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Archivos Noviembre 2017


Desde que nos conocimos, una tarde de otoño de 1982, no recuerdo haber hablado nunca en serio con Dolores Campos-Herrero. Desde que nos conocimos, en la vieja redacción del Canarias7, mantuvimos una comunicación humana y literaria fluida, transparente y cómplice. Ambas afirmaciones parecen contradictoria, pero no lo son; por alguna razón que ambos desconocíamos, usábamos entre nosotros un idioma que solo tenía dos hablantes, que sonaba como el castellano normativo pero en cuya ejecución nada era lo que parecía. Sin embargo, el otro siempre entendía. Nuestra lengua común fue la ironía, usada unas veces con elegancia florentina y otras como la más pura esencia del sarcasmo.

Fotos pruebalola77.JPGCon esas cabriolas lingüísticas mantuvimos una relación permanente que duró toda la vida común que nos fue permitida, 25 años en los que no tengo memoria de una traición, un malentendido o siquiera un leve contratiempo. La sonrisa presidía nuestras conversaciones en esa lengua imposible (para los demás), que usaba las palabras siempre con otra semántica. La carcajada nunca se presentaba, no es buena compañera de la ironía, que siempre se mantiene en posiciones moderadas aunque por dentro sea una bomba que incluso estalla. No nos veíamos con demasiada frecuencia, a veces pasaban meses sin vernos ni hablarnos, pero daba igual, cuando nos encontrábamos nos informábamos en nuestro idioma exclusivo. A veces no nos dábamos cuenta de que había otras personas con nosotros y armábamos nuestros castillos de palabras propias, y nos ocurrió en ocasiones que los presentes llegaron a pensar que discutíamos, o que nos hablábamos con enfado. Y nunca era así.

Vivimos muchas aventuras literarias juntos, cada cual en su registro, solo teníamos en común nuestro idioma hablado. Ella veía nacer mis novelas y las saludaba, mientras yo asistía a su primer poemario y sobre todo a sus sucesivas publicaciones de narrativa de breve formato, hasta llegar a condensarla en microrrelatos fascinantes. Aparte de sus poemas, que no pueden quedarse al margen por su fuerza expresiva, su obra narrativa hoy publicada es sin duda uno de los corpus cuentísticos contemporáneos más interesantes que conozco, no solo en el ámbito de Canarias, y que sin duda irán pregonando el nombre de Lola por toda la lengua y más allá, sobre todo cuando se hacen ediciones tan esmeradas como esta que publica ahora Ediciones La Palmas de Historias de Arcadia y otros cuentos.

No sé si dejó inédito algún texto de larga extensión, pero desde luego, lo mismo que a ese Borges que ella admiraba, no se le echa en falta una novela para entrar en sus mundos, que finalmente era uno solo, una ficción que metaforizaba al ser humano de cualquier tiempo, como un mito actual que explica a los griegos, a los chinos o a los britanos, lo mismo que hoy aquellos mitos antiguos nos explican a nosotros. El mundo literario de Lola es singular, y supongo que su total de cuentos iremos viéndolo formando incontables libros distintos según la selección que haga cada antólogo. Eso es una suerte, como ocurre con los cuentos de Cortázar, que se prodigan en tantos títulos como relatos escribió. Y cuando se conoce la cuentística de Lola, se conforma un mundo único y especial que irá extendiéndose como una luminosa mancha de literatura.

Hoy, en el suplemento cultural Pleamar del periódico Canarias7, se ha publicado un especial dedicado al desaparecido poeta Carlos Ramos, con un artículo del poeta Javier Cabrera y otro del titular de este blog, una muestra de poemas de Carlos Ramos y una ilustración realizada para ello del artista Asmir Pozderovic "Asko".

