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Archivos Diciembre 2017


No es una novedad que en estas primeras décadas del siglo XXI la narrativa se ha hecho presente cotidiano en la literatura que se hace en Canarias, pero ahora mismo parece que está tratando de buscar nuevos caminos, hasta ahora no muy transitados en la narrativa en general y en la canaria en particular. Por desgracia, poco se ha escrito de los estilos, las técnicas y los propósitos de la novela en Canarias desde que empezó a normalizarse hace 45 años. Se habla de generaciones que van desde aquel mítico boom de los años setenta hasta la más reciente llamada Generación 21, con otras que han ido surgiendo en todos estos años. Pero no ha habido generaciones más allá de la coincidencia temporal, que no en la edad de los componentes. Ha sido una manera de medir el tiempo, no la literatura.

Por aquí, como diría Serrat, cada quien es cada cual, y raramente puede adscribirse a varios autores a un movimiento, una idea y objetivo. Pero sí que ha habido una norma común: las novelas se han escrito primando lo narrativo, retratando la realidad o rebuscando en la historia, cuando no se han hecho ejercicios literarios sobre las relaciones humanas o incluso los avatares políticos. Cuando se ha querido romper la norma, se ha entrado en el género adecuado para cada historia, fuera el histórico, el fantástico o, como ha ocurrido con profusión en la última década, la novela etiquetada como género negro. Es decir, se han escrito novelas históricas, fantásticas, políticas, negras, eróticas o de cualquier otra etiqueta, y cuando no había que entrar en los géneros, simplemente se escribía una novela al uso, con la narración como bandera y una historia como columna vertebral.

supervivencia33.JPG¿Qué ocurre ahora mismo? Pues que parece haberse roto la norma. Aunque la palabra novela procede del italiano novella, y esta del mismo término en latín, desde los primeros atisbos del género, ya en el esplendor del Imperio Romano con El Satiricón de Petronio o El asno de oro de Apuleyo, las novelas se han caracterizado por ser una ficción en prosa, y los franceses, que son muy suyos en lo de la semántica, llaman nouvelle a la noticia. Es decir, la mayor parte de las novelas en todas las épocas y en todos los géneros han sido y son artefactos que "dan noticia", cuentan una historia. Las consideraciones de cualquier tipo que se deduzcan de esos relatos vienen por añadidura, pero la esencia de las novelas radicaba en la peripecia de sus personajes y surgían a posteriori porque la historia y el lenguaje eran lo fundamental.

Aunque antes hubo algunos amagos, este fenómeno empiezo a hacerse visible años atrás y ahora es una evidencia. Lo curioso es que se rompe una regla pero permanece la disparidad de objetivos, cada quien sigue siendo cada cual, nada que ver un autor con otro. Empezó a notarse el año pasado, cuando aparecieron dos novelas muy distintas pero tributarias de la misma idea, que no es otra que la de pasar la narración a segundo término, convertirla en un instrumento para expresar una idea previa a toda la escritura. Esas novelas son Anturios en el salón de Juan Ramón Tramunt y Entrelazamientos, de Luis Junco. La primera plantea la posibilidad de un futuro postapocalíptico en la isla de Gran canaria después de un desastre nuclear, la segunda profundiza en el mundo de los universos paralelos. Se cuenta una historia, pero la especulación es el objetivo, no la peripecia, que viene a ser una especie de ejemplificación metafórica de la idea sobre la que el autor reflexiona. Son novelas que formulan una tesis sin que se enuncie explícitamente, un juego literario que tiene antecedentes muy egregios en Wells, Orwell, Huxley, Lem, Kafka o Camus. Todo lo que conforma la novela, sea género, estilo, lenguaje, personajes e historia son piezas de un mecanismo que sostiene una idea.

Llamo la atención sobre el fenómeno porque recientemente han aparecido varias novelas que entran en ese campo. Cuatro son los ejemplos que propongo: Mares, de Silvia R. Court, que establece un juego de realidades superpuestas que sirven a una idea que va más allá de la narración; El conocimiento de Jonathan Allen, que usa el relato para preguntarse sobre la conveniencia de conocer verdades sobre nosotros mismos que tal vez no nos gusten; por su parte, Santiago Gil reflexiona en la novela 2 sobre la dualidad de cada uno de nosotros, utilizando argumentos narrativos que dibujan la idea motriz de la narración; y también Manuel M. Almeida ha utilizado en Evanescencia el formato novela para plantearnos un relato, aparentemente fantástico, que es finalmente una llamada de atención sobre este mundo que se despersonaliza por momentos.

Tal vez esta eclosión de temas y de inquietudes convertidas en novelas sea una consecuencia de los momentos confusos que vive nuestra sociedad en todos sus estratos; los humanos parecen empeñados en convertir el planeta en una falla valenciana. En España y Canarias no estamos mejor, y podemos resumir el momento como el de la mayor crisis política, económica e institucional en muchos años (que genera tribulación, miedo y desesperanza), y que hace que los escritores traten de avizorar lo más esencial del ser humano, o acaso la recuperación del paraíso perdido que no lo parecía cuando era real ("Cualquiera tiempo pasado fue mejor", verseaba Jorge Manrique). Puede incluso que se ponga en tela de juicio la mera posibilidad de la supervivencia física. Decía Facundo Cabral que la vida es una novela escrita por un loco; menos mal que hay otros a los que su locura los empuja pensar, no a pulsar botones letales en todo el círculo que recorre el Sol.

