coste económico se reducía bastante porque la mano de obra era gratis, pero así y todo debió costar muchísimo dinero en una España que se moría de hambre después de una guerra civil, amenazada por una guerra mundial y más tarde aislada por el bloqueo internacional. Nada de eso hizo desistir al entonces llamado Caudillo de su propósito funerario. Pronto comenzaron a llegar restos humanos de cementerios militares dispersos por toda España, y hasta algunos años después no llevarían en procesión el féretro de José Antonio Primo de Rivera, enterrado en Alicante desde su fusilamiento en 1936. Lo enterraron en el lugar de honor que para él habían excavado en el altar mayor de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Nadie lo sabía entonces, pero el general Franco se reservó el otro lado del altar para reposar eternamente cuando le llegase su hora".

(Hotel Madrid. Sevilla. Ediciones Algaida 2000.)

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Sin títulouuuuuu.jpgRastreando la obra periodística de la escritora Mónica Lavín, encuentro un artículo en El Universal de Ciudad de México en el que habla de uno de los charros mexicanos pioneros, de nombre artístico Guty Cárdenas, contemporáneo de Pedro Vargas y una decena de años mayor que Jorge Negrete y Pedro Infante. Nació en 1905 y murió en 1932, por lo que solo cumplió 26 años en este planeta. Una vida tan breve no le impidió alcanzar el éxito, grabar discos y hacer una gira entre aplausos por Estados Unidos y Cuba. Su talento natural seguramente le habría hecho cruzar las fronteras de los corridos, los huapangos y las rancheras, pues andaba investigando sobre los ritmos y las músicas negras después de su visita a La Habana y su corta pero fructífera amistad con el poeta Nicolás Guillén.

Guty Cárdenas convertía en canción cualquier acontecimiento, y una de las más celebrados fue la que hizo en 1931 para contar el cambio de régimen que dio lugar a la II República española. De regreso a México, se encontró en una cantina con dos hermanos españoles que por lo visto eran monárquicos y consideraban una ofensa el corrido que tanto éxito había cosechado. No se sabe muy bien si fue un duelo crepuscular, porque, en 1932, en México se portaban pistolones a la vista, o si fue directamente un asesinato, pero lo cierto es que Guty Cárdenas cayó muerto en aquella balacera. Y esto vuelve a poner sobre la mesa la eterna intransigencia de una parte de nuestra sociedad con los que piensan diferente. Si sienten curiosidad, la canción está en este enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=LfEM_DEfdhw

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