Carlos Ramos, el poeta rescatado

Por Emilio González Déniz

Libro de Carlos Ramos.jpgSalvo sus amigos más cercanos y un reducido círculo alrededor de estos sabe de Carlos Ramos, un poeta que nació en Telde (Gran Canaria) en 1957 y desapareció por voluntad propia en 1979. Pasó por la vida como un relámpago, pero dejó la huella profunda de su talento. Su actividad literaria abarca los últimos cinco años de su vida (1974-1979). Su partida dejó a sus amigos perplejos y confundidos; conocían el enorme talento natural del poeta y desde entonces trataron de recuperar esa obra manuscrita dispersa e inédita, en manos de unos y de otros. Poco publicó en vida, aparte de algunas cosas en revistas y suplementos (varios poemas en la revista Ajoblanco, entonces de gran incidencia literaria en toda España), y algún texto dramático representado por grupos teatrales que entonces trataban de encender una llama después de la larga noche de la dictadura. Desde entonces, hubo varios intentos para dar a conocer su obra, pero nunca llegaron a cristalizar.

Por fin, sus amigos lo han conseguido, antes de que papeles volanderos aquí y allá fueran diluidos por el tiempo, el extravío o el olvido. La mayor parte del trabajo ha recaído en los artistas plásticos, escritores y amigos Alfonso Crujera, José Medina Hernández, Agustín Hernández, Ángel Sánchez y Javier Cabrera, pero han sido muchas las personas que han puesto su empeño, desde el intercambio de fotocopias al paso al teclado de lo que estaba manuscrito. Patronos y colaboradores han hecho posible que se reúna la obra del poeta en la colección Biblioteca Carlos Ramos, que sale bajo el sello de Ediciones OK en cinco tomos desde ahora a 2019.

Es muy evidente que la recuperación de la memoria del poeta es la hermosísima historia de una amistad indeleble de un grupo de artistas en distintas materias, pero sobre todo es un ejemplo de la necesidad de dar a conocer un legado literario importante. Como dice Ángel Sánchez en el prólogo, nunca sabremos cuál habría sido la trayectoria literaria de un autor que murió a los 22 años y dejó una obra importante y muy personal. Quién sabe si se habría proyectado muy arriba con una obra in crescendo, se habría convertido en uno más de los que formaron la Generación del Silencio, o incluso si ese silencio habría apagado su luz definitivamente como ha ocurrido con otras voces que no aguantaron la dura travesía del desierto. También es verdad que ninguna de esas brasas convertidas en cenizas fue tan tempranera y tan luminosa como la del malogrado poeta teldense.

Lo que sí sabemos es que Carlos Ramos tiene hoy un lugar en nuestra historia literaria, y es una novedad leer ahora por primera vez poemas que llevan cuarenta años a la espera de ser alumbrados. Y la impresión de esa lectura es la de que estamos ante un poeta que permanece, que no es una curiosidad arqueológica, sino un poeta vivo, actual, eterno.

Consta este primer tomo de la Biblioteca Carlos Ramos de un poemario, O la luz tiene huellas en su frente, de dos opúsculos con vida propia, Dejad que los muertos entierren a sus muertos y Poems for descargas, y de dos pequeñas colecciones de poemas. La injusticia, el dolor y lo eterno sobrevuelan todas las páginas de este libro, con la voz firme del poeta que indaga en lo ignoto, lo oculto, y que habiendo acumulado un miedo pavoroso a lo desconocido, acaba perdiendo toda prevención para desafiar ese miedo hasta anularlo. Sus versos son infatigables surtidores de imágenes polisémicas que nos muestran varias dimensiones del mundo.
***


Carlos Ramos. Su poesía a día de hoy

Por Javier Cabrera


La selección de poemas que aparece en esta página es una pequeña muestra de la obra poética que Carlos Ramos produjo entre los años 1974 y 1979, periodo de máxima actividad creativa hasta el año de su fallecimiento, con apenas 22 años. Estos poemas en concreto datan del año 1976. Hablamos entonces de un poeta que, nacido en 1957, cuenta en ese momento con sólo 19 años. Sorprende, así, la concentración de imágenes en sus versos, la unidad de criterio en su concepción lírica y la madurez en un sostenimiento continuado del pensamiento. La suya fue una poesía de orden vital, con características tales que la hicieron pivotar entre el experimentalismo de la época -cierta asunción de Paul Celan-, la actitud desaforada de Alejandra Pizarnik -poeta de cabecera en más que contadas ocasiones- y cierta constancia de los últimos ramalazos de la condición surreal, rayando a veces, por qué no explicitarlo, en una deriva que le empataría -como vislumbra el poeta y ensayista Ángel Sánchez- con la radicalidad lúdica de cierto Artur Rimbaud. Pasemos, entonces, a leer esa muestra.