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(Este trabajo fue publicado en la edición impresa del suplemento cultural Pleamar del periódico Canarias7 de Las Palmas de Gran Canaria del 17 de diciembre de 2017).


Que una visión aparentemente real pero imposible ante la lógica cotidiana (los burros no vuelan) se presente con normalidad no sería raro, si entramos en territorios imaginativos irracionales, que son lo suyo en novelas de género fantástico. Que estas cosas ocurran como metáfora de una realidad evanescente es menos usual en novelas no encasilladas por los críticos en un género concreto, y que suelen calificar de "literarias", como si no lo fuera cualquier novela que se precie en cualquier género.

Evanescencia1.jpgManuel M. Almeida no es nuevo en esta plaza. Aparte de su exitosa trayectoria como bloguero, es autor de novelas, poesía y una colección de relatos cortos en los que suele jugar con lo sorprendente, absurdo y a menudo irracional. Ahora publica la novela Evanescencia que podríamos entenderla como el océano en el que desembocan esos argumentos imposibles de mucha de su narrativa breve. Sin complejos literarios de ningún tipo, se interna en un argumento que contraviene las leyes de la física y la biología, tenidas por universales desde siempre, aunque ahora empiezan a plantearse otras posibilidades desde distintas vertientes de la ciencia más avanzada. Tampoco es tan nuevo, hace cien años Einstein puso contra la pared una magnitud tan aparentemente inmutable como el tiempo, y también Gregor Samsa amaneció convertido en una cucaracha desde la metafórica imaginación de Franz Kafka.

Evanescencia se mueve entre la realidad más material y esa otra realidad metafórica que acaba por imponerse en un relato que no deja hueco a la respiración. Almeida transita sin miedo por un territorio nuevo, pues se trata de una realidad paralela creada por el novelista, y consigue meter al lector en ese universo simbólico que a la postre viene a resultar rabiosamente realista como las bocas de fresa de Rubén Darío. De alguna forma, la fábrica de distintas maneras de interpretar el mundo, que tiene como operarios de lujo a Bardbury, Lem, Orwell o el mencionado Kafka, es el faro que guía esta narración de Manuel M. Almeida.

La ciencia tiene que estar dominada para saltarse sus reglas en una novela, y al fondo siempre está la filosofía, puesto que cada intento científico lleva aparejado el planteamiento de para qué y hasta dónde. Hay, además, un componente que nos plantea un sistema de creencias más allá de la religión, que hace que uno de los personajes pregunte y se responda a la vez: "¿ves cómo al final tu fantástico diseñador de universos resultará ser Dios?" Estamos, por lo tanto, ante una novela valiente y a la vez rebosante de insolencia, pues se viste con la valentía de los que siempre tienen una pregunta más allá de cualquier respuesta. Si, encima, el relato se construye con una prosa deliberadamente diseñada para crear inquietud, estamos ante una novela que viene resultar una gozosa e interesante curiosidad literaria.


Vuelvo a definir a Santiago Gil por enésima vez como el escritor que tiene un periscopio siempre fuera del agua para ver qué ocurre alrededor de los 360 grados de la vida. Pero no se limita con ver e informar de lo que ve, sino que indaga y deduce qué significa cada una de las cosas que atraviesan el juego de espejos de su mecanismo observatorio. Tiene la facultad de escarbar en los sentimientos más ocultos de sus personajes, que indefectiblemente son perdedores, o al menos se ocupa de los momentos en que el alma humana es poseída por la certeza del abandono y la desolación.

2 santiago gil.JPGEsos momentos oscuros son comunes a todos los seres humanos, aun a los que parecen brillar sobre la peana de oropel de los triunfadores. Desde ese punto de vista, el novelista rebusca en el territorio más íntimo, ese que nadie comparte ni con la persona más cercana. Cualquiera que conozca a Santiago en su vida personal puede encontrar una gran divergencia entre su manera de ser y en los mundos que crea en sus novelas. Es un hombre jovial, alegre y extrovertido, un arquetipo que raramente vemos en sus páginas. Cuando se calza el uniforme de novelista, trata de encontrar ese otro yo que existe en todos nosotros. Sus libros no suelen ser una verbena, y cuando el humor aparece lo hace de una manera tan dura que pasa a formar parte del retrato de esos personajes, que a veces ríen hasta sin motivo.

Escribir en ese filo de la navaja, usando técnicas que a menudo contravienen la lógica cotidiana, es un ejercicio literario de una enorme dificultad. Para trasladar ese camino por la naturaleza humana sin perder el pulso hay que tener un don. Casi diría que a Santiago lo que menos le interesa de la novela es la historia, persigue sobre todo las consecuencias de la vida, la historia sirve como detonante, pero el corazón de sus novelas está en la puesta en funcionamiento de un proceso reflexivo en el que quien lee se coloca en primera fila para tratar de ver lo que el novelista quiere que vea. La prosa exacta es su secreto fundamental, cada palabra está en el sitio que conviene, como las piedras de un arco ojival; la narración es la campana que toca a rebato hacia la reflexión; pero cuando encontramos a Santiago Gil en estado puro es cuando recrea esos mundos ambiguos, contradictorios y a menudo doloroso, es decir, cuando llega a toda su capacidad como novelista.

2 es una novela corta que se expande cuando llega a manos del lector, porque en ella hay otras novelas, otras reflexiones, otras salidas posibles que no estás expresadas pero que surgen. Cada lector encontrará la suya. Es Santiago un autor que confiesa su admiración por Stendhal, pero su obra es más centroeuropea. No sé si estos autores serán habituales en su biblioteca, pero al leerlo resuenan al fondo el pesimismo creativo de autores del corte de Thomas Bernhard, el más reflexivo Kundera e incluso de la poesía duramente humanista de la última fase creativa de la poeta Wisława Szymborska. Desde ese punto de vista, parece entroncar poco con esa otra vertiente canaria que viene de América, aunque no todo en el oeste del idioma es narración sin tregua; también hay corrientes reflexivas más allá de la fanfarria narrativa habitual que todos celebramos, que vienen de Onetti y más atrás y que en la actualidad tienen en su cima a autores como el peruano Alonso Cueto.

La nueva novela de Santiago Gil, que tiene un título tan corto como rotundo, usa el número 2, en cifras, como elemento contradictorio, que toma las relaciones gemelares como recurso para reflexionar sobre la dualidad que todos arrastramos. Y es que en las novelas de Santiago Gil, nada existe por azar.


El novelista Santiago Gil suele insistir en la diferencia entre narradores de mapa y narradores de brújula. Los primeros son los que lo planifican todo, hasta el último detalle, antes de emprender la redacción de una novela; los de brújula son los que se echan a la mar y se dejan llevar por la propia fuerza de la narración. Como en todo, no existen autores puros en ninguno de los dos tipos, pues siempre hay algo de planificación en los de brújula y de improvisación en lo de mapa. Jonathan Allen pertenece sin duda a los de mapa, aunque a menudo no lo parece porque la fuerza de la narración lo conduce con frecuencia a territorios que él no contaba pisar.

Dentro de los narradores que planifican, los hay que han de hacerlo por necesidad técnica porque si no sería imposible emprender una novela, y esto suele ocurrir claramente en quienes escriben novelas de géneros concretos, especialmente históricas o de la amplia gama de lo que hoy llamamos novela negra. Jonathan Allen necesita el mapa porque la mayor parte de sus narraciones, especialmente El conocimiento, su novela más reciente, responden a la definición clásica de mito, que es un relato metafórico que sirve como ejemplo y es aplicable en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Y tiene que ver con el mito del origen, que no es ajeno al muy truculento relato de Edipo, aunque en este caso se refiere a la procedencia personal en el sentido más amplio.

El conocimiento 1.jpgCon la apariencia de una novela sobre las dudas, miedos y curiosidades de un adolescente, El conocimiento funciona con el mismo mecanismo que las peripecias trágicas de la Grecia Clásica y los cuentos infantiles, creadores de mitos donde los haya. Se establece un pulso dialéctico entre el adolescente protagonista y el adulto que hace de oráculo, y que el chico supone tiene las respuestas a tres preguntas cuyo conocimiento definirá su propio origen. Hacer preguntas es un arma de doble filo, porque se corre el peligro de que alguien conteste con una verdad que tal vez no guste.

La diferencia con el modelo es que no existe la seguridad de que las respuestas sean predicciones que se cumplirán inexorablemente, como el futuro de Edipo anunciado por la Esfinge. En El conocimiento se mira más al pasado aunque hay un deseo inconsciente de atisbar el futuro como proyección de la inercia de las raíces. Y es casi una norma que, cuando se hurga en los cimientos, encontramos las razones por las que es necesario restaurar lo que estaba oculto bajo tierra y es dañino. Ese descubrimiento de lo que no nos gusta es un ejercicio muy doloroso pero, si se consiguen reparar las vigas que nos sotienen, el resultado es una libertad ontológica que nos hace más fuertes, aunque nunca estamos exentos del peligro de que llegar a ese conocimiento pueda ocasionar el derrumbe definitivo.

Por ello, indagar en el oráculo de nuestra base vital es un acto de valentía. Hay personas que por ese peligro no quieren, otras sencillamente no pueden y otras ni siquiera se lo plantean porque el inconsciente les dice que tal vez sea mejor vivir con sordina que perecer apabullado por el estrépito. Una novela como El conocimiento es un ejercicio de reflexión que atañe al autor y se traspasa al lector, y en ese sentido nos sirve como instrumento para plantearnos qué niveles de certeza queremos en nuestra vida. Una vez más, Jonathan Allen nos ofrece un ejerció muy literario que va más allá de la propia literatura que lo envuelve.

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