Es, Carlos Ramos, indiscutiblemente, un poeta de su tiempo, tanto que, tras casi cuarenta años de permanecer su obra ajena a una lectura consciente, al retomarla, caemos en la cuenta de dicha premisa apenas avanzamos en la lectura de sus versos. Viene esto a decir, y confirmar, que su obra goza de la actualidad más inmediata de una escritura puesta al día. Nos produce satisfactoria alegría que su poesía parece haber sido escrita apenas días antes de ser leída a día de hoy. Lo que viene a concluir que su obra, tras esos casi cuarenta años desde su muerte, está tan al día que pregona entre sus líneas la actualidad más cenital.

Los poemas aquí reproducidos pertenecen al Primer Tomo de una selección de su obra que abarcará 5 libros y que se editarán bajo el titular genérico de Biblioteca Carlos Ramos.

***

CR-Ilustracion de Asmir Pozderovic (ASKO).JPG

Poemas

-1-
V
La palmera bañada de viento
recogió su figura hasta quedar en
un otoño blanco:
quemar la forma en vida fugaz
que se cuelga
columpiándose en las barbas negras
de los antepasados no gloriosos.


-17-

Estoy a punto de estallar en el lenguaje del silencio
a desgajarme entre el espacio separado de los dos
yo
yo
Presiento que cuando te encuentre encontraré la muerte
Presiento que cuando te encuentre encontraré la vida
Encontraré el secreto de tu búsqueda entre el respiro de la arena
y entre los huracanes
del silencio cuando estalle entre las vidas
y rompa la costumbre de los tiempos al ruido de mil ojos
Reprendo mis acciones y acabo hecho pedazos por
el fuego, que me entierra en el viento para no pararme en el camino
encerado que conduce hasta el silencio
abierto por las gotas del rocío
Me dejo llevar hacia la noche
En el rito de amor desconectado por la luz
en el baile de la hoguera resaltada

(Del libro O la luz tiene las huellas en su frente, 1976)

En el panteón familiar
Resopla el viento
Como si quisiese
Recordarnos
Las tardes que pasamos
con las manos unidas
y los ojos sangrando metal
Ahora se nos quedó la palidez
entre los labios
y dejamos los úteros vacíos


Con el elixir del resorte
que zozobra por el polen
mancha a los hombres
Que en las esquinas
Rompen a llorar guijarros
Como tiernos
Alelíes de cristal
y se desembocan
como caballos
de plástico
Entre la humareda de los autos.


Con los rostros pintados por las aceras
Te fuiste y me quedaron las lágrimas
En el pensamiento
Rizos de metal
Rizos de acero que
me ruborizaron la noche
erecta por la luna

(Del libro Poems for descargas, 1976)


Prólogo del poemario La arena bajo la espuma, de Graci Bordón Artiles.

La arena bajo la espuma, más que un título es una línea de pensamiento, una visión del mundo, las cosas y la vida. Cuando terminas el libro sabes que ha de llamarse así y solo así. Ese último verso del último poema es como la suma total de una factura. Cierto es que el título debe contener al menos una idea conjunta de un texto, sobre todo si es poesía, pero no siempre define de un trazo el discurso de un poemario. En este caso sí, porque en cada una de sus aristas esa espuma de inquietudes, miedos y dudas, encuentra la solidez de la arena, que no es firme pero es esperanza porque "acabando la noche vuelva el alba".

Graci Bordón Artiles es el ideal de Borges, quien decía estar más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Esa larguísima travesía por las palabras que "son las voces que habitan en los libros" ha dejado un poso de conocimiento literario que hace que la poeta se exprese en cualquier tesitura, siempre encajada en el rigor de lo literario pero con la libertad de quien sabe que no existe más estilo que la propia fluencia de la palabra. Y responde al concepto de la Grecia clásica al entender la poesía como sinónimo de literatura, porque deja entrar en el verso lo épico y lo dramático, siempre bajo la sombra de la lírica que ve una luz al fondo donde "otra vez retoñarán las rosas".

Con tanta autoridad como sarcasmo, Octavio Paz vino a decir que el último movimiento cultural que ha existido es el Romanticismo, y que todo lo que ha venido después son variaciones a favor y en contra. No pretendo rebatir a Paz, entre otras cosas porque él era muy capaz de rebatirse a sí mismo, pero sus palabras sirven como un guante para explicar los mimbres con los que, técnicamente, se construyen estos poemas. Surgen el soneto clásico, el alejandrino que resuena como el mar contra un rompeolas, el verso libre, y siempre la libertad y el rigor de la lectora/poeta que destila sus poemas tal como vienen del manantial.

imbbbg058.jpgVivimos un tiempo en el que hay corrientes poéticas de distinto signo. Desde las nacidas en las redes sociales que generan ventas fabulosas entre un público adolescente y que no suele distinguir un soneto de una silva y no nota la inexistencia de imágenes, hasta las hiperintelectualizadas que tratan de afiliarse a la transmodernidad y que suelen encabezar los libros con citas de Jameson, del controvertido Zizek o de Bauman, para adscribirse a la modernidad líquida, donde el lector medio trata de orientarse para saber si se mueve en la filosofía, en la sociología, y a menudo se olvidan lo más esencial, la poesía.

Pero también hay poetas rigurosos que dejan correr el agua de las ideas por el cauce más evidente, la naturalidad, que no el naturalismo. Esa naturalidad con que entra en distintos registros es por derecho un estilo, el estilo de Graci, la palabra con la que nos dice: "Llevo a cuestas mil rémoras desde antes de la vida", porque la vida que nos cuenta no empieza cuando nació, sino cuando el ser humano comenzó a pensar y a interpretar lo que sentía. Sabe de la levedad de la vida y de la intranscendencia de lo humano en la inmensidad del tiempo y el espacio y por ello sabe que, en el mejor de los casos, todos seremos "la medianoche de cualquier noche".

Con los aparejos de la filología y esos libros leídos de los que Borges se sentía tan orgulloso, los versos de Graci Bordón Artiles nos llevan de la mano por la vida -las vidas-, y nos trasladan su vínculo con los afectos que casi siempre fueron y trata de rescatar escarbando en la memoria de la desmemoria, porque esa vida a veces tan complaciente, también puede ser "un francotirador que apunta a la belleza / y la liquida /de un tiro entre las cejas". Son las ausencias que vuelven a hacerse presente, ora como remanso apacible, ora como cascada impetuosa. Lo femenino es como un ideal que no debiera necesitar militancias, pero nuestra civilización ha ido construyendo una serie de mitos falsos que casi siempre van en detrimento de la igualdad de todos los seres humanos. Sin rabia, pero con firmeza, se nos muestra "la mujer, la niña, la muchacha, / continuamente otras y una misma". Esos tiempos reivindican la condición humana por encima de todas las ideas y manipulaciones que ha diseñado nuestra milenaria cultura.

Estamos por lo tanto ante un poemario que es una fuente que surte en un patio, alrededor del cual nos cercan el dolor, el amor, la ausencia y la esperanza. La soledad aparece solo dos veces, para ser conjurada o cuando ya no está. En realidad, no se alude a ella porque todo el libro es la definición de que cada ser humano nace y muere solo, pero entre tanto está la vida. Y ese romanticismo que añora lo imposible levanta edificios con cimientos de utopía, columnas de ilusión y ladrillos de fantasía, armando el verdadero mundo real que habitamos: "Sí, seguiré soñando con ficciones y sombras, / hallaré en los rincones un beso que no existe". Y sí existe, porque al final la imaginación es la única propiedad intransferible que poseemos.

Con la anuencia de Paz y Borges, leer La arena bajo la espuma es mirarnos en un espejo.

***

Emilio González Déniz. Canarias 2017.